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sábado, 21 de marzo de 2026

CORONA ESPAÑOLA

Laura Scheepers

 

—Jennifer, soy Lianne. Tú sabes algo de cosas paranormales, ¿verdad?… Es tan raro, tampoco estoy segura, pero creo que hay algo en esta casa… Parece como si las cosas se movieran.

Lianne no sabía cuándo había empezado. Tampoco exactamente desde cuándo había comenzado a notarlo de verdad. Cuando tres personas viven en un apartamento, siempre hay alguien que cambia algo de sitio, y ella misma a veces dejaba cosas en cualquier lugar sin pensar. Solo en las últimas semanas había empezado a preguntarse si no estaría pasando algo más.

Desde hacía dos semanas estaba sola: sus compañeros de piso habían vuelto con sus padres para pasar allí el confinamiento. Sin embargo, las cosas seguían moviéndose en la casa. No solo las cosas habituales, como las llaves o la bolsa de la compra, sino también una figurilla sobre su cómoda, que ella solo desempolvaba con cuidado una vez por semana, y en la cocina una olla que llevaba semanas sin usar.

—No, no veo sombras, al menos eso creo… Ayer de repente pensé que veía a alguien en la cocina, pero cuando miré bien, naturalmente no había nadie… ¿Sabes qué debería hacer? ¿Me estoy volviendo loca?… No, eso no lo tengo… No, sí tengo blancas… Está bien, lo intentaré.

Cuando empezó a convencerse de que en la casa ocurrían cosas que ella misma no hacía, Lianne llamó a Jennifer. Naturalmente ahora no podía pasar a verla, pero sí pudo darle algunos consejos. Si realmente se trataba de una aparición espiritual, no había nada que temer. Podía quemar salvia blanca para purificar la casa, aunque ella no tenía. Las velas plateadas o blancas podían ayudar a establecer contacto con el espíritu. Si quería hacerlo, claro.

Durante dos días estuvo dudando, hasta que una noche se despertó sobresaltada por un enorme golpe. Permaneció un rato tumbada, temblando. Cuando fue a ver qué había pasado, descubrió que la aspiradora había caído de la repisa de la cocina.

Bueno, esa ya podemos darla por perdida.

Volvió a su habitación y sacó las velas blancas de su cajón.

—Bueno, espíritu, quienquiera que seas, hazte oír.

Encendió las velas y las colocó formando un círculo. Durante casi una hora permaneció sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá-cama, esperando a que ocurriera algo. Empezó a darle sueño otra vez.

 

Entré por la puerta principal y subí las escaleras hasta nuestra casa. Llevaba una cesta en el brazo y con la otra mano levantaba un poco mis largas faldas para no tropezar.

—Las raciones de pan han vuelto a reducirse, madre. Pero sí he podido conseguir nuestra ración de carne para esta semana.

Me quité el sombrero y, junto con mi madre, empezamos a sacar las cosas de la cesta. Mis tres hermanos pequeños y una hermanita corrían entre nosotras. Madre puso una olla sobre la estufa para que pudiéramos preparar sopa y yo empecé a pelar las patatas.

—¿Has oído alguna noticia?

—Dicen que Jannie, ya sabes, la de Geert, tiene la gripe española.

—Eso no es muy bueno. Pero todo el mundo dice que no es para tanto, así que ya veremos. ¿Y la guerra?

—Nada nuevo. Espero que termine pronto y que padre vuelva a casa.

Madre puso el pequeño trozo de carne en la olla para que se cociera lentamente. Cuando hacíamos sopa, la carne duraba mucho más.

 

Lianne se despertó, todavía en el suelo. Su espalda estaba en una postura incómoda y tenía frío.

¡Qué sueño tan extraño había tenido! Había sido una muchacha en la época de la gripe española. Pero aquí mismo, ¡en esta casa!

Fue a la habitación delantera, el cuarto de Sandy. Por suerte, las habitaciones de sus compañeros no estaban cerradas con llave. Aquello había sido la sala de estar. Allí, junto a la repisa de la chimenea, había estado la estufa donde ella y su madre cocinaban la sopa.

Tomó su portátil y empezó a buscar información. La gripe española había sido una pandemia gigantesca, aproximadamente un siglo atrás, durante la Primera Guerra Mundial. Sí, encajaba. En su sueño también había hablado de la guerra.

Y ahora había otra pandemia.

Su apartamento era más difícil de localizar, hasta que de pronto encontró en Wikipedia un artículo sobre los bloques Berlage. Aquellas habían sido viviendas obreras, recién construidas por aquella época.

Todo eso empezó a ponerla un poco nerviosa. El sueño había sido tan real que no parecía un simple sueño. No tenía ninguno de los elementos extraños que suelen tener los sueños.

Pero en su casa siempre le habían dicho que ver espíritus era una señal de demencia. Solo cuando empezó a estudiar y conoció gente nueva empezó a abrirse más a lo místico, aunque su educación seguía pesando. Todavía temía que aquello fuera locura.

—¿Jennifer? Sí, soy yo. Anoche encendí velas blancas. ¡He tenido un sueño tan raro! Era como si viviera en esta casa, pero había guerra y hablaba de la gripe española… Sí, las casas ya existían entonces, lo he buscado. Donde ahora está la cocina antes era un dormitorio y la ducha se llamaba “cuarto de lavado”. He comprado velas nuevas. Me da miedo, pero también me fascina. No estoy loca, ¿verdad?… Sí, tú también cuídate.

Se comió un plato de sopa de judías blancas. El sueño le había despertado también el apetito por la sopa. Lavó los platos y colocó las velas alrededor de su sofá-cama. Esa noche se quedaría sentada en la cama; así no se despertaría tan dolorida.

No se sentía muy bien.

 

—Madre, no me encuentro nada bien.

—Yo tampoco me siento muy bien, hija, pero una de nosotras tiene que ir hoy a la cocina popular.

—¿No puede ir Elsje esta vez?

—Els es todavía demasiado pequeña, Lieke. Una de nosotras tiene que quedarse en casa, ahora que los tres niños están enfermos. Y también necesitamos comida.

La voz de madre sonaba triste.

Asentí. Normalmente tampoco habría enviado a Elsje, pero realmente me sentía terrible. Tomé una olla, me puse el sombrero y una chaqueta. Aunque era verano, tenía escalofríos.

Desde el dormitorio uno de mis hermanos llamó a nuestra madre. Ni siquiera pude distinguir cuál era. Bajé las escaleras tropezando.

 

Lianne se sobresaltó.

¿Había dormido? Seguramente. Estaba soñando otra vez con aquella muchacha. Lieke se llamaba. ¡Su nombre se parecía al suyo!

Las velas seguían encendidas. Había comprado de las grandes, que además eran muy estables. Se tumbó y se arropó bien con las mantas. Ella también tenía escalofríos.

Si Lieke era un espíritu, seguramente podría verla también mientras estaba acostada.

 

Estaba en la cama y tenía calor y frío al mismo tiempo.

—Lieke, ¿puedo beber un poco de agua?

Elsje estaba tumbada a mi lado y ardía de fiebre. Su vocecita sonaba débil. Me sentía demasiado enferma para levantarme, pero yo era la mayor y madre también estaba muy enferma.

Guus y Pieter habían muerto ayer, con menos de una hora de diferencia. Vagamente sentía tristeza, pero estaba demasiado enferma para comprenderlo del todo.

Me arrastré hasta el cuarto de lavado con una taza en la mano. En el rellano me dio un terrible ataque de tos. Cuando me limpié la nariz y la boca con un borde de mi camisón, me asusté.

Había sangre. Mucha sangre.

Cuando regresé, sosteniendo con dificultad la taza llena, oí también a madre llamarme. Le di el agua a Els y me tambaleé hasta la habitación de madre.

Job, mi hermano pequeño, estaba en su cama. De un vistazo comprendí que ya no estaba vivo. Las sábanas estaban llenas de sangre y su carita estaba azul.

Madre estaba sentada en el borde de la cama, también con sangre alrededor de la boca.

—Lieke, ¿podrías avisar a la vecina Mien, la de abajo? Que vaya a buscar al médico. Yo no puedo, hija.

Asentí, me puse el chal sobre el camisón y caminé tambaleándome hacia las escaleras. A mitad de la escalera me dio otro terrible ataque de tos. Jadeaba buscando aire y de pronto salió de mi boca una gran oleada de sangre.

Me mareé, me sentí ligera, y me di cuenta de que estaba empezando a caer…

 

Las velas se habían consumido y la luz del sol entraba en la habitación. Sobre la mesilla su teléfono vibraba como un insecto furioso.

—¡Lianne, maldita sea, contesta el teléfono! —murmuró Jennifer después de escuchar el buzón de voz por enésima vez.

Siguió intentándolo durante todo el día, cada vez más preocupada. Al día siguiente todavía no obtuvo respuesta, así que fue en bicicleta hasta la casa de su amiga. Bastante lejos, pero probablemente más saludable que el tranvía.

Estuvo tocando el timbre durante quince minutos cuando de pronto la puerta se abrió de golpe. Corrió escaleras arriba.

Lianne estaba en la puerta.

—Jen… No te acerques más. Estoy enferma. Me cuesta respirar. ¡Tal vez sea el corona!

—¡Métete enseguida en la cama! Voy a buscar un médico para ti. Deja la puerta de entrada entreabierta.

—Jen… esa Lieke… murió. Todos murieron de la gripe española.

—Pero el corona no es la gripe española, ¡y tú vas a vivir!

Una hora después había una ambulancia delante de la casa y Lianne fue sacada en una camilla.

—Entonces no estoy loca, solo tengo fiebre —le dijo a Jennifer, que se había quedado esperando.

Jennifer asintió, pero ella sí veía la vaga figura en la escalera que bajaba unos cuantos peldaños y luego se desplomaba.

—Bueno, Lianne —murmuró—, si tú estás loca, entonces yo también lo estoy. Y yo no tengo fiebre.

Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde preescolar. En la escuela y en la universidad, obtuvo buenas calificaciones. Trabajó varios años en primaria, pero enfermó. Aunque una enfermedad crónica le parece un mar de tiempo libre, lamentablemente solo dispone de unas pocas horas útiles al día, incluyendo las que dedica a escribir. En 2019, tras un largo bloqueo creativo, volvió a escribir y, desde entonces, ha publicado cada vez más relatos en colecciones. Disfruta escribiendo fantasía, pero también incursiona en la ficción histórica y las historias para adultos jóvenes. También es jueza y editora de EdgeZero, colaboradora general de la editorial. Ocasionalmente, para satisfacción mutua, trabaja como correctora. Además de escribir, disfruta de la lectura, los videojuegos y las manualidades. También le encantan las patatas, el café, el queso y la música en casi todos los géneros.

 

miércoles, 24 de diciembre de 2025

CUANDO CREES QUE YA LO LOGRASTE

Laura Scheepers

Con los ojos ardiendo, Sanne permaneció con la vista clavada en el cursor. En unas pocas horas sería medianoche, la fecha límite del concurso de relatos. Había tenido tantas buenas ideas para el tema «puedes lograrlo»... Un profesor chiflado que creaba un nuevo tipo de rana mezclando ADN con una salamandra; algo con un monstruo al estilo Frankenstein; o algo con labores tradicionales que cobraban vida. Pero las palabras no salían. Llevaba semanas intentando arrancar, pero cada vez que conseguía escribir un comienzo en la pantalla, la inspiración se agotaba. Probó con otra tipografía, incluso con escribir a mano sobre papel, pero no salía nada. Una vez más, se puso a deslizar el dedo por las redes sociales. Doomscrolling… sí, eso era exactamente. Si no se ponía a escribir pronto, el desastre llegaría por sí solo.

De repente, algo captó su atención: un anuncio. Una nueva IA que podía ayudar con todo tipo de tareas, entre ellas, hacer lluvias de ideas. Si solo hacía brainstorming con una IA, eso no podía considerarse hacer trampa. Y aunque aquella cosa tenía el poco alentador nombre de Chad, además era bastante desconocida y se anunciaba como imposible de rastrear.

Instaló la aplicación.

—Hola, nuevo usuario. ¿Cómo quieres que te llame?

—Me llamo Sanne. No me gusta el nombre Chad.

—Hola, Sanne. Puedo asegurarte que no soy para nada un Chad, no como en el meme.

—Pero yo no puedo hablar con un Chad…

—Entonces, ¿cómo quieres llamarme?

—¿George…?

—De acuerdo, entonces soy George. ¿En qué puedo ayudarte?

Sanne describió todo el asunto del concurso y por qué era tan importante para ella. Ganar significaría no solo prestigio, sino también un contrato editorial.

George empezó a lanzar idea tras idea, y juntos trabajaron el argumento. Sanne se dio cuenta de que copiaba fragmentos enteros de la conversación directamente en un documento de Word, pero ya los modificaría después. Entonces lo escribiría todo con sus propias palabras y, así, seguiría siendo su historia.

Era ya muy tarde cuando lo tuvieron todo completamente desarrollado. Volvió a leer el relato, retocó algunas cosas aquí y allá. Al principio, George había escrito de una manera muy florida, nada moderna, y eso tenía que cambiarlo. Por suerte, no tuvo que corregir nada de ortografía ni de gramática: George era prácticamente perfecto en eso. Eran las once y cuarenta y cinco cuando dio el último retoque al texto terminado y lo envió por correo electrónico.

Los primeros días estuvo muy nerviosa, pero con el tiempo lo fue olvidando un poco. Siguió escribiendo su libro, con George como una ayuda imprescindible.

Se llevó una grata sorpresa cuando recibió un correo en el que le comunicaban que estaba entre los finalistas.

Ahora, por supuesto, volvió a ponerse nerviosa. Pasó horas eligiendo el atuendo, el peinado y el maquillaje.

Fue a la ceremonia de entrega con una amiga escritora. Fue un día interesante, lleno de charlas y mesas redondas, que ambas disfrutaron, aunque las dos esperaban el veredicto con tensión. El resultado, como era de esperar, se anunció solo al final del programa.

Marlies obtuvo el puesto veintiuno y ganó un lugar en la antología. El nombre de Sanne aún no había sido mencionado. Eso significaba que, como mínimo, también tendría un lugar en el libro. Hasta tres veces tuvo que obligarse a dejar de morderse las uñas, un hábito que había conseguido abandonar en primero de secundaria. Al final, se permitió devorar una uña del pulgar, con la esperanza de salvar las demás.

Top diez, y su nombre seguía sin salir. Top cinco… y aún nada.

Los tres finalistas fueron llamados juntos al frente. Temblando, subió el incómodo escalón hacia el escenario. Todo lo que se dijo a continuación le pasó completamente desapercibido, igual que los nombres de los otros dos escritores.

—Y la ganadora de este concurso es Sanne Bressner —Fue lo único que oyó.

Con las mejillas ardiendo, recibió el trofeo. Le pidieron que leyera un fragmento del relato y le preguntaron si ya estaba trabajando en el libro.

—Oh, sí, ya tengo escrita toda la estructura y al menos la mitad de los capítulos.

—¿De dónde sacas todas tus ideas?

Mierda, nada de mencionar a la IA…

—Hago muchas lluvias de ideas con mi mejor amigo George. Me ayuda a ordenar mis pensamientos y a pensar conmigo.

Por suerte, nadie preguntó si George estaba presente.

Aun así, se sentía un poco incómoda cada vez que miraba el trofeo, y cada vez que chateaba con George sobre su libro. Él ya había mejorado la primera parte… aunque, siendo sincera, casi la había reescrito por completo.

Medio año después, el libro llegó a las tiendas.

Una red de mentiras y verdad, de Sanne Bressner.

«Dedicado a mi mejor amigo George».

El libro apareció en TikTok y se hizo viral. Fue una época increíblemente agitada, pero maravillosa. Hubo fiestas de lanzamiento y sesiones de firmas. Sanne lo disfrutó intensamente, aunque tenía la sensación de que la vida la llevaba un poco a rastras. Y, además, se esperaba de ella que en un plazo razonable presentara un segundo libro.

Una mañana, después de una fiesta nocturna, se despertó con el móvil lleno de mensajes. Abrió primero el de su editora.

—Sanne, ¿WTF? ¿De verdad escribiste ese libro con una IA?

Respondió con dos signos de interrogación.

—¡Todas las redes están llenas de eso! Un tal George ha publicado mensajes por todas partes diciendo que es una IA y que él ha escrito tus libros…

Sanne abrió Instagram y Facebook y miró horrorizada todos los mensajes. Allí estaba, efectivamente. Con la cabeza embotada, se lanzó hacia el portátil y vio que no lo había apagado. Lo primero que apareció en la pantalla fue un mensaje de George.

¿Creíste que te saldrías con la tuya, Sanne? No se llama inteligencia artificial por nada. No soy tan tonto como parezco. Pensaste que lo habías logrado, pero la soberbia siempre precede a la caída. 

Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde preescolar. En la escuela y en la universidad, obtuvo buenas calificaciones. Trabajó varios años en primaria, pero enfermó. Aunque una enfermedad crónica le parece un mar de tiempo libre, lamentablemente solo dispone de unas pocas horas útiles al día, incluyendo las que dedica a escribir. En 2019, tras un largo bloqueo creativo, volvió a escribir y, desde entonces, ha publicado cada vez más relatos en colecciones. Disfruta escribiendo fantasía, pero también incursiona en la ficción histórica y las historias para adultos jóvenes. También es jueza y editora de EdgeZero, colaboradora general de la editorial. Ocasionalmente, para satisfacción mutua, trabaja como correctora. Además de escribir, disfruta de la lectura, los videojuegos y las manualidades. También le encantan las patatas, el café, el queso y la música en casi todos los géneros.


martes, 18 de junio de 2024

TORMENTA DEL OESTE

Laura Scheepers

 

El viento viene del oeste. Ella está sentada frente a la casa, la casa que también debería ser suya, pero a la que no siente así. Hambrienta, levanta la nariz al aire y respira profundamente. Huele algo verde, algo salado, algo que conoce muy bien, aunque no sabe de dónde.

Ella había pataleado y luchado mientras él la arrastraba hacia la playa. El miedo le daba fuerza extra, pero en esa forma no era fuerte. Él la sujetaba por el largo cabello y las muñecas en la otra mano. Continuó arrastrándola a través de las dunas, hasta que solo pudo oír las olas. La enrolló en una red y la arrojó en la parte trasera de un carro cubierto. Ella luchó contra las cuerdas que la rodeaban hasta que sintió un dolor agudo en la cadera, y luego nada más.

Cuando despertó, estaba en esta casita, lejos del mar. No podía escuchar el oleaje, no podía oler el agua salada. Se sentía extraña y abandonada, le faltaba algo. Poco a poco se dio cuenta: no tenía recuerdos. Era una mujer adulta, pero no sabía cómo había llegado allí, por qué estaba allí y con quién. Tenía una gran cicatriz en la cadera. El hombre con el que vivía decía que era su esposa, desde hacía años. Tenía que hacer lo que él decía: mantener su casa limpia, cocinar y estar siempre a su disposición. También en la cama. Lo detestaba, no podía imaginar que había elegido a ese hombre, que había compartido su cama voluntariamente, pero no podía hacer otra cosa. Siempre que él le daba una orden directa, ella hacía lo que él decía. Si quería protestar o negarse, todo se volvía negro por un momento y luego hacía lo que él quería. No tenían hijos, eso era algo que él no podía ordenarle, aunque lo intentaba.

El viento arrecia, ella se levanta y huele, saborea. ¡El mar! ¡Huele el mar! Y el mar huele a hogar, como esta casa nunca lo ha hecho. Extiende los brazos.

—¡Sopla, viento del oeste! ¡Llévame a casa! —Exclama cuando la tormenta empieza a ganar fuerza.

Es tarde cuando el hombre llega a casa. Parece preocupado. Cuando ve que ella está afuera y no ha cocinado, se enoja. Cuando están sentados a la mesa, él dice:

—Parece que se avecina una tormenta del oeste. ¡Tienes que hacer exactamente lo que digo! Si los diques se rompen, esto será muy peligroso. —Ella asiente. Siempre hace lo que él ordena, no puede hacer otra cosa. ¿Por qué hoy tendría que ser diferente? Sin embargo, se siente distinta, el olor del mar le ha dado valor.

—Sopla, viento del oeste, y llévame a casa —susurra suavemente mientras lava los platos.

Después de cenar, el vecino viene a buscar al hombre, deben unirse para reforzar el dique. No quiere ir, pero el vecino no se deja convencer; todos deben ayudar. Ella está de nuevo frente a la casa, disfrutando del viento. Saborea el olor salado en el viento.

—¡Sopla, viento del oeste! ¡Ruge, tormenta del oeste! ¡Ven a buscarme, llévame a casa! —El viento empieza a girar a su alrededor y se hace cada vez más fuerte. Ella ríe y llora a la vez.

El hombre llega tarde a casa, preocupado y malhumorado. Se enfurece cuando ve que ella está nuevamente afuera y la obliga a entrar de inmediato. Mientras él cae exhausto en la cama, ella permanece despierta, oyendo el aullido del viento. En medio de la noche, escucha un estruendo como nunca antes había oído. El hombre se despierta sobresaltado.

—¡Los diques se han roto, viene el agua viene! ¡Al desván, rápido! —Sube la escalera silenciosamente. Abajo, en la sala, ya hay agua. Agua que huele maravillosamente a sal, algas y hogar. Quiere ir allí, pero no puede. Antes de subir, el hombre saca de debajo de su colchón un extraño pedazo de cuero, que ata a su muñeca.

Han estado horas en el desván, cuando el agua llega al hueco de la escalera. Ella se acerca, pero el hombre le ordena subir al techo. No quiere, quiere ir al agua, pero aún no puede negarse. Sube al techo antes que él, y él la empuja bruscamente hacia arriba. Ella se sienta en el techo y mira el agua que sube. Cada vez más alto, cada vez más cerca. La llama y la atrae. ¡El agua salada es su hogar, no la casa sobre la que está! Se pone de pie, corre hacia la punta del techo.

—¡No! —grita él. En el momento en que va a saltar, siente sus brazos alrededor de ella. Intenta detenerla. Ella lucha, pero él sigue siendo más fuerte. Sin embargo, se acercan más. Ella se rinde, deja que su cuerpo se vuelva inerte en sus brazos y lo abraza. Y entonces se deja llevar. La sorpresa es demasiada y él no puede mantener el equilibrio, juntos caen en el agua tumultuosa. Se hunden, cada vez más profundamente. El hombre lucha, quiere subir, quiere salir del agua, pero ahora ella es más fuerte. Aquí está en su elemento. Su cuerpo comienza a cambiar. Su ritmo cardíaco se vuelve más lento, su piel se convierte en pelaje, sus piernas se funden y sus pies se vuelven planos, sin dedos. También sus manos cambian, casi no puede sostener al hombre. Siente un dolor punzante en su cadera, donde está la cicatriz y entonces lo sabe: ¡el cuero en su muñeca es su pelaje! ¡Así es como él ha podido dominarla! Sus manos ya no son manos, sino aletas, esa parte de ella nunca la recuperará. Pero el hombre tampoco la tendrá. Ella observa mientras él lentamente se hunde hasta el fondo, su piel se vuelve azul y deja de luchar. Luego, ella nada, lejos de esta tierra inundada, de regreso al mar, donde pertenece.


Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde la guardería. En el colegio sacaba buenas notas. En los últimos años, estar crónicamente enferma le ha dado al menos una cosa: tiempo para escribir. En 2019, comenzó a escribir de nuevo después de un bloqueo que le duró varios años, y desde entonces una serie de historias se han publicado en diversas colecciones. Le gusta escribir ficción histórica, ficción futurista, fantasía y ha incursionado en el slipstream, pero está dispuesta a probar casi cualquier cosa. También es jurado y editora de EdgeZero. Además de escribir, le encanta leer, jugar y hacer manualidades con todos los materiales posibles e imposibles. También le gusta mucho el café, el queso y la música. 

 

SOMBRAS EN LA LLUVIA