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martes, 31 de marzo de 2026

LOS JARDINES DE R'LYEH

Johan Klein Haneveld

 

Ramas blancas, como las manos de un esqueleto roído, se extendían hacia mí desde arriba y amenazaban con engancharse en mi equipo. En algunos lugares colgaban mechones marrones y viscosos que se balanceaban como si tuvieran vida propia. Había visto algunos destellos de color, algo que se escabulló rápidamente hacia un escondite, pero por lo demás el bosque estaba completamente desierto. No se oía ningún sonido, nada se movía. Lo único que se veía eran troncos pálidos.

Debajo de mí había un sendero de arena y conchas, la mayoría reducidas ya a polvo. Descendía entre dos paredes rocosas y se perdía en la penumbra. Aunque la temperatura seguía siendo agradable, sentí de pronto un escalofrío entre los omóplatos, como si unos ojos extraños me estuvieran observando. Contuve la respiración y miré fijamente a mi alrededor. Sin embargo, las sombras permanecieron vacías.

Finalmente dejé escapar una corriente de burbujas. Brillando como diamantes, ascendieron hacia la superficie. Miré el ordenador de buceo en mi antebrazo izquierdo y luego busqué la válvula de mi chaleco de flotabilidad, que se encontraba en algún punto de mi pecho. Al pulsar el botón, dejé entrar aire en el chaleco. Ascendí.

Las paredes de la grieta submarina se deslizaron a ambos lados de mí; los esqueletos de coral me dejaron pasar sin obstáculos. Volvía a tener visibilidad en todas direcciones, un mundo azul claro bajo un techo de relucientes espejitos. Era como si me encontrara en el océano abierto. El arrecife bajo mí era blanco como la tiza, completamente muerto. Las miríadas de peces de todos los colores que solían congregarse allí habían desaparecido, salvo por algún tímido rezagado. Solo las algas parecían sentirse aún en casa en aquel lugar.

Estaba ascendiendo demasiado rápido y tiré del cordón que liberaba aire. Un pequeño chorro más para no hundirme y quedé suspendida. Una mirada al ordenador me indicó que aún tenía veinte minutos de oxígeno. Suficiente para regresar al barco, que flotaba a cierta distancia detrás de mí, proyectando una columna de sombra.

A mi derecha ascendía una espiral de burbujas. Cuanto más se acercaban a la superficie, más planas se volvían, como sombreros de hongos soplados en vidrio. Apareció una silueta oscura. Noah. Vi la botella blanca en su espalda, el neopreno negro y azul del traje de buceo y, tras su máscara, el blanco de sus ojos en su rostro oscuro. Ya hacía un rato que me preguntaba dónde se había metido.

Junté el pulgar y el índice, con los demás dedos extendidos: la señal de ¿todo bien?
Él hizo un gesto de negación con la mano plana. Así que no. Luego señaló hacia abajo y levantó el pulgar apuntando hacia el fondo.

Hice el mismo gesto que antes. Lo seguiría.

Con movimientos lentos de las aletas y los brazos cruzados sobre el pecho nadé hacia Noah. Él ya estaba dejando salir aire de su chaleco y comenzó a descender. Cuando llegué a su altura, lo imité. Desde la luz clara del sol entré en una penumbra gris y muerta.

No sabía si esa grieta de coral era realmente más estrecha que la que había explorado antes, o si solo lo parecía porque ahora los dos llenábamos el espacio reducido. En cualquier caso, despertó en mí un sentimiento de claustrofobia que llevaba oculto. Lo que más deseaba era ascender de inmediato. Noah, en cambio, descendía cada vez más.

Tuve que seguirlo.

Las paredes a mi alrededor me recordaban al mármol de un mausoleo. Me di cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Mi compañero de buceo se detuvo debajo de mí. Soplé un poco de aire en el chaleco y me deslicé hasta quedar suspendida a su lado. Sin embargo, había frenado demasiado tarde el descenso y tuve que extender la mano para evitar tocar el fondo de conchas. De inmediato se levantó un fino polvo blanco que le dio al agua un aspecto lechoso, aunque no lo suficiente como para obstaculizar mi visión.

Noah señaló. Sus ojos me miraban desde detrás de la máscara como si esperara algo de mí. Tragué saliva.

Lo que veía era un gusano marrón rojizo, aproximadamente tan grueso como mi muñeca, que pulsaba levemente. No se veía ni el principio ni el final. Detrás de mí, el tentáculo serpenteante desaparecía de la vista tras una curva de la grieta. Delante de mí se perdía en la profundidad azul.

Noah volvió a señalar. No esperó mi señal de aprobación, sino que empezó a nadar.

Mi corazón martilleaba en la garganta y mi respiración parecía una tormenta dentro del regulador. Si el mundo que nos rodeaba hubiera tenido aún color, en ese momento lo habría perdido.

Volví a mirar el ordenador. Ya estábamos a veinticinco metros de profundidad. Dentro de poco tendríamos que hacer paradas de descompresión para poder subir con seguridad. En cualquier caso, yo no tenía suficiente aire para eso.

Nadé junto a Noah, llamé su atención y levanté el pulgar hacia arriba.

Pareció recorrerlo una sacudida. Miró el cable orgánico. Para entonces habíamos llegado al final de la grieta submarina, pero no al final del gusano. Su largo cuerpo continuaba serpenteando por la pendiente cubierta de conchas muertas. Seguía vibrando, como un intestino que bombea líquido.

Más abajo parecía incluso más ancho, al menos tan grueso como mi muslo. El final quedaba oculto en la profundidad. Si es que en algún lugar terminaba.

Noah miró su profundímetro y luego su reloj. Era uno de los pocos de nuestro equipo que no usaba ordenador de buceo. Finalmente se relajó. Me miró e hizo la señal con el pulgar y el índice.

El alivio me invadió.

Dejé entrar aire en el chaleco y, mientras controlaba mi velocidad en la pantalla, ascendí. Mi compañero me siguió. Sin embargo, lo vi mirar de vez en cuando hacia abajo, como si esperara captar aún un último vistazo de su extraño descubrimiento.

 

Caminé hacia la proa, vestida con mi traje de baño y unos pantalones cortos verde menta, con sandalias en los pies y un sombrero para el sol, aunque el sol ya colgaba grande y naranja sobre el horizonte. Llevaba dos cervezas ya abiertas. Grandes gotas se condensaban sobre el vidrio verde.

Noah estaba sentado en una de las sillas de playa de plástico, con las manos detrás de la cabeza, mirando al horizonte. Llevaba una camiseta desteñida de una marca de buceo.

Dejé una botella a su lado y me dejé caer en la otra silla. El primer trago fue una experiencia casi celestial: el frío contrastaba intensamente con el calor, que incluso ahora, al caer la tarde, seguía siendo sofocante.

Solté un profundo suspiro. Luego miré hacia él.

Mi compañero de buceo no se había movido. Sus cejas espesas estaban fruncidas y vi que se mordía el labio inferior.

—¿Qué crees que era? —pregunté, después de dar un segundo trago.

Mi colega parpadeó y se volvió hacia mí. Evidentemente le costaba sonreír.

—Ah, eh, Dian, no te había visto —dijo. Miró hacia la botella a su lado—. Gracias por la cerveza.

—No hay problema —asentí. Pero no iba a dejar el tema tan fácilmente. Señalé hacia él con el cuello de mi botella—. En serio. ¿Qué era esa cosa? ¿Un cable? ¿Un tubo? Parecía estar vivo.

—No dejo de pensar en otra cosa —suspiró Noah—. Nunca he visto nada ni remotamente parecido. No parecía algo artificial. Además, estamos en el borde de la Gran Barrera de Coral. En cientos de kilómetros a la redonda no hay fábricas ni instalaciones.

Negué con la cabeza.

—Pero si es algo vivo, es una especie desconocida. Más grande que cualquier criatura que conozcamos, incluso la ballena azul.

—Tal vez sea algún tipo de alga, o de planta marina. En las zonas donde el coral ha desaparecido aparecen muchas formas nuevas.

—¿A más de veinticinco metros de profundidad?

Mi colega hizo una mueca.

—No lo sé. Pero sea lo que sea, nosotros somos los primeros en haberlo observado. Ningún estudio del arrecife ha descrito este fenómeno. Los investigadores también han estado a menudo en esta zona. Eso significa que ese gusano, o lo que sea, empezó a crecer cuando el proceso de blanqueamiento ya llevaba tiempo en marcha.

—Parecía como si viniera del mar profundo, de la plataforma continental o incluso de más allá. Dicen que la mayor parte del fondo oceánico nunca ha sido cartografiado.

—No hace falta cartografiarlo para saber que es desnudo y muerto, con apenas algunos erizos y pepinos de mar.

Sabía que tenía razón, pero mi imaginación seguía fascinada por la idea de que una parte tan grande de nuestro planeta fuera territorio desconocido; de que supiéramos más sobre la superficie de la Luna que sobre el fondo del mar. Era una de las razones por las que había elegido este campo de investigación. Además, seguía cada descubrimiento –o rumor de descubrimiento– relacionado con mi disciplina.

—¿Has oído hablar de ese satélite que encontró un banco submarino en medio del Pacífico que antes no estaba? —pregunté.

—Lo leí porque tú lo tuiteaste —respondió Noah—. Pero la meseta sigue estando a más de mil metros de profundidad. Y hay volcanes bajo el agua, eso lo sabes tan bien como yo.

—¿Volcanes que formen un círculo perfecto, con una cima completamente plana?

Tomó su cerveza, bebió un sorbo y se limpió la boca con el dorso de la mano. Seguía serio.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que es R’lyeh, la ciudad donde duerme Cthulhu?

Me incorporé de golpe.

—¡No sabía que fueras un experto en terror!

—Algo se me ha pegado —respondió—. ¿Creías que solo tocaba el didgeridoo? ¿O que practicaba con el bumerán? Si fuera así, nunca habría terminado aquí.

Con un amplio gesto señaló la superficie rojiza y brillante del océano.

—Es solo que nunca te había oído hablar de Lovecraft —dije, algo avergonzada. Entonces se me ocurrió una idea—. Las historias de tu pueblo, las del tiempo del sueño… ¿no dicen algo sobre esa nueva meseta? Sé que se usaban para transmitir información sobre el entorno y que en esos textos han encontrado detalles de casi quince mil años de antigüedad. Hablan de penínsulas y costas que llevan miles de años bajo el agua.

Noah se encogió de hombros.

—Sí, durante generaciones se transmitieron así datos geográficos. Pero el nivel del mar estuvo, como mucho, ciento veinte metros por debajo del actual. No dicen nada sobre una meseta a mil metros de profundidad.

—Si recuerdo bien dónde debería encontrarse ese banco —murmuré—, y prolongamos la línea de ese extraño tubo o gusano… llega más o menos al mismo lugar.

—Eso era exactamente en lo que estaba pensando cuando apareciste —admitió mi colega.

Había vuelto a dejar la botella casi llena y miraba fijamente al frente. Detrás de nosotros el sol se hundía y sobre el horizonte oriental aparecían las primeras estrellas.

—Lo que vimos parecía una especie de antena —continuó—. Un tentáculo. Como si algo desde las profundidades hubiera venido a investigar cómo van las cosas en la Gran Barrera de Coral.

—¿Y quién es ahora el que tiene demasiada imaginación?

—Muy gracioso, Dian —murmuró Noah—. Pero yo he aprendido que la naturaleza no es algo muerto, recursos que los humanos puedan usar sin consecuencias. En todas partes hay lugares sagrados donde los espíritus de nuestros antepasados aún hacen sentir su presencia. Se espera que los tratemos con respeto.

El mismo escalofrío que había sentido durante la inmersión volvió a posarse sobre mis hombros.

Di un sorbo, pero la cerveza había perdido su sabor.

—¿Qué quieres decir con eso?

Su rostro era un libro abierto en el que podía leerse una profunda inquietud.

—Que la humanidad no ha cuidado precisamente bien del coral, ¿verdad?

Johan Klein Haneveld (nacido en 1976) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía y terror. Su primera novela, Neptunus, se publicó en 2001. Desde entonces, ha publicado 31 novelas, novelas cortas y colecciones de relatos. Su díptico fantástico De Krakenvorst y la colección de ciencia ficción Conquistador recibieron críticas positivas. Sus relatos se pueden leer en numerosas antologías y revistas. Ganó el Premio EdgeZero en 2022 por su relato " ‘Ontsnappingspoging". Ha editado tres antologías, entre ellas las antologías climáticas Voorbij de storm y Welkom in de broeikaswereld. Reseña ciencia ficción y fantasía holandesa para la revista Fantastische Vertellingen. Johan se gana la vida como editor jefe de la Tijdschrift voor Diergeneeskunde (Revista de Medicina Veterinaria). El tiempo libre que le queda, además de leer y escribir, lo dedica al cuidado de sus cuatro acuarios y a una creciente colección de cactus, suculentas y plantas carnívoras. Visita regularmente los jardines botánicos. Vive con su esposa en Delft, con una hermosa vista desde el decimoquinto piso.

lunes, 19 de enero de 2026

EL SALTO


Johan Klein Haneveld

 

Tres haces de luz solar se clavaban como dedos a través del dosel y palpaban con descaro el suelo de agujas rojizas y musgo esponjoso. El rocío en esos puntos se transformaba en vapor y la neblina danzaba con el polvo entre los troncos. Lentamente, los rayos anaranjados avanzaban en dirección a una rama rota, con el extremo aún deshilachado, entre las agujas apiñadas medio verde oscuro, medio marrones. Trepaban por la corteza y por los musgos y helechos adheridos a las grietas, que por un instante relucían como engastados con diamantes. El haz central iluminaba el hueco bajo el tronco. La tierra suelta había sido removida formando un semicírculo a su alrededor. La sombra bajo la madera se disipó y el brillo de la luz matinal alcanzó los rincones más profundos. El espacio estaba ocupado en su mayor parte por un bulto oscuro de bordes desflecados. La luz rozó una fosa nasal, en la punta de un largo hocico escamoso. Su borde sensible se contrajo y volvió a expandirse, y a continuación se oyó un estornudo amortiguado. De la masa emergió una larga pata con tres garras curvadas hacia atrás entre un abanico de plumas de color marrón claro y herrumbre. Las uñas rasparon varias veces la nariz. Mientras tanto, en el costado de la cabeza se abrió un ojo. La pupila redonda se contrajo al instante hasta convertirse en un diminuto punto dentro de un círculo dorado.

Al instante siguiente, el hueco bajo el tronco estaba vacío. El utahraptor que hasta hacía un momento dormía se encontraba ahora despierto y alerta sobre una rama lateral quebrada, medio oculto tras las agujas moribundas. Con cuidado se alisó las plumas, sobre todo las de su cola de dos metros de largo, que luego volvió a erguirse como una antena. El dinosaurio aún no estaba completamente desarrollado, pero sus flancos ya adquirían el característico brillo rojo intenso de los machos, y alrededor de sus ojos relucían escamas de un azul iridiscente. En lo alto de la cabeza llevaba una cresta de plumas rojoanaranjadas, todavía no tan grande como la de los individuos dominantes, pero sí mayor que la de sus congéneres de edad similar.

El raptor mantenía el brazo izquierdo apretado contra el cuerpo, y las garras de ese lado colgaban flácidas. Sin embargo, la herida no parecía limitarlo en sus movimientos. Una vez terminada la limpieza, corrió por la rama caída hasta el extremo astillado y desde allí saltó más de tres metros hacia arriba, hasta un viejo tocón del tronco. Siguió otro salto y las garras curvas de sus patas traseras se engancharon firmemente en la corteza áspera del árbol. El raptor volvió a impulsarse, sujetándose ahora también con su pata delantera sana. Un salto más y aterrizó en una rama baja. La recorrió hasta que el extremo se volvió demasiado delgado para soportar su peso. En un solo movimiento saltó hacia el árbol siguiente, con las plumas de la cola extendidas, de modo que incluso pareció flotar por un instante.

Ese era su territorio: la maraña de ramas y troncos en la luz verde amortiguada, y los pequeños reptiles del bosque, las aves coloridas y los mamíferos planeadores huían de él. Una criatura de cola desnuda llegó demasiado tarde. Con un rápido movimiento de cabeza, el raptor la lanzó al aire y atrapó el cuerpecillo roto entre los dientes. Si no hubiera estado herido, se habría atrevido a subir más alto, hacia las ramas delgadas, las autopistas del bosque, que se cruzaban con las rutas de los grandes herbívoros y los gigantes cornudos. Pero ya se había caído una vez, no hacía mucho, y ahora era vulnerable. No era el único que utilizaba esos caminos elevados.

Dos saltos, un aterrizaje intermedio en el suelo del bosque –en el que casi perdió el equilibrio– y rápidamente volvió a trepar a otro árbol y vio un círculo oscuro en la corteza. El raptor inclinó la cabeza mientras golpeaba la mancha decolorada con una uña curva. El sonido lo satisfizo, y hábilmente rasgó la corteza. Gruesos escarabajos estaban apiñados alrededor de sus larvas, zumbando ante la perturbación. Los fue atrapando uno a uno y los aplastó con la lengua contra el paladar. Demasiado poco para saciar por completo su hambre, pero suficiente para ayudarlo a pasar la mañana.

Los últimos jirones de neblina se disiparon y las aves por fin cesaron sus ruidosas discusiones en el techo del bosque. La penumbra verde entre los troncos se volvió lentamente espesa por el calor. El raptor se acuclilló contra el tronco de un gigante del bosque, oculto bajo un manto de manchas de luz y sombra; su único movimiento era el abrir y cerrar de las fosas nasales. Tenía los ojos fijos en el suelo de la floresta que se extendía debajo, con los músculos tensos para lanzarse en cualquier momento, aunque hacía horas que no pasaba ninguna presa. La única vida a su alrededor consistía en tres moscas que zumbaban de forma irritante alrededor de su cabeza. Ni siquiera se movió para espantarlas. Lo que estaba esperando podía llegar en cualquier momento.

Crujidos. No desde abajo, sino desde arriba a la derecha, a dos árboles de distancia. Ramas que se azotaban. El dinosaurio giró la cabeza para poder ver entre las hojas. Una mancha rojo intenso tomó forma definida: una cresta de plumas erguida, fauces llenas de dientes y dos patas traseras recogidas. El utahraptor dominante, una vez y media más grande que él, descendía sobre su posición.

Justo a tiempo, el raptor se dejó caer de su rama. Una garra curva rasgó sus plumas, pero no alcanzó la piel. Aterrizó entre las agujas secas del suelo del bosque y lanzó su brazo sano hacia afuera para mantenerse en pie. Sin mirar atrás, huyó del árbol. Un grito de frustración sonó tras él. Fue respondido desde otra dirección. Un macho dominante nunca cazaba solo, sino siempre acompañado de hembras y subordinados. Dos de ellas colgaban cabeza abajo de un tronco, de un marrón discreto contra el fondo. Cuando el raptor en fuga pasó junto a ellas, se dejaron caer.

Las dos hembras quedaron justo detrás de él y se intercambiaron señales excitadas. Un medio adulto herido significaba una presa fácil. El raptor mantuvo la cabeza baja, cerca del suelo. Su única oportunidad era sorprender a sus perseguidores. Así que se lanzó hacia la derecha, entre dos helechos, saltó sobre un árbol caído, zigzagueó entre ramas muertas y de pronto giró bruscamente a la izquierda. Su respiración empezó a fallar. Detrás de él se seguía oyendo un roce constante. Los tres adultos se separaron y comenzaron a cercarlo lentamente.

Pronto el raptor quedó exhausto. Su brazo herido empezó a arder y a ambos lados de su campo visual aparecieron manchas negras. Volvió a desviarse, esta vez hacia la izquierda. Bajo él se abrió una pendiente vertical y, por reflejo, saltó desde las rocas antes de poder asimilar bien el entorno. Abajo crecían más árboles y vio algo azul. Tal vez agua. Con suerte podría aterrizar en una rama. Pero con una sola ala no podría corregir la caída. Descendía demasiado rápido. Su cuerpo se haría añicos contra el suelo y sería despedazado por sus propios congéneres.

El raptor aleteó desesperadamente. En pleno aire, las garras de sus dedos tocaron de pronto una superficie dura. Chocó con el pecho contra ella y la mandíbula inferior se cerró dolorosamente contra la superior. Pero esta vez no se rompió ningún hueso. Se deslizó cuesta abajo por una pendiente tan lisa que no podía encontrar agarre. Un reflejo casi perfecto lo había engañado. Como en un estanque, pero más liso de lo que jamás había visto, las copas de los árboles apuntaban hacia abajo. Y la superficie no era como el agua, sino más dura que el hielo. Era un disco enorme, de al menos veinte longitudes corporales de diámetro, inclinado entre los troncos. El borde inferior desaparecía en el suelo y a la izquierda un árbol había arrancado un fragmento de él. Sin costuras visibles, la madera y el material brillante parecían fundirse entre sí, como si el objeto no se hubiera incrustado desde fuera en el tronco, sino que hubiera aparecido de pronto en ese lugar.

En lo alto de la pendiente, sus tres perseguidores se habían detenido en seco. Una de las hembras inclinó la cabeza. Los raptores emitieron suaves gorjeos, claramente indecisos a la hora de dar el salto. El macho dominante erizó las plumas. No tardaría en perder el miedo. El hambre era una motivación mucho más poderosa que el respeto.

Mientras tanto, el raptor se había deslizado casi hasta el borde inferior del disco. Comenzó a incorporarse, preparándose para saltar desde allí al suelo. En ese momento, su rodilla presionó una sección flexible. Algo retumbó bajo él y se abrió un hueco cuadrado. Intentó aferrarse al borde con una garra, pero falló y cayó en la oscuridad. El polvo se alzó en una nube a su alrededor.

Pasaron unos segundos antes de que los ojos del raptor se adaptaran a la penumbra. Se encontraba en una cueva, pero con paredes lisas y rectas y un suelo que ascendía en pendiente. Este último era lo bastante áspero como para clavar las garras. Desde arriba llegó un golpe resonante y un grito nasal triunfal. Rasguños de garras. Poco después, dos impactos más. Era solo cuestión de tiempo antes de que sus perseguidores descubrieran también la abertura hacia abajo.

El raptor no dudó y comenzó a trepar por la extraña gruta. A no más de unas pocas longitudes corporales, el pasaje terminaba en una bifurcación. Giró a la izquierda, donde podía aferrarse con las uñas al suelo, que de pronto se había convertido en una pared a su derecha. Al mismo tiempo, la pared lisa a su lado pasó a ser el suelo. Solo podía avanzar con pequeños saltos. El aire había permanecido allí inmóvil durante mucho tiempo y olía a procesos de descomposición, aunque su hedor era más dulce de lo habitual. La fetidez no lo detuvo. Desde arriba llegaba un resplandor rojo, apenas visible.

El pasillo se curvaba y no mucho después el suelo áspero volvió a quedar debajo de él, como correspondía. La luz provenía de una abertura rectangular a un lado del raptor. De allí emanaban también los olores más intensos. Trepó hacia el interior.

Este nuevo espacio era considerablemente más amplio. El suelo descendía en pendiente hacia una pared con superficies negras y brillantes. De ellas emanaba luz roja, producida por pequeños signos densamente agrupados sobre el fondo oscuro. Del suelo sobresalían dos objetos. El raptor saltó y aterrizó sobre el más cercano. Bajo el segundo colgaba un cadáver, sujeto en su lugar por correas. El cráneo amarillento era sorprendentemente redondo, sin hocico y con dientes cuadrados. Los huesos de los brazos eran largos, con dedos extendidos en los extremos, pero sin garras. La extraña criatura carecía de cola. Estaba casi reducida a un esqueleto, aunque aún cubierta por una extraña piel brillante. Abajo, contra la pared, yacían más huesos y un rostro de mueca grotesca. Nunca había visto nada parecido.

El cadáver no olía a algo comestible, concluyó el raptor. De pronto llegaron ecos resonantes desde el pasillo que acababa de abandonar. Miró hacia la abertura en la pared sobre él. Golpeteos de garras sobre metal. Claramente tres individuos. El sonido cambió cuando alcanzaron la bifurcación y, como él, treparon por el pasaje izquierdo. Evidentemente veían las marcas que sus garras habían dejado. Emitían suaves sonidos para coordinar el ataque. Entonces, de pronto, todo quedó en silencio.

El raptor saltó y recogió las patas traseras en el aire. Había elegido el momento justo. Además, tenía la ventaja de disponer de suficiente luz para ver, mientras los otros se movían en la oscuridad. La cabeza de una de las hembras apareció por la abertura, seguida de dos brazos emplumados. La pata trasera derecha del raptor se lanzó hacia adelante en ese preciso instante. Su garra curva desgarró la garganta de ella, justo bajo el mentón, y la sangre caliente salpicó en un semicírculo.

Gorgoteando, su atacante cayó hacia atrás. Resonó un grito de sobresalto y el sonido de una lucha. El raptor también había retrocedido y cayó sobre una de las superficies con los signos rojos. Una punzada de dolor atravesó su brazo herido. Al incorporarse, presionó con una de sus garras un saliente redondo. Retiró la pata sobresaltado. Detrás de él, los brillantes símbolos rojos comenzaron a moverse. Cambiaron de forma, ocuparon otras posiciones. El suelo empezó a vibrar, primero suavemente, pero cada vez con mayor intensidad, acompañado de un zumbido cada vez más agudo.

Fuera de su campo visual, el macho dominante gritó. Pero no de miedo. Sus garras volvieron a golpear el material liso de la pared y se acercaban con rapidez. El raptor sacudió la cabeza como si se quitara telarañas, luego saltó al objeto que sobresalía del suelo –el que sostenía el cuerpo debajo– y desde allí a la segunda abertura en la pared, opuesta a la que había entrado. Por el rabillo del ojo vio movimiento: sus perseguidores. Pero les llevaba ventaja.

Estaba oscuro, pero el pasaje tenía la misma forma que el del otro lado, y el raptor se deslizó cuesta abajo por la superficie lisa. Abajo llegó a una bifurcación en T. En el lado opuesto yacía un cuerpo de raptor, con la cabeza torcida en un ángulo extraño. No se detuvo, sino que siguió descendiendo. El temblor del suelo se había convertido en bruscas sacudidas, y el zumbido se tornaba irritante. Con las últimas fuerzas, se impulsó y salió disparado por la abertura sobre él hacia el mundo exterior. La luz repentina le hirió los ojos. Detrás de él se acercaban los dos raptores restantes. Sabía que debía actuar rápido, pero su energía estaba realmente agotada. Aleteando con su brazo sano, se deslizó cuesta abajo por el disco. Sus perseguidores podían seguirlo al exterior en cualquier momento.

La abertura en el material brillante detrás de él se cerró. Los dos raptores quedaron separados de él. Ya no podía ni oírlos. Solo un golpe sordo, que parecía provenir de muy lejos. Otros sonidos quedaron ahogados por los chirridos y traqueteos del disco. El raptor estaba a punto de alcanzar el borde del extraño objeto. Pero antes de poder saltar, este desapareció bajo él. Donde antes había una superficie impenetrable y reflectante, ahora solo quedaba el vacío y el suelo seco del bosque dos metros más abajo. Tan sobresaltado estaba que cayó de costado. Confundido, sacudió el polvo de sus plumas. El disco ya no reflejaba el cielo; ahora podía ver simplemente los árboles. Un hoyo en el suelo y una muesca en uno de los troncos eran los únicos rastros que quedaban del objeto. El zumbido que durante un instante había dominado todos los demás sonidos dio paso a un silencio profundo. La máquina del tiempo había regresado a su momento de partida.

Lentamente, el raptor se incorporó. Esperó. No ocurrió nada más. El olor de una pequeña criatura peluda alcanzó sus fosas nasales. Saltó, alcanzó una rama baja y desapareció entre las agujas.

Johan Klein Haneveld (nacido en 1976) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía y terror. Su primera novela, Neptunus, se publicó en 2001. Desde entonces, ha publicado 31 novelas, novelas cortas y colecciones de relatos. Su díptico fantástico De Krakenvorst y la colección de ciencia ficción Conquistador recibieron críticas positivas. Sus relatos se pueden leer en numerosas antologías y revistas. Ganó el Premio EdgeZero en 2022 por su relato " ‘Ontsnappingspoging". Ha editado tres antologías, entre ellas las antologías climáticas Voorbij de storm y Welkom in de broeikaswereld. Reseña ciencia ficción y fantasía holandesa para la revista Fantastische Vertellingen. Johan se gana la vida como editor jefe de la Tijdschrift voor Diergeneeskunde (Revista de Medicina Veterinaria). El tiempo libre que le queda, además de leer y escribir, lo dedica al cuidado de sus cuatro acuarios y a una creciente colección de cactus, suculentas y plantas carnívoras. Visita regularmente los jardines botánicos. Vive con su esposa en Delft, con una hermosa vista desde el decimoquinto piso.

 

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