martes, 31 de marzo de 2026

LOS JARDINES DE R'LYEH

Johan Klein Haneveld

 

Ramas blancas, como las manos de un esqueleto roído, se extendían hacia mí desde arriba y amenazaban con engancharse en mi equipo. En algunos lugares colgaban mechones marrones y viscosos que se balanceaban como si tuvieran vida propia. Había visto algunos destellos de color, algo que se escabulló rápidamente hacia un escondite, pero por lo demás el bosque estaba completamente desierto. No se oía ningún sonido, nada se movía. Lo único que se veía eran troncos pálidos.

Debajo de mí había un sendero de arena y conchas, la mayoría reducidas ya a polvo. Descendía entre dos paredes rocosas y se perdía en la penumbra. Aunque la temperatura seguía siendo agradable, sentí de pronto un escalofrío entre los omóplatos, como si unos ojos extraños me estuvieran observando. Contuve la respiración y miré fijamente a mi alrededor. Sin embargo, las sombras permanecieron vacías.

Finalmente dejé escapar una corriente de burbujas. Brillando como diamantes, ascendieron hacia la superficie. Miré el ordenador de buceo en mi antebrazo izquierdo y luego busqué la válvula de mi chaleco de flotabilidad, que se encontraba en algún punto de mi pecho. Al pulsar el botón, dejé entrar aire en el chaleco. Ascendí.

Las paredes de la grieta submarina se deslizaron a ambos lados de mí; los esqueletos de coral me dejaron pasar sin obstáculos. Volvía a tener visibilidad en todas direcciones, un mundo azul claro bajo un techo de relucientes espejitos. Era como si me encontrara en el océano abierto. El arrecife bajo mí era blanco como la tiza, completamente muerto. Las miríadas de peces de todos los colores que solían congregarse allí habían desaparecido, salvo por algún tímido rezagado. Solo las algas parecían sentirse aún en casa en aquel lugar.

Estaba ascendiendo demasiado rápido y tiré del cordón que liberaba aire. Un pequeño chorro más para no hundirme y quedé suspendida. Una mirada al ordenador me indicó que aún tenía veinte minutos de oxígeno. Suficiente para regresar al barco, que flotaba a cierta distancia detrás de mí, proyectando una columna de sombra.

A mi derecha ascendía una espiral de burbujas. Cuanto más se acercaban a la superficie, más planas se volvían, como sombreros de hongos soplados en vidrio. Apareció una silueta oscura. Noah. Vi la botella blanca en su espalda, el neopreno negro y azul del traje de buceo y, tras su máscara, el blanco de sus ojos en su rostro oscuro. Ya hacía un rato que me preguntaba dónde se había metido.

Junté el pulgar y el índice, con los demás dedos extendidos: la señal de ¿todo bien?
Él hizo un gesto de negación con la mano plana. Así que no. Luego señaló hacia abajo y levantó el pulgar apuntando hacia el fondo.

Hice el mismo gesto que antes. Lo seguiría.

Con movimientos lentos de las aletas y los brazos cruzados sobre el pecho nadé hacia Noah. Él ya estaba dejando salir aire de su chaleco y comenzó a descender. Cuando llegué a su altura, lo imité. Desde la luz clara del sol entré en una penumbra gris y muerta.

No sabía si esa grieta de coral era realmente más estrecha que la que había explorado antes, o si solo lo parecía porque ahora los dos llenábamos el espacio reducido. En cualquier caso, despertó en mí un sentimiento de claustrofobia que llevaba oculto. Lo que más deseaba era ascender de inmediato. Noah, en cambio, descendía cada vez más.

Tuve que seguirlo.

Las paredes a mi alrededor me recordaban al mármol de un mausoleo. Me di cuenta de que estaba conteniendo la respiración. Mi compañero de buceo se detuvo debajo de mí. Soplé un poco de aire en el chaleco y me deslicé hasta quedar suspendida a su lado. Sin embargo, había frenado demasiado tarde el descenso y tuve que extender la mano para evitar tocar el fondo de conchas. De inmediato se levantó un fino polvo blanco que le dio al agua un aspecto lechoso, aunque no lo suficiente como para obstaculizar mi visión.

Noah señaló. Sus ojos me miraban desde detrás de la máscara como si esperara algo de mí. Tragué saliva.

Lo que veía era un gusano marrón rojizo, aproximadamente tan grueso como mi muñeca, que pulsaba levemente. No se veía ni el principio ni el final. Detrás de mí, el tentáculo serpenteante desaparecía de la vista tras una curva de la grieta. Delante de mí se perdía en la profundidad azul.

Noah volvió a señalar. No esperó mi señal de aprobación, sino que empezó a nadar.

Mi corazón martilleaba en la garganta y mi respiración parecía una tormenta dentro del regulador. Si el mundo que nos rodeaba hubiera tenido aún color, en ese momento lo habría perdido.

Volví a mirar el ordenador. Ya estábamos a veinticinco metros de profundidad. Dentro de poco tendríamos que hacer paradas de descompresión para poder subir con seguridad. En cualquier caso, yo no tenía suficiente aire para eso.

Nadé junto a Noah, llamé su atención y levanté el pulgar hacia arriba.

Pareció recorrerlo una sacudida. Miró el cable orgánico. Para entonces habíamos llegado al final de la grieta submarina, pero no al final del gusano. Su largo cuerpo continuaba serpenteando por la pendiente cubierta de conchas muertas. Seguía vibrando, como un intestino que bombea líquido.

Más abajo parecía incluso más ancho, al menos tan grueso como mi muslo. El final quedaba oculto en la profundidad. Si es que en algún lugar terminaba.

Noah miró su profundímetro y luego su reloj. Era uno de los pocos de nuestro equipo que no usaba ordenador de buceo. Finalmente se relajó. Me miró e hizo la señal con el pulgar y el índice.

El alivio me invadió.

Dejé entrar aire en el chaleco y, mientras controlaba mi velocidad en la pantalla, ascendí. Mi compañero me siguió. Sin embargo, lo vi mirar de vez en cuando hacia abajo, como si esperara captar aún un último vistazo de su extraño descubrimiento.

 

Caminé hacia la proa, vestida con mi traje de baño y unos pantalones cortos verde menta, con sandalias en los pies y un sombrero para el sol, aunque el sol ya colgaba grande y naranja sobre el horizonte. Llevaba dos cervezas ya abiertas. Grandes gotas se condensaban sobre el vidrio verde.

Noah estaba sentado en una de las sillas de playa de plástico, con las manos detrás de la cabeza, mirando al horizonte. Llevaba una camiseta desteñida de una marca de buceo.

Dejé una botella a su lado y me dejé caer en la otra silla. El primer trago fue una experiencia casi celestial: el frío contrastaba intensamente con el calor, que incluso ahora, al caer la tarde, seguía siendo sofocante.

Solté un profundo suspiro. Luego miré hacia él.

Mi compañero de buceo no se había movido. Sus cejas espesas estaban fruncidas y vi que se mordía el labio inferior.

—¿Qué crees que era? —pregunté, después de dar un segundo trago.

Mi colega parpadeó y se volvió hacia mí. Evidentemente le costaba sonreír.

—Ah, eh, Dian, no te había visto —dijo. Miró hacia la botella a su lado—. Gracias por la cerveza.

—No hay problema —asentí. Pero no iba a dejar el tema tan fácilmente. Señalé hacia él con el cuello de mi botella—. En serio. ¿Qué era esa cosa? ¿Un cable? ¿Un tubo? Parecía estar vivo.

—No dejo de pensar en otra cosa —suspiró Noah—. Nunca he visto nada ni remotamente parecido. No parecía algo artificial. Además, estamos en el borde de la Gran Barrera de Coral. En cientos de kilómetros a la redonda no hay fábricas ni instalaciones.

Negué con la cabeza.

—Pero si es algo vivo, es una especie desconocida. Más grande que cualquier criatura que conozcamos, incluso la ballena azul.

—Tal vez sea algún tipo de alga, o de planta marina. En las zonas donde el coral ha desaparecido aparecen muchas formas nuevas.

—¿A más de veinticinco metros de profundidad?

Mi colega hizo una mueca.

—No lo sé. Pero sea lo que sea, nosotros somos los primeros en haberlo observado. Ningún estudio del arrecife ha descrito este fenómeno. Los investigadores también han estado a menudo en esta zona. Eso significa que ese gusano, o lo que sea, empezó a crecer cuando el proceso de blanqueamiento ya llevaba tiempo en marcha.

—Parecía como si viniera del mar profundo, de la plataforma continental o incluso de más allá. Dicen que la mayor parte del fondo oceánico nunca ha sido cartografiado.

—No hace falta cartografiarlo para saber que es desnudo y muerto, con apenas algunos erizos y pepinos de mar.

Sabía que tenía razón, pero mi imaginación seguía fascinada por la idea de que una parte tan grande de nuestro planeta fuera territorio desconocido; de que supiéramos más sobre la superficie de la Luna que sobre el fondo del mar. Era una de las razones por las que había elegido este campo de investigación. Además, seguía cada descubrimiento –o rumor de descubrimiento– relacionado con mi disciplina.

—¿Has oído hablar de ese satélite que encontró un banco submarino en medio del Pacífico que antes no estaba? —pregunté.

—Lo leí porque tú lo tuiteaste —respondió Noah—. Pero la meseta sigue estando a más de mil metros de profundidad. Y hay volcanes bajo el agua, eso lo sabes tan bien como yo.

—¿Volcanes que formen un círculo perfecto, con una cima completamente plana?

Tomó su cerveza, bebió un sorbo y se limpió la boca con el dorso de la mano. Seguía serio.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que es R’lyeh, la ciudad donde duerme Cthulhu?

Me incorporé de golpe.

—¡No sabía que fueras un experto en terror!

—Algo se me ha pegado —respondió—. ¿Creías que solo tocaba el didgeridoo? ¿O que practicaba con el bumerán? Si fuera así, nunca habría terminado aquí.

Con un amplio gesto señaló la superficie rojiza y brillante del océano.

—Es solo que nunca te había oído hablar de Lovecraft —dije, algo avergonzada. Entonces se me ocurrió una idea—. Las historias de tu pueblo, las del tiempo del sueño… ¿no dicen algo sobre esa nueva meseta? Sé que se usaban para transmitir información sobre el entorno y que en esos textos han encontrado detalles de casi quince mil años de antigüedad. Hablan de penínsulas y costas que llevan miles de años bajo el agua.

Noah se encogió de hombros.

—Sí, durante generaciones se transmitieron así datos geográficos. Pero el nivel del mar estuvo, como mucho, ciento veinte metros por debajo del actual. No dicen nada sobre una meseta a mil metros de profundidad.

—Si recuerdo bien dónde debería encontrarse ese banco —murmuré—, y prolongamos la línea de ese extraño tubo o gusano… llega más o menos al mismo lugar.

—Eso era exactamente en lo que estaba pensando cuando apareciste —admitió mi colega.

Había vuelto a dejar la botella casi llena y miraba fijamente al frente. Detrás de nosotros el sol se hundía y sobre el horizonte oriental aparecían las primeras estrellas.

—Lo que vimos parecía una especie de antena —continuó—. Un tentáculo. Como si algo desde las profundidades hubiera venido a investigar cómo van las cosas en la Gran Barrera de Coral.

—¿Y quién es ahora el que tiene demasiada imaginación?

—Muy gracioso, Dian —murmuró Noah—. Pero yo he aprendido que la naturaleza no es algo muerto, recursos que los humanos puedan usar sin consecuencias. En todas partes hay lugares sagrados donde los espíritus de nuestros antepasados aún hacen sentir su presencia. Se espera que los tratemos con respeto.

El mismo escalofrío que había sentido durante la inmersión volvió a posarse sobre mis hombros.

Di un sorbo, pero la cerveza había perdido su sabor.

—¿Qué quieres decir con eso?

Su rostro era un libro abierto en el que podía leerse una profunda inquietud.

—Que la humanidad no ha cuidado precisamente bien del coral, ¿verdad?

Johan Klein Haneveld (nacido en 1976) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía y terror. Su primera novela, Neptunus, se publicó en 2001. Desde entonces, ha publicado 31 novelas, novelas cortas y colecciones de relatos. Su díptico fantástico De Krakenvorst y la colección de ciencia ficción Conquistador recibieron críticas positivas. Sus relatos se pueden leer en numerosas antologías y revistas. Ganó el Premio EdgeZero en 2022 por su relato " ‘Ontsnappingspoging". Ha editado tres antologías, entre ellas las antologías climáticas Voorbij de storm y Welkom in de broeikaswereld. Reseña ciencia ficción y fantasía holandesa para la revista Fantastische Vertellingen. Johan se gana la vida como editor jefe de la Tijdschrift voor Diergeneeskunde (Revista de Medicina Veterinaria). El tiempo libre que le queda, además de leer y escribir, lo dedica al cuidado de sus cuatro acuarios y a una creciente colección de cactus, suculentas y plantas carnívoras. Visita regularmente los jardines botánicos. Vive con su esposa en Delft, con una hermosa vista desde el decimoquinto piso.

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