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lunes, 6 de abril de 2026

SUERTE SINIESTRA

Rafael Bertozzo Duarte

 

Benicio venía muy angustiado últimamente. Su empresa estaba atravesando dificultades financieras y temía que pudiera ocurrir lo peor. ¿Cómo pedirle a Heloísa que bajaran su nivel de vida? Ella era bastante económica, pero estaba acostumbrada a ciertos gastos regulares: peluquería y manicura todas las semanas, estética cada quince días, sin mencionar la academia, la gasolina de los dos autos, el supermercado…

Pensaba en las cenas de los viernes, la cuota del club, los vinos caros de la bodega. Aún estaba el condominio, las suscripciones de celular, los streamings, los seguros… ¿Estaría ella preparada para perder todo aquello?

Su hijo Luciano acababa de cumplir once años. ¿Cómo sería decirle que tendría que cambiarse a una escuela pública? ¿O mudarse a una casa más pequeña? ¿Que ya no tendría un videojuego nuevo en cada cumpleaños? ¿Ni las zapatillas de moda que tanto le gustaban?

Pero un día Heloísa notó un cambio en él. Seguía pareciendo infeliz, pero ya no hablaba de los problemas de la empresa.

—Vamos a hacer un viaje —dijo él, con una sonrisa que no era de felicidad, sino de alivio, como quien finalmente se sacude un peso de encima.

—¿Estamos en condiciones? —preguntó ella—. Porque yo ya cancelé varios gastos. La factura de la tarjeta este mes cayó a la mitad.

—¿Qué fue lo que cortaste?

—Empecé por cosas que Luciano aún no nota. Gastos míos. Academia, peluquería, esas cosas.

—No necesitas cortar nada.

—¿Adónde vamos?

—Toronto.

—Es un viaje caro…

—No te preocupes por eso. Ya tengo todo planeado.

—Yo… necesito preguntarte algo.

—Dime, mi ángel. —Acarició el rostro de su esposa con aquella sonrisa contenida.

—¿Estamos huyendo?

Él tragó saliva.

—No. Te lo aseguro.

—No me convenciste. ¿Estás haciendo un desfalco? ¿Vamos a ser fugitivos? ¿Nunca más vamos a volver a Brasil? ¿Es eso?

—¡No! Claro que no. Te prometo que Luciano volverá a ver a la abuela y al abuelo, que vas a poder visitar a tu mamá como siempre. No vamos a vender esta casa ni a cortar gastos.

—Júrame que no estás haciendo nada ilegal.

—Ya te dije que no.

—Pero jura.

—Lo juro. Pero…

—¡Ah! Lo sabía. Hay un “pero”.

—Sí, lo hay. Voy a necesitar que hagas algunas cosas por mí allá en Canadá.

—Me estás asustando.

—Pero no tienes por qué. —Sacó un sobre del bolsillo del pantalón—. Voy a dejar instrucciones acá. En el momento indicado vas a tener que seguir al pie de la letra todo lo que está escrito.

—Sabía que había algo raro en esto.

—No hay nada ilegal que hacer. Sólo prométeme que vas a hacer exactamente lo que está escrito ahí.

—No prometo nada.

—¡Amor!

—No me está gustando nada esto.

—Es necesario. Sólo así todo volverá a su lugar.

—¿Y por qué no puedes hacerlo? —dijo ella, dándole un golpecito con el dedo en el pecho.

—Voy a estar imposibilitado. Tiene que ser un trabajo en equipo. No vas a entender la razón de todo esto, pero necesito que, aun sin comprender, hagas todo lo que está escrito acá.

—¡Qué misterioso!

—Promete.

Ella respondió a regañadientes:

—Prometo…

—Gracias —la interrumpió él, tomándole el brazo antes de que siguiera hablando—. Vamos a hacer las valijas. Nuestro vuelo sale en tres horas.

—¿Tres horas? Apenas da tiempo a preparar las valijas. Allá es invierno.

—Llevamos lo que podamos y compramos ropa más adecuada cuando lleguemos.

Él no le dio oportunidad de hablar más. Empacaron a las corridas, probablemente olvidando muchas cosas. También prepararon la de Luciano.

—¿No querías conocer la nieve? —le preguntó Benicio al hijo.

—¿Nieve? ¿Dónde?

—En Canadá.

—¿Dónde es eso?

—Lejos. Pero vamos en avión.

—¡Oba!

Llegaron al aeropuerto justo a tiempo. Pasajes en primera clase. Heloísa se quedó con Luciano, y Benicio fue en el asiento de adelante. Usó frenéticamente la computadora y el celular durante el vuelo, escondiendo lo que hacía cada vez que Heloísa intentaba mirar.

—Luciano se durmió viendo la película. ¿Crees que hasta comió el pollo? Sólo porque era del avión se olvidó de que “no le gusta”.

Benicio guardó rápido el celular.

—Genial. El vuelo es largo. Si no descansa, el jet lag va a ser peor.

—¿Qué estás haciendo?

—Mi parte.

—¿Cómo así?

—Tengo que dejar algunas cosas en orden antes de aterrizar… Deberías dormir un poco también.

—Quería saber cómo estabas. Hace cuatro horas que estamos en este avión y es como si no hubieras venido con nosotros.

—No te preocupes. Allá en Canadá vamos a estar juntos un buen rato. Pero necesito terminar unas cosas.

—Entiendo. Te estoy estorbando, ¿no?

—¡No digas eso! Estoy haciendo esto por ustedes.

—¿De verdad vas a estar con nosotros allá?

—Sí. Voy a ser todo de ustedes. Cien por ciento.

—Entonces te dejo hacer lo que tengas que hacer. —Le dio un beso y volvió a su asiento.

Benicio sólo durmió cuando faltaba menos de una hora para el aterrizaje. Incluso con todos despiertos y el desayuno servido, parecía tan cansado que sólo se levantó cuando su esposa lo sacudió para desembarcar.

 

Cumplió lo prometido. En Toronto estuvo con ellos todo el tiempo: hotel, restaurantes, paseos. Visitaron museos, parques, shoppings. Compraron ropa y juguetes. Cenaron en el 360 CN Tower Restaurant, con vista panorámica rotativa de la ciudad. Hicieron un paseo en barco a Toronto Island, picnic, visitaron Casa Loma, y estiraron la visita hasta las cataratas del Niágara, donde Luciano insistió en sacarse una foto dentro del barril.

Todas las noches Benicio se levantaba y salía del cuarto. Volvía media hora después. Una vez, Heloísa lo esperó despierta.

—¿Dónde estabas?

—Pensé que estabas dormida.

—¿Adónde fuiste?

—Tenía que ajustar unos detalles.

—¿Fuiste a encontrarte con aquel hombre?

—¿Qué hombre?

—Te vi hablando con un hombre en el avión. Bien encapotado, con el rostro escondido por el cuello del sobretodo, siempre con el sombrero puesto.

—Bueno… sí. Estoy ajustando los últimos detalles de un negocio que va a salvar nuestras finanzas. Pero fue la última noche.

—No me gusta este misterio.

Benicio no dijo nada más. Sonrió, se puso el pijama y se acostó a su lado. La acarició, insinuando ganas, e hicieron el amor apasionadamente. Luego durmieron.

 

Era el penúltimo día en Canadá. A la noche pidieron pizza y gaseosa en el cuarto. Una fiesta familiar.

—La gaseosa está caliente —dijo Benicio—. Voy a buscar hielo.

Antes de salir, le dio un beso a Heloísa, otro a Luciano, y les dijo que los amaba mucho.

Pasaron casi diez minutos y no volvía con el hielo. La máquina estaba en el pasillo, no justificaba la demora.

Quince minutos y nada. Vio que el balde de hielo estaba sobre la consola. Él no lo había llevado.

Llamó a recepción y preguntó por su marido. Nadie sabía nada. Si salió, nadie lo vio.

—Hijo, come la pizza. Mamá va a ver por qué papá tarda y ya vuelve.

Fue al pasillo, pero no estaba allí, ni en las máquinas expendedoras junto a la de hielo.

Volvió al cuarto. Luciano ya había comido tres porciones y no podía más. Ella no probó bocado, esperando al marido, y tampoco podría mientras él no regresara.

Una hora después, acostó al hijo.

—¿Dónde está papá?

—Vuelve pronto. Voy a decirle que venga a darte un beso de buenas noches cuando llegue.

Llamó a recepción pidiendo ayuda. Explicó la desaparición de su marido. Intentaron tranquilizarla, pero no hicieron nada. Vencida por el cansancio, se durmió en la butaca y se despertó sobresaltada cuando golpearon la puerta. Eran las seis de la mañana.

Heloísa creyó que Benicio había olvidado la tarjeta. Pero eran dos policías.

—Señora —dijo uno—, ¿podemos hablar?

Ella ya había visto eso en películas. Nunca imaginó que le pasaría. Dos policías en la puerta, su marido desaparecido… nunca es buena noticia. Y no lo era.

Más tarde, todo pasó en la televisión. Él se había arrojado frente al subte. Luciano despertó con el llanto convulsivo de la madre.

—¿Qué pasó, mamá? ¿Por qué lloras?

Ella lo abrazó en silencio, sin saber qué decir. Los policías no hablaban portugués, y Luciano no entendía inglés lo suficiente como para formar frases.

Ella lloró mucho y tardó en contarle al hijo lo sucedido. Él no comprendía bien el concepto de muerte. Papá no volvería. Luciano lloraba al ver a su madre sufrir.

Debían regresar a Brasil esa misma noche, pero ella logró cambiar los pasajes. El hotel hizo un esfuerzo para permitir que extendiera la estadía, pese a estar lleno.

Heloísa fue a hacer el reconocimiento del cuerpo. No tenía dónde dejar al hijo, pero en la comisaría una cuidadora lo entretuvo en una salita llena de juguetes.

El forense abrió la gaveta y levantó la sábana. Era él, desnudo y lleno de hematomas. Luego cerraría el informe y le entregaría una copia en el hotel.

Al día siguiente, mientras hacía las valijas, recordó ir al cofre por las joyas. ¿Cuál era la clave? Él siempre usaba los números del CPF a partir del cuarto dígito. Cuatro o seis números fáciles. Nada de cumpleaños ni patentes.

Digitó y el cofre hizo clic. Las joyas no estaban. Sólo un sobre. Recordó entonces lo que él le había dicho antes del viaje. Instrucciones. Seguirlas al pie de la letra. Hacer su parte.

Quiso romper ese papel en mil pedazos, pero las palabras del marido volvieron a su mente: “en el momento indicado”, “debes hacer todo lo que diga acá, aun sin comprender”, “voy a estar imposibilitado”, “trabajo en equipo”. Ella le había prometido… Sentía rabia; había sido traicionada de forma cobarde e irreversible, pero… había prometido.

Rasgó un borde del sobre y sacó una hoja doblada en cuatro. Eran las instrucciones más extrañas que había visto. Él la había advertido. Estaban mecanografiadas, no impresas ni escritas a mano. Hechas en una máquina de escribir antigua, analógica, del tipo que deja letras desalineadas o con bordes rojos cuando no golpean bien la cinta. Instrucciones simples, directas, sin vueltas.

1. Anota aquí los dos últimos números de nuestro cuarto de hotel: ____

El cuarto era el 1216. Escribió 16.

2. Anota aquí los dos últimos números del tren que me atropelló: ____

Él había escrito esas instrucciones antes de tirarse. ¿Estuvo planeado? ¿Cómo saber el número del tren? Encendió la TV. Había videos en todos los noticieros. Borraban las imágenes más fuertes, pero el tren acercándose era claro. En el frente, un panel luminoso mostraba el número 1823. Anotó 23.

3. Anota aquí el número de fracturas que sufrí: ____

¿Cómo? Recordó que salió de la comisaría con el informe del forense. ¿Será?

Sí. El informe mencionaba cuarenta y dos fracturas. Anotó 42.

Él no podía saber eso de antemano. ¿O sí? ¿Tal vez el hombre encapotado lo sabía?

A pesar del misterio, continuó.

4. Anota aquí el número de la puerta de embarque del vuelo de regreso a Brasil: ____

Aún no tenía ese número. Lo sabría en el aeropuerto. Guardó el papel en el bolsillo, terminó de preparar las valijas y hizo el check-out.

Mientras esperaban el taxi, Luciano preguntó:

—¿Papá no viene?

Con los ojos hinchados, ella respondió abrazándolo:

—Mamá ya te explicó, hijo. Papá no puede venir. No vendrá más.

—Tengo saudade de él.

—Yo también, mi amor. Yo también.

Después del control de seguridad y del Duty Free, el panel indicó que el vuelo 0090 de Air Canada embarcaría por la puerta 8. Heloísa anotó el 08, se sentó con el hijo, le compró unas historietas en inglés y prometió traducírselas en el avión.

Aquel “jueguito” dejado por el marido la distraía un poco del dolor. El misterio era demasiado grande. ¿Para qué servirían esos números? Incluso el número del cuarto era algo que él no podía saber de antemano; sólo se lo dieron al hacer el check-in. El del tren quizá pudo elegirlo al tirarse, pero… ¿y si ese vagón no estuviera circulando ese día?

Eran números totalmente aleatorios, y aun así muy específicos. No podían ser planeados. Además, si ella necesitaba esos números para algo, él podría haberlos dado ya completos. Concluyó que ni siquiera Benicio sabía cuáles serían.

La siguiente línea decía:

5. Anota aquí los dos últimos números de la patente del Uber que los lleve a casa: ____

Si era una broma, era de muy mal gusto. Ya no era la promesa lo que la movía, sino la curiosidad.

El vuelo transcurrió sin contratiempos. Al llegar a Guarulhos, retiraron el equipaje y se dirigieron a la salida. Ella llamó un Uber y, atenta, anotó los dos últimos números de la patente: 15.

Siguiente instrucción:

6. Anota aquí cuántos minutos indique la app que faltan para que llegue el Uber: ____

Miró la pantalla: “su vehículo llegará en 4 minutos”.

Anotó 04.

Nada más. No había otras instrucciones. Ella debía anotar los números. Nada más. Si él los necesitaba, ya no estaba allí. Si ella debía usarlos, no había indicación alguna.

Eran números imprevisibles. ¿Cómo podrían servir para algo?

De regreso en casa, recibió una llamada del socio de su marido, Genilson, dándole el pésame y ofreciéndole apoyo.

Ella nunca había soportado a aquel hombre, y Benicio lo sabía. Rezó para que no estuviera involucrado.

Al día siguiente, el socio anunció en una conferencia la muerte de Benicio y, de paso, confirmó el cierre de la empresa. Llegaron de inmediato las deudas y cobros. Muchas cosas estaban a nombre de Heloísa. La liquidación cubrió gran parte. Los activos fueron vendidos a la competencia, y ella saldó lo restante vendiendo una chacra y los dos autos. Terminó cambiando la Mercedes y el Audi por un Fox.

Pero su marido le había dicho que no necesitarían cambiar de nivel de vida. Ella aún no sabía cómo esa lista siniestra podía ayudarlos… hasta que recibió un mensaje de un número oculto.

Un SMS:

JUEGUE.

Intentó responder, pero era un envío unidireccional.

¡Juegue!

¿Jugar a qué?

Los números estaban en el cofre de la casa. No sabía qué significaban, pero eran, de algún modo, herencia de su marido. Él le había pedido que confiara; por eso los guardó. Pero aún parecía una broma cruel o una forma de distraerla del sufrimiento.

Luciano era pequeño y se adaptó rápido, pero Heloísa sufría profundamente por la pérdida y por la forma en que Benicio dejó su vida. Lo quería vivo para iniciar otra empresa sin ese socio. Estaba convencida de que Genilson había falsificado la contabilidad y desviado dinero a algún paraíso fiscal.

Y para confirmar sus sospechas, el mismo día del SMS, la TV anunció la fuga de Genilson del país. Había salido por Uruguay, hecho varias conexiones hasta Asia y desaparecido.

La noticia casi la hizo olvidar. El siguiente tema del noticiero era la lotería acumulada: el premio estimado era de noventa y siete millones de reales, curiosamente el valor exacto de la empresa antes de la quiebra.

¿Casualidad? Sí. Pero también coincidencia monumental, como los números aleatorios de la lista. Era claramente un mensaje, tan misterioso como la lista de su marido.

Abrió un aplicativo de apuestas y jugó una única combinación:

4, 8, 15, 16, 23 y 42.

El sorteo sería esa tarde. Lo siguió en vivo.

Antes de comenzar, actualizaron el valor del premio: 108 millones de reales para un único ganador.

“Bueno”, pensó Heloísa, “ese no era el valor de la empresa”. Pero entonces recordó algo: había pasado días mirando esos números, buscando un patrón. Y sí, la suma daba exactamente 108.

El sorteo comenzó. Los números fueron anunciados exactamente en el orden de la lista que él le dejara:

16, 23, 42, 8, 15, 4.

Ella no saltó ni celebró. Benicio había preparado eso de alguna manera. No sabía cómo, pero sabía que él había dejado aquello como prometió.

El presentador anunció que había un único ganador en São Paulo, con una única apuesta.

La app mostró una bandera de mensaje: una figurita animada de felicitaciones repleta de estrellitas y monedas.

Nada de eso compensaba la ausencia de su marido, pero con ese dinero ella y Luciano podían vivir tranquilos toda la vida, sin preocuparse por nada.

Recordó lo que él decía: “No pongas todos los huevos en la misma canasta.”

Heloísa repartió el dinero entre varios bancos, en Brasil y en el exterior. Con un rendimiento del 0,5% mensual, tendrían ingresos de quinientos mil al mes. No necesitaban tanto.

Hizo donaciones y abrió una fundación en nombre del fallecido. Si él había cometido algún pecado mortal para garantizar la seguridad de la familia –y ella ni quería pensar cómo lo había logrado–, tal vez la culpa se amortiguara con esas acciones.

El futuro de Luciano estaba asegurado.

Para ella, sin embargo, la sangre de su marido estaba en las manos de Genilson. Y decidió que no descansaría hasta arrancarle cada centavo que le había robado a su familia.

Rafael Bertozzo Duarte es ingeniero aeronáutico y posee un posgrado en Administración. Apasionado de la literatura desde niño, ya escribía cuentos y participaba en talleres literarios, habiendo publicado cuatro libros electrónicos en Amazon. Obtuvo una segunda licenciatura en Literatura y, además de escribir, se enamoró de la docencia. Complementó su formación con otro posgrado, esta vez en Lectura y Producción Textual. Fue miembro del Taller de Escritores, un taller literario virtual, durante casi diez años, hasta su disolución. En 2018 conoció el Centro de Literatura y Cine André Carneiro (NLCAC), del cual actualmente es uno de los coordinadores. También es miembro de la Academia de Letras José de Alencar y de la Academia de Bellas Artes de Rio Grande do Sul. En 2019 publicó su primer libro impreso, "Sombrio", disponible también en inglés en Amazon con el título "Gloomy". Actualmente es revisor legislativo en la Asamblea Legislativa del Estado de Paraná. Como escritor, participa en numerosas antologías siempre que el tema le resulta interesante y organizó la colección Tempo en colaboración con amigos de NLCAC.

A REY MUERTO, REY PUESTO