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sábado, 21 de marzo de 2026

UNA SOMBRA EN LA LUNA

 Lu Evans

 

—Es simplemente una montaña que parece una pirámide.

La imagen del hombre se congeló en la pantalla del televisor por un segundo antes de que se diera paso al presentador de noticias, quien anunció:

—Estas fueron las últimas palabras que Bret King, profesor de geología de la Universidad de Pensilvania, pronunció ante la prensa hace aproximadamente un mes, antes de emprender un misterioso viaje del que regresó enfermo. El profesor King falleció ayer por la tarde en un hospital de Nueva York. El equipo médico que atendió al renombrado profesor no ha emitido ningún comunicado explicando la causa de su muerte.

Robert Zandy bajó un poco el volumen del televisor, pero lo dejó encendido. Intentó encontrar una posición más cómoda en la cama del hospital, pero le dolía todo el cuerpo. Tenía un aspecto terrible. Su rostro delgado estaba pálido, con ojeras oscuras alrededor de sus ojos enrojecidos. Tenía mucho frío, fiebre y temblores, y le dolían todos los músculos del cuerpo. Incluso la luz de la habitación le molestaba la vista. Se propuso pedirle a la enfermera que atenuara las luces la próxima vez que viniera.

—¡Maldito viejo! —exclamó, apretando los dientes al pensar en el profesor King, y luego tuvo un ataque de tos. Tras recuperarse, se cubrió con la manta hasta el cuello y cerró los ojos, recordando los acontecimientos que llevaron al renombrado profesor y a todo su equipo, incluido el propio Zandy, a contraer la misteriosa enfermedad.

Todo comenzó hacía mucho tiempo, más precisamente en 1935, cuando un aviador estadounidense sobrevoló las montañas antárticas y observó que una de ellas tenía una forma piramidal perfecta. La noticia se difundió y, con el tiempo, los investigadores comenzaron a especular sobre la estructura. Más recientemente, diferentes especialistas analizaron imágenes satelitales hasta que no quedó ninguna duda: existía una formación artificial bajo el hielo.

Algunos argumentaban que una civilización antigua construyó la pirámide hace cien millones de años, cuando esa región gozaba de temperaturas cálidas y abundante vegetación, al estar ubicada en el ecuador. Con el movimiento de las placas tectónicas, la región se desplazó hacia el polo. El problema con esta idea era que dicha civilización antigua habría existido mucho antes del surgimiento del hombre moderno. En otras palabras, si se adoptara esta teoría para explicar la presencia de la pirámide en ese lugar, habría que reescribir toda la historia de la civilización humana.

Otros teóricos, más audaces, buscaron una respuesta en el espacio exterior, preguntándose si se trataba de obra de extraterrestres.

Y, por supuesto, siempre había sinvergüenzas como el profesor King, cuya explicación era la más simple y falsa de todas: el patrón triangular no era más que el resultado de cientos de millones de años de erosión.

Zandy se unió a la primera –y única– expedición autorizada a entrar en la pirámide por invitación del mismísimo profesor King, quien siempre lo había considerado un alumno brillante. Y fue bajo la tutela del renombrado profesor que el joven arqueólogo especializado en jeroglíficos llegó a la Antártida. Aparte de los miembros de la expedición y algunos altos funcionarios del gobierno, nadie más sabía de la misión, y los participantes tuvieron que firmar un contrato comprometiéndose a no revelar jamás ninguna información, por pequeña que fuera, sobre el viaje. Ni siquiera podían comentar sobre su travesía al Polo Sur.

Ahora Zandy estaba al borde de la muerte y ni siquiera podía explicar a los médicos cómo había contraído la enfermedad. Los demás miembros de la expedición ya habían fallecido. Pero nadie sabía que habían estado juntos dentro de una pirámide en la Antártida. Nadie sospechaba siquiera que se conocieran. Zandy incluso había considerado contarles toda la verdad a los médicos, pero agentes del gobierno habían ido al hospital a amenazarlo, dejándole claro que su hermana y su sobrina podrían sufrir graves consecuencias si hablaba. Zandy amaba a su familia y jamás la pondría en peligro por nada del mundo.

Si había alguien que no tenía nada que perder diciendo la verdad, era el profesor King. El hombre no tenía familia ni amigos. El gobierno no podía hacerle nada si decidía hablar. Lo máximo que podían hacer era matarlo, pero ya se estaba muriendo, así que eso no cambiaría nada.

Después de la aventura, Zandy y sus compañeros regresaron a sus países de origen ya enfermos y fueron trasladados directamente de los aviones a los hospitales, presentando síntomas graves. La enfermedad desconocida no tenía cura. Sus portadores estaban condenados. Afortunadamente, ninguno de los pasajeros de los aviones ni las personas con las que tuvieron contacto desarrolló los síntomas, y los médicos concluyeron que la enfermedad no se transmitía por el aire.

La mente delirante de Zandy estaba repleta de imágenes del momento en que su grupo se acercó a la pirámide cubierta de nieve. Con potentes máquinas, retiraron la inmensa piedra de la base de la estructura, abriendo así un corredor. En total, entraron quince exploradores, pero solo cuatro salieron. De los cuatro, Zandy, el más joven y sano, era el único que seguía con vida. No tenía forma de saber por cuánto tiempo más.

Los recuerdos de haber caminado por un vasto corredor dentro de la pirámide inundaron su mente. Compartía la euforia que sentían los demás. Todos imaginaban que ese corredor conduciría a la cámara funeraria de un rey, y que allí, además de encontrar la momia de un ancestro humano que había vivido cien millones de años atrás, también hallarían un tesoro.

Cuando finalmente derribaron el muro que aislaba la cámara funeraria, se toparon con una vasta sala con un techo triangular muy alto que mostraba una abertura en el centro, sin duda una rejilla de ventilación. Las paredes estaban cubiertas de diseños y símbolos dorados, y en el centro de la sala, una urna ancha y alta hecha de oro.

Miraron a su alrededor y, más allá de la urna dorada, no vieron ningún otro objeto de valor. No era lo que esperaban, pero el descubrimiento no podía considerarse un fiasco. Todo lo contrario. ¡Estaban eufóricos! Y si no lo celebraron con champán fue porque no habían traído más que agua.

—Ahora te toca a ti, jovencito —le dijo el profesor King a Zandy, señalando la urna dorada cubierta de jeroglíficos.

Con pasos cautelosos, Zandy se acercó. Era como si temiera cometer un sacrilegio. Se arrodilló ante la urna y comenzó a recorrer con la mirada cada línea, cada símbolo. Sacó una libreta y un bolígrafo del bolsillo y tomó algunas notas apresuradamente.

—¡Y bien! ¿Qué dices? —preguntó King, inclinándose hacia el hombre para ver mejor los símbolos, aunque no tenía ni idea de lo que representaban. Los demás miembros de la expedición los rodearon, también ansiosos, pero permanecieron en silencio.

Zandy se ajustó las gafas y se rascó la barbilla.

—Puede que suene absurdo lo que voy a decir, pero lo que tenemos aquí es muy similar a los jeroglíficos egipcios. Para ellos, la escritura era una forma de expresión artística. Comunicaban ideas, palabras y sonidos mediante dibujos de animales, plantas y otros elementos. Aquí veo el mismo patrón.

—¿Y puedes averiguarlo? —preguntó King.

—Creo que sí. Este símbolo de aquí, por ejemplo —señaló con la punta de su pluma el más grande de todos los dibujos.

El académico se arrodilló junto al joven arqueólogo y fijó su mirada en la figura.

—Una criatura horrible, llena de tentáculos... Espera. Su cuerpo es humanoide.

Zandy soltó una risita suave.

—Sí. El torso es, al menos, pero los brazos y las piernas son tentáculos, y mira debajo.

—La gente. La gente que construyó esta pirámide.

—Creo que sí. Y me parecen bastante humanos. Cuatro están de pie y uno está tumbado justo a los pies de la criatura... Pero mira, hay otro detalle interesante encima del misterioso ser con tentáculos.

—Un círculo.

Zandy negó con la cabeza en señal de desacuerdo.

—En realidad, es la luna. Esta escena representa un ritual de culto. La gente ofrece sacrificios humanos a un dios antropomórfico que representa a la luna, o que proviene de ella, ¿entiendes?

—¡Fascinante! Dijiste que estos jeroglíficos son similares a los egipcios, pero no hay ningún dios con cabeza de pulpo en el panteón antiguo de esa cultura, ¿verdad?

El otro confirmó la suposición con un asentimiento.

—¿Qué más? —preguntó el profesor.

El joven traductor se puso de pie y rodeó lentamente la urna, tratando de comprender el significado de los símbolos.

—Esto no es algo que se pueda hacer en cinco minutos —confesó con expresión amarga—. Tendré que estudiar los caracteres de la urna y también las inscripciones de las paredes. Podría llevar mucho tiempo descifrarlo todo.

El profesor King no quedó nada satisfecho con la respuesta, pero sonrió.

—Muy bien. Es comprensible. Toma todas las fotos que quieras. Podrás descifrarlo con calma cuando regresemos a la base. Ahora mismo, lo que más deseo es abrir la urna.

Los ojos de Zandy se abrieron de par en par. Tuvo la premonición de que algo terrible podría suceder si abrían la urna.

—¡No se apresure! Déjeme traducirlo todo primero.

—Usted mismo dijo que descifrar los símbolos podría llevar mucho tiempo—. Y sin prestar más atención al traductor, ordenó a uno de sus hombres que abriera la urna.

La tapa estaba pegada a la urna con resina, pero debido al paso del tiempo y a la temperatura, la resina se había secado y prácticamente se había desmoronado cuando uno de los ayudantes del profesor la abrió a la fuerza, introduciendo la punta de un cuchillo en el hueco entre la tapa y la parte superior del jarrón, y luego sacó una linterna de su bolsillo e iluminó el interior del jarrón.

—¿Qué ves? —preguntó el profesor con voz vibrante.

—Creo que es una estatuilla, pero no la veo bien —respondió el hombre que miraba dentro de la urna.

—¡Llévenselo! Veamos qué es enseguida.

El hombre suspiró. No parecía muy entusiasmado con la idea de ser el primero en meter el brazo en la inmensa urna y tocar el antiguo artefacto, pero obedeció. Le pasó la linterna al hombre que estaba a su lado y con cuidado introdujo los brazos en el recipiente.

—¡Esto pesa muchísimo! —se quejó, con el rostro contraído, intentando levantar el objeto, pero pronto recibió ayuda de dos compañeros. Entre los tres, sacaron el objeto de la urna y lo acercaron al profesor, dejándolo en el suelo.

Zandy se acercó, estudiando la imagen.

—¡Sin duda, se trata del dios antropomórfico representado en la urna!

—¡Oro macizo! ¡Su valor es incalculable! —exclamó el profesor, frotándose las manos. Luego se arrodilló junto a la estatuilla, que debía medir alrededor de un metro de altura, y pidió que le tomaran fotografías. Incluso sonrió.

Otros hombres, igualmente entusiasmados, también quisieron inmortalizar el momento y posaron junto a su ídolo, abrazándolo o rodeándolo con el brazo. Otros, un poco más cautelosos, prefirieron no acercarse demasiado.

Durante la siguiente hora, Zandy se dedicó a fotografiar los jeroglíficos de las paredes y la urna, mientras que los demás hombres, siguiendo las órdenes del profesor, registraban la sala en busca de pasadizos a otras cámaras. Aún conservaban la esperanza de encontrar tesoros allí, tal como lo habían hecho cuando se excavó la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes.

Al cabo de esa primera hora, todo empezó a torcerse. Los hombres que habían estado en contacto directo con la estatuilla comenzaron a sentirse mal. Ni siquiera tenían fuerzas para caminar. Eran cinco en total. Sus compañeros intentaron cargarlos, pero vomitaban sangre que salpicaba a los demás. El miedo a contagiarse los invadió a todos.

Un hombre sufrió un episodio psicótico y comenzó a gritar, diciendo que la estatuilla estaba viva y lo miraba. Se armó un alboroto. Los hombres quisieron huir, pero en ese momento, la entrada a la cámara quedó bloqueada por una pared que descendió del techo. Solo lograron evitar la oscuridad total gracias a sus linternas.

El profesor King, con tremendo esfuerzo, logró calmarlos un poco. Sin embargo, poco después, volvieron los gritos y la huida, y esta vez, Zandy estaba seguro de que los hombres no se lo imaginaban. La maldita estatuilla se movía de verdad. La capa de oro se agrietó de arriba abajo, revelando un ser con la misma apariencia que la estatua, pero su piel era negra y opaca. Sus tentáculos ondulaban a su alrededor y sus ojos brillaban como fuego. Entonces, el ídolo saltó sobre uno de los hombres y comenzó a devorarlo.

Los demás se acurrucaron contra las paredes, intentando mantenerse lo más lejos posible del monstruo que crecía a medida que se alimentaba. Tras devorar al hombre por completo, sin dejar ni siquiera los huesos, lanzó un rugido aterrador y saltó sobre otro hombre que no pudo defenderse y también fue devorado.

Cuanto más comía la criatura, más grande se hacía. Sus tentáculos desgarraban carne y hueso con un rugido ensordecedor. Al moverse, salpicaba sangre por todas partes. En poco tiempo, toda la cámara estaba teñida de rojo y la sangre goteaba por las paredes. Incluso los hombres estaban cubiertos de sangre.

Para desgracia de los exploradores, nadie había traído un arma. La expedición era científica y no podían imaginar que necesitarían un arma dentro de una pirámide en medio de la Antártida.

—¡Vamos a morir! —gritó un hombre desconsoladamente, y, en efecto, fue el siguiente en ser atacado.

Uno tras otro, los exploradores fueron devorados vivos hasta que solo quedaron cuatro, entre ellos Zandy y King. Fue entonces cuando el monstruo finalmente se sació, saltando con gran agilidad hacia el techo y desapareciendo por la abertura superior.

—¡Dios mío! ¿Qué es esa cosa horrible? —preguntó uno de los hombres con las piernas temblando, mientras intentaba limpiarse la sangre de la cara con la manga de la camisa.

—¡Es ese maldito dios del pueblo el que construyó este templo! Y ahora estamos encerrados aquí, como pollos en un gallinero, y esa bestia seguramente volverá cuando tenga hambre —declaró el profesor King con una expresión de terror.

Por su parte, Zandy intentó razonar con calma, a pesar de que la situación era desesperada.

—Echemos un vistazo a la puerta. Tal vez haya una palanca, algún mecanismo para abrirla.

—¡Buena idea, Zandy! ¡Vámonos! Es nuestra única oportunidad. Tenemos que salir de aquí antes de que esa cosa regrese.

Dejando a un lado la conmoción, los hombres se separaron de las paredes, pues hasta entonces habían actuado como si creyeran que estaban más seguros allí que si deambulaban por la cámara, lo cual no tenía ningún sentido.

Pasaron muchos minutos antes de que Zandy encontrara un agujero casi imperceptible cerca de la puerta. Con mano temblorosa, introdujo su bolígrafo, sintiendo cómo presionaba contra algo. Inmediatamente, la puerta se elevó y desapareció dentro de la pared, y los supervivientes salieron corriendo, cruzando todo el pasillo en menos de un minuto. Abandonaron la pirámide y subieron al vehículo cuya llave estaba puesta en el contacto.

Zandy no perdió tiempo en arrancar el motor y maniobrar el vehículo, alejándose a toda velocidad de la pirámide. Los demás ni siquiera se quejaron cuando perdió el control dos o tres veces, provocando que el vehículo derrapara peligrosamente de un lado a otro sobre el hielo. Lo único que querían era alejarse de allí.

Al llegar a la base, corrieron a las duchas. Necesitaban lavarse la sangre que les cubría la ropa. Recogieron sus pertenencias y se marcharon. Lo hicieron todo en menos de veinte minutos y abordaron el helicóptero. Por suerte, el profesor era un excelente piloto y, aun conmocionado y con escalofríos, logró pilotar hasta la siguiente base, desde donde despegaban los aviones. Allí, con tono grave, les advirtió que nadie dijera nada sobre el incidente. Les recordó a todos el contrato y que, si alguien se enteraba, sus carreras quedarían arruinadas y sus familias serían perseguidas.

—Pero... profesor, ¿qué pasa con los muertos? ¿Y si alguien llega a nuestra base y encuentra ropa manchada de sangre? Seguramente harán pruebas de ADN y descubrirán la identidad de los demás, y es posible que también encuentren material genético de la criatura mezclado con la sangre. ¡Hemos presenciado varios crímenes y también un suceso sobrenatural!

—Nadie de nuestro círculo íntimo sabe que estamos aquí. El gobierno será informado de lo sucedido, pero no le conviene a las autoridades llamar la atención sobre algo así. En cuanto a la ropa, no te preocupes. La recogí toda y la metí en la incineradora antes de irnos. Ahora vámonos y recuerda actuar con naturalidad. ¡No ha pasado nada! ¿Nos entendemos?

Los demás asintieron en señal de confirmación y se separaron.

Cubierto de sudor y sintiendo cómo le temblaba el cuerpo al recordar todo el terror que había vivido en la Antártida, Zandy abrió los ojos al oír la noticia que tanto esperaba. Miró la televisión y, con la mano, cogió el mando a distancia y subió un poco más el volumen.

En todo el mundo siguen produciéndose casos de histeria colectiva. Hay quienes afirman haber visto una criatura tentacular volando por los cielos. Incluso el piloto y el copiloto de un avión comercial, junto con todos los auxiliares de vuelo y pasajeros, declararon haber visto al misterioso ser pasar justo al lado del avión, moviéndose por el aire como un pulpo nadando en el océano. Los habitantes de zonas más remotas y rurales juran que el monstruo ha devorado animales grandes como vacas y caballos. También se han registrado casos de personas desaparecidas en las regiones donde supuestamente se ha avistado al monstruo. Las descripciones del tamaño de la criatura varían. Parece que con cada nueva aparición, el monstruo aumenta de tamaño. Las autoridades siguen investigando, pero hasta el momento no se han obtenido imágenes.

Zandy apagó el televisor y tiró el control remoto a un lado. Luego, tomó su teléfono celular, que estaba en la mesita de noche. En su galería de fotos, revisó las imágenes que había tomado con la cámara en la pirámide.

—Si mi traducción es correcta, la mayor desgracia ocurrirá esta noche —se dijo a sí mismo, mientras se quitaba la aguja del brazo por la que recibía suero y medicamentos por vía intravenosa. Con dificultad, se incorporó en la cama y, envolviéndose en la sábana, se acercó a la ventana de su habitación y la abrió. Luego asomó la cabeza, buscando la luna—. ¡Ahí estás, monstruo del infierno! —exclamó en voz baja mientras contemplaba una sombra que se acercaba sigilosamente a la luna llena y rojiza. Esa noche se producía el fenómeno de la luna de sangre: un eclipse total de luna que le daba un color carmesí.

Según las inscripciones de la tumba, el gran dios nació del huevo cósmico que orbitaba alrededor de nuestro planeta. El huevo cósmico contenía a sus hermanos, quienes serían liberados cuando la Tierra tuviera suficiente alimento para todos: miles de millones de seres humanos.

Tentáculos envolvieron la luna, proyectando sombras aterradoras. Desde el décimo piso del hospital, Zandy pudo oír gritos. Quienes observaban el eclipse comprendieron entonces que el Armagedón estaba a punto de desatarse.

El abrazo del monstruo agrietó la luna, haciéndola añicos en millones de pedazos. De entre las rocas emergieron enormes criaturas con tentáculos.

Los restos del satélite estaban siendo atraídos por la gravedad del planeta y pronto penetrarían en la atmósfera, y los monstruos, siguiendo al más grande de todos, también se acercaban.

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

lunes, 15 de diciembre de 2025

EL CALLEJÓN

Lu Evans

 

Siempre tengo que pasar por una calle comercial cuando llego a casa del trabajo por la noche. Como las tiendas están cerradas, la calle está lo más desierta que puedas imaginar. Y apretado entre dos edificios desocupados al final de la calle, hay un terreno baldío, estrecho, oscuro, embarrado, lleno de basura y maloliente. Su existencia me pone aprensivo y ni siquiera miro en aquella dirección. Por tonto que parezca, tengo miedo de que una criatura monstruosa salte de allí y me clave los dientes en el cuello. Sé que es infantil de mi parte, pero incluso hablé de eso con mi médico, quien me dijo para enfrentar mi miedo hasta controlarlo, lo que significaba enfrentarme al callejón todas las noches. Así lo hago, pero en ningún momento el callejón dejó de ser menos terrorífico.

Sin embargo, esta noche, noto luces y voces que vienen de allí y, a medida que me acerco, también escucho música y risas.

Me detengo frente al callejón y no veo barro, basura ni oscuridad. No sólo el suelo está limpio, sino que en toda su longitud hay una plataforma alta, suspendida del suelo y revestida de madera. Hay amplios jarrones con arbolitos decorados con luces y mesas redondas alineadas a ambos lados, dejando un pasillo que conduce al pequeño escenario donde un cantante canta y toca la guitarra. Por una puerta lateral cerca del escenario entra un camarero sonriente con una bandeja y sirve bebidas y bocadillos en cada mesa. Me doy cuenta de que no hay techo y eso, en mi opinión, es un problema, porque aquí llueve casi todos los días.

¿Cómo podrían haber hecho una renovación completa si anoche seguía siendo el callejón más espantoso del barrio?

En la mesa más alejada del escenario y, por tanto, más cercana a donde estoy, hay una hermosa mujer, de largo cabello negro, que lleva un vestido de flores. Está sola y cuando nota mi presencia, gira el rostro hacia mí. Con una sonrisa tentadora, levanta su copa.

Para mi decepción, no hay rampa. Entonces mi única respuesta es una sonrisa triste. Me veo obligado a decir adiós y mover mi silla de ruedas para regresar a casa.

No puedo dormir bien, solo pienso en la mujer que me saludó y en el bar, ya que su aparición en el espantoso callejón desafía la lógica. Cuando llega la mañana, vuelvo a esa calle, pero el bar ya no está. No sólo ha desaparecido, sino que el callejón está, como siempre, sucio.

No hay más dudas. ¡Me estoy volviendo loco!

Llego al trabajo con la sensación de que todo fue un sueño o una ilusión. El bar no desapareció. El caso es que nunca existió. La mujer de sonrisa cautivadora nunca existió. Esto me preocupa. Desde mi accidente, he estado tomando medicamentos para los nervios. ¿Están alterando mi percepción de la realidad? Decido llamar al consultorio de mi médico y programar una visita. Por suerte mañana tienen cita disponible. Esto me pone menos tenso, ya que siempre tenemos la sensación de que el médico solucionará nuestros problemas con un toque de magia.

Al final del día tomo el autobús como siempre, dispuesto a olvidar el tema del callejón que me persigue; sin embargo, cuando paso por esa calle, hay luz, música, conversaciones y risas.

Me detengo frente al callejón y veo la terraza de madera, los grandes jarrones con árboles llenos de luces, las mesas dispuestas con parejas sonrientes, el cantante con su guitarra, el camarero trayendo la bandeja... En la mesa más lejana, la mujer solitaria con su vestido de flores que me sonríe y levanta su copa.

Es exactamente la misma escena que la noche anterior. ¡No! Solamente hay una diferencia... Una rampa en lugar de escalones.

Subo la rampa sin perder tiempo y, sonriendo, coloco mi silla directamente frente a la de ella, en el lado opuesto de la mesa, dispuesto a resolver la situación.

—Buenas noches, aquí tiene su bebida —dice el camarero, colocando un vaso de cerveza frente a mí. ¡Qué extraño! Ni siquiera me preguntó qué me gustaría beber. De cualquier manera, le agradezco y cuando se aleja, la mujer frente a mí se presenta con una sonrisa. Se llama Perla y es la gerente.

—Carlos. —Sin saber muy bien qué decir a continuación, tomo un largo sorbo de cerveza para tener tiempo de organizar mis ideas, luego pregunto—: ¿Este bar existe desde hace mucho tiempo?

—Mucho tiempo, pero existe de vez en cuando.

¡Qué extraña respuesta!

—Vivo cerca desde hace dos años y paso por esta calle todas las noches cuando vuelvo del trabajo. Es la segunda vez que veo este bar.

—Oh sí. De hecho, esta es la segunda vez que hacemos que nuestro bar aparezca en esta ubicación.

Nunca había oído hablar de nada parecido.

—¿Es una instalación andante?

—Haces muchas preguntas. —Se ríe, como si yo hubiera dicho algo muy gracioso… o tonto. Siempre he sido un chico tímido y ahora, atado a una silla de ruedas, me siento aún más inseguro, así que mi respuesta no puede ser otra:

—Lo siento. No te quiero aburrir.

Ella se encoge de hombros, se ríe de nuevo y levanta su copa, luego bebe un poco de vino y yo bebo la mitad de la cerveza, tratando de pensar en algo inteligente que decir, pero desafortunadamente, no se me ocurre nada.

De repente aparece otra Perla y luego otra. Tres Perlas resplandecientes, sentadas una al lado de la otra... Me doy cuenta de lo absurdo. Perlas no se multiplican así. Sólo hay una explicación.

—¡Me drogaste! —Mi voz es arrastrada, mi lengua es espesa.

Perla se queda callada.

Me dirijo a la mesa de al lado, ya debilitado, e intento pedir ayuda, pero mi mano atraviesa el brazo del hombre... Es como si no fuera de carne y hueso. ¿Estoy soñando, delirando? ¿Todo no pasa de una proyección de mi mente?

Mareado, sigo mirando a mi alrededor y veo a la gente, las mesas, las macetas con plantas iluminadas, desintegrarse en un caleidoscopio de luces. Únicamente queda el camarero que, para mi sorpresa, se posiciona frente a un globo luminoso en la zona que antes era el escenario. Él es… diferente. Su piel tiene un color violáceo y de su cabeza destacan dos antenas largas y gruesas. La ropa cambia del típico traje de camarero — pantalones negros, camisa blanca de manga larga con botones y delantal — a un mono plateado como los que vemos en las viejas películas de extraterrestres.

Vuelvo la cabeza hacia Perla. Su piel adquiere un color violeta y de su frente emergen un par de pequeñas y delicadas antenas. Es más, no lleva el vestido de flores, sino un mono de tela metalizada como el del camarero.

Ya no hay una mesa que nos separe, y el asiento donde ella se sienta también es diferente. No parece una simple silla de plástico, sino más bien un alto sillón giratorio cuyos brazos están cubiertos de luces y botones. Perla no sonríe y ni siquiera mira en mi dirección. Está concentrada, presionando pequeños botones.

Aparece a mi alrededor una luz que, para mi total asombro, se condensa y solidifica formando paredes, aunque mantiene la transparencia de un vidrio muy grueso y ligeramente opaco.

Sin poder moverme correctamente, siento un hilo de baba corriendo por mi barbilla.

Todo vibra y se eleva en el aire en línea recta como un ascensor. Mirando hacia abajo, veo que el suelo de madera se convierte en cristal. Me siento mareado cuando me doy cuenta de que estamos flotando sobre los edificios.

La situación es, cuanto menos, surrealista. ¿Por qué yo? ¿Por qué?

—Aceleración calculada para la salida, trayectoria confirmada —anuncia el camarero, que a estas alturas sospecho que no es realmente un camarero.

Perla responde:

—Cuenta regresiva: 3… 2… 1.

Un golpe. El movimiento repentino me molesta lo suficiente como para hacer que se me revuelva el estómago. Aunque estoy drogado, siento todo el contenido de mi estómago subiendo por mi garganta y saliendo por mi boca como si fuera una cascada cálida que fluye por mi barbilla, bañando mi cuello y mi pecho. ¡Qué demonios! ¿Qué más tiene que pasarme? ¿Cagarme?

Hay una suave inclinación, pero las rodillas de mi silla están bloqueadas y no retrocede. Y luego sigo subiendo, subiendo, subiendo.

Perla me sonríe con la boca llena de dientes largos y puntiagudos.

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

 

sábado, 22 de noviembre de 2025

HOMO-SAPIENS-FEROX

Lu Evans

 Osos, leones, gorilas... ¿Qué tienen en común además de ser mamíferos peludos, grandes, fuertes y peligrosos? Apuesto a que vas a quedarte pensando y pensando, pero no vas a adivinar.

Explico. Hace alrededor de treinta años, cuando los humanos todavía jugaban a ser Dios, tuvieron una idea brillante, quiero decir, la verdad no era tan brillante. Comenzaron a "mejorar" a humanos con genes de animales, exactamente los genes de las tres especies que mencioné al inicio de esta historia.

El objetivo de esos experimentos realizados en diferentes laboratorios alrededor del mundo era crear soldados más grandes, más fuertes, rápidos, musculosos, resistentes, feroces y audaces. El experimento fue todo un éxito. De hecho, fue tan exitoso que aquellos soldados acabaron sometiendo a los científicos y los obligaron a crear más individuos de su especie y comenzaron a procrear.

Gestaciones más cortas, crecimiento acelerado, fuerza descomunal, inteligencia superior, instinto de depredador, agilidad y velocidad... Estos seres, llamados Homo-Sapiens-Ferox (cuya definición al pie de la letra es Hombre-Sabio-Salvaje), rápidamente se esparcieron por el mundo. Bien organizados e implacables, derrotaron a los enemigos sin mucha dificultad donde quiera que llegaran. Las invasiones eran brutales y rápidas y usaban nuestra tecnología a su favor.

No era un secreto para nadie lo que querían: volverse la especie dominante. Y nadie se sorprendió cuando lo lograron. A continuación, cambiaron las leyes y la estructura gubernamental. Los seres humanos, hasta entonces los señores del planeta, pasaron a ser sirvientes de aquellos a los que habían creado para servirlos. Los ferox eran vengativos y querían desquitarse por todos los años que habían vivido enjaulados en laboratorios y sometidos a los más dolorosos experimentos.

Las leyes que se habían establecido recientemente violaban los derechos humanos. No teníamos derecho a ocupar cargos de mando y las remuneraciones eran miserables; los niños no podían ir a la escuela; las manifestaciones públicas contra el gobierno eran castigadas con la muerte inmediata de los participantes; varios servicios de salud dejaron de funcionar; los viajes de avión, tren, ómnibus o barco, prohibidos; se interrumpieron las comunicaciones telefónicas y por internet; los servicios de correo, telégrafos y radio desaparecieron.

Con el pasar del tiempo, más reglas, más restricciones, más castigos severos, menos libertad. Al no recibir cualquier atención médica, los humanos oprimidos comenzaron a morir de todo tipo de enfermedades, incluso hasta de las que ya habían sido erradicadas en la mayor parte del mundo.

La cantidad de seres humanos se volvió menos que la de los ferox, las personas fueron esclavizadas, a veces, incluso, tratadas como mascotas. Y algunos años después, poseer humanos se volvió ilegal. Los ferox que mantenían a los humanos como mascotas o esclavos tuvieron que entregar sus propiedades al gobierno, que envió a las personas para reservas controladas y cercadas, campos de concentración, donde las condiciones eran precarias y la comida escasa.

Al final, las autoridades anunciaron que los humanos eran portadores de enfermedades y que tenían que ser exterminados. Se abrió una temporada de caza y los humanos eran las presas.

Todo aquello sucedió en tan solo treinta años, al fin de los cuales quedaban apenas algunos asentamientos humanos en locales remotos. Escondidas, las personas intentaron multiplicarse, pero cuando se volvían lo suficientemente numerosas como para llamar la atención, eran localizadas y exterminadas sin compasión.

Se decía que los ferox eran apreciadores de la carne humana poco cocida. En verdad, nunca fui testigo de los ferox cazando humanos para comer, pero nunca quise estar cerca para comprobarlo. Era suficiente con saber que disparaban a matar y nunca fallaban.

Un día, encontraron la aldea donde me escondía con una docena de fugitivos más. Solo cuatro escaparon del ataque. Juntos, nos adentramos más en la selva, con la intención de encontrar un lugar remoto para vivir en paz hasta el final de nuestras vidas.

Construimos una aldea nueva en el corazón de la selva amazónica, un área tan aislada que ni los ferox se molestaban en ir allá. La vida era difícil. No teníamos acceso a muchas cosas. El agua la conseguíamos en un río fangoso no muy distante. Allá también pescábamos. Cazar era un poco más difícil, pero de vez en cuando, alcanzábamos a unos monos y pájaros con pedradas. El suelo no era muy fértil, pero replantamos bananeras y mandioca que crecían en la región. Nuestras casas se parecían a las cabañas de los indios. En el verano, sufríamos con el calor; cuando llovía, quedábamos calados hasta los huesos; en el invierno, no podíamos dormir por el frío.

En un día de lluvia fuerte, desperté con un terrible presentimiento. No había nadie más en la cabaña. Me pareció extraño, pero pensé que me había quedado dormido hasta tarde y que mis compañeros estaban afuera, ocupados con las tareas del día a día.

Y estaban afuera, sí... Pero estaban todos muertos, tirados en el piso, la lluvia regaba la tierra con su sangre.

Me agarraron por el cuello. Débil por el hambre e impresionado por la muerte de mis amigos, no reaccioné.

—¿Sabes lo que eres? —preguntó el ferox con voz ronca y profunda, mostrando los colmillos.

Su apariencia era fascinante. Alto y musculoso. Su origen felino era innegable, tenía melena y cola, además de colmillos y garras. Un pelaje corto, casi dorado, tapaba las partes descubiertas de su cuerpo, y sus ojos almendrados de color ámbar relucían.

Después de examinar rápidamente la apariencia de mi captor, consideré su extraña pregunta. Claro que sabía qué y quién yo era. Sin embargo, no me atreví a hablar, y fue él, con gran satisfacción, quien respondió:

―Eres el último de tu especie. Ya no hay hembras con las que te puedas reproducir, ya no hay machos con los que te puedas juntar para intentar agredirnos. Ahora el mundo nos pertenece.

Soltándome, enderezó los hombros con altivez, giró sobre sí mismo y se fue sin mirar atrás.

A mí, el último humano en la Tierra, apenas me queda esperar por el día de mi muerte.

Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

miércoles, 5 de febrero de 2025

DUAT

Lu Evans

 

Egipto. Hace cerca de nueve mil seiscientos años.

El joven constructor se secó el sudor que le corría por la frente con las manos callosas y levantó la cabeza. Sus ojos negros, brillantes como la obsidiana, admiraban la obra que ayudaba a construir.

En aquella época, los habitantes de África se dedicaban a la caza y la pesca, producían herramientas de piedra, realizaban rituales funerarios, y cultivaban cereales silvestres como el trigo y la cebada a lo largo del Nilo. Era una pre-sociedad incapaz de crear grandes monumentos.

Pero además de los habitantes primitivos, existía un grupo avanzado que anteriormente pobló la legendaria Atlántida y, con el hundimiento de la isla, fue salvado por los dioses y llevado a Egipto. Los habitantes de la Atlántida, cuya tecnología era hasta entonces desconocida para los habitantes de África, ayudaron a los egipcios a evolucionar, y los seres divinos adorados por los habitantes de la Atlántida fueron alabados por los egipcios con el mismo fervor.

Pero, volvamos al joven constructor y a lo que estaba haciendo en ese momento: su gente había excavado muchos metros alrededor de la piedra caliza y, partiendo de la base, habían comenzado a perfilar un ídolo. Todavía quedaba mucho trabajo por delante, pero supuso que completarían el cuerpo antes de que llegaran los vientos más fríos. La cabeza sería la última parte por hacer. Y después de eso…

Se estremeció ante el mero pensamiento de lo que vendría después.

Las mujeres caminaban de un lado a otro ofreciendo agua a los trabajadores. Una de ellas se acercó al joven. Era hermosa, con su piel oscura y suave, su voluminoso cabello recogido en muchas trenzas y grandes ojos negros que brillaban como si tuvieran estrellas.

Ella sonrió y le ofreció agua al joven, y él aceptó sonriendo también. Hacía calor y tenía los labios secos, al igual que la garganta. Le agradeció y le devolvió la calabaza cuando terminó de beber; sus dedos se tocaron por un momento, ella sonrió y, tímidamente, se volvió hacia la estatua, contemplando los contornos del inmenso cuerpo del león que tomaba forma en la piedra. Finalmente, sin decir una palabra, intercambió una mirada con él, bajó la cabeza y se alejó.

El jveno la siguió con ojos oscuros y tristes. La quería como compañera para compartir casa y tener hijos, pero eso no sucedería. No era que fuera feo. Al contrario, tenía rasgos perfectos, a pesar de la cicatriz que iba desde la frente hasta el pómulo, que se había hecho mientras esculpía el ídolo, cuando una astilla de piedra afilada le impactó en el rostro.

La cuestión era que los dioses habían decidido que él sería parte del grupo que construiría la cámara debajo de la esfinge, donde se guardaría el mayor de todos los tesoros: el conocimiento que el pueblo de la Atlántida había recibido de los dioses. Los trabajadores de ese proyecto se encerrarían allí y, como resultado, los que estaban afuera nunca conocerían la ubicación del tesoro dentro de los túneles.

A pesar del calor, un escalofrío lo sacudió al pensar que había atormentado su mente desde el día en que se enteró de su destino. Se imaginó dentro de la cámara, sumergido en la oscuridad, sin agua ni comida. Para él, no solamente sería el fin de él, sino el de su linaje. Su familia terminaría con él, al no tener hermanos ni primos. El deseo de los dioses se cumpliría, pero si esto servía de consuelo a los demás, a él sólo le provocaba rebelión y odio.

Algún tiempo después, los dioses ordenaron que la esfinge se escondiera bajo las arenas y luego se elevaron a los cielos, llevándose consigo a los habitantes de la Atlántida.

La esfinge permaneció cubierta durante largos milenios hasta que fue excavada por uno de los antiguos reyes egipcios, y luego cubierta nuevamente por la furia de los vientos y las arenas, y después descubierta nuevamente: un círculo constante e incansable de enterramiento y excavación.

 

Giza. Década de 1930.

Los hermanos Zaki y Ma'sum observaron con fascinación la criatura de piedra que acababan de liberar de la tumba de arena bajo la coordinación del famoso egiptólogo francés Émile Baraize. Cientos y cientos de trabajadores se dedicaron a la agotadora tarea durante mucho tiempo. Zaki y Ma'sum pensaron a menudo en darse por vencidos, ya que tenían la impresión de que toda la arena que quitaban era restituida por el incesante viento. Pero la necesidad de ganar dinero hizo que permanecieran hasta el final, y ahora la inmensa estatua era visible en todo su esplendor… aunque algo arruinada por el tiempo e incluso por las acciones del hombre.

La cabeza del león hacía tiempo que había sido modificada, dando paso a un rostro humano. El faraón Djedefré (hijo de Keops, el constructor de la pirámide más grande) tuvo la idea de utilizar la inmensa estatua para promocionarse como una deidad. Tenía delirios de grandeza y fue el primero en usar el título "El Hijo del Dios Sol", por lo que esculpieron la cabeza para que se pareciese a él. Pero Después de su muerte, su medio hermano Kefrén, constructor de la segunda pirámide más grande, heredó el trono y volvió a alterar la cabeza del ídolo para que tuviera sus rasgos, asumiendo para sí la fama de constructor de la inmensa estatua.

La nariz ya no existía. Dijeron que el culpable era un musulmán llamado Muhammad Sa'im al-Dahr, quien, en 1378, indignado al ver a los campesinos egipcios llevar ofrendas a la Gran Esfinge por una buena cosecha, le destrozó la nariz y por ese vandalismo fue ejecutado.

Tales actos de depredación habrían escandalizado y enfurecido a los dioses que ordenaron la construcción del ídolo si todavía hubieran caminado entre los mortales, pero hacía mucho que habían abandonado y olvidado a la gente de este mundo.

Sin conocer el origen sobrenatural de la esfinge, Zaki, quien durante su infancia había escuchado de su difunto bisabuelo la leyenda de túneles y cámaras ocultas debajo de la Esfinge, esperaba encontrar un tesoro y cambiar su vida.

El hermano menor, que era muy pequeño cuando murió su bisabuelo, no recordaba ninguna historia sobre pasillos escondidos debajo de la estatua. Pero recientemente había oído una conversación entre el señor Baraize y los dos trabajadores que habían encontrado un pasaje en el suelo detrás de la estatua. Para su total pesar, Ma'sum le había informado de la conversación escuchada a su hermano, quien ahora no podía quitarse de la cabeza la idea de bajar por ese pasaje antes de que se llenara y sellara para siempre. Ma'sum pensó que la idea no podría ser más desafortunada. Temía ser descubierto. Los ladrones de tumbas siempre acababan en la cárcel.

—Ma'sum, confía en mí. Nadie podrá condenarnos como ladrones de tumbas, porque la Esfinge no es una tumba. Además, mi plan es perfecto. ¡Nadie lo sabrá y seremos ricos! —respondió el otro—. ¿Alguna vez te he decepcionado?

El más joven resopló.

—Varias veces. ¿Quieres que haga una lista?

A pesar de los riesgos, Ma’sum se dejó llevar por la conversación de su hermano, quien siempre utilizaba las palabras adecuadas para convencerlo. Además, ambos eran jóvenes y estaban llenos de sueños. Querían un futuro mejor. Ya no tenían familia, estaban cansados ​​del trabajo físico que les hacía doler la espalda; además, el dinero que recibían por hacer su trabajo en la excavación apenas alcanzaba para comprar comida y pagar el alquiler de la pequeña habitación donde vivían. Y ahora que el trabajo en la Esfinge estaba casi terminado, temían no encontrar otro pronto.

En el silencio de la noche sin luna, Zaki y Ma'sum se escabulleron por las calles de El Cairo y llegaron a la esfinge. Recordando las historias que había escuchado de su bisabuelo sobre la ubicación de la entrada a la cámara y siguiendo la información dada por Ma'sum, quien había presenciado la conversación entre el egiptólogo y los trabajadores, Zaki comenzó a golpear las losas de piedra caliza en la parte posterior de la estatua con una pala hasta que oyó un sonido hueco.

—Hay un agujero justo debajo de esa losa. Debe estar aquí. Ven a ayudarme —explicó Zaki en voz baja.

Al retirar la losa suelta, encontraron escalones. Cada uno de ellos llevaba una bolsa con comida y agua, queroseno para las lámparas, algunas herramientas y bolsas vacías en las que guardarían el tesoro. Era una carga grande, pero los dos jóvenes, siendo cautelosos, pensaron que si tardaban más de lo previsto amanecería y tendrían que esperar hasta la noche siguiente para salir.

En las escaleras, mientras colocaban la placa de piedra caliza para disimular la invasión, sintieron que les picaban los dedos por tocar el tesoro y ya se imaginaban viviendo en Francia con todos los lujos que merecían. El plan era prometedor, pero, cuando encendieron las lámparas, lo que vieron fue un largo pasillo intercalado con varios otros.

—¡Un laberinto! — murmuró el más joven con voz desanimada. De repente, el sueño de vivir en Europa desapareció como humo llevado por el viento.

Zaki apretó los dientes. Esperaba encontrar una cámara. Túneles y más túneles en todas direcciones fue una sorpresa más que desafortunada. A pesar de este revés, no se rindió.

—Sigamos adelante.

—¿Estás loco, hermano? ¡Nos perderemos ahí dentro! —respondió Ma’sum con impaciencia, moviendo la mano en un amplio movimiento como si quisiera indicar todos los caminos al mismo tiempo.

—No seas dramático. Somos inteligentes y encontraremos el camino de regreso. Piénsalo, si nuestro bisabuelo tenía razón sobre el lugar escondido bajo la Esfinge, también tenía razón sobre la existencia del tesoro.

Ma'sum se quejó y refunfuñó, pero, como siempre, acabó cediendo, por lo que fue tras su hermano. Caminaban en línea recta, iluminando los pasillos transversales e intentando identificar alguna caja o jarrón con riquezas. Encontraron solamente huesos carcomidos por el tiempo.

—Probablemente, él no encontró la salida —comentó Zaki, sintiendo un escalofrío recorriendo su espalda.

—Si fuera eso, ¿dónde está la cabeza? —respondió Ma’sum, mirando a su alrededor, pero sin lograr localizar el cráneo. Estaba claro que el muerto había sido decapitado. Es más, el que perpetró el crimen se había llevado la cabeza de la víctima. ¿Por qué alguien cometería un acto tan nefasto? Ma'sum tuvo un mal augurio. —¡Vayámonos mientras sea posible!

—Tonterías… Este crimen ocurrió hace muchos años y el culpable ya no existe.

—Y el tesoro tampoco, imagino. Este crimen lo cometió alguien que no quería compartir nada, por lo que mató a su pareja y se fue con todo.

Zaki pensó por un momento. Su hermano, a pesar de su corta edad, era muy sabio.

—Quizás tengas razón, pero sólo podremos estar seguros de ello si no hay ningún tesoro. Un solo hombre no podía llevar todo el tesoro. Así que acabaremos encontrando más, sólo tenemos que buscarlo.

—Está bien, pero apurémonos y terminemos esta búsqueda. —Ma'sum levantó la lámpara y pasó junto al esqueleto, frotando su espalda contra la pared para no acercarse demasiado a los huesos, y mirando hacia atrás para asegurarse de saber por dónde regresar.

Sin embargo, cuando estás dentro de un laberinto, el miedo a perderse se convierte en una idea fija, y el cerebro trabaja en esa dirección, provocando que la persona se confunda. Poco después, ninguno de los dos tenía una idea clara de hacia dónde habían caminado y, peor aún, encontraron otro esqueleto. Al igual que el primero, este había perdido la cabeza. Al principio pensaron que habían caminado en círculos y regresado al lugar del primer esqueleto, pero Ma'sum se dio cuenta de que los huesos ocupaban una posición diferente, apoyados contra la pared, mientras que el otro muerto estaba tendido en medio del corredor. Dos asesinatos cometidos con el mismo estilo.

—Al parecer los ladrones no eran un dúo, sino un trío —reflexionó Zaki.

—O este lugar servía para sacrificios —aventuró el más joven.

—Es una posibilidad, hermano… ¿Pero así, simplemente tirado en el suelo? No hay altar ni ninguna evidencia de una ceremonia… Me parece muy extraño.

El otro sacudió la cabeza, aceptando que sería muy extraño hacer sacrificios sin ningún ritual, y los rituales siempre implican un escenario elaborado. Todo se volvía cada vez más aterrador y lo único que quería era irse. Ni siquiera le importaba vivir de forma miserable, ya estaba acostumbrado. Preferiría ser pobre que morir perdido ahí abajo.

—Hemos caminado mucho, Zaki, y no hemos encontrado más que polvo y huesos. Ya no tengo esperanzas de encontrar riquezas.

—Está bien —refunfuñó el hermano mayor, resignado—. Volvamos.

Ma'sum sonrió, aliviado, al ver que su hermano estaba mostrando sentido común. Dio unos pasos hasta llegar a otro pasillo y señaló a la derecha.

—Venimos de esa dirección.

Zaki no tuvo tiempo de responder ni unirse al otro. El muro se cerró frente a ellos, separándolos. El susto fue tan grande que casi se le cayó la lámpara. Se arrojó contra la pared que acababa de cerrarse, tratando de encontrar alguna palanca, intentando abrirla con la yema de los dedos.

—¡Ma'sum! ¡Ma'sum! —gritó fuera de control.

La pared era tan gruesa que no podía escuchar la voz del más joven, aunque lo sabía que su hermano estaría gritando del otro lado. Sacó el cuchillo de su funda y golpeó con el mango la superficie de piedra, tratando de establecer algún tipo de comunicación. Acercó la oreja y notó resonancia. Fue su hermano quien, en respuesta, golpeó la piedra, probablemente con algo metálico, y los golpes sonaron desesperados. Pasaron unos segundos y ya no escuchó ningún ruido.

Zaki sintió que las lágrimas rodaban por su rostro. En ese momento ya no quería riquezas, sólo a su hermano. Respiró hondo y trató de calmarse y pensar con más claridad. Concluyó que Ma'sum era demasiado inteligente y continuaría con el plan original de regresar a la salida. Por eso, Zaki decidió que él haría lo mismo, y se llenó de esperanza de que pronto se reuniría con su hermano, de quien nunca más se separaría.

Sus piernas no estaban muy firmes por el nerviosismo, pero no perdería el tiempo descansando. Regresó por el túnel, pasó directamente junto al esqueleto sin prestarle mucha atención, ya que tenía prisa, y tomó lo que pensó que era un pasillo paralelo, tratando de ir en la dirección que su hermano le había señalado. Pero a pesar de lo angustiado que estaba, ya no pensaba con claridad, de lo contrario no habría tomado un corredor diferente al que había venido. Lo único que hizo, cuando decidió pasar por otro pasaje porque pensaba que sólo un muro lo separaba de su hermano, fue complicar aún más la situación. No sólo se alejaba cada vez más, sino que en un momento sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Cayó en un pasillo oscuro, en un nivel debajo de él, sintiendo un dolor agudo en el tobillo y no pudo reprimir un grito de agonía. Se dejó caer de espaldas en el suelo, con los brazos abiertos, y se quedó allí jadeando y gimiendo hasta que logró controlar su respiración. Al mirar hacia arriba, vio que había caído desde una altura de más de tres metros. Milagrosamente, la lámpara estaba intacta, ya que había caído bajo un montón de arena. Ojalá él hubiera tenido la misma suerte, pero no, todo lo que podía sentir era el duro suelo de piedra caliza debajo de su cuerpo.

Le dolía tanto el tobillo que pensó que se lo había roto, pero al lograr mover el pie, se dio cuenta de que solo era un esguince, y se sintió más aliviado... pero no mucho, ya que pronto se dio cuenta de que ahora la situación se había vuelto aún más complicada. No solo había perdido a su hermano, sino que estaba atrapado en un nivel inferior del laberinto, es decir, cada vez más alejado de la salida, cada vez más alejado de Ma’sum. Y, coronando el infortunio, estaba herido y no podría llegar muy lejos.

El estado de ánimo de Zaki se fue volviendo cada vez más turbio. Era como si una nube negra hubiera caído sobre él y lo envolviera lentamente. Se sentó, doblando las piernas y abrazándose las rodillas, sin saber qué hacer.

Mientras sus ojos recorrían el nuevo entorno, reconoció otros huesos humanos allí. Estaban apartados, como si alguien hubiera desmembrado a la víctima, y no tenía la cabeza.

Tragó fuerte y se puso de pie, luchando contra el dolor en el tobillo que lo atormentaba. Probó su pie lastimado y vio que podía caminar, aunque con mucho sufrimiento. Tomó la lámpara y trató de decidir adónde ir. Ya no tenía sentido intentar reconocer la dirección correcta para salir. Lo único que no podía hacer era quedarse quieto.

Cojeando y gruñendo de dolor, se dirigió en dirección opuesta a los huesos. Tenía miedo de que ocurriera otra caída. Miró al suelo, tratando de distinguir cualquier señal que pudiera indicar una trampilla. Si volviera a caer, se lastimaría aún más y tal vez no podría volver a levantarse, y si la profundidad de una nueva caída fuera demasiado grande, seguramente moriría. También existía la posibilidad de otro tipo de trampas, como ser aplastado por paredes en movimiento o que alguna parte del techo cayera encima de él. Zaki había escuchado historias aterradoras de su bisabuelo sobre personas que habían entrado en tumbas y pirámides y nunca lograron salir. El anciano también había mencionado que debajo de la meseta de Giza había una inmensa red de túneles y cámaras. Zaki recordó de inmediato las palabras exactas susurradas por el anciano:

¡Duat! El inframundo de los antiguos egipcios.

Ahora vio el laberinto con otros ojos. Si al principio pensó que se trataba de unos pocos pasillos en una cámara no mucho más ancha que la Esfinge, ahora pensó que se había apresurado a juzgar. Este lugar podría ser mucho más grande. Incluso podría ser tan ancho como la meseta de Giza, extendiéndose bajo las grandes pirámides y tal vez rodeando tumbas no descubiertas, y dividido en varios pisos.

Pasaron las horas, Zaki ya había bebido más de la mitad el agua y devorado toda la carne seca que había traído en su bolso. Estaba completamente desorientado en el laberinto. Quería llorar, pero ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo. De vez en cuando llamaba en voz alta a su hermano y la única respuesta era el eco de su propio grito.

Luego notó una rampa que subía y eso le dio un rayo de esperanza. Si regresaba al piso superior, estaría al mismo nivel que su hermano, si el otro no hubiera caído por una trampilla como él.

Subió la rampa y se encontró con otro esqueleto decapitado. Una vez más. Había dejado de contar, pero imaginaba que desde que entró en el maldito laberinto había visto más de veinte. Estaba rodeado de muerte y soledad. ¿Cuántos habrían sucumbido allí? ¿Y por qué no tenían cabeza? Tantas preguntas se arremolinaban en su mente.

—¡Zaki!

La voz de su hermano llegó a sus oídos como la música más hermosa. Levantó la vista y vio a Ma'sum saludando al final del pasillo con una amplia sonrisa iluminada por la lámpara. Y esta visión era más preciosa que la de un tesoro, que la de un oasis en medio del desierto cuando estás a punto de morir de sed.

Las lágrimas se mezclaron con el sudor que le salpicaba el rostro y empezó a correr arrastrando una pierna, pero sin siquiera prestar mucha atención al dolor insoportable en su tobillo. Lo único que quería era abrazar a su hermano con la fuerza de un oso, como solía hacer en cada cumpleaños de su pequeño, porque era el único regalo que podía darle. Y en cierto modo, aquello fue un aniversario, un renacimiento.

 —¡La salida, Zaki, está aquí mismo! —explicó Ma’sum con gran emoción, mientras indicaba la dirección.

De repente, una sombra se arrojó sobre el menor y él desapareció de la vista de Zaki, quien congeló sus movimientos. Un rugido y un grito de terror. Luego, el inquietante sonido de algo rompiéndose, siendo aplastado.

En medio del pasillo, con el corazón acelerado, Zaki llamó a su hermano, pero su voz era baja, casi un susurro.

No pudo evitar lo que haría a continuación. A pesar del miedo y de sentir un inmenso peligro impregnando el aire, necesitaba ver qué le había pasado al más joven.

Con pasos lentos, llegó al final del pasillo y miró hacia un lado. Vio a su hermano tirado en un charco rojo. Su cabeza ya no existía. Lo habían arrancado junto con el cuello.

Y alejándose por el pasillo, había un monstruo con cuerpo de león y alas de águila. La criatura quimérica se detuvo y miró hacia atrás. Sus ojos negros brillaban como obsidiana, y su rostro era humano y hermoso, con rasgos que serían perfectos si no fuera por una cicatriz que iba desde su frente hasta su pómulo.


Lu Evans es brasileña, licenciada en Periodismo y estudiante de Antropología en el Central New Mexico College/USA. Ha publicado dieciséis libros, algunos de los cuales han sido traducidos al inglés y al español. También es dramaturga, cuyos textos de teatro infantil y para adultos han sido representados y premiados en Brasil. Sus cuentos han aparecido en antologías y revistas nacionales e internacionales. Es miembro del Centro de Literatura y Cine André Carneiro, de la Academia Internacional de Literatura Brasileña y de la Speculative Literature Foundation/USA, de la que es jurado en los concursos A.C. Bose y Diverse Worlds + Diverse Writers. Coordina el proyecto Fantastic Literature by Women/US y Fantastic Writers (con Rozz Messias). Algunas de sus colecciones incluyen autores de distintos países: América Fantástica, Fator Morus, Vozes Intergalácticas, O Último Dia do Futuro y Terra Mágica.

 

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