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domingo, 8 de marzo de 2026

UNA NOCHE, EN DICIEMBRE DE 1994

Veronika Santo

 

Zora está acurrucada en el asiento del autobús casi vacío que serpentea a lo largo de la costa adriática. A un lado se extiende el mar azul y profundo del canal de Velebit; al otro se alza la montaña, blanca como un hueso y afilada como los dientes de un dragón. Han salido de Trieste hace varias horas y las luces de Zara ya están cerca. Luces como las de un árbol de Navidad pobre, porque en el norte de Dalmacia hay guerra y la ciudad ha estado rodeada por los enemigos durante demasiado tiempo y nada es ya como antes.

El autobús con el letrero “Dubrovnik line” se hunde como un cuchillo en la niebla tenue que forma una cúpula gris clara, casi invisible, alrededor de la ciudad. Hay de todo en esa niebla: vapor de los bombardeos, partículas de arena de los sacos amontonados delante de las ventanas, la quintaesencia de los muertos y de los heridos en el alma y en el cuerpo, el odio y la esperanza por el pasado y por el futuro.

Zora baja del autobús un poco antes de medianoche. No habría querido tomar uno que llegara de noche, pero el tren desde Roma tuvo retraso y ese era el último que se aventuraba hacia el sur, a lo largo de la costa adriática.

Es demasiado tarde para los autobuses locales, y los taxis hace tiempo que han desaparecido de la ciudad, requisados por los soldados o huyendo de la guerra. La estación está casi desierta, los andenes vacíos, las aceras llenas de colillas de cigarrillos de los soldados. Del único bar iluminado llegan voces masculinas, alteradas por el vino y la cerveza. Una señora anciana baja junto con ella. Zora ve que la esperan con un coche blanco estacionado no lejos de la acera. Mientras intenta decidirse a pedir que la lleven, el coche arranca y ella solo ve el brillo de las gafas del conductor que huye en la oscuridad de la carretera.

Hace frío. Un viento salobre empuja las nubes altas en el cielo y se siente el olor del mar como siempre, como en los tiempos en que la cúpula aún no existía. Eso le da valor. Zora se abrocha la chaqueta, se cuelga la mochila en la espalda, toma la valijita con la mano derecha y comienza a caminar. La noche alrededor es densa y silenciosa. Tiene por delante cuarenta minutos de camino antes de llegar a casa.

—¡Detente! —le ordena alguien, y se da cuenta de que delante de ella hay un puesto de control—. ¿No sabes que hay toque de queda? —pregunta una voz masculina iluminándole el rostro con una linterna.

—He llegado con el autobús desde Trieste —responde Zora señalando el que pasa veloz junto a ellos para continuar su viaje a lo largo de la costa.

—Muéstreme los documentos —dice el hombre acercándose—. Es peligroso deambular así de noche.

Zora saca los documentos y el muchacho los examina atentamente. Al acercarse, ve que no puede tener más de unos veinte años.

—¿Vive en Melada? —continúa él.

Zora asiente, cambiando el peso de una pierna a la otra. De la boca del muchacho sale vapor a causa del frío. Ella piensa que debería haber llamado a alguien antes de salir de Trieste. Pero al final… ¿a quién? Los padres son demasiado viejos y los hijos demasiado pequeños.

El soldado se vuelve hacia sus compañeros, que proyectan sombras en el borde de la carretera, y regresa con ellos llevándose los documentos de Zora en la mano. Los oye susurrar. Son tres y cada uno lleva una ametralladora al hombro.

—Uno de nosotros la acompañará —le anuncia el muchacho.

Debería sentir alivio. En cambio, se esfuerza por verlos mejor, pero las nubes cubren cada vez más el cielo y la única luz es el cigarrillo encendido de uno de los soldados. De la oscuridad se acerca otro hombre. Tiene el cabello rubio, pero no se distingue su rostro.

—Vamos —dice. Primero se acomoda la ametralladora en el hombro y luego recoge la valijita que Zora había dejado en el suelo.

Se ponen en camino. Zora empieza a pensar si debería preguntarle al menos su nombre y si debería darle las gracias. Tal vez tenían la tarea de acompañar a todos los pasajeros perdidos que llegaban durante la noche a Zara. Pero no pregunta nada, porque le parece que el soldado es de los que no hablan mucho. Su fusil ametrallador pesa sobre sus hombros con el cañón apuntando hacia la acera resquebrajada.

—Debemos ir todo recto hacia abajo y luego tomar la Vía de la XIX División —le informa el soldado después de unos minutos de caminata—. El camino por el centro es demasiado largo y creo que usted ya está cansada.

—De acuerdo. Es el camino más corto. Pasamos junto al cuartel —acepta Zora mirando de reojo el rostro del hombre. Parece un poco menos joven que el soldado que la detuvo en el puesto de control, pero no hay suficiente luz para verlo bien. Las nubes desgarradas y luego amontonadas de nuevo por el viento viajan veloces sobre ellos.

—Ahora ya no queda nadie en el cuartel —dice el soldado.

Caminan de nuevo en silencio. Ella sabe que la naturaleza del hombre es cambiante; mantiene los oídos atentos para percibir su respiración, que podría delatar intenciones puramente masculinas. Un soldado sigue siendo un soldado, decía su abuela; las guerras cambian, pero la naturaleza de los soldados permanece inmutable.

La calle se despliega silencios ante ellos, con las casas oscuras y las ventanas cubiertas para que no se filtre la luz. Ya es una costumbre cubrir las ventanas, aunque los ataques más fuertes contra la ciudad hayan cesado.

Zora conoce bien el camino. Deben seguir recto; después del tercer cruce girarán a la derecha para tomar la calle con los jardines y las casas de su barrio. En una de ellas seguramente la luz seguirá encendida. Ella abrirá el portón que chirría, cruzará el sendero de entrada con la pérgola y estará en casa.

Pero ahora sigue caminando con el soldado que empuña su fusil ametrallador. El aire es frío, enrarecido como si estuvieran en la luna. También la calle frente a ellos es lunar, desierta, con agujeros de granadas que aquí y allá se hunden y se alzan de repente como cráteres. Una o dos veces Zora tropieza, pero él ni siquiera roza su brazo para ayudarla, y eso la tranquiliza.

A la izquierda hay casas con ventanas muertas, un cruce, pero ellos siguen sin girar; pasan delante del edificio del antiguo matadero y luego un largo muro que oculta los edificios –con las máquinas detenidas desde el comienzo de la guerra– de una empresa textil. A la derecha, a la altura del matadero, está el cuartel del ejército nacional yugoslavo. Un ejército que ya no existe como tal. Edificios vacíos, parques abandonados, ventanas con los vidrios rotos que brillan a la luz de una luna esquiva: son los testigos mudos de la batalla que hasta poco antes había rugido entre la ciudad y el ejército que en el pasado tenía la tarea de protegerla.

El soldado ahora camina más despacio. De vez en cuando se detiene y mira con desconfianza hacia los edificios. Zora comprende que algo no va bien. El soldado se detiene de repente.

—Allí hay alguien —le susurra.

—Pero cómo —susurra Zora—, el cuartel está abandonado, se retiraron…

Pero él le hace una señal para que se calle.

Deja la valijita de ella sobre el asfalto y corre rápidamente, silenciosamente, en la oscuridad; ella se queda sola con el corazón y las manos heladas. Esconde las manos en los bolsillos del abrigo; el corazón está desnudo en la noche. Mira con los ojos muy abiertos hacia las ventanas negras para captar algún movimiento sospechoso; por momentos le parece distinguir sombras más claras que se deslizan detrás de los cristales rotos. No sabe si es real o si su inquietud abre la puerta a imágenes fantásticas.

Después de unos minutos que le parecen horas, él regresa, con pasos suaves de lobo.

—Aquel edificio de allí era la lavandería. Debo echar un vistazo alrededor. ¡Malditos! Parece que se han infiltrado otra vez en el cuartel. Es mejor que me espere dentro de la lavandería en lugar de aquí, en la calle —susurra, y le hace señas para que lo siga hacia el edificio bajo y blanco que se alarga siguiendo el muro del cuartel.

Zora se vuelve a mirar alrededor, desesperada. No quiere ir con él, pero no sabe qué hacer. Ahora empieza a tener miedo y ni siquiera sabe de qué: de la calle vacía, de las extrañas presencias en el cuartel o de la profunda oscuridad que se esconde detrás de las ventanas rotas.

Así, sin saber siquiera por qué, sigue al soldado que la precede con sus modos decididos y silenciosos. Al llegar a la entrada de la lavandería, él le hace señas para que se acomode allí dentro y desaparece de nuevo en la oscuridad.

Zora se aprieta en un rincón intentando ver algo, luego comienza a avanzar palpando la pared con la mano. El muro es frío, áspero. Bajo la mano siente la cabeza de un clavo: quizá aquí una vez estuvo colgado un cuadro. Se detiene, en parte porque comprende lo absurdo que es moverse en esa oscuridad desolada, en parte porque oye el ruido de botas sobre el asfalto. Alguien corre. ¿El soldado? ¿Hay alguien más? Alguien blasfema en voz baja. Oye el ruido de ramas que se quiebran y luego algo más… algo más. Disparos. Alguien ha disparado.

El instinto le sugiere esconderse, alejarse de la puerta, ir más hacia el interior, encontrar algún mueble y acurrucarse detrás. En cambio, sin saber siquiera cómo, se encuentra de nuevo sola en la puerta mirando hacia afuera con los ojos muy abiertos.

No se ve nada: solo las siluetas de los edificios abandonados y las copas negras de los árboles. Luego distingue a alguien tendido en el suelo. Zora alarga la mano como si quisiera arrancar el velo negro de la noche para poder ver mejor; luego comienza a caminar con incertidumbre: el miedo ha tejido a su alrededor una espesa telaraña que le impide moverse.

Tendido en el suelo hay un hombre con uniforme. Un soldado con el uniforme del ejército yugoslavo. El rostro no se distingue, pero Zora ve claramente una delgada línea de sangre que corre por el suelo. Su primer pensamiento es que quizá el hombre aún no está muerto y debería ser ayudado. Pero no logra acercarse. Las piernas no la sostienen.

Los suaves pasos de lobo atraviesan el patio y una voz le susurra al oído.

—No debes estar aquí. Están los otros. Ven. Debes esconderte. No te quedes aquí. ¡Muévete!

Y el soldado del nuevo ejército croata se mueve delante de ella hacia la lavandería como para darle el ejemplo. Zora lo sigue automáticamente.

Las nubes en el cielo se desplazan lentamente dejando una abertura sobre el rostro de la luna y sobre el rostro del soldado.

—No te muevas de aquí —repite él señalando otra vez un rincón de la lavandería.

—Pero creo que te he conocido —exclama Zora en voz baja—. ¡Tú eres Ivan! ¡Ivan Mandre!

El rostro de su compañero de escuela está arrugado, los ojos cansados y el cabello rubio ya ralo.

—He cambiado un poco —dice Ivan con amargura—. Pensé que no me reconocerías. Ha pasado mucho tiempo.

—Sí, ha pasado mucho tiempo —repite Zora—. Estaba oscuro, solo por eso no comprendí enseguida quién eras… —Es una mentira, se confiesa a sí misma. Ha envejecido, tan pronto, tanto. En voz alta solo dice—: ¿Y por qué no dijiste nada?

—Ahora entra —la ignora él—. Por favor. Han vuelto. Debo echarlos. Hablaremos después.

Zora entra otra vez en la lavandería abandonada y esta vez se sienta en el suelo frío. En la noche ha aparecido un rostro conocido y se siente menos inquieta. Claro que ese rostro tiene demasiadas arrugas y en los ojos se ven demasiadas heridas. ¿Habrá matado él a aquel hombre de afuera?, se pregunta. Entonces recuerda que hay un muerto a pocos pasos de ella. Pasos… otra vez. Silenciosos, furtivos. Dan vueltas alrededor.

Ella levanta la cabeza que tenía apoyada en las rodillas y escucha. Hay gente corriendo. Rápido. Feroz. Más de uno. Alguien grita. Se oyen disparos otra vez.

No puedo hacer nada, piensa Zora. No tiene armas y aunque las tuviera no sabría usarlas. No puedo hacer nada, se repite, solo escuchar. Y escucha. No tanto lo que ocurre afuera, sino lo que ocurre dentro de ella. Escucha el latido del corazón y su respiración. Existen dos mundos, piensa: uno con luces y camas suaves, con sopas perfumadas y café caliente. El otro con oscuridad, con jergones sobre cemento y tierra apisonada, con muertos que hacen guardia delante de una puerta. ¿Quién es el que divide a los habitantes entre esos dos mundos?

De pronto los pasos afuera se aquietan, los disparos cesan. Zora levanta la cabeza. Ahora solo están los crujidos del viejo edificio, de las ramas desnudas de un viejo castaño que se doblan con el viento y… los pasos ligeros que se acercan a la lavandería.

Una silueta negra se recorta con claridad en la puerta.

—Podemos ir —dice el hombre y avanza con seguridad hacia la valijita y la mochila, como si su mirada atravesara la oscuridad—. Te acompaño a casa.

Zora se levanta dolorida. Le parece que no siente las piernas. Mientras tanto intenta ver el rostro del hombre. No sabría decir por qué, pero de pronto ha tenido la fuerte sospecha de que ya no se trata de Ivan. Ese hombre se mueve con la ligereza de una sombra. Allí afuera han matado a Ivan y alguien está jugando con ella un juego misterioso y cruel.

El hombre la precede llevando la valijita; su paso es largo y ella se apresura detrás. En el patio intenta mantener la mirada fija en el portón inclinado que conduce afuera, hacia la calle. No quiere ver la silueta que yace cerca, porque le provoca no solo miedo sino también una alegría secreta; parece la primera señal en el camino que conduce hacia casa.

Vuelven a caminar, lado a lado, por la calle desierta. A la izquierda está el muro que bordea la empresa textil abandonada. A la derecha, poco después del último edificio del cuartel, hay un cruce y comienzan los edificios habitados.

Zora y el soldado caminan bajo la luna fría y ella no logra pensar en otra cosa que en el cuerpo muerto que yace detrás de ellos, en el patio del cuartel abandonado.

—¿Has matado a alguien? —pregunta Zora.

—He matado a muchos —responde el soldado después de un breve silencio.

—Quiero decir ahora. En el cuartel.

—Ahora no he matado a nadie —niega él después de un momento, y ella comprende que no quiere hablar de eso.

Entre las nubes, sobre sus cabezas, se abre una grieta y ella logra verle el rostro. Es Ivan, comprueba con alivio, porque por un momento había pensado que era otro. Luego lo observa mejor. Algo ha cambiado en su rostro: ahora está aún más pálido, más sufrido. Zora está segura de que no le ha dicho la verdad. Ha matado a ese hombre en el patio del cuartel, piensa; por eso le parece cambiado.

—Lo siento —dice Zora, levantando el cuello de la chaqueta al sentir que el viento nocturno se vuelve cada vez más frío.

—¿Por qué deberías sentirlo? Cada uno hace lo que puede. Tú tuviste que ir a Italia; trabajas allí, ¿verdad?

—Desde hace ya dos años —confirma Zora en voz baja.

—Y yo tuve que ir a la guerra. A veces parece que no hay elecciones.

—No lo sé —dice Zora, y se encuentra contándole los últimos dos años de su vida.

Él la escucha en silencio.

Ahora están cerca de las Vrulje, un parque de pinos marítimos que murmuran con el viento, y enseguida, una vez pasado el cruce, Zora puede entrar en la calle que la lleva a casa. Piensa que lo invitará a entrar y que su madre le preparará alguna bebida caliente.

—¿Crees que terminará pronto? —pregunta pensando en todo: la guerra, su trabajo en Italia, la cúpula que está a su alrededor, grandiosa e invisible.

—Dicen que antes del próximo verano debería haber una gran batalla —responde él, comprendiendo lo que ella pregunta—. Luego debería cambiar. Sí, cambiará.

Su paso se vuelve más pesado. Las botas de cuero negro manchadas de barro se detienen en el cruce. Las nubes vuelven a cubrir la luna y sus sombras caen sobre su rostro.

—Desde aquí puedes continuar sola —susurra él, y hay una nota de tristeza en su voz.

—¿Pero no quieres acompañarme hasta casa y tomar algo caliente? —pregunta Zora, mientras se siente, sin saber por qué, como aliviada.

—Debo volver —rechaza él mirando a su alrededor. Luego se vuelve hacia ella—. Han cortado el nogal de tu jardín, el que está detrás de la casa. No estés demasiado triste —dice mientras le entrega la valijita.

Zora recorre su calle bordeada de jardines y casas que conoce. Ve el portón verde que se abre bajo la pérgola ahora sin hojas, y ya se está abriendo la puerta de entrada hacia otro mundo. Un mundo de calor y, al menos parece, seguro. La madre y el padre la esperan, los niños ya duermen. Zora entra en el salón que conoce tan bien: el sofá amarillo, las pesadas cortinas en las ventanas y los estantes llenos de libros.

Sobre la mesita junto a la biblioteca hay, en un jarrón, una rama de abeto negro cortada en el bosque. El padre abre la portezuela de la caldera para añadir un trozo de leña y las bolas doradas, las que quedaron de los tiempos anteriores a la guerra, brillan a la luz del fuego.

—Mañana es Navidad —observa Zora—. Oh, Dios, es Navidad —repite como si lo hubiera descubierto ahora, mientras el padre añade leña al fuego.

Va a la habitación de los niños y acaricia con la mirada su sueño tranquilo.

Luego vuelve a la cocina. Los padres la miran y ella mira sus rostros buscando los cambios que se hayan producido desde el verano. El padre la abraza, la madre le pregunta por el viaje.

—Me acompañó hasta aquí desde la estación Ivan Mandre. ¿Recuerdas, mamá? El que iba conmigo al liceo.

—Imposible —la contradice la madre en voz baja—. Ivan murió hace algunas semanas en la batalla de Eslavonia del Norte. Me encontré con su padre el jueves pasado. Te has equivocado.

—¡Pero qué dices! ¡Estaba conmigo hace apenas diez minutos!

—El señor Mandre logró recuperar el cuerpo. Hicieron el funeral en Zara —precisa la madre, y su voz es dura. Luego se vuelve y va a la cocina.

Zora calla.

También el padre calla; tiene las manos detrás de la espalda, se da vuelta, quisiera poner más leña en el fuego, pero la caldera ya está llena. Zora mira bien la caja de la leña. Son ramas del nogal. La madre en la cocina vierte el té hirviendo en las tazas.

Zora siente cómo su sangre empieza poco a poco a calentarse. Piensa en lo que ocurrió esa noche, en el rostro blanco y sufrido de Ivan, en los disparos en el cuartel.

Luego pregunta:

—¿Todavía hay enfrentamientos con los rezagados aquí en la ciudad?

—Últimamente no —responde el padre—. Todavía hay combates en el norte. Desde el verano nos han dejado en paz. Solo que no hay agua. La traen con cisternas.

—Toma este té —dice la madre—. Caliéntate, caliéntate.

Y sus ojos dicen: sé que has visto algo, pero no nos lo cuentes ahora. Olvida, olvida. Zora comprende. Bebe lentamente la infusión y se calienta las manos alrededor de la taza. La ciudad está llena de muertos. Y ellos no quieren ser olvidados. Viven bajo la cúpula y cuentan sus historias a los vivos. Recuerda que Ivan había nacido el 20 de octubre de 1960. Tenía 34 años, un mes y veinte días de vivo y quince días de muerto. ¿Existe una suma que abarque todos los días, todas las noches de una persona, tanto viva como muerta?

Pasa una noche inquieta entre sueño y vigilia en su dormitorio frío.

Por la mañana se levanta temprano y se asoma al patio trasero. Sí. El gran nogal que había plantado su abuelo ha sido cortado. La tierra roja del jardín está cubierta de escarcha que brilla con la primera luz del día.

Zora mira el tronco gris del nogal recién cortado. Luego recuerda otras cosas que dijo Ivan. Dijo que habría una gran batalla antes del verano y que después todo cambiaría. Se pregunta: ¿cuántas batallas y cuántos cambios más?

Suspira. Esperará el verano y la gran batalla.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosquePasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

 

viernes, 6 de febrero de 2026

¡ESE ROJO!

Veronika Santo

¡Ese rojo!

Nunca en mi vida había visto un color así, el color del fuego, el color del corazón. Tenía exactamente nueve años el día en que mi padre me llevó a esta excursión, poco después de la muerte de mi madre.

Antes de entrar en la Casa de los Misterios, antes de ahogarme en ese mar de rojo que me marcaría para toda la vida, mi padre y yo caminamos durante horas por Pompeya.

Me explicó que hacía mucho tiempo la ciudad había sido cubierta por la ceniza de un volcán, que un polvo gris había sepultado casas, personas, animales y plantas.

Tan fascinado como estaba, me sentía también incómodo. Giraba confundido hacia uno y otro lado en aquella ciudad muerta de muros blancos que, en un instante, cuando menos lo esperaba, había sido cubierta de ceniza. De vez en cuando miraba en dirección al volcán que se alzaba sobre la ciudad. Era comienzos del cuarto mes, la primavera era inusualmente fría y las laderas del Vesubio todavía estaban cubiertas de nieve. Pensaba que la ciudad misma era prueba de que no se podía confiar en el volcán. Esperaba ver en cualquier momento lenguas rojas de lava derritiendo la nieve y precipitándose hacia nosotros.

Parecía que yo era el único que albergaba esas sospechas. Increíblemente, la gente a nuestro alrededor paseaba, levantaba los teléfonos móviles para fotografiar el Vesubio y luego le daba la espalda con total calma.

Le contaré a la clase que vi un volcán de verdad, les diré que de repente la cima empezó a humear y que el fuego tiñó el cielo. Volví a mirarlo a escondidas. No pasaba nada, lo cual no significaba que no pudiera pasar. Había que vigilarlo. Incluso podía añadir que vi un dragón. En realidad, era perfectamente posible que de la lava del cráter salieran también dragones.

—Sucede —dijo papá—. La vida sigue, sigue, y de repente, cuando menos lo esperas, se detiene.

Su voz era amarga, melancólica. Si hasta entonces me sentía incómodo, ahora sentí cómo se me encogía el estómago. Sabía que pensaba en mamá, aunque intentábamos no hablar más de ella. Mamá estaba muerta y había que olvidarlo. Él lo repetía constantemente, pero entonces ¿por qué me había traído justo aquí, a una ciudad tumba sobre la cual aún se cernía impune su asesino?

Y entonces…

—Vivieron y se fueron —continuó con el mismo tono—. Cuando personas y cosas desaparecen en el tiempo no hay que olvidarlas, pero tampoco aferrarse demasiado a su recuerdo.

¡Eres tú el que no me deja olvidar, tú, tú!, quise gritar, pero como siempre en esas ocasiones, no dije nada.

De repente su voz se me volvió insoportable. Igual que la atención obsesiva que me dispensaba. Desde que murió mamá vigilaba cada uno de mis movimientos. Llamaba a la escuela para asegurarse a qué hora terminaba la última clase, y ante el menor signo de enfermedad me arrastraba en pánico de médico en médico. Empecé a odiar a mi padre y quizás aquí, en Pompeya, más que nunca. Me sentía atrapado, quería huir: de que mamá ya no estuviera, huir de él, pero aún más de mí mismo. Daba vueltas casi en pánico, buscando algo, algo.

Qué exactamente, no lo sabía.

Y de repente ese “algo” apareció. Como si la ciudad hubiera respondido a mis llamados de auxilio.

A la Casa de los Misterios se entraba por una veranda desde la cual se podía ver casi todo el golfo de Nápoles. El mar chispeaba, brillaba, inspiraba reverencia; así que nos detuvimos unos instantes para contemplarlo, por fin en silencio, mientras yo rezaba en mi interior para que al menos por un rato me dejara en paz. Apenas nos alejamos de la terraza, volvió a bombardearme con explicaciones, esta vez sobre la disposición de las habitaciones de la Casa de los Misterios. Podría haberme interesado, pero incluso eso me resultaba excesivo.

Atravesamos cuatro salas que conducían al peristilo con dieciséis columnas (las conté obstinadamente, porque no quería prestar más atención a mi padre).

Y entonces, de pronto, nos encontramos frente a los muros pintados de aquella casa. Creo que al principio ni siquiera entendí lo que representaban. Lo que me atrajo fue el color, ese rojo increíblemente profundo en el que me ahogué, que me envolvió como si quisiera protegerme, como si quisiera devolverme al mundo. Solo después de unos momentos mi mirada se detuvo en una de las pinturas murales.

—Deja eso —respondió mi padre con cierta incomodidad—, esa manera de pintar pertenece al pasado.

Yo era solo un niño y creo que ese rojo pompeyano, el color del fondo sobre el cual la joven vestida de amarillo me miraba, respondió a mi llamado interno de auxilio. Cómo, no lo sé. Solo sé que me quedé inmóvil, hechizado, con la boca entreabierta, mirando lo que tenía delante.

La joven estaba sentada en una silla blanca, quizá de piedra, y una mujer a su lado le peinaba el cabello. Un niño desnudo con alas sostenía un espejo. Tenía cuerpo de niño, pero rostro de adulto. La imagen estaba algo dañada por el tiempo o tal vez inacabada.

Mi padre, por supuesto, notó mi mirada y dijo que se trataba de Puto, el dios del amor: entre los pueblos paganos no había ángeles. Esta vez sí lo escuché. Quería saber quién era Puto, pero parecía que él no sabía más. Justo cuando por fin quería aprender algo, no supo responderme.

Agucé el oído. Desde el patio llegaba la voz de un guía que explicaba a un grupo de visitantes la técnica pictórica de la encáustica. Entendí por lo que decía que gracias a ella los colores de aquellos muros habían permanecido casi intactos durante los últimos dos mil años.

—Yo también pintaré así cuando sea grande —dije en voz alta sin apartar la vista de la pintura.

Recuerdo que después de bastante tiempo me volví hacia la puerta abierta que daba al patio. Allí había sombra, allí luz veraniega; el sol se reflejaba en las columnas de mármol del patio interior. Había algo en esa luz que separaba aquel mundo de este, y aunque era solo un niño, ya sabía dónde estaba mi lugar.

Mi lugar estaba junto a ese rojo.

Más tarde busqué la palabra encáustica en la enciclopedia: era de origen griego y significaba “poner al fuego”. El pigmento se derretía en cera caliente, la pintura se aplicaba con herramientas especiales sobre la superficie y luego se calentaba para unificar el dibujo. Se requería gran habilidad para manejar fuego, cera y colores, y se consideraba que quedaban muy pocas personas que conocieran la técnica exacta.

Pronto comprendí que en realidad ya no la conocía nadie. Sí, había quienes se presentaban como expertos, pero no utilizaban las herramientas correctas, no conocían los pigmentos antiguos ni sabían elegir la cera adecuada.

Desde entonces, todos los días agregué algo a mi conocimiento de la encáustica, aunque, no sé por qué, nunca hablé de ello con mi padre. Dediqué mucho tiempo al rojo y supe que no era un color sino un pigmento, producido a partir del polvo triturado del mineral cinabrio.

Un día –yo ya tenía dieciséis años– me sorprendió frente a una tabla de madera en la que practicaba la aplicación de colores con mis entonces primitivos instrumentos.

—¿Por qué? —preguntó mirando lo que hacía. El dolor en su voz me hirió, me enfureció.

—¿Por qué te molesta? —le respondí desafiante.

—Porque tienes que vivir en el tiempo que te tocó —contestó.

Pero eres tú el que nunca lo logró, quise decirle. Lo que me llevaba a la ira era presentir que él relacionaba mi interés por la encáustica con el deseo de revivir el pasado; tal vez incluso pensaba que era un intento inconsciente de revivir a mi madre. Proyectaba sus errores en mí, los veía en mí.

¿Cómo podía explicarle ese rojo que se había vuelto la linfa de mi vida? Que el tiempo es fluido como el pigmento que se derrite en la cera al fuego, y que yo quiero, quiero fluir con él. Que era él, y no yo, quien cavaba constantemente en el pasado. Y que, maldita sea, ya era hora de que me dejara en paz.

A los diecisiete años tuve mi primera relación sexual. Se llamaba Irena, era bajita, algo rellenita y tenía unos pechos bonitos. Recuerdo que sudé mucho. Para ella también era la primera vez y quería que fuera cuidadoso. Yo tenía prisa, quería saber lo antes posible cómo era; además, ella era cálida, blanda y, en general, no creo que haya salido muy bien. Pero en el momento en que eyaculé, mal y apresuradamente, ante mis ojos apareció por un instante ese rojo profundo que yo, torpe y a mi manera, intentaba alcanzar en el lienzo.

No era exactamente lo mismo. Quizá era más pálido, quizá diferente, ¿peor, mejor?

Empecé a cambiar de chicas, experimentando, buscando. No tenía prisa: ningún verdadero artista puede permitirse ese lujo. La prisa es superficialidad e incomprensión. Quería explorar bien el mundo de los cuerpos femeninos suaves, su geometría, curvas y sombras. El arrebato que sabía liberarme y lanzarme a la órbita, hacia el rojo.

Nunca me enamoré; no podía ni lo pretendía. Como ya dije, mi trato con las chicas era una búsqueda del camino hacia el rojo. ¿Podían llevarme allí o no?

No podía ocultarle las chicas a mi padre; me miraba con desconfianza, pero no decía nada. Probablemente pensaba que yo era sexualmente inquieto, y nada más. Al mismo tiempo pintaba, en secreto. Como antes, cuidaba que mi padre no descubriera lo que realmente hacía. Me satisfacía de algún modo que no supiera a qué me dedicaba, qué quería, qué buscaba.

Aún no lograba obtener el color deseado. Sabía volar hacia la órbita, pero no alcanzarla. Poco a poco se me hizo claro que mi vida erótica no me llevaría muy lejos en la búsqueda del rojo pompeyano. Con las chicas estaba bien, pero no era suficiente. En cuanto a la pintura, tenía intuición, pero no técnica.

Además, ¿qué eran todas esas chicas comparadas con aquella de vestido amarillo que había visto en el fresco de Pompeya? Ese era el problema: ella era una diosa; estas eran solo chicas de carne y hueso. Poco a poco me fui saturando de sus cuerpos rosados y redondeados que pasaban por mi cama.

Yo buscaba otra cosa. Si hubiera tenido que expresar con palabras qué era exactamente esa otra cosa, no habría sabido decirlo. El rojo pompeyano: ese era el objetivo de mi búsqueda. ¿Adónde debía conducirme ese rojo pompeyano? Si de verdad lograba obtenerlo, ¿qué consecuencias tendría para mi vida? No tenía respuestas a esas preguntas, pero sí tenía deseo. El guante del desafío arrojado a los dioses. Sacaba a la luz algo que debía haber quedado olvidado. En lo más profundo sabía que en el momento en que lo consiguiera, algo sucedería. Solo que no sabía qué.

Tras terminar la escuela secundaria de artes plásticas, le pedí a mi padre que completara mis finanzas para ir a Nueva York y ampliar horizontes con visitas a los museos de allí. Omití decirle que en realidad iba al Museo Metropolitano a ver la única vasija antigua del mundo en la que estaban descritas con precisión las herramientas utilizadas en la encáustica. La vasija no estaba expuesta al público porque figuraba en la lista de obras en litigio por su restitución al país de origen. Por un momento pensé que mi viaje había sido en vano y pedí ayuda a uno de mis profesores. Recuerdo que olvidé la diferencia horaria y lo llamé a las cuatro de la madrugada de nuestro horario. En lugar de mandarme al demonio, a la mañana siguiente llamó a nuestro cónsul en Nueva York, presentándome como uno de sus mejores alumnos.

Logré obtener un permiso especial para ver la vasija.

Pasaron varios años hasta que conseguí fabricar las herramientas, obtener y perfeccionar los pigmentos. Aprendí que la cera pura debía fundirse primero en el mar y que incluso el gran Leonardo da Vinci fracasó en su intento de pintar con color, fuego, cera y mar. El fresco que representaba la batalla de Anghiari se le derritió ante los ojos.

Mientras tanto terminé también la Academia de Bellas Artes y me mudé lejos de mi padre.

Por fin logré escapar de su atención excesiva, aunque no de sus miedos. Todavía solía llamarme a cualquier hora del día o de la noche para preguntarme si había comido, si tenía suficiente dinero, si veía a alguien en ese momento. Después de todas aquellas chicas con las que había salido años atrás, desde hacía un tiempo prefería estar solo.

Todos esos años me enseñaron a esperar, a tener paciencia. Probablemente porque ahora estaba tan cerca del objetivo.

Parecía que lo tenía todo: por fin podía empezar a pintar de verdad con la técnica de la encáustica. Y hacía tiempo que sabía qué: una copia de la imagen que alguna vez, para mi noveno cumpleaños, había visto en Pompeya. Fondo rojo y tres figuras: la joven, la mujer que le peinaba el cabello y Puto, el dios alado del amor, con rostro de adulto y cuerpo de niño.

¿Pero quién observaba todo eso? Tenía que haber alguien más. Sonreí: ¿quién pintaba?

Me estremecí ante esa idea, pero ¿acaso después de tantos años no tenía derecho a la audacia? La pintura pompeyana estaba algo dañada; yo haría otra igual, pero nueva, fresca, como en el momento en que fue creada.

Fijé el día y la hora en que me sentaría a comenzar el cuadro. Habían pasado exactamente quince años desde que estuve en Pompeya con mi padre.

La noche anterior casi no dormí de la excitación; me había preparado para esto desde mi noveno cumpleaños. Me removía inquieto; en realidad hubiera querido saltar de la cama y empezar a pintar de inmediato, pero no quería arruinar lo que había planeado durante años.

A la mañana siguiente me duché, me lavé el cabello, me puse la mejor camisa de mi guardarropa. También me preparé un café fuerte. Las manos me temblaban un poco, pero sabía que eso cesaría en cuanto me sentara y empezara a pintar. Nunca había tenido problemas de concentración.

Di un sorbo al café caliente. Estaba bueno, amargo.

Encendí el pequeño hornillo a gas en el que calentaría los colores, la cera y las herramientas. Desde tiempos primigenios el fuego crea y destruye: ¿sería ahora mi amigo o mi enemigo?

Mis movimientos eran precisos, medidos.

Afuera era un cálido día de primavera. Recordé que ese mismo día, quince años atrás, el Vesubio tenía una corona de nieve y yo pensaba que en cualquier momento podría empezar a escupir fuego. Todo empieza y termina con el fuego, pensé.

Mezclé los colores, suspiré y comencé a trabajar sobre la base.

El tiempo pasó y ni siquiera noté cuándo cayó la noche. Al día siguiente ocurrió lo mismo, en una especie de fiebre, en un semisueño del que solo emergía la imagen. En algún momento de la tarde sonó el teléfono.

—No contestas desde hace días —dijo mi padre con voz triste—. ¿Está todo bien?

No podía permitirle que ahora lo arruinara todo. Ahora que por fin lo lograría, lo sentía; ahora que por fin tocaría ese rojo.

Le dije que no se preocupara, que estaba trabajando en un cuadro y que había perdido la noción del tiempo.

Volví ansioso al fuego y a los colores. La imagen que surgía no era una copia: era esa imagen. ¡Era ese rojo!

Pensé que había logrado devolver al mundo la técnica de pintar con fuego; pensé que era el único pintor en el mundo que había dominado la antigua técnica utilizada por egipcios, griegos y romanos.

Había vencido al tiempo, vencido al olvido, entrado en la propia trama del mundo.

En un momento miré por la ventana: el sol primaveral debilitaba la llama de gas y luego la fortalecía de nuevo, como si la incitara. Creo que ya estaba muy cansado, porque de pronto me pareció que la pared frente a mí era roja. Como si estuviera cayendo en algo cálido, algo intensamente rojo. ¿No era eso lo único que siempre había deseado? Solo que de repente tuve miedo.

La silla bajo mí se volvió fría, como de piedra. Me acomodé mejor, la toqué con la mano, miré: era solo una silla de cocina común. Pasé la mano con pánico por mis ojos.

Cuando la retiré, la joven estaba frente a mí: su cabello castaño caía suavemente sobre el hombro que la mujer de vestido púrpura a su lado acomodaba. Mi diosa me sonreía, claro, porque yo era quien la había pintado. La miré con incredulidad y luego me volví hacia la base en la que trabajaba. Mi mano se detuvo: ¿había dibujado todo eso yo? No había duda: me había convertido en un verdadero maestro; dentro de unos dos mil años la gente se maravillaría ante esta pintura.

Solo un par de movimientos más y el cuadro estaría terminado; podría darme vuelta e irme. ¿Pero dónde?

De repente, en la calle se oyó un murmullo que iba creciendo lentamente, como una marea amenazante. La joven, asustada, se puso de pie de un salto; su vestido amarillo ondeó, el cabello se le desparramó sobre los hombros.

Luego un grito, luego otro, el ruido de pasos, gente que huía por la calle. A la mujer a su lado se le cayó el peine de la mano.

Yo permanecí inmóvil, la mano aún detenida a mitad del gesto. Sabía lo que estaba ocurriendo allá afuera, en las blancas laderas del volcán.

Ni siquiera el pequeño Puto se movía; solo me miraba fijamente. Seguía sosteniendo el espejo plateado y parecía alguien que lo sabe todo. En el espejo se sucedían imágenes; más que verlas, las intuía. Sabía que a través del espejo fluía toda mi vida. Y que pronto me hundiría de verdad en ese rojo: era el final que había anhelado desde mis nueve años.

Creí haberle robado al mundo antiguo la técnica de la pintura, pero en lugar de eso, fue él quien me tomó a mí.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosquePasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

lunes, 29 de diciembre de 2025

EL GRAN MAR

Veronika Santo

 

«Al anochecer de ese mismo día, soñó esta estatua.

La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo

de caballo o de tigre, sino esas dos criaturas vehementes

a la vez, y también un toro, una rosa, una tempestad».

J. L. Borges, “Las ruinas circulares”

 

El pueblito que se escondía en el valle de abajo era probablemente un nido de mafiosos. Incluso tenía ciertas sospechas sobre mi cliente. En cambio, el hotel, ese sí que era digno de grandes señores. Cuatro pisos de lujo, club nocturno y piscina. La habitación tenía vista al mar y una puertaventana que ocupaba casi toda la pared. Los ojos se llenaban de ese mar de color azul cobalto, el mismo que a veces uso como maquillaje cuando quiero darles a mis ojos una expresión de Cleopatra.

Decidí cargar la cuenta de la habitación todo lo que pudiera, total no pagaba yo, así que llamé a recepción y pedí un buen trago de la tarde. Miré el reloj de reojo. Eran casi las cinco, todavía temprano. No sabía exactamente cuándo llegaría mi cliente.

Me miré en el espejo.

Pantalones cortos, tacones altos y una blusa negra abotonada hasta el cuello. Elegancia pura. Siempre hay que cuidar de no exagerar con los detalles. Me lo enseñó una chica milanesa que en verano siempre vestía de blanco y ligaba sentada en el bar de un hotel cinco estrellas. No hacía nada, casi no se movía. Los hombres caían a sus pies como moscas.

Alguien llamó a la puerta. Probablemente la camarera.

—Adelante —dije, retocándome el labial.

Entró una mujer con una bandeja y mi vaso. Era alta y flaca como el palo de una escoba. Me examinó de pies a cabeza. Yo también la miré, porque era una de esas chicas insignificantes que sirven como ejemplo de cómo no maquillarse o cómo no vestirse. Siempre hay algo que aprender.

—Buenos días —dijo, omitiendo cuidadosamente la palabra “señora”. Se dirigió a la mesita junto a la ventana.

Encendí un cigarrillo. Ella me miró con desaprobación.

—¿Qué tal es este lugar? —le pregunté, soltándole el humo—. ¿De vez en cuando aparece algún muerto? ¿O es todo tranquilo?

—No sé de qué habla —respondió, con una desaprobación creciente. No podía creer que ignorara vivir en una tierra donde se paga extorsión hasta para ir al baño. La observé mejor: una de esas que juegan a hacerse la muerta. Sin esperanza.

—¿El mar está siempre así de hinchado? —Le di la espalda y miré a través del gran ventanal del balcón.

Todo el horizonte estaba ocupado por esa enorme franja azul. Parecía un vientre a punto de estallar.

—El mar sube de vez en cuando —comentó, sin agregar nada más.

La miré. Ella me devolvió la mirada.

—¿Desea algo más, señora? —preguntó con un tono un poco burlón.

—No, gracias —respondí, volviendo a mirar el mar. Ni yo sabía por qué me atraía tanto. En Belgrado, en junio, todavía podía hacer frío. Aquí, en cambio, la brisa que llegaba de esa gran masa azul ya traía consigo, desde alguna isla, los perfumes del verano. Esos aromas solían bastarme para ponerme de buen humor.

Cuando me di vuelta de nuevo, la habitación estaba vacía. Ni siquiera había oído cuándo la chica se fue. Estaba claro que no me aprobaba, pero por mí podía besarme el tacó del zapato.

Aplasté el cigarrillo a medio fumar en el cenicero y decidí explorar los alrededores.

El mármol blanco del vestíbulo frente a la recepción estaba sembrado de sillones y sofás de cuero claro. Lo crucé contoneándome, solo para practicar. En uno de los sillones estaba sentado un hombre mayor, vestido de gris, con corbata roja, fumando un puro. Pasé junto a él sintiendo su mirada sobre mí.

—Soy huésped del señor Claudio Morabito —le dije a la mujer de pelo corto en la recepción—. ¿Ya llegó?

—No, lo siento —respondió, lanzándome una mirada irritada.

—Cuando llegue, avísele que la señorita Milena lo espera. Habitación 514.

—Por supuesto —dijo, y volvió a clavar los ojos en la pantalla del ordenador.

Las mujeres no me quieren especialmente. En toda mujer hay un instinto de captar la atención de cualquier hombre que pase por su campo visual, pero cuando estoy yo, no tienen ninguna posibilidad. Esta también podía besarme el tacó.

Crucé el vestíbulo y entré en el bar. Dos hombres estaban sentados en los taburetes frente a la barra, hablando en voz baja. Cuando me vieron entrar, se callaron y me miraron sin pudor. En el salón flotaba la música de fondo de un piano.

Me acerqué a la barra y me senté. Saqué el paquete de cigarrillos. Desde algún lugar detrás apareció un chico vestido de barman.

—Un café, por favor —pedí, colocándome el cigarrillo entre los labios.

Uno de los dos se acercó para encenderme.

—¿Llegó hace poco?

Le soplé humo.

—Ya estoy ocupada.

Se rio. No tendría más de treinta años. Espaldas trabajadas, jeans y camisa blanca. Probablemente al servicio de alguien.

—¿De dónde viene?

—Espero que mi italiano no me traicione.

—Me llamo Pietro.

Miré el reloj. Pasadas las cinco. Claudio podía llegar en cualquier momento y no le habría gustado que la chica que pagaba estuviera coqueteando con otro.

Pietro se acercó aún más. Sorprendentemente, no olía a alcohol.

Me moví, bebí el café de un trago y me levanté.

—Gracias por la compañía —le dije.

Los tres, incluido el pequeño barman, se quedaron admirando mi trasero.

El gran ventanal del bar daba a una terraza que rodeaba esta parte del hotel, más baja que el edificio de la izquierda donde estaban las habitaciones. Aquí también había poca gente. Una pareja, marido y mujer, ella con una cara larga como de caballo, probablemente holandeses. Y otros dos hombres, que parecían hermanos perdidos de los del bar. Todos me miraron. En mi trabajo es esencial que me noten. Crucé la terraza con un contoneo discreto.

En el lado derecho bajaban unas escaleras anchas. Entre la vegetación exuberante, digna de un paraíso tropical, brillaba al sol la superficie tranquila de una piscina.

Decidí refugiarme en una de las tumbonas dispuestas alrededor.

Este hotel empezaba a ponerme nerviosa. Era demasiado grande para tan poca gente. El pueblo del fondo del valle era miserable. El mar quedaba a varios kilómetros. No había, que yo supiera, ningún centro turístico cerca. ¿Para quién diablos habían construido un hotel tan lujoso en un lugar tan absurdo?

Esperaba que Claudio llegara pronto: pasaríamos un fin de semana ardiente, me daría mis diez billetes grandes y el domingo por la noche su chofer me llevaría al aeropuerto.

No había nadie alrededor de la piscina. Me acomodé las gafas de sol y estiré las piernas. La inquietud me hizo abrir los ojos de nuevo. Como si un ejército de hormigas marchara por mi espalda. ¿Por qué no podía estar tranquila? Tal vez era esa enorme masa de mar que llenaba el horizonte. Dominaba todo, aunque estuviera abajo. Incluso la luz del sol parecía pálida, incapaz de escapar, atraída como por un imán por el azul profundo del mar.

Levanté la cabeza. Un pequeño pabellón de vidrio se apoyaba contra el muro exterior del hotel. Estaba cubierto de enredaderas con campanillas rojo fuego, y detrás de los cristales se veían tumbonas apiladas.

En un lado de la piscina se distinguían restos romanos antiguos: algunas columnas y fragmentos de muros de piedra blanca.

En un instante me transformé en turista. Soy así. Creo que es una de las razones por las que me quedé en Italia. Tanta historia por todas partes. Me quité los zapatos, los dejé junto a la tumbona y me acerqué a esos muros antiguos.

Entonces giré sobre mí misma, sin saber por qué. Un hombre viejo, con un suéter verde demasiado grande, me observaba desde la puerta del pabellón. En el pecho llevaba el emblema del hotel.

Di unos pasos entre las ruinas. Sobre un pedestal de mármol blanco quedaban restos de una estatua. Estaba erosionada por el sol y el viento; lo único distinguible era la garra de un ave rapaz.

—Son restos de un templo —dijo una voz detrás de mí.

Me di vuelta bruscamente.

El viejo del suéter verde estaba justo detrás. No lo había oído acercarse.

—¿Y esa sería la divinidad? —dije señalando la estatua—. ¿Quién sabe qué era? ¿Un pájaro?

—Una tigresa o un caballo de piedra —respondió.

—¿De verdad? Pero tiene una garra de ave.

—Era solo una cita de un relato de Borges —rio—. Un dios verdadero debe ser todo y nada. Un ave, pero también una nube, una rosa y el mar. El mar —repitió, mirando la garra como si hubiera descubierto algo nuevo.

Lo observé mejor. Tenía una densa red de arrugas en el rostro y unos ojos de azul profundo, pensativos bajo unas cejas espesas. Curiosamente, no percibía en él ningún interés por una mujer como yo.

—¿A usted también le preocupa el mar? —le pregunté.

—¿Por qué habría de preocuparme?

—Desde aquí parece extrañamente hinchado. Amenazante. ¿No le parece?

—Lampedusa no está tan lejos.

—¿Qué tiene que ver Lampedusa? —pregunté sorprendida.

—Ayer volvió a hundirse una patera con unos cincuenta seres humanos. Si contamos desde principios de año, ya será una cifra considerable. Hemos exagerado, ¿no cree? Tal vez hemos superado el número de flujos anuales que el reino de abajo autoriza. Quizá alguien tenga que pagar. Hay un equilibrio entre los mundos, ¿lo sabe?

Di unos pasos atrás. Me pareció prudente retirarme. Por un momento creí haber encontrado por fin a alguien con quien hablar en este lugar extraño. Me había equivocado: estaba un poco tocado.

Seguía mirándome con aire de gran filósofo.

—Usted es una buena chica. Será mejor que se vaya, señorita. Deje este lugar.

No necesitó repetirlo. Ya estaba cerca de la tumbona. Me puse los zapatos y me dirigí a las escaleras de la terraza.

Un hombre estaba arriba. Sus gafas negras brillaban al sol. Probablemente guardaespaldas de algún jefe. ¿Había un jefe en este hotel?

Pasé junto a él rozando su camisa blanca, pero no se movió. Su desodorante me recordó que estaba allí por Claudio. Aún tenía que ganarme mis diez billetes grandes.

Volví a cruzar la terraza, el bar y el gran vestíbulo. Todos estaban en su lugar; faltaba solo el hombre del puro.

Repetí a la chica de recepción que cuando llegara, el señor Morabito me encontraría en mi habitación.

El hombre del traje gris pasó junto a mí mientras iba hacia el ascensor. Sonreí para mis adentros. Ahí estaba el personaje que faltaba. Me sentía dentro de una película.

Ya en la habitación miré el reloj. Casi las seis. Solo habían pasado cuarenta minutos desde que salí, pero me parecía un día entero.

Bajé las persianas evitando mirar el mar. Encendí la lámpara junto a la cama y pensé en las personas que había visto y en las palabras del extraño guardián de la piscina.

Los hombres musculosos del bar, los de gafas negras, la camarera seca y gris, la recepcionista irritada. Sumando todo, estaba claro que el viejo tenía razón: este no era un lugar para una chica como yo. Me reí al pensar que me había llamado “buena chica”. No pretendía serlo.

Decidí esperar a Claudio en la habitación. Extrañamente, sentía cierta impaciencia por verlo, como si fuera mi hombre y no solo un cliente.

Nos habíamos visto una vez en Milán. No era feo, se notaba que podía permitirse una chica como yo. Vestía caro, llevaba dos móviles. Habíamos cenado juntos y pasado la noche en un buen hotel. Me pagó correctamente. Fue hace un mes. Luego me llamó para un fin de semana en el sur, y aquí estaba yo. Billetes pagados, taxi esperándome. Todo limpio, con estilo. Si no, diablos, podría haber sido empleada. No soy una chica de la calle que se vende por unas monedas.

Ni siquiera me di cuenta de que me había dormido.

Cuando desperté, ya eran las ocho de la noche. La lámpara seguía encendida. Por un momento no sabía dónde estaba. Todas las habitaciones de hotel se parecen.

Entonces comprendí que Claudio aún no había llegado. Empecé a preocuparme. ¿Y ahora qué? Imaginaba una cena en la terraza, yo arreglada, tacones, vestido rojo fuego; él elegante, traje oscuro, móviles en los bolsillos.

Me arreglé un poco y bajé al vestíbulo. El hombre del traje gris estaba en su sitio, fumando un puro, mirándome con ojos brillantes. Los dos galanes estaban junto a la puerta. Los demás seguro rondaban por ahí.

El aire estaba cargado, eléctrico, como antes de una tormenta.

Había algunos huéspedes más, nada especial. Miré el restaurante: unas treinta personas. De Claudio, ni rastro.

Decidí cenar en la habitación. Pollo con arroz blanco.

Es curioso cómo esos pequeños detalles se me quedaron grabados. Recuerdo el sabor delicado de la salsa del pollo. También el aroma del baño de espuma del hotel, que abrí pero no usé, prefiriendo mi Chanel.

Luego todo pareció un sueño largo.

Claudio llamó a la puerta a las tres de la madrugada (¿por qué llamar y no llamarme?) y se metió rápido en la cama. Nada de lo que había esperado. Una chica que cobra no debe esperar nada (salvo el dinero), pero confieso que había imaginado la cena, la piscina, la ropa.

Ni siquiera notó mi lencería, que siempre elijo con cuidado.

Era un hombre oculto por la oscuridad. Podía ser cualquiera. Hicimos el amor rápido, como si robara algo.

Estaba boca arriba, con los ojos cerrados, cuando sonó su teléfono.

—Sí, bajo enseguida —dijo.

Luego se dirigió a mí.

—Cariño, mantenme la cama caliente. Vuelvo enseguida.

Me besó, se vistió rápido y salió. Miré el reloj: cuatro y cuarto. Afuera se oía la lluvia. Qué raro, pensé; ayer no había ni una nube. Pensé en el mar ya hinchado. Tan lleno. ¿Soportaría unas gotas más o se volcaría sobre nosotros, arrasando el hotel, el pueblo del valle, y más allá, hasta cubrir el continente entero?

Quería dormir, pero no podía. Esperaba a Claudio, que no volvía.

Hacia las cinco y media me levanté. Me puse una sudadera, pantalones cortos y zapatos bajos. Estaba inquieta, necesitaba hacer algo.

El vestíbulo estaba vacío, las luces suaves mezcladas con el primer clarear del cielo.

Lo encontré en la piscina.

Flotaba boca abajo en el agua clara. Supe enseguida que era él.

No llevaba la chaqueta (recordé que la había dejado en la habitación), solo la camisa y los pantalones.

Sentí una extraña sensación en el estómago. Di una vuelta alrededor de la piscina y aparté la mirada del cuerpo.

Ya no llovía. Las gotas brillaban en las hojas. No oía ni veía a nadie. Reinaba un silencio absoluto.

El mar allá abajo estaba extrañamente plano. Había cambiado de color: azul claro como un cielo de primavera, algo desvaído, nada amenazante, incluso alegre. La luz era perlada, gris clara. Todo parecía… no sé si es la palabra adecuada… todo parecía en su lugar.

Me parecía estar soñando, moviéndome por esa luz clara como flotando, y no sé cómo me encontré frente a la estatua del dios sin rostro.

La piedra blanca emergía del alba como de otro mundo. Como si esa fuera solo una de sus infinitas moradas, en la que aparecía con uno de sus infinitos rostros.

Sobre la garra brillaba llamativamente, como una campanilla roja trepando por un muro, una mancha roja de sangre.

Giré lentamente. Claro, estaba soñando. Nada de esto podía ser real. Incluso el hombre del traje gris que me esperaba en la terraza formaba parte del sueño.

—No hay necesidad de quedarse en este lugar —me dijo mirándome a los ojos. Tenía la piel amarillenta y finas arrugas alrededor de los ojos brillantes. Me recordó a alguien. Sí, al viejo de la piscina. Noté que vestía exactamente igual que la noche anterior—. Los interrogatorios policiales no son agradables —agregó.

—Pero en la recepción saben que estoy aquí.

—No se preocupe. —Hizo un gesto impaciente—. El coche la espera en diez minutos frente al hotel. Apúrese.

A primera hora de la tarde ya estaba en mi casa de Milán. Antes incluso de deshacer las maletas encendí el televisor. Las primeras noticias hablaban de la muerte de Claudio Morabito. Era una de las personas sospechosas de gestionar el tráfico de seres humanos en el Mediterráneo. Hablaban de Lampedusa. De los vínculos con la criminalidad norteafricana.

Recordé las palabras del viejo. El equilibrio entre los mundos. Recordé que había dicho: “es un templo”, no “fue un templo”.

Y me pregunto si es posible, si es realmente posible…

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosque, Pasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

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