domingo, 8 de marzo de 2026

UNA NOCHE, EN DICIEMBRE DE 1994

Veronika Santo

 

Zora está acurrucada en el asiento del autobús casi vacío que serpentea a lo largo de la costa adriática. A un lado se extiende el mar azul y profundo del canal de Velebit; al otro se alza la montaña, blanca como un hueso y afilada como los dientes de un dragón. Han salido de Trieste hace varias horas y las luces de Zara ya están cerca. Luces como las de un árbol de Navidad pobre, porque en el norte de Dalmacia hay guerra y la ciudad ha estado rodeada por los enemigos durante demasiado tiempo y nada es ya como antes.

El autobús con el letrero “Dubrovnik line” se hunde como un cuchillo en la niebla tenue que forma una cúpula gris clara, casi invisible, alrededor de la ciudad. Hay de todo en esa niebla: vapor de los bombardeos, partículas de arena de los sacos amontonados delante de las ventanas, la quintaesencia de los muertos y de los heridos en el alma y en el cuerpo, el odio y la esperanza por el pasado y por el futuro.

Zora baja del autobús un poco antes de medianoche. No habría querido tomar uno que llegara de noche, pero el tren desde Roma tuvo retraso y ese era el último que se aventuraba hacia el sur, a lo largo de la costa adriática.

Es demasiado tarde para los autobuses locales, y los taxis hace tiempo que han desaparecido de la ciudad, requisados por los soldados o huyendo de la guerra. La estación está casi desierta, los andenes vacíos, las aceras llenas de colillas de cigarrillos de los soldados. Del único bar iluminado llegan voces masculinas, alteradas por el vino y la cerveza. Una señora anciana baja junto con ella. Zora ve que la esperan con un coche blanco estacionado no lejos de la acera. Mientras intenta decidirse a pedir que la lleven, el coche arranca y ella solo ve el brillo de las gafas del conductor que huye en la oscuridad de la carretera.

Hace frío. Un viento salobre empuja las nubes altas en el cielo y se siente el olor del mar como siempre, como en los tiempos en que la cúpula aún no existía. Eso le da valor. Zora se abrocha la chaqueta, se cuelga la mochila en la espalda, toma la valijita con la mano derecha y comienza a caminar. La noche alrededor es densa y silenciosa. Tiene por delante cuarenta minutos de camino antes de llegar a casa.

—¡Detente! —le ordena alguien, y se da cuenta de que delante de ella hay un puesto de control—. ¿No sabes que hay toque de queda? —pregunta una voz masculina iluminándole el rostro con una linterna.

—He llegado con el autobús desde Trieste —responde Zora señalando el que pasa veloz junto a ellos para continuar su viaje a lo largo de la costa.

—Muéstreme los documentos —dice el hombre acercándose—. Es peligroso deambular así de noche.

Zora saca los documentos y el muchacho los examina atentamente. Al acercarse, ve que no puede tener más de unos veinte años.

—¿Vive en Melada? —continúa él.

Zora asiente, cambiando el peso de una pierna a la otra. De la boca del muchacho sale vapor a causa del frío. Ella piensa que debería haber llamado a alguien antes de salir de Trieste. Pero al final… ¿a quién? Los padres son demasiado viejos y los hijos demasiado pequeños.

El soldado se vuelve hacia sus compañeros, que proyectan sombras en el borde de la carretera, y regresa con ellos llevándose los documentos de Zora en la mano. Los oye susurrar. Son tres y cada uno lleva una ametralladora al hombro.

—Uno de nosotros la acompañará —le anuncia el muchacho.

Debería sentir alivio. En cambio, se esfuerza por verlos mejor, pero las nubes cubren cada vez más el cielo y la única luz es el cigarrillo encendido de uno de los soldados. De la oscuridad se acerca otro hombre. Tiene el cabello rubio, pero no se distingue su rostro.

—Vamos —dice. Primero se acomoda la ametralladora en el hombro y luego recoge la valijita que Zora había dejado en el suelo.

Se ponen en camino. Zora empieza a pensar si debería preguntarle al menos su nombre y si debería darle las gracias. Tal vez tenían la tarea de acompañar a todos los pasajeros perdidos que llegaban durante la noche a Zara. Pero no pregunta nada, porque le parece que el soldado es de los que no hablan mucho. Su fusil ametrallador pesa sobre sus hombros con el cañón apuntando hacia la acera resquebrajada.

—Debemos ir todo recto hacia abajo y luego tomar la Vía de la XIX División —le informa el soldado después de unos minutos de caminata—. El camino por el centro es demasiado largo y creo que usted ya está cansada.

—De acuerdo. Es el camino más corto. Pasamos junto al cuartel —acepta Zora mirando de reojo el rostro del hombre. Parece un poco menos joven que el soldado que la detuvo en el puesto de control, pero no hay suficiente luz para verlo bien. Las nubes desgarradas y luego amontonadas de nuevo por el viento viajan veloces sobre ellos.

—Ahora ya no queda nadie en el cuartel —dice el soldado.

Caminan de nuevo en silencio. Ella sabe que la naturaleza del hombre es cambiante; mantiene los oídos atentos para percibir su respiración, que podría delatar intenciones puramente masculinas. Un soldado sigue siendo un soldado, decía su abuela; las guerras cambian, pero la naturaleza de los soldados permanece inmutable.

La calle se despliega silencios ante ellos, con las casas oscuras y las ventanas cubiertas para que no se filtre la luz. Ya es una costumbre cubrir las ventanas, aunque los ataques más fuertes contra la ciudad hayan cesado.

Zora conoce bien el camino. Deben seguir recto; después del tercer cruce girarán a la derecha para tomar la calle con los jardines y las casas de su barrio. En una de ellas seguramente la luz seguirá encendida. Ella abrirá el portón que chirría, cruzará el sendero de entrada con la pérgola y estará en casa.

Pero ahora sigue caminando con el soldado que empuña su fusil ametrallador. El aire es frío, enrarecido como si estuvieran en la luna. También la calle frente a ellos es lunar, desierta, con agujeros de granadas que aquí y allá se hunden y se alzan de repente como cráteres. Una o dos veces Zora tropieza, pero él ni siquiera roza su brazo para ayudarla, y eso la tranquiliza.

A la izquierda hay casas con ventanas muertas, un cruce, pero ellos siguen sin girar; pasan delante del edificio del antiguo matadero y luego un largo muro que oculta los edificios –con las máquinas detenidas desde el comienzo de la guerra– de una empresa textil. A la derecha, a la altura del matadero, está el cuartel del ejército nacional yugoslavo. Un ejército que ya no existe como tal. Edificios vacíos, parques abandonados, ventanas con los vidrios rotos que brillan a la luz de una luna esquiva: son los testigos mudos de la batalla que hasta poco antes había rugido entre la ciudad y el ejército que en el pasado tenía la tarea de protegerla.

El soldado ahora camina más despacio. De vez en cuando se detiene y mira con desconfianza hacia los edificios. Zora comprende que algo no va bien. El soldado se detiene de repente.

—Allí hay alguien —le susurra.

—Pero cómo —susurra Zora—, el cuartel está abandonado, se retiraron…

Pero él le hace una señal para que se calle.

Deja la valijita de ella sobre el asfalto y corre rápidamente, silenciosamente, en la oscuridad; ella se queda sola con el corazón y las manos heladas. Esconde las manos en los bolsillos del abrigo; el corazón está desnudo en la noche. Mira con los ojos muy abiertos hacia las ventanas negras para captar algún movimiento sospechoso; por momentos le parece distinguir sombras más claras que se deslizan detrás de los cristales rotos. No sabe si es real o si su inquietud abre la puerta a imágenes fantásticas.

Después de unos minutos que le parecen horas, él regresa, con pasos suaves de lobo.

—Aquel edificio de allí era la lavandería. Debo echar un vistazo alrededor. ¡Malditos! Parece que se han infiltrado otra vez en el cuartel. Es mejor que me espere dentro de la lavandería en lugar de aquí, en la calle —susurra, y le hace señas para que lo siga hacia el edificio bajo y blanco que se alarga siguiendo el muro del cuartel.

Zora se vuelve a mirar alrededor, desesperada. No quiere ir con él, pero no sabe qué hacer. Ahora empieza a tener miedo y ni siquiera sabe de qué: de la calle vacía, de las extrañas presencias en el cuartel o de la profunda oscuridad que se esconde detrás de las ventanas rotas.

Así, sin saber siquiera por qué, sigue al soldado que la precede con sus modos decididos y silenciosos. Al llegar a la entrada de la lavandería, él le hace señas para que se acomode allí dentro y desaparece de nuevo en la oscuridad.

Zora se aprieta en un rincón intentando ver algo, luego comienza a avanzar palpando la pared con la mano. El muro es frío, áspero. Bajo la mano siente la cabeza de un clavo: quizá aquí una vez estuvo colgado un cuadro. Se detiene, en parte porque comprende lo absurdo que es moverse en esa oscuridad desolada, en parte porque oye el ruido de botas sobre el asfalto. Alguien corre. ¿El soldado? ¿Hay alguien más? Alguien blasfema en voz baja. Oye el ruido de ramas que se quiebran y luego algo más… algo más. Disparos. Alguien ha disparado.

El instinto le sugiere esconderse, alejarse de la puerta, ir más hacia el interior, encontrar algún mueble y acurrucarse detrás. En cambio, sin saber siquiera cómo, se encuentra de nuevo sola en la puerta mirando hacia afuera con los ojos muy abiertos.

No se ve nada: solo las siluetas de los edificios abandonados y las copas negras de los árboles. Luego distingue a alguien tendido en el suelo. Zora alarga la mano como si quisiera arrancar el velo negro de la noche para poder ver mejor; luego comienza a caminar con incertidumbre: el miedo ha tejido a su alrededor una espesa telaraña que le impide moverse.

Tendido en el suelo hay un hombre con uniforme. Un soldado con el uniforme del ejército yugoslavo. El rostro no se distingue, pero Zora ve claramente una delgada línea de sangre que corre por el suelo. Su primer pensamiento es que quizá el hombre aún no está muerto y debería ser ayudado. Pero no logra acercarse. Las piernas no la sostienen.

Los suaves pasos de lobo atraviesan el patio y una voz le susurra al oído.

—No debes estar aquí. Están los otros. Ven. Debes esconderte. No te quedes aquí. ¡Muévete!

Y el soldado del nuevo ejército croata se mueve delante de ella hacia la lavandería como para darle el ejemplo. Zora lo sigue automáticamente.

Las nubes en el cielo se desplazan lentamente dejando una abertura sobre el rostro de la luna y sobre el rostro del soldado.

—No te muevas de aquí —repite él señalando otra vez un rincón de la lavandería.

—Pero creo que te he conocido —exclama Zora en voz baja—. ¡Tú eres Ivan! ¡Ivan Mandre!

El rostro de su compañero de escuela está arrugado, los ojos cansados y el cabello rubio ya ralo.

—He cambiado un poco —dice Ivan con amargura—. Pensé que no me reconocerías. Ha pasado mucho tiempo.

—Sí, ha pasado mucho tiempo —repite Zora—. Estaba oscuro, solo por eso no comprendí enseguida quién eras… —Es una mentira, se confiesa a sí misma. Ha envejecido, tan pronto, tanto. En voz alta solo dice—: ¿Y por qué no dijiste nada?

—Ahora entra —la ignora él—. Por favor. Han vuelto. Debo echarlos. Hablaremos después.

Zora entra otra vez en la lavandería abandonada y esta vez se sienta en el suelo frío. En la noche ha aparecido un rostro conocido y se siente menos inquieta. Claro que ese rostro tiene demasiadas arrugas y en los ojos se ven demasiadas heridas. ¿Habrá matado él a aquel hombre de afuera?, se pregunta. Entonces recuerda que hay un muerto a pocos pasos de ella. Pasos… otra vez. Silenciosos, furtivos. Dan vueltas alrededor.

Ella levanta la cabeza que tenía apoyada en las rodillas y escucha. Hay gente corriendo. Rápido. Feroz. Más de uno. Alguien grita. Se oyen disparos otra vez.

No puedo hacer nada, piensa Zora. No tiene armas y aunque las tuviera no sabría usarlas. No puedo hacer nada, se repite, solo escuchar. Y escucha. No tanto lo que ocurre afuera, sino lo que ocurre dentro de ella. Escucha el latido del corazón y su respiración. Existen dos mundos, piensa: uno con luces y camas suaves, con sopas perfumadas y café caliente. El otro con oscuridad, con jergones sobre cemento y tierra apisonada, con muertos que hacen guardia delante de una puerta. ¿Quién es el que divide a los habitantes entre esos dos mundos?

De pronto los pasos afuera se aquietan, los disparos cesan. Zora levanta la cabeza. Ahora solo están los crujidos del viejo edificio, de las ramas desnudas de un viejo castaño que se doblan con el viento y… los pasos ligeros que se acercan a la lavandería.

Una silueta negra se recorta con claridad en la puerta.

—Podemos ir —dice el hombre y avanza con seguridad hacia la valijita y la mochila, como si su mirada atravesara la oscuridad—. Te acompaño a casa.

Zora se levanta dolorida. Le parece que no siente las piernas. Mientras tanto intenta ver el rostro del hombre. No sabría decir por qué, pero de pronto ha tenido la fuerte sospecha de que ya no se trata de Ivan. Ese hombre se mueve con la ligereza de una sombra. Allí afuera han matado a Ivan y alguien está jugando con ella un juego misterioso y cruel.

El hombre la precede llevando la valijita; su paso es largo y ella se apresura detrás. En el patio intenta mantener la mirada fija en el portón inclinado que conduce afuera, hacia la calle. No quiere ver la silueta que yace cerca, porque le provoca no solo miedo sino también una alegría secreta; parece la primera señal en el camino que conduce hacia casa.

Vuelven a caminar, lado a lado, por la calle desierta. A la izquierda está el muro que bordea la empresa textil abandonada. A la derecha, poco después del último edificio del cuartel, hay un cruce y comienzan los edificios habitados.

Zora y el soldado caminan bajo la luna fría y ella no logra pensar en otra cosa que en el cuerpo muerto que yace detrás de ellos, en el patio del cuartel abandonado.

—¿Has matado a alguien? —pregunta Zora.

—He matado a muchos —responde el soldado después de un breve silencio.

—Quiero decir ahora. En el cuartel.

—Ahora no he matado a nadie —niega él después de un momento, y ella comprende que no quiere hablar de eso.

Entre las nubes, sobre sus cabezas, se abre una grieta y ella logra verle el rostro. Es Ivan, comprueba con alivio, porque por un momento había pensado que era otro. Luego lo observa mejor. Algo ha cambiado en su rostro: ahora está aún más pálido, más sufrido. Zora está segura de que no le ha dicho la verdad. Ha matado a ese hombre en el patio del cuartel, piensa; por eso le parece cambiado.

—Lo siento —dice Zora, levantando el cuello de la chaqueta al sentir que el viento nocturno se vuelve cada vez más frío.

—¿Por qué deberías sentirlo? Cada uno hace lo que puede. Tú tuviste que ir a Italia; trabajas allí, ¿verdad?

—Desde hace ya dos años —confirma Zora en voz baja.

—Y yo tuve que ir a la guerra. A veces parece que no hay elecciones.

—No lo sé —dice Zora, y se encuentra contándole los últimos dos años de su vida.

Él la escucha en silencio.

Ahora están cerca de las Vrulje, un parque de pinos marítimos que murmuran con el viento, y enseguida, una vez pasado el cruce, Zora puede entrar en la calle que la lleva a casa. Piensa que lo invitará a entrar y que su madre le preparará alguna bebida caliente.

—¿Crees que terminará pronto? —pregunta pensando en todo: la guerra, su trabajo en Italia, la cúpula que está a su alrededor, grandiosa e invisible.

—Dicen que antes del próximo verano debería haber una gran batalla —responde él, comprendiendo lo que ella pregunta—. Luego debería cambiar. Sí, cambiará.

Su paso se vuelve más pesado. Las botas de cuero negro manchadas de barro se detienen en el cruce. Las nubes vuelven a cubrir la luna y sus sombras caen sobre su rostro.

—Desde aquí puedes continuar sola —susurra él, y hay una nota de tristeza en su voz.

—¿Pero no quieres acompañarme hasta casa y tomar algo caliente? —pregunta Zora, mientras se siente, sin saber por qué, como aliviada.

—Debo volver —rechaza él mirando a su alrededor. Luego se vuelve hacia ella—. Han cortado el nogal de tu jardín, el que está detrás de la casa. No estés demasiado triste —dice mientras le entrega la valijita.

Zora recorre su calle bordeada de jardines y casas que conoce. Ve el portón verde que se abre bajo la pérgola ahora sin hojas, y ya se está abriendo la puerta de entrada hacia otro mundo. Un mundo de calor y, al menos parece, seguro. La madre y el padre la esperan, los niños ya duermen. Zora entra en el salón que conoce tan bien: el sofá amarillo, las pesadas cortinas en las ventanas y los estantes llenos de libros.

Sobre la mesita junto a la biblioteca hay, en un jarrón, una rama de abeto negro cortada en el bosque. El padre abre la portezuela de la caldera para añadir un trozo de leña y las bolas doradas, las que quedaron de los tiempos anteriores a la guerra, brillan a la luz del fuego.

—Mañana es Navidad —observa Zora—. Oh, Dios, es Navidad —repite como si lo hubiera descubierto ahora, mientras el padre añade leña al fuego.

Va a la habitación de los niños y acaricia con la mirada su sueño tranquilo.

Luego vuelve a la cocina. Los padres la miran y ella mira sus rostros buscando los cambios que se hayan producido desde el verano. El padre la abraza, la madre le pregunta por el viaje.

—Me acompañó hasta aquí desde la estación Ivan Mandre. ¿Recuerdas, mamá? El que iba conmigo al liceo.

—Imposible —la contradice la madre en voz baja—. Ivan murió hace algunas semanas en la batalla de Eslavonia del Norte. Me encontré con su padre el jueves pasado. Te has equivocado.

—¡Pero qué dices! ¡Estaba conmigo hace apenas diez minutos!

—El señor Mandre logró recuperar el cuerpo. Hicieron el funeral en Zara —precisa la madre, y su voz es dura. Luego se vuelve y va a la cocina.

Zora calla.

También el padre calla; tiene las manos detrás de la espalda, se da vuelta, quisiera poner más leña en el fuego, pero la caldera ya está llena. Zora mira bien la caja de la leña. Son ramas del nogal. La madre en la cocina vierte el té hirviendo en las tazas.

Zora siente cómo su sangre empieza poco a poco a calentarse. Piensa en lo que ocurrió esa noche, en el rostro blanco y sufrido de Ivan, en los disparos en el cuartel.

Luego pregunta:

—¿Todavía hay enfrentamientos con los rezagados aquí en la ciudad?

—Últimamente no —responde el padre—. Todavía hay combates en el norte. Desde el verano nos han dejado en paz. Solo que no hay agua. La traen con cisternas.

—Toma este té —dice la madre—. Caliéntate, caliéntate.

Y sus ojos dicen: sé que has visto algo, pero no nos lo cuentes ahora. Olvida, olvida. Zora comprende. Bebe lentamente la infusión y se calienta las manos alrededor de la taza. La ciudad está llena de muertos. Y ellos no quieren ser olvidados. Viven bajo la cúpula y cuentan sus historias a los vivos. Recuerda que Ivan había nacido el 20 de octubre de 1960. Tenía 34 años, un mes y veinte días de vivo y quince días de muerto. ¿Existe una suma que abarque todos los días, todas las noches de una persona, tanto viva como muerta?

Pasa una noche inquieta entre sueño y vigilia en su dormitorio frío.

Por la mañana se levanta temprano y se asoma al patio trasero. Sí. El gran nogal que había plantado su abuelo ha sido cortado. La tierra roja del jardín está cubierta de escarcha que brilla con la primera luz del día.

Zora mira el tronco gris del nogal recién cortado. Luego recuerda otras cosas que dijo Ivan. Dijo que habría una gran batalla antes del verano y que después todo cambiaría. Se pregunta: ¿cuántas batallas y cuántos cambios más?

Suspira. Esperará el verano y la gran batalla.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosquePasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

 

1 comentario:

  1. Cuento dramático, de ritmo perfecto, nos envuelve en las atmósferas más desgarradoramente oníricas que la guerra suele generar en sus víctimas. Intensa historia para no olvidar. Víctor.

    ResponderEliminar