martes, 7 de abril de 2026

CHARNABON

Daniel Timariu

 



En algún lugar,
en la Tierra de Ardiaea,
hace más de 2200 años.

 

Aquí debe de estar la taberna.

Tenía motivos para ser escéptico. Ya había entrado en varias y, cada vez, había tenido que recurrir a los medios propios de mi oficio para salir con vida. Ahora ya no podía equivocarme: todas las referencias coincidían. La fortificación en la cima de la colina, el sendero flanqueado por olivos, las dos chozas a la izquierda, la casa de madera a la derecha, seguida de un redil con ovejas y, al final, la taberna.

—¡Aquí debe de ser! —dije, esta vez en voz alta.

La puerta, de madera maciza, se abrió para dejar salir a un hombre que apenas se sostenía en pie. Me deslicé junto a él, entrecerrando los ojos para acostumbrarme a la penumbra del interior. Estaba lleno. El más bajo de los ilirios me sacaba una cabeza.

Morenos, de ojos color castaña madura, con barbas alzadas de forma amenazante, sorbían cerveza e hidromiel en enormes copas. Dejé que la puerta se cerrara sola mientras buscaba la mejor forma de llegar a la mesa detrás de un pilar de soporte, donde dos pequeñas figuras estaban inclinadas sobre una bandeja de comida.

No había dado ni un paso cuando ya me habían visto.

—¡Miren eso, un romano! ¿Qué te trae por aquí, forastero?

Quizá, me dije entonces por milésima vez, no debería haberme afeitado al estilo romano.

—¡Vengo de las tierras de Dacia!

—¡Y un demonio! —rugió otra voz, tan ensordecedora como la primera.

—Mi madre es de cerca del Ponto Euxino, y mi padre, un pileato de las montañas. ¡No tengo ni una gota de sangre romana!

Me molestó el tono ligeramente agudo de mi voz. Pero, si era sincero conmigo mismo, me lo había buscado. Los ilirios odiaban todo lo romano, o griego, o de cualquier otra nación que no fuera la suya. ¿Y quién podía decir que no tenían razón?

—¡Mostremos al romano dónde está la salida!

Varios hombres se levantaron de los bancos, clavándome miradas furiosas. Suspiré y me descubrí los brazos. No era mi último recurso frente a ellos, pero hasta entonces había resultado eficaz. Enroscado desde la muñeca hasta el hombro, se veía un serpiente. Me lo había tatuado la jefa de una tribu de amazonas. Por entonces no sabía nada de los ilirios ni de su pasión por las serpientes. La vieja hechicera había pasado muchas noches inclinada sobre mí, dibujando escamas de distintos colores, ojos que parecían vivos, colmillos de los que brotaba veneno.

Los ilirios retrocedieron un paso, sacudiendo la cabeza con incredulidad.

—¡Pero por qué no lo dices antes, hermano!

Luego cada uno volvió a su sitio y el bullicio regresó.

Eché otra mirada alrededor y me dirigí hacia la mesa del fondo. Zoria y Firida me esperaban con amplias sonrisas.

—Creímos que te partirían en dos.

¿Para qué ocultarlo? Me alegré de verlas, aunque aún sentía en el estómago el miedo que me había atravesado. Bajo sus amplias vestimentas, los ilirios solían ocultar dagas curvas, incluso sicas, las espadas que los habían hecho famosos.

—¡Mejor tráeme una jarra de sabaia, que tengo la garganta seca!

El tabernero apareció enseguida, ampliando mis conocimientos gastronómicos con recetas locales de carne de cordero. Las muchachas sonreían con descaro, susurrándose al oído y riendo entre dientes. Cuando las conocí, creí que hablaban de mí, o al menos de los que nos rodeaban. Pero ahora sabía que su forma de ver el mundo haría temblar incluso al ilirio más valiente.

De hecho, era en esa otra forma suya de percibir, de distinguir lo mágico de la realidad, en lo que confiaba. Solo teníamos que ser cautelosos, pero también estar listos para huir en cualquier momento. La suerte podía cambiar de un instante a otro, como ya había ocurrido al entrar en la taberna.

Terminé el primer plato, luego el segundo, el tercero y el cuarto. Cada vez que intentaba rechazar, el silencio caía sobre la sala y pesadas miradas se clavaban en mí. Solo las amazonas se divertían, vaciando bandeja tras bandeja con una voracidad que desmentía sus esbeltas figuras.

No sé cuánto duró el banquete, pero creo que oí cantar al primer gallo cuando el cliente esperado hizo su aparición en la taberna.

Como temía, no había venido solo. Lo acompañaba una guardia formada por tres barbudos armados con sicas y lanzas sigynas, con pequeños escudos de cuero y cascos de bronce bellamente ornamentados. Al verlos, todos callaron y, como si se hubieran puesto de acuerdo, volvieron la mirada hacia mí. El cansancio acumulado durante el viaje desapareció. Me levanté y me dirigí hacia ellos, ligeramente tambaleante. Leí en sus rostros desconfianza, luego desprecio.

—¿Tú eres Charnabon, el enviado de Decaeneus?

Respiré hondo y alcé la mirada hacia ellos.

—El mismo, noble emisario real.

Las miradas iban de uno a otro mientras el individuo me examinaba. Tenía los ojos sombreados por cejas espesas y una nariz afilada, de griego. Los pómulos ligeramente elevados y la barbilla redondeada le daban un porte aristocrático. Solo la cicatriz que iba desde la ceja derecha hasta el lado izquierdo del cuello rompía la armonía de su rostro. Su ojo derecho era vidrioso y fijo.

—Eres más bajo de lo que esperaba. Más bajo que cualquier dacio.

—Soy geta, noble señor, de la orilla del…

—Del Ponto Euxino, lo sé. ¿Y ellas quiénes son?

Me encogí de hombros.

—Mis mujeres, noble señor.

Gruñó algo sin apartar la mirada de mí. Las amazonas podían adoptar cualquier forma que quisieran. Tal vez yo las veía como dos muchachas delgadas con ojos del color de las nubes de tormenta, pero ante sus ojos podían parecer más bien dos mujeres ya entradas en años, cansadas y sumisas.

—¿Has traído lo que prometiste?

No, quise decirle, he venido hasta aquí por el placer de mantener esta conversación.

—Lo he traído, noble señor.

—Muéstramelo.

—La reina me ordenó mostrárselo solo a ella.

El emisario gruñó y uno de los barbudos levantó la sica, avanzando unos pasos hacia mí. Se podía oír cómo las arañas tejían sus telas en los rincones de la taberna. Cuando estuvo cerca, murmuré un hechizo de efecto local y me reencarné detrás de él. No me gusta derramar sangre, ni golpear, ni causar daño, pero tenía que demostrar mi talento. Así que levanté los brazos y el pobre hombre se encontró pegado al techo de paja. Se le habían caído la espada, la lanza, el puñal y todo lo que llevaba en el cinturón. Intentaba aferrarse a algo, pero solo conseguía destrozar el techo del tabernero.

Con un pequeño grito, Zoria me llamó la atención. El segundo barbudo se preparaba para lanzarme su sigyna. ¿Por qué nunca se detienen antes de que todo cambie irremediablemente para peor? La lanza salió disparada hacia arriba, atravesó el techo y regresó para clavarse en la sandalia del imprudente. La multitud estalló en vítores. Como en todas partes, los hombres del poder no eran apreciados.

El tercer ilirio saltó hacia mí como un toro enfurecido. Desaparecí y reaparecí a dos pasos a su izquierda. Se detuvo un instante, luego atacó una y otra vez. A los ilirios les gustaba el juego, así que se divertían con cada fallo. Quizá exageré; no es bueno para los negocios humillar a la gente.

—¡Basta! ¡Ya está!

Bajé al primero, le quité la lanza al segundo, incluso le curé la herida, y al último le devolví su postura humana. Luego abrí mi abrigo, tomé a las amazonas de la mano y los siete nos reencarnamos en la corte de la reina Teuta.

 

Nos esperaba en un trono tallado en el más fino mármol de Luna, construido sobre un pedestal adornado con patas de león y cabezas de hidra. A cada lado, dos hombres con el torso desnudo, apoyados en largas lanzas, me atravesaban con la mirada. Los ilirios que me habían acompañado en esta pequeña hechicería cayeron al suelo y luego se retiraron sin decir palabra. Incluso el emisario se arrodilló apresuradamente, no sin antes lanzarme una mirada furiosa.

La reina nos esperaba. Incliné la cabeza con cortesía. Las amazonas hicieron lo mismo, con la elegancia propia de su estirpe.

—Así que tú eres el hechicero.

—Así es, Honorable Reina, mi nombre es Charnabon, discípulo de Decaeneus.

La reina alzó una ceja y el emisario se apresuró a desaparecer.

—Dejemos los pequeños trucos para la plebe. Sé quién eres.

Los dos hombres apuntaron sus lanzas hacia mí, revelando los verdaderos mecanismos que ocultaban. Armas prohibidas, capaces de pulverizar un ejército entero. No sin dejar rastro. Fingí no reconocer su tecnología. La reina se levantó, sin abandonar la plataforma en la que había fijado su trono y su sistema de escudos defensivos, y dio unos pasos de un lado a otro.

—¿Quiénes son… ellas?

Las presenté:

—Mis asistentes: Zoria y Firida.

La regla era clara: el tiempo solo puede cruzarse en unidades de tres. Nadie podía afirmar tener una explicación racional de por qué, y yo, simple usuario, menos aún.

—No son de nuestro tiempo.

Tuve que inclinar la cabeza. La reina era exactamente como me la habían descrito: inteligente y hermosa.

—Observadoras.

Las amazonas sonreían, como solo ellas sabían, preparando con cautela sus armas.

—Y tampoco de este tiempo —añadió la reina.

Los hombres junto al trono se tensaron, activando la alarma. Por las puertas comenzaron a entrar soldados ilirios y celtas. La reina me gritó, pero ya estaba lejos, observando cómo el trío perdía su unidad. Luego regresé, intentando evitar las manchas de sangre que se extendían por todo el suelo. Teuta estaba desplomada en su trono, apretando los labios con impotencia.

—¿Por qué, Charnabon, enviado de Decaeneus?

Sentí pena por todo su trabajo. Casi lo había logrado. Saqué del bolsillo mi credencial de agente del Museo de Historia del Flujo Real.

—El Imperio Ilirio no habría perdurado. Los romanos igualmente los habrían derrotado, extendiendo su dominio por el Mediterráneo. Solo la Edad Oscura se habría desplazado hacia el futuro, con efectos mucho peores que los del Flujo Principal de la Historia. Habrían muerto muchas más personas, los crímenes habrían sacudido el universo, el Renacimiento se habría retrasado miles de años…

Guardé silencio. La gran reina miraba por la ventana hacia el puerto, donde entraban cientos de naves romanas. Vi sus lágrimas y, por un instante, pensé que quizá me había equivocado, que tal vez un Imperio Ilirio habría traído la paz que todos anhelaban, al menos habría permitido que esta parte de Europa sobreviviera, que los pueblos tracios, ilirios, dacios, getas y otros no desaparecieran como si nunca hubieran existido.

La próxima vez, me dije. La próxima vez me uniré a ella, como desean desde hace tiempo las amazonas.

Daniel Timariu es programador de profesión y desde 2014 escritor de literatura fantástica y de ciencia ficción. Debutó online en la revista Ficțiuni.ro con el cuento "Bucla finală" e impreso en la revista Helion con el cuento "Din lift". Ha publicado en las revistas: Helion, Gazeta SF, Nautilus, Revista de Suspans, Ştiință & Tehnică, Colecția Povestiri Ştiințifico-Fantastice (CSF), ZIN, Literomania y la revista Iocan. Publicó el volumen de historias de ciencia ficción Amețeli postlumice dentro de la colección Insolit (una colección patrocinada por el club Helion. Está presente en varias antologías: Noir de Bucharest, Domino, Exit Plus, Stories with Dragons, Helion Anthology, 3.4., Sketches of Love, The most beautiful SF & fantasy stories of 2017, Noir de Timișoara, Antología de prosa de ciencia ficción rumana, Centennial Fictions – SF&F Anthology, Încotro, homo cosmicus?, CSF Anthology 2018, Under the Crooked Dragon y otras.

 

lunes, 6 de abril de 2026

ANGULO, EL PROSTÍBULO DE SAN ANDRÉS

Armando Azeglio

 

Angulo era un quilombo, imitación de un lupanar de Buenos Aires, imitación, a su vez, de la idea que los porteños tenían de los prostíbulos en Europa. Quiero decir, aquellos burdeles con características propias de la Belle Époque, de irradiación francesa, reflejada en algunos elementos como las vajillas, la decoración y los muebles. Al principio del siglo pasado se elegían las casonas antiguas, no siempre lujosas pero sí amplias y cómodas. Solían ser las favoritas de las regentas que buscaban subirle el perfil a sus establecimientos cuando estos se ubicaban en la urbe. Como todos los burdeles, Angulo tenía un salón principal, donde estaban el piano, la pista de baile y una ponchera incompleta. En su momento de gloria, una de sus madamas había hecho instalar un carrusel en la pista de baile. Allí giraban las chicas, livianas de ropa, y eran elegidas por los clientes (sentados en estratégicos sillones tapizados en capitoné púrpura) mientras fumaban, bebían y se emborrachaban escuchando música de piano.

Para cuando yo lo conocí, Angulo era algo así como la fotocopia de la fotocopia de la idea de un quilombo en su momento de gloria. Pero todavía exultaba cierto aire de oscura majestuosidad. El gran recibidor de la entrada tenía un antiguo espejo de cristal con oscuras manchas de humedad, viejas reproducciones de naturalezas bien muertas y majas desnudas que volverían a la tumba al más pintado de los artistas de la historia. Las paredes estaban empapeladas con un material rugoso con luminiscencias doradas. Recuerdo una pesada lámpara de madera con la pantalla empolvada e hilos de telaraña que surcaban el espacio.

Yo sabía que ese mundo de hombres en búsqueda de alucinaciones con forma de mujer le había sido familiar a mi padre; como le había sido, a su vez, a mi abuelo. Sabía que en su juventud había amado esos quilombos de cuartos amplios y reproducciones de pinturas eróticas japonesas. Le fascinaban esas habitaciones de paredes empapeladas, las pesadas lámparas de madera y las camas enfundadas en sábanas limpias y almidonadas, cubiertas por colchas de cretona. Mi viejo amaba la calidez de la madera y odiaba el frío y la impersonalidad del metal. A mi viejo le encantaba ir al encuentro de orgasmos abrazado a mujeres cual espejismos, aunque supiera de antemano lo que suele pasar con los espejismos: si uno se acerca más de lo permitido, desaparecen.

Cuando ingresé al antiguo salón de baile, Loretta una de las chicas italianas que giraba en el mítico carrusel se abrió de piernas, y entre los repliegues de su loto vaginal, brillaba con insolencia una esfera de acero quirúrgico estratégicamente dispuesta. En el reflejo de la libido de mis ojos debe haber visto el del pearcing de su entrepierna que le devolvían mis pupilas. Tenía treinta y dos años y mientras me miraba con las dos monedas de oro de su rostro sonreía instigándome libidinosamente. Su particular belleza no impedía la carroña de sus gestos. Cuando sus labios estallaban en una mueca perversa, las monedas de sus ojos le traspasaban el cuerpo con signos que solo yo podía leer. Inmediatamente saltó de la calesita, me atrapó del brazo y escaló con sus labios hasta mi oreja para proponerme sordideces. Debo haber visto en ella a un hada fatídica enviada por el destino, la imagen hackeada de mi propia costilla de Adán venida a darme lecciones de libertinaje y acercarme a un destino que me esperaba desde hacía eones. No lo dudé y me fui con Loretta a una de las habitaciones. Ella movía su culo soberbio a derecha e izquierda atravesando la pista, como siguiendo el compás de un ritmo imaginario. Ya dentro, me subí a esa especie de montaña rusa que era la italiana. Ingenuamente quise besarla y giró bruscamente la cara para un costado (años más tarde sabría que ese era solo un privilegio reservado al cafishio). El movimiento de la cabeza, hizo que su pelo reseco me latigueara la mejilla. Ese fue el único inconveniente de la noche.

Hablar es manipular, mirar es manipular. Escribir es forzar las cosas para que quepan dentro de las palabras. Pero, ¿cómo expresar que la bulimia sexual de Loretta superaba lejos su presunta bulimia? ¿Cómo describir lo vicioso de sus poses, la sordidez de sus obscenidades, la avidez desesperante de su oralidad? Me acoplé con ella como poseído por una locura diabólica. A cada golpe de ariete, sus masas adiposas se desplazaban en ordenadas olas de carne siguiendo el ritmo de las embestidas, lo que multiplicaba el ritmo de mi locura y mi deseo… era poesía, era rítmica en acompasado movimiento. ¿Atavismo? Orgasmo. Inmediatamente le propuse que estuviéramos toda la noche juntos.

 

II

Entreabrí los ojos a la mañana siguiente, casi desnudo y en el suelo. Miré durante varios segundos el lugar en el que estaba, hasta que logré ordenar las piezas del rompecabezas que vagaban por mi memoria. Recordaba, entre otras cosas, una pelea con un ser despreciable que aseguraba ser el dueño, “il padrone di Loretta” y con el cual yo había pretendido negociar su libertad a golpes. Finalmente me vino a la mente la actitud iracunda de la mujer. Sus palabras, sus imprecaciones como dardos bañados en veneno.

Quise moverme pero tenía el cuerpo paralizado, como envuelto por una especie de boa imaginaria. Quise gritar, pero la voz se me apelotonó en la garganta de la cual emergió una tos sucia. Sentí miedo de mí mismo. Sentí que sobre mi epidermis se secaba lentamente la película de saliva con que Loretta la había cubierto la noche anterior. A medida que esta se iba enjugando, mi cuerpo cobraba una especie de escamosidad, de rigidez cadavérica; temía que si me movía, esa película se rompería fragmentos iridiscentes, llenando toda la habitación con mi propia vergüenza. Quise darle una forma razonable a ese atropello de sensaciones que se insinuaban de golpe, y se desvanecían con igual rapidez. Nada de lo conocido y familiar me ayudaba a imponer orden en el caos alojado en mi cabeza. Era como si me hubieran arrancado de ese mundo que fui construyendo con una tenacidad y paciencia infinitas a lo largo de los años. Y ahora, cuando ese cosmos estaba en el apogeo de su solidez y se había consolidado, la presencia de una puta me devolvía inesperadamente a la turbulencia de mis orígenes. Al caos primordial.

“Es solo una puta”, murmuraba a modo de mantra; “una puta a la que no conozco y con la que no recuerdo haber cruzado palabra”, me decía pretendiendo que mis palabras funcionaran como un exorcismo que eliminase las prodigiosas imágenes del sexo tenido con Loretta la noche anterior.

Quedé duro por esta escena, por estas líneas que en el relato original no había previsto. En medio de esta situación, para mi irreal, Loretta Corsini me pareció una creatura ilusoria, alguien creado por mi propia soledad: un sueño. Unos cuantos segundos bastaron para poner todo en foco: esa puta se había ido después de que escuchara mi propuesta de matrimonio, de la cual se había burlado histriónicamente, riéndose en mi propia cara.

 

III

Unos días más tarde acudí presuroso a una cita que me diera la mismísima Loretta Corsini en la sombría costanera de la ciudad. Parecía no importarle en absoluto el peligro de penetrar un territorio donde las faldas –y lo que hay dentro– eran pieza de caza por hombres en celo, que se paseaban por la zona como lobos hambrientos.

Cerraba los ojos y sacaba la lengua, y el viento del río le pegaba la blusa a esas tetas enormes y de pezones filosos. Con la mano derecha comenzó a acariciarse las nalgas, penetrándose con el dedo mayor mientras cantaba en algo que parecía una ópera en italiano. Se parecía a la Saraghina de Fellini.

¡Por Dios que me excitó!

Levantó la mano izquierda: tenía una Colt 38 y eso me arrugó el pito de inmediato. Disparó en línea recta, al agua. Continuó, pero bajando el arma: dio en la arena de la orilla, en el pasto amarillento, en el suelo, cerca de los pies. Y en sus propios pies.

Se disparó hasta no poder sostenerse.

Vació el tambor mientras seguía cantando esa canción de mierda y las extremidades le quedaron rotas como crisantemos desgajados. Hubiera sido inútil ayudarla; lo supe desde el principio. Solo lloré por su locura. No muy diferente a la mía por cierto.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

SUERTE SINIESTRA

Rafael Bertozzo Duarte

 

Benicio venía muy angustiado últimamente. Su empresa estaba atravesando dificultades financieras y temía que pudiera ocurrir lo peor. ¿Cómo pedirle a Heloísa que bajaran su nivel de vida? Ella era bastante económica, pero estaba acostumbrada a ciertos gastos regulares: peluquería y manicura todas las semanas, estética cada quince días, sin mencionar la academia, la gasolina de los dos autos, el supermercado…

Pensaba en las cenas de los viernes, la cuota del club, los vinos caros de la bodega. Aún estaba el condominio, las suscripciones de celular, los streamings, los seguros… ¿Estaría ella preparada para perder todo aquello?

Su hijo Luciano acababa de cumplir once años. ¿Cómo sería decirle que tendría que cambiarse a una escuela pública? ¿O mudarse a una casa más pequeña? ¿Que ya no tendría un videojuego nuevo en cada cumpleaños? ¿Ni las zapatillas de moda que tanto le gustaban?

Pero un día Heloísa notó un cambio en él. Seguía pareciendo infeliz, pero ya no hablaba de los problemas de la empresa.

—Vamos a hacer un viaje —dijo él, con una sonrisa que no era de felicidad, sino de alivio, como quien finalmente se sacude un peso de encima.

—¿Estamos en condiciones? —preguntó ella—. Porque yo ya cancelé varios gastos. La factura de la tarjeta este mes cayó a la mitad.

—¿Qué fue lo que cortaste?

—Empecé por cosas que Luciano aún no nota. Gastos míos. Academia, peluquería, esas cosas.

—No necesitas cortar nada.

—¿Adónde vamos?

—Toronto.

—Es un viaje caro…

—No te preocupes por eso. Ya tengo todo planeado.

—Yo… necesito preguntarte algo.

—Dime, mi ángel. —Acarició el rostro de su esposa con aquella sonrisa contenida.

—¿Estamos huyendo?

Él tragó saliva.

—No. Te lo aseguro.

—No me convenciste. ¿Estás haciendo un desfalco? ¿Vamos a ser fugitivos? ¿Nunca más vamos a volver a Brasil? ¿Es eso?

—¡No! Claro que no. Te prometo que Luciano volverá a ver a la abuela y al abuelo, que vas a poder visitar a tu mamá como siempre. No vamos a vender esta casa ni a cortar gastos.

—Júrame que no estás haciendo nada ilegal.

—Ya te dije que no.

—Pero jura.

—Lo juro. Pero…

—¡Ah! Lo sabía. Hay un “pero”.

—Sí, lo hay. Voy a necesitar que hagas algunas cosas por mí allá en Canadá.

—Me estás asustando.

—Pero no tienes por qué. —Sacó un sobre del bolsillo del pantalón—. Voy a dejar instrucciones acá. En el momento indicado vas a tener que seguir al pie de la letra todo lo que está escrito.

—Sabía que había algo raro en esto.

—No hay nada ilegal que hacer. Sólo prométeme que vas a hacer exactamente lo que está escrito ahí.

—No prometo nada.

—¡Amor!

—No me está gustando nada esto.

—Es necesario. Sólo así todo volverá a su lugar.

—¿Y por qué no puedes hacerlo? —dijo ella, dándole un golpecito con el dedo en el pecho.

—Voy a estar imposibilitado. Tiene que ser un trabajo en equipo. No vas a entender la razón de todo esto, pero necesito que, aun sin comprender, hagas todo lo que está escrito acá.

—¡Qué misterioso!

—Promete.

Ella respondió a regañadientes:

—Prometo…

—Gracias —la interrumpió él, tomándole el brazo antes de que siguiera hablando—. Vamos a hacer las valijas. Nuestro vuelo sale en tres horas.

—¿Tres horas? Apenas da tiempo a preparar las valijas. Allá es invierno.

—Llevamos lo que podamos y compramos ropa más adecuada cuando lleguemos.

Él no le dio oportunidad de hablar más. Empacaron a las corridas, probablemente olvidando muchas cosas. También prepararon la de Luciano.

—¿No querías conocer la nieve? —le preguntó Benicio al hijo.

—¿Nieve? ¿Dónde?

—En Canadá.

—¿Dónde es eso?

—Lejos. Pero vamos en avión.

—¡Oba!

Llegaron al aeropuerto justo a tiempo. Pasajes en primera clase. Heloísa se quedó con Luciano, y Benicio fue en el asiento de adelante. Usó frenéticamente la computadora y el celular durante el vuelo, escondiendo lo que hacía cada vez que Heloísa intentaba mirar.

—Luciano se durmió viendo la película. ¿Crees que hasta comió el pollo? Sólo porque era del avión se olvidó de que “no le gusta”.

Benicio guardó rápido el celular.

—Genial. El vuelo es largo. Si no descansa, el jet lag va a ser peor.

—¿Qué estás haciendo?

—Mi parte.

—¿Cómo así?

—Tengo que dejar algunas cosas en orden antes de aterrizar… Deberías dormir un poco también.

—Quería saber cómo estabas. Hace cuatro horas que estamos en este avión y es como si no hubieras venido con nosotros.

—No te preocupes. Allá en Canadá vamos a estar juntos un buen rato. Pero necesito terminar unas cosas.

—Entiendo. Te estoy estorbando, ¿no?

—¡No digas eso! Estoy haciendo esto por ustedes.

—¿De verdad vas a estar con nosotros allá?

—Sí. Voy a ser todo de ustedes. Cien por ciento.

—Entonces te dejo hacer lo que tengas que hacer. —Le dio un beso y volvió a su asiento.

Benicio sólo durmió cuando faltaba menos de una hora para el aterrizaje. Incluso con todos despiertos y el desayuno servido, parecía tan cansado que sólo se levantó cuando su esposa lo sacudió para desembarcar.

 

Cumplió lo prometido. En Toronto estuvo con ellos todo el tiempo: hotel, restaurantes, paseos. Visitaron museos, parques, shoppings. Compraron ropa y juguetes. Cenaron en el 360 CN Tower Restaurant, con vista panorámica rotativa de la ciudad. Hicieron un paseo en barco a Toronto Island, picnic, visitaron Casa Loma, y estiraron la visita hasta las cataratas del Niágara, donde Luciano insistió en sacarse una foto dentro del barril.

Todas las noches Benicio se levantaba y salía del cuarto. Volvía media hora después. Una vez, Heloísa lo esperó despierta.

—¿Dónde estabas?

—Pensé que estabas dormida.

—¿Adónde fuiste?

—Tenía que ajustar unos detalles.

—¿Fuiste a encontrarte con aquel hombre?

—¿Qué hombre?

—Te vi hablando con un hombre en el avión. Bien encapotado, con el rostro escondido por el cuello del sobretodo, siempre con el sombrero puesto.

—Bueno… sí. Estoy ajustando los últimos detalles de un negocio que va a salvar nuestras finanzas. Pero fue la última noche.

—No me gusta este misterio.

Benicio no dijo nada más. Sonrió, se puso el pijama y se acostó a su lado. La acarició, insinuando ganas, e hicieron el amor apasionadamente. Luego durmieron.

 

Era el penúltimo día en Canadá. A la noche pidieron pizza y gaseosa en el cuarto. Una fiesta familiar.

—La gaseosa está caliente —dijo Benicio—. Voy a buscar hielo.

Antes de salir, le dio un beso a Heloísa, otro a Luciano, y les dijo que los amaba mucho.

Pasaron casi diez minutos y no volvía con el hielo. La máquina estaba en el pasillo, no justificaba la demora.

Quince minutos y nada. Vio que el balde de hielo estaba sobre la consola. Él no lo había llevado.

Llamó a recepción y preguntó por su marido. Nadie sabía nada. Si salió, nadie lo vio.

—Hijo, come la pizza. Mamá va a ver por qué papá tarda y ya vuelve.

Fue al pasillo, pero no estaba allí, ni en las máquinas expendedoras junto a la de hielo.

Volvió al cuarto. Luciano ya había comido tres porciones y no podía más. Ella no probó bocado, esperando al marido, y tampoco podría mientras él no regresara.

Una hora después, acostó al hijo.

—¿Dónde está papá?

—Vuelve pronto. Voy a decirle que venga a darte un beso de buenas noches cuando llegue.

Llamó a recepción pidiendo ayuda. Explicó la desaparición de su marido. Intentaron tranquilizarla, pero no hicieron nada. Vencida por el cansancio, se durmió en la butaca y se despertó sobresaltada cuando golpearon la puerta. Eran las seis de la mañana.

Heloísa creyó que Benicio había olvidado la tarjeta. Pero eran dos policías.

—Señora —dijo uno—, ¿podemos hablar?

Ella ya había visto eso en películas. Nunca imaginó que le pasaría. Dos policías en la puerta, su marido desaparecido… nunca es buena noticia. Y no lo era.

Más tarde, todo pasó en la televisión. Él se había arrojado frente al subte. Luciano despertó con el llanto convulsivo de la madre.

—¿Qué pasó, mamá? ¿Por qué lloras?

Ella lo abrazó en silencio, sin saber qué decir. Los policías no hablaban portugués, y Luciano no entendía inglés lo suficiente como para formar frases.

Ella lloró mucho y tardó en contarle al hijo lo sucedido. Él no comprendía bien el concepto de muerte. Papá no volvería. Luciano lloraba al ver a su madre sufrir.

Debían regresar a Brasil esa misma noche, pero ella logró cambiar los pasajes. El hotel hizo un esfuerzo para permitir que extendiera la estadía, pese a estar lleno.

Heloísa fue a hacer el reconocimiento del cuerpo. No tenía dónde dejar al hijo, pero en la comisaría una cuidadora lo entretuvo en una salita llena de juguetes.

El forense abrió la gaveta y levantó la sábana. Era él, desnudo y lleno de hematomas. Luego cerraría el informe y le entregaría una copia en el hotel.

Al día siguiente, mientras hacía las valijas, recordó ir al cofre por las joyas. ¿Cuál era la clave? Él siempre usaba los números del CPF a partir del cuarto dígito. Cuatro o seis números fáciles. Nada de cumpleaños ni patentes.

Digitó y el cofre hizo clic. Las joyas no estaban. Sólo un sobre. Recordó entonces lo que él le había dicho antes del viaje. Instrucciones. Seguirlas al pie de la letra. Hacer su parte.

Quiso romper ese papel en mil pedazos, pero las palabras del marido volvieron a su mente: “en el momento indicado”, “debes hacer todo lo que diga acá, aun sin comprender”, “voy a estar imposibilitado”, “trabajo en equipo”. Ella le había prometido… Sentía rabia; había sido traicionada de forma cobarde e irreversible, pero… había prometido.

Rasgó un borde del sobre y sacó una hoja doblada en cuatro. Eran las instrucciones más extrañas que había visto. Él la había advertido. Estaban mecanografiadas, no impresas ni escritas a mano. Hechas en una máquina de escribir antigua, analógica, del tipo que deja letras desalineadas o con bordes rojos cuando no golpean bien la cinta. Instrucciones simples, directas, sin vueltas.

1. Anota aquí los dos últimos números de nuestro cuarto de hotel: ____

El cuarto era el 1216. Escribió 16.

2. Anota aquí los dos últimos números del tren que me atropelló: ____

Él había escrito esas instrucciones antes de tirarse. ¿Estuvo planeado? ¿Cómo saber el número del tren? Encendió la TV. Había videos en todos los noticieros. Borraban las imágenes más fuertes, pero el tren acercándose era claro. En el frente, un panel luminoso mostraba el número 1823. Anotó 23.

3. Anota aquí el número de fracturas que sufrí: ____

¿Cómo? Recordó que salió de la comisaría con el informe del forense. ¿Será?

Sí. El informe mencionaba cuarenta y dos fracturas. Anotó 42.

Él no podía saber eso de antemano. ¿O sí? ¿Tal vez el hombre encapotado lo sabía?

A pesar del misterio, continuó.

4. Anota aquí el número de la puerta de embarque del vuelo de regreso a Brasil: ____

Aún no tenía ese número. Lo sabría en el aeropuerto. Guardó el papel en el bolsillo, terminó de preparar las valijas y hizo el check-out.

Mientras esperaban el taxi, Luciano preguntó:

—¿Papá no viene?

Con los ojos hinchados, ella respondió abrazándolo:

—Mamá ya te explicó, hijo. Papá no puede venir. No vendrá más.

—Tengo saudade de él.

—Yo también, mi amor. Yo también.

Después del control de seguridad y del Duty Free, el panel indicó que el vuelo 0090 de Air Canada embarcaría por la puerta 8. Heloísa anotó el 08, se sentó con el hijo, le compró unas historietas en inglés y prometió traducírselas en el avión.

Aquel “jueguito” dejado por el marido la distraía un poco del dolor. El misterio era demasiado grande. ¿Para qué servirían esos números? Incluso el número del cuarto era algo que él no podía saber de antemano; sólo se lo dieron al hacer el check-in. El del tren quizá pudo elegirlo al tirarse, pero… ¿y si ese vagón no estuviera circulando ese día?

Eran números totalmente aleatorios, y aun así muy específicos. No podían ser planeados. Además, si ella necesitaba esos números para algo, él podría haberlos dado ya completos. Concluyó que ni siquiera Benicio sabía cuáles serían.

La siguiente línea decía:

5. Anota aquí los dos últimos números de la patente del Uber que los lleve a casa: ____

Si era una broma, era de muy mal gusto. Ya no era la promesa lo que la movía, sino la curiosidad.

El vuelo transcurrió sin contratiempos. Al llegar a Guarulhos, retiraron el equipaje y se dirigieron a la salida. Ella llamó un Uber y, atenta, anotó los dos últimos números de la patente: 15.

Siguiente instrucción:

6. Anota aquí cuántos minutos indique la app que faltan para que llegue el Uber: ____

Miró la pantalla: “su vehículo llegará en 4 minutos”.

Anotó 04.

Nada más. No había otras instrucciones. Ella debía anotar los números. Nada más. Si él los necesitaba, ya no estaba allí. Si ella debía usarlos, no había indicación alguna.

Eran números imprevisibles. ¿Cómo podrían servir para algo?

De regreso en casa, recibió una llamada del socio de su marido, Genilson, dándole el pésame y ofreciéndole apoyo.

Ella nunca había soportado a aquel hombre, y Benicio lo sabía. Rezó para que no estuviera involucrado.

Al día siguiente, el socio anunció en una conferencia la muerte de Benicio y, de paso, confirmó el cierre de la empresa. Llegaron de inmediato las deudas y cobros. Muchas cosas estaban a nombre de Heloísa. La liquidación cubrió gran parte. Los activos fueron vendidos a la competencia, y ella saldó lo restante vendiendo una chacra y los dos autos. Terminó cambiando la Mercedes y el Audi por un Fox.

Pero su marido le había dicho que no necesitarían cambiar de nivel de vida. Ella aún no sabía cómo esa lista siniestra podía ayudarlos… hasta que recibió un mensaje de un número oculto.

Un SMS:

JUEGUE.

Intentó responder, pero era un envío unidireccional.

¡Juegue!

¿Jugar a qué?

Los números estaban en el cofre de la casa. No sabía qué significaban, pero eran, de algún modo, herencia de su marido. Él le había pedido que confiara; por eso los guardó. Pero aún parecía una broma cruel o una forma de distraerla del sufrimiento.

Luciano era pequeño y se adaptó rápido, pero Heloísa sufría profundamente por la pérdida y por la forma en que Benicio dejó su vida. Lo quería vivo para iniciar otra empresa sin ese socio. Estaba convencida de que Genilson había falsificado la contabilidad y desviado dinero a algún paraíso fiscal.

Y para confirmar sus sospechas, el mismo día del SMS, la TV anunció la fuga de Genilson del país. Había salido por Uruguay, hecho varias conexiones hasta Asia y desaparecido.

La noticia casi la hizo olvidar. El siguiente tema del noticiero era la lotería acumulada: el premio estimado era de noventa y siete millones de reales, curiosamente el valor exacto de la empresa antes de la quiebra.

¿Casualidad? Sí. Pero también coincidencia monumental, como los números aleatorios de la lista. Era claramente un mensaje, tan misterioso como la lista de su marido.

Abrió un aplicativo de apuestas y jugó una única combinación:

4, 8, 15, 16, 23 y 42.

El sorteo sería esa tarde. Lo siguió en vivo.

Antes de comenzar, actualizaron el valor del premio: 108 millones de reales para un único ganador.

“Bueno”, pensó Heloísa, “ese no era el valor de la empresa”. Pero entonces recordó algo: había pasado días mirando esos números, buscando un patrón. Y sí, la suma daba exactamente 108.

El sorteo comenzó. Los números fueron anunciados exactamente en el orden de la lista que él le dejara:

16, 23, 42, 8, 15, 4.

Ella no saltó ni celebró. Benicio había preparado eso de alguna manera. No sabía cómo, pero sabía que él había dejado aquello como prometió.

El presentador anunció que había un único ganador en São Paulo, con una única apuesta.

La app mostró una bandera de mensaje: una figurita animada de felicitaciones repleta de estrellitas y monedas.

Nada de eso compensaba la ausencia de su marido, pero con ese dinero ella y Luciano podían vivir tranquilos toda la vida, sin preocuparse por nada.

Recordó lo que él decía: “No pongas todos los huevos en la misma canasta.”

Heloísa repartió el dinero entre varios bancos, en Brasil y en el exterior. Con un rendimiento del 0,5% mensual, tendrían ingresos de quinientos mil al mes. No necesitaban tanto.

Hizo donaciones y abrió una fundación en nombre del fallecido. Si él había cometido algún pecado mortal para garantizar la seguridad de la familia –y ella ni quería pensar cómo lo había logrado–, tal vez la culpa se amortiguara con esas acciones.

El futuro de Luciano estaba asegurado.

Para ella, sin embargo, la sangre de su marido estaba en las manos de Genilson. Y decidió que no descansaría hasta arrancarle cada centavo que le había robado a su familia.

Rafael Bertozzo Duarte es ingeniero aeronáutico y posee un posgrado en Administración. Apasionado de la literatura desde niño, ya escribía cuentos y participaba en talleres literarios, habiendo publicado cuatro libros electrónicos en Amazon. Obtuvo una segunda licenciatura en Literatura y, además de escribir, se enamoró de la docencia. Complementó su formación con otro posgrado, esta vez en Lectura y Producción Textual. Fue miembro del Taller de Escritores, un taller literario virtual, durante casi diez años, hasta su disolución. En 2018 conoció el Centro de Literatura y Cine André Carneiro (NLCAC), del cual actualmente es uno de los coordinadores. También es miembro de la Academia de Letras José de Alencar y de la Academia de Bellas Artes de Rio Grande do Sul. En 2019 publicó su primer libro impreso, "Sombrio", disponible también en inglés en Amazon con el título "Gloomy". Actualmente es revisor legislativo en la Asamblea Legislativa del Estado de Paraná. Como escritor, participa en numerosas antologías siempre que el tema le resulta interesante y organizó la colección Tempo en colaboración con amigos de NLCAC.

domingo, 5 de abril de 2026

SOMBRAS EN LA LLUVIA

Shahid Abbas

 

La ciudad dormía bajo una delgada cortina de lluvia; las calles, resbaladizas, reflejaban el tenue resplandor de farolas lejanas. Eran las tres de la madrugada cuando Anika, apenas de dieciséis años, salió con cautela de su casa, aferrando un pequeño paquete de desechos domésticos. Su madre, Shabana, observaba a través del marco de una ventana rota, con el corazón golpeándole en el pecho.

—Ten cuidado, hijita —susurró Shabana, con los dedos temblando contra la madera agrietada—. Solo no te caigas.

—Estaré bien, mamá —murmuró Anika, aunque ni siquiera ella lo creía.

Los callejones estaban vacíos, salvo por dos gatos vagabundos que perseguían un sobre de papel que danzaba con el viento. Anika resbaló en el barro, agitando las manos en el aire. Una mano firme atrapó su muñeca.

—¡Cuidado! —dijo el hombre. Su voz era tranquila, segura. Aslam, de veintisiete años, conocido en todo el barrio como alguien confiable y digno de confianza, había aparecido como de la nada—. No deberías estar aquí sola a esta hora.

—Yo solo… necesito hacer esto —dijo Anika, soltándose, con la voz temblorosa.

Desde esa noche, Aslam se convirtió en una presencia constante. Lo que parecía protección –acompañarla a casa, guiarla por calles resbaladizas– fue, poco a poco, proyectando una sombra sobre su vida.

Los días se convirtieron en semanas. Una tarde sofocante, de regreso de la escuela, Aslam apareció nuevamente.

—Anika, espera —la llamó, apoyado contra una cerca—. ¿Está todo bien?

—Estoy bien —respondió ella, forzando una sonrisa.

Su madre, observando desde la ventana, sintió que una inquietud se enroscaba como una serpiente en su pecho. Algo no estaba bien.

El invierno llegó temprano ese año. La ciudad se encogió bajo vientos fríos y lluvias interminables. Entonces, una noche, Anika no regresó a casa. El pánico se apoderó de Shabana. Los vecinos susurraban y, finalmente, se llamó a la policía.

En el hospital, los médicos trabajaron con rapidez, revelando el alcance de su abandono y trauma. Los informes médicos y los testimonios de los testigos dibujaron un panorama sombrío: manipulación, coacción y exposición prolongada al peligro.

—Tiene suerte de estar viva —dijo uno de los médicos, con el agotamiento marcado en el rostro.

El detective Kamran, a cargo del caso, asintió con gravedad.

—Obtendremos toda la historia. Los responsables enfrentarán la justicia.

La investigación descubrió más de lo que nadie había anticipado. Aslam, antes una figura de confianza, quedó implicado en la manipulación y explotación prolongadas de Anika. Junto a él estaban Noman y Afzal, quienes habían colaborado en sus planes. La comunidad se estremeció de incredulidad.

En la sala del tribunal, Shabana permanecía sentada en silencio, aferrando la mano de su hijo menor. La voz de la jueza fue firme, resonando en toda la sala.

—La ley protege a quienes no pueden protegerse a sí mismos —dijo—. La injusticia oculta tras la confianza y la familiaridad no será tolerada.

Aslam y sus cómplices fueron condenados no a través de relatos explícitos, sino por las pruebas de su manipulación, las vidas que pusieron en peligro y el daño causado.

Meses después, la lluvia se suavizó hasta convertirse en una llovizna. Shabana caminaba con su hijo hacia la escuela, y las calles estaban ahora más vivas, marcadas por la vigilancia y la preocupación entre vecinos.

—Anika habría querido que siguiéramos viviendo, que protegiéramos a otros —dijo Shabana en voz baja—. No podemos permitir que el miedo dicte nuestras vidas.

Aunque Anika ya no estaba, su historia persistía: un recordatorio perdurable de valor, resiliencia y de la responsabilidad de una comunidad de resguardar la inocencia.

Shahid Abbas es un autor y poeta pakistaní galardonado internacionalmente. Es originario de Tandlianwala, Faisalabad, Pakistán. Es autor de «Words from Nature» y coautor de «We Speak in Syllables» y «Verses of Meraki». Su obra literaria ha aparecido en numerosas antologías internacionales y en una amplia gama de prestigiosas plataformas literarias, tanto impresas como digitales. La poesía de Shahid Abbas ha sido traducida a trece idiomas.

EL TERCER OJO

Jørund Fiskergård

 

—Mi tercer ojo lo ve todo —dice el hombre gordo con el suéter negro de cuello alto; su amplia y brillante frente reluce como si la hubieran pulido con aceite, pero no hay ningún tercer ojo a la vista, y debajo de la frente solo hay dos ojos comunes, que irradian una estupidez que uno suele encontrar en el ganado y otros animales de pezuña. Siempre soy amable con las personas cuando acabo de conocerlas; eso lo he aprendido, he comprobado que es lo más conveniente, así que sonrío cordialmente al hombre calvo frente a mí y asiento como se debe asentir cuando uno está interesado.

—¿Así que eres vidente? Es lo más interesante que he oído en todo el día. ¡Pido dos whiskies! —digo.

Miento descaradamente, no me gusta en absoluto lo que dice; al contrario, es lo más estúpido que he oído en mucho tiempo. ¿Qué existencia ruin y perdedora es esta a la que he concedido audiencia junto a mi taburete? ¿Qué insecto se ha sentado ahí, como un mosquito sobredimensionado? Una ameba.

—Yo solo bebo agua, y como mucho leche —dice, y continúa—: el alcohol arruina mis habilidades, vuelve miope al tercer ojo; en el peor de los casos, lo deja completamente ciego, y eso sería muy malo para mí, y también para todos los que pueden beneficiarse de mis capacidades —prosigue—: el entrenamiento y las vitaminas son oro puro; de hecho, fue cuando empecé a tomar vitaminas regularmente que mi clarividencia se agudizó de verdad.

Hago señas al camarero y señalo una botella de Jameson que reluce de color ámbar entre otras botellas de whisky. Necesito un vaso para escuchar toda esta tontería que brota del gordo calvo frente a mí. Es repugnante. Me mira fijamente, me estudia con detenimiento, y no me gusta que me estudien. Que me contemplen como si yo fuera un par de grandes pechos femeninos, eso realmente no me gusta. Soy un hombre atractivo, así que entiendo que algunos no puedan apartar la vista de mí, pero a la larga resulta un poco cansador, especialmente cuando quien te mira no es ni mujer ni atractivo. Esa cara flácida y enrojecida me produce rechazo, y siento un fuerte impulso de aplastarla contra la barra hasta que empiece a agrietarse, como si fuera una cáscara porosa, y la sangre se filtre por las grietas y llene la barra, y esa cabeza blanda quede allí, en un charco carmesí, como un pez rosado y gordo de esos feos que solo se encuentran en las profundidades del mar. Es una imagen preciosa. Pintoresca. Disfruto el pensamiento, me hace sonreír, y eso está bien, porque he oído que sonreír es bueno, y mientras sonrío, levanto el vaso de whisky en un brindis. Es increíblemente tentador arrancarle los ojos del cráneo para oírlo gritar como un cerdo, pero sonrío con mi mejor sonrisa amable.

—Salud, buen hombre —digo.

¿Qué pensamientos se mueven bajo esa ancha frente de color rosa intenso de este cerdo clarividente? ¿Realmente cree en sus habilidades o sabe que es una farsa?

—Veo que tuviste una infancia difícil —dice—. De verdad no lo tuviste fácil.

Cree que puede engañarme con sus trucos baratos, que puede convencerme de que tiene poderes mágicos, pero decir algo general sobre la infancia de alguien lo puede hacer cualquiera. Todos han tenido problemas en la infancia. Todos lo han sentido. Yo era diferente, sin duda; nadie entendía lo único que era, que mis intereses peculiares me hacían interesante. Algunos me encontraban inquietante porque era extraño, lo sé, y también porque a veces tenía mal carácter. Pero yo era un buen niño. Probablemente un genio. Muy probablemente el más inteligente de la clase. Pero no fui valorado, no de verdad, y eso me enfurecía, que no me vieran, que me malinterpretaran tanto. Pero el hombre gordo con el tercer ojo invisible no ve esa realidad; es ciego a ella, así que cuando dice lo que dice, tengo que fingir estar impresionado, debo ser convincente. No hay problema, podría haber sido actor. Puedo interpretar cualquier estado de ánimo. Basta con pulsar el botón y el espectáculo comienza. Se levanta el telón. Entro en escena.

—Dios mío, tienes razón —digo.

Ahora voy a gastarle una pequeña broma a este hombre, vaya que sí. Me bebo el whisky de un trago y dejo que mi rostro se hunda en las palmas de mis manos. Esto lo sé hacer; he visto a otros hacerlo, he hecho que otros lo hagan. Emito pequeños sonidos agudos detrás de mis manos, tal como he visto que la gente hace, ese sonido extraño, he aprendido a imitarlo, cómo empieza como pequeños sollozos y luego se intensifica. Me doy cuenta de que debo evaluar la situación. Esta no es una situación en la que encaje un llanto intenso; puedo quedarme con los pequeños quejidos breves y luego detenerme tras un rato. Él captará la idea, entenderá que ha tocado una fibra sensible, y entonces pensará que sus habilidades son reales. Y yo haré que lo crea; estoy aburrido, quiero jugar, quiero jugar con este hombre feo, gordo y vidente. Cuando levanto la cabeza de mis manos, es momento de decir algo, de pronunciar unas palabras adecuadas.:

—Me entiendes —digo—, ves cómo las he pasado.

Ahora lo tengo, pienso, ahora siente que ha llegado a lo más profundo de mí, pero no lo ha hecho, porque no querría saber qué hay en mi interior. Nadie quiere, debe o puede saber lo que hay en mi interior. Ni en mi casa. No querría saber lo que hay en mi casa, no querría verlo, no va a verlo. Porque no es vidente, es un idiota, un tonto rosado y regordete, un perdedor, un cerdo sin valor, o no del todo sin valor, porque puedo jugar con él, y me gusta jugar; soy un hombre juguetón, quizá no de una manera que a la gente le guste, pero a mí me gusta mi forma de jugar, y me gusto a mí mismo. Juego, y me invento las reglas mientras juego; así es como funciona. Y ahora tengo al hombre del tercer ojo. Eso creo. No lo sé. No parece convencido. Hay algo en su mirada: las cejas se ven severas, los ojos entornados, la boca tensa; no parece irritación, sino escepticismo. Ese bulto rosado que bebe leche me mira con escepticismo. ¿Por qué no está convencido? Yo que soy tan bueno. Si hubiera solicitado ingreso en una escuela de teatro, ahora estaría en Hollywood, así de bueno soy, y aun así no está convencido. No me gusta. Soy convincente, siempre lo he sido, y me molesta cuando alguien no se convence; me irrita, y ahora me irrita, porque veo en sus ojos que no está convencido.

No reacciona como quiero. Y este es mi juego. No sigue las reglas de mi juego. Es un idiota.

—Pero ¿por qué haces esto? Ya no tienes sentimientos. Eso lo veo —dice.

—¿Qué? —digo.

—Solo imitas las emociones. Eres un buen actor, has aprendido a imitarlas, pero no siento ningún calor, no es auténtico. No sientes nada. —Debo admitir que el vidente es buen conocedor de las personas; claramente tiene buena intuición. Hay que reconocerlo. Por desgracia, eso es un punto menos para mí y uno más para él, pero puedo usarlo para ponerlo de mi lado, y eso es lo más importante; puede ser una ventaja para mí. Así que recupero mi punto. Soy realmente genial—. ¿También tenías mascotas? ¿Ratas? ¿Periquitos? ¿Murieron? —De nuevo recurre a cosas generales. Mis animales, sí, por supuesto que murieron; todos los animales mueren. Todo muere. No hace falta ser vidente para saberlo. No puede ver que yo los exploré, eso es seguro—. No murieron de forma natural. Tus animales… no entiendo cómo un niño normal puede hacer algo así con pobres animalitos.

Mis animales, mis pequeños animales, eran tan pequeños y desamparados, era tentador explorarlos, descubrir cómo estaban hechos, cómo funcionaban. ¿Por qué juzgar a un niño por ser curioso? Exploré a cada uno de ellos, lentamente y con gran calma. Eran mis amigos, pero ante todo eran mis proyectos; todos los amigos que he tenido han sido mis proyectos. Que los diseccionara, que explorara su interior, no era más que una búsqueda de conocimiento. ¿Por qué culpar a un hombre por querer aprender más sobre la naturaleza? Sé más sobre el miedo de los organismos vivos a la muerte que nadie. He tenido el placer de estudiar el miedo en los ojos de animales y personas. Es mi privilegio. Las paredes de mi sótano han visto mucho miedo, más del que la mayoría puede imaginar, y más del que la mayoría puede soportar. Ahora veo el miedo en los dos ojos del hombre con el tercer ojo. No sé cómo puede leerme con solo mirarme. Quizá sea un viejo amigo de la infancia, puede ser, uno que he olvidado porque no me interesaba, porque era demasiado banal o gordo y rosado, porque era un idiota, como la mayoría de la gente. Tal vez fue uno de los que sometí a trucos y bromas en la escuela primaria. Quizá cayó en una de las trampas que construía en el bosque. El miedo de los que caían en mis agujeros era todo un espectáculo. Algunos se lastimaban con las piedras afiladas del fondo, y todos hacían mucho ruido, gritaban y se agitaban, era toda una experiencia. Son buenos recuerdos; era una sensación tan intensa observar su miedo, encender ese miedo que sentían. Siempre he sentido que la excitación y la liberación eran más fuertes cuando era niño, y siempre deseo alcanzar lo mismo. Quizá este hombre gordo y rosado sea el adecuado. Está asustado ahora. Aterrorizado.

Se bebe la leche.

—Lamentablemente tengo que irme, simplemente no puedo quedarme aquí más tiempo.

—Ahora que empezaba a ponerse tan agradable —digo, y hago mi mejor imitación de una sonrisa cálida y amistosa. Se siente torpe e incómodo sonreír así, como si estuviera dando la bienvenida a un elemento extraño en mi propio rostro. Una amabilidad húmeda y desagradable que no quiero reconocer como mía, que me repugna.

Pequeñas gotas de sudor brillan en su frente, y qué frente tan bonita es, una hermosa y brillante frente, como un lienzo en el que puedo crear algo. Dibujar algo.

—No me abandones, pobre de mí, ¿voy a quedarme aquí completamente solo con mi whisky? ¡Buhú! —digo, imitando una tristeza caricaturesca y humorística que debe entenderse como irónica. He visto a la gente hacer esto.

El vidente se pone la bufanda y la chaqueta con movimientos apresurados. Está nervioso. Ha visto mi sótano, ha visto los instrumentos, la sangre, a mi amigo en la silla, con las manos atadas, mi proyecto más reciente.

—Tengo que irme, ha sido agradable hablar contigo, pero de verdad debo irme.

¿De verdad esa hermosa frente brillante va a abandonarme, en toda su plenitud rosada? Eso no puedo aceptarlo, ahora que estoy entretenido, ahora que he tenido un descanso tan agradable del aburrimiento y la monotonía, ¿y él va a arruinarlo? Buhú.

Qué mal. Buhú. Me gusta su frente. Veo la parte trasera de su cabeza brillante desaparecer por la puerta. Buhú. Espero un poco. Me pongo la chaqueta y salgo. Sigo al pequeño vidente por la calle. Qué noche tan tranquila y agradable, una noche perfecta para encuentros en la oscuridad, entre pequeños hombres videntes con terceros ojos invisibles y poderosos superhombres que son mejores que ellos. Me irrita, es miserable y se ve tan débil, tan pequeño y frágil e inútil. Ese tipo de personas me llena de un odio intenso y embriagador. Y sabe demasiado, demasiado, veo lo asustado que está, y por eso debo seguirlo por la calle. Por eso voy tras él. Lo persigo, y él no me ve, pero ha visto lo que no debía ver, me ha visto cortar gargantas, quizá incluso ha sentido un poco de lo que yo siento, ha sentido la embriaguez y la curiosidad que uno experimenta al cortar una garganta y ver cómo la sangre fresca gotea, la deliciosa satisfacción, pero también la depresión después, la sensación de que no fue suficiente, no lo bastante satisfactorio, que no fue exactamente la embriaguez y el éxtasis que se esperaba, ese éxtasis que estaba la primera vez que torturé a un animal, en mi caso una rata blanca, lo recuerdo con total claridad, esa sensación fue tan fuerte la primera vez, pero nunca se logra lo mismo, y entonces uno empieza de nuevo, una y otra vez. Veo la parte trasera de la cabeza del hombre gordo y rosado, brillante y hermosa; lo veo, y sé que debo hacer lo único correcto, y no hay nadie aquí ahora, estamos solos y puedo atacar. Agarro su flanco y cubro sus labios flácidos como de pez con mi palma para que no grite como un cerdo, y le susurro al oído.

—Viste lo que no debías ver.

Está asustado, veo el miedo en sus ojos de vaca, es tan pequeño, tan insignificante y asustado. Y sabe que tengo razón. Lo vio. Y sabe lo que un hombre como yo puede hacer; lo ha visto ahora, el pequeño enfermo. Lo ha visto, no sé cómo, pero lo ha visto, maldita sea, ese gordo bastardo. Odio a la gente débil. Realmente odio toda debilidad; me repugna, me da náuseas. Presiono su cuerpo feo y sin forma contra el asfalto y saco mi navaja.

—No hagas lo que hiciste con los otros, hazlo rápido, ¡no me tortures!

Buhú. Buhú. Pequeño amigo, pequeño idiota, ahora vas a morir, este es tu final, pequeño demonio, no vales más que los periquitos y las ratas, o esas mujeres y hombres que he enviado a la perdición; eres basura, pura y maldita basura, y si no te odias a ti mismo, deberías hacerlo. Clavo la pequeña navaja en su garganta; la sangre brota con tanta belleza de su boca, soy un artista. Una imagen preciosa. Como un cuadro. Hundo el cuchillo en su frente. Grabo un gran ojo clarividente. Un toque final. La firma del artista. El tercer ojo.

Jørund Fiskergård nació en el noroeste de Noruega un martes lluvioso de la década de 1980. Se graduó de la Academia de Escritura Hordaland y de la Escuela de Arte de Bergen. Ha sido artista callejero, mago, improvisador teatral, podcaster y comediante de stand-up fallido, pero el arte y la literatura son sus pasiones más profundas. Anteriormente ha publicado relatos en las páginas web Nye NOVA y The Grim Reaper, además del relato “Blackpool”, disponible tanto en audiolibro como en texto en la página web de la editorial Publizm. Su obra "Død mann" es una novela corta en la que explora temas oscuros como la drogadicción, la vida en callejones y la decadencia, evocando comparaciones con el estilo de Charles Bukowski.

 

HISTORIA DE SAN EUNOPIO