Alejandro Bovino Maciel
Había nacido en
Damasco por el año 67 D.C. La vida comercial que le imponía su padre lo
disgustó. Alto, delgado, pero de firme musculatura, tan ágil que al menor roce
la piel se le moldeaba con los músculos siempre tensos, Eunopio tenía los ojos
tan mansos que en el fondo necesitaba ocultar el brillo de dos tizones.
Alejándose de su familia con los bienes que había conseguido resguardar,
Eunopio le dio a la juventud lo que la juventud pedía: se entregó de lleno a
los placeres de la vida junto a un grupo de amigos. Recorrían los burdeles en
rondas de jaranas y vino. Se advino a una meretriz alejandrina que tenía
tatuado a fuego un ancla en el muslo izquierdo. Ignoraba por qué, pero ese
dibujo azuzaba los ardores del sexo hasta el éxtasis. En una noche de pasión,
la luna, que había entrado a raudales por la ventana, repentinamente pareció
cegarse tras un velo turbio. La muchacha le reveló en el entresueño que esa
vida no era para él, que tenía una vida prestada. Y se durmió sin aclarar nada
más. Eunopio salió del lupanar al amanecer y en el camino a la posada donde se
alojaba halló a un monje del desierto mendigando en un tocón de la calle, con
la escudilla de barro tendida a la piedad humana en la mano izquierda. Hurgó en
su zurrón en busca de una moneda, pero el monje rehusó. Dijo, mirando a la
nada, porque estaba ciego, que solamente necesitaba comida, que las monedas son
del César, no de un cristiano. Eunopio algo contrariado compró pan y otras
vituallas y se las trajo hasta el tocón. El monje ciego preguntó en qué
dirección quedaba la Puerta de los Álamos para volver a su ermita. Eunopio lo
tomó del brazo para guiarlo hacia la salida de la ciudad.
—Me llamo Jeremías, como el
profeta, pero mis ojos ni siquiera ven el presente, mucho menos podrían ver el
futuro como lo hacía aquel santo varón.
—Creo —dijo Eunopio—, que lo más
importante es poder ver el pasado, que alberga la memoria de cada uno.
—Una memoria de infamias, crímenes,
mentiras y odios —replicó el monje—, eso es el pasado. Prefiero seguir ciego
antes que ver una hora del ayer, todo es aciago en el pasado.
—En el pasado, Cristo nos redimió —se
le ocurrió decir a Eunopio.
—Con dolor, flagelaciones, martirio
y muerte, ¿le parece algo digno de ser recordado? —respondió el ermitaño.
Al traspasar la Puerta de los
Álamos y llegado a los arrabales que ya sitiaba el desierto feroz, Eunopio
quiso despedirse, intentando desprenderse del brazo del anciano, pero le fue
imposible desasirse.
—Aquí lo dejo, Jeremías. El camino
va directo al desierto.
—Veo que le teme al desierto —dijo
el monje. Un ave oscura que rozaba el cielo graznó con un tono grave y mórbido.
En la arena siseaba una serpiente gris que huyó a ocultarse tras unas piedras— El
desierto es toda nuestra esperanza —continuó diciendo el monje—; únicamente la
soledad y el aislamiento puede enseñarnos todo lo que nos necesitamos los unos
a los otros, y toda la justicia que Dios debió proveérnosla, pero se abstuvo.
Únicamente la soledad podrá devolvernos ese escamoteo.
—No entiendo de qué manera la
soledad puede mostrarnos eso —objetó Eunopio, un poco perplejo. Pensaba que
Jeremías era un zafio, un vagabundo que, privado de la vista, se refugió en el
desierto para evitar las necesidades de una ciudad. Pero algo lo alertó.
Aquella no era la conversación de un vagabundo.
—Nos enseña a necesitarnos.
—¿Cómo? —repuso Eunopio que se
había distraído con sus especulaciones.
—El desierto nos enseña a convivir
sin hacernos daño. Valoramos cada gota de agua, cada miga de pan, cada ayuda de
nuestros hermanos cuando estamos enfermos o doloridos, el desierto es un atroz
maestro porque enseña con sufrimiento. Y ya sabemos que todo sufrimiento es
vano. No hay soberbia mayor que la de aquel que se queja de su infortunio. El
dolor es algo que está, que no podemos evitar, pero buscarlo voluntariamente es
un acto de arrogancia que ya lleva su propio castigo a cuestas.
—Profesa usted —dijo delicadamente
el joven— una fe muy particular.
—No profeso ninguna —declaró el
monje.
—Pensé que era un fraile.
—Siempre pensamos de los demás lo
que amamos o nos atormenta. Usted debería ser un monje, creo que esa idea lo
atrae.
—No, Jeremías, en eso está muy
equivocado. Soy un hedonista que ama los placeres. Vengo de una noche en una
mancebía, con una ramera que tiene dibujada un ancla en el muslo.
—Ese es el camino más directo para
llegar a Dios —repuso Jeremías—. Créame que, si bien soy ciego, puedo reconocer
en los demás sus necesidades. El ancla es el símbolo de la salvación divina.
Dios es el ancla que nos salva de las tempestades.
—Acaba de decirme que no tiene fe —repuso
el joven, cada vez más desconcertado.
En el cielo aves oscuras volaban en
grandes círculos. En la arena, entre piedras, el siseo de las víboras no se
extinguía, era como una llama que se avivaba con el soplo del viento.
—Dije que no profeso ninguna fe.
Dios es un enigma y toda fe quiere revelarnos ese enigma. Descreo de todas las
doctrinas, pero no de Dios. Y usted lo necesita.
—Me parece —dijo Eunopio— que ya
debería regresar a la ciudad; entretenidos en este diálogo el bullicio ya no se
escucha.
—¿Diálogo? ¿Con quién hablaba
usted? -Eunopio escuchó la pregunta, pero el sol rutilante había cegado todo.
¿O sería efecto del vino? Buscó el brazo de Jeremías y no halló ni rastros del
ciego, ni sus ropas astrosas. Jeremías había desaparecido, la mano que lo asía
del brazo delgado estaba aferrada al vacío. Eunopio buscó una piedra a la vera
del camino para sentarse. Estaba muy confundido. El duro sol del desierto es
proclive a los espejismos, recordó, pero, sin embargo, sentía la firmeza de
haber mantenido una conversación con el monje mendicante que le pidió comida en
la Puerta de los Álamos, con su arco de piedra donde figuraba un emblema
antiguo. Todo eso era real. Había que regresar a la ciudad y dormir, y todo acabaría
siendo una resaca. Volvió a calzarse las sandalias, se puso de pie y vio en una
losa del camino un ancla grabada. Nítida. La flecha de la cruz, entre las dos
uñas señalaba una dirección a la derecha del camino. Eunopio cedió a su
curiosidad. Caminó un breve trecho y escuchó salmodias en viejas lenguas
olvidadas. Al llegar al sitio vio el cenobio hecho de cuevas donde monjes
solitarios rezaban en sus nichos, vueltos hacia paredes de basalto. Se detuvo
ante un anciano. Preguntó por Jeremías.
—El profeta murió hace siglos, y
dejó su lugar para quien viniera a preguntar por él. Aquel —señaló una boca de
cueva— era su sitio. —Y volvió a sumirse en sus meditaciones.
De ese modo retorcido, Eunopio
alcanzó la santidad al morir casi centenario. Dejó algunos escritos. Discípulos
que fue cultivando con los años los guardaron y transcribieron. Esos escritos
están más vivos que el desierto. Y son un ancla para quien busca saber por qué
los seres humanos necesitamos dioses.

No hay comentarios:
Publicar un comentario