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jueves, 2 de abril de 2026

FILTRÓN, HISTORIA DE UN ASTUTO MAGÍSTER Y LA ESENCIA DEL AMOR

Sergiy Paltsun

 

—Mira, Ignavus, ¡qué magníficos bezoares he adquirido al viejo bribón Luciano! —exclamó el magíster Omperitus al entrar en la tienda—. Y a Fracione le compré tres onzas de virutas de cuerno de unicornio. Además, me prometió guardarme un rubí maravilloso durante un par de días, ya que ahora estamos solo en el primer cuarto…

El magíster no esperaba que su discípulo Ignavus, a quien le correspondía triturar los bezoares traídos a tan altas horas de la noche, acudiera tan deprisa a su llamada. Por eso tenía intención de contarle muchas cosas más: del anillo con esmeraldas maravillosas, de unas perlas bastante decentes que, por desgracia, habían perdido parte de sus propiedades curativas al ser ensartadas en un hilo, y de…

Pero en ese momento apareció desde el laboratorio un Ignavus inesperadamente vivaz y ágil.

—Maestro, lo estaba buscando el hijo del mercader Compostelli y me pidió que le dijera que renuncia a su pócima.

—¿Benedetto? —precisó Omperitus.

—El mismo. Dijo que usted es un sabio seco, con un matraz en lugar de corazón —citó el discípulo con evidente deleite—. Que él ha conocido el verdadero amor y ya no necesita su brebaje.

—Del anterior, claro que no… —murmuró el magíster, y el curioso Ignavus preguntó como al descuido:

—¿Y qué pócima era, maestro?

—De amor…

—Ah, venenum —intentó lucirse Ignavus con su latín.

—En verdad, Ignavus, tu noble padre se equivocó al ponerte ese nombre, pues en ti hay mucha más pereza que fuego. Los antiguos latinos, ciertamente, llamaban venenum a la pócima amorosa, pero hoy ese nombre designa al veneno. El elixir que despierta en el hombre la pasión amorosa se llama filtrón…

—O afrodisíaco —trató de rehabilitarse Ignavus—. Pobre Benedetto —continuó, suspirando hipócritamente—. Somos de la misma edad, y ya no puede amar a las mujeres sin pócimas.

—El afrodisíaco, Ignavus, enciende el fuego en los lomos. Ese fuego arde con intensidad, pero se apaga en cuanto termina el acto. El filtrón, en cambio, genera en el hombre la llama del amor, que puede arder durante años. Benedetto, a diferencia de ti, holgazán y tunante, es un joven muy respetuoso y honra a sus mayores. Desde su infancia, su padre lo comprometió con la hija del honorable Guido Golgi. Y ha llegado el momento de unir a las familias y sus capitales, pero el novio no siente ningún afecto por la novia. Otro pediría a su padre que rompiera el compromiso, pero Benedetto no es así. No queriendo contrariar la voluntad paterna, pero incapaz de cumplirla con alegría, vino a mí y me pidió que preparara un elixir especial. Un filtrón que despertara en él el amor por su prometida.

—Pues aquí todas las muchachas saben hacer una pócima así. Se toma sangre impura…

—¡Ah, si la pereza fuera tu único defecto, Ignavus! —alzó los ojos al cielo el magíster—. ¿Oiré alguna vez de tus labios palabras dignas de mi discípulo y no de una ignorante curandera de aldea? ¡Empieza a triturar los bezoares inmediatamente! —dijo, entregándole un paquete, y, murmurando con irritación, subió a sus aposentos.

Cuando el magíster, ya cambiado de ropa, bajó de nuevo, el discípulo trabajaba con un entusiasmo inusitado, manejando el mortero con energía. Sin embargo, la causa de su diligencia no era el arrepentimiento, sino un ducado de oro que había encontrado entre los bezoares y que había ocultado apresuradamente. Esa misma causa despertó en él una sed de conocimiento que el maestro debía satisfacer de inmediato (mientras el recuerdo del ducado aún resultaba peligrosamente reciente).

Omperitus se sorprendió ante tan notable cambio.

—¿Te has preguntado alguna vez, Ignavus, por qué los poetas, esos reconocidos conocedores y cantores de la pasión amorosa, la comparan con una enfermedad? —Se sentó—. Escriben sobre el mal de amor, la fiebre amorosa, la locura amorosa. Y algunos incluso intentan encontrar un remedio para esa enfermedad y, al no hallarlo, lamentan: «Amor non est medicabilis herbis».

Ignavus adoptó una expresión de sincera perplejidad, como diciendo: «Quién sabe qué les pasa a esos poetas. A ellos habría que curarlos».

—Los poetas han percibido con su fino instinto la naturaleza del amor —continuó Omperitus—. Pero el sanador debe conocer su esencia. Pues tanto el catarro como la apoplejía o el delirio son enfermedades por naturaleza, pero se tratan de forma distinta. Toda dolencia surge de la ruptura del equilibrio: de la carencia o el exceso de ciertos humores en el organismo. Y el tratamiento restablece ese equilibrio. El amor, en cambio, se diferencia de otras dolencias en que no es la enfermedad en sí, sino solo su agravamiento. Un acceso que comienza cuando el remedio se encuentra cerca.

—Remedia amoris —murmuró Ignavus, asintiendo con aire reflexivo.

—¡No del amor! —exclamó el magíster—. Hay que tratar la dolencia, no su manifestación. Y menos aún una manifestación que indica que la posible curación está próxima. Esa dolencia es la incompletud que nos es propia desde el nacimiento. Porque el hombre, que antaño fue perfecto, fue castigado por un pecado con la división…

—Y ahora las mitades separadas se buscan para unirse y alcanzar la felicidad —completó Ignavus.

—En realidad, es más complejo, pero en esencia… tienes razón, Ignavus: las mitades se buscan. Pero ¿cómo reconocer a la propia? En el rostro de una persona no está escrito quién le corresponde. —El magíster miró interrogativamente al discípulo, pero esta vez este prefirió callar. Tras una pausa, Omperitus prosiguió—: En la sangre humana existen sustancias especiales. Se dividen en dos tipos, poseen tres cualidades, pertenecen a cuatro elementos, ocupan cinco… en fin, eso no es importante. Lo importante es que no hay dos personas cuyos conjuntos de estas sustancias sean iguales. Y cada uno posee exactamente la mitad de las que tenía el hombre perfecto original. Las sustancias de dos mitades separadas se complementan, generando armonía…

—Pero ¿cómo encontrar a la propia mitad? —no pudo contenerse Ignavus—. ¿Lamiendo sangre?

—Cada sustancia genera efluvios que se emiten a través de la piel y los ojos. Y otra persona, incluso un ignorante como tú, Ignavus, puede percibir esos efluvios. Y si una mujer emite los efluvios de las sustancias que te faltan, sentirás hacia ella una atracción llamada amor. Tanto más fuerte cuanto mayor sea el número de esas sustancias.

—Así que para eso usan perfumes… —dijo Ignavus pensativo.

—¡Tres vueltas sin parar! —le gritó Omperitus—. Los perfumes solo ocultan el mal olor para que tu lujuria pueda encenderse sin obstáculos. Para crear un filtrón hay que determinar primero qué sustancias le faltan a una persona. Luego tomar las tinturas necesarias, mezclarlas en la proporción adecuada y someterlas a destilación. El elixir resultante es el filtrón. El objeto deseado debe tomar unas gotas al día.

—Entonces Benedetto daba a beber el elixir a su prometida —concluyó Ignavus—. No parece que le haya servido de mucho…

—Como quizá recuerdes, Ignavus —respondió irritado el magíster—, los antiguos distinguían cinco tipos de amor. Mi elixir debía ayudar a Benedetto a sentir primero amor fraternal, fileo, luego amor romántico, eros, y solo el día de la boda el amor deseo, epitimia. Sin embargo, cierta joven logró despertar en él la epitimia tres días antes de la boda. Evidentemente, sus propios efluvios…

En el rostro del discípulo se leía que la referencia a los efluvios le parecía poco más que un intento del maestro de justificar su fracaso. Y además, inevitable, pues el verdadero amor no puede explicarse mediante efluvios ni provocarse con elixires. Eso Ignavus lo sabía con certeza, y precisamente el amor verdadero era otra de las razones de su diligencia.

Por su parte, el magíster sabía perfectamente que no se trataba de los efluvios de ninguna joven, sino de la suma que le había ofrecido el honorable Luca Cabrone, deseoso de convertir a Benedetto en su yerno.

—Ya está —dijo Ignavus, retirando el mortero.

El magíster comprobó que el polvo era fino y homogéneo, y accedió a dejar marchar al discípulo a la ciudad.

Sacando de su escondite el dinero ahorrado y añadiendo el ducado del día, Ignavus se dirigió apresuradamente a la tienda de Fracione. Aunque las perlas ensartadas en un collar pierdan parte de sus propiedades curativas, sin duda atraerán la atención favorable de la hermosa Lupiana. No en vano ella suspiraba con languidez cuando él comparaba sus dientes con perlas, y decía que, por desgracia, le resultaba difícil comprobar la veracidad de sus palabras, pues al mirarse en el espejo veía sus dientes, pero no veía las perlas a su lado…

«¡Oh, Lupiana! ¿Cómo pude vivir tantos años sin ti? ¿Y si el magíster no me hubiera enviado ayer con un recado a casa de su hermano? ¿Y si la criada hubiera estado en casa y hubiera abierto la puerta en lugar de Lupiana? ¡Destino! ¡Es el destino, y no unas sustancias ni unos efluvios, lo que une a las personas y enciende en ellas la llama del amor!».

Al cerrar la puerta tras el discípulo, el magíster sonrió satisfecho y se dirigió al laboratorio. Su sobrina llevaba tiempo queriendo un collar de perlas, y su querido tío, por supuesto, había encontrado la forma de conseguírselo. Sí, un ducado es dinero, pero, al fin y al cabo, se quedará en la familia.

Sergii Páltsun nació en la ciudad de Lutsk, Ucrania, en 1961, pero ha vivido en la capital, Kiev, casi toda su vida. Se licenció en el Instituto Politécnico de Kiev y ahora enseña física allí. Le encanta la ciencia ficción en todas sus manifestaciones. Desde 1981 ha publicado un centenar de relatos fantásticos y humorísticos en cuatro idiomas en antologías y publicaciones periódicas.

 

viernes, 23 de enero de 2026

EL ERROR DEL CAPITÁN SAVAGE

Sergiy Paltsún

 

Los matorrales se abrieron de pronto, revelando a la vista la cima desnuda y pedregosa de una colina. El capitán Savage soltó mis hombros y se fue rengueando hacia el boquete que se abría en el centro del claro, pestilente como la herida de su pierna. Yo me dejé caer, exhausto, apoyando la espalda contra una roca, y cerré los ojos, maldiciendo por enésima vez aquel funesto día de mayo en que vi a Savage por primera vez.

El barco mercante en el que viajábamos fue atacado por piratas. El patrón intentó organizar resistencia, pero la tripulación prefirió rendirse. Tras colgar al patrón en la verga y amontonar a todos los demás en la proa, los piratas se lanzaron a revisar la bodega y los cofres. Luego le tocó el turno a la tripulación y a los pasajeros. Describiendo con detalles espantosos el destino que nos esperaba, a patadas y con pinchazos de sus espadas nos empujaban hacia la borda, convirtiéndonos en un rebaño humano aterrorizado. De pronto retrocedieron y le abrieron paso a un hombre corpulento y bien vestido, en cuya mirada se leían una inteligencia fuera de lo común y una crueldad sin límites.

—Me llamo Savage. Capitán Savage —dijo el hombre, y comprendimos que el patrón había tenido más suerte que nosotros.

De muchos capitanes piratas se decía que habían vendido el alma al diablo, pero en el caso de Savage parecía que el príncipe de las tinieblas se le había metido dentro en persona. Pocas de sus víctimas lograban sobrevivir, pero a lo largo de los años en que sembró el terror entre marineros y habitantes de las aldeas costeras, se reunieron testimonios para llenar decenas de volúmenes en folio. Otros piratas también robaban, mataban y torturaban, pero donde pasaban esos desalmados de la tripulación de Savage no quedaba nada salvo ceniza y cuerpos destrozados de personas para quienes la muerte fue un alivio.

Al propio capitán no le bastaban los tormentos del cuerpo. Además del cuerpo, ansiaba desgarrar y arruinar el alma. Su placer especial consistía en obligar a alguien a renegar de todo lo que consideraba sagrado y “comulgar” con Savage. El “vino” para esa “comunión” lo sacaba el capitán de su propio “odre”. Y cuando el desdichado, con la esperanza de que esa humillación pusiera fin al sufrimiento, apuraba la copa nauseabunda, el capitán le abría el vientre y lo dejaba morir.

Muchos hombres influyentes y poderosos juraron destruir a Savage, pero él escapaba de las trampas más astutas. Varias veces incluso lo vieron muerto, pero pasaba un tiempo y Savage aparecía de nuevo: vivo y sin un rasguño.

—Veo que han oído hablar de mí —sonrió con burla Savage—. Bien. Quienes no quieran conocerme más de cerca pueden abandonar el barco.

Muchos marineros, tras un instante de vacilación, se arrojaron por la borda. Yo habría hecho lo mismo, pero el hermano Sebastián me detuvo.

—No permitiré que pierdas el alma cometiendo suicidio.

¡Cuántas veces maldije desde entonces la insensatez juvenil que me llevó a subir a ese barco! Mi padre deseaba desde niño que yo siguiera una carrera religiosa. Pero yo, devorado por la sed de viaje, me oponía temerariamente a su voluntad. Entonces el hermano Sebastián, viejo amigo de nuestra familia y mi mentor, propuso que me convirtiera en su novicio y viajara a tierras de ultramar para convertir a los indígenas de corazón sencillo a la fe verdadera. Mi padre me bendijo, convencido de que el viaje con el hermano Sebastián me pondría en el camino correcto. Tal vez así habría sido, pero en nuestro rumbo se cruzó el capitán Savage.

—Las ratas huyeron —dijo, y escupió—. ¿Y cuál de ustedes quiere ser lobo?

Yo no sabía que Savage necesitaba reponer tripulación sin tocar puerto, pero los marineros lo entendieron al instante y pronto el hermano Sebastián y yo nos quedamos solos frente al capitán.

—¡Los santurrones no quieren estar en la misma cubierta que nosotros! —se quejó Savage ante los piratas, carcajeándose—. Muy bien. ¡Los ayudaremos a acercarse al cielo!

Yo estaba preparado para morir, pero el espectáculo de las vejaciones que sufrió el hermano Sebastián en el camino hacia la muerte me quebró. Y cuando su cuerpo destrozado colgó por fin junto al del patrón, me arrojé a los pies de Savage y grité que quería ser pirata…

Los primeros dos meses de vida pirata me parecieron el infierno. Una eternidad llena de dolor constante en las manos llagadas y en la espalda, marcada por el látigo del contramaestre. Y una humillación permanente, porque cualquiera, incluso el más perezoso, podía pisotearte. Al tercer mes, las ampollas sangrantes se volvieron callos. Me acostumbré al trabajo de marinero y ya no llamaba tanto la atención del contramaestre. Las burlas continuaron, pero después de que casi estrangulé a un canalla especialmente cruel y le arranqué media oreja a otro de un mordisco, empezaron a meterse conmigo con cautela. En todo ese tiempo, el capitán no me dijo una sola palabra. Solo me lanzaba miradas extrañas cuando se cruzaba conmigo.

La vida pirata resultó aburrida y llena de trabajo duro y monótono. No entrábamos a puertos, porque sobre el capitán se había declarado otra gran cacería. Un par de veces se saquearon y quemaron aldeas costeras, pero a mí no me bajaron a tierra por temor a que huyera. Parece que Savage me necesitaba para algo. No diré que eso me alegrara, pero, por otro lado, no tuve que manchar mis manos con sangre inocente. Mi alma aún no se había endurecido lo suficiente, y no sé si, incluso por salvarme, habría podido cometer una infamia así.

Un día, pese a todas nuestras tretas, nos siguió una fragata real. Hubo un combate breve, pero sangriento. Logramos dañar su aparejo y escapar, pero los tiradores y artilleros del rey también nos hicieron mucho daño. Varios hombres murieron, muchos quedaron heridos. Entre ellos el capitán, que recibió una bala en la pierna.

Nos refugiamos en la bahía de una isla desierta para reparar el barco y atender a los heridos. Al parecer, la herida de Savage no le gustó al curandero de a bordo: salió de la cabina del capitán con expresión sombría y, por alguna razón, se dirigió hacia los carpinteros. El capitán, mientras tanto, ordenó preparar un bote y me llamó.

—Toma eso, santurrón —ordenó señalando un pequeño barril—. Vienes conmigo.

Así acabé en la misma embarcación que el capitán Savage. Al principio navegamos con viento a favor hasta que la isla desapareció de vista. Luego, tras cambiar bruscamente de rumbo, remamos hasta el atardecer. Después el viento giró y volvimos a izar la vela. Por fin, al amanecer, apareció un islote y al mediodía nos abrimos paso entre la maleza hacia el interior de este.

El barril, pese a ser pequeño, era extremadamente pesado. Las cuerdas que lo rodeaban me cortaban las manos; las piernas se me doblaban; el sudor me nublaba los ojos. Pero el capitán, cojeando detrás, no me permitió descansar ni un minuto, apurándome con maldiciones y con pinchazos de su espada. Al fin llegamos a un claro donde me permitió dejar la carga en el suelo. Mi deseo más intenso era desplomarme junto al barril, pero Savage trazó un rectángulo en el suelo y me ordenó cavar.

La razón por la cual me hacía cavar la supe un rato después, ya cerca de la cabaña oculta en el bosque de la que el capitán sacó una pala oxidada. Pero el tamaño del rectángulo alimentaba una sospecha sombría: la fosa no era solo para el barril. Miré alrededor, pensando frenéticamente cómo salvarme. ¿Echarme a correr de repente? Pero Savage, como si me leyera, sacó una pistola de su bolsa grande, y yo me puse a trabajar, resignado.

Bajé el barril a la fosa y extendí la mano hacia la pala, pero el grito del capitán me detuvo. Faltaban apenas dos horas para el ocaso, y Savage tenía prisa por llegar a algún lugar antes de que anocheciera. La fosa esperaba de forma siniestra, pero aún quedaban al menos dos horas, y eso me daba esperanza. Savage, sin embargo, la aplastó de inmediato. Me abrazó por los hombros y, cargando todo su peso sobre mí, me usó como muleta viva. Para no caerme, tuve que rodearle la cintura y prácticamente subirlo a cuestas hasta aquella cima pedregosa.

Algo me estorbaba, clavándose en mi costado. Abrí los ojos y vi la bolsa. ¡La bolsa del capitán, que Savage me había colgado del hombro antes de desplomarse sobre mí! Procurando no hacer ruido, me incorporé, desaté los nudos y saqué la pistola. En ese momento el capitán llegó por fin al borde del boquete y se volvió.

—¡Oh! ¡El santurrón decidió hacerse hombre! —se rio, desenvainando la espada—. ¡Dispara, o vuelvo y te hago cosquillas en esas costillas de pollito!

Disparé. Savage se tambaleó por el impacto de la bala en el pecho, y su rostro se retorció en una mueca diabólica. La espada se le cayó de la mano y, tras golpear con un tintineo las piedras, desapareció en el boquete. Savage se enderezó, volvió a tambalearse y cayó de espaldas. Desde el abismo llegó un chapoteo y se alzó una nubecilla de vapor pesado y pestilente, que se estiró hacia mí como una mano fantasmal de un demonio sin refugio, buscando un nuevo cuerpo.

Me invadió un miedo sin explicación. Una voz interior exigía huir de inmediato de ese lugar maldito. Me puse de pie y, con las últimas fuerzas, eché a correr hacia atrás, por donde habíamos venido. Anocheció casi enseguida, de golpe, como suele pasar en esas latitudes. Pero yo, impulsado por un terror animal, seguí corriendo, luego caminando y, al final, arrastrándome, desgarrándome la ropa, arañándome la cara y las manos contra espinas y ramas invisibles. Al final me abandonaron por completo las fuerzas y me hundí en un sueño parecido a un desmayo sobre la tierra desnuda.

Al despertar comprendí que estaba perdido y no sabía adónde ir. Tenía una sed insoportable, el hambre me retorcía el estómago, y me ardían las heridas inflamadas de la cara y las manos. Caminé sin rumbo, a donde me llevaban las piernas, y mis pensamientos eran negros como las nubes sombrías que cubrían el cielo antes de un aguacero. Pero entonces el destino tuvo piedad y volví al claro del día anterior. ¡Oh, naturaleza humana! Un minuto antes, el límite de mis deseos era la bolsa de Savage –quizá quedaba algo de comida– y, de pronto, todos mis pensamientos se clavaron en el barril que yacía en la fosa.

Olvidando hambre y cansancio, salté dentro, levanté el barril, me incorporé apretándolo contra el pecho como si fuera un bebé… y me quedé congelado al ver al capitán Savage.

—¡Vaya! ¡El santurrón vino a postrarse ante el becerro de oro! ¡Pues yo los ayudaré a unir sus destinos! —carcajeó Savage y me golpeó en la cara con la pierna. Caí de espaldas, y el pesado barril se hundió con fuerza contra mi pecho. Me crujieron las costillas, el dolor me quitó la capacidad de hablar y moverme, y solo pude mirar con horror la figura que se alzaba sobre mí contra el cielo de plomo.

—¡Odio a toda tu calaña! ¡A todos ustedes, siempre metiendo la nariz en lo ajeno y creyéndose con derecho a juzgar a los demás! —rugió el capitán—. Una vez serví en la fragata Náyade —dijo luego, más bajo—. El contramaestre era una bestia que golpeaba a los marineros por la menor falta. Un día se pasó, y un compañero mío murió. Convencí a dos tipos para ayudar al contramaestre a “caerse” por la borda, pero alguien nos delató. A mí debían colgarme en la verga, pero un santurrón como tú convenció al capitán de desembarcarme en esta isla “para darme la oportunidad de arrepentirme” —repitió, burlándose con voz gangosa, y continuó—: Me dieron provisiones de comida y agua para una semana, pero a la mañana siguiente llegaron salvajes y me capturaron llevándose todo, provisiones incluidas. Cada primavera venían aquí a sacrificar a sus dioses inmundos. Su gran santurrón decidió que no encontrarían mejor víctima y me arrastraron a esa colina. El santurrón me cortó medio día, sacándome la sangre gota a gota para que no muriera antes de tiempo, y solo justo antes del atardecer me cortó el cuello y me arrojó al boquete. —Hizo una pausa y luego continuó—. A ustedes, los santurrones, les encanta matarme al atardecer —rio Savage—. Pero al amanecer salgo, como una bestia del abismo, y los mato a ustedes. Esos salvajes pensaron que moriría de hambre, pero yo comí gusanos y hierba, y sabía que saldría. Un mes después, me vio un barco que pasaba y me subieron a bordo. Me entendí rápido con la tripulación. Pronto le propusimos al patrón y al contramaestre “dar un paseo por las aguas”, y el capitán fui yo. En primavera seguí la pista de mis viejos conocidos y nos divertimos de lo lindo, asándolos en sus propias cabañas. Un año después, el capitán Savage ya era tan famoso que el gobernador le pidió al capitán de la Náyade que me buscara y me invitara a patalear en la plaza. Y yo fui. En la Náyade. Solo que el que tuvo que bailar colgado de una cuerda no fui yo. Esos santurrones inmundos ya murieron, y ahora vas a morir tú. —Savage sacó del cinto la pistola que yo conocía y disparó.

Un dolor nuevo me desgarró la garganta. Abrí la boca en un espasmo, intentando tragar un poco de aire, y me atraganté con un chorro nauseabundo que cayó desde arriba.

—¡Comulga antes de morir, santurrón! —me llegó la risa diabólica de Savage, y cayó la oscuridad…

…Me ahogué, tosí y me incorporé de golpe sobre los codos. El barril, con desgano, rodó de mi pecho y me senté. Desde arriba seguía cayendo agua, llenando la fosa. Aparté el barril, me puse de pie y, resbalando, salí de la fosa. La oscuridad y la lluvia lo ocultaban todo tras un velo impenetrable, pero a tientas logré llegar a un árbol cercano que ofrecía algo de protección contra las cortinas de agua. Tiritaba, tenía hambre de lobo, pero no palpé en la garganta ni en el pecho el menor rastro de heridas o fracturas. ¿Acaso el Savage resucitado había sido una pesadilla?

El aguacero cesó y el sol de la mañana iluminó el claro. La pala estaba donde la había dejado, pero no vi rastro de Savage. Casi creí que su regreso había sido una visión horrible, hasta que en la hierba brilló opaco un metal: el metal del cañón que ya había vomitado muerte dos veces.

El horror volvió a extender hacia mí sus tentáculos fríos y viscosos. Huir, esconderme, temblar y suplicar piedad. Pero ¿qué es el frío paralizante del miedo para quien ya probó el abrazo helado de la muerte? Di un paso adelante, levanté la pala y me quedé esperando al capitán.

Como un buen corcel que adelanta al viento, mi bote vuela sobre la llanura del mar. Y, como a un buen corcel, le permito elegir su propio camino. Soy mal navegante; el mapa hallado en la bolsa de Savage no me dice nada, pero creo que el viento que hincha mis velas es el viento del destino. Aún no sé por qué ruta me arrastra. ¿La ruta del primer mentor, cuyos ojos nunca llegaron a ver tierras de ultramar? ¿O la del segundo, cuya cabeza flota en un barril de ron pegado a mi costado izquierdo? ¿O una de las innumerables rutas que se abren ante mí por el contenido del otro barril, instalado a la derecha? No lo sé. Pero sí sé algo: sea cual sea mi camino, volverá a traerme a la isla que ya queda atrás, desvaneciéndose. Y también sé que jamás repetiré el error del capitán Savage.

Sergii Páltsun nació en la ciudad de Lutsk, Ucrania, en 1961, pero ha vivido en la capital, Kiev, casi toda su vida. Se licenció en el Instituto Politécnico de Kiev y ahora enseña física allí. Le encanta la ciencia ficción en todas sus manifestaciones. Desde 1981 ha publicado un centenar de relatos fantásticos y humorísticos en cuatro idiomas en antologías y publicaciones periódicas.

domingo, 23 de noviembre de 2025

EL ERROR DEL NIGROMANTE, O EL HEROÍSMO DEL CENTURIÓN DEPOPALO

Sergiy Paltsun

 

—¿Se aburren, pasantes?

Dos bachilleres de Mezhyhiria, a quienes les tocó la guardia nocturna en la fiesta del Spas de las Manzanas, se pusieron de pie al ver llegar al jefe de la Administración del Podil, el centurión Depopalo.

—Oh —dijo uno de ellos.

—Siéntense, muchachos. No estoy de servicio. No puedo dormir, así que pasé por aquí. A tomar un tecito, charlar un poco. En las fiestas, hacer guardia por la noche es lo más aburrido. Ninguna infracción. Las brujas, cuando hacen hechizos, lo hacen sobre el aguardiente, y ahí ya… eso es asunto de la guardia criminal. —El centurión arrojó un manojo de rosquillas sobre la mesa, se sentó y empezó a encender la pipa—. ¿Quizá lamentan no haber entrado en la Administración de Pechersk? —Depopalo exhaló la primera nube de humo—. ¿Creen que solo allí, en las colinas, se hacen las grandes cosas y ocurren los grandes acontecimientos? —Los pasantes, en silencio, le acercaron un vaso de té al centurión—. ¿Y saben ustedes que justamente aquí, en el Podil, hace un cuarto de siglo con estas manos salvé al mundo entero de la destrucción?

El risueño pasante Balabán se atragantó con la rosquilla.

—¿Se refiere a nuestro planeta, señor centurión? — preguntó Tudijata, su compañero, más prudente, tras darle una palmada en la espalda.

—A ese mismo, muchachos… Si me hubiese retrasado aunque fuera unos segundos… —Depopalo se recostó contra el respaldo de la silla y se frotó las sienes—. Aquel verano vino a nosotros el mundialmente famoso ilusionista Hall Helway. Bueno, no es que viniera deliberadamente, sino que se detuvo un día, de camino de Siberia a París. A nuestra gente no la sorprendes con trucos, pero ¡era el mismísimo Helway! Así que los funcionarios del ministerio de Cultura le pidieron que mostrara sus números a los ciudadanos. Él aceptó y eligió la plaza del ayuntamiento para la actuación. ¡Y cómo maldecía entonces nuestro centurión! Estábamos justo tras la pista de un famoso nigromante. Hasán al Magrib, también conocido como Alex von Pilz, también conocido como Sañko Hryb, de los Basavriuki de Kozhumyaky. El viejo pronunció mal un hechizo franco para el dolor de cabeza y empezó a creer que se la habían cortado, sí, cortado su estúpida cabeza. Así que andaba buscando una nueva, probando las cabezas de los transeúntes para elegir una adecuada. Por suerte, pensaba que junto con la cabeza había perdido la vista, y no se alejaba de su casa más de un par de manzanas. Pero para desgracia nuestra, en una de esas manzanas estaba el ayuntamiento. ¡Y durante el espectáculo iba a haber gran variedad de cabezas disponibles! Seguro se preguntarán por qué, sabiendo tanto sobre el hechicero, no lo atrapamos enseguida. No lo atrapamos porque no sabíamos cómo era ni dónde vivía. Todo lo que sabíamos, lo sabíamos por las víctimas. Cuando te pruebas la cabeza de otro, muchachos, en ella inevitablemente quedan huellas de tus pensamientos. ¡Pero en los pensamientos de un ciego no hay nada que pueda verse! Cancelar el espectáculo era imposible, así que ese día todos nuestros hombres estaban en la plaza. A mí, el más joven, me enviaron con binoculares al tejado de la Hermandad. Había pocos transeúntes en las calles cercanas, y podía observar tanto a ellos como al propio Helway. Éste entretuvo al público sacando florecitas y conejos del sombrero, y luego adoptó un tono solemne y declaró que ahora, especialmente para nuestros ciudadanos, repetiría el número con el que alguna vez había impresionado a la capital británica: Detener las agujas del reloj del carillón de la ciudad, y tal vez también los relojes de algunos miembros de la nobleza. Tras esperar a que el público comprendiera la importancia del momento, Helway giró hacia la torre y, gritando un conjuro, agitó los brazos. Los espectadores, conteniendo el aliento, miraban hacia arriba. La aguja de los minutos se acercó a la última marca antes del mediodía, se detuvo… y saltó como siempre. El carillón empezó a tocar las campanadas del mediodía. El ilusionista miraba desconcertado la torre. Estaba convencido de que el reloj se detendría, pero la insensible maquinaria seguía marcando los golpes sin inmutarse. La quinta, la sexta, la séptima, la octa… El carillón carraspeó y enmudeció, y Helway se llevó la mano al corazón, gimió y cayó. Me pareció que alguien más gritó en la torre, pero al momento siguiente estalló tal estruendo que no se habría distinguido ni un estornudo propio. El público clamaba. Nadie notó la caída de Helway, porque todos miraban sus propios relojes. Y, a juzgar por los gritos, había muchos elegidos. Además, su número aumentaba cada instante. En sentido literal. Como se expande en el agua un círculo tras arrojar una piedra, así se expandía desde el estrado una ola de gritos jubilosos y manos alzadas con relojes muertos. Ahí fue cuando me preocupé. Y no por Helway, a quien ya corrían a socorrer los guardias, sino por el reloj de mi abuelo. Una vez, en su juventud, había recibido un cronómetro con dedicatoria de la mismísima reina británica. Y ese día, a escondidas, había tomado yo esa reliquia, porque el cristal de mi reloj se había roto. ¡Y ahora ese regalo real, que jamás había ido al relojero y que el abuelo nunca había olvidado dar cuerda, tenía que detenerse…! Bajé al patio de la Hermandad y me alejé de la plaza rápidamente. Saqué el cronómetro de mi abuelo… y casi tropecé con una piedra que yacía imperturbable en medio del patio. “¡¿Qué demonios?!” pensé dirigiéndome mentalmente al albañil descuidado, pero entonces vi que la superficie de la piedra estaba cubierta de números y marcas, y en el centro brillaba una placa de bronce. Un reloj de sol. Instalado quizá aún por los fundadores de la Hermandad o de la Academia… Sin embargo, no había tiempo para reflexiones historiográficas. Avancé… y me quedé petrificado. Un reloj de sol… ¡Un reloj! Pero dentro de unos minutos todos los relojes alrededor de donde estaba se detendrían. Sus partes móviles dejarían de moverse. Y la parte móvil de un reloj de sol, caballeros, ¡es la Tierra! Recordé la lección en la que el maestro hablaba de las terribles consecuencias de la detención repentina de nuestro planeta. Las tormentas sin precedentes que barrerían todo lo creado por Dios y el hombre, los océanos que se abalanzarían sobre la tierra completando la destrucción, otras catástrofes tras las cuales la vida en el planeta podría desaparecer por completo… Salvar la reliquia dejó de importar instantáneamente. ¡Había que salvar a la humanidad! Si al menos supiera cómo… Estaba allí, pensando con todas mis fuerzas. El cronómetro del abuelo aún hacía tictac, la aguja de los segundos saltaba en su círculo, pero cualquier salto podía ser el último… La aguja… ¿Qué había prometido exactamente Helway? ¡Detener las agujas de los relojes! No sus mecanismos, sino las agujas. Y eso significa… Dejé el cronómetro y traté de arrancar la placa del piedra. Mis pantalones crujieron, y pensé de pronto que no era propio recibir el fin del mundo con el trasero al aire. ¿Se imaginan la vergüenza? Me detuve a pensar. ¿Por qué, en realidad, me había obsesionado con ese pedazo de metal? Porque el tiempo en un reloj de sol no lo marca la placa, sino su sombra. ¡La sombra es la aguja que debe ser eliminada! Me desvestí, extendí los brazos y me situé de espaldas al sol, cubriendo con mi sombra la piedra. Y diez segundos después se detuvo el cronómetro británico… Los estudiantes se habían ido de vacaciones. El padre superior les había ordenado a los hermanos que se mantuvieran ese día en sus celdas, lejos del pecado. Y yo, visto solo por un gato lustroso por el sudor que se había tumbado descaradamente en mi sombra, daba vueltas alrededor del reloj siguiendo al sol hasta el anochecer. Los muchachos me encontraron cuando ya oscurecía. No sentía el cuerpo, la cabeza tan recalentada que la sangre me chorreaba de la nariz, la lengua hinchada que se negaba a moverse… Sin embargo, conseguí explicarles de algún modo de qué se trataba, y caí solo cuando ya habían levantado una tienda alrededor del reloj. Ahora, en el lugar de esa tienda, se alza una cúpula de hierro fundido, parecida a una campana. Se rumorea que, antes del fin del mundo, se alzará de la tierra y sonará. Pero nadie sabe que el fin del mundo puede llegar precisamente si levantan esa campana… Nadie excepto yo, y… bueno, para ustedes aún es pronto.

El centurión guardó silencio y se puso a vaciar la pipa. Los pasantes también guardaban silencio.

—¿Y por qué nos cuenta esto a nosotros, señor centurión? —preguntó entonces Tudijata—. Esto es, digamos, un secreto de Estado…

—¡Bien dicho! Vas al grano —elogió el centurión, y sacó del bolsillo un gran reloj de bolsillo—. Este es ese mismo cronómetro. ¡Y ahora escuchen! —El centurión apretó un botón, la tapa del reloj se abrió, y la habitación se llenó con una melodía antigua—. ¡Hace una hora volvió a ponerse en marcha! ¡El plazo del hechizo se terminó! ¡El fin del mundo ha sido cancelado!

Con estas palabras, el centurión sacó de su pecho una botella de coñac de Jadzhibey.

El ágil Balabán salió corriendo a enjuagar los vasos…

El rescate de la humanidad fue celebrado, y el centurión, reclinándose en el respaldo, volvió a perderse dentro de una nube de humo. Los pasantes, ya sonrojados, también se relajaron, pero se veía claramente que a Tudijata no lo dejaba en paz algún pensamiento. Finalmente no pudo contenerse.

—Señor centurión, ¿y qué fue de ese nigromante?

—¿De al Magrib? Mientras nosotros lo buscábamos entre la multitud, él estaba tan tranquilo en la torre, probándose cabezas. Resulta que allí debía estar de guardia el asistente de Helway, que justo a las doce debía detener el carillón. Pero ese muchacho, para su desgracia, había pasado por la mañana frente a la ventana de Hasán, y al Magrib se probó su estúpida cabezota. Después de eso el asistente fue convertido en cuervo y se quedó en una jaula en la cocina del hechicero, y Hasán, vestido con su ropa, se encaminó al ayuntamiento. Claro está, no pensaba ayudar a Helway, pero segundos antes del mediodía justo empezaba a probarse la cabeza del ilusionista, ¡y le gustó! Tanto, que al Magrib de inmediato comenzó a trasladar en ella su conciencia. Y como Helway en ese instante pensaba en detener las agujas, la conciencia de Hasán por inercia emitió el hechizo adecuado, y pasó lo que pasó.

—¿Y por qué esperaron tantos años? ¿Por qué no obligaron de inmediato al malhechor a quitar su propio hechizo?

—Porque la nigromancia, muchachos –el centurión levantó el índice –¡es cosa estrictamente prohibida! —Depopalo hizo una pausa y continuó—. Hasán creía que estaba ciego. Y muchos rituales mágicos requieren medir el tiempo con precisión. Así que sincronizó el ritmo de su corazón con el ritmo de su propio reloj. Lo que sucedió después, adivínenlo ustedes mismos… —Los pasantes se miraron entre sí, perplejos—. Bueno, sigan de guardia, muchachos, yo me voy a casa. —El centurión se levantó y se dirigió a la puerta.

—Vaya cosas que pasan… —murmuró Tudijata.

—¿“Pasan”? ¡Qué van a “pasar”! —gritó Depopalo desde la puerta —¡Si supieran lo que pasó cuando mi abuelo se enteró lo del cronómetro…!


Título original: Pomylka chornoknyzhnyka, abo Zvytiaha sótnyka Depopálo

Traducción del ucraniano: Sergio Gaut vel Hartman


Sergii Páltsun nació en la ciudad de Lutsk, Ucrania, en 1961, pero ha vivido en la capital, Kiev, casi toda su vida. Se licenció en el Instituto Politécnico de Kiev y ahora enseña física allí. Le encanta la ciencia ficción en todas sus manifestaciones. Desde 1981 ha publicado un centenar de relatos fantásticos y humorísticos en cuatro idiomas en antologías y publicaciones periódicas.

miércoles, 24 de abril de 2024

¡OH!

 Sergei Páltsun

 


El sábado, Verka, la esposa de Tupkov, arrastró a su marido a una exposición floral. Como cada verano, la exposición se celebraba en el parque central y gozaba de gran popularidad entre la gente del lugar. Todas las amigas de Verka la visitaban, y la esposa de Tupkov no podía perder la oportunidad de participar en la vida social. A Tupkov no le interesaba la vida social: le interesaban la cerveza y la televisión, pero la vida social de Verka era tan escasa y precaria que, en su afán, podría superar no solo la resistencia de su esposo sino incluso la Línea Maginot.

Así que Tupkov seguía a su esposa por el parque, pensando en el fin de semana malogrado y mirando a su alrededor en un intento inútil de encontrar alguna fuente de vivificante cerveza. Sin embargo, los puestos de la exposición aún estaban lejos, y a lo largo del camino solo se encontraban bancos rotos cubiertos por espesos arbustos, los mismos donde él y sus amigos solían disfrutar de la mencionada bebida en los viejos tiempos. Los recuerdos del glorioso pasado apesadumbraron por completo a Tupkov y le generaron un amargo suspiro.

—¡Oh! —exclamó, y puso en esa breve palabra todo lo que quería expresar sobre la injusticia universal del destino y la vida perdida.

De pronto Verka, que estaba monologando acerca de la indigna apariencia y el indeseable comportamiento de Tupkov, interrumpió su discurso a mitad de camino y se quedó con la pierna levantada. Un gorrión que se acercaba al banco también quedó suspendido en el aire mientras que en el banco aparecía un pequeño hombre verde. El hombrecito le regaló a Tupkov una cariñosa sonrisa de viejo psiquiatra y golpeó el banco invitando a Tupkov a sentarse a su lado.

¡Delirium tremens!, cruzó por la mente de Tupkov, pero como no había bebido una gota de alcohol desde la noche anterior, la idea del delirium tremens fue descartada de inmediato, siendo reemplazada por una versión bastante digna y hasta científica sobre el tema de los extraterrestres. No hacía mucho que Tupkov había oído de alguien que a los hombrecitos verdes suelen secuestrar personas y realizar experimentos, así que decidió no oponer resistencia y se sentó en el lugar indicado.

—Tprndgtx, Servicio de Optimización de Cronoplastos —se presentó el pequeño ser verde—. Su queja acerca del insatisfactorio estado de su existencia en esta capa del continuo resultó ser la solicitud cien trillones, por lo que se me encomendó descubrir las causas y satisfacer sus deseos. ¿Sería tan amable de expresar qué necesita para mejorar sus circunstancias existenciales?

A partir de esta introducción, Tupkov entendió que por el momento no lo iban a secuestrar, incluso podrían darle algo interesante. Envalentonado, aunque sin intención de ser descarado, solicitó algo modesto.

—Oh, nada en particular... Solo un par de botellas de cerveza y todo estará bien...

—¡Oh! Veo que entiende el arte de la optimización —dijo Tprndgtx respetuosamente—. No todos, incluso en cronoplastos más avanzados, conocen el servicio de “todo estará bien”, lo que permite que se abran todos los caminos. Más aún: ese servicio lo proporcionamos muy raramente y con grandes reservas. Pero para usted, por ser el cliente número cien trillones, sin duda haremos una excepción... —Tras estas palabras, Tprndgtx asumió la postura de un declamador y se dirigió a Tupkov recitando un breve discurso—: Antes de proporcionar este servicio tan raro y valioso, permítame recordarle, para evitar malentendidos, la esencia del mismo. Como seguramente sabe, el tiempo tiene una estructura no unidimensional, sino bidimensional. Por lo tanto, el mismo evento, ocurriendo simultáneamente en diferentes planos temporales paralelos, puede diferir en algunos detalles de sí mismo, lo que conduce a la división de las líneas del mundo y a la convergencia del proceso histórico… —Aquí, Tprndgtx miró intensamente a los ojos de Tupkov y cambió de tono—: En resumen, los mismos eventos, en diferentes realidades, pueden tener diferentes consecuencias y, en consecuencia, la historia seguirá un curso diferente. Por ejemplo, en una realidad, el asesinato del archiduque lleva a la guerra, y en otra, solo a un conflicto diplomático... En esta realidad, usted es un pobre hombre sumiso propenso al alcoholismo y, en otra, puede convertirse en el favorito de las mujeres y un ídolo popular. Tendrá un trabajo diferente, una esposa diferente, un nivel de vida diferente... —Aquí, Tupkov se iluminó, pero Tprndgtx continuó—: Por lo tanto, nuestro servicio consiste en revisar todos los caminos de su existencia, elegir el óptimo y realizar la transposición de su personalidad al cronoplasto correspondiente...

—Y todo será diferente, ¿mejor, en el sentido de... mejor? —preguntó roncamente Tupkov.

—Bueno, no completamente diferente; la base de su personalidad no se puede cambiar, pero las circunstancias de la vida, sin duda, se modificarán —explicó Tprndgtx—. Así que, si está de acuerdo, activaré de inmediato el escáner-optimizador, y dentro de veinte segundos estará en el cronoplasto óptimo desde el punto de vista de la existencia...

—De acuerdo, de acuerdo, no demore... —apremió Tupkov, tras de lo cual el hombrecito verde presionó algunos botones en un dispositivo que apareció de la nada en sus manos y, tras informarle a Tupkov que la transferencia se realizaría automáticamente después de veinte segundos, desapareció.

Tupkov se recostó en el respaldo del banco y, cerrando los ojos con tensión, esperó. De repente, el monólogo de su esposa, que se había interrumpió, volvió a taladrarle los oídos, y Tupkov abrió los ojos.

Verka ¿o Lyubka?, reflexionó Tupkov.

“Nadya. Aquí es Nadya”, murmuró la voz de Tprndgtx en la cabeza de Tupkov. La mujer, sin dejar de hablar críticamente, continuó marchando con paso de reina hacia la exposición, y el gorrión completó su vuelo interrumpido para posarse en el banco junto a Tupkov, mirándolo de manera evidentemente burlona. ¡Me engañó!, cruzó por la mente de Tupkov. Me engañó como a un niño. Sin embargo, en ese momento, su mirada cayó sobre sus propias manos y descubrió que en cada una sostenía una botella de cerveza. No, hombre, parece que, aunque verde, el sujeto es correcto. Tupkov cambió sus pensamientos y, destapando una de las botellas, acercó ávidamente el cuello a sus labios...

En ese momento, Nadya notó la desaparición de la audiencia y volviéndose hacia Tupkov, gritó:

—¡Vamos, maldito alcohólico! ¡Apúrate!... Te dije que salimos de casa demasiado tarde.

Tupkov bebió una de las botellas de un trago, destapó la siguiente, y empinado el codo periódicamente, siguió a su esposa.

La existencia, claramente, estaba mejorando...

 

Título original: Оx!

Traducción del ruso: Dariia Silvestrova


Sergii Páltsun nació en la ciudad de Lutsk, Ucrania, en 1961, pero ha vivido en la capital, Kiev, casi toda su vida. Se licenció en el Instituto Politécnico de Kiev y ahora enseña física allí. Le encanta la ciencia ficción en todas sus manifestaciones. Desde 1981 ha publicado un centenar de relatos fantásticos y humorísticos en cuatro idiomas en antologías y publicaciones periódicas.

 

SOMBRAS EN LA LLUVIA