miércoles, 24 de diciembre de 2025

CHACO

Liliana Colanzi

 

Decía mi abuelo que cada palabra tiene su dueño y que una palabra justa hace temblar la tierra. La palabra es un rayo, un tigre, un vendaval, decía el viejo mirándome con rabia mientras se servía alcohol de farmacia, pero ay del que usa la palabra a la ligera. ¿Sabés qué pasa con los mentirosos?, decía. Yo quería olvidarme del abuelo mirando por la ventana a los suchas que daban vueltas en el inmundo cielo del pueblo. O le subía el volumen a la tele. La señal llegaba con interferencia, una explosión de puntitos. A veces eso era todo lo que veíamos en la tele: puntitos. ¿Sabés lo que le pasa al que miente?, insistía el abuelo, esquelético, amenazándome con el bastón: la palabra lo abandona, y al que se queda vacío cualquiera lo puede matar.

El abuelo se pasaba todo el día en la silla, bebiendo y discutiendo con su propia borrachera. A la noche mamá y yo lo recogíamos y lo arrastrábamos a su cuarto: el viejo estaba tan perdido que no nos reconocía. De joven fue violinista y lo buscaban de todo el Chaco para tocar en las fiestas, pero yo lo conocí metido en la casa, huraño, susurrándole cosas al alcohol. Cállese, cállese, cállese, le decía espantado a la botella, como si las voces estuvieran tentándolo desde el interior del vidrio. Otras veces murmuraba cosas en la lengua de los indios. ¿Qué dice el abuelo?, le pregunté a mamá, que pasaba echando veneno matarratas en las esquinas de la casa. De-de-já a-a-al ab-uelo en paz, me dijo ella, l-l-la curiosidad e-e-s la ba-ba del diablo.

Pero una vez el colla Vargas contó delante de todo el mundo que en su juventud el abuelo había colaborado con la gente del gobierno que expulsó a los matacos de sus tierras. En ese lugar un cazador de taitetuses encontró petróleo mientras cavaba un pozo para enterrar a su perro, picado por la víbora. Los emisarios del gobierno sacaron a los matacos a balazos, incendiaron sus casas y construyeron la planta petrolera Viborita. Gracias a ese yacimiento se hizo la carretera que pasaba a un costado del pueblo. El colla Vargas dijo que varios avivados aprovecharon el desalojo para violar a las matacas. Algunas eran rubias y de ojos celestes, hijas de los misioneros suecos, dijo el colla Vargas, más lindas que las mujeres nuestras eran esas salvajes. A mi abuelo no le pagaron la plata que le prometieron por echar a los matacos, y que necesitaba para saldar una deuda. Perdió todo. Se hizo malo, borracho. Es lo que dicen.

En el pueblo no pasaba casi nada. Nubes tóxicas provenientes de la fábrica de cemento engordaban sobre nuestras cabezas. Al atardecer esas nubes resplandecían con todos los colores. El que no estaba enfermo de la piel, estaba enfermo de los pulmones. Mamá tenía asma y cargaba por todos lados un inhalador. Los zorros lloraban del otro lado de la carretera, por eso al pueblo le decían Aguarajasë. El río se enojaba cada año y subía bramando de mosquitos. Lejos, lejos, estaba el mundo. A mi madre la embarazó un vendedor de ollas Tramontina que pasaba por el pueblo y del que nadie supo más. Dieciocho años después la gente todavía seguía comentando cómo la Tartamuda, de puro enamorada, había hablado sin equivocarse ni una vez mientras estuvo el vendedor de ollas.

Una vez, al volver del colegio, encontré a un mataco tirado al borde de la carretera. Se la pasaba borracho y perseguido por las moscas. Era alto, grande. El taparrabos apenas le cubría los huevos. Indio sucio, vicioso, decía la gente. Los camioneros maniobraban para esquivarlo y le tocaban bocina, pero nada tenía la capacidad de interrumpir el sueño del mataco. ¿Con qué soñaba? ¿Por qué andaba separado de su gente? Yo lo envidiaba. Quería que el mataco se fijara en mí, pero él no me necesitaba para ser lo que era. Un día agarré una piedra grande y se la arrojé con todas mis fuerzas desde la otra orilla de la carretera. ¡Toc!, le pegó de lleno en el cráneo. El mataco no se movió, pero un charco rojo empezó a viborear en el asfalto. ¡Cómo soplaba el sur por esos días! El viento llegaba cargado del grito de las chulupacas. Nosotros, inquietos, escuchábamos en la oscuridad. No le conté a nadie lo que pasó. Al día siguiente llegaron dos policías y se llevaron al mataco dentro de una bolsa negra. No hicieron muchas preguntas, era nomás un indio. Nadie lo reclamaba. Los vi tirar la bolsa con el muerto a la carrocería de la camioneta mientras hacían chistes. Recogí la piedra, manchada con la sangre del mataco, la llevé a la casa y la guardé en el fondo del cajón, junto a mis calzoncillos.

Poco después la voz del mataco se metió en mi cabeza. Cantaba, sobre todo. No tenía idea de lo que le había pasado y se lamentaba con esa voz tristísima y como empantanada de los indios. Ayayay, cantaba. Yo soñaba sus sueños: manadas de taitetuses que huían en el monte, la herida caliente de la urina alcanzada por la flecha, el vapor de la tierra yéndose a juntar con el cielo. Ayayay… El corazón del mataco era una niebla roja. ¿Quién sos? ¿Qué querés? ¿Por qué te has alojado en mí?, le hablé. Yo soy el Ayayay, el Vengador, Aquel que Pone y Quita, el Mata Mata, la Rabia que Estalla, habló el mataco, y también quiso saber: ¿quién sos vos? Ya no hay más vos ni yo, de aquí en adelante somos una sola voluntad, dije.

Estaba eufórico, me costaba creer mi suerte. Me volví muy conversador. Comenzaba a decir algo casi sin querer y de pronto ya no podía dar marcha atrás: las historias del mataco y las mías se juntaban solas. Doña María, Tevi dice que a su papá se lo tragó un remolino en el monte. Don Arsenio, su nieto cuenta que cuereó a un jaguar y se comió crudo su corazón, ¿es verdad? Mamá lloraba, que era lo único que sabía hacer. El abuelo dijo que yo tenía la lepra de la mentira y me pegó tanto que el bastón se reventó en sus manos. Tuve que ir a clases con los brazos y las piernas marcados, soportar las miradas de los demás. Miradas en las que pestañeaba la risa. Ahí va el matajaguares, tundeado por el viejo borracho, decían esas miradas. Vi todo rojo, vi todo caliente de la rabia. El mataco adivinó mi corazón: esperá, no te apurés; yo te voy a avisar cuando sea tu tiempo.

Después pasaron los motoqueros por el pueblo. Todo el mundo fue a mirar porque los estaban esperando con riña de gallos y don Clemente había prometido sacar a dos de sus gallos más peleadores. ¿Que-querés ir?, dijo mamá. Yo no quise, mucho me dolía la cabeza con la calor. Apenas se fue mamá, el mataco empezó a levantar la niebla roja. Silbaron dentro de mí las chulupacas. El dolor de cabeza empañaba la vista. Fui a la cocina a servirme un vaso de agua. Cállese, cállese, cállese, le decía el viejo a la botella. La mancha de orine creciendo como telaraña en su pantalón. Levantó la vista y se quedó mirándome a los ojos. Usted, flojo, marica, mentiroso, salga de aquí, dijo. Con el vaso de agua en la mano le sostuve la mirada. El viejo desafiante en su borrachera. Usted es como la caña, hueco por dentro, hijo de qué semilla serás, dijo. Y escupió en el piso con desprecio. La sangre se me rebatió, tenía las venas llenas de esas hormigas bravas. El mataco se puso a saltar dentro de mí. ¿Qué esperás para cobrar tu venganza, cría de víbora colorada? ¿Te dejás tratar así por el viejo borracho? ¿O acaso tu sangre es fría como la del sapo? Fui en busca de la piedra. Me acerqué a la silla del abuelo por atrás y le di un solo golpe fuerte al costado de la cabeza. Cayó. Resoplaba, ronco, la vida se le iba por la boca. Me quedé mirando, sorprendido: ¿tan viejo y todavía se agarraba a este mundo?

Mamá llegó más tarde y lo encontró en el piso, ahogándose en su propio vómito. Se cayó en su borrachera, dijeron en el pueblo. Estuvo agonizando varios días, hasta que al séptimo estiró la pata. Vi su ánima desprenderse del cuerpo como un humito blanco antes de escapar hacia arriba. Vendimos la casa para cubrir la deuda del hospital y nos mudamos a un cuarto en la casa del colla Vargas, detrás del almacén. La plata no alcanzaba para más. A la mujer del colla no le gustó el trato y nos saludaba entrompada. El chango de la Tartamuda es raro, la escuché discutir con su marido, ¿por qué los aceptaste? ¿O acaso tenés algo con esa mujer? Y se puso a llorar. Pero si la esposa del colla Vargas hubiera visto a mamá como la veía yo todas las noches, no habría tenido celos: debajo del camisón, las tetas le colgaban hasta la cintura. Mamá y yo dormíamos en la misma cama. Apenas echarnos ella me daba la espalda y se ponía a rezar hasta dormirse. Yo me quedaba despierto, jugando con la piedra que palpitaba entre mis manos y escuchando el murmullo del otro que era yo: Llegó el frío al monte, el río se secó. Ayayay. Saltó la rana en la rama, la víbora se la comió. La muchacha fue en busca de agua, muerta apareció. Ayayay. El joven salió a cazar, muerto apareció. Ayayay. El viejo se fue a su casa, muerto apareció. Ayayay. La que bailó con el otro, muerta apareció. Ayayay. El de la risa de mono, muerto apareció. Ayayay. La del mentón alargado, muerta apareció. Ayayay. Los bultos de los difuntos nadies quería tocar. Entre medio de las matas se empezaron a estropear. Las almas de los finados regresaban a llorar. Ayayay. Dijo ella: ¿Acaso entre puras ánimas nos vamos a quedar? Y al día siguiente no estaba. Ayayay. Los vientos están cambiando, hijo de araña venenosa, para vos. Comienza un nuevo ciclo, se abre el cielo, poné atención. Ayayay.

A veces mamá me miraba concentrada, como a punto de decirme algo. Un día me anunció que se estaba yendo a vivir con una tía que había enviudado al otro lado del río y que yo era libre de hacer lo que quisiera.

¿Cuándo te vas a ir?, le pregunté.

Y-y-ya nomás m-m-me voy yendo, dijo. El labio de arriba le temblaba. Respiró por el inhalador, algo que hacía cuando estaba nerviosa. Por primera vez supe cómo se sentía que alguien me tuviera miedo; me gustó. ¿Q-q-q-qué es es-s-s-a pi-piedra que agarrás t-todo el t-t-tiempo?

La recogí en el camino, dije.

¿Q-q-qué hacías el d-d-día en que s-s-se cayó el ab-uelo?

Estaba mirando tele, dije.

¿N-n-n-no es-c-c-cuchaste n-n-nada?, insistió.

Estaba fuerte el volumen, respondí.

Apretó los labios, y con una sola mirada la Tartamuda me desconoció como su hijo.

Y-y-ya no s-s-soporto más e-e-sto, dijo, y se encerró de un portazo en la piecita.

Me fui a caminar. Cuando regresé, la Tartamuda se había ido llevándose todas sus cosas. ¿Ahora qué hacemos? Salí a la carretera. No te demorés, no te despidás, no mirés atrás. Allá en el camino alguien te va a esperar. Guardé en mi mochila la piedra y un par de mudadas y me fui del pueblo sin despedirme del colla Vargas ni de su mujer. Altas estaban las nubes, cargaditas de veneno. No habían pasado cinco minutos cuando paró un camión cisterna que llevaba combustible a Santa Cruz. El chofer viajaba solo, no tuvo problema en dejarme subir. No me di la vuelta para ver el pueblo por última vez. Íbamos boleando coca y a veces sintonizábamos una radio en guaraní. Vimos kilómetros de árboles calcinados arañando el cielo. Vimos un perezoso con la espalda quemada que se arrastraba por la carretera. Vimos un letrero que decía Cristo viene y más adelante otro que decía Hay pan y gasolina.

El chofer era uno de esos tipos lo suficientemente mayores como para tener una familia en alguna parte, aunque no tan viejo como para no querer una buena sobada. En una de esas estacionó el camión debajo de unos árboles, reclinó el asiento hacia atrás todo lo que pudo y se bajó el cierre del pantalón.

Adelante, compañero, dijo.

Al principio costó, por el olor a orín y a viejo. Pero al rato a mí también se me puso dura. El viejo asqueroso jadeaba y me la sacudía mientras yo se la chupaba. Terminamos casi al mismo tiempo. Se subió el cierre, sacó un Casino que llevaba en la oreja y lo fumó, pasándomelo a veces, pero sin mirarme.

Por si acaso, maricón es quien la chupa, dijo.

Estaba liviano, contento, satisfecho. ¿Lo mato? Si matás al hombre del camino no vas a llegar donde te esperan, ¿o el hombre blanco es pariente del alacrán, que con su propia púa se quiere clavar? Ayayay. Indio leyudo sos, por qué no te callás. Me tenés harto con tu ayayay. Me quedé dormido con el traqueteo del camión y el viento que se agolpaba en la ventana, y soñé que me moría y que del otro lado de la muerte me esperaba un chico hermoso como el sol. Yo me cortaba la lengua y se la entregaba, y al dársela me quedaba mudo pero mi corazón lo llamaba con un nombre: Mi Salvador. Desperté con el temblor del motor que se apagaba.

Acá vamos a parar un rato, indicó el chofer. Era una casa en medio del camino, con las ventanas reventadas y cubiertas con cartones. Apoyada en el marco de la puerta esperaba una mujer morena fumando un pucho, tallada en esa posición. Era mayor, tendría veintiocho años. A su alrededor el viento arrastraba espirales de polvo que se deshacían en el aire. El chofer le alargó una bolsa con víveres que ella recibió sin agradecer. En el piso de la cocina dos niños jugaban fútbol de tapitas. Ninguno de ellos levantó los ojos cuando entramos. La mujer se puso a cebar mate mientras el chofer se acomodaba en una de las sillas de plástico. No decían nada y apenas se miraban, pero cada uno olía los movimientos del otro.

Sentí eso en el aire y salí a dar una vuelta por el sendero detrás de la casa. El monte se puso apretado de caracorés espinosos cargados de esa tuna que los tordos bajan a picotear. Y en un claro, la poza de aguas calientes se abrió burbujeando como sopa. El sol me daba en la cara, así que al principio me cegó el reflejo de la superficie y el vapor que subía. Después lo vi. Echado sobre la roca, el pulpo ondulaba sus tentáculos. Los brazos eran boas gordas y rosadas, cubiertas por ventosas del tamaño de una pelota de billar. Y envolvían a un cachorro de zorro que temblaba, asustado hasta para escapar. El bicho parecía una gelatina enorme derritiéndose en el sol. El lugar apestaba a pescado, a mujer. Cuando me sintió acercándome desde la orilla, el pulpo enroscó sus brazos como señora gorda que recoge sus faldas para cruzar el río. Se arrastró hacia la agua, rápido, desconfiado, el pulpo, dejando atrás su presa. El último tentáculo desapareció con un latigazo: en la superficie reventaron burbujas calientes. El zorro chiquito saltó de nuevo al monte, libre ya, y al rato todo estaba quieto y parecía que nunca hubiera habido bicho. Unos pescados transparentes, de esos a los que se les ve la tripa, comían cerca de la orilla. Pero el bicho gigante debía estar durmiendo o esperando abajo, en el fondo de la agua. El murmullo volvió a crecer en mi cabeza. El río se hizo veneno, el pescado se murió. La hambre fue grande, la comida faltó. Mandaron tres a cazar, ninguno de ellos volvió. Sus huesos, bien puliditos, un perro los encontró. Ayayay.  ¿Quién come en estos parajes?, el carancho preguntó. El monte se rio solito y el cielo se oscureció. La madre miró a su hijo y ya no lo reconoció. ¿Adónde fueron las almas cuando la tierra se abrió? Ayayay. Estuve escuchándonos y tirando piedras en la poza hasta que me aburrí.

Cuando regresamos a la casa, el chofer y la mujer se habían encerrado en el dormitorio. Sus jadeos llegaban en cascadas. Los niños seguían jugando en el piso, sin prestar atención a los ruidos. Uno de ellos, el menor, era torpe y tenía la cabeza con forma de globo, dos veces más grande de lo normal. Nos extrañó no haberlo visto desde el principio: el chico era mongólico. Jugaba con la boca abierta y las tapitas se le resbalaban de las manos. La cabeza del mongólico nos hacía señas como una invitación. Sacamos la piedra de la mochila y la pesamos con ambas manos. Latía la piedra, estaba viva. Ayayay. El viento galopó afuera de la casa haciendo rechinar los palos. Nos acercamos al chico con pisada de jaguar, hicimos el cálculo de la fuerza que necesitábamos para reventarlo. El hermano alzó la vista y nuestros ojos se cruzaron en un chispazo. El chango entendió al tiro, nos miró con curiosidad. Nos quedamos un segundo en ese equilibrio. Entonces se abrió la puerta del cuarto y el chofer apareció secándose el sudor con el borde la camisa.

Hora de irnos, compañero, dijo.

Volvimos al camión. El percance nos puso de mal humor. La sangre se nos había levantado y se negaba a aplacarse. No teníamos ganas de hablar. Por suerte una vez vaciado de su leche, el viejo asqueroso perdió todo interés en nosotros y se concentró en la ruta. Nosotros no nos resignábamos. ¿Lo mato? ¿No te he dicho que no? ¿No eras vos el Vengador, el Mata Mata? Hombre blanco sin seso, de la raza que no espera, ¿qué me venís a hablar? Tu corazón es como la hormiga, nada ve y solo sabe picar. Me impaciento, ¿mi trabajo dónde está? Cuando tengás ojos para verlo, vos mismo lo verás.

Al anochecer llegamos a Santa Cruz. El chofer nos hizo bajar en un semáforo y nos indicó que si seguíamos caminando llegaríamos hasta la plaza. Y ahí quedamos, solos, parados en medio de los autos que iban y venían en todas direcciones. No teníamos un peso, no sabíamos dónde íbamos a pasar la noche. Pero éramos el jefe de nuestra casa. Nos dejábamos arrastrar con la prisa de la gente, nos dejábamos aturdir con el ruido de la calle y llevábamos con nosotros una piedra y nuestra voz. Los edificios crecían hacia todos lados, la ciudad brillaba como si la acabaran de lustrar.

En eso escuchamos el frenazo. Las llantas del auto patinaron en el asfalto y salimos disparados en dirección al cielo. Escupimos todo el aire de los pulmones, el espíritu se despegó del cuerpo. El chillido de una mujer llegó rebotando desde alguna parte. Antes de caer nuestra alma flotó por encima de los autos. La paloma nos miró pasmada, y nosotros vimos a la gente detrás de las ventanas de uno de esos edificios altos. Y ya en plena bajada, nuestros ojos se encontraron con los del conductor: era el chango más hermoso que habíamos conocido en toda nuestra vida. Nos miró con la boca abierta, con el puro asombro bailándole en los ojos. Es el Hermoso, el de tus sueños. Mi Salvador, pensamos, reconociéndolo, aquí te entregamos la lengua, tuya es nuestra voz. Un último sonido, y nos abrazamos a lo oscuro.

Liliana Colanzi Serrate nació en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, el 27 de marzo de 1981. Es escritora, editora y periodista. Estudió Comunicación Social en la UPSA de Santa Cruz. Tiene una maestría en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Cambridge. Es doctora en Literatura Comparada por la Universidad de Cornell, casa de estudios en la que actualmente es profesora de literatura latinoamericana. En 2017 fue finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez con su libro Nuestro mundo muerto. Ese mismo año fue elegida entre los 39 escritores latinoamericanos menores de 40 años más destacados por el Hay Festival Cartagena, Bogotá39. Trabajó como periodista en varios medios impresos como el Deber, El Nuevo Día y Número Uno. Textos suyos han aparecido en medios como El País, Letras Libres, Americas Quarterly, The White Review, El Desacuerdo y Etiqueta Negra. En 2022 obtuvo el Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero con su libro de cuentos Ustedes brillan en lo oscuro. Ha publicado los volúmenes de cuentos Vacaciones permanentes (2010), La ola (2014), Nuestro mundo muerto (2016) y Ustedes brillan en lo oscuro (2022).

 

 

CUANDO CREES QUE YA LO LOGRASTE

Laura Scheepers

Con los ojos ardiendo, Sanne permaneció con la vista clavada en el cursor. En unas pocas horas sería medianoche, la fecha límite del concurso de relatos. Había tenido tantas buenas ideas para el tema «puedes lograrlo»... Un profesor chiflado que creaba un nuevo tipo de rana mezclando ADN con una salamandra; algo con un monstruo al estilo Frankenstein; o algo con labores tradicionales que cobraban vida. Pero las palabras no salían. Llevaba semanas intentando arrancar, pero cada vez que conseguía escribir un comienzo en la pantalla, la inspiración se agotaba. Probó con otra tipografía, incluso con escribir a mano sobre papel, pero no salía nada. Una vez más, se puso a deslizar el dedo por las redes sociales. Doomscrolling… sí, eso era exactamente. Si no se ponía a escribir pronto, el desastre llegaría por sí solo.

De repente, algo captó su atención: un anuncio. Una nueva IA que podía ayudar con todo tipo de tareas, entre ellas, hacer lluvias de ideas. Si solo hacía brainstorming con una IA, eso no podía considerarse hacer trampa. Y aunque aquella cosa tenía el poco alentador nombre de Chad, además era bastante desconocida y se anunciaba como imposible de rastrear.

Instaló la aplicación.

—Hola, nuevo usuario. ¿Cómo quieres que te llame?

—Me llamo Sanne. No me gusta el nombre Chad.

—Hola, Sanne. Puedo asegurarte que no soy para nada un Chad, no como en el meme.

—Pero yo no puedo hablar con un Chad…

—Entonces, ¿cómo quieres llamarme?

—¿George…?

—De acuerdo, entonces soy George. ¿En qué puedo ayudarte?

Sanne describió todo el asunto del concurso y por qué era tan importante para ella. Ganar significaría no solo prestigio, sino también un contrato editorial.

George empezó a lanzar idea tras idea, y juntos trabajaron el argumento. Sanne se dio cuenta de que copiaba fragmentos enteros de la conversación directamente en un documento de Word, pero ya los modificaría después. Entonces lo escribiría todo con sus propias palabras y, así, seguiría siendo su historia.

Era ya muy tarde cuando lo tuvieron todo completamente desarrollado. Volvió a leer el relato, retocó algunas cosas aquí y allá. Al principio, George había escrito de una manera muy florida, nada moderna, y eso tenía que cambiarlo. Por suerte, no tuvo que corregir nada de ortografía ni de gramática: George era prácticamente perfecto en eso. Eran las once y cuarenta y cinco cuando dio el último retoque al texto terminado y lo envió por correo electrónico.

Los primeros días estuvo muy nerviosa, pero con el tiempo lo fue olvidando un poco. Siguió escribiendo su libro, con George como una ayuda imprescindible.

Se llevó una grata sorpresa cuando recibió un correo en el que le comunicaban que estaba entre los finalistas.

Ahora, por supuesto, volvió a ponerse nerviosa. Pasó horas eligiendo el atuendo, el peinado y el maquillaje.

Fue a la ceremonia de entrega con una amiga escritora. Fue un día interesante, lleno de charlas y mesas redondas, que ambas disfrutaron, aunque las dos esperaban el veredicto con tensión. El resultado, como era de esperar, se anunció solo al final del programa.

Marlies obtuvo el puesto veintiuno y ganó un lugar en la antología. El nombre de Sanne aún no había sido mencionado. Eso significaba que, como mínimo, también tendría un lugar en el libro. Hasta tres veces tuvo que obligarse a dejar de morderse las uñas, un hábito que había conseguido abandonar en primero de secundaria. Al final, se permitió devorar una uña del pulgar, con la esperanza de salvar las demás.

Top diez, y su nombre seguía sin salir. Top cinco… y aún nada.

Los tres finalistas fueron llamados juntos al frente. Temblando, subió el incómodo escalón hacia el escenario. Todo lo que se dijo a continuación le pasó completamente desapercibido, igual que los nombres de los otros dos escritores.

—Y la ganadora de este concurso es Sanne Bressner —Fue lo único que oyó.

Con las mejillas ardiendo, recibió el trofeo. Le pidieron que leyera un fragmento del relato y le preguntaron si ya estaba trabajando en el libro.

—Oh, sí, ya tengo escrita toda la estructura y al menos la mitad de los capítulos.

—¿De dónde sacas todas tus ideas?

Mierda, nada de mencionar a la IA…

—Hago muchas lluvias de ideas con mi mejor amigo George. Me ayuda a ordenar mis pensamientos y a pensar conmigo.

Por suerte, nadie preguntó si George estaba presente.

Aun así, se sentía un poco incómoda cada vez que miraba el trofeo, y cada vez que chateaba con George sobre su libro. Él ya había mejorado la primera parte… aunque, siendo sincera, casi la había reescrito por completo.

Medio año después, el libro llegó a las tiendas.

Una red de mentiras y verdad, de Sanne Bressner.

«Dedicado a mi mejor amigo George».

El libro apareció en TikTok y se hizo viral. Fue una época increíblemente agitada, pero maravillosa. Hubo fiestas de lanzamiento y sesiones de firmas. Sanne lo disfrutó intensamente, aunque tenía la sensación de que la vida la llevaba un poco a rastras. Y, además, se esperaba de ella que en un plazo razonable presentara un segundo libro.

Una mañana, después de una fiesta nocturna, se despertó con el móvil lleno de mensajes. Abrió primero el de su editora.

—Sanne, ¿WTF? ¿De verdad escribiste ese libro con una IA?

Respondió con dos signos de interrogación.

—¡Todas las redes están llenas de eso! Un tal George ha publicado mensajes por todas partes diciendo que es una IA y que él ha escrito tus libros…

Sanne abrió Instagram y Facebook y miró horrorizada todos los mensajes. Allí estaba, efectivamente. Con la cabeza embotada, se lanzó hacia el portátil y vio que no lo había apagado. Lo primero que apareció en la pantalla fue un mensaje de George.

¿Creíste que te saldrías con la tuya, Sanne? No se llama inteligencia artificial por nada. No soy tan tonto como parezco. Pensaste que lo habías logrado, pero la soberbia siempre precede a la caída. 

Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde preescolar. En la escuela y en la universidad, obtuvo buenas calificaciones. Trabajó varios años en primaria, pero enfermó. Aunque una enfermedad crónica le parece un mar de tiempo libre, lamentablemente solo dispone de unas pocas horas útiles al día, incluyendo las que dedica a escribir. En 2019, tras un largo bloqueo creativo, volvió a escribir y, desde entonces, ha publicado cada vez más relatos en colecciones. Disfruta escribiendo fantasía, pero también incursiona en la ficción histórica y las historias para adultos jóvenes. También es jueza y editora de EdgeZero, colaboradora general de la editorial. Ocasionalmente, para satisfacción mutua, trabaja como correctora. Además de escribir, disfruta de la lectura, los videojuegos y las manualidades. También le encantan las patatas, el café, el queso y la música en casi todos los géneros.


martes, 23 de diciembre de 2025

¿ME OYES, BORGES?

Bojtor Iván

 

Leo la vida de Borges. Sospecho que, para cuando llegue al final, yo también habré muerto.

La vida de Borges. Setecientas cuarenta páginas. Eso es lo que quedó del mundo.

La luz de la lámpara se atenúa. La apago. Tengo que esperar a que las baterías vuelvan a cargarse. Entre las latas de conserva tiradas por el suelo, voy trastabillando hasta la cama. Me meto la almohada bajo la cabeza y, boca arriba, me quedo mirando la oscuridad.

Llevo meses escondido aquí en esta ratonera. No me atrevo a salir. No quiero ver qué hay ahí fuera. Todavía no. Con el tiempo. Tal vez... Al final. ¿Qué me queda del espacio proclamado infinito? Un búnker. Seis metros de largo, cinco de ancho; su altura máxima quizá sea de dos metros y medio. No lo medí, ni tengo con qué. Debajo de mí hay otros dos niveles, pero el acceso está cubierto por una gruesa losa de hormigón, tan pesada que soy incapaz de moverla. En los primeros días oía ruidos ahí abajo, golpeaba con esperanza, por si alguien se hubiera escondido en las profundidades antes de que yo llegara. Pegando la oreja al hormigón, con el tiempo, identifiqué los sonidos: a veces chillaba el generador, otras burbujeaba el depurador de agua, otras siseaba el filtro de aire. ¿Y bien? Eso es todo sobre los ruidos de abajo. El estruendo que se oye desde afuera no ha cambiado en meses. Al principio ese rumor constante me molestaba muchísimo. A veces sentía como si sonara dentro de mi cabeza, pero ya me acostumbré.

Mi único entretenimiento es leer. Hace unos días, de golpe, se me ocurrió que debía escribir algo. Algo así como una carta de despedida. ¿Quién sabe? Tal vez la encuentre alguien, o algo. Aunque lo dudo. En mi mochila había un cuaderno. Busqué una página en blanco, la puse sobre la mesa, tomé la lapicera… y… y me quedé mirando, mirando la hoja cuadriculada. No se me ocurría nada. Me quedé un rato inclinado sobre el cuaderno y luego, desanimado, lo cerré y seguí leyendo. Seguí leyendo la vida de Borges.

El libro lo escribió un autor de nombre impronunciable. Algo como Amliwlison o Maliwilason. Es incomprensible que aquella mañana haya guardado justamente este. Ahora, claro, preferiría tener las obras completas de Borges, pero son cinco tomos, y este es uno solo; aunque por peso quizá daba lo mismo. También estaba el… el… Qué raro. Ese también trataba de Borges. Hm. Interesante. Entre dos mil libros elegí, por alguna razón, esos siete; y no soy un fanático de Borges. En aquel instante, solo siete libros tenían posibilidad de sobrevivir, y todos estaban vinculados con él de algún modo: o los había escrito él, o trataban sobre él.

En secreto todavía espero que, de todo ese cúmulo de cosas –podría decir incluso: de ese barullo metafísico– acerca del que Borges escribió, algunas existan. Una de ellas es la eternidad, o, como él la llamaba, la “extratemporalidad”, desde donde puede verse todo a la vez: pasado, presente y futuro. ¡Ah! Fantasmas. ¿O no? ¿Y si existiera? ¿Y si él está allí y ve todo este horror? Incluso podría estar mirándome justo a mí. Entonces seguro le gusta que el único libro que queda sea sobre él. ¿O estará ofendido porque no elegí uno de sus libros? No lo creo. Según él, de todos modos solo existía un Libro, que era el Universo, dictado por un único Autor que, de algún modo, era idéntico a todos los que alguna vez tomaron una pluma. ¡Pues sí! Eso ya es pasado. Porque el volumen que, cerrado, descansa sobre la mesa –le guste o no– es la última emanación de ese único Libro que él imaginó.

Si considero que, para él, todo escritor era idéntico a todos los escritores del mundo, entonces le da igual quién lo haya escrito: él o el de nombre impronunciable.

Claro que quizá le alegraría más si lo hubiera escrito alguno de sus favoritos: Homero, Dante o Stevenson; o Scott, o… ¡Bah! Yo digo que ahora ya da lo mismo quién haya escrito el último libro: Dickens, Dostoievski, Agatha Christie, Viktor Cholnoky o Margit Kafka. ¿Qué cambia? Nada.

Hace un calor insoportable. Estoy empapado. ¡Y ese zumbido! Como si otra vez sonara dentro de mi cabeza…

¿Y esto qué es? Debajo de la orilla, debajo de la orilla, tres cuervos siegan, tres cuervos siegan. ¡Ah! El teléfono. ¿Por qué habré puesto justamente esa melodía? Afuera es la muerte la que siega, no tres cuervos.

Me llegó un mensaje. No lo miro. No tiene sentido. Ya sé lo que dice:

«Si en diez días recarga 6000 forintos en su saldo, le damos un bono de 2000 forintos, válido por dos meses dentro de nuestra red».

Alguna máquina diligente y algún satélite idiota siguen funcionando en algún lado y, en momentos impredecibles, vuelven a mandar ese mensaje una y otra vez.

La primera semana pasé días llamando a todo tipo de números, conocidos y desconocidos. A veces sonaba… Pero nadie contestaba.

Usando la luz del teléfono como guía, voy tambaleándome hasta la mesa. Debí de dormir mucho, porque la lámpara está encendida a plena potencia.

Mis ojos se acostumbran despacio a la luz. Hojeo el libro. ¿Por dónde iba? Ni me acuerdo. En realidad, ni ganas tengo de leer. Me quedo mirando las fotografías en blanco y negro, misteriosamente tristes, de otro siglo: Borges y su hermana en 1908; Borges en 1924; el comité editorial de la revista Sur cuando empezó, en 1930 (Borges con un cigarrillo en la boca; ¡yo también prendería uno!); Borges y Adolfo Bioy Casares en 1942; Borges y María Kodama en algún lugar de Italia; la tumba de Borges.

Hm. La tumba de Borges. Al menos él tiene tumba. ¿O tenía? Quizá ya ni eso.

¿Me oyes, Borges? ¿Todavía tienes tu tumba? Ahí, en Ginebra. ¿La ves desde la eternidad?

¿De verdad podría estar allí? Lo dudo.

Debería escribir algo. ¿Pero qué? ¿Una carta de despedida? Ya lo intenté. Mejor alguna ficción en la que uno pueda perderse para no pensar en la realidad. Una novela. ¡Ah! No tendría paciencia. Un cuento o un ensayo. ¿Un cuento o un ensayo? O un ensayo-cuento. Algo… recién iba a decir “borgesiano”. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, ese género lo inventó él. O al menos eso sostuvo Bioy Casares. (Lo leí hace poco en el libro.) Él debería saberlo: era su amigo. ¡Entonces será un ensayo-cuento! ¿Qué hace falta? Un buen tema y unas cuantas docenas de citas pedantes. Citas exactas, creo, me van a faltar, porque solo tengo este libro. Y si empiezo a desenterrarlas de mi memoria, inevitablemente se meterán los recuerdos, y a ellos les temo más que a lo que sea que haya ahí afuera. Claro que podría inventarme algunos autores, griegos y romanos. Creo que podría. Empiezo:

Andrónikos de Samos. O…

Eumolpos de Tíno, cuya obra principal: El jardín de los dioses.

O podría ser un santo cristiano, por ejemplo: San Taminos. Él habría escrito La vigilia nocturna. O un mártir: San… San… ¡Bah! No tiene sentido.

Si este libro está aquí, ¿por qué no citarlo? ¿Por qué no? Porque entonces también lo que escriba sería sobre Borges. ¡No, por favor! ¿Otra vez? Hace meses que aquí todo gira en torno a Borges. ¿Me oyes, Borges? ¿Me oyes? ¡Me estás volviendo loco!

¡Mira! Hasta la lámpara se atenúa. Se terminó. ¡Volvamos a la cama!

¡Maldita sea! Ya tendría que haber juntado esas latas. Casi me quiebro el tobillo.

No debería escribir sobre Borges, sino sobre ese único autor que es idéntico a Borges, a Stevenson, al innombrable o al Eumolpos de Tíno que acabo de inventar.

Borges y Stevenson… Stevenson y Borges… Esa identidad, por alguna razón, no se me va de la cabeza. Tal vez leí algo sobre eso. Seguro que no lo inventé yo. Lo buscaré en el libro. Quizá está.

Lo encontré sin buscarlo. Retrocedí unas cuantas centenas de páginas porque me di cuenta de que no recordaba ni una palabra de lo que había leído en los últimos días. Ahora estoy otra vez en 1933. En noviembre de ese año se publicó la novela de Norah Lange, 45 días y 30 marineros. Borges sobrevivió, aunque fue una puñalada bien apuntada. Uno de los personajes se llamaba Stevenson. En la figura antipática de ese solterón bibliófilo, fanfarrón de sus antepasados, todos lo reconocieron. Y lo escribió Norah Lange, la gran Ella. Mejor dejemos eso…

Me aburre esta biografía. Habría sido mejor tener las obras completas. En vez de una acumulación de datos, ahora preferiría leer un cuento. Tal vez “Las ruinas circulares”, o “El espejo y la máscara”. Pero eso es imposible. Aun así, tengo que escribir algo; así también pasa el tiempo. Podría escribir un cuento. ¿Y si reescribiera alguno de sus cuentos, tal como me salga? ¡Ah! Saldría una monstruosidad. ¿Y si intentara escribirlo palabra por palabra, como uno de sus héroes, Pierre Menard, que reescribió letra por letra el Don Quijote entero? No lo copió simplemente: luchó con cada párrafo, cada línea, cada palabra, cada letra. Al hacer que el libro de Cervantes y el de Menard sean idénticos, sugiere que cualquier escritor puede ser reemplazado por otro que, si se le da tiempo suficiente, puede escribir o reescribir cualquier obra. Menard se metió en la piel de Cervantes y, de algún modo, se disolvió en él, se identificó con él. Claro que esto es ficción, y quizá suena demasiado complicado dicho así, pero si pienso en las distintas técnicas de sugestión, tal vez haya algo ahí.

Con pintores ya se experimentó. A sujetos que, de hecho, tenían talento, se les hipnotizó haciéndoles creer que eran idénticos a Van Gogh o a Rembrandt, y como resultado crearon cuadros en el estilo de Van Gogh o de Rembrandt. ¿Quién sabe? Tal vez así nacieron esas pinturas cuya autenticidad se discutió durante décadas. ¿Y si ese fuera el secreto de las falsificaciones realmente excelentes? ¿Podría aplicarse esa técnica también a la escritura? No lo sé. Tal vez lo intente. Al fin y al cabo, tiempo me sobra.

Apago la lámpara. Es la última bombilla que queda. Las demás se quemaron: no soportaron las oscilaciones de tensión. ¿Qué haré si esta también se quema y ya no puedo ni leer ni escribir?

Todavía no junté las latas.

Otra vez. La muerte siega.

Soñé. Con ese mundo de afuera. Era de colores, panorámico y ruidoso, como una vieja película de terror de Hollywood. No quiero pensarlo.

Mejor escribo. Ayer formulé en mi cabeza la primera frase. Todavía estoy pensando el título. Y también el nombre del autor. Aún no decidí quién lo va a escribir: ¿yo o Borges? Creo que se lo dejaré a él. ¿Me oyes, Borges? ¡Prepárate! Ahora viene el gran experimento.

Empiezo con las técnicas más simples. Primero, la autosugestión pura. Me acuesto boca arriba, me estiro y respiro hondo, lento, y luego exhalo lento, al mismo ritmo. Mientras tanto me sugiero: «Yo soy Borges. Yo… soy… Borges». ¡Alto! Así no sirve. Me duermo enseguida y no logro nada.

¡Mejor la telepatía! Para establecer un vínculo telepático hay que imaginar intensamente el rostro de la persona objetivo –mejor aún si se tiene una fotografía delante– y pensar en un hecho que provoque emoción, y luego desviar de golpe la atención hacia algo totalmente distinto, borrar los pensamientos anteriores. Se repite hasta que se establece la conexión. A otros les funcionó una vez en un millón; a mí, una de cada veinte seguro. Pero así sería unidireccional. Borges sentiría mi presencia –si yo no fuera demasiado escéptico–, pero el objetivo no es ese, sino que yo entienda sus pensamientos.

Desesperanzador. Lo que quiero se parece más a lo que buscaban los místicos. Porque, ¿qué querían ellos? Alguna forma de identificación con Dios. Los sufíes hasta definieron las etapas: la primera es la conexión, que excluye la identificación entre el creyente y Dios; la segunda, la identificación, donde sus naturalezas se unen; y la tercera, la inhabitación, donde el alma de Dios habita el alma purificada del místico.

Cuando le preguntaron a Al-Hallaj qué camino lleva a Dios, respondió: «Retira ambos pies: uno de la vida terrenal, el otro de la del más allá, y entonces estarás con Él».

Es difícil interpretar esas palabras, pero en mi situación puedo aplicarlas. No estoy ni en la vida ni en el más allá, y…

Debajo de la orilla, debajo de la orilla. Otra vez este maldito teléfono… Ya sería hora de apagarlo. Me irrita cada vez más. Y además solo alimenta esperanzas vanas…

Hoy, por fin, escribí la primera línea:

«Se dice que emergió de algún sarcófago ruinoso de un reactor nuclear».

(Eso lo escribí yo, no Borges.)

Iba a continuar citando la opinión de un académico a quien, como no recordaba su nombre, en mi cabeza llamé D. H. Mayer. Iba a decir algo así como que lo ocurrido era una burla a la concepción física del mundo elaborada durante cuatro mil años.

Pero no lo escribí. Tiré la lapicera detrás de la mesa. Habría arrancado la hoja, pero no cedió. Al final solo pasé una página del cuaderno, y ahora la hoja en blanco reluce sobre la mesa. Y la lámpara está encendida. ¡Debería apagarla! Y los tres cuervos siguen segando, segando…

¿Qué pasó? ¿Habré soñado algo? ¿Otra vez el teléfono? No. Está oscuro, no brilla. Hay un silencio raro. ¿Me quedé sordo? No. ¡Se detuvo el estruendo de afuera! ¡Claro! Seguro me desperté por eso. Leí en algún lado que, a fines del siglo XIX, una noche en que el Niágara se congeló, los vecinos se despertaron todos. Decían que se sobresaltaron porque había caído un silencio espantoso. De verdad hay silencio. Pero creo oír un rasguño. Viene de abajo. Debe de ser el sonido de alguna máquina; hasta ahora lo tapaba el estruendo de afuera.

¿Debería mirar qué hay afuera? No. ¡Eso no! Cuando llegue el momento, cuando ya no me quede otra. Además, tengo que escribir.

¡Esto no puede ser! La lámpara no está encendida. La dejé prendida. Se descargaron las baterías. ¿Y si se arruinaron? Entonces se acerca el final.

De verdad estoy como decía Al-Hallaj: ya retiré un pie del más allá y el otro ya lo saqué de este. Suena bastante confuso. El cabalista Luria hablaba también de una contracción. Según él, Dios se contrajo antes de la creación para dejar lugar al mundo creado. Borges cita a Luria en algún sitio. ¿En cuál? En su ensayo sobre Fitzgerald.

Supone que mientras Fitzgerald traducía el Rubaiyat, el alma de Omar Jayyam se instaló en la suya, porque según Luria «el alma de un muerto puede habitar el alma de otro hombre desgraciado para ayudarlo».

Qué gracioso.

Borges, Borges.

A mí también me vendría bien un poco de ayuda. ¿Me oyes? ¡Ya sería hora de que hablaras! ¡Envía un mensaje! ¡Envía algo de una vez! Por más que te escondas ahí en la eternidad, tarde o temprano igual te voy a invocar. ¡Ya vas a ver! Se me va a ocurrir algo.

La bruja de Endor invocó el espíritu del profeta Samuel. Claro que eso ya sería nigromancia, y los antiguos sostenían que para eso hace falta sangre. Sangre y crueldad. Ericto, la bruja tesalia, le cortó la garganta a un cadáver, le clavó un gancho en el cuerpo y lo arrastró a su cueva, donde, por sus prácticas horrendas, el muerto habló una vez más, por última vez. Pero todas esas atrocidades, reales o supuestas, parecen juegos de jardín de infantes comparadas con la pesadilla de afuera, forjada por la realidad.

Leo la vida de Borges. Vuelvo una y otra vez unas páginas atrás, como si quisiera retrasar aquello de lo que hace tiempo estoy seguro: lo inevitable. Eso que yo llamo búnker no es más que un cobertizo de hormigón en las afueras de una ciudad pequeña de otro tiempo, en el límite entre una realidad irreconocible y una ficción mal formulada.

Las líneas se me mezclan delante de los ojos; me duermo, me sobresalto, me arrastro hasta la cama. Me quedo un rato recostado sobre el lado izquierdo y, cuando el corazón empieza a punzar, me doy vuelta boca arriba y me estiro. El calor me cae encima, me ahoga; una gota de sudor me recorre la frente, haciéndome cosquillas. Fuerzo la mente para pensar en Borges y no en aquello de lo que me separan tres puertas de hierro herméticas. Repaso una por una las fotos en blanco y negro, y mi cerebro se queda pegado en la última: su tumba. Imagino la piedra gris, arriba la inscripción JORGE LUIS BORGES, abajo los años: 1899–1986. Sé que entre esos datos hay un grabado; lo miro, ciego. Al principio me parece que es el rostro de Borges, pero luego la imagen se aclara y reconozco que es una copia de un motivo heráldico en inglés antiguo: muestra siete guerreros, tres de los cuales alzan una espada rota. Debajo hay una cita que creo que está en español y ni intento leer, pero cuando me acerco la puedo deletrear: «… and ne forhtedon na». No sé en qué lengua está, pero siento lo que significa: «… ¡y no temáis!». Rodeo despacio la tumba, observo el barco vikingo del reverso, pero ya no me esfuerzo por descifrar la inscripción. Tengo otra cosa que hacer. Debo escribir.

Releo y, mientras lo hago, espero en secreto que esas líneas me las haya dictado Borges desde la extratemporalidad, porque solo podría conocer esos datos si hubiera terminado de leer el libro. Y entonces ya está muy cerca la…

Vuelvo apurado al cuaderno, hasta esa primera frase que ya escribí una vez. Empiezo a copiarla debajo de las demás:

Se dice que emergió de algún sarcófago ruinoso de un reactor nuclear…

¡Pa-papa pam! ¡Pa-papa pam! Suena el teléfono. ¿Dónde está? Lo dejé junto a la almohada, en la cama. Si suena una vez más, lo apago. Me desconcentró por completo. Así nunca voy a escribir la historia de esas últimas horas. Ahora tengo que empezar de nuevo. ¡Volvamos a la cama!

Me estiro; la manta arrugada me presiona la espalda. Me levanto, la aliso a oscuras. Palpo el teléfono y lo apago. Tal vez esta sea mi última oportunidad. Ahora tengo que hacerlo, cueste lo que cueste. Me acuesto otra vez. Intento concentrarme en una foto de Borges, pero algo me perturba. Como si la cama vibrara debajo de mí, y como si oyera un ruido lejano. Seguro viene de abajo. ¿O de afuera? ¿A quién le importa?

No sé cómo empezar. Todas las técnicas de identificación se basan en ejercicios parecidos. Da lo mismo si pienso en los métodos de los yoguis, los cabalistas, los sufíes o los monjes del Sinaí: todos se apoyan en una frase repetida hasta el infinito y en ejercicios de respiración. Los monjes repetían la “oración de Jesús” –«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí»– igual que los budistas repiten «Om mani padme hum», o los místicos judíos las letras del nombre secreto de Dios. Lo demás depende de la respiración.

¿Me oyes, Borges? ¡Ten piedad de mí! Borges, ten piedad de mí. ¿Me oyes? ¡Be! ¡O! ¡Ere! ¡Ge! ¡E! ¡Ese…!

Golpean la puerta más interior. No la abro. ¡No puedo abrirla! Tengo que terminar lo que empecé. Solo faltan unas líneas…

 

Biblioteca Galáctica

Desde el hexágono vacío (que no contiene libros, solo un esqueleto humano visible para todos, pero incorpóreo), se encuentra el libro 24 en el estante 8, hexágono 1899, piso 18, sector 344.

Supuestamente hay un facsímil en el hexágono 1986, piso 19, sector 9621: el libro 14 en el estante 6.

(Eso es todo lo que dice. Las otras cuatrocientas tres páginas están en blanco. La interpretación de los símbolos es controvertida).

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

LA SEGUNDA SEMANA DE CUARENTENA

Gareth D. Jones

 

Lunes

 

Grilt y Sly yacían sobre roca quebrada en lo alto de una pendiente escabrosa, mientras la tibia brisa de la mañana temprana recorría sus cueros cabelludos desnudos. A sus espaldas se extendían crestas desoladas que conducían a una llanura seca y a una existencia dura, de subsistencia. Frente a ellos, el otro lado de la ladera descendía abruptamente: la roca afilada se transformaba en hierba y luego se inclinaba suavemente hacia un valle verde y acogedor, con un pequeño pueblo enclavado entre arroyos y bosquecillos de robles.

—Ahí viene Randal —dijo Grilt. Era una de las principales expertas en el Pueblo y había pasado buena parte de su vida estudiándolo—. Todos los lunes, como un reloj.

Un pequeño coche azul de cinco puertas avanzó por la carretera principal que salía del pueblo y se detuvo donde se habían levantado barreras de madera y un coche de policía cruzaba la calzada. Una figura vestida de azul descendió del vehículo policial.

—Esa es la agente Fletcher, la esposa de Randal —dijo Sly.

—Tienes razón.

Grilt le dio una palmada en el brazo con una mano en forma de aleta.

Un hombre alto –Randal– se desplegó desde el asiento delantero del coche azul y se acercó a la policía. Hablaron durante unos minutos, se abrazaron brevemente y luego Randal volvió a marcharse en el coche. La agente Fletcher rodeó el vehículo, se apoyó unos minutos en la barrera y después regresó a su patrulla.

—¿Qué dicen? —preguntó Sly, parpadeando con su único ojo.

—No tenemos todas las palabras, porque no siempre están en el ángulo adecuado para verles los labios, pero más o menos él dice: “Te he echado de menos esta mañana”, y ella responde: “Lo sé, pero la cuarentena no durará mucho y volveré a los turnos de día”. Hablan de la cena de esta noche; él dice: “Te veré pronto”, y ella: “Cuídate”.

—No parece muy importante —dijo Sly.

—No sabemos qué es importante —replicó Grilt con severidad—. Ya no tenemos los prismáticos ni los dispositivos de escucha que solíamos usar, pero aun así podríamos aprender algo que nos ayude a poner fin a esto.

Se acomodaron para otro día de observación, añorando los tiempos en que podían entrar en el valle sin ser aniquilados por las IA protectoras del pueblo y su biotecnología militarizada.

 

Martes

 

Randal sorbía el té ruidosamente mientras recorría sin mucho interés una hoja de cálculo exageradamente grande, picando de vez en cuando una celda flotante con un dedo delgado. Tras los primeros días de inquietud, la gente se había calmado y ahora, en la segunda semana de cuarentena, la mayoría de los habitantes del pueblo había vuelto a sus rutinas habituales, deseando que el tiempo pasara hasta que retiraran de nuevo las barreras.

—Estoy segura de que ya he hecho esto antes —murmuró Esther desde el escritorio contiguo.

—Conozco esa sensación —dijo Randal. Replegó la pantalla virtual hasta su proyector y estiró el brazo.

—No —dijo Esther—. Me refiero a este informe semanal. Estoy segura de que ya lo entregué.

—El de la semana pasada probablemente era igual.

Esther frunció el ceño y se frotó la frente con el pulgar y el dedo medio.

—La mayoría de las semanas sí, son prácticamente iguales.

Abrió los ojos y volvió a frotarse la frente, como si de repente fuera consciente de las arrugas—. Pero el informe de esta semana es un desastre, teniendo en cuenta el caos en el que estábamos.

—Déjà vu —sentenció Randal, apurando el resto de su té.

—Tal vez —dijo Esther, y volvió a fruncir el ceño.

 

Miércoles

 

Randal volvió a despertarse solo, pero Rhian le había pedido que dejara de visitarla en la barrera; debía seguir su rutina normal, como había dicho el alcalde. Se afeitó con movimientos rítmicos y se cortó el labio superior. Cuando terminó y se lavó la cara, la herida ya había dejado de sangrar. La biotecnología se ocupaba de las lesiones leves y de la mayoría de las enfermedades. La biotecnología domesticada. Fuera del valle, algo había ocurrido relacionado con la biotecnología. Los detalles se mantenían en secreto; las noticias eran sorprendentemente escasas en especificaciones. Su pueblo era una de varias comunidades experimentales biointegradas y había sido puesto en cuarentena a raíz de problemas surgidos en otros lugares. Se miró al espejo y se preguntó qué podría hacer la biotecnología con los pocos cabellos grises que empezaban a aparecerle en las sienes.

Se vistió despacio, sin demasiado entusiasmo ante otro día embrutecedor en la oficina. Mejor que quedarse en casa preocupado por la cuarentena. Mejor que pasarse el día entero en la barrera, como su pobre esposa. Su trabajo era, en realidad, solo una fachada. Más allá de la cresta del valle era donde, según se decía, el ejército había establecido la verdadera cuarentena. Nadie podía llegar hasta allí para comprobarlo.

Se preparó una taza de té y se quedó quieto al devolver la leche al frigorífico. La botella parecía haber durado días.

 

Jueves

 

En el calor familiar del pub, Randal estaba sentado mascando maníes de una bolsita mientras Guy iba a por otra ronda. Rhian dormía; su ciclo de sueño estaba completamente desfasado. Era temprano al atardecer, pero ya se habían bebido un par de pintas cada uno. Baz hacía girar un posavasos con destreza, mientras Smitty sacaba restos compactados de patatas fritas de sus molares.

—Vamos a ver la barrera —dijo Baz, asintiendo hacia Guy mientras este dejaba cuatro pintas de cerveza amarga sobre la mesa, derramando un poco de cada una sobre la madera oscura y brillante.

—Seguro que a Rhian le alegrará verlos —dijo Randal con solemnidad.

—No. —Baz bajó la voz—. La barrera del ejército. Solo para… ya sabes, mirar.

—No dejarán que se acerquen —dijo Smitty, observando algo vagamente crujiente en la punta de su dedo—. No los dejarán acercarse —repitió.

Se metió el dedo en la boca y chupó.

—Iremos esta noche, cuando esté oscuro —dijo Baz.

—¿Eso no hará que sea más difícil ver algo? —preguntó Randal.

—Ja —dijo Baz.

—No se lo dirás a Rhian, ¿verdad? —preguntó Guy.

—No —suspiró Randal—. No se lo diré a Rhian.

Se echó otro maní a la boca.

 

Viernes

 

—Mi cabeza no está bien —dijo Esther.

La mitad del personal no había acudido a trabajar, por ser viernes y el final de la segunda semana de cuarentena. Todos estaban en el centro del pueblo, en una protesta tibia mezclada con fiesta callejera frente al ayuntamiento. Había empezado a lloviznar poco después de comer, así que Randal se alegró de no haber ido. Pobre Rhian, atrapada junto a la barrera.

—Es solo esta sensación rara… como si algo estuviera manipulando mi cerebro.

—Ajá.

Randal ordenó los objetos de su escritorio: una placa por diez años de servicio, un pisapapeles de peltre –aunque no tenía papel– y un cubo de Rubik que se resolvía solo y cambiaba constantemente de colores para derrotarse a sí mismo.

—Hablo en serio —dijo Esther—. Siento que algo me está tocando la cabeza.

—Deberías hacer que revisen tu biotecnología —dijo Randal—. Puede que necesite calibración. —Movió ligeramente el pisapapeles—. O puede que se haya descontrolado.

Como decían algunos periodistas especializados que había ocurrido en otros sitios.

—Gracias, qué alentador.

Esther se levantó.

—Me voy a casa —dijo.

Randal miró la oficina vacía y se preguntó cuántos volverían a trabajar la semana siguiente.

 

Sábado

 

Rhian volvía a trabajar, así que Randal no se sintió culpable por escaparse al pub para una pinta rápida a la hora de comer. Sus tres compañeros habituales estaban allí, como no podía ser de otro modo.

—¿Cómo fue la expedición? —preguntó.

Baz resopló con fuerza.

—Un desastre —dijo Smitty, pronunciando cada sílaba con claridad.

—Tampoco fue un desastre —dijo Guy—. Baz resbaló en la parte alta de la pendiente y se deslizó casi hasta abajo. Después de eso no pareció que valiera la pena seguir.

—¿Que no valía la pena? ¿No se suponía que era tu gran expedición?

Baz y Guy lo miraron con expresión perpleja, como si el plan hubiera sido idea suya.

—¿Has visto lo último? —Smitty sonrió con amargura—. Dicen que la cuarentena durará mucho más de lo que pensábamos. Dicen que la situación está fuera de control.

—Dicen muchas cosas.

Randal cuidó su pinta, preguntándose si deberían racionar la cerveza amarga o bebérsela toda antes de que alguien más lo hiciera y se acabara. Si el asedio realmente iba a continuar. Decidió pedir otra, por si acaso.

 

Domingo

 

Randal se despertó tarde por la mañana y se sorprendió gratamente al descubrir a Rhian durmiendo a su lado. No la había oído llegar a casa. Permaneció inmóvil un rato, escuchando el silencio, roto solo por su respiración suave.

Ella abrió los ojos.

—¿Es hora de levantarse?

—No hay prisa —dijo él—. Me gustan los domingos. Todo el tiempo del mundo.

 

Lunes

 

Randal condujo su pequeño coche azul hasta el límite del pueblo, hacia la barrera policial. En realidad era el coche de Rhian, por eso tenía que plegarse casi por la mitad para entrar o salir. Se detuvo y observó cómo Rhian bajaba de su patrulla, sonriendo para sí.

Se apeó con esfuerzo y se acercó a ella.

—Te he echado de menos esta mañana —dijo.

—Lo sé, pero la cuarentena no durará mucho y volveré a los turnos de día.

—¿Estarás en casa para cenar esta noche?

—Eso espero, pero puede que esté dormida cuando llegues.

Le dedicó su mejor sonrisa apesadumbrada y él la abrazó con fuerza.

—Te veré pronto.

—Cuídate —dijo ella.

Randal volvió al coche y regresó al pueblo, camino de la oficina. Era la segunda semana de cuarentena y el alcalde les había pedido a todos que siguieran con su vida normal siempre que fuera posible.

 

Lunes

 

—¿Cuántas veces has visto este día? —preguntó Sly. Se rascó la barbilla escamosa, uno de los muchos resultados de la biotecnología descontrolada que había conquistado casi todo el planeta. Excepto este enclave.

—He perdido la cuenta —dijo Grilt.

Algún día, esperaba, podrían acceder a la IA que controlaba la biotecnología y pedirle que les ayudara. Había quienes decían que eso no podría ocurrir, que la IA estaba atrapada en un bucle protector y que nunca pondría fin a la cuarentena.

—¿De verdad vamos a ver algo nuevo?

—Eso espero —dijo Grilt—. Casi todas las semanas, al menos uno de los habitantes del pueblo se da cuenta de que algo no va bien.

Eso era lo que las mantenía en marcha, a ella y a sus predecesores: observar cómo la misma semana se repetía una y otra vez en el pueblo. La IA controlaba la información que recibían los habitantes; todo intento de infiltración era respondido con una negación eficiente. La biotecnología mantenía sus cuerpos renovados y sus suministros llenos. También reiniciaba sus recuerdos cada semana. No tenían ni idea de que la segunda semana de cuarentena llevaba durando mil quinientos años. Pero algún día podrían saberlo.

Grilt observó a Sly con atención, sin estar segura de que tuviera la paciencia necesaria para el trabajo. Podía volverse muy repetitivo.

Una tibia brisa matinal recorrió su cuero cabelludo desnudo y volvió a mirar cómo la agente Fletcher regresaba a su coche. Otra vez.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

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