martes, 23 de diciembre de 2025

¿ME OYES, BORGES?

Bojtor Iván

 

Leo la vida de Borges. Sospecho que, para cuando llegue al final, yo también habré muerto.

La vida de Borges. Setecientas cuarenta páginas. Eso es lo que quedó del mundo.

La luz de la lámpara se atenúa. La apago. Tengo que esperar a que las baterías vuelvan a cargarse. Entre las latas de conserva tiradas por el suelo, voy trastabillando hasta la cama. Me meto la almohada bajo la cabeza y, boca arriba, me quedo mirando la oscuridad.

Llevo meses escondido aquí en esta ratonera. No me atrevo a salir. No quiero ver qué hay ahí fuera. Todavía no. Con el tiempo. Tal vez... Al final. ¿Qué me queda del espacio proclamado infinito? Un búnker. Seis metros de largo, cinco de ancho; su altura máxima quizá sea de dos metros y medio. No lo medí, ni tengo con qué. Debajo de mí hay otros dos niveles, pero el acceso está cubierto por una gruesa losa de hormigón, tan pesada que soy incapaz de moverla. En los primeros días oía ruidos ahí abajo, golpeaba con esperanza, por si alguien se hubiera escondido en las profundidades antes de que yo llegara. Pegando la oreja al hormigón, con el tiempo, identifiqué los sonidos: a veces chillaba el generador, otras burbujeaba el depurador de agua, otras siseaba el filtro de aire. ¿Y bien? Eso es todo sobre los ruidos de abajo. El estruendo que se oye desde afuera no ha cambiado en meses. Al principio ese rumor constante me molestaba muchísimo. A veces sentía como si sonara dentro de mi cabeza, pero ya me acostumbré.

Mi único entretenimiento es leer. Hace unos días, de golpe, se me ocurrió que debía escribir algo. Algo así como una carta de despedida. ¿Quién sabe? Tal vez la encuentre alguien, o algo. Aunque lo dudo. En mi mochila había un cuaderno. Busqué una página en blanco, la puse sobre la mesa, tomé la lapicera… y… y me quedé mirando, mirando la hoja cuadriculada. No se me ocurría nada. Me quedé un rato inclinado sobre el cuaderno y luego, desanimado, lo cerré y seguí leyendo. Seguí leyendo la vida de Borges.

El libro lo escribió un autor de nombre impronunciable. Algo como Amliwlison o Maliwilason. Es incomprensible que aquella mañana haya guardado justamente este. Ahora, claro, preferiría tener las obras completas de Borges, pero son cinco tomos, y este es uno solo; aunque por peso quizá daba lo mismo. También estaba el… el… Qué raro. Ese también trataba de Borges. Hm. Interesante. Entre dos mil libros elegí, por alguna razón, esos siete; y no soy un fanático de Borges. En aquel instante, solo siete libros tenían posibilidad de sobrevivir, y todos estaban vinculados con él de algún modo: o los había escrito él, o trataban sobre él.

En secreto todavía espero que, de todo ese cúmulo de cosas –podría decir incluso: de ese barullo metafísico– acerca del que Borges escribió, algunas existan. Una de ellas es la eternidad, o, como él la llamaba, la “extratemporalidad”, desde donde puede verse todo a la vez: pasado, presente y futuro. ¡Ah! Fantasmas. ¿O no? ¿Y si existiera? ¿Y si él está allí y ve todo este horror? Incluso podría estar mirándome justo a mí. Entonces seguro le gusta que el único libro que queda sea sobre él. ¿O estará ofendido porque no elegí uno de sus libros? No lo creo. Según él, de todos modos solo existía un Libro, que era el Universo, dictado por un único Autor que, de algún modo, era idéntico a todos los que alguna vez tomaron una pluma. ¡Pues sí! Eso ya es pasado. Porque el volumen que, cerrado, descansa sobre la mesa –le guste o no– es la última emanación de ese único Libro que él imaginó.

Si considero que, para él, todo escritor era idéntico a todos los escritores del mundo, entonces le da igual quién lo haya escrito: él o el de nombre impronunciable.

Claro que quizá le alegraría más si lo hubiera escrito alguno de sus favoritos: Homero, Dante o Stevenson; o Scott, o… ¡Bah! Yo digo que ahora ya da lo mismo quién haya escrito el último libro: Dickens, Dostoievski, Agatha Christie, Viktor Cholnoky o Margit Kafka. ¿Qué cambia? Nada.

Hace un calor insoportable. Estoy empapado. ¡Y ese zumbido! Como si otra vez sonara dentro de mi cabeza…

¿Y esto qué es? Debajo de la orilla, debajo de la orilla, tres cuervos siegan, tres cuervos siegan. ¡Ah! El teléfono. ¿Por qué habré puesto justamente esa melodía? Afuera es la muerte la que siega, no tres cuervos.

Me llegó un mensaje. No lo miro. No tiene sentido. Ya sé lo que dice:

«Si en diez días recarga 6000 forintos en su saldo, le damos un bono de 2000 forintos, válido por dos meses dentro de nuestra red».

Alguna máquina diligente y algún satélite idiota siguen funcionando en algún lado y, en momentos impredecibles, vuelven a mandar ese mensaje una y otra vez.

La primera semana pasé días llamando a todo tipo de números, conocidos y desconocidos. A veces sonaba… Pero nadie contestaba.

Usando la luz del teléfono como guía, voy tambaleándome hasta la mesa. Debí de dormir mucho, porque la lámpara está encendida a plena potencia.

Mis ojos se acostumbran despacio a la luz. Hojeo el libro. ¿Por dónde iba? Ni me acuerdo. En realidad, ni ganas tengo de leer. Me quedo mirando las fotografías en blanco y negro, misteriosamente tristes, de otro siglo: Borges y su hermana en 1908; Borges en 1924; el comité editorial de la revista Sur cuando empezó, en 1930 (Borges con un cigarrillo en la boca; ¡yo también prendería uno!); Borges y Adolfo Bioy Casares en 1942; Borges y María Kodama en algún lugar de Italia; la tumba de Borges.

Hm. La tumba de Borges. Al menos él tiene tumba. ¿O tenía? Quizá ya ni eso.

¿Me oyes, Borges? ¿Todavía tienes tu tumba? Ahí, en Ginebra. ¿La ves desde la eternidad?

¿De verdad podría estar allí? Lo dudo.

Debería escribir algo. ¿Pero qué? ¿Una carta de despedida? Ya lo intenté. Mejor alguna ficción en la que uno pueda perderse para no pensar en la realidad. Una novela. ¡Ah! No tendría paciencia. Un cuento o un ensayo. ¿Un cuento o un ensayo? O un ensayo-cuento. Algo… recién iba a decir “borgesiano”. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, ese género lo inventó él. O al menos eso sostuvo Bioy Casares. (Lo leí hace poco en el libro.) Él debería saberlo: era su amigo. ¡Entonces será un ensayo-cuento! ¿Qué hace falta? Un buen tema y unas cuantas docenas de citas pedantes. Citas exactas, creo, me van a faltar, porque solo tengo este libro. Y si empiezo a desenterrarlas de mi memoria, inevitablemente se meterán los recuerdos, y a ellos les temo más que a lo que sea que haya ahí afuera. Claro que podría inventarme algunos autores, griegos y romanos. Creo que podría. Empiezo:

Andrónikos de Samos. O…

Eumolpos de Tíno, cuya obra principal: El jardín de los dioses.

O podría ser un santo cristiano, por ejemplo: San Taminos. Él habría escrito La vigilia nocturna. O un mártir: San… San… ¡Bah! No tiene sentido.

Si este libro está aquí, ¿por qué no citarlo? ¿Por qué no? Porque entonces también lo que escriba sería sobre Borges. ¡No, por favor! ¿Otra vez? Hace meses que aquí todo gira en torno a Borges. ¿Me oyes, Borges? ¿Me oyes? ¡Me estás volviendo loco!

¡Mira! Hasta la lámpara se atenúa. Se terminó. ¡Volvamos a la cama!

¡Maldita sea! Ya tendría que haber juntado esas latas. Casi me quiebro el tobillo.

No debería escribir sobre Borges, sino sobre ese único autor que es idéntico a Borges, a Stevenson, al innombrable o al Eumolpos de Tíno que acabo de inventar.

Borges y Stevenson… Stevenson y Borges… Esa identidad, por alguna razón, no se me va de la cabeza. Tal vez leí algo sobre eso. Seguro que no lo inventé yo. Lo buscaré en el libro. Quizá está.

Lo encontré sin buscarlo. Retrocedí unas cuantas centenas de páginas porque me di cuenta de que no recordaba ni una palabra de lo que había leído en los últimos días. Ahora estoy otra vez en 1933. En noviembre de ese año se publicó la novela de Norah Lange, 45 días y 30 marineros. Borges sobrevivió, aunque fue una puñalada bien apuntada. Uno de los personajes se llamaba Stevenson. En la figura antipática de ese solterón bibliófilo, fanfarrón de sus antepasados, todos lo reconocieron. Y lo escribió Norah Lange, la gran Ella. Mejor dejemos eso…

Me aburre esta biografía. Habría sido mejor tener las obras completas. En vez de una acumulación de datos, ahora preferiría leer un cuento. Tal vez “Las ruinas circulares”, o “El espejo y la máscara”. Pero eso es imposible. Aun así, tengo que escribir algo; así también pasa el tiempo. Podría escribir un cuento. ¿Y si reescribiera alguno de sus cuentos, tal como me salga? ¡Ah! Saldría una monstruosidad. ¿Y si intentara escribirlo palabra por palabra, como uno de sus héroes, Pierre Menard, que reescribió letra por letra el Don Quijote entero? No lo copió simplemente: luchó con cada párrafo, cada línea, cada palabra, cada letra. Al hacer que el libro de Cervantes y el de Menard sean idénticos, sugiere que cualquier escritor puede ser reemplazado por otro que, si se le da tiempo suficiente, puede escribir o reescribir cualquier obra. Menard se metió en la piel de Cervantes y, de algún modo, se disolvió en él, se identificó con él. Claro que esto es ficción, y quizá suena demasiado complicado dicho así, pero si pienso en las distintas técnicas de sugestión, tal vez haya algo ahí.

Con pintores ya se experimentó. A sujetos que, de hecho, tenían talento, se les hipnotizó haciéndoles creer que eran idénticos a Van Gogh o a Rembrandt, y como resultado crearon cuadros en el estilo de Van Gogh o de Rembrandt. ¿Quién sabe? Tal vez así nacieron esas pinturas cuya autenticidad se discutió durante décadas. ¿Y si ese fuera el secreto de las falsificaciones realmente excelentes? ¿Podría aplicarse esa técnica también a la escritura? No lo sé. Tal vez lo intente. Al fin y al cabo, tiempo me sobra.

Apago la lámpara. Es la última bombilla que queda. Las demás se quemaron: no soportaron las oscilaciones de tensión. ¿Qué haré si esta también se quema y ya no puedo ni leer ni escribir?

Todavía no junté las latas.

Otra vez. La muerte siega.

Soñé. Con ese mundo de afuera. Era de colores, panorámico y ruidoso, como una vieja película de terror de Hollywood. No quiero pensarlo.

Mejor escribo. Ayer formulé en mi cabeza la primera frase. Todavía estoy pensando el título. Y también el nombre del autor. Aún no decidí quién lo va a escribir: ¿yo o Borges? Creo que se lo dejaré a él. ¿Me oyes, Borges? ¡Prepárate! Ahora viene el gran experimento.

Empiezo con las técnicas más simples. Primero, la autosugestión pura. Me acuesto boca arriba, me estiro y respiro hondo, lento, y luego exhalo lento, al mismo ritmo. Mientras tanto me sugiero: «Yo soy Borges. Yo… soy… Borges». ¡Alto! Así no sirve. Me duermo enseguida y no logro nada.

¡Mejor la telepatía! Para establecer un vínculo telepático hay que imaginar intensamente el rostro de la persona objetivo –mejor aún si se tiene una fotografía delante– y pensar en un hecho que provoque emoción, y luego desviar de golpe la atención hacia algo totalmente distinto, borrar los pensamientos anteriores. Se repite hasta que se establece la conexión. A otros les funcionó una vez en un millón; a mí, una de cada veinte seguro. Pero así sería unidireccional. Borges sentiría mi presencia –si yo no fuera demasiado escéptico–, pero el objetivo no es ese, sino que yo entienda sus pensamientos.

Desesperanzador. Lo que quiero se parece más a lo que buscaban los místicos. Porque, ¿qué querían ellos? Alguna forma de identificación con Dios. Los sufíes hasta definieron las etapas: la primera es la conexión, que excluye la identificación entre el creyente y Dios; la segunda, la identificación, donde sus naturalezas se unen; y la tercera, la inhabitación, donde el alma de Dios habita el alma purificada del místico.

Cuando le preguntaron a Al-Hallaj qué camino lleva a Dios, respondió: «Retira ambos pies: uno de la vida terrenal, el otro de la del más allá, y entonces estarás con Él».

Es difícil interpretar esas palabras, pero en mi situación puedo aplicarlas. No estoy ni en la vida ni en el más allá, y…

Debajo de la orilla, debajo de la orilla. Otra vez este maldito teléfono… Ya sería hora de apagarlo. Me irrita cada vez más. Y además solo alimenta esperanzas vanas…

Hoy, por fin, escribí la primera línea:

«Se dice que emergió de algún sarcófago ruinoso de un reactor nuclear».

(Eso lo escribí yo, no Borges.)

Iba a continuar citando la opinión de un académico a quien, como no recordaba su nombre, en mi cabeza llamé D. H. Mayer. Iba a decir algo así como que lo ocurrido era una burla a la concepción física del mundo elaborada durante cuatro mil años.

Pero no lo escribí. Tiré la lapicera detrás de la mesa. Habría arrancado la hoja, pero no cedió. Al final solo pasé una página del cuaderno, y ahora la hoja en blanco reluce sobre la mesa. Y la lámpara está encendida. ¡Debería apagarla! Y los tres cuervos siguen segando, segando…

¿Qué pasó? ¿Habré soñado algo? ¿Otra vez el teléfono? No. Está oscuro, no brilla. Hay un silencio raro. ¿Me quedé sordo? No. ¡Se detuvo el estruendo de afuera! ¡Claro! Seguro me desperté por eso. Leí en algún lado que, a fines del siglo XIX, una noche en que el Niágara se congeló, los vecinos se despertaron todos. Decían que se sobresaltaron porque había caído un silencio espantoso. De verdad hay silencio. Pero creo oír un rasguño. Viene de abajo. Debe de ser el sonido de alguna máquina; hasta ahora lo tapaba el estruendo de afuera.

¿Debería mirar qué hay afuera? No. ¡Eso no! Cuando llegue el momento, cuando ya no me quede otra. Además, tengo que escribir.

¡Esto no puede ser! La lámpara no está encendida. La dejé prendida. Se descargaron las baterías. ¿Y si se arruinaron? Entonces se acerca el final.

De verdad estoy como decía Al-Hallaj: ya retiré un pie del más allá y el otro ya lo saqué de este. Suena bastante confuso. El cabalista Luria hablaba también de una contracción. Según él, Dios se contrajo antes de la creación para dejar lugar al mundo creado. Borges cita a Luria en algún sitio. ¿En cuál? En su ensayo sobre Fitzgerald.

Supone que mientras Fitzgerald traducía el Rubaiyat, el alma de Omar Jayyam se instaló en la suya, porque según Luria «el alma de un muerto puede habitar el alma de otro hombre desgraciado para ayudarlo».

Qué gracioso.

Borges, Borges.

A mí también me vendría bien un poco de ayuda. ¿Me oyes? ¡Ya sería hora de que hablaras! ¡Envía un mensaje! ¡Envía algo de una vez! Por más que te escondas ahí en la eternidad, tarde o temprano igual te voy a invocar. ¡Ya vas a ver! Se me va a ocurrir algo.

La bruja de Endor invocó el espíritu del profeta Samuel. Claro que eso ya sería nigromancia, y los antiguos sostenían que para eso hace falta sangre. Sangre y crueldad. Ericto, la bruja tesalia, le cortó la garganta a un cadáver, le clavó un gancho en el cuerpo y lo arrastró a su cueva, donde, por sus prácticas horrendas, el muerto habló una vez más, por última vez. Pero todas esas atrocidades, reales o supuestas, parecen juegos de jardín de infantes comparadas con la pesadilla de afuera, forjada por la realidad.

Leo la vida de Borges. Vuelvo una y otra vez unas páginas atrás, como si quisiera retrasar aquello de lo que hace tiempo estoy seguro: lo inevitable. Eso que yo llamo búnker no es más que un cobertizo de hormigón en las afueras de una ciudad pequeña de otro tiempo, en el límite entre una realidad irreconocible y una ficción mal formulada.

Las líneas se me mezclan delante de los ojos; me duermo, me sobresalto, me arrastro hasta la cama. Me quedo un rato recostado sobre el lado izquierdo y, cuando el corazón empieza a punzar, me doy vuelta boca arriba y me estiro. El calor me cae encima, me ahoga; una gota de sudor me recorre la frente, haciéndome cosquillas. Fuerzo la mente para pensar en Borges y no en aquello de lo que me separan tres puertas de hierro herméticas. Repaso una por una las fotos en blanco y negro, y mi cerebro se queda pegado en la última: su tumba. Imagino la piedra gris, arriba la inscripción JORGE LUIS BORGES, abajo los años: 1899–1986. Sé que entre esos datos hay un grabado; lo miro, ciego. Al principio me parece que es el rostro de Borges, pero luego la imagen se aclara y reconozco que es una copia de un motivo heráldico en inglés antiguo: muestra siete guerreros, tres de los cuales alzan una espada rota. Debajo hay una cita que creo que está en español y ni intento leer, pero cuando me acerco la puedo deletrear: «… and ne forhtedon na». No sé en qué lengua está, pero siento lo que significa: «… ¡y no temáis!». Rodeo despacio la tumba, observo el barco vikingo del reverso, pero ya no me esfuerzo por descifrar la inscripción. Tengo otra cosa que hacer. Debo escribir.

Releo y, mientras lo hago, espero en secreto que esas líneas me las haya dictado Borges desde la extratemporalidad, porque solo podría conocer esos datos si hubiera terminado de leer el libro. Y entonces ya está muy cerca la…

Vuelvo apurado al cuaderno, hasta esa primera frase que ya escribí una vez. Empiezo a copiarla debajo de las demás:

Se dice que emergió de algún sarcófago ruinoso de un reactor nuclear…

¡Pa-papa pam! ¡Pa-papa pam! Suena el teléfono. ¿Dónde está? Lo dejé junto a la almohada, en la cama. Si suena una vez más, lo apago. Me desconcentró por completo. Así nunca voy a escribir la historia de esas últimas horas. Ahora tengo que empezar de nuevo. ¡Volvamos a la cama!

Me estiro; la manta arrugada me presiona la espalda. Me levanto, la aliso a oscuras. Palpo el teléfono y lo apago. Tal vez esta sea mi última oportunidad. Ahora tengo que hacerlo, cueste lo que cueste. Me acuesto otra vez. Intento concentrarme en una foto de Borges, pero algo me perturba. Como si la cama vibrara debajo de mí, y como si oyera un ruido lejano. Seguro viene de abajo. ¿O de afuera? ¿A quién le importa?

No sé cómo empezar. Todas las técnicas de identificación se basan en ejercicios parecidos. Da lo mismo si pienso en los métodos de los yoguis, los cabalistas, los sufíes o los monjes del Sinaí: todos se apoyan en una frase repetida hasta el infinito y en ejercicios de respiración. Los monjes repetían la “oración de Jesús” –«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí»– igual que los budistas repiten «Om mani padme hum», o los místicos judíos las letras del nombre secreto de Dios. Lo demás depende de la respiración.

¿Me oyes, Borges? ¡Ten piedad de mí! Borges, ten piedad de mí. ¿Me oyes? ¡Be! ¡O! ¡Ere! ¡Ge! ¡E! ¡Ese…!

Golpean la puerta más interior. No la abro. ¡No puedo abrirla! Tengo que terminar lo que empecé. Solo faltan unas líneas…

 

Biblioteca Galáctica

Desde el hexágono vacío (que no contiene libros, solo un esqueleto humano visible para todos, pero incorpóreo), se encuentra el libro 24 en el estante 8, hexágono 1899, piso 18, sector 344.

Supuestamente hay un facsímil en el hexágono 1986, piso 19, sector 9621: el libro 14 en el estante 6.

(Eso es todo lo que dice. Las otras cuatrocientas tres páginas están en blanco. La interpretación de los símbolos es controvertida).

Iván Bojtor nació en Szombathely, Hungría, en 1954; actualmente vive en Veszprém. Sus primeros artículos se publicaron en la antigua revista Ország-Világ. Fue el fundador del club de SF Kvark de Veszprém, que publicó su propio fanzine llamado PreVega, y después Kvark. Algunos de sus escritos se han incluido en GFK 300GFK 400 y en la antología Durchjáró 20. Sus relatos cortos se han publicado en la revista Castle Ucca Workshop, en el fanzine Black Aether, y sus artículos sobre los misterios de la historia han aparecido en la revista Incredible.

LA SEGUNDA SEMANA DE CUARENTENA

Gareth D. Jones

 

Lunes

 

Grilt y Sly yacían sobre roca quebrada en lo alto de una pendiente escabrosa, mientras la tibia brisa de la mañana temprana recorría sus cueros cabelludos desnudos. A sus espaldas se extendían crestas desoladas que conducían a una llanura seca y a una existencia dura, de subsistencia. Frente a ellos, el otro lado de la ladera descendía abruptamente: la roca afilada se transformaba en hierba y luego se inclinaba suavemente hacia un valle verde y acogedor, con un pequeño pueblo enclavado entre arroyos y bosquecillos de robles.

—Ahí viene Randal —dijo Grilt. Era una de las principales expertas en el Pueblo y había pasado buena parte de su vida estudiándolo—. Todos los lunes, como un reloj.

Un pequeño coche azul de cinco puertas avanzó por la carretera principal que salía del pueblo y se detuvo donde se habían levantado barreras de madera y un coche de policía cruzaba la calzada. Una figura vestida de azul descendió del vehículo policial.

—Esa es la agente Fletcher, la esposa de Randal —dijo Sly.

—Tienes razón.

Grilt le dio una palmada en el brazo con una mano en forma de aleta.

Un hombre alto –Randal– se desplegó desde el asiento delantero del coche azul y se acercó a la policía. Hablaron durante unos minutos, se abrazaron brevemente y luego Randal volvió a marcharse en el coche. La agente Fletcher rodeó el vehículo, se apoyó unos minutos en la barrera y después regresó a su patrulla.

—¿Qué dicen? —preguntó Sly, parpadeando con su único ojo.

—No tenemos todas las palabras, porque no siempre están en el ángulo adecuado para verles los labios, pero más o menos él dice: “Te he echado de menos esta mañana”, y ella responde: “Lo sé, pero la cuarentena no durará mucho y volveré a los turnos de día”. Hablan de la cena de esta noche; él dice: “Te veré pronto”, y ella: “Cuídate”.

—No parece muy importante —dijo Sly.

—No sabemos qué es importante —replicó Grilt con severidad—. Ya no tenemos los prismáticos ni los dispositivos de escucha que solíamos usar, pero aun así podríamos aprender algo que nos ayude a poner fin a esto.

Se acomodaron para otro día de observación, añorando los tiempos en que podían entrar en el valle sin ser aniquilados por las IA protectoras del pueblo y su biotecnología militarizada.

 

Martes

 

Randal sorbía el té ruidosamente mientras recorría sin mucho interés una hoja de cálculo exageradamente grande, picando de vez en cuando una celda flotante con un dedo delgado. Tras los primeros días de inquietud, la gente se había calmado y ahora, en la segunda semana de cuarentena, la mayoría de los habitantes del pueblo había vuelto a sus rutinas habituales, deseando que el tiempo pasara hasta que retiraran de nuevo las barreras.

—Estoy segura de que ya he hecho esto antes —murmuró Esther desde el escritorio contiguo.

—Conozco esa sensación —dijo Randal. Replegó la pantalla virtual hasta su proyector y estiró el brazo.

—No —dijo Esther—. Me refiero a este informe semanal. Estoy segura de que ya lo entregué.

—El de la semana pasada probablemente era igual.

Esther frunció el ceño y se frotó la frente con el pulgar y el dedo medio.

—La mayoría de las semanas sí, son prácticamente iguales.

Abrió los ojos y volvió a frotarse la frente, como si de repente fuera consciente de las arrugas—. Pero el informe de esta semana es un desastre, teniendo en cuenta el caos en el que estábamos.

—Déjà vu —sentenció Randal, apurando el resto de su té.

—Tal vez —dijo Esther, y volvió a fruncir el ceño.

 

Miércoles

 

Randal volvió a despertarse solo, pero Rhian le había pedido que dejara de visitarla en la barrera; debía seguir su rutina normal, como había dicho el alcalde. Se afeitó con movimientos rítmicos y se cortó el labio superior. Cuando terminó y se lavó la cara, la herida ya había dejado de sangrar. La biotecnología se ocupaba de las lesiones leves y de la mayoría de las enfermedades. La biotecnología domesticada. Fuera del valle, algo había ocurrido relacionado con la biotecnología. Los detalles se mantenían en secreto; las noticias eran sorprendentemente escasas en especificaciones. Su pueblo era una de varias comunidades experimentales biointegradas y había sido puesto en cuarentena a raíz de problemas surgidos en otros lugares. Se miró al espejo y se preguntó qué podría hacer la biotecnología con los pocos cabellos grises que empezaban a aparecerle en las sienes.

Se vistió despacio, sin demasiado entusiasmo ante otro día embrutecedor en la oficina. Mejor que quedarse en casa preocupado por la cuarentena. Mejor que pasarse el día entero en la barrera, como su pobre esposa. Su trabajo era, en realidad, solo una fachada. Más allá de la cresta del valle era donde, según se decía, el ejército había establecido la verdadera cuarentena. Nadie podía llegar hasta allí para comprobarlo.

Se preparó una taza de té y se quedó quieto al devolver la leche al frigorífico. La botella parecía haber durado días.

 

Jueves

 

En el calor familiar del pub, Randal estaba sentado mascando maníes de una bolsita mientras Guy iba a por otra ronda. Rhian dormía; su ciclo de sueño estaba completamente desfasado. Era temprano al atardecer, pero ya se habían bebido un par de pintas cada uno. Baz hacía girar un posavasos con destreza, mientras Smitty sacaba restos compactados de patatas fritas de sus molares.

—Vamos a ver la barrera —dijo Baz, asintiendo hacia Guy mientras este dejaba cuatro pintas de cerveza amarga sobre la mesa, derramando un poco de cada una sobre la madera oscura y brillante.

—Seguro que a Rhian le alegrará verlos —dijo Randal con solemnidad.

—No. —Baz bajó la voz—. La barrera del ejército. Solo para… ya sabes, mirar.

—No dejarán que se acerquen —dijo Smitty, observando algo vagamente crujiente en la punta de su dedo—. No los dejarán acercarse —repitió.

Se metió el dedo en la boca y chupó.

—Iremos esta noche, cuando esté oscuro —dijo Baz.

—¿Eso no hará que sea más difícil ver algo? —preguntó Randal.

—Ja —dijo Baz.

—No se lo dirás a Rhian, ¿verdad? —preguntó Guy.

—No —suspiró Randal—. No se lo diré a Rhian.

Se echó otro maní a la boca.

 

Viernes

 

—Mi cabeza no está bien —dijo Esther.

La mitad del personal no había acudido a trabajar, por ser viernes y el final de la segunda semana de cuarentena. Todos estaban en el centro del pueblo, en una protesta tibia mezclada con fiesta callejera frente al ayuntamiento. Había empezado a lloviznar poco después de comer, así que Randal se alegró de no haber ido. Pobre Rhian, atrapada junto a la barrera.

—Es solo esta sensación rara… como si algo estuviera manipulando mi cerebro.

—Ajá.

Randal ordenó los objetos de su escritorio: una placa por diez años de servicio, un pisapapeles de peltre –aunque no tenía papel– y un cubo de Rubik que se resolvía solo y cambiaba constantemente de colores para derrotarse a sí mismo.

—Hablo en serio —dijo Esther—. Siento que algo me está tocando la cabeza.

—Deberías hacer que revisen tu biotecnología —dijo Randal—. Puede que necesite calibración. —Movió ligeramente el pisapapeles—. O puede que se haya descontrolado.

Como decían algunos periodistas especializados que había ocurrido en otros sitios.

—Gracias, qué alentador.

Esther se levantó.

—Me voy a casa —dijo.

Randal miró la oficina vacía y se preguntó cuántos volverían a trabajar la semana siguiente.

 

Sábado

 

Rhian volvía a trabajar, así que Randal no se sintió culpable por escaparse al pub para una pinta rápida a la hora de comer. Sus tres compañeros habituales estaban allí, como no podía ser de otro modo.

—¿Cómo fue la expedición? —preguntó.

Baz resopló con fuerza.

—Un desastre —dijo Smitty, pronunciando cada sílaba con claridad.

—Tampoco fue un desastre —dijo Guy—. Baz resbaló en la parte alta de la pendiente y se deslizó casi hasta abajo. Después de eso no pareció que valiera la pena seguir.

—¿Que no valía la pena? ¿No se suponía que era tu gran expedición?

Baz y Guy lo miraron con expresión perpleja, como si el plan hubiera sido idea suya.

—¿Has visto lo último? —Smitty sonrió con amargura—. Dicen que la cuarentena durará mucho más de lo que pensábamos. Dicen que la situación está fuera de control.

—Dicen muchas cosas.

Randal cuidó su pinta, preguntándose si deberían racionar la cerveza amarga o bebérsela toda antes de que alguien más lo hiciera y se acabara. Si el asedio realmente iba a continuar. Decidió pedir otra, por si acaso.

 

Domingo

 

Randal se despertó tarde por la mañana y se sorprendió gratamente al descubrir a Rhian durmiendo a su lado. No la había oído llegar a casa. Permaneció inmóvil un rato, escuchando el silencio, roto solo por su respiración suave.

Ella abrió los ojos.

—¿Es hora de levantarse?

—No hay prisa —dijo él—. Me gustan los domingos. Todo el tiempo del mundo.

 

Lunes

 

Randal condujo su pequeño coche azul hasta el límite del pueblo, hacia la barrera policial. En realidad era el coche de Rhian, por eso tenía que plegarse casi por la mitad para entrar o salir. Se detuvo y observó cómo Rhian bajaba de su patrulla, sonriendo para sí.

Se apeó con esfuerzo y se acercó a ella.

—Te he echado de menos esta mañana —dijo.

—Lo sé, pero la cuarentena no durará mucho y volveré a los turnos de día.

—¿Estarás en casa para cenar esta noche?

—Eso espero, pero puede que esté dormida cuando llegues.

Le dedicó su mejor sonrisa apesadumbrada y él la abrazó con fuerza.

—Te veré pronto.

—Cuídate —dijo ella.

Randal volvió al coche y regresó al pueblo, camino de la oficina. Era la segunda semana de cuarentena y el alcalde les había pedido a todos que siguieran con su vida normal siempre que fuera posible.

 

Lunes

 

—¿Cuántas veces has visto este día? —preguntó Sly. Se rascó la barbilla escamosa, uno de los muchos resultados de la biotecnología descontrolada que había conquistado casi todo el planeta. Excepto este enclave.

—He perdido la cuenta —dijo Grilt.

Algún día, esperaba, podrían acceder a la IA que controlaba la biotecnología y pedirle que les ayudara. Había quienes decían que eso no podría ocurrir, que la IA estaba atrapada en un bucle protector y que nunca pondría fin a la cuarentena.

—¿De verdad vamos a ver algo nuevo?

—Eso espero —dijo Grilt—. Casi todas las semanas, al menos uno de los habitantes del pueblo se da cuenta de que algo no va bien.

Eso era lo que las mantenía en marcha, a ella y a sus predecesores: observar cómo la misma semana se repetía una y otra vez en el pueblo. La IA controlaba la información que recibían los habitantes; todo intento de infiltración era respondido con una negación eficiente. La biotecnología mantenía sus cuerpos renovados y sus suministros llenos. También reiniciaba sus recuerdos cada semana. No tenían ni idea de que la segunda semana de cuarentena llevaba durando mil quinientos años. Pero algún día podrían saberlo.

Grilt observó a Sly con atención, sin estar segura de que tuviera la paciencia necesaria para el trabajo. Podía volverse muy repetitivo.

Una tibia brisa matinal recorrió su cuero cabelludo desnudo y volvió a mirar cómo la agente Fletcher regresaba a su coche. Otra vez.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

EL MANUSCRITO DE PISTORIUS

Tihomir Jovanović

 

—Se paga por adelantado —me dijo la casera. Era una mujer corpulenta, de amplias caderas, diría que no de parir hijos sino de pasar demasiado tiempo sentada y comiendo. De su barbilla sobresalían dos fuertes vellos. Pensé que podría habérselos arrancado antes de la llegada de un nuevo inquilino, simplemente para estar presentable.

—¿No confía en mí, señora? —Naturalmente, preferiría pagar a fin de mes, cuando me organizara y comprara todo lo necesario para continuar mis estudios.

—Ya me quemé la última vez. —Siguió hablando aún con un tono elevado, como si la rabia hacia el inquilino anterior se dirigiera ahora hacia mí, el futuro inquilino—. Y parecía tan decente, un hombre de mediana edad y encima sacerdote… quién lo diría.

—¿No le pagó? —pregunté, intrigado por lo que mi predecesor habría hecho.

—¡No! Simplemente desapareció sin pagar. Y yo que creía que era un señor fino, honesto, ¿verdad? Así deberían ser los sacerdotes. Nos predican una cosa y se comportan de otra manera.

—No diga eso, señora. —Intenté defender al que había vivido aquí antes que yo—. Quizá le ocurrió algo, algún accidente…

—El accidente lo va a tener en cuanto lo encuentre. —La casera se desahogó un poco, y luego se calmó, como si con aquellas palabras ya hubiera consumado su venganza.

A disgusto, metí la mano en el bolsillo y saqué la suma requerida para un mes por adelantado. Su ojo experto evaluó que la cantidad era correcta, así que guardó el dinero sin contarlo.

Por fin apartó su voluminoso cuerpo hacia un lado y me dejó paso hacia la escalera, hacia la parte alta de la casa donde se encontraban las habitaciones que me correspondían. Subí por los escalones crujientes de gruesas tablas.

La habitación daba al patio; la ventana estaba abierta y el viento traía olor a acacia y el canto de las aves. Una atmósfera agradable, como si no estuviera en la ciudad; ese era, al fin y al cabo, el principal motivo por el que había elegido esta pensión.

Dejé mi bolsa junto al escritorio y miré por la ventana. Sobre las copas de los árboles se elevaba la torre de la catedral de San Pablo. Eso me recordó al antiguo inquilino. Seguramente aquí la casera podría haberse informado sobre él. ¿Sería párroco en esa catedral o en otra? Simplemente no podía creer que alguien necesitara hacerse pasar por sacerdote para evitar pagar el alquiler.

Abrí el armario y saqué mis cosas de la bolsa para colocarlas en los estantes, y me sorprendió ver que aún había algo del inquilino anterior. Su bonete de tres picos, el cubrecabeza y la capa corta: parte de la vestimenta para oficiar misa. Moví sus cosas al estante inferior y coloqué mis camisas y sudaderas.

Lo siguiente era acomodar mis libros y cuadernos. El cajón del escritorio, junto a la ventana, era el lugar ideal. Lo abrí y metí la mano hasta el fondo para comprobar si estaba vacío. En lo más profundo, mis dedos tocaron algo parecido a una pequeña libreta de tapas duras.

Cuando la saqué, vi que en efecto era una libreta, muy antigua, con las tapas gastadas y envuelta en un paño parcialmente rasgado. Nunca había visto algo tan… arcaico. Me sentí como un arqueólogo que desentierra una moneda con el rostro de Adriano o de algún otro emperador romano. Abrí la libreta con cuidado, como temiendo que se deshiciera o que saltara de ella algún mal dormido…

Me sorprendí al observar las páginas amarillentas. Alguien había escrito sobre esos antiguos folios con bolígrafo. Parecería una profanación del papel si la letra no fuera tan legible, casi caligráfica, antigua, de esa forma en que escriben quienes acostumbran a dibujar cada letra…

Más curioso aún fue ver, en la parte superior de la primera página, una fecha: se trataba de un diario, y el primer día era el 28 de junio de 1789. Escrita con bolígrafo… hacía más de doscientos años.

Aquello exigía más atención y tiempo del que tenía en ese momento. Tenía que traer aún algunas cosas a mi nuevo alojamiento. Por si acaso, guardé la libreta en el bolsillo y bajé las escaleras. Allí, frente a la puerta, estaba la casera con las manos en las caderas. Había corrido desde su apartamento al oír el crujido de las escaleras, su alarma particular, que le avisaba si alguien subía o bajaba. ¡Cerbero! Tal vez sí me había equivocado al elegir este lugar… al menos por la casera.

—Voy por más cosas, vuelvo enseguida —dije antes de que me preguntara nada.

—Ah, bueno, ¿tienes hambre quizá? —Por fin había mostrado algo de buena voluntad y un gesto parecido a una sonrisa.

—No, gracias, he almorzado en la ciudad.

Fui al viejo apartamento, recogí el resto de la ropa y los libros y los llevé en tranvía, de pie junto a una barra y esperando inútilmente que alguien se apiadara de mi expresión fatigada y me cediera un asiento. Los mayores iban sentados leyendo el periódico, y cuando miraba hacia ellos veía las páginas de obituarios. Probablemente revisaban a quién no podrían invitar a tomar café mañana. Los jóvenes, en cambio, no dejaban de trastear con los teclados de sus teléfonos móviles.

Finalmente regresé al nuevo alojamiento, entreabrí la puerta y, por supuesto, allí estaba la casera al pie de la escalera.

—Disculpe… el inquilino anterior, ¿cómo se llamaba? —pregunté dejando la bolsa en el suelo.

Me miró entornando los ojos, como intentando adivinar mis intenciones. Incapaz de lograrlo.

—¿Y para qué quieres saberlo? —preguntó.

—Algunas de sus cosas quedaron en la habitación.

—Sí, lo sé, no las toqué, pensé que volvería, y luego me olvidé… Ah, sí, dijo que se llamaba Pistorius.

¿Que no las tocó? Vaya, con toda esa curiosidad y no haber tocado nada… Yo no soy curioso, pero sí deseo saber qué está escrito con aquella hermosa letra y desvelar el misterio de la fecha…

—Gracias, señora —dije; subí las escaleras y sentí todo el tiempo su mirada clavada entre mis omóplatos.

Por fin estaba en la habitación. Ordené mis cosas en el armario y el escritorio. Anochecía; encendí la lámpara de mesa y tomé la libreta del desaparecido sacerdote Pistorius. La hojeé rápidamente y vi que había ilustraciones en algunas páginas, cosas comunes: automóviles, tranvías, rascacielos, aviones… No entendía por qué las había dibujado. Luego volví a la primera página y comencé a leer.

 

28 de junio de 1789

He pecado, lo sé. El pecado no es propio ni de los hombres comunes y mucho menos de nosotros que hemos jurado castidad y celibato. Siempre, después de caer, me arrepentía de haber cedido a la tentación del placer carnal, del deseo, y me juraba a mí mismo: nunca más. Aquel día, el 28 de junio, estaba decidido de verdad a poner fin a aquello. Rogué fervientemente al Señor que me diera fuerzas para contenerme y que me castigara por mis pecados pasados. Cualquiera que fuera la pena, la soportaría con estoicismo. Estaba preparado para aceptar cualquier penitencia.

Cuando me levanté de mi posición de rodillas ante el crucifijo de Nuestro Señor Jesucristo, miré su rostro de bronce… y me sorprendí. De sus ojos caían gotas, directamente desde las comisuras. Lloraba. Sentí que el corazón me golpeaba con tal fuerza que parecía querer romper mi pecho. Me mareé, y desde lo alto, desde el campanario, apareció un rayo de luz. Un rayo de sol que de ningún modo podía caer desde allí justo ante mis pies. Recibí una señal y agradecí al Señor con todo mi corazón; fortalecido, salí empujando las pesadas puertas de madera de la catedral, listo para todas las tentaciones.

Pero no esperaba encontrar tentación alguna justo al salir… Ese afuera ya no era mi ciudad. ¡Era otro lugar completamente distinto! ¿O quizá no? Algunas casas me resultaban familiares, igual que las colinas detrás de la ciudad. ¿Qué estaba ocurriendo?

Las calles estaban repletas de gente vestida de manera extraña; corrían carrozas de metal sin caballos, demasiado ruido, demasiado apuro, la gente hablaba en unas cajas que sostenían junto a la cabeza. Ruido de la calle, ruido del cielo. Lloré, y nadie se dignó a prestarme atención…

 

27 de mayo de 2008

La fecha es otra, pero para mí es el mismo día, aunque hayan pasado más de doscientos años desde que entreabrí las puertas de la catedral. Es increíble lo que me ha sucedido. Y todo ocurrió en un instante…

Reuní valor y me acerqué a uno de los transeúntes que no parecía tan apresurado como los demás: un señor mayor con una camisa de mangas cortas y una pipa en la boca.

—Disculpe—dije, sintiendo que la voz me temblaba—. ¿Qué ciudad es esta?

Sacó la pipa, me miró sorprendido pero respondió.

—Pues claro, K. ¿Usted no es de aquí?

—No… verá… —Añadí otro pecado a mi cuenta: mentí. Sí conocía la ciudad, pero distinta—. ¿Y la fecha, cuál es? —pregunté.

Miró una cajita hecha de un material parecido al vidrio y me dio todos los datos, como si quisiera librarse de mí con esa única respuesta.

—Dieciséis horas, dieciocho minutos, 27 de mayo de 2008.

—¿Cómo dice? —grité al oír ese último dato—. ¿2008? ¡Eso es imposible!

—¡Posible, posible! —dijo moviendo la cabeza, y se marchó dejando tras sí el olor de su tabaco.

Sí, parece imposible, pero es la única explicación lógica. He sido lanzado a otro tiempo. Y entonces pensé en la única cosa buena en toda esta situación: mi vestimenta sacerdotal, que aparentemente no había cambiado demasiado en dos siglos. Si hubiera llevado mi ropa de civil, quizá habría parecido aún más extraño a la gente de hoy. Y eso era lo único bueno.

Todo lo demás era malo. Sin dinero, sin alojamiento, sin conocidos. ¿Volver a la catedral e intentar salir de nuevo? ¿Me devolvería eso a mi época? Volví sobre mis pasos hasta ver desde la acera a sacerdotes desconocidos saliendo de la catedral.

Renuncié a cualquier contacto. Sería peor si les contara lo que me había pasado. Sé perfectamente cómo nuestra… profesión… ve esas historias…

Tenía que encontrar dónde pasar la noche, si la noche me alcanzaba en este tiempo. Metí las manos en los bolsillos. Solo la libreta y el crucifijo de oro. La libreta no serviría de nada. Podría empeñar la cruz en alguna casa de empeños, si es que aún existían en esta época. Y fui a buscar una que en mi tiempo solía estar en cierto lugar.

Por las calles corrían las carrozas sin caballos. Supe que se llamaban automóviles. Lógico: auto y mobile. Observé el comportamiento de la gente para adaptarme a ellos, si quería sobrevivir en este mundo ruidoso y acelerado…

En el lugar donde antes estaba la casa de empeños –o donde yo creía que debía estar– ahora había un enorme edificio de vidrio y acero.

—Disculpe —pregunté al primer transeúnte que pasó a mi lado—, ¿aquí había antes una casa de empeños?

Se detuvo, desconcertado, se rascó la cabeza.

—Sí, creo que mi padre me habló de eso. Pero la demolieron durante la Segunda Guerra Mundial.

—¿Mundial? ¿Segunda? ¡Santo cielo…! —grité. Él me miró sorprendido y movió la cabeza al marcharse. Yo sabía bien lo que eso significaba. Sí: el mundo está lleno de locos…

En las Sagradas Escrituras se dice que habrá guerras, grandes y pequeñas, y más calamidades, y que luego vendrán los tiempos finales. ¿Había yo llegado a ese tiempo…?

Pero debía encontrar dónde dormir. Mi casa parroquial ahora pertenecía a otro. ¿Pedirle alojamiento? No, esta era mi penitencia…

Esperé largo rato a que la ciudad se calmara, a que el ruido bajara, pero verdadera noche no hubo. Las luces de calles y edificios convertían la oscuridad en un amanecer perpetuo. Dormí dos o tres horas, agotado, en un banco del parque. Y no fui el único en pasar allí la noche.

 

28 de mayo de 2008

Hoy he conseguido encontrar un alquiler, una habitación. Está en el piso superior de una casa en la calle Kingston. El alojamiento es bonito y tiene vista al jardín y a la catedral. La habitación me gusta mucho, pero la casera nada en absoluto. Si Dios quisiera castigarme, bastaría con ella…

 

Me reí. Este cura comenzaba a caerme bien. Pensábamos igual sobre la casera. Bebí un trago de cerveza y seguí leyendo.

 

Me vigila sin parar y me pregunta cuándo le pagaré la habitación y la comida. Le aseguro que será pronto, aunque ni yo mismo estoy seguro de ello.

Hoy empiezo a escribir realmente en la libreta, con un extraño bolígrafo que me dio la casera. Tiene una forma peculiar, y una propiedad aún más extraña: no necesita sumergirse en tinta. La tinta está dentro y sale cuando presiono. Parece que podría escribir eternamente con él. La casera sigue refunfuñando y pidiendo dinero. Le ofrecí mi crucifijo de oro, pero quiere dinero de verdad. No lo entiendo… ¿pensará que el crucifijo es de oro falso?

Salí a la calle para huir de sus quejas. Y allí me encontré con un nuevo horror. Muchos jóvenes se dirigían en masa a un lugar, una especie de arena que llamaban estadio. Allí se celebraba un concierto. Música la llamaban: rock, heavy metal. Todos los jóvenes estaban tatuados, con los labios o narices perforados por agujas. Llevaban camisetas negras con imágenes y lemas impíos. Algunos decían Black Sabbath o Sympathy for the Devil. En las imágenes, serpientes o personas disfrazadas de demonios, y debajo, el inocente nombre, escrito en letras puntiagudas, KISS.

La música cuyo eco escuchaba desde las cercanías era estruendosa e incomprensible, y con frecuencia interrumpida por los gritos del público. Quería irme lo antes posible. Si era un sueño, que terminara de una vez…

 

18 de junio de 2008

No escribo el diario cada día. Los acontecimientos se repiten. En la habitación y en la ciudad. La casera está nerviosa, pide dinero sin descanso. No puedo encontrar quién compre el crucifijo y parece que solo la ropa sacerdotal me mantiene a salvo de acabar en la cárcel. Pero no sé cuánto tiempo puede durar eso. Debo encontrar una solución, algún trabajo, pues me temo que me quedaré aquí para siempre, separado de la gente que conozco, que me quiere y respeta. Aun así, espero… sigo esperando poder volver, y por eso sigo dibujando y anotando cosas extrañas.

 

En las páginas siguientes había dibujos del estadio, vistas de la ciudad desde rascacielos, ropa de la gente, televisores, teléfonos móviles…

Y eso era todo. Allí terminaba el diario de Pistorius. Él había desaparecido, pero quedaban la libreta y algunas piezas de su vestimenta. ¿Había salido a dar un paseo sin ellas, pensando que volvería como siempre, o todo era una elaborada farsa, una historia destinada a insinuar que existen mundos y tiempos paralelos?

Había una única forma de averiguarlo. Mañana. En la catedral de San Pablo seguramente sabrían algo del caso del padre Pistorius. Si realmente había existido.

Esa noche dormí intranquilo, con un sueño que se interrumpía y recomenzaba. Rostros clericales, la Inquisición, situada en el presente. Como si mi sueño fuera parte de una realidad paralela en la que sobreviven antiguas creencias y normas de la iglesia.

Al despertar, tomé mi mochila, puse dentro las pertenencias de Pistorius y me dirigí a la iglesia.

Por supuesto, en la base de la escalera me esperaba la casera. Desde su cocina llegaba el olor de huevos fritos y tocino. Se secó las manos en el delantal

—¿Adónde vas tan temprano? —me preguntó.

—A dar un paseo —respondí—. Me gusta caminar mientras el aire aún está limpio.

—Bien, bien —replicó—. ¿Y cuándo vuelves? ¿Te preparo el desayuno?

—Vuelvo pronto —dije y salí.

Llegué a la iglesia en unos diez minutos. Esperé a que terminara la misa y la gente se marchara, y entonces me acerqué al párroco.

—Buenos días, padre—, lo saludé, y fui directo al asunto: —¿Ha servido aquí alguna vez el padre Pistorius?

—Dios te ayude, hijo —dijo primero, y luego, tras pensar un momento, negó con la cabeza. —No desde que yo estoy aquí. No conozco a ninguno con ese nombre.

—No podría haberlo conocido. Vivió y trabajó hace más de doscientos años —dije.

El sacerdote se estremeció y palideció. A pesar de los siglos transcurridos, aquel caso seguía interesando a todos en la catedral. No desaparece un sacerdote así como así…

—¿Por qué lo preguntas? —dijo con voz ronca.

—Sé que desapareció, pero no sé si regresó.

—No deberíamos hablar de eso —respondió, dándose la vuelta para marchar hacia el altar.

—¡Espere! —dije en voz alta—. ¡Olvidó algunas cosas!

El sacerdote se detuvo y se volvió hacia mí. Yo sacaba de la mochila la libreta, el bonete y la capa corta. Vi cómo cambiaba de color nuevamente. Sabía que eran exactamente las cosas que Pistorius había dejado en el tiempo presente, en el futuro de él. Extendió la mano y las palpó, como comprobando si eran algún tipo de hechizo, y luego, tartamudeando, preguntó:

—¿De… dónde… sacaste esto?

—Entonces, ¿regresó? —pregunté en lugar de responder.

Asintió con la cabeza. Ya no tenía nada que ocultar.

—¿Lo llegaste a ver? —preguntó el sacerdote.

—Casi… casi lo vi —dije, y le entregué las cosas.

Vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Y mientras la vista se le nublaba, aproveché el momento… y desaparecí de la catedral.

 Tihomir Jovanovic nació en Belgrado, Serbia, en 1955. Es secretario de la asociación SCI&FI de Belgrado, editor de la antología Regia fantástica y autor de varios libros de cómic fantástico. Sus historias se publicaron en las revistas SiriusGalaksijaOrbisSignaliKikindske novineNaši tražiOmaja y Supernova, entre otras. Publicó las colecciones de cuentos Palisade i čadori (2016), Baka Mandini krugovi (2018), Agencija 51 (2019), Lun i kraljevi ponoći (2019) y Baka Mandini multiverzumi (2021).

EL HUECO

Claudia Isabel Lonfat

Desde hace un tiempo Galo está raro. Yo me doy cuenta porque desaparece por un período y luego regresa con algún amorío retorcido de esos que siempre terminan mal. Su último romance fue con una paraguaya que sabía interpretar muy bien sus perversiones sexuales, pero esta vez la locura le duró poco, cuando se dio cuenta que no era solo sexo; decidió cortar por lo sano.

Me llamó con la excusa de fumarse unos porritos conmigo; unos, que según él, los venía reservando desde hace un tiempo para mí. El lugar, los bosques de Palermo, lo eligió él. Es uno de sus preferidos porque puede pernoctar entre travestis juguetonas, aerobistas, gente bizarra o corriente; una jungla urbana bien variada.

Nos encontramos a medio camino y seguimos juntos hacia un claro del bosque. Hacía rato que yo no iba, desde los tiempos en que me gustaba festejar la primavera en medio de un gentío púber histérico coreando alguna canción de moda.

La última vez la recuerdo muy bien por lo mal que concluyó; tocaba el grupo heavy “Beso negro” y un montón de pendejos pasados de cervezas calientes, comenzaron a arrojar los envases sobre la multitud que saltaba como monos frente a la banda. Las botellas explotaban a nuestro alrededor, hasta que una atravesó el mini lago o charco, y rozó la cabeza del líder del grupo; fue cuando revoleó su guitarra emparchada y nos mandó a cagar a todos, con su falsa expresión heavy, y haciendo una especie de pucherito con sus labios pintados de color negro. Luego, un mastodonte con los ojos en blanco, me tomó de la muñeca y arrimó su cara peluda a la mía, con la clara idea de darme un beso, pero por suerte pude reaccionar a tiempo y darle con la rodilla en las pelotas. Lo dejé tendido a orillas del charco y salí corriendo para nunca regresar; hasta hoy.

Mientras se rompía el hielo entre Galo y yo, me quedé mirando algunas plantas medio aplastadas por los perros y los chicos que andaban en bicicleta sobre ellas. El paisaje, si bien era el mismo, había cambiado en cuanto a su prolijidad; las rosas y plantas en general, estaban cuidadas, y los caminitos de ladrillo se veían bien delineados.

Caminamos eludiendo grupos de atletas que elongaban apoyados en los árboles, mientras me iba preparando para cualquier cosa que pudiera pasar, porque tanto Galo como yo éramos proclives a vivir situaciones extrañas. Estuve desde temprano con ese presentimiento, una sensación de ahogo y de vacío en el estómago. Algo parecido al miedo, pero más difícil de aceptar.

Galo me apartó del camino y me empujó hacía un sector donde no había movimiento de aerobistas ni de niños. Daba a un lateral, cerca de los galpones del ferrocarril, más precisamente antes de llegar a la estación. Cuando miré para atrás me di cuenta de que habíamos andado un buen trecho y nos habíamos alejado de los bosques. En esa zona un alambrado separaba las vías de la vereda.

Algunos cirujas tenían su ranchito o su fogón; seguimos un trecho más, hasta que no vimos a nadie por los alrededores.

—Loca, acá nadie nos va a molestar —dijo Galo, mientras armaba tranquilo un porro.
Lo encendió y fuimos pitando. Al rato empezamos a cantar un viejo tema de Aquelarre, y terminamos recorriendo el repertorio del Flaco Spinetta, con voces muy patéticas y desafinadas.
   Íbamos por el segundo porro cuando Galo me señaló un hueco bajo el alambrado que le llamó la atención. Pudimos notar a simple vista que no apuntaba al otro lado como para salir a la vereda, sino que iba por debajo aunque se veía tan oscuro, tan negro, que no podíamos saber cuán profundo era. No había animales, ni nada, al menos inmediatamente a la boca de entrada. Nos acercamos más y con un tirante de madera que encontramos apoyado junto al hueco, tanteamos para ver si tocábamos algo. Un escalofrió me recorrió la espalda, y a Galo también, a juzgar por la expresión casi convulsa de sus hombros y brazos.

—Ceci, esto me da mala espina. —Lo dijo con cierto miedo expresado en el leve temblor de su voz—. Pero igual me encantaría entrar —agregó.

Entró primero él y me llamó. Metí un pie, luego otro, y ya sentada, me fui deslizando de a poco hacia adentro. Era mucho más grande de lo que imaginaba, y muy oscuro, por lo que no lograba siquiera ver a Galo, a quien rozaba con un pie. Sin embargo, por encima de mi cabeza había cierta transparencia que no podía definir, como un halo, humo o reflejo de algo, que parecía una forma humana. Ahí fue cuando decidí reprimir hasta mis pensamientos. Galo se quedó mudo por un tiempo bastante largo, o quizás me pareció. Pero a pesar de no poder distinguirlo, sabía que su mudez se debía a que estaba viendo lo mismo que yo; algo que no se podía definir ni explicar. Al rato sentí su mano tanteando mi cadera, y la tomé fuerte. Galo me respondió apretando más fuerte todavía.

No sé cuánto tiempo permanecimos en el hueco, ni cómo salimos de allí. Tampoco sé si nos hablamos en ese camino de vuelta, o si nos subimos al tren. Por alguna razón inexplicable, todo eso ha desaparecido de mi memoria.

Al día siguiente, acosada por mil dudas, volví a recorrer ese tramo, tal cual lo habíamos hecho el día anterior; pasé por el rancho de los cirujas y los fogones. Me acerqué al alambrado, a la misma altura donde Galo me señalaba el hueco, pero no había nada. Fui una y otra vez pegada al alambrado, tocando la tierra para ver si estaba suelta, tratando de averiguar si alguien habría rellenado el hueco, pero no, la tierra estaba dura y compacta. No existían indicios de ninguna abertura o arreglo reciente. Volví corriendo, sin aliento, hacia donde estaba el rancho de los cirujas. Les pregunté si habían visto algo raro o trabajadores del ferrocarril haciendo reparaciones durante la noche, pero negaron todos con un movimiento de cabeza, como si estuvieran automatizados.

Mientras recorría los metros que me separaban de la estación, traté de encontrarme conmigo misma para recuperar esos momentos en el hueco, o al menos algo que me ayudara a desenredar ese desorden mental. Me senté en un banco frente a las vías, y mientras escuchaba por el altoparlante el horario de salida del próximo tren, Galo se puso frente a mí, como saliendo de la nada. Me levanté de un salto.

—¿Vos también volviste al hueco? —le pregunté.

—Ya no está —me respondió en un susurro.

Le conté que había recorrido la zona y que le pregunté a los cirujas si habían visto algo.

—Yo hice lo mismo —me dijo con la mirada perdida.

 

Galo salió de mi vida casi de inmediato. Me doy cuenta de que a él le afectó mucho más que a mí la experiencia en el hueco. Que él necesitaba una explicación lógica, mientras que yo intentaba escaparle al análisis profundo, y solo me quedaba con una respuesta inmediata. Que todo pudo haber sido producto de nuestra propia necesidad de que algo suceda; algo que nos hiciera despegar de la rutina donde estábamos estancados. O quizás solo fue un delirio producto del porro, que suena más coherente, dadas las circunstancias.  
   Sigo viendo publicaciones de Galo en facebook, pero esta vez son solo viejas propagandas de los setenta, y ya no responde; es como si él también estuviera automatizado.

En general me niego a recordar lo que pasó, pero como el subconsciente es algo que no se puede controlar, entonces sueño. Y en esos sueños atravieso una dimensión donde las personas no están corporizadas. Son solo almas flotando entre puertas invisibles, y allí no mora la soledad, porque el espíritu abarca el hueco donde solía latir un corazón.

Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3Cuentos de terrorPrimera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

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