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lunes, 6 de abril de 2026

ANGULO, EL PROSTÍBULO DE SAN ANDRÉS

Armando Azeglio

 

Angulo era un quilombo, imitación de un lupanar de Buenos Aires, imitación, a su vez, de la idea que los porteños tenían de los prostíbulos en Europa. Quiero decir, aquellos burdeles con características propias de la Belle Époque, de irradiación francesa, reflejada en algunos elementos como las vajillas, la decoración y los muebles. Al principio del siglo pasado se elegían las casonas antiguas, no siempre lujosas pero sí amplias y cómodas. Solían ser las favoritas de las regentas que buscaban subirle el perfil a sus establecimientos cuando estos se ubicaban en la urbe. Como todos los burdeles, Angulo tenía un salón principal, donde estaban el piano, la pista de baile y una ponchera incompleta. En su momento de gloria, una de sus madamas había hecho instalar un carrusel en la pista de baile. Allí giraban las chicas, livianas de ropa, y eran elegidas por los clientes (sentados en estratégicos sillones tapizados en capitoné púrpura) mientras fumaban, bebían y se emborrachaban escuchando música de piano.

Para cuando yo lo conocí, Angulo era algo así como la fotocopia de la fotocopia de la idea de un quilombo en su momento de gloria. Pero todavía exultaba cierto aire de oscura majestuosidad. El gran recibidor de la entrada tenía un antiguo espejo de cristal con oscuras manchas de humedad, viejas reproducciones de naturalezas bien muertas y majas desnudas que volverían a la tumba al más pintado de los artistas de la historia. Las paredes estaban empapeladas con un material rugoso con luminiscencias doradas. Recuerdo una pesada lámpara de madera con la pantalla empolvada e hilos de telaraña que surcaban el espacio.

Yo sabía que ese mundo de hombres en búsqueda de alucinaciones con forma de mujer le había sido familiar a mi padre; como le había sido, a su vez, a mi abuelo. Sabía que en su juventud había amado esos quilombos de cuartos amplios y reproducciones de pinturas eróticas japonesas. Le fascinaban esas habitaciones de paredes empapeladas, las pesadas lámparas de madera y las camas enfundadas en sábanas limpias y almidonadas, cubiertas por colchas de cretona. Mi viejo amaba la calidez de la madera y odiaba el frío y la impersonalidad del metal. A mi viejo le encantaba ir al encuentro de orgasmos abrazado a mujeres cual espejismos, aunque supiera de antemano lo que suele pasar con los espejismos: si uno se acerca más de lo permitido, desaparecen.

Cuando ingresé al antiguo salón de baile, Loretta una de las chicas italianas que giraba en el mítico carrusel se abrió de piernas, y entre los repliegues de su loto vaginal, brillaba con insolencia una esfera de acero quirúrgico estratégicamente dispuesta. En el reflejo de la libido de mis ojos debe haber visto el del pearcing de su entrepierna que le devolvían mis pupilas. Tenía treinta y dos años y mientras me miraba con las dos monedas de oro de su rostro sonreía instigándome libidinosamente. Su particular belleza no impedía la carroña de sus gestos. Cuando sus labios estallaban en una mueca perversa, las monedas de sus ojos le traspasaban el cuerpo con signos que solo yo podía leer. Inmediatamente saltó de la calesita, me atrapó del brazo y escaló con sus labios hasta mi oreja para proponerme sordideces. Debo haber visto en ella a un hada fatídica enviada por el destino, la imagen hackeada de mi propia costilla de Adán venida a darme lecciones de libertinaje y acercarme a un destino que me esperaba desde hacía eones. No lo dudé y me fui con Loretta a una de las habitaciones. Ella movía su culo soberbio a derecha e izquierda atravesando la pista, como siguiendo el compás de un ritmo imaginario. Ya dentro, me subí a esa especie de montaña rusa que era la italiana. Ingenuamente quise besarla y giró bruscamente la cara para un costado (años más tarde sabría que ese era solo un privilegio reservado al cafishio). El movimiento de la cabeza, hizo que su pelo reseco me latigueara la mejilla. Ese fue el único inconveniente de la noche.

Hablar es manipular, mirar es manipular. Escribir es forzar las cosas para que quepan dentro de las palabras. Pero, ¿cómo expresar que la bulimia sexual de Loretta superaba lejos su presunta bulimia? ¿Cómo describir lo vicioso de sus poses, la sordidez de sus obscenidades, la avidez desesperante de su oralidad? Me acoplé con ella como poseído por una locura diabólica. A cada golpe de ariete, sus masas adiposas se desplazaban en ordenadas olas de carne siguiendo el ritmo de las embestidas, lo que multiplicaba el ritmo de mi locura y mi deseo… era poesía, era rítmica en acompasado movimiento. ¿Atavismo? Orgasmo. Inmediatamente le propuse que estuviéramos toda la noche juntos.

 

II

Entreabrí los ojos a la mañana siguiente, casi desnudo y en el suelo. Miré durante varios segundos el lugar en el que estaba, hasta que logré ordenar las piezas del rompecabezas que vagaban por mi memoria. Recordaba, entre otras cosas, una pelea con un ser despreciable que aseguraba ser el dueño, “il padrone di Loretta” y con el cual yo había pretendido negociar su libertad a golpes. Finalmente me vino a la mente la actitud iracunda de la mujer. Sus palabras, sus imprecaciones como dardos bañados en veneno.

Quise moverme pero tenía el cuerpo paralizado, como envuelto por una especie de boa imaginaria. Quise gritar, pero la voz se me apelotonó en la garganta de la cual emergió una tos sucia. Sentí miedo de mí mismo. Sentí que sobre mi epidermis se secaba lentamente la película de saliva con que Loretta la había cubierto la noche anterior. A medida que esta se iba enjugando, mi cuerpo cobraba una especie de escamosidad, de rigidez cadavérica; temía que si me movía, esa película se rompería fragmentos iridiscentes, llenando toda la habitación con mi propia vergüenza. Quise darle una forma razonable a ese atropello de sensaciones que se insinuaban de golpe, y se desvanecían con igual rapidez. Nada de lo conocido y familiar me ayudaba a imponer orden en el caos alojado en mi cabeza. Era como si me hubieran arrancado de ese mundo que fui construyendo con una tenacidad y paciencia infinitas a lo largo de los años. Y ahora, cuando ese cosmos estaba en el apogeo de su solidez y se había consolidado, la presencia de una puta me devolvía inesperadamente a la turbulencia de mis orígenes. Al caos primordial.

“Es solo una puta”, murmuraba a modo de mantra; “una puta a la que no conozco y con la que no recuerdo haber cruzado palabra”, me decía pretendiendo que mis palabras funcionaran como un exorcismo que eliminase las prodigiosas imágenes del sexo tenido con Loretta la noche anterior.

Quedé duro por esta escena, por estas líneas que en el relato original no había previsto. En medio de esta situación, para mi irreal, Loretta Corsini me pareció una creatura ilusoria, alguien creado por mi propia soledad: un sueño. Unos cuantos segundos bastaron para poner todo en foco: esa puta se había ido después de que escuchara mi propuesta de matrimonio, de la cual se había burlado histriónicamente, riéndose en mi propia cara.

 

III

Unos días más tarde acudí presuroso a una cita que me diera la mismísima Loretta Corsini en la sombría costanera de la ciudad. Parecía no importarle en absoluto el peligro de penetrar un territorio donde las faldas –y lo que hay dentro– eran pieza de caza por hombres en celo, que se paseaban por la zona como lobos hambrientos.

Cerraba los ojos y sacaba la lengua, y el viento del río le pegaba la blusa a esas tetas enormes y de pezones filosos. Con la mano derecha comenzó a acariciarse las nalgas, penetrándose con el dedo mayor mientras cantaba en algo que parecía una ópera en italiano. Se parecía a la Saraghina de Fellini.

¡Por Dios que me excitó!

Levantó la mano izquierda: tenía una Colt 38 y eso me arrugó el pito de inmediato. Disparó en línea recta, al agua. Continuó, pero bajando el arma: dio en la arena de la orilla, en el pasto amarillento, en el suelo, cerca de los pies. Y en sus propios pies.

Se disparó hasta no poder sostenerse.

Vació el tambor mientras seguía cantando esa canción de mierda y las extremidades le quedaron rotas como crisantemos desgajados. Hubiera sido inútil ayudarla; lo supe desde el principio. Solo lloré por su locura. No muy diferente a la mía por cierto.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

viernes, 27 de febrero de 2026

LA SANTA DEL DESIERTO, ADELA Y YO

Armando Azeglio

 

Quedé destrozado cuando Adela anunció que me dejaba.

—Estoy confundida, es mejor dejarnos un tiempo. Te lo juro, no hay otro.

Sentí un dolor desafinado en el pecho, y diez mil timbres disonantes marcando el precoz ritmo de lo irreversible. Ese episodio absurdo me llevó a abjurar de la fe con la que fui marcado en la cuna, lo peor que podía hacerle a mi madre. Ella, enrolada en los Testigos de Jehová, me vio desde entonces como un títere del lado oscuro, el albaceas de Satanás. Pero es comprensible: el fanático solo quiere la conversión o la aniquilación del otro.

Me fui de la casa de mis padres de madrugada. Todo había dejado de tener sentido. Mi futuro junto a Adela ya no existía. Tomé conciencia de que vivimos inmersos en una mentira. Entonces, buscando no sentir dolor, me até a una dura y precisa rutina de actos nimios y repetitivos que me permitían estar fuera de mí mismo.

Solo una cosa me hizo volver a sentir, pero no fue amor sino el más profundo y virulento de los odios. Cierto día, camino a la facultad, vi a Adela de la mano de otro hombre, el que ella había jurado que solo era un compañero de estudios. Cruzamos un instante nuestras miradas: la de ella exhalaba una repulsiva mofa. La de él ostentaba una mueca porcina.

Comencé a preparar mi venganza. Me dirigiría al santuario de Deolinda Correa, “la santa del desierto”. Sé desde siempre que la Difunta es una de las muchas manifestaciones de “Maha Devi”, la “Magna Mater” de los romanos o la Gran Diosa Madre de todo el universo. Dicen los escritos sagrados hindúes que “Maha Devi”, o Parvati, se manifiesta como la diosa Durga, o como Kali, cuando las fuerzas malignas amenazan la existencia misma de dioses y hombres. Lo hace para proteger a los justos, destruir el mal y establecer todo aquello que es bueno y correcto. La Difunta Correa suele observar una conducta semejante, agrego yo.

El promontorio que contiene la tumba de Deolinda es como el de Durgatinashini, “la que elimina los sufrimientos” y se manifiesta como una fuerza destructiva por amor y compasión hacia sus hijos, cuando se propone salvarlos de sus propios demonios internos… como aquellos que me carcomían y de los que decidí librarme.

Cubrí a pie los setenta kilómetros que separan San Juan del santuario, en Vallecito. Lo hice en la soledad de la noche, inmerso en un silencio ensordecedor. Mientras avanzaba sentía una suerte de letanía en mi cabeza, una jaculatoria, una salmodia horrenda y repetitiva: “amor y odio son caras de una misma moneda”. Varias veces estuve a punto de flaquear. A punto de caer vencido por el cansancio, vi a lo lejos la loma del santuario iluminado tenuemente por el resplandor de las velas. Clareaba. Subí las escalinatas que llevan a la capilla, y cuando llegué a ella me sobrecogió una sensación de respeto, de potencia, de abrigo. La imagen de la mujer dormida, con un vestido rojo y amamantando a su bebé me dejó sin palabras. Era una diosa pagana, venerable, durmiente pero viva. Solo le faltaba un punto rojo en el entrecejo.

Abiertas las palmas de las manos, rompí a llorar. Me presenté como un adolescente despechado. Saqué de mi mochila un par de velas negras, una foto de Adela y una argamasa que incluía cenizas, especias, incienso, miel, harina, mirra y un trozo de oro. Improvisé una endeble base donde ubiqué la foto de Adela cabeza abajo. Me desconocía. Drenaba odio, deseos de venganza. Mi voz era áspera, hueca, esponjosa y distante. Pero no pude encender las velas negras. Una brisa fresca me acarició la cara y fue como si en el centro de mi pecho alguien hubiera musitado: “suficiente”. Supe que la Diosa había hablado. Agradecí aturdido.

Desanduve el camino como quien ovilla un hilo que señala la salida de un tortuoso laberinto. Al hacerlo tuve una suerte de revelación: “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. El equilibrio se logra cuando uno llega a ser indiferente a su propia indiferencia”.

Busque la exacta ubicación de mi morada entre unos pinos y dos cruces: una celta y la otra orlada. La placa que contenía mi nombre empezaba a borrarse. En cierto sentido yo era mucho más viejo.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en Planificación Pública del Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño.

viernes, 26 de diciembre de 2025

EL ENCANTADOR DE SERPIENTES

Armando Azeglio

 

No quisiera no ser comprendido en un futuro, que se vea en mí el espectro de un hombre mal signado por su destino o, menos aún, que piensen que fui un cobarde. Déjenme relatar los hechos tal y como los recuerdo: “El Intimo” así enhebró las cuentas de mi vida.

Fueron más de diez mis hermanos, y los dedos de mis padres pudieron contar a varias hembras entre ellos. Yo no fui el menor, ni tampoco el mayor de su prole y, salvo la presencia de una cobra el día de mi nacimiento debajo de la cuna que nos contenía a mi hermano Samid y a mí, todo sucedió con la rutinaria espontaneidad a la que mi madre se había habituado después de dar a la luz tantos hijos.

Verán, mi padre fue el vigésimo encantador de serpientes en una familia que generación a generación fue traspasando el oficio al heredero elegido. Muy por el contrario a lo que puedan estar pensando, el nuevo encantador no era elegido por el que lo precedía sino por los reptiles. Por lo menos así lo aseguraba Omar Meghmed en su “Glosario para la fascinación de serpientes”, libro que llegó a transformarse en la biblia de los cultores del arte por siglos. Y si bien nunca nadie pudo probar, excepto por el glosario claro está, la existencia de Meghmed, el contenido de su libro fue devocionalmente observado por los clanes de encantadores a través del tiempo y sus secretos preservados.

En el capítulo donde trata el problema de “la transmisión del poder del encanto y la elección del heredero”, Meghmed afirma que “las serpientes manifiestan su predilección por el elegido a través de signos inequívocos” y enumera tres:

1) Que habiendo hallado el presunto heredero una serpiente muerta, siendo este aún niño y cualesquiera fuese la causa del deceso del animal, lo primero que tienda a hacer con el cuerpo inerte de la bestia sea juntar la boca con la cola misma hasta formar un círculo.

2) Que el encantador durante un tiempo, observe mudares de personalidad en la conducta de su hijo (o heredero) en la misma proporción que sus serpientes encantadas mudan de piel.

3) Que una serpiente se enrosque debajo de la cuna del heredero siendo este aún un bebé.

Mi padre comenzó a instruir en el arte a mi gemelo Samid, y esto se debió a un razonamiento asaz simple. Según Asha, la comadrona que asistió nuestro parto, Samid había sido el último en salir del vientre de mi madre, por lo tanto engendrado primero, por ende era el mayor, ergo, el elegido de padre ante la ambigüedad del sagrado códice.

Todos en un primer momento, creyeron ver en mi presencia un tácito signo de mal agüero: me temían y me despreciaban silenciosamente. Aquellos que me prodigaban los cuidados más inmediatos guardaban una supersticiosa distancia respecto de mi persona. Bastó no mucho tiempo para hacer de mí un niño solitario y retraído. En un segundo momento fui casi olvidado debido a que la familia había asegurado su continuidad temporal en Samid y a la urgencia de instruir a este en los complejos misterios del peligroso arte.

El tiempo pasó, ya adolescente la gente se referían a mí llamándome “Asash” o “la sombra de las muchas caras”. Y el hecho que mi padre o mi madre no interfirieran en mi defensa, fingiendo no saber como la gente nombraba a su hijo, me humillaba profundamente. Era la triste constatación que la superstición y la indiferencia encontraban cobija entre mis progenitores. Traté –fue inútil– de llamar su atención. Por aquellos días no fue inusual verme vestido a la manera de los recolectores de excrementos, usando su jerga, trabajando con ellos y compartiendo sus repugnantes comidas. O –la cabeza rapada– pidiendo limosna en el mercado de Rupic, envuelto en la toga verde de los Amasarenos, recitando sus jaculatorias y blandiendo el pesado rosario negro de la orden... Y así, precoz camaleón, hasta el infinitaje y la interminablería.

Mi último travestimento fue el más espectacular de todos. Disfrazado de guerrero, impostando la voz, y recitando empalagosos poemas de amor en la penumbra de de la noche, enamoré a la segunda concubina de un poderoso general de la corte… casi me cuesta la vida y hoy bien podría ser solo cenizas. Cien azotes señaron mi espalda y fue la mano de mi padre la que volcó sal primero y vinagre después sobre las heridas frescas. Esa noche, afebrilado y gimiendo, se me oyó abjurar de encantadores y encantamientos, maldecir al mismísimo Meghemd y a su sagrado glosario. No me lo perdonarían nunca.

El aprendizaje de Samid había durado quince años y su iniciación tuvo lugar a los dieciséis.

—Tu aprendizaje ha concluido —dijo mi padre cierto día, dirigiéndose a mi hermano con voz solemne—. Ve al desierto y encanta solo tu primera serpiente.

Mi hermano nunca regresó. Cuando mi padre fue a buscarlo lo encontró replegado sobre su propio vientre evidenciando en su rostro y cuerpo las señales de la terrible agonía que preceden a la muerte por la mordedura de una cobra. Padre enloqueció de dolor y lo que fue peor, comenzó a odiar a las serpientes: el primer gran error de su vida. Según Meghmed, un verdadero encantador debía estar más allá del apego o la repulsión, del amor o el odio por el objeto de su trabajo. Cuando encantaba, al conjurar las sagradas fuerzas, debía estar más allá de si mismo. Si esta condición no se cumplía dentro de sí, el delicado equilibrio cósmico que le permitía actuar, la mayoría de las veces en detrimento de las serpientes, se rompía.

Cierto día una cobra mordió al hijo de un mercader de marfil matándole pocos minutos. Mi padre lo tomó como una afrenta personal. Localizó la madriguera de la bestia y, sin invocar la protección de la divinidad, le ordenó al animal salir… ni siquiera nombró a los santos, los profetas y mayores. La serpiente se resistió. Mi padre se enfureció y metió su mano en el nido. Cuando la sacó miró con estupor los dos orificios sanguinolentos dibujados en su piel.

—La divinidad perdone me arrogancia —le oí decir antes de cerrar los ojos—, pero prefiero que así sea.

Fue el principio del fin. La tradición familiar, que se remontaba a tres siglos en el tiempo, empezaba a figurarse en mi persona. El cristalizado códice no contemplaba un caso como el mío. Mi instrucción, se podría decir, ni siquiera había comenzado cuando la muerte sobrevino a mi padre. Mi madre, desesperada, reparando en mi presencia por segunda vez en nuestras vidas, me mandó a hablar con un viejo encantador de un clan menor sin heredero: Shafick. El viejo, que entre nube y nube de opio se había ganado no solo la fama de profeta maldito, si no la de encantador de mujeres bellas, había vaticinado en más de una oportunidad el fin de los clanes y de nuestra cultura, desdeñando los esfuerzos de cualesquier iniciación.

—Los bárbaros se aprestan a conquistar a los que –según su parecer– son los bárbaros, o sea nosotros —me dijo blandiendo su larga pipa cuando supo el motivo de mi visita—. No hay tiempo para instrucciones, iniciación y repetición estéril de cosas que tarde o temprano serán hojas muertas. Me temo que has venido en vano jovencito… —Reverenciándolo tres veces y moviendo el brazo derecho a la manera de las cobras, me preparaba para volver cuando me dijo con tono arrepentido—: Espera, ¿Qué es lo primero que debe aprender a hacer un encantador?

—“Khalmit” —contesté entusiasmado—, la meditación sobre la serpiente a encantar para ponerse en la misma frecuencia de la bestia.

—¿Y el primer peligro a evitar, cuál es?

—Que practicando o ejerciendo el “Khalmit” el encantador resulte la víctima de su propio encanto.

—¡Suficiente! ¡Eso es todo lo que necesitas por ahora, pero no lo olvides nunca! ¿Me entiendes? ¡Nunca! Ignorar esto puede ser fatal… ¡Ahora deberás unirte a nosotros en la defensa de la ciudad! —dijo con la grandilocuencia digna de un encantador. Y saludándome para despedirse, enfundó su larga pipa en la cintura, como si se tratase de una espada.

Cuando salí de la casa de Shafick pensé que era cierto lo que de él se rumoreaba, que el opio comenzaba a devorarle el entendimiento pero… dos meses más tarde me encontré, entre vapores sulfurosos y vahos de sangre, defendiendo a Rupic del asedio de los bárbaros.

Fui dado por muerto al principio y, después de la rendición, entregado como esclavo al médico que curó mis heridas.

Me vi obligado a aprender la lengua bárbara y los extraños signos que la expresan, cosa que permitió el mi clandestino acceso a los no pocos libros de la vasta biblioteca del médico.

Cierto día su esposa, tan o más peligrosa que una cobra, quiso comerciar carnalmente conmigo. Negándome por respeto a aquel que le debía la vida, comprendí que –por la vida– sin falta debía escapar. Lo hice esa misma noche, sin dificultad, narcotizando la cena de todos. Tres largos años habían pasado.

En mi huida y en un lupanar de Kamitra conocí a uno de los rebeldes de Piastrock. En medio de una furiosa pelea había matado a dos soldados de la ocupación. No dudó de mí cuando no dudé en ocultarlo en mi oscura madriguera. Este simple acto de fe me valió la confianza de Latif, y el tácito ingreso a los núcleos subversivos de la resistencia. Al principio solo actué como contacto entre Piastrock y los traficantes de armas, y en unos pocos meses más –mi integridad probada– estuve en las montañas planeando estragos.

La guerra de los bárbaros no era como la nuestra, eran colosales ejercicios de producción y transporte hasta los puntos convenientes. En el abastecimiento el tren, o como lo llamaban mis nuevos hermanos “Kitnich”, “la serpiente”, jugaba un rol decisivo por lo que inmediatamente entró en nuestra mira.

El primer gran golpe a las ferrovías se decidió para la fiesta de “Shamit”, día en el cual ellos –aprovechando nuestra religiosa inmovilidad– transportarían una gran cantidad de municiones, tropas, abastecimientos y colonos casi sin riesgos.

“El similar responde al similar” versa un antiguo principio de los encantadores, y debido a mi condición de aprendiz de fascinador, fui elegido para materializar, casi solo, el primer “encantamiento de la serpiente de hierro”. Así se decidió llamar la primer gran operación.

La noche anterior a “Shamit” no dormí. Me limité a practicar los complejos ejercicios de visualización “Khalmit”, sobre la imagen de un tren y la poderosa bomba que lo destruiría. El día señalado el grupo escogido partió hacia las montañas, y en el desfiladero de los ermitaños solo seguimos Yamal, Hamed y yo. Este último, experto tirador, una vez detonada la bomba eliminaría cualquier sobreviviente incluyéndome, en caso de caer prisionero o mal herido. A tal efecto yo llevaba un cinturón de cuero repleto de explosivos alrededor de mi cintura, una bala de Hamed bastaría para hacerme saltar por el aire sin más. He aquí los hechos que siguieron tal y como los recuerdo, transcriptos en estas páginas sin otra intención que –como dije al principio– la de ser comprendido.

Conecté la bomba a las vías sin ningún problema. Con el detonador en alto me aposté detrás de un peñasco después de haber estirado y ocultado los cables. Hamed, sombrío y distante, asintió a una señal mía. Cuando el tren era un punto en el líquido horizonte comencé a mirarlo con fijeza y a recitar con minucia fonética las salmodias para el encantamiento mencionadas por Meghmed en su famoso libro. Cuando la serpiente de acero hizo sonar su poderoso silbato sentí que partía la inmensidad viscosa del desierto… y el centro de mi pecho. Fue ese el instante de duda. Todo me pareció inusualmente armónico, insensatamente perfecto. Todo vibraba y pulsaba colmado de vida. Las cosas se ensamblaban cumpliendo diez mil fines impensados, exquisitamente precisos, preciosamente ínter conexos. El azar me pareció un espejismo, la bomba una negra alucinación. El tren, de pronto, fue algo sagrado avanzando y, al igual que las serpientes, adoptaba mil formas en sus movimientos y seguía siendo siempre uno. Así “El Intimo”, así el universo: adoptaba una serie innumerable de aspectos, pero su naturaleza esencial era única.

El tren disminuyó su velocidad a paso de hombre: como si supiera de mí. El pulso me temblaba visiblemente, mi frente sudaba de manera copiosa, la vista se me nubló. Entonces fue cuando vi la provocativa corte de bailarinas en el interior, con oscuros ojos sobre luminosas sonrisas invitándome a subir. Y banquetes servidos, y brocatos refinadísimos y narcotizantes aposentos. Y una biblioteca larga, kilómetros de manuscritos recónditos y libros inimaginados. Y sabios discutiendo sobre los saberes más diversos, y artistas trabajando en las artes mencionadas por los poetas. Y sacerdotes ataviados con extraños ornamentos, y ríos de rostros ignotos, y ciudades enteras fulgurando para luego dejar solo un halo de ensoñación y… los músculos de la mano ya endurecidos, me vi abandonar el detonador para después refugiarme de los sorprendidos pero furiosos disparos de Hamed.

Me vi desprenderme del cinturón suicida.

Me vi hacer señas y saltar al tren todavía en lento movimiento.

Vi una bala perforar mi despreocupada espalda. Nos movimos.

Entonces, en la lejanía, escuché una terrible explosión.

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 

domingo, 16 de noviembre de 2025

EL VIAJE

Armando Azeglio

 

El tren arrancó con un gruñido de esfuerzo, con una trepidación férrea de ruedas que se ponen en lento movimiento, poco a poco. Y este fuerte sonido fue, seguramente, el primer elemento de esa secuencia temporal de sucesos que llevaron a Germán Sánchez a despertar y murmurarse: “Sí, estoy vivo”. El segundo fue el apoyabrazos de un asiento al que miró con un intensidad casi febril, como conjurando el “aquí” y el “ahora” para que se organizaran alrededor de su cuerpo y formaran el presente. Tomó conciencia de sí mismo por partes: piernas, brazos, manos, tórax sudado y frío, cabeza. Ensayó un movimiento que le produjo un calambre y se sintió empujado a esa zona de la existencia donde las cosas son simples y tangibles. Quiso quejarse, pero le salió una especie de graznido sucio e incomprensible que terminó en tos. Se incorporó tambaleante, pero trastabilló en el angosto pasillo: las butacas estaban vacías y el tren avanzaba irregular en la cerrazón de la noche. La impasibilidad de esas butacas, de esos apoyabrazos, de esos portaequipajes, lo llenó de un miedo infantil. Nunca había comprendido la capacidad que tienen los objetos de estar presentes y ausentes al mismo tiempo.

 Se abalanzó sobre una puerta y una onda de aire helado y el momentáneo aumento del rumor de la locomotora lo golpearon en la cara. Atravesó varios vagones en penumbras, sin encontrar señales de vida. Hubiera querido que todo se disolviera como en los sueños y reencontrar, idénticos, su cama, el cuarto que ocupaba, el ropero, el contexto en el que habitualmente se dormía. Pero no, oscilaba, por momentos sentía como si todas las cosas hubieran perdido la seguridad de la mera existencia. Incluso en otros sentía que todo aquello tenía una cualidad de permanencia y una continuidad temporal que a sus fragmentarios e inextricables sueños solían faltarles.

Intentó, una vez más, reclamar esa zona que mantiene al mundo al alcance de la mano, pero eso no fue posible, ya qye en el aire flotaba una sensación extraña y anodina. Un latente sentido, quizá, de lo que no es estrictamente claro.

Entonces vio a una pareja de ancianos sentados, durmiendo profundamente.

El rostro de la mujer no le era ajeno. Tenía un febril y borroso recuerdo de esa cara arrugada y cansina. Una parte de su memoria la relacionaba con una larga y penosa convalecencia. Sí, le pareció increíble, pero minutos o unas horas antes creía haber visto un rostro casi idéntico.

Una mujer así lo había asistido en un episodio confuso. Una mujer así le había secado el sudor, le había hablado con dulzura, le había dado sorbos de horribles brebajes. Había intentado acudir en su auxilio.

Él había tenido un accidente yendo a Misiones, viajando en un tren parecido a este. La locomotora había descarrilado... después... todo era confuso e inconexo... ahora que lo pensaba, sus recuerdos también contenían al anciano sentado junto a la mujer. Ese viejo era un curtido hachero del monte, con las manos tan leñosas como los troncos que cortaba. Era el marido de la vieja, sin duda. Parecía haber trabajado milenios, mecánicamente, brutalmente, sin piedad, sin vocación, sin magia, sin feriados, sin descansos, sin familia, sin ilusión. Daba la impresión de arrastrar consigo un cansancio atávico y ancestral. Cada tanto el hombre había entrado en la habitación donde él convalecía y deliraba, le preguntaba a la mujer por su estado y luego desaparecía por horas. Volvía a trabajar.

Hubiera querido zamarrearlos, despertarlos y preguntarles: “¿Dónde estoy?” “¿Hacia dónde va este tren?” “¿Por qué estoy acá?”. Pero ese sentimiento de rabia e impotencia de pronto se transmutó en otro, de profunda gratitud. Murmuró un “gracias” desde lo más profundo de sí. Pensó que solo a él se le ocurría dar las gracias por cosas de las que no estaba cabalmente seguro si habían sucedido. Dejó que la pareja de ancianos durmiera y continuara su viaje.

Siguió avanzando por el sombrío vagón. Vio un perfil femenino recortado en la penumbra... le resultó familiar. Se acercó. Quiso constatar. Era Adela, su primera novia, su primer amor. Recordaba que el enamoramiento por ella se había producido rápida e inesperadamente. Quizá porque el deseo intenso de amar la había precedido. Quizá porque su llegada no había sido sino la segunda fase de una profunda necesidad de amar a alguien, y su propia hambre de amor entonces se cristalizó en ella. Luego hubo momentos de su vida en los que se preguntó si Adela había existido tal y cómo se la había figurado. Si no había sido una simple alucinación que él había inventado para impedir un inevitable colapso adolescente por falta de amor.

Pensó en aquella frase de Proust, “la esencia misma del amor radica en que el objeto amado no existe sino en la imaginación del amante”. La tocó. Tenía consistencia, una cierta materialidad física que su tacto verificaba. Parecía hecha de crespón, o muselina, aunque movida por un hálito vital... ¿Cómo era posible? ¿Adela así de joven? Un aroma delicadamente indescifrable a tierra, o a tierna y sana vegetación se filtró por las ventanillas. Inhaló.

Más atrás encontró a la que había sido su primera mujer, pero no tal y cual la había dejado, sino tal y cual la había conocido treinta años atrás.

Por mucho tiempo había creído que gozaba de la paz del olvido total, si es que tal cosa existe en alguna parte, pero constataba que ello no era cierto. Sus detalles eran lamentablemente definidos. Volvía a no saber si se trataba de una visión o un espejismo. Aunque hubiera deseado con fervor que se tratara solo de eso. Cuando quiso acariciarla con el dorso de la mano, lo invadió una sensación de pasado muy remoto, vencedor de cualquier recuerdo, más allá incluso del tiempo en que comenzó a poseer su actual cuerpo.

—Ni siquiera estoy seguro de estar aquí —murmuró a manera de pellizco— o de que el que está aquí sea yo. —Fantaseó que su figura (manejada por hilos superiores) había comenzado a deparar formas incomprensibles de conducta y de pasmo. Unos chillidos agudos y golpes fuertes en una dirección que no pudo determinar lo sobresaltaron. La simple curiosidad inicial se había transformado ahora en frenesí. Se movió hiperquinético de un vagón a otro con una fruición casi insana. Buscaba algo.

Lo que siguió en los demás vagones fue un discurrir frenético de personas y personajes que habían pasado por su azarosa vida. Varios rostros le resultaron conocidos, aunque el reconocimiento hubiera sido mejor si no lo hubiese dificultado el trabajo que en ellos había realizado la ensoñación y el vapor del tren. En medio de una muchedumbre increíblemente quieta, él resultaba el más increíble, el más solitario.

Ahí estaban: una italiana gorda y descomunal que –sonámbula– comía golosinas con monerías y gesticulaciones golosas. Su abuelo paterno, mutilado, brutal y morfinómano, la tía Vanna, maestros, profesores, jefes, compañeros de escuela, colegas de múltiples –y olvidables– trabajos. Personas que habían sido extras, utileros o estrellas fugaces en el arco de su existencia. Todos dormían... o al menos eso parecía.

Gritó, zamarreó a uno que otro, trató de interrogarlos. Inútil. Empezó a correr a través de los vagones tratando de ganar la locomotora. Llegó a lo que suponía era un coche comedor.

De pronto, ante sus ojos se presentó algo presentido desde el momento en que se encontró en el tren, aunque de manera no totalmente consciente. Lo saludó un camarero de guantes blancos, con una lustrosa sonrisa, peinado impecable, chaquetilla con doble hilera de botones dorados.

—¡Pase, señor, por favor! —le dijo con un gentil ademán, invitándolo a entrar—. Lo estábamos esperando.

—¿Qué pasa? ¿Por qué duermen todos? ¿Por qué estoy aquí? ¿Hacia dónde vamos? —preguntó desesperado.

—Tranquilícese, señor, y pase —dijo el mozo— que enseguida le explico. ¡Lo estábamos esperando! —insistió con alegría.

El vagón era lujosísimo: terciopelo rojo, cristalería de la más fina, brocados, cuadros antiguos, detalles en oro y marfil. Por un momento se imaginó víctima de un programa de cámaras ocultas, pero ¿quién querría gastarle una broma así? ¿Y por qué? El camarero entró trayéndole un whisky con hielo; era su marca preferida.

—El director del tren le ofrece, en nombre de la compañía, sus más sentidas disculpas —dijo con una obsequiosidad entre servil y reverente—. Me ha dicho que le comunique que puede pedirme lo que quiera. En el transcurso de este viaje la compañía le ofrecerá cualquier cosa, cualquier comida, cualquier tipo de placer o entretenimiento por... ¡ejem! legal o ilegal que fuere. Lo que usted pida se lo ofreceremos en forma gratuita y con agrado.

En un primer momento Sánchez dudó. Pero luego del tercer Jack Daniel’s, la segunda prostituta y la primera línea de cocaína, la cosa empezó a gustarle. Durante días gozó de todo tipo de experiencias y placeres que, a lo largo de los años, y por distintas razones, no se había permitido. Cada vez que el camarero acudía él tenía una nueva petición, y esta no tardaba en ser satisfecha.

Varias veces y durante el tiempo que duró la travesía el convoy fue alcanzado por aviones especiales procedentes de París con cajas repletas de Bordeaux, de Burgundy y langostas vivas para preparar delicias para el nuevo y singular comensal, que se había convertido ahora en un refinado gourmet, un probado cinéfilo y un enmarañado libertino. Y cada vez que un deseo se veía realizado, aparecían en él cien caprichos más, algunos con nimias variaciones, pero que Germán insistía en experimentar como su fueran los únicos, o los últimos de su vida.

Fue sistemáticamente complacido.

El tiempo pasó. Los primeros vagones llegaron a ser un vago recuerdo. Hacía ya tiempo que Sánchez no abandonaba el coche comedor.

Cierta vez, rodeado de una masa informe de ilusoria, humana y voluptuosa compañía, se preguntó que cómo era posible que desde el episodio de los aviones procedentes de París jamás se hubieran detenido. Pero una lúbrica boca lo sacó inmediatamente de sus cavilaciones. El tren continuó impertérrito su marcha.

Un día se observó de frente a un espejo. Esa masa de carne flácida y rosácea en la que se había convertido lo nauseó. Todo le pareció contingente, aleatorio, como si él se encontrara allí por mera casualidad. Como si le hubieran sustraído el suelo bajo los pies y todo el mundo empezara a ondular.

Llamó súbitamente al camarero y le dijo desafiante que estaba aburrido de todo, que ningún tipo de experiencia lo saciaba ya. Quería algún trabajo para hacer, o que se le permitiera volver a los primeros vagones a buscar a su gente, o a despertar a su primera novia.

—Lo siento —dijo gélidamente el camarero con voz distante— eso es lo único que no puedo hacer por usted.

—¡Entonces prefiero irme al infierno! —vociferó el hombre con impulsividad.

El mozo comenzó a sonreír. Atónito, Germán Sánchez empezó a advertir que algo extraño y oscuro en el rostro de su interlocutor, se hacía cada vez más y más siniestro... 


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 

viernes, 14 de noviembre de 2025

APUNTES PARA SALIR DEL LABERINTO

Armando Azeglio

 

Hacía semanas que lo único que veía eran las cuatro paredes acolchadas de esa habitación. Semanas que pensaba y leía de día. Soñaba y escribía de noche. Al final confundía las cuatro cosas. Soñar, leer, pensar y escribir eran parte de lo mismo: habitaba solo en mi cabeza. La habitación era solo la metáfora. Solía abrazarme las rodillas contra el pecho ensayando una suerte posición fetal, hasta que el frío ganaba mi cuerpo. Temblaba. A veces lloraba copiosamente. Me quedaba horas así, esperando una señal, una voz, algo que me dijera como tenía que continuar el texto que estaba escribiendo. Salir del bloqueo en el que me encontraba.

Recuerdo una vez (entre dormido) haber escuchado una suerte de alocución plural y gangosa:

Yo me encuentro en el cruce de todos los caminos, allí donde los hombres tienen que elegir. Soy como un camión de helados manejado por un heladero psicótico, los hombres se van subiendo porque les encanta esa golosina, comen hasta la saciedad y después no saben qué hacer con el empalago. Generalmente saltan a medida que avanzo… y yo los arrollo.

Cuando salí de ese trance (en cuatro patas y vociferando una lengua de duras consonantes) identifique una serie de pequeños párrafos caligrafiados en pequeñas bolitas de papel higiénico, seguramente por mí, a las que desarrugaba para leerlos, pero que me resultaban totalmente ajenos. Cito uno:

“Había escrito como un poseso, horas y horas dentro del inorgánico encierro del nosocomio. Las palabras empezaron a destellarle en la negrura de su caja craneal como relámpagos iluminantes en una oscuridad primordial de tinta china. Luego bajaron a su mano: semoviente, ajena, temblorosa en venas azules y pelos negros, como animada por una voluntad que no le pertenecía (¿Serían las famosas musas o las temidas parcas de los griegos las que producían esa automoción?).

A veces veía el fulgor de lo que suponía podían ser escamas de peces, o de algún otro ser que podía ostentarlas en la oblonga —y gigantesca— sinuosidad de sus lentos movimientos. A veces escuchaba el leve silbar de una brisa, a veces un bramido ronco, múltiple y omnímodo cuya procedencia era imposible de identificar. Oía voces que trataban dictarle frases en un lenguaje que se le antojaba alienígena: imposible de comprender, imposible de traducir, imposible de ser gesticulado por mortal alguno... ¿Esperanto? 

O este otro párrafo, encerrado entre paréntesis como para aclarar algo inaclarable, ya que aquello que pretendía dilucidar no estaba escrito en ningún lado. 

(Se repetía tres veces la cita sobre Jezabel y había un dibujo que representaba una montaña de estiércol. En la cima, un hombre desnudo, de rostro perruno, con cuernos, emitía un chorro de esperma de cuyas gotas emergían otros seres desnudos que se acoplaban con animales fantásticos en actitudes inverosímiles. Bajo la montaña de estiércol, Jezabel paría bestias. El texto que acompañaba el dibujo expresaba: “Su vientre es el infierno. Se reproduce con el fuego espermático que se genera en la mente. Después desciende para sacudir la carne, y su ley es la putrefacción… Seguía otra frase confusa, de la que solo era legible la última línea: “la bestia abolirá el deseo”...[1]

¿Qué me estaba pasando? ¿Qué pasaba con mi relato? ¿Qué con mi vida? ¿Qué tenían que ver estos párrafos con la narración de mi historia, admitiendo que existiera una? En ese momento irrumpió en la habitación un hombre vestido de blanco y me inyectó una sustancia viscosa. No entiendo por qué, pero no me pude resistir. Inmediatamente me quedé entredormido en ese camastro desordenado, había escrito casi todo el día. En un cierto punto, mi mente –en su espacio interior– dispersó luces y sombras por doquier, ora en un torso, ora en unas extremidades. Como resultado de esta suerte de danza lumínica, de jugueteo onírico de claroscuros, surgieron en caprichosos bajorrelieves formas musculares, volúmenes, ojos, órganos, crisálidas despiertas a la sinfonía del existir.

Un conjunto de huesos, al cabo de horas de sueño comenzó a tomar sentida forma surgiendo tímidamente. El parietal, el frontal, temporales y occipitales fueron los más difíciles de unir. Fémures, peronés, cúbitos y radios los menos laberínticos. Lo de los huesecillos del oído, tarea digna de relojeros.

Una curiosa abstracción de mi mano comenzó a enhebrar con tendones, nervios, venas y fibras musculares a su sistema óseo. Tensé con ansiedad la jaula de sus costillas a fin de darle solidez. Su corazón –pájaro cautivo– comenzó a gorjear la ignota canción de la vida. Sus sedosas vísceras se manifestaron húmedas y tibias al tacto, su turbulento cerebro ensayó un comenzar. El derrame de una gota de aquello que los orientales llaman “Ki” fue la responsable de la irrigación nerviosa. Pude valga el pleonasmo– verlo con mis propios ojos.

Recorrí el intrincado caos de sus fibras musculares enmarañadas, tensas; jamás pensé que pudieran dar vida un cuerpo tan armonioso, de volúmenes tan precisos, recorridos por inexorables torrentes de tinta.

Un rostro se recortó penumbroso en un quejido. Nacía en el vientre del lenguaje que me sostenía. Su lengua movió en el aire la balanza del sonido y su voz se produjo gutural y angustiosa. Emitió un gruñido bajo que se solidificó en el aire hasta transformarse en habla. Creo que dijo “mamá”.

Estaba naciendo.

Su forma se fue haciendo poco a poco fija, y su apariencia cobró la apariencia de las cosas que están vivas. Al principio parecía hecho de crespón o muselina.

Su cuerpo era apolíneo y joven, como el de los héroes de las tragedias griegas destinados a la gloria y la desaparición temprana. Era un hombre hermoso, como de unos treinta años de edad, de espesa cabellera negra y ondulada, de frente amplia e inteligente; ojos con mirada firme y penetrante, mejillas con reflejo azulino de barba recién afeitada.

Ni bien se manifestó, algo en mi interior me dijo que mis miedos me usaban para volverse palabra en este personaje. Pero que esta, mi palabra –con el tiempo– haría desaparecer mis miedos.

Iluminado por una especie de chorro de luz, asemejaba un ser extraño y anómalo, el servidor de un culto reverencial quizás... y ahí estaba yo embriagado ante el decreto maravilloso de mi propio espejismo.

Empezó a mirar el mundo y a gestar con sus ojos aquello que miraba.

Algo dentro de mí me dijo que pertenecería a esa clase de personas que conocen la naturaleza humana por experiencia directa, o por reminiscencia. Quiero decir, Enki –así decidí llamarlo– jamás escribiría un ensayo sobre psicología ni frecuentaría las aulas de ninguna facultad de antropología o de sociología, pero intuiría perfectamente el lenguaje de las miradas, de los gestos, de los cortes de pelo, de los ropajes, de los códigos y modos de las tribus urbanas.

Ni bien vi esos ojos supe que había estado en contacto con mucha gente, en muchos bares y piringundines, en muchos comités, en muchos lugares, situaciones, libros y lecturas distintas.

Supe que era en esos sitios, en el deambular de esos párrafos donde había aprendido a leer las voces de los distintos autores, la voz de la vida: en la mirada del cafishio, en los gestos de la prostituta, en las puteadas del taxista nervioso, en los personajes de sus viajes por distintas lecturas del mundo buscando… sabe dios qué.

En mi relato Enki haría pocas o ninguna citación de libros o de autores, al contrario, despreciaría –paradójicamente– las palabras. Sabría que entre las palabras y el mundo real hay un divorcio, una disgregación abismal.

Mi personaje en la novela habría llegado a un tipo de sabiduría toda suya y particular. Una sabiduría que se encuentra quizá en las antípodas de la erudición. Solo tendría que rememorarla. Enki solo debería recordar.

Al principio daba la impresión de padecer amnesia. Empezó a hablarme con dificultad y falta de dicción, pero al poco tiempo fue dueño de una elocuencia desusada. Era capaz de mantener una conversación torrencial durante horas sobre aquellos temas que –nada es casual– le habían quitado paz a mi alma durante años.

Me hablaba frecuentemente de una Mujer que, aseguraba, tenía que encontrar de alguna manera en algún lugar.

No recordaba muy bien quién era, pero decía estar seguro que en algún momento la memoria se le esclarecería y la certeza de la identidad le vendría.

Él sabía que su existencia inevitablemente se enlazaría con la de esa mujer, pero primero debía descubrir su misión en la vida. A mí no me gustaba mucho esa palabra: “misión”. Demasiado castrense. Además me sonaba a Mesías, a deber auto impuesto, a cosa ya escrita en un libro sagrado para ser cumplida fatal e inexorablemente.

A mí me gustaba creer en la profunda aleatoriedad del caos, en el disfrute y el placer de la anarquía, del “desorden magmal” en estado primigenio. “En el absurdo de aquello que no conduce a nada, que no tiene primeras ni segundas intenciones, sino pura y brutal existencia.”

No obstante todo fue ese el momento en que decidí convertirlo en el protagonista ilógico de lo que habría de ser “Apuntes para salir del laberinto”, un relato que estaba naciendo.

A veces Enki cambiaba de nombres, a veces de forma y venía a mí con seudónimos impronunciables. A veces Enki se salía del relato, se escapaba del argumento, deambulaba de aquí para allá en el cuarto de ese escondrijo donde hacía meses yo estaba recluido escribiendo. Si bien al principio fue algo novedoso y deseado, luego se convirtió –debo confesar– en una molestia. Cada vez que lo hacía arruinaba el texto o el pasaje que en ese momento lo contenía, o me distraía con sus acciones. En ciertos días y a ciertas horas del día una fuerza misteriosa, superior a sus fuerzas, parecía apoderarse de él, y entonces, aunque resistiéndose, se ponía a bailar tango durante horas y horas, hasta caer desvanecido. A veces entonaba con voz armoniosa, coplas, romanzas y trozos de óperas que yo nunca había escuchado antes; o dirigía larguísimos discursos en lenguas extranjeras a masas imaginarias; o canturreando, hablaba en verso acerca de los posibles finales de mi novela y de cierta batalla que en algún lugar debía librarse en alguno de los pasajes de este libro.

Un día nos dieron permiso para salir y nos dispusimos a hacer un viaje al campo en compañía del hombre de blanco. Enki, sin consultarme, se incluyó en la salida. Para ese entonces no me era necesario pensar en él para que apareciera. Realizaba varias acciones de las que suelen realizar los viajeros cuando están en vacaciones: vivía al aire libre, nadaba, escalaba y galopaba gran cantidad de kilómetros por día. La ilusión de su perfecta existencia llegó a persistir no solo en mí, sino en la gente que conformaba el grupo.

A veces, y sobre todo al atardecer, Enki empezó a improvisar largos soliloquios con los que metía en crisis a sus improvisados auditorios, que hasta ese momento, solo se habían limitado a vivir sus propios deslumbramientos. Como si estuviera solo en el mundo repetía entre obsesivo y autista:

—¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Cuál es el sentido de todo lo que me rodea? No sé, tengo la sensación que todo lo que lo que me rodea y rodeará de aquí en más, es una suerte de ensoñación, de utilería que rellena el esqueleto argumental de “algo” que osaré llamar “obra”. Siento que todo, se podría decir, carece de sustancia, de “firmeza existencial”.

¿Hacia dónde vamos? (Pausa histriónica).

—“El hombre, dada la crisis actual, ¿Persistirá como especie?”...

¿Cuál va a ser el final de esta “obra” y qué será de nosotros luego?

Y a modo de Hamlet pero con un mate en la mano repetía (y siempre repetía lo mismo):

“El mundo no existe sin el cuerpo, el cuerpo nunca existe sin la mente, la mente nunca existe sin conciencia, y la conciencia nunca existe sin la realidad pero, ¿qué es la realidad?

Generalmente cuando decía esto se abalanzaba sobre un sorprendido espectador, lo rozaba con su mano o con una eventual túnica (usada para dramatizar el asunto aún más, supongo) y le ofrecía el mate que había estado sorbiendo. La ilusión era perfecta.

A pesar que los temas tocados no eran los que se suponía que un “animador turístico” debía tocar (los reclusos ya lo confundían con esto) Enki empezó a tener cada vez más y más público. Inclusive entre el personal vestido de blanco.

Enki –fantasmal– no abandonaba sus largos soliloquios al atardecer. Trascurridos varios días dejé de desear su presencia y descubrí con desánimo que llevaba un tiempo igualmente largo, un año o más, disolver la creación de uno de estos personajes. A veces la tarea no tenía sentido, sobre todo si el relato que le había dado vida a tu personaje, justificaba la tuya. O al menos le daba sentido. Enki continuaba molestando.

Cierto día decidí que “Apuntes para salir del laberinto” se multiplicase en cientos de caballos, criados, mayordomos y salones cortesanos (para darle un toque clásico) en tiendas, edificios, autos, computadoras, tarjetas de crédito, sensuales solos de saxo, porciones de caviar (para darle un toque frívolo) y carrozas, fantasmas, castillos y vampiros (para darle un toque gótico). Era no solo por el mero gusto de experimentar todas las fantasmagóricas formas que el pensamiento pudiera generar, sino para engañar a Enki. Cada una de las cosas por mí soñadas contenía en su esencia un ejemplar de “Apuntes para salir del laberinto” y una descripción minuciosa de la mujer que él me había dicho que buscaba. Enki deambularía siendo incapaz de distinguir lo real de lo onírico. Interactuaría con alguna de las formas creadas por mi pensamiento y sería literalmente aspirado hacia el argumento de la “obra”, fundamentalmente por el deseo de encontrar a la mujer. Funcionó. Desapareció de mis vacaciones campestres como por arte de magia.

El problema ahora eran mis amigos, sobre todo “la gente de blanco”, que empezó a preguntar por él y a buscarlo por todos lados. Principalmente una de las enfermeras que resultaba particularmente insistente sobre el hecho de encontrarlo.

En una primera versión del original (debo admitir) una de las practicantes debía enamorarse de Enki y este debía corresponder. Pero había descartado esa posibilidad por considerarla banal y descontada.

Enki se enfureció, parecía endemoniado. Me dijo que la enfermera era la mujer que había estado esperando desde siempre. Lo llamé al silencio, a la subordinación absoluta a las exigencias argumentales de “Apuntes para salir del laberinto”. Se abalanzó sobre mí. Luchamos. Terminó inmovilizándome con el chaleco de fuerza que había en la habitación y –dejándome en la cama– se dispuso a corregir mi texto, mi narración. Mi “Apuntes para salir del laberinto”.

“Me sentí incompleto –garabateó apurado–, añoré la compañía de la mujer vestida de blanco, mi otra mitad. Pero para poseerla debía primero debía llegar a saber quién era realmente yo: “Enki de la tierra de los Annu”. Debía saberme personaje o ser real. Decidí tratar por vía negativa, a través de un ejercicio simple, pero brutal. Es decir si yo, Enki de los Annu, era el protagonista de esta historia, y la historia sin mí no hubiera podido continuar adelante, yo hubiera podido suicidarme, o morir varias veces, o desaparecer ahora mismo, que todo convergería en un caos. De lo contrario me desangraría desapareciendo. Cualquier cosa era preferible a no poseerla.

Enki tomó un hacha, una tabla de picar carne (que no sé de dónde sacó), asió su mano izquierda, y la cercenó. “Desenroscándola” de fibras, tendones y apartándola del cuerpo, la arrojó al piso casi con desdén y declaró entre grandilocuente y hemorrágico: “Yo no soy esta mano que pertenece al mundo de las palabras, al mundo de los nombres y las formas de esta novela: YO SOY EL AUTOR”. Siguió: “yo no soy este antebrazo que pertenece al mundo de los nombres y las formas de esta ficción llamada cuento, YO SOY EL AUTOR”. Y continuó así, hasta desaparecer o quedar reducido a solo una descripción de guiñapos sanguinolentos. Todo se tiño de colores ensimismados en el algodón negro de las sombras.

Abrí los ojos. Sondas, sueros, cánulas y agujas irrigaban mi cuerpo. O lo que quedaba de él. Un monitor contaba y graficaba mis pulsaciones con un sonido rítmico y alterno. Aclaré la mirada. Apareció la enfermera que le gustaba a Enki seguida de una tierna sonrisa.

 –Tranquilícese —me dijo—; ha perdido mucha sangre. —Y llevándose el índice sobre los labios me invitó al silencio. Furtiva, sacó un par de tijeras siniestras del bolsillo de su guardapolvo. En la penumbra, sus manos brillaban frías y magníficas.

 

Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 



[1] “El Endemoniado Señor Rosetti” Juan Jacobo Bajarlìa 1977

sábado, 27 de abril de 2024

ADÚLTERA

 Armando Azeglio

 

Corría desesperadamente. El nivel de adrenalina en su cuerpo debía haber subido. Sus piernas empezaban a negarle la velocidad que el cerebro les ordenaba. “¿Y ahora qué hago?”, se preguntó, “¡esta debe ser la periferia de la ciudad!”. Su ciudad. Su entrañable ciudad convertida en ese frenético discurrir de paredes muertas pasando ante sus ojos. Su ciudad de adoquines enterrados con urgencia que, en este instante, le dificultaban el paso. Su ciudad de formas arquitectónicas improvisadas, aglutinadas en espacios vitales prácticos, promiscuos y hasta a veces fétidos. “Sí, estos deben ser los arrabales”, pensó. También pensó en sus piernas. Sus blancas, nacaradas, y sedosas piernas que ahora contraían y relajaban músculos enloquecidamente para poder permitirle esta: su –quizá– última carrera. “El final no puede ser este, se dijo. “No puede ser así”. Y con el rabo del ojo alcanzó a observar que uno de los que la perseguían se había agachado para levantar una pesada piedra. ¿Qué pretendía hacer con tamaña roca? ¿Qué harían con ella después? ¿La descuartizarían? ¿La dejarían muerta y abandonada en alguna calleja inmunda? Fantaseó con su cuerpo exánime y aleatorio, revoloteado por las moscas y acariciado por uno que otro gusano. “El final no puede ser este”, repitió obsesiva. Lo había imaginado de otra forma. En medio a una cierta dignidad doméstica, quizá. Ella anciana, en un lecho de muerte, rodeada por sus hijos, sus nietos y alguna hermana supérstite.

—¡Perra! —le gritó uno de sus perseguidores.

—¡Noooooooooooo! —respondió ella, pero su mente ya había escapado al agitado rostro de su amante. Sí, su amante, su amante de labios embebidos en vino. Su amante que había sido y continuaba siendo un escape, una especie de antídoto, de venganza contra una realidad híbrida y repetitiva. Por momentos sentía que siempre había sido obligada a simular. A simular amor por un marido al que solo estimaba, a simular abnegación aún cuando su corazón se rebelaba. A simular beatitud a pesar de sus dudas. A simular desapego a pesar de su deseo por otros hombres. Con el rostro convulso y el pecho agitado, se imaginó en medio de un orgasmo con él y pensó que era curioso como el cuerpo expresaba estados de ánimo tan diversos con gestos similares. El placer, el dolor; los extremos sin duda alguna debían tocarse. Todo le pareció ilusorio. Pensó a Dios, al dios de su padre, al dios aprendido de niña: “un verdugo bueno-pero-terrible” y no pudo menos que suplicar:

—¡Ayúdame te ruego! —Entró en un callejón sin salida cuando sus presuntos captores ya parecían una jauría de perros enloquecidos; devoraban metros con frenesí asesino, escupían –por entre sus barbas– versículos de la ley. Vociferaban cosas ininteligibles, la señalaban con odio, aullaban, maldecían. La deseaban cadáver—. ¡Estoy perdida! —gritó—. Y fue entonces que apareció ese hombre, como salido de la nada. Creyó reconocerlo, haber sentido vagos rumores sobre él y sus hombres en el mercado. La descripción coincidía: elegante, pelo cuidado, barba. Escribía algo con el dedo en la arena, distraídamente. De pronto, se incorporó y se puso delante de ella, como protegiéndola y luego habló con una autoridad inusitada, enfrentando a la horda, que se detuvo en seco, estupefacta.

—El que de ustedes no tenga pecado, que arroje la primera piedra —dijo—; y se agachó para continuar escribiendo.


Armando Azeglio nació en San Juan, Argentina en 1964. Es Licenciado en Administración de Empresas y máster en  Planificación Pública del  Turismo. Profesor titular de las materias Investigación de Mercados  en la Universidad de Quilmes (UNQ), Planificación de Espacios Turísticos y Marketing  de Servicios Turísticos (UADE). Ha trabajado como capacitador de la AHT (Asociación Argentina de Hoteles de Turismo) y como gestor de contenidos para Webs de varias administraciones polìticas. Columnista del Nuevo Diario de San Juan desde 2001. Ha escrito numerosas poesías y cuentos cortos. Tiene un blog http//elojociegoblogspot.com donde cuelga sus artículos. Se declara lector omnívoro, fumador de pipa y admirador de Roberto Bolaño. 

 

HISTORIA DE SAN EUNOPIO