miércoles, 7 de enero de 2026

SIEMPRE PREPARADOS

Gerson Lodi-Ribeiro

 

Esta no es la primera travesía temporal en la que parto con destino ignorado. Ni mucho menos.

En mis siglos de trabajo en Contingencias Retrotemporales, hubo ocasiones en las que tuve que desplazarme al futuro para someterme a sesiones de debriefing. Siempre que una agente es trasladada a un quandónde que constituye futuro para ella, existe todo un conjunto de reglas y procedimientos destinados a evitar que tome conocimiento de hechos que no debería saber y cuya simple consciencia podría generar anacronismos al regresar a su tiempo base.

Sin embargo, esta es mi primera travesía retrotemporal a ciegas. Porque Clío me garantizó que sería enviada al pasado para cumplir una misión de largo aliento; clasificación de sigilo: secreta. Nada nuevo en ese sentido, ya que los viajes al pasado son la norma en la CRT. Las travesías hacia el futuro, en cambio, constituyen la excepción.

De todos modos, me resulta extraño no recibir ningún tipo de instrucción que me oriente respecto de esta misión misteriosa. Aunque no es la primera vez que tropiezo con rarezas en mi trabajo en Contingencias.

¿Qué tan profundo será el salto al pasado esta vez? A juzgar por lo visto, solo lo sabré cuando llegue.

La curiosidad me provoca ansiedad al ingresar en la cabina de translación. El hecho de no portar dispositivos especiales ni vestimenta de época es señal de que seré recibida en alguna base estanca, donde se me proveerán los suministros y utensilios necesarios para cumplir la misión. Trasladarme así, desprovista, me hace sentir insegura y vulnerable.

—Habrá gente nuestra para recibirla en su destino —se despide Clío con una expresión estoica digna de la Gran Esfinge de Guiza grabada en su rostro, por lo general imperturbable.

La translación en sí resulta tan anticlimática como de costumbre. En un milisegundo estoy dentro del cálido y penumbroso interior de la cabina transparente, contemplando el semblante inescrutable de Clío del otro lado; en el siguiente, me encuentro de pie en el centro de un claro rodeado de helechos gigantescos y otros exuberantes fetos arbóreos.

Tras un breve instante de desorientación, recupero la compostura y comienzo a analizar el entorno.

Frente a mí, a unos diez metros de distancia, observo a un sujeto alto, de hombros anchos, piel oscura y cabello corto, vestido con el uniforme negro integral de los cronoperativos, representantes del brazo militar de la CRT.

—Bienvenida, Ártemis —dice mi supuesto anfitrión con una sonrisa radiante—. Soy Douglas, comandante de este nódulo del Proyecto Semper Paratus.

—¿Siempre preparado? —un escalofrío de pánico recorre mi médula ante la primera sospecha del significado último de esa expresión latina.

—Aquí abajo preferimos “siempre listos” —responde con otra sonrisa—. Usted es especialista en Europa grecorromana, ¿verdad?

—Lo soy. —Escruto su fisonomía plácida y juvenil con mis rutinas de análisis conductual en busca de indicios de una trampa—. ¿Douglas, de Contención de Paradojas?

—Trabajé allí. Ahora dirijo este nódulo. Por cierto, puede llamarme Doug.

—Está bien, Doug —asiento, más que recelosa—. ¿Su compañera Antonia está aquí con usted?

—Hasta donde sé, Tony sigue activa en Contención. —Hace un gesto tácito de disculpa—. No recibimos muchas noticias de los amigos aquí abajo.

—¿Y qué quandónde es este “aquí abajo”?

—Pasado remoto, querida.

—¿Qué tan remoto? —abro los ojos al captar la aproximación veloz de dos siluetas de aves rapaces que se lanzan sobre nosotros en vuelo rasante.

Entonces noto que no son águilas ni halcones, sino libélulas monstruosas con casi un metro de envergadura. La vibración de sus alas produce un zumbido intenso.

En el último instante posible, un rayo rojo disparado desde atrás impacta en la forma alargada de una de las libélulas gigantes, derribándola. La otra gira en el aire y se aleja a toda velocidad.

—No se preocupe, Ártemis —Doug hace una reverencia supuestamente tranquilizadora—. Estamos seguros en este claro.

—¿Seguros? —Me llevo las manos a la cintura y resoplo sin disimular la indignación—. ¿En este maldito safari mesozoico?

—Eh… no exactamente —me mira incómodo—. Para empezar, no estamos en el Mesozoico.

—¿Ah, no? —señalo a la libélula agonizante sobre el suelo musgoso—. ¿Y esta cosa?

Meganeura.

—¿Qué?

—La especie de esa libélula supervitaminada que intentó atacarnos.

—Humm —observo al bicho, ahora inerte. Mi neuroimplante heurístico indica que tiene ochenta y un centímetros de envergadura—. Esos insectos gigantes aparecieron antes de los dinosaurios, ¿cierto?

—Exacto.

—Vamos, Doug. ¿Cuándo estamos?

—Período Carbonífero. Trescientos treinta millones de años antes de la Era Común.

—Carajo —silbo, impresionada—. Todavía no hay dinosaurios.

—Ni rastro de ellos —se encoge de hombros—. Solo unos pequeños reptiles que, por cierto, sirven de aperitivo para las meganeuras.

—De acuerdo —suspiro—. ¿Estoy donde creo que estoy?

—Depende, Ártemis —esboza una sonrisa cauta—. ¿Dónde cree que está?

—Espero no estar en una base secreta instalada en el pasado remoto. —Otro escalofrío, más intenso—. Parte de un complejo capaz de tomar represalias definitivas si una o más híper civilizaciones alienígenas de la Égida deciden extinguir a la humanidad en el presente de allá arriba.

—Lamentablemente, está más o menos en un lugar así.

—No entiendo qué papel espera la CRT que asuma en este proyecto. Soy historiadora, agente de campo, no una operativa de Contención de Paradojas.

—¿Su papel? —me mira con seriedad—. Usted fue designada para reemplazarme. Será la nueva comandante de este nódulo del Semper Paratus. Para eso no necesitamos una cronoperativa, sino una agente de campo competente.

—¿Yo? —Miro con desconfianza los helechos que rodean el claro; hace poco juraría haber visto algo moverse—. No me ofrecí como voluntaria para esta misión.

—Así funciona —asiente con aire piadoso—. Nadie se ofrece para misiones de esta naturaleza. Y hay una razón simple: salvo Clío, nadie allá arriba sabe que este proyecto existe.

—No es del todo cierto. He oído rumores.

—Rumores, sí —asiente pensativo—. Funcionan como medidas disuasorias para persuadir a estrategas alienígenas hostiles de que su civilización sufriría consecuencias existenciales catastróficas si intentaran dominarnos u obliterarnos. Claro que, cuando un diplomático alienígena nos pregunta al respecto, negamos categóricamente su veracidad.

—Eso lo entiendo.

—Pero aún no digiere que haya sido usted la elegida.

—Esa vieja traicionera.

—No culpe a Clío. Primero, porque fueron las conciencias artificiales senior de la CRT las que la seleccionaron. Segundo, porque la propia Vieja cumplió una misión similar durante más de medio siglo en un nódulo de represalia.

—¿O sea que no puedo rechazar?

—No sé los términos de su juramento, pero yo no pude.

—Mierda —murmuro, desolada.

—La buena noticia es que en tres años podrá solicitar el envío de un sustituto.

—Claro… —niego con la cabeza—. ¿Cuánto tiempo lleva aquí abajo?

—Catorce años, diez meses y diecinueve días.

—Hmm… Entonces no basta con pedir la sustitución.

—En absoluto. Tras los tres años, basta con pedirla. Yo lo hice la semana pasada y aquí está usted.

—No entiendo por qué se quedó tanto tiempo.

—No fue por gusto —me dedica una mirada enigmática—. Tranquila, le explicaré todo durante el período de traspaso de funciones. Créame: las cosas aquí son más simples de lo que parecen.

—Ah, sí… —cuando intento formular una respuesta mordaz, un animal cuadrúpedo enorme, de cola larga y aspecto reptiliano, irrumpe corriendo hacia nosotros.

—¿Qué es eso? —giro instintivamente, intentando interponerme entre el cronoperativo y el depredador.

—Tengo el placer de presentarle al eryops —Doug se inclina teatralmente, imperturbable ante el ataque inminente—. La cima de la cadena alimentaria de los ecosistemas terrestres del Carbonífero.

—¡Haga algo! —grito detrás de él cuando el eryops está a unos doce metros.

—Mantenga la calma —Doug alza la mano derecha, abierta. Sin duda, a punto de conjurar el mismo aparato que abatió a la meganeura minutos atrás—. Creo que sé qué es lo que nuestro amigo quiere.

Me quedo detrás de él. El depredador anfibio es más robusto y rechoncho que los cocodrilianos de allá arriba, con los que ya me crucé tanto en el Egipto ptolemaico de comienzos de la Era Común como en un viaje de vacaciones a la Amazonia de mi propio quandónde. En lugar de la coraza de escamas dorsales típica de los yacarés y cocodrilos actuales, el animal frente al cronoperativo exhibe la piel rugosa de un sapo toro. Pese a su dentadura formidable, esa cabezota me recuerda un poco a la de un sapo. Aunque es posible que piense así solo porque sé que es anfibio.

El eryops reduce la velocidad hasta detenerse a dos metros de nosotros. Entonces abre su boca enorme y engulle el cadáver de la libélula gigante, masticándolo y tragándolo con un vigor impresionante.

Observo a la bestia por encima del hombro del cronoperativo a quien, al parecer, me veré obligada a reemplazar.

Un minuto después, terminado el festín, no queda ni rastro: ni siquiera las alas de la meganeura para contar la historia.

Saciado, el eryops da media vuelta y se retira del claro con pasos arrastrados, sin dedicarnos la menor atención.

—Vamos, Ártemis —Doug señala hacia una escotilla que acaba de volverse visible entre dos salientes rocosas—. Debe de estar explotando de curiosidad.

—No tanto. Estoy en estado de shock. —Suelto una risita nerviosa—. Todavía ni siquiera tengo preguntas.

De repente siento un mareo extraño.

—¿Qué pasa, querida? —Avanza y me toma del antebrazo, sosteniéndome hasta que recupero el equilibrio.

—No sé. Un aturdimiento raro. —Con las piernas flojas, estiro la mano y me apoyo en su hombro izquierdo—. Casi como si estuviera borracha. —Me da un acceso de tos—. Una quemazón justo aquí. —Me llevo la mano al esternón.

—Relájese —Doug me sujeta del brazo—. Está hiperoxigenada.

—¿Qué?

—Es normal. Esta atmósfera es un sesenta y cinco por ciento más rica en oxígeno que la de allá arriba. Vamos a entrar en el refugio subterráneo. La conciencia artificial que gestiona esta instalación reprogramará su metabolismo en un instante.

—¿Oxígeno? —balbuceo, definitivamente mareada.

—Eso. De hecho, el alto contenido de oxígeno es lo que permite la aparición de artrópodos gigantes como la meganeura.

 

—Me resistí bastante a pedir un sustituto porque no me sentía cómodo con la idea de que me editaran la memoria —me aclara Doug apenas nos acomodamos en sillones dentro de la sala de las estrechas instalaciones de este nódulo, después de mi recalibración metabólica en la enfermería—. Pero tras casi quince años aquí abajo, pesó más el deseo de reintegrarme al contexto cultural de la humanidad de mi propia época.

—Edición de memoria —pronuncio la expresión despacio, como si las palabras me quemaran el paladar.

—Sí. —Me contempla con la resignación de quien ya pasó mucho tiempo pensando en eso—. Al fin y al cabo, ¿cómo cree que la CRT consigue mantener en secreto la existencia de los nódulos de represalia?

—¿Cuántos nódulos de esos existen?

—Hasta donde sé, el Proyecto Semper Paratus comprende al menos tres complejos o nódulos. Uno en el Precámbrico profundo; este, aquí, en el Carbonífero; y un tercero en Valles Marineris, en el planeta rojo de hace mil millones de años. En cuanto a este complejo en particular, la mayoría de las instalaciones en la Tierra son subterráneas, porque no queremos llamar la atención de sondas alienígenas durante visitas eventuales al Sistema Solar.

—No entiendo por qué tanta precaución, si las híper civilizaciones alienígenas que frenan nuestra expansión estelar allá en el presente todavía no existen aquí abajo.

—Es cierto —asiente Doug, circunspecto—. Sus precursores ancestrales aún no evolucionaron hacia la racionalidad. Pero, aun así, conviene precaverse de lo que pueda existir en la vecindad solar.

—El rumor que escuché allá arriba decía que, una vez recibida la mala noticia de la extinción de la humanidad, el nódulo activado iniciaría la construcción de arsenales y astilleros orbitales para fabricar las sondas estelares capaces de concretar nuestro contraataque.

—En rigor, no sería un contraataque, sino un ataque preventivo, ya que se iniciaría para neutralizar una amenaza existencial en curso. —Doug se aferra a filigranas terminológicas de la misión que intenta transferirme; tarea no siempre simple en cuestiones que implican bucles retrotemporales—. Pero lo importante es que las bases orbitales y planetarias ya están listas y camufladas por todo el Sistema Solar.

—Espere un momento. Eso significa que… —boquiabierta, tardo un instante en concluir lo obvio—. ¿Cuánta gente hay aquí abajo?

—Solo puedo responder por este nódulo.

—Entonces responda por este.

—Mil doscientos treinta y siete humanos orgánicos en estado de animación suspendida. Trescientas quince conciencias artificiales, la mayoría en estasis. Además, cuarenta y dos agentes despiertos distribuidos por las bases orbitales e instalaciones de superficie, por decirlo así. La mayor parte de ese personal en disponibilidad inmediata se encuentra ahora mismo fuera de la Tierra.

—No imaginaba que hubiera tanta gente aquí abajo.

—Si lo piensa bien, no es un número tan alto, considerando la naturaleza de nuestra misión.

—¿No acaba de decir que las instalaciones de ataque preventivo ya están listas?

—Todo el aparato ofensivo está en estado de disponibilidad —asiente Doug—. De acuerdo con los protocolos ejecutivos, si algún día deja de recibir informes horarios de rutina desde allá arriba durante más de veinticuatro horas; si recibe la noticia de que la humanidad sufrió un ataque existencial; o si recibe comunicaciones que nuestras C.A. no identifiquen como de procedencia humana, deberá inicializar el proceso de represalia. Sondas estelares autoconscientes partirán del Sistema Solar y de otros puntos hacia los planetas bióticos que, en un futuro remoto, albergarán las biosferas en las que las especies atacantes evolucionaron.

—Dependiendo del blanco, el ataque solo se iniciará decenas de milenios más tarde —murmuro casi para mí—. Obviamente, nuestras sondas cargadas con ojivas de antimateria –y solo el Espíritu Galáctico sabe qué más– atravesarán el espaciotiempo einsteiniano a velocidades cercanas a la de la luz. Pero, como dicta la premisa estratégica gastada: tendremos todo el tiempo del universo para desatar nuestra venganza.

—Nuestra represalia. —Doug esboza una sonrisa feroz—. Pero sí. La idea es esa.

—De acuerdo. Pero todavía no entiendo por qué tanta gente. ¿Los sistemas de armas y de control no son todos automáticos?

—Lo son —otra sonrisa, más suave—. En teoría, usted podría desencadenar los biosfericidios de las diecisiete híper civilizaciones que lideran la Égida prácticamente sola.

—Si es así, entonces por qué…

—¿Tanta gente? —Su expresión se vuelve de pronto grave—. Ártemis, si ocurre lo peor, después de liberar las sondas biosfericidas es cuando comenzará la parte más importante de su misión.

—¿Cómo que la parte más importante? ¿La misión no es impedir que existan antes de que evolucionen para exterminarnos?

—Desde luego: eliminar las amenazas existenciales en sus semilleros. Pero… ¿y después?

—Después, yo y los demás podremos relajarnos, tranquilos por haber asegurado la supervivencia de la humanidad.

—Sí. Solo que no podrán regresar al presente.

—Lo sé. Porque la humanidad que estaría allá arriba sería otra distinta de la nuestra. Una humanidad que habría establecido su civilización cósmica sin la especie o especies que nos habrían atacado. Es posible que esa otra humanidad acabe enfrentándose a otras alianzas de civilizaciones alienígenas, algo similar a la Égida.

—Es posible. Pero lo más importante es que deben tener en mente que nada allá arriba volverá a importarles.

—Una idea desoladora.

—Coincido —asiente—. Pero no vivirán sin propósito aquí abajo. Tendrán que restablecer las bases de la civilización humana en el Sistema Solar de trescientos millones de años antes del presente.

—¿Cómo? ¿Qué? —Tardo un instante en reaccionar—. ¿Eso también está en esos malditos protocolos que no se cansa de citar?

—Por supuesto. De hecho, es la parte crucial de esos protocolos.

—Ya veo.

—Durante los primeros milenios, ustedes y sus descendientes deberán ser cautelosos. Al menos, hasta estar seguros de que los blancos fueron realmente aniquilados. Más adelante, será necesario orientar la diáspora estelar de esa humanidad del Carbonífero de manera que no interfiera con el progreso futuro de la gente de allá arriba. Los protocolos que ya está maldiciendo sin conocer prevén la fusión de la población del nódulo ejecutor de los biosfericidios con las poblaciones de los demás.

—Para elevar nuestra masa crítica y aumentar la diversidad poblacional.

—Exacto. Entonces, otra posibilidad es que reciban la convocatoria para fusionarse al nódulo ejecutor. —Suspira hondo antes de proponer—. Y bien, ¿lista para iniciar las inspecciones en las bases e instalaciones camufladas por todo el sistema?

—Qué remedio…

 

Douglas regresó a su presente ayer por la tarde, después de un mes dedicado al traspaso de funciones.

Las inspecciones que realizamos juntos podrían haberse hecho perfectamente por holopresencia, si los protocolos –que ahora conozco de memoria– no lo prohibieran.

Por eso, en este último mes viajé más por el Sistema Solar que en todos mis siglos de vida anteriores. Descendimos hasta el fondo del Kraken, uno de los mares de metano de Titán; inspeccionamos bases excavadas en tres núcleos cometarios; bajamos al infierno sulfúrico de Phoebe Regio en Venus para revisar un hangar blindado contra las inclemencias hiperbáricas del planeta; verificamos el estado de otros dos hangares de sondas camuflados bajo los géiseres de dióxido de azufre de Ío; penetramos en el interior de trece asteroides excéntricos inflados a fuerza de detonaciones termonucleares; visitamos instalaciones camufladas en los anillos de Saturno; inspeccionamos el Complejo Melkor, oculto en el interior de la fotosfera solar; y aun hubo tiempo para que me familiarizara con escorpiones gigantes (Pulmonoscorpius kirktonensis), ciempiés de casi tres metros de longitud (Arthropleura armata) y otros representantes de la fauna sobredimensionada del Carbonífero.

Según lo establecido en nuestros protocolos, Doug tuvo que efectuar la translación temporal inconsciente. En cuanto alcanzó su quandónde de destino, antes de ser reanimado, fue sometido a una edición de memoria cuidadosa para borrar todos los recuerdos relacionados con el Proyecto Semper Paratus. Tal como me sucederá a mí algún día, cuando decida regresar al presente, una vez cumplido el período mínimo de tres años. Dos años, trescientos sesenta y cuatro días, ahora.

El problema es que, igual que Doug, me siento pésimo con la idea de que me editen los recuerdos.

Ah, los extremos que nos vemos obligados a soportar en nombre de la humanidad.

 

Ojalá nunca tenga que emitir la orden fatídica que determine la extinción de la biosfera que daría origen a una especie racional. Porque no se trata de eliminar una sola especie alienígena enemiga, sino de obliterar todos los seres vivos de una biosfera planetaria compleja.

Sin embargo, si llega el momento, espero tener que ordenar la obliteración de una única biosfera planetaria, y no de varias.

Antes de la partida de Douglas, me sometieron a una batería de vivencias psicointeractivas aceleradas para probar mis reacciones ante lo inevitable. En cierto modo –al menos en un entorno simulado, por más detallado y realista que fuera, incluso más que la realidad– yo ya aniquilé la biosfera del planeta natal de los elfos. Así como los mundos originales de los demigods, de los xantofílicos y de los coprófagos. En esas performances descubrí que cumplir con el deber no nos exime del pesar ni del sentimiento de culpa.

Por eso, hasta cierto punto, sé de lo que hablo cuando afirmo que será mucho peor si no sé qué híper civilización perpetró la extinción de la humanidad. Porque, en ese caso, me veré obligada a jugar sobre seguro y ordenar la aniquilación de las biosferas en las que evolucionaron las diecisiete especies líderes de la Égida. Si ese peor absoluto llega a ocurrir, me convertiré en la mayor genocida de la periferia galáctica.

Mientras ruego que esa hipótesis absurda no se concrete, trabajo en mantener mi cordura y convivo serenamente con mis peores pesadillas.

Gerson Lodi-Ribeiro es un escritor brasileño de ciencia ficción, con títulos en Ingeniería Electrónica y Astronomía por la UFRJ. Sus primeros cuentos aparecieron en fanzines como Boletim Antares y Somnium en la década de 1980, pero su debut profesional como escritor se dio, de hecho, con la noveleta “Alienígenas Mitológicos”, publicada en la edición brasileña de la Isaac Asimov Magazine n.º 15. En el n.º 25 de la misma revista también publicó “A Ética da Traição” (1993), un cuento largo del subgénero de historia alternativa que también apareció en la revista semiprofesional francesa Antarès—Science Fiction sans Frontieres, y en la antología O Atlântico Tem Duas Margens (1993). Esta obra es reconocida como un clásico moderno de la ciencia ficción brasileña. En 1996, Lodi-Ribeiro recibió el Premio Nova al Mejor Trabajo de Ciencia Ficción y Fantasía por O Vampiro de Nova Holanda y, en 1999, el Premio Nautilus a la Mejor Noveleta por A Filha do Predador, escrita bajo el seudónimo de Daniel Alvarez y publicada ese mismo año en el fanzine Intrepid. El autor también recibió el Premio Argos Especial por el conjunto de su obra y, en 2012, el Premio Argos al Mejor Novela de Ciencia Ficción y Fantasía por A Guardiã da Memória. En 2018 volvió a recibir el Premio Argos a la Mejor Novela de Ciencia Ficción y Fantasía por Octopusgarden. Entre 2004 y 2010, el autor trabajó en el desarrollo del universo ficcional del juego Taikodom. En abril de 2009 se publicó el libro Taikodom: Crônicas por Devir Livraria. Entre sus últimas obras publicadas pueden citarse Estranhos no Paraíso (novela, 2015), la ya citada novela Octopusgarden (2017) y Pecados Terrestres (novela corta, 2022). 

 

martes, 6 de enero de 2026

SOLO CUANDO SE LE HABLA

Rhys Hughes

 

—Este es el invento que mencioné —dijo Frampton mientras acompañaba a su invitado a una habitación convertida en laboratorio. Y como Meredith se dedicaba a la poesía en su tiempo libre, asintió en señal de agradecimiento ante la eufonía de esas palabras. Luego parpadeó y rio.

—No se parece en nada a como lo imaginé —dijo.

—¿Ah, sí? ¿Qué imaginaste?

—Me imaginé una poderosa máquina de vapor con el rostro de un dios de una época pasada. Ojos brillantes y una boca con una lengua afilada. Esa es la imagen que me vino a la mente cuando me habló de su máquina. Pero veo que me engañé. Es más elegante.

—Tienes mucha imaginación—dijo Frampton.

—Eso espero, señor—fue la respuesta.

—Meredith, hijo mío, nunca te has encontrado con algo así, te lo aseguro, nada que se le parezca ni remotamente. Estoy seguro de ello. Me llevó décadas de trabajo y exigí al máximo mi cerebro. La mayor parte del trabajo fue, de hecho, mental. Pensé en el dispositivo durante años antes de empezar a esbozar un diseño. ¡Quería que fuera realmente magnífico, una maravilla!

—Debe ser una maravilla, porque me pregunto...

—Muy inteligente, pero escucha.

Meredith miró al hombre mayor con más seriedad. Frampton se frotaba las manos con vigor. ¿La máquina funcionaba por fricción? ¿Era esa la razón de este frenesí de palmas?

Pero no, Frampton simplemente expresaba su alegría.

—La máquina —dijo— funciona con la presión atmosférica y un mecanismo de relojería. Requiere muy poca energía para funcionar. Es extremadamente eficiente en ese sentido. He conectado una secuencia de barómetros a un mecanismo de cuerda. La presión atmosférica cambia constantemente, como seguramente sabe. Los barómetros tensan el resorte de un reloj y este opera el sistema de señalización.

—¿No requiere intervención humana para seguir funcionando?

—Ninguna en absoluto cuando funciona sin problemas.

—¿Casi una forma de movimiento perpetuo?

—Llamémoslo pseudo perpetuo, pues solo parece que estoy obteniendo energía gratuita del cielo. La rotación de la Tierra y el calentamiento del Sol impulsan las diferencias de presión atmosférica. Un día el Sol se apagará y ya no será posible construir un dispositivo así.

—Está pensando muy a largo plazo, señor.

Frampton se encogió de hombros.

—Ese es mi principal defecto, si es que lo es. Pero estoy reconciliado con mi naturaleza. Sí, soy excéntrico, lo acepto.

—En mi opinión, es un verdadero genio.

Frampton aceptó el cumplido y le obsequió a Meredith una sonrisa radiante. Luego dio un paso hacia la máquina y abrió los brazos, abarcando la consola y los botones.

—Estamos en la habitación más alta de mi casa. Sobre nosotros, en el tejado, se encuentran el poste y los brazos de un semáforo. Los cables van conectados desde el semáforo hasta el chasis del aparato. Ya verás.

—¿Tiene nombre su invento, señor?

Frampton asintió.

—Sí que lo tiene, muchacho. Lo llamo hinternet.

—¿Hinternet? ¿Pero por qué?

—¿Conoces la palabra ‘hinterland’, la tierra entre tierras? Bueno, esta es una red entre redes. Lo que quiero decir es que las redes comunes atrapan peces, mariposas o renegados. Pero mi red captura información y, por lo tanto, es diferente a otras redes. Es una red en sí misma. Por eso. —Meredith aceptó la respuesta, que le pareció ingeniosa, lírica, un poco absurda y profundamente interesante—. Le he explicado que mi máquina puede responder a cualquier pregunta que se le haga. Pero que te digan algo y experimentarlo por ti mismo son dos fenómenos completamente diferentes.

—Esperaba un oráculo, señor. El dios impulsado por vapor que mencioné antes, el ídolo de bronce de una época antigua.

—¿Un oráculo? No. Es más bien una enciclopedia, la más grande compilada en la historia de la humanidad. Un libro que contiene todo el conocimiento, todos los hechos. Si te metieran en la mayor biblioteca de la historia y te permitieran vagar a tu antojo por el resto de tu vida, podrías ser considerado un ser similar al alma de esta máquina. Hablo metafóricamente, pues no tiene alma en el sentido de una niebla sapiente como la que comúnmente se supone que existe tras nuestros huesos. Ya sabes a qué me refiero. El fantasma en la máquina. Bueno, el fantasma en esta máquina también es una máquina. Es una secuencia de pasos. —Meredith asintió, sintiéndose incapaz de responder de otra manera. Frampton sonrió y acarició el lateral del aparato. Su afecto por el dispositivo era una imagen entrañable. No era un científico insensible, sino un hombre tierno y con recursos, un ingeniero brillante pero sentimental—. Pero definirlo y explicarlo es bastante inútil. Es mucho mejor que lo conozcas viéndolo en funcionamiento. Puede responder a cualquier pregunta. Te invito a que le hagas una pregunta ahora. Adelante.

Meredith aprovechó la oportunidad. Inclinó la boca hacia la consola y habló con claridad.

—Escríbeme un poema al estilo de Byron, sobre el ingenio del mundo moderno.

Frampton negó con la cabeza.

—No lo entiende —dijo con tristeza.

—¿En qué sentido, señor? Le hice una pregunta.

—El hinternet se ocupa de hechos, de la recuperación de fragmentos de datos, de verdades comprobadas que ya existen. No crea. No es inteligente. Deberías pedirle que te diga algo ya conocido. Pedirle que produzca una obra de arte es pedir demasiado. Lo siento.

Meredith se sintió reprendido, pero asintió.

—Mis disculpas, señor.

—Haz una pregunta apropiada, si eres tan amable.

Meredith pensó por unos momentos

—Recientemente, como sin duda sabe —dijo luego—, un explorador determinó el lugar de nacimiento del Nilo. Eso sería una prueba adecuada para su máquina.

—Eso me parece mejor — respondió Frampton.

Meredith continuó.

—Entonces, por favor, hágale la siguiente pregunta: ¿Quién ha localizado el nacimiento del Nilo?

—La respuesta ya la conozco —dijo Frampton.

—Es Speke, por supuesto.

—John Hanning Speke —asintió Frampton.

—¿Buena pregunta?

—Perfecto, muchacho. Déjame programar la máquina.

Frampton pulsó botones en la consola y luego tiró de una palanca. De inmediato, un fuerte zumbido salió del interior de la consola. Los resortes se desenrollaban, los engranajes giraban, las poleas se movían y los cables cambiaban la posición de los brazos del semáforo en el tejado.

—¿Qué está pasando ahora exactamente? —preguntó Meredith.

—La primera etapa del proceso se ha puesto en marcha. Los brazos del semáforo están enviando señales a tu pregunta.

—¿Quién es el destinatario? —preguntó el joven.

—Ven a ver—dijo Frampton.

Condujo a Meredith hasta la ventana y señaló a lo lejos. Más allá de las casas del distrito, se alzaban imponentes los muros de una prisión. Pero desde esta posición estratégica se podía ver por encima de ellos el edificio principal del penal, con sus hileras de ventanas enrejadas. En una de ellas, un brazo se extendía y agarraba una sábana o alguna otra tela. La agitó y luego se replegó dentro de la celda, tras los barrotes. El científico se volvió hacia su invitado.

—Mi contacto ha recibido el mensaje del semáforo —dijo—. Ahora será procesado.

—¿Quién es ese contacto? —preguntó Meredith.

—Un caballero con mucha educación que, por desgracia, intentó desfalcar la institución académica que lo empleaba. Lo conocía personalmente cuando era más joven. Seguimos en contacto. Ahora trabaja en la red interna. Es un preso modelo, muy querido por los guardias.

—¿Qué hará ahora? —exclamó Meredith.

—Sobornará a uno de los guardias para que lleve el mensaje al ala de la cárcel donde se ejecutan los castigos. Desde allí, se retransmitirá fuera de los muros de la prisión y se difundirá posteriormente.

—¿Cómo sobornará al guardia? ¿Tiene dinero?

—No, usará… otros incentivos —concluyó. La sonrisa de Frampton era una mueca …y Meredith no pidió detalles

—¿Cómo se transmitirá el mensaje? —preguntó frunciendo el ceño.

—¿Desde el pabellón de castigo? Hay un guardia que se dedica a golpear a los peores presos con una pala en las nalgas. Los reincidentes no se pueden reformar, como seguramente sabe. Hay que azotarlos. El mensaje se transmitirá por la forma en que altere el ritmo de la paliza. Hay un hombre apostado fuera de la prisión que oirá el cambio de ritmo y lo interpretará. Tiene uno de esos vehículos llamados bicicleta.

—¿Y entonces qué, señor?

—El hombre en bicicleta pedaleará hasta una taberna con un casero que atiende a estudiantes de una universidad cercana. Estos estudiantes estudian teología y no pueden responder a su pregunta, pero el casero se la pasará y, al regresar a su alojamiento, un hombre quemará basura en su chimenea y se crearán señales de humo. Estas señales de humo serán vistas por un viejo capitán que vive en un faro en una pequeña isla cerca de la costa. El capitán ajustará la rotación de los haces de su lámpara para transmitir la pregunta a un barco anclado a diez millas de la costa.

—¿Ese barco siempre está ahí? —se preguntó Meredith.

—Sí, es una parte importante de la red interna. Conozco al dueño del barco y tiene acciones en mi invento.

—¿Pero qué hará la tripulación de ese barco?

—Transmitir el mensaje.

—¿Cómo, señor? —preguntó Meredith, intrigado.

—Lo escribirán en un pergamino, lo enrollarán formando un cilindro, lo insertarán en una botella de vidrio verde, la taparán con un corcho y la arrojarán por la borda. No es una acción tan aleatoria como se podría suponer. Las corrientes están cartografiadas y son bien conocidas. Llevarán la botella mar adentro, paralela a la costa. Es casi seguro que la depositarán en una playa cerca de un balneario muy popular entre los comerciantes de la capital. Uno de esos comerciantes, dando un paseo por la playa temprano por la mañana, la encontrará por casualidad, destapará la botella y leerá el mensaje. Sí, lo hará.

—¿Qué pasará después? —preguntó Meredith.

—Cuando el comerciante regrese a la capital después de sus vacaciones, visitará a la compañía naviera con la que más comercia. Se encargará de que el mensaje se convierta en instrucciones de navegación para el próximo carguero que zarpe. Por ejemplo, si se encuentra la letra “W” en el mensaje, el barco se dirigirá al oeste. Para ser más preciso, la pregunta que le hiciste al hinternet, “¿quién ha localizado el nacimiento del Nilo?” contiene una vez la letra “W”, cinco la letra “E”, una la letra “N” y dos de la letra “S”. Así, el barco navegará cinco veces más al este que al oeste y el doble al sur que al norte, y navegará durante exactamente treinta y un días, el mismo número de letras que contiene tu mensaje. Supongo que terminará en algún lugar del océano Índico, al sur del ecuador. El mensaje será entonces confiado al cuidado de un marinero. Este se sentará en uno de los botes del barco y será bajado al mar. Comenzará a remar hacia la tierra más cercana, donde sea que esté.

—¿Serán las islas Maldivas, quizá? ¿O Sumatra?

Frampton frunció el ceño.

—Sí —dijo—, o incluso Australia. No estoy muy seguro en este momento. No importa. Cuando el marinero llegue a tierra, buscará una autoridad confiable en el primer pueblo que encuentre. Esta autoridad confiable intentará responder a la pregunta, recurriendo ampliamente a libros de texto, conocimientos personales y debates con personas eruditas que conozca. Una vez encontrada la respuesta, se la devolverá al remitente.

—¿De vuelta a esta misma máquina? —exclamó Meredith.

—Por supuesto, muchacho.

—¿Recorriendo la misma ruta que ha recorrido?

Frampton negó con la cabeza.

—No, no, eso sería demasiado fácil. Primero debe dar la vuelta al mundo y, por lo tanto, se enviará por todo tipo de métodos, incluyendo bengalas nocturnas, un ritmo marcado por grandes bombos, varios tipos de códigos, perros adiestrados, incluso gatos si no hay perros disponibles, mensajeros con botas de tacón alto, chismosos y otras ancianas, ¡de todas las maneras posibles! En seis meses, tu pregunta tendrá respuesta. Te lo garantizo personalmente.

—¡Increíble! —Meredith estaba sinceramente abrumado.

Frampton levantó la mano.

—Para evitar errores —añadió—, permíteme mencionar que tu pregunta se ha enviado dos veces, cada vez por rutas diferentes, y que ambas respuestas deberían llegar con una hora de diferencia, la segunda como confirmación de la primera. Es un tipo de redundancia operativa que los ingenieros suelen incluir en sus máquinas.

—Por seguridad. Sí, lo entiendo.

—Bien hecho, tienes razón.

—¿Qué hago ahora? —preguntó Meredith.

Frampton consultó el reloj en la pared del fondo de la habitación.

—Vuelve en seis meses. Entonces tu pregunta tendrá respuesta. ¡Verás por ti mismo que hinternet es una herramienta del futuro!

Meredith asintió, estrechó la mano de Frampton, se dio la vuelta y se fue. Caminaba con agilidad, lleno de alegría ante la inmensidad de lo que acababa de experimentar. ¡Una máquina que puede responder a cualquier pregunta! ¡Una reserva mundial de hechos y conocimiento! Era maravilloso, hermoso, lo más extraordinario que había oído, y él había formado parte de ello. ¡Un acontecimiento histórico equivalente a la invención de la máquina de vapor!

No, era mejor que eso, pues una máquina de vapor podía fácilmente ser solo una parte de la red interna, ayudándola a funcionar.

Volvió a casa y su vida continuó con normalidad hasta que llegó el día en que debía visitar a Frampton de nuevo. Le costó contener la emoción cuando llamó a la puerta del científico y lo admitieron y lo condujeron al laboratorio en la azotea de la casa. Hacía seis meses que había hecho su pregunta.

—Bienvenido, muchacho —dijo Frampton esbozando una leve sonrisa.

—Tengo muchas ganas de escuchar la respuesta, señor.

—Y así será. Arribará en cualquier momento. Has llegado en el momento justo. El tipo de la ventana de la prisión acaba de empezar a hacer señales con su sábana. Si te acercas a la ventana, podrás verlo. Los receptores en los brazos del semáforo interceptarán sus señales y las interpretarán. Entonces activarán esta parte de la consola, que es un teletipo de relojería, con toda la cuerda. La respuesta se imprimirá en la cinta de papel.

—Estoy rebosante de ilusión, señor.

Frampton asintió.

—Aquí viene —declaró, mientras el teletipo empezaba a sonar. Imprimió un par de palabras y luego se detuvo.

—¿Ha llegado la respuesta? —exclamó Meredith.

—Claro que sí.

Frampton se agachó y arrancó un trozo de cinta de papel. La sostuvo cerca y la examinó a través de sus gafas.

—¿Qué dice, señor?

—La reina Victoria —fue la respuesta.

Se hizo el silencio. Meredith arrastró los pies con inquietud sobre la alfombra.

—Pero sé que no es cierto. El explorador que localizó el nacimiento del Nilo fue John Hanning Speke. Esa es la respuesta.

Frampton se encogió de hombros.

—Todos los sistemas se ven afectados por errores de vez en cuando. El hinternet no es la excepción. De hecho, es más probable que esté equivocado que la mayoría de las demás máquinas. Esa es la verdadera razón por la que se llama hinternet. Olvídense de mis palabras sobre hinterlands y todas esas tonterías.

—Estoy decepcionado, señor. Debo admitirlo.

Frampton hizo un gesto con el brazo.

—La clave está en el nombre, muchacho. Lo llamé hinternet porque da pistas en lugar de hechos. ¡Pero piensa en el ingenio! Eso es lo que importa. ¡La compleja combinación de elementos!

—Debo despedirme, señor.

—¡Espera! No te vayas todavía. Hay un sistema de respaldo. ¿Recuerdas lo que dije sobre la redundancia operativa? Tu pregunta se envió dos veces, usando una ruta diferente en la segunda ocasión. Esa otra respuesta debería llegar en cualquier momento. Podría ser una respuesta diferente y más precisa. Permanece atento a las señales, muchacho. Esa es la señal que estoy esperando.

Justo cuando terminaba de hablar, el tañido de las campanas de una iglesia lejana flotó en el aire hacia ellos. El sonido, aunque débil, activó unas campanillas en la consola de la máquina. El teletipo volvió a sonar. Cuando se detuvo, Frampton arrancó la cinta.

—¡Tres palabras en el mensaje esta vez!

—¿John Hanning Speke?

Frampton frunció el ceño e hizo una mueca irónica.

—No exactamente, muchacho.

—¿Y entonces qué? —​​preguntó Meredith.

Frampton leyó el mensaje lentamente.

—Codo de Tetera de Mono. —Se hizo otro silencio—. ¡Hay errores por todas partes, incluso en los giróscopos! —gritó Frampton. De repente, se puso a la defensiva. Recorrió la sala dando una charla sobre la verdad de que el progreso se lograba a través de errores, no mediante dispositivos que funcionaran, y cómo sin errores no podía haber ciencia ni ingeniería, y que sin esas dos disciplinas bien podrían irse a vivir a una cueva, golpearse la cabeza y gruñir.

Meredith estaba convencido. Las palabras de Frampton eran muy seductoras. Ahora se sentía avergonzado por esperar una respuesta verdadera a su pregunta. Aceptó que cualquier respuesta era suficiente. Cuando terminó el monólogo de Frampton, se aventuró tímidamente y con respeto a tocarle el hombro al genio y pedirle permiso para probar el hinternet una vez más. Frampton consideró su petición y asintió.

—¿Qué quieres preguntar? —dijo mientras se acercaba a la consola.

—Pregúntele qué sabe de la poeta Meredith Gimp —dijo Meredith con los ojos llameantes—. ¡Soy yo! Quiero que la red social busque mi nombre. He publicado en muchas revistas. Quiero saber qué opina de mí.

—¡Ay, muchacho! Buscar tu nombre en hinternet es extremadamente egoísta. Pero ¿sabes una cosa? Yo busqué mi propio nombre una vez. ¿Quién soy yo para juzgar? Sí, se lo preguntaré.

Pulsó los botones de la consola, giró la cabeza y le dijo a su visitante:

—Vuelve en seis meses.

Rhys Henry Hughes es un escritor de fantasía y ensayista galés nacido en 1966 en Cardiff. Ha cultivado diversas formas de ficción, desde relatos cortos hasta novelas. Entre muchas otras obras, ha publicado las siguientes novelas y colecciones de cuentos: Worming the Harpy and Other Bitter Pills (1995), The Smell of Telescopes (2000), Stories from a Lost Anthology (2002), A New Universal History of Infamy (2004) –Parodia y homenaje a Jorge Luis Borges–, Engelbrecht Again (2008), Twisthorn Bellow (2010), The Brothel Creeper (2011), The Abnormalities of Stringent Strange (2013), The Pilgrim's Regress (2014), Flash in the Pantheon (2014), Brutal Pantomimes (2016), Cloud Farming in Wales (2017), The Honeymoon Gorillas (2018), Crepuscularks and Phantomimes (2020), Weirdly Out West (2021), Utopia in Trouble (2021), Comfy Rascals (2022), The Senile Pagodas (2022), Adventures With Immortality (2023), The Wistful Wanderings of Perceval Pitthelm (2023).

HASTA QUE SE ENCIENDA LA LUZ ROJA

Mike Jansen

 

Tu rostro apenas se ve tras el respirador, solo tu cabello dorado me recuerda que eres tú quien está sentada en tu trono, con almohadas que sostienen tus frágiles extremidades, y un suave gorgoteo proveniente de las máquinas a tu lado. Te mantienen viva.

A la luz moribunda de los tres soles de Trega II, tus ojos son vívidos, de un gris azulado, el hielo oscuro que me atrajo por primera vez hace tantos años, cuando me dedicaste tu mirada severa, la de la promesa.

La vista de la ciudad desde la ventana de tu hospital es impresionante: cientos de rascacielos rodeados por la eterna jungla del continente polar en el que nos establecimos hace casi setecientos años. El nuevo hogar de la humanidad lejos de la Tierra. Es un desperdicio para nosotros, solo nos vemos el uno al otro.

Me arrodillo a tu lado y tomo tu frágil mano en la mía. Es un ritual que realizamos de vez en cuando. En realidad, es cuestión de tiempo antes de que mueras o te cures. Sin embargo, incluso después de cruzar la inmensidad del espacio interestelar, aún no se ha encontrado una tratamiento efectivo para esta enfermedad. Las palabras de tu oncólogo tenían su temible irrevocabilidad, unas pocas semanas como máximo. El dolor genuino en sus ojos nos dijo basta.

 

No puedo vivir sin ti. Lo decidí hace más de un año. Cueste lo que cueste. Nunca preguntaste por la medicina que te proporciono. Nunca me ofrecí voluntario. Esa es mi cruz. No soy un asesino, pero protegeré a quien amo.

 

Notatlan lo comprendió cuando fui a verlo a su escondite en el desierto, tan solo un día después de escuchar el veredicto. Nosotros, mi amor y yo, habíamos estado estudiando a su gente durante años y Notatlan había aprendido nuestro idioma más rápido de lo que podíamos cartografiar su sociedad.

—Tu propósito ha cambiado, humano —dijo con su voz aguda y chillona cuando entré.

Asentí.

—Eres sabio y observador, Notatlan. Busco tu conocimiento. Y la razón por la que sigues vivo. Nuestros primeros registros te muestran aquí, hace setecientos años. Sin embargo, tu gente rara vez vive más de cincuenta.

 

—Shshra, tengo una historia de Sombras Largas que contarte, si me escuchas...

Era larga y enrevesada, pero me enseñó quienes son los verdaderos dioses de Trega II.

 

Ahora mismo, en estos salones de enfermos y moribundos, los falsos dioses de batas blancas, que se hacen llamar médicos, dispensan medicinas y procedimientos. Espero que una Sombra de la Misericordia pase junto a los tronos de los reyes y reinas en cualquier momento. Quizás sea mi esperanza, una decisión tomada sin mí, pues estoy igualmente a merced de mi propio deseo: verte viva un poco más.

No podía creer que tú, nosotros, algún día terminaríamos. Una fuerte creencia es un don, es una convicción, una fuerza de voluntad que impulsa a un hombre a los extremos para alcanzar metas que algunos llamarían improbables, si no imposibles. Con un poco de ayuda de las Sombras Largas, mi voluntad ha superado hasta ahora los obstáculos de tu enfermedad, aunque cada vez es más difícil obtener la esencia necesaria para prolongar tu vida.

Al mirarte a los ojos, veo la necesidad de liberación, de que todo termine, pero niego con la cabeza. Aún no es tu hora, no, aún no, no te dejaré ir.

Un dios entra y mira los gráficos en tu pantalla. Se va, sin sentir las dagas que mis ojos le clavan en la espalda, sin notar mi mano en el bolsillo derecho de mi chaqueta, apretando el bisturí que robé de una bandeja fuera del Reino Estéril.

Me aferro a tu mano y lloro, mientras me decido y fortalezco mi determinación. Murmuro algo sobre un baño y prometo volver pronto. Tus ojos me siguen al irme. Hay lágrimas, lo sé. Yo también las siento en mis ojos. Las tuyas son por tu situación y tu soledad. Las mías son por la vida que estoy a punto de terminar.

 

—¿Es esta la única manera, Notatlan? —pregunté.

La criatura asintió.

—Nuestros dioses son oscuros y vengativos. Exigen sacrificios...

—...a cambio de lo que necesito.

—Shshra, paga bien a las Sombras Largas y te lo devolverán con la misma moneda.

 

Los salones de este reino tienen muchas puertas con luces rojas y verdes. Algunas luces están apagadas; una ausencia no solo de luz, sino también del alma que una vez ocupó el trono interior. Al doblar una esquina, veo a un dios salir de una habitación, con los guantes puestos, cargando una bandeja con una jeringa que sé que contiene un fuerte sedante. Es mi señal, mi presagio. No soy de los que ignoran la mano que me depara el destino.

Mirando a mi alrededor, entro en la habitación sin ser observado, con la mano derecha temblorosa alrededor del mango del bisturí. Un escalofrío me recorre la espalda. Siempre siento reticencia, una resistencia casi tangible ante lo que estoy a punto de hacer, el diezmo que estoy a punto de entregar a dioses distintos a los que deambulan por estos pasillos. Todos podemos ser Sombras de la Misericordia si llega el momento, y con gran claridad comprendo que ese momento acaba de llegar.

Un suave ronquido llega a mis oídos. No es un ronquido saludable, sino la lucha de un cuerpo enfermo por el oxígeno, por mantener su corazón latiendo, por evitar que sus órganos fallen. ¿Y para qué? Para mantener una enfermedad incurable que el cuerpo ni siquiera sabe que existe. Criaturas tan lamentables, atadas a nuestras formas terrenales sin importarnos el mundo que nos rodea, sin comprender el ciclo implacable que eventualmente nos reducirá a polvo. Porque el tiempo apremia. La gente en estos pasillos lo sabe muy bien, a pesar de los tranquilizadores susurros de los dioses de túnicas blancas.

La tenue luz de la habitación ilumina el trono. Piel amarilla, cabello lacio casi desaparecido, el hombre está demacrado, su forma esquelética solo parcialmente cubierta por una fina sábana blanca. Me acerco, observo el ritmo lento y trabajoso de su respiración, la delgada línea de su vida claramente visible sobre él. Agarro un trozo de tela de una mesa auxiliar.

La Sombra de la Misericordia me acecha, obviamente. Cada vez que he visto la línea, ha sido cuando alguien necesitaba morir para que mi amor pudiera vivir un poco más.

Mis oraciones a los verdaderos dioses de Trega II siguen los patrones de la respiración de la enferma, sincronizándose, haciéndome uno con la habitación, la situación, la necesidad de crear el momento perfecto para su partida y la recolección de sus energías restantes.

 

—Las Largas Sombras te tomarán por asalto y te abrirán los ojos a su mundo —me advirtió Notatlan—. Puede ser que no te guste lo que veas. Puede que no te guste lo que te espera.

—Solo me importa mantenerla con vida, Notatlan. Haré lo que sea.

La criatura terminó su dibujo en la arena.

—A veces, soltar es el sacrificio máximo, humano —dijo, justo antes de que el mundo se oscureciera.

 

Corté la válvula que impedía que el sedante le inundara las venas. El líquido transparente entró rápidamente en su cuerpo. Su respiración pareció detenerse y esperé, recé, que se calmara. Pero entonces abrió los ojos, inyectados en sangre y amarillos. Vi el miedo en su interior, la certeza de que las Largas Sombras lo acechaban y que su hora había llegado. Intentó abrir la boca. Vi su lengua manchada, hinchada, un gusano viscoso que se retorcía e intentaba escapar. Por supuesto, no podía permitirlo.

Le agarré la lengua con la tela, tiré y la corté limpiamente. Rápidamente la envolví en la tela, le cerré la boca y me apoyé en su mandíbula hasta que el sedante le hizo efecto. Puso los ojos en blanco, la sangre le brotó de la nariz y se ahogó, dejándome con un trofeo, el recipiente que las Largas Sombras necesitaban para llevar la esencia viva de vuelta a un ser querido.

Sin dejar rastro, salí de la habitación. La luz era roja, señal de que los dioses convergerían en el alma desventurada que hay en su interior para rescatarla de las puertas del olvido, si pueden.

En el baño, la luz blanca era gélida. El espejo mostraba mi rostro, ceniciento, con arrugas que nunca antes había notado. Bajé la vista hacia el paño manchado que tenía en la mano y lo dejé caer en el lavabo antes de abrir el grifo para enjuagar la sangre.

El trozo de lengua, sin sus fluidos, era de un rosa pálido. La carne era suave, salada, con un regusto amargo, que recordaba los aromas de los salones de este reino. Un calor me inundaba el cuerpo; una euforia extática me anegaba el cerebro, igualándome al menos a los dioses de túnicas blancas, ejerciendo un poder que ellos nunca pudieron, otorgado por el aspecto de la Sombra de la Misericordia. Con un deleite casi narcisista, descarté el trozo de tela, me lavé las manos y la cara y revisé si tenía salpicaduras en la ropa. Estaba listo para irme, listo para mi amor.

Entre dioses y semidioses que recorrían los pasillos, regresé al trono. Descansaba, inquieta, con su cabello dorado extendido alrededor como una corona antigua. Me senté a su lado y le tomé la mano. Una profunda satisfacción me llenó; porque una vez más pude prolongar su existencia y retenerla conmigo. Cueste lo que cueste, por mucho tiempo que cueste, haré lo que las Largas Sombras me pidan. Cuando me incliné sobre su mano para darle el beso de la vida, ella se apartó.

Sorprendido, levanté la vista, y miré los oscuros ojos gélidos de mi amada. Ya no había amor allí, ni ira, ni determinación, ni culpa, ni miedo. Reconocí la resignación y me embargó la desesperación. Aparté el respirador; sus mejillas hundidas estaban amarillas, como sus manos y sus brazos.

—Ya basta. Basta —susurró.

Sostuve las barras de metal a un lado de su trono y las apreté.

—He sido una Sombra de Misericordia, mi amor, para ti. Por favor, no me rechaces. Eres todo lo que se interpone entre mí y la locura asesina.

Sonrió.

—Está bien. Te perdono. —Su mano descansaba sobre la mía. Recosté la cabeza sobre ella, sintiendo el frío roce de sus dedos.

—Siempre fuiste la fuerte —murmuré contra su piel.

—Sé mi Sombra de Misericordia —musitó.

La miré.

—No puedo hacer eso. No me lo pidas esto.

—Esa es tu cruz, mi amor. —Respiraba con dificultad y se volvió a colocar el respirador para recuperar fuerzas. Después de un minuto, me miró con lágrimas en los ojos y murmuró a través de la máscara—: Suéltame... déjame ir...

Poco a poco me di cuenta de que ese momento era su último acto de desafío, la última chispa de fuerza que la impulsaba a elegir el momento y la forma de su muerte. Para mí era un momento de Satori, cuando la idea de usar el poder adquirido al quitar una vida también puede usarse para quitar otra, incluso si esa vida era muy querida para mí. Recordé las palabras de Notatlan.

—A veces, dejar ir es el sacrificio máximo.

La Sombra de la Misericordia descendió sobre mí y la alimenté, no solo con el fuego de la ira que llevo dentro y las innumerables emociones de ese momento, sino también con las chispas de vida que con tanto cuidado he atesorado durante los últimos meses, hasta que sus alas negras se extendieton hasta el infinito y la oscuridad invadió la habitación.

Hay un precio que pagar, siempre lo hay, pero lo acepté con gusto para pasar momentos que se extienden hasta la eternidad con mi único y verdadero amor, sintiendo cómo nuestras energías se mezclaban, cómo nuestras almas se entrelazaban, hasta que se encendió una luz roja.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

BRINCADOR EN EL JARDÍN DE MUNDOS