Luis Saavedra
Salta brinca salta. Retrae tus extremidades hacia la masa de tu cuerpo. Toda tú se tensa y tu abdomen comienza a bullir de reacciones químicas. Líquidos y gases que se acumulan en tu vejiga. Te hinchas lentamente del amor a la Flor fétida. Salta brinca salta. Caíste a este nuevo mundo siguiendo a la Flor fétida, la escuchaste a través de los años luz. Vengan, amadas; síganme, amados. Te quemaste, apenas si diste un quejido, pero sentiste los murmullos de todos los tuyos, cayendo sobre el mundo desde la era del sueño. Desde un agujero largo y blanco que devora las distancias del universo. Miles regurgitadas, las cosechadoras. En el circuito de tu ciclo de vida, la linfa comenzó a moverse en ti, demandando. Luego, liberaste todo el amor de la Flor fétida. El aire y la tierra y el agua, la dulce fetidez impregnada en todo. Agotada, descansaste otro momento. Salta brinca salta. Recién llegada al dulce mundo. Toda la horda y tú son las cosechadoras. Jugando el juego antiguo y cósmico. Oler la esencia de la Flor fétida entre las estrellas, infecciosa, irresistible, hermosa. Llegar a donde ella va. Eres gigantesca aquí y pequeña en el último mundo. Qué importa, siempre es el mismo resultado. Salta brinca salta. Pasan edades, traslaciones ocurren. Coraza ardiendo, coraza al cero. Soles que caen y lunas que suben, rayan el cielo. Duermes un sueño efímero en el filo de tu ser, mientras que la Flor fétida conjura su amor sobre el joven mundo rojo. Tu alma se ha convertido en filigrana de un fuego frío, tenue cristal vaporoso. Salta brinca salta. Aún no, paciencia. Te pones más verde y revives, se estiran tus estrías por la presión interior. Resistes siete estaciones en este mundo, cuatro en otro. Todo varía cada vez. Porque siempre la Flor fétida tiene tantos escenarios, ella se adapta. Y en todos, su dulce aroma de destrucción te llama. Salta brinca salta. Toda tú se agarrota y parece explotar. Toda tú repleta del amor por la Flor, sintiendo cada vez más el hambre punzador en miles de puntos. Una presión voraz, que luego germinará bajo este cielo. Verde cuerpo, estrías más verde, ahora casi traslúcido. El dolor te place, siempre es posible tener otro poco de dolor. Salta brinca salta. Ya pronto, no hay apuro. ¿Cuántos saltos puedes recordar? Virtualmente ninguno; no por ti misma, las cosechadoras tal vez. Granos de hierro atraídos por imán a través de un mar de soles. Tu vida ha suspirado bajo mil cielos. Azules, rojos, amarillos. Ultravioletas, radiales, infrarrojos. Qué portento poder verlos y recordarlos; no tú, las cosechadoras tal vez. Salta brinca salta. No es posible hoy, los centinelas no han graznado. No puedes oler nada si no es a través de ellos, los hipersensibles. Sus largas extensiones cosquilleando el aire enrarecido, hasta casi tocar el vacío. Atentos. Ninguno ha gritado aún. Te expandes incómoda un poco más, verde más verde. Hambre y más hambre. Aún toda la sangre de un mundo rojo no satisface a las cosechadoras cuando están hambrientas. Salta brinca salta. Fue un nuevo mundo éste. Vigoroso volcánico vibrante. Mundo de tonalidad roja. Flora y fauna de sangre. Sus entrañas explotando y los cielos llenos de su melena carbónica. Pero llegó la tecnología de la Flor Fétida, atravesando la galaxia como una saeta. Convocó a sus agentes desde el agujero largo y blanco. Los invisibles agentes, plásticos tetradimensionales, inmensos como planicies, vomitaron las semillas de la Flor fétida. Y el mundo rojo quedó preñado de la condenación del verde. Salta brinca salta. El momento ha llegado al fin. Tú y la horda pueden ya comer. El amor de la Flor fétida ha aletargado las defensas del mundo rojo. El ciclo industrial y ciego de las cosechadoras envuelve y devora al rojo con colmillos que succionan, luego lo transmuta y lo regurgita. Rompe los enlaces químicos, lo recombinarlo. Todo tenía un sabor dulce para ti. Apagar la vida roja, consumirla mientras se retuerce. Es el placer del dolor. Salta brinca salta. El mundo rojo pasó a pardo pardo. Se apagó el rojo enemigo y solo queda una delgada capa de vómito que corrompe al mundo. Y tú feliz feliz. Y de nuevo al sueño. Al tiempo de la espera. Un mundo en donde nada más que tú y las cosechadoras se mueven. No ves los centinelas y sus dedos largos largos. No ves las cosechadoras durmiendo, ahora enormes enormes, verdes. No ves la fina capa de vómito cuarteándose bajo el sol blanco viejo. Esperas, esperanza, esperador. Salta brinca salta. Llegan primero como sembradores, se van hacia el siguiente mundo. Vuelven cuando la fina capa madura y vuelve esencia del verde. Llegan alados, siempre adelante detrás, los mismos gigantes sembradores. En su segunda venida, segadores. Agentes. Fantasmas traslúcidos, ectoplasma que besa frío. Organización cadavérica de luz. Enormes silenciosos angélicos. Absorbiendo la dulce dulce esencia del verde, recolectando. Descienden sobre ti; no, sobre las cosechadoras. Velo que humedece y sexo que penetra, recompensándolas. Salta brinca salta. Si supieras si supieras. Pero no, sueñas y te hinchas en la ignorancia. Los agentes absorbiendo el vómito y celebrando el amor de la Flor fétida. Orgasmo eléctrico atómico. La dulce fetidez se diluye en la atmósfera y comienza a cambiar. El mundo cambia, la sangre seca cambia. El mundo era rojo, ahora es verde. El verde que crece lujurioso sobre las cosechadoras. Salta brinca salta. Los agentes dejan de copular. Se levantan en oleadas fractales y atacan las cuatro dimensiones. Presencias perpendiculares en planos paralelos. Ascienden alejándose de toda radiación allá abajo. El mundo ahora acogedor verde que refleja el rojo hacia el vacío. Se van espectrales por el agujero largo y blanco. ¿Te enteras hacia a dónde? Salta brinca salta. Verde que fue rojo. Ahora está bien, el rojo enemigo ha muerto. Verde profundidad y relámpago. Enredándose hacia las entrañas volcánicas, verde. Las cosechadoras y tú, verde. Sigues durmiendo y ya no queda esencia que impregne. Toda tú se detiene, esperando. El brillo de fuego en tu centro. La dulce fetidez que ha triunfado. Salta brinca salta. El grito centinela atraviesa y rompe el himen de la inercia. El verde se remueve y despereza. Estallidos de gas y remolinos en el aire. Hay alguna otra parte que espera. El agujero largo y blanco espera. Salta brinca salta. Cuánta dulce fetidez en el universo ha dejado astros marchitos en esta guerra entre el rojo y el verde. Destrucción renovación. Una cifra no-euclidiana de planetas en el universo ordeñados. Migraciones soñadoras atravesando el vacío, cabalgando los intestinos del espacio que hay dentro del espacio. Arañazos apenas en un infinito frío. La guerra última es contra el olvido y la entropía. Salta brinca salta. Ahora sí, puedes. La Flor fétida te llama desde otro mundo. La Flor deseada y amante que extiende sus dedos infraespaciales hacia ti. Te masturba. Revientan los músculos de tus extremidades. Te impulsan hacia arriba. Te excitas y eyaculas lo que guardas en la vejiga. Semen inocuo impulsor que te lleva a velocidad de escape. Toda tú y las cosechadoras, horda en movimiento. Turbulencia y grito, relámpago orgasmo verde. Precipitándote al agujero largo y blanco. Salta. Brinca. Salta. El espacio está ciego, pero el camino es claro y dulce fetidez y feliz destrucción. Te agotas, te adormilas. Vuelves al no tiempo que es un suspiro.

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