jueves, 1 de enero de 2026

LOS TIEMPOS CAMBIAN…

Miguel Hernâni Guimarães

 

Gianni Foglia sudaba abundantemente mientras observaba al gran alienígena. No porque hiciera calor o porque hubiera vestido su mejor traje, aunque hacía demasiado calor para lo que su mejor traje estaba preparado para soportar. Sí: Su Excelencia, el Alienígena, no se había dignado a poner la temperatura de aquella nave suya (si es que aquello era una nave; el viaje hasta allí había sido… extraño) en un nivel más soportable para los invitados humanos. No ayudaba. Pero lo que lo hacía sudar, lo que le derramaba vastas lagunas debajo de las axilas, no era eso.

Habían preparado el informe con todo cuidado, tras años de reflexión. ¿Años? ¡Décadas! Trece comités después, y un número interminable de enmiendas más tarde, aquella era la mejor presentación posible de la especie, escrita en un lenguaje que obedecía rigurosamente a las directivas recibidas para la traducción al galáctico estándar. No era un documento perfecto porque la perfección era inalcanzable, pero estaba tan cerca de eso como era posible para el ingenio humano.

Y Su Excelencia, el Alienígena, le había echado un vistazo por encima, literalmente –a pesar de todas las diferencias, parecía ser una criatura tan visual como cualquier humano con dos ojos funcionales– y lo había apartado.

Pero todavía no era eso lo que hacía sudar a Gianni Foglia.

Sudaba porque Su Excelencia, el Alienígena, aun antes de abrir la conversación, sin haber siquiera pasado la vista por el informe, los había mirado de arriba abajo y preguntado:

—Ustedes son los dos machos, ¿no? —Y ante la confirmación, interrogó—. ¿Y están aquí en representación de toda la especie? ¿Incluidas las hembras? —Otra confirmación, algo embarazosa, y el alienígena insistió—. ¿Por qué?

Y Gianni no había conseguido encontrar una respuesta mejor que “porque se dio así, excelencia; yo soy diplomático, él lingüista, y ambos fuimos designados por nuestros pares”, respuesta que fue recibida con un pequeño gruñido. El compañero, Gordien Sibomana, que no parecía estar sudando pese al brillo reluciente sobre la piel muy oscura, le murmuró al oído que el gruñido era una expresión de escepticismo.

Pero Gianni sudaba sobre todo porque Su Excelencia, el Alienígena, se había puesto a ver las noticias. Y a navegar por Internet.

Y ahí estaba él desde hacía más de una hora, asistido por una cosa extraña que no se distinguía bien si era organismo vivo o máquina y que parecía funcionar como una especie de traductor o procesador de datos (o quizá ambas cosas), recorriendo canales de televisión y sitios web, redes sociales, periódicos e incluso la vieja radio, sin olvidar las cajas de comentarios de todo eso, captando, absorbiendo y entendiendo vaya uno a saber qué de toda la cacofonía de la especie humana.

Sudaba porque no veía de qué modo su querido informe podría resistir ante las noticias de un planeta que en los últimos años parecía haberse vuelto todavía más loco de lo habitual; ante la bilis derramada en las redes sociales, segundo a segundo, hora a hora, día tras día; ante el descarrilamiento completo de las teorías conspirativas; ante las creencias sin base alguna; ante la irracionalidad cotidiana. Y ni siquiera los actos de generosidad e inteligencia –que también los había– lo tranquilizaban: aquellos eran esperables; estos no tanto. Por eso sudaba y aguardaba el veredicto como un condenado al cadalso resignado a su suerte, sin atreverse a esperar un milagro que lo salvara en el último instante, solo esperando, con una ansiedad de que aquella tortura terminara pronto.

Para colmo, a su lado Sibomana era la imagen de la calma. Casi impasible, casi como una esfinge, solo una sonrisita muy leve que torcía las comisuras de los labios del gran africano revelaba un mínimo de lo que le pasaba por dentro.

Desplazó el peso de un pie al otro y Su Excelencia, el Alienígena, continuó hurgando en las entrañas informativas de la especie humana. Y repitió el movimiento unas tres o cuatro veces más antes de lanzar un bramido grave, al borde de la audición. Miró a Sibomana con un signo de interrogación en las cejas.

—Se está riendo —susurró el compañero—. Es la risa de ellos.

Y la sonrisita irónica en los labios gruesos se hizo casi imperceptiblemente más marcada, como diciendo: yo también me reiría, si fuera él. Gianni suspiró y sudó un poco más, sintiendo una gota espesa resbalarle por la sien derecha. Ya no debe de faltar mucho, pensó. Pero faltaba, porque Su Excelencia, el Alienígena, claramente, se estaba divirtiendo.

Cuando por fin se dio por satisfecho, Su Excelencia, el Alienígena, volvió a orientar hacia los dos hombres sus apéndices fonadores.

—Entonces —preguntó—: ¿ustedes creen que están listos para adherirse a la Comunidad Galáctica, es eso?

Gianni tragó saliva. ¿Qué otra cosa podía hacer?

—Sí, Excelencia —se aclaró la garganta—. Creemos haber hecho progresos suficientes desde el último proceso de candidatura para…

Y se calló, porque Su Excelencia, el Alienígena, estaba otra vez bramando, grave y largamente. Un apéndice situado en algo parecido a un cuello temblaba convulsivamente.

Cuando por fin se le pasó el ataque de risa, Su Excelencia, el Alienígena, se dignó al fin a dictar sentencia.

—Solicitud denegada —proclamó, lleno de formalidad—. La especie no está lista. Podrá volver a presentar su candidatura dentro de diez años galácticos estándar. Hasta entonces, seguirá sin tener acceso a la comunicación interestelar.

—Son doscientos veintitrés años y medio, aproximadamente —le murmuró Sibomana al oído.

Gianni lo miró de reojo. Este está tomándome el pelo, pensó, quizá injustamente.

Pero el alienígena todavía no había terminado.

—Ustedes son una especie divertida —dijo, ya sin formalidades—. Tanta ambición. Tan poca noción. Sería hasta gracioso dejarlos entrar y quedarme mirando cómo se revuelcan. Por desgracia, la comunidad no comparte mi sentido del humor y no les encuentra mucha gracia. Es una lástima. Mejor suerte la próxima vez.

Y los echó a la calle.

Literalmente.

En un momento estaban en el ambiente de Su Excelencia, el Alienígena, y al siguiente estaban en la calle, a dos cuadras de la puerta de la sede de la Sociedad Para el Contacto.

Gianni se quedó un instante inmóvil en la vereda, un obstáculo molesto para la multitud de transeúntes que por algún motivo no parecía haber reparado en su aparición súbita. Miraba hacia delante sin ver, intentando decidir qué decirle al Consejo Superior de la SPC. Pero su cerebro se negaba a planear nada, atrapado en un ciclo de recriminaciones y frustración, lanzando maldiciones silenciosas al universo, a las leyes inapelables de la física, a los alienígenas y sobre todo a quienes no lo eran. Treinta años. Habían pasado treinta años entre la solicitud de adhesión y aquel momento. Treinta años de historia, treinta años de cambios; doce años entre la emisión del mensaje y su recepción; dieciocho para que los alienígenas encontraran la manera de enviar a alguien hasta allí. Treinta años en total. ¡Qué bien encaminado parecía todo hacía treinta años! Y de repente… el descalabro.

Los tiempos cambian, cambiando las voluntades. Demasiado rápido. Siempre demasiado rápido.

Un empujón seguido de un gruñido lo despertó. El africano lo miraba, pegado a las casas, fuera de la corriente de humanidad apresurada. La sonrisita irónica le seguía torciendo las comisuras y, en los ojos inteligentes, brillaba algo más, algo que Gianni no lograba identificar.

Fue hacia él. Juntos, se sumaron al río humano, caminando rumbo a la sede de la SPC. Al principio en silencio, pero Gianni no lo aguantó mucho tiempo.

—Usted parece divertido, Gordien —comentó—. No consigo entender por qué. Seguro que sabe lo que esto significa.

—Claro que lo sé, Gianni —respondió el otro—: vamos a seguir librados a nosotros mismos. Como hasta ahora.

—¿Y eso lo divierte?

—No. No es eso lo que me divierte. En realidad, no estoy divertido…

—Entonces, esa sonrisita ¿qué es, si me permite la pregunta?

—Es un poco de ironía, nada más. —Una pausa. Luego—: Espero que no lo tome a mal, no pretendo ofenderlo de ninguna manera, pero me parece que su aire decepcionado es bastante irónico.

Gianni se detuvo en seco, sorprendido.

—¿Le parece irónico que yo esté decepcionado? No puedo creer que no entienda la enorme oportunidad que acabamos de perder.

—No se irrite, amigo mío, no se irrite. Claro que lo entiendo. O mejor: sé de qué oportunidad habla, pero sé que no perdimos nada porque nunca tuvimos ninguna oportunidad.

Gianni se quedó mirándolo, boquiabierto. Sin entender. El otro extendió una mano y le tomó el brazo.

—Vamos, venga. Nos están esperando. Yo le explico. Ustedes presentaron la candidatura hace treinta años porque se creían preparados. Hablo de ustedes en general, no de usted en concreto; sé muy bien que aún no estaba en la SPC en esa época. Igual que yo. Pero quizá usted nunca tuvo la curiosidad de verificar las votaciones. Yo sí, porque quise confirmar una idea que no me dejaba en paz, y efectivamente la confirmé. La decisión no fue unánime, ¿sabe?

—Bueno. En estas cosas nunca lo es.

—Sí, tiene razón, claro. Pero siempre hay mucha información que extraer del análisis de quién vota cómo. Y por qué. Y esa decisión la tomaron los representantes del norte, junto con aquellos que, en el sur, creían poder sacar alguna ventaja acompañándolos en un voto que pensaban que era sobre todo simbólico. Mucha gente, en esa época, ni siquiera creía demasiado que existiera algo como una Comunidad Galáctica. Pero lo que importa es que quienes votaron por convicción, votaron en contra.

—Sigo sin entender.

—Lo sé: usted es italiano. Si hubiera nacido en Burundi, como yo, lo comprendería mucho más fácilmente.

Gianni volvió a detenerse, mirando a su compañero con el ceño algo fruncido.

—Mi querido amigo, no me parece que nuestras nacionalidades tengan gran relevancia para esta conversación.

—Oh, pero la tienen. Toda. Por una cuestión de historia. De cultura. De cómo la historia influyó en la cultura. Ustedes, en el norte, se creían preparados. Pero yo soy africano. Ustedes se ven de una manera; yo los veo de otra. Es inevitable. Y por eso sé que no lo estaban, que no lo están, que no lo estarán durante mucho tiempo. Ni ustedes, ni nosotros, ni nadie en este planeta turbulento.

Gianni no respondió. Se limitó a mirar al otro, en un rostro donde la sonrisita irónica había desaparecido, sustituida por una expresión de cierta melancolía. Fue Gordien quien interrumpió el silencio.

—Solo le digo esto para ayudarlo a decidir qué decirles a los consejeros. Usted es un buen hombre, Gianni, pero, como nos pasa a todos, sus antecedentes culturales generan algunos puntos ciegos en su visión del mundo. Me pareció que le sería útil que yo iluminara uno de esos puntos ciegos para la conversación que va a tener dentro de un rato. Espero no haberme equivocado ni haberlo lastimado sin necesidad. ¿Vamos?

Y fueron. En silencio, porque Gianni Foglia realmente tenía mucho en qué pensar.

Miguel Hernâni Guimarães pretende existir entre Lisboa, la ciudad donde nació y vive, ya que no puede escapar de allí, y el Algarve, que contiene casi todo lo que realmente disfruta en la vida. La culpa de lo que escribió hasta ahora es de Jorge Candeias, quien decidió convertir los textos en una serie, una pequeña tontería sobre ministros y ratas que un día se les escapó mientras bebían un par de cervezas, y después de eso no dejó de molestarlo para que escriba algo más. Imaginen la sorpresa de Miguel cuando un día se encontró en las páginas de un libro. Y luego de otro. Por suerte, nadie las leyó.

 

EL MUNDO DE ABAJO

Eliana Soza Martínez

 

Daniela se miraba el rostro de manera minuciosa. Las mascarillas de carbón activado, aloe vera y otras no estaban funcionando; los poros todavía estaban abiertos y daban a su piel una imagen descuidada. La nariz estaba bien; tal vez con el artilugio que había comprado permanecería respingada, aunque le causara dolor. Los ojos, perfectos, almendrados, color miel y con unas pestañas envidiables: el aceite de coco había funcionado. Pero los dientes eran algo muy diferente: los incisivos centrales eran demasiado grandes y anchos; los laterales, de tamaño respetable; sin embargo, los caninos eran un desastre. Como no tenían espacio para acomodarse, habían salido por encima de los de al lado; necesitaba una ortodoncia o una cirugía bastante costosa. Su cuerpo también necesitaba ser arreglado: un aumento de busto y trasero; la cintura, algo que ella podía moldear, era perfecta. A pesar de todo, en total precisaba mucho dinero para entrar en el canon de belleza de la sociedad y dejar de ser una paria. Tenía bastante ahorrado en una caja de zapatos que le había entregado a su primo Gonzalo para que la guardase, sin decirle lo que tenía dentro. Todavía le quedaban unos meses para que se cumpla el tiempo estipulado por el gobierno para demostrar cambios visibles en su físico y no ser exterminada.

Gonzalo, que había alcanzado la perfección, la visitaba para despedirse porque le asignaron un trabajo de atención al cliente y su vida cambiaría radicalmente: le entregarían un espléndido departamento y tendría un sueldo fijo que costearía lujos y retoques en su apariencia. Daniela sentía envidia, aunque estaba segura de que conseguiría lo que le faltaba y también iría detrás de ese sueño. Gonzalo, como regalo de despedida, le dejó varias cajas de cremas, aceites y otros mejunjes que ya no necesitaría. La espantosa noticia que le dio fue que se deshizo de las demás cajas que tenía, olvidando que una de esas le pertenecía a Daniela.

Ella se puso blanca, corrió a revisar la basura, pero los recolectores ya habían pasado; su única esperanza era ir hasta el vertedero y buscar su preciada caja. Al llegar ya era de noche; usó la linterna de su celular para ver mejor y había llevado barbijo y guantes de látex para ir en la búsqueda. Contempló las montañas de basura que se erigían en el lugar; tuvo algo de miedo, pero su futuro estaba en esa caja. Recorrió la avenida abierta entre los montículos y al fondo encontró uno en pleno armado y supuso que ahí dejarían lo último que recogieron.

Cuando se aproximó, observó una sombra escurrirse por la oscuridad. Pensó: ¿quién podría estar a estas horas en un basural? De pronto, divisó una clara figura femenina con varias cajas en los brazos; una de ellas era la suya. Corrió tras ella; al darse cuenta de esto, aquella sombra marchó más deprisa. El spinning y las caminadoras le sirvieron a Daniela para no perder de vista a la ladrona. Cuando la vio entrar a una cloaca no pudo creerlo: ¿a dónde se dirigía? Con toda la repugnancia agazapada en su garganta continuó la persecución. Al final, si perdía ese dinero, de todas maneras moriría; era su única esperanza.

Al entrar a la cloaca se asombró, porque no era lo que imaginaba: no vio ratas ni el olor era insoportable. Alguien había construido un embovedado que no dejaba escapar los olores nauseabundos que bajaban de los baños de arriba. El lugar estaba limpio y las paredes bajas lucían decoradas con pinturas de texturas, colores y estilos diferentes. Por unos segundos quedó paralizada por la belleza de las imágenes; luego recordó su dinero y siguió corriendo.

Otra sorpresa la esperaba más adelante: estantes repletos de libros en perfecto orden. Hacía años que no sabía de la existencia de un ejemplar; los únicos impresos de papel en la ciudad eran algunos catálogos de moda y maquillaje. Cuando estaba a punto de tomar un libro, un golpe en la cabeza le hizo perder el sentido.

Al despertar se vio amarrada en un lugar oscuro, con decenas de personas a su alrededor, todas con capuchas cubriendo sus rostros. Frente a ella, la ladrona le apuntaba con un arma.

Alguien que parecía ser la líder se acercó.

—¿Qué haces aquí abajo, linda? —le preguntó con una voz dulce.

Algo asustada explicó que venía persiguiendo a la chica que tenía una de sus cajas. La mujer inquirió que, si era tan valiosa, por qué la había botado a la basura. Tuvo que contar el cuento del primo, aunque sintió que no le creyeron. Otra pregunta resonó en medio de aquel extraño lugar.

—¿Qué contiene la caja?

La sangre de Daniela se le heló en las venas; estaba segura de que aquella gente se robaría su dinero. Tantos años de trabajo limpiando baños, barriendo lugares públicos de noche, fueron en vano. Cuando abrieron la caja y encontraron los billetes, se los devolvieron, al parecer porque no entendían su valor; Daniela los contemplaba atónita. Después la luz aumentó y uno por uno se fueron sacando las capuchas; al ver sus rostros, otra vez se desmayó.

Al despertar creyó que había tenido una horrible pesadilla, pero no tardó en descubrir que no. Estaba echada en algo que parecía un catre y, a su lado, solo la líder, que se hacía llamar Cam. Su rostro era feo; nunca en su vida había visto alguien así: ojos pequeños y vivaces, nariz aguileña, piel oscura llena de manchas y arrugas, casi sin dientes. Aunque sí tenía unos labios delgados y rosados, sus manos también eran bellas. Entonces preguntó, con mucha curiosidad, quiénes eran.

Cam la llevó a pasear por el lugar. Le impresionó lo que veía: toda una ciudad debajo de la otra, pero en contraposición llena de gente fea. Otras diferencias eran que, si arriba las calles estaban pavimentadas y llenas de escaparates vendiendo ropa, maquillaje y artefactos para ejercitarse, abajo las personas estaban cultivando, pintando, leyendo, haciendo música, esculpiendo, preparando comida, riendo y bailando. No usaban dinero; el trueque era la moneda de cambio, por eso no supieron qué hacer con los billetes de Daniela.

Preguntó, de nuevo, de dónde habían salido. Entonces Cam le contó que ellos eran los resultados fallidos de los experimentos que realizaban arriba y que algunas personas de buen corazón, en vez de deshacerse de ellos, los enviaron a ese lugar. Ella era parte de las primeras generaciones y su labor era proteger esa ciudad y a su gente; por eso no podían dejarla ir. La joven se asustó mucho al darse cuenta de que sería una prisionera. La líder la dejó caminando por las calles de una sola dirección.

Al ver tanta armonía y amabilidad en las personas, Daniela ya no se concentraba en los defectos físicos de sus interlocutores. Conversó con varios que admiraban su belleza; alguien la dibujó. Cantó y bailó con otros jóvenes. Cuando vino Cam a recogerla, habían pasado muchas horas sin que ella se diera cuenta. Esa noche no durmió, pensando en el descubrimiento que había hecho y en su vida de arriba: eran tan diferentes.

Al día siguiente, Cam le ofreció enseñarle a leer; aceptó encantada. Semanas después ya leía libros ávidamente y se olvidó por completo de que era una prisionera.

Después de algunos meses, Daniela se reunió con la junta de los mayores, quienes le explicaron que su estilo de vida estaba en peligro porque, a diferencia de arriba, no se controlaba la natalidad, por lo que su población crecía sin medida y estaban por quedarse sin comida y sin espacio. Por eso, desde hacía varios años habían planificado tomar el mundo de arriba y necesitaban a alguien como ella para que no llamara la atención.

El plan era eliminar a los líderes y verter en el agua una sustancia en la que habían trabajado sus científicos, que convertiría a toda la población en seres humanos comunes y corrientes, sin la perfección estética a la que estaban acostumbrados; entonces ellos podrían subir y mezclarse.

Daniela aceptó sin pensarlo mucho. Sabía que la vida de la superficie no hacía feliz a nadie y que muchos, como ella, que no eran perfectos, sufrían demasiado. Los espejos ya no iban a ser los jueces que definirían quién merecía vivir y quién no.

Eliana Soza Martínez nació en Potosí, Bolivia. Es comunicadora, escritora, editora y gestora cultural. Publicaciones: Seres sin Sombra (2018). Encuentros/Desencuentros (2019), Monstruos del Abismo (2020), Pérdidas (2021), Luz y Tinta (2022), Acuarelas (2023), Umbrales (2023), Cuéntame, libro infantil interactivo (2023), El fuego que habita en nosotras (2024), Cadena de Sangre y Muerte (2024). Sus cuentos fueron publicados en más de cien revistas literarias y antologías de Bolivia, Argentina, Chile, Perú, Venezuela, Colombia, Guatemala, Costa Rica, República Dominicana, México y España. Algunos de sus textos fueron traducidos al polaco y al alemán.



miércoles, 31 de diciembre de 2025

SOLO PARA TI

 Jo Neels

 

En raras ocasiones, Su Alteza Real de Gran Corazón reparte cumplidos, como cuando su apetito monstruoso ha sido satisfecho.

—Nunca quise cuatro —masculla mientras se mete en la boca el último trozo de pastel—, me habría conformado con uno. —Me señala con un dedo nudoso—. Solo tú.

Las palabras rebotan en la sala del trono de mármol y escapan por las antorchas a través de los altos vitrales rojos de las paredes laterales. Afuera oigo al viento aullar alrededor de la cima de la Montaña Yerma, pero dentro predominan los sonidos babosos de la reina, que lame mermelada de una fuente de postre casi vacía. Sobre la mesa junto a ella hay tazas, platos y bandejas vacíos, y el suelo está cubierto de esqueletos roídos de dodos asados. Su vestido de espejos está manchado de migas y sustancias pegajosas. Veo reflejados mis cabellos verdes y mis ojos rojos en los fragmentos móviles de la parte inferior del vestido y sonrío.

Soy su favorita.

La reina eructa ruidosamente y arroja el plato de loza a través de la sala. Se hace añicos contra las gruesas cabezas de mis hermanos, que discuten distraídos. Comparten un solo cuerpo, pero Su Alteza los cuenta como dos hijos, porque sacar la cabeza es la parte más difícil de un nacimiento y ella tuvo que hacerlo dos veces por ellos. Mis hermanos gimotean, se frotan sus enormes frentes y luego desaparecen rápidamente por la escalera.

La reina gruñe de placer:

—¡Un tiro magnífico! ¡Diez puntos, cinco por cada cabeza!

Mis hermanos son fuertes, pero tan estúpidos como bebés que aún babean, y nuestra madre disfruta humillándolos en público. Apoya los pies sobre un escabel de terciopelo rojo y me sonríe. La admiro, la adoro, igual que lo hacía mi padre.

Mi padre me contó una vez cómo la vio por primera vez en el campo de batalla: una criatura poderosa que arrancaba las cabezas de los soldados enemigos, partía caballeros en dos con sus afiladas garras y sorbía sus entrañas como si fueran hebras de espagueti. Se enamoró al instante.

Ojalá me pareciera más a ella. No soy tan despiadada como ella, ni tan fuerte o peligrosa como sus otros hijos, pero aun así me quiere más a mí. Ve mi potencial, dice, y yo quiero demostrarle que soy lo bastante capaz como para algún día convertirme en reina del país.

Ahora que está bien alimentada y de buen humor, aprovecho la ocasión para hablarle. Estira sus dedos arrugados y se hunde más en los cojines de terciopelo, lista para una siesta. Reúno todo mi valor.

—Madre —declaro—, quiero viajar, luchar en batallas y demostrarte mi valía. —No responde, pero su nariz se contrae apenas un instante—. He hecho todos los preparativos y puedo partir mañana por la mañana junto al Convoy Demencial, tu ejército de élite.

Sus ojos se abren de par en par, llenos de furia; las aletas de su nariz se hinchan y tiemblan; crece y adopta su verdadera forma de wendigo. Se alza como una sombra oscura sobre mí.

—¡¿Cómo te atreves?! —ruge. Los sirvientes serpiente, apostados a ambos lados de la sala, entran en pánico y, de puro terror, se tragan sus propias colas—. ¿Quieres abandonar a tu reina, a tu madre?

La sala del trono se congela, las antorchas se apagan y una niebla oscura se acumula alrededor de la reina. Mi garganta se pega, mis extremidades quedan adheridas a las losas de piedra bajo mis pies. No puedo apartar la mirada de sus ojos blancos y vacíos, de su boca afilada, pero aún consigo sacudir la cabeza. Pensé que estaría orgullosa, pero me equivoqué horriblemente.

Alargando el brazo arroja la mesa del banquete al otro lado de la sala, donde los platos y la pesada madera se estrellan contra la pared. Salsas marrones y rojas salpican el tapiz, la joya de la sala del trono. La escena tejida muestra la ejecución de los rebeldes que desafiaron su dominio.

Grita en la oscuridad de la sala hasta que se libera de su frustración, y luego se vuelve hacia mí con una voz más controlada.

—Me decepcionas, hija ingrata.

La vergüenza llena mi cuerpo, el odio en sus ojos me quema la piel y me encojo intentando escapar. Me aferro desesperadamente a un recuerdo feliz.

Pienso en cuando me llamó a su cámara después de que mi padre muriera, hace décadas. Me dio montañas de dulces y me abrazó bajo las pesadas mantas de su cama con dosel. Nos contamos historias durante horas y fantaseamos con gobernar juntas el país.

—¿Me quieres, mamá? —le pregunté.

—Tú, mi pequeño demonio —me susurró al oído—, tú eres la más especial. Te necesito. —Los pelos de sus fosas nasales me hacían cosquillas en la frente—. Solo tú.

Ese pensamiento me da fuerzas; es el mejor recuerdo que tengo.

Cuando Su Alteza Real decide que ya he sufrido lo suficiente, vuelve a transformarse en humana y me libera de su niebla de terror asfixiante. Examina sus manos, gira un momento el anillo de oro con el rubí rojo del tamaño de un huevo de gallina, revuelve su gigantesca melena verde y recién entonces ve cómo yazgo en el suelo, jadeando patéticamente.

—Dime ahora, pequeño demonio, ¿por qué dirías algo así? ¿Quién te metió esa idea en la cabeza? ¿Fue tu hermana, la traidora o tus hermanos, esos inútiles sin cerebro?

Niego con la cabeza; hace años que no hablo con ellos. Mi hermana se fue hace mucho tiempo, poco después de la muerte de nuestro padre. A diferencia de madre, ella no es aterradora ni monstruosa; es deslumbrantemente hermosa. Madre considera que el encanto y la belleza son cualidades menores, pero mi hermana es el monstruo más letal de los cuatro. La observé durante horas: cómo atraía a todo tipo de criaturas con su mirada devastadora, su piel azul celestial, su beso irresistible. Incluso justo antes de devorarlos enteros, permanecían en un trance de felicidad. Criatura asombrosa, mi hermana; podría haber sido la siguiente reina, como en realidad esperaba el pueblo, pero en lugar de eso nos abandonó. Resultó ser una hija ingrata, una heredera inútil.

Mis hermanos siguen aquí, pero Su Majestad suele ignorarlos, así que yo también lo hago.

—Reina Espantosa, Madre Majestuosa, ¿no quieres que aprenda a luchar por nuestro país y a adquirir experiencia en combate? ¿No necesitaré esas habilidades cuando yo misma sea reina algún día?

No me atrevo a levantar la vista, pero oigo su risa sin alegría. Me toma el mentón con sus garras para obligarme a enfrentar su mirada condescendiente y sopla un beso desde sus labios rojos hasta los míos.

—¿Por qué crees que tú serás reina?

Me quedo sin palabras, atónita. Siento las mejillas arder, tartamudeo.

—¿Por… por qué no? —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas, seguidas de otras—. Me quieres y soy tu única hija buena, así que no hay nadie más. Puedo hacerlo, madre, algún día, con algo de entrenamiento…

—Basta —ordena, y me golpea en la cara. —Mis ojos se llenan de lágrimas, pero las contengo. No debo llorar, no debo ser débil—. No necesito un sucesor —continúa—; los hijos son los ojales que mantienen unidos a los padres, pequeño demonio, para eso sirven únicamente. Por suerte, yo soy tu único progenitor, así que solo necesito una hija.

Sonríe mientras señala el enorme botón dorado cosido en el frente de su vestido de espejos. Miro el botón que mantiene su amplio pecho unido desesperadamente por unos pocos hilos delgados y pienso: ¿Solo sirvo para esto?

Los sirvientes serpiente salen de su estado de congelación y vomitan mientras sus colas reaparecen lentamente desde sus gargantas. Sus sombreros están torcidos y las cadenas alrededor de sus colas gotean saliva y veneno. Su Alteza Real los mira con desaprobación y por un momento se distrae de mí y de mi mejilla color cereza.

—Pensé que me necesitabas, madre.

Me mira con malicia.

—Tu único propósito en la vida es estar para mí. Los gobernantes de este país toman el poder, nadie se lo regala.

Sé que debo callar, pero no puedo contenerme.

—Pero tú lo recibiste tras la muerte de padre; no lo tomaste, te casaste con él.

Otro golpe certero alcanza mi rostro, esta vez con el puño del rubí gigantesco. La sangre brota del hueco que deja sobre mi ojo.

—Idiota. Tu padre era débil e incompetente, y yo le arrebaté su castillo, su título y hasta su vida. Todo el mundo lo sabe; incluso tus hermanos y tu hermana lo saben. Tú eres la única demasiado estúpida para comprenderlo. Estás exactamente donde debes estar: un paso por debajo de mí, mirando hacia arriba a tu reina, para siempre.

Ya no puedo detener las lágrimas. Lloro y veo cómo me mira con asco. Sangre y lágrimas corren por mi rostro, manchan mi ropa, salpican el suelo. Me ordena que me detenga, pero no puedo. Siento cómo mi corazón se rompe, mis entrañas se desgarran, mi piel arde. La sala del trono se da vuelta y cuelgo junto a la araña, gritando, sollozando, llorando y gimiendo hasta quedar vacía. Vacía y sola sobre el suelo de piedra.

Antes tenía tanto miedo de estar sola en este país horrendo donde gobiernan los monstruos y la vida no vale nada. Ahora por fin comprendo que siempre estuve sola. Ella tiene razón: no soy fuerte ni deslumbrantemente hermosa, pero soy leal y capaz de amar. En un país donde reina la locura, la lealtad y el amor son cualidades de un valor incalculable.

Me escabullo cuando la escarcha matinal cubre el castillo. Yo sola, sin el Convoy Demencial. El viento corta la herida abierta de mi rostro mientras desciendo de la Montaña Yerma hacia la niebla del valle.

Pude haberla asesinado, pude haberla apuñalado mientras dormía, pero no me habría dado suficiente satisfacción. Su lamento sí. El gemido desgarrador se eleva desde el castillo cuando descubre que la he abandonado. Ya había oído ese sonido antes, cuando mi hermana nos dejó; por eso sabía que esto era lo que más la heriría.

Mi hermana no resulta ser una hija ingrata; al contrario, será una reina magnífica, de eso me encargaré yo. Y algún día me vengaré: será dulce como pastelitos de mermelada pegajosa y se servirá bien fría para ti, madre, solo para tí.

Jo es una autora e ilustradora belga. O, como se describe con tanta inteligencia en su página de Instagram, es una millennial feminista, amante de la ciencia ficción y la fantasía, en crisis existencial permanente. Lo dice literalmente, y sus historias e ilustraciones suelen reflejar esas características. De niña, Jo era una rata de biblioteca y le encantaba perderse en mundos fantásticos. Ya fueran de pesadilla o maravillosos, viajaba con cada personaje principal, deseando que el mundo real tuviera algo de esa magia. De adulta, escribe sus propias historias y crea su propia magia, aderezada con un poco de pavor existencial. De modo que su obra está llena de fantasía, ciencia ficción, ansiedad, magia, terror y temas de salud mental, y sobre todo: la representa a ella y a su caótico mundo interior.

LA PISCINA

Simonetta Olivo

 

1.

Es extraño cómo algunos recuerdos permanecen hundidos en la conciencia durante tanto tiempo que, cuando vuelven a la superficie, nos resultan ajenos. A los niños les suceden cosas increíbles, a menudo aterradoras, que es necesario olvidar para poder crecer. Pero una vez cumplida esa tarea evolutiva, puede ocurrir que baste un sonido, un olor, un paisaje para rescatar lo olvidado.

En mi caso, fue el olor a cloro de la piscina al aire libre del resort: llegó de la nariz al cerebro como una descarga, y lo que había ocurrido aquel día en San Leone emergió, treinta años después. En ese momento recordé también cómo mis padres hablaban a veces precisamente en esos términos: de aquel día en San Leone, sin especificar nunca nada más. Pero eran conversaciones entre adultos, y yo siempre tenía otras cosas en la cabeza: el fútbol, los deberes, mi compañera de banco.

—¡Papá!

Me sobresalté, y a la memoria se le añadió algo más que un simple detalle: la sensación particular de que el pasado puede tener un eco, que se arrastra hasta el presente como una larga e imparable ola.

La superficie de la piscina brillaba con la luz de julio, y el fondo azul parecía un cielo invertido. Era una promesa: de agua fresca, pero no fría, con los cuerpos a medio camino entre el dentro y el fuera, como los sonidos, a veces fuertes, a veces amortiguados, lejanos.

Había salido temprano de casa: papá y mamá estaban a oscuras, encerrados en la habitación, discutiendo incluso antes de levantar la persiana. Tal vez bastarían unos días de esas vacaciones para que hicieran las paces. O al menos eso esperaba. Pero no lo pensé mucho: la escuela había terminado y, por primera vez, tenía permiso para ir solo a la piscina. Al fin y al cabo, a mis once años me había vuelto más grande de lo que jamás había imaginado.

Me tiré de cabeza: un escalofrío me recorrió entero, luego toqué el fondo con los pies (¡el año anterior no llegaba!), y por último salí a la superficie con el pelo sobre los ojos, listo para empezar las vacaciones.

Sentado en el borde de la piscina, con los ojos cerrados y los pies haciendo pequeños chapoteos, escuchaba la alternancia de las voces, las risas lejanas, los gritos divertidos de los niños, los llamados de las madres, el sonido grave y fresco de los hidromasajes, que se encendían y se apagaban a intervalos regulares.

En la parte de la piscina donde el agua era más baja, una niña rubia con una camiseta de Alicia en el País de las Maravillas golpeaba el agua con los pies y cantaba. El papá estaba sentado frente a ella. El hombre asentía y reía, añadiendo a la canción alguna palabra olvidada por la hija:

Alicia, cuéntanos

tu viaje increíble

al mundo inverosímil

que nadie sabe dónde está

dónde está ese mágico

país que sabes encontrar

más allá de las nubes o en el fondo del mar

o quizás dentro de ti

La niña se lanzó hacia el padre con un pequeño salto, se dejó levantar y arrojar al agua, de donde emergió con un gritito de felicidad.

Entre todos los llamados, hubo uno más fuerte y recurrente. Era una madre con el pelo negro recogido en una cola y grandes gafas de sol. Llamaba a su hijo continuamente.

—¡Leooo! ¡Leooo!

Se empeñaba en secarlo, y él se volvía a tirar al agua. Lo perseguía con algún alimento, el pañuelo para la nariz, la crema solar, mientras él tenía la habilidad de escabullirse y refugiarse en el agua, donde evidentemente la mujer no quería entrar, tanto que se inclinaba para intentar atraparlo, estirándose y alargando la mano, sin esperanza.

Me divertí un rato observando la escena. El niño tendría unos seis años, un poco de sobrepeso, y el ingenio para huir de la madre cuanto más ella lo perseguía.

Una voz a mis espaldas me distrajo.

—Hola. ¿Cómo te llamas?

Era de primaria, a simple vista. Aunque hubiera querido hacerse pasar por mayor, el bañador de Spider-Man lo delataba. Le respondí con el tono que los adultos usan con los niños desconocidos, un poco falso, fingidamente interesado.

—¡Hola! Roberto. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Marco. ¿Querés hacer bombas?

Miré a mi alrededor para asegurarme de que no hubiera ningún chico de mi edad o (peor aún) alguna chica cerca, y acepté. Marco era simpático, aunque pequeño, y nos divertimos bastante, hasta que se cayó, revelando claramente su edad: corrió llorando hacia los padres, que lo envolvieron en la toalla y le pusieron un helado en la mano, remedio universal.

Volví a apostarme en el borde de la piscina, esperando. El sol pegaba fuerte, serían las once; sentía los hombros ardiendo y los toqué con los labios para comprobar cuánto. Me habría quemado si mamá no llegaba pronto con la crema. También tenía hambre y no llevaba ni una moneda: una razón más para desear que llegaran mis padres.

De pronto sentí algo apretarse entre el pecho y el estómago. No era dolor, sino algo parecido a un pequeño miedo: no el incendio del susto, sino una llama fina que desde ese centro subía hasta la garganta. Me pareció entonces que había demasiados ruidos, demasiada gente, algo excesivo que me pesaba por dentro: las risotadas graves de los hombres del bar, sus panzas llenas de cerveza cayendo sobre los bóxers, la música de la baby dance, que un enjambre de niñas bailaba gritando, animadas por la chica al borde de la piscina, una especie de cosplay de Wonder Woman.

Una nube pasó delante del sol, y toda la luz de antes se volvió otra cosa: un término medio entre luz y sombra que agudizó mi angustia. Había sido lindo venir solo; me había sentido grande, por fin. Pero en ese momento deseaba intensamente que llegaran mis padres. Quería comprobar que de verdad habían hecho las paces y que me compraran una coca y un sándwich.

Esa sensación desagradable duró un rato, hasta que una aleta de tiburón que se deslizaba por la superficie del agua llamó mi atención. Me recordaba algo… ¡Sí! ¡Los gemelos! El tiburón de plástico emergió junto con mis amigos del verano anterior; se habían puesto de acuerdo para mantenerlo hundido de modo que solo sobresaliera la aleta, con la idea de asustar a las niñas. Yo había hecho el mismo juego con Paolo y Andrea el verano anterior, tarareando el tu du tu tu du tu du tu du de Tiburón cada vez que nos acercábamos a la víctima desprevenida.

Dejé de sentir hambre: me tiré al agua y nadé hacia ellos con mi mejor estilo, para que vieran cuánto había crecido. Tenían mi edad, pero eran bajos y flacos, como pececillos.

Paolo me reconoció enseguida; se subió a horcajadas sobre el tiburón y me saludó a los gritos, agitando el brazo libre. Mientras le devolvía el saludo sentí el agua moverse detrás de mí y una respiración ruidosa tomar aire a bocanadas. Me giré y encontré, a pocos centímetros del mío, el rostro de Andrea, igual al del gemelo pero, por algún motivo, absolutamente suyo. Por instinto di un salto hacia atrás, donde me esperaba Paolo, que se lanzó sobre mí abandonando el tiburón para agarrarme de los hombros y hundirme.

Reímos como niños.

Tenían un enorme paquete de papas fritas, que me ofrecieron bajo su sombrilla. Hundía las manos en la bolsa con avidez, más seguido que ellos. Paolo hablaba mucho y rápido; Andrea, en cambio, escuchaba.

—¡Mirá esto! —exclamó Paolo mostrándome con entusiasmo heroico una cicatriz en el costado—. Estuve en el hospital para sacarme el apéndice. Dos días. Hasta dormí ahí.

—¡Buenísimo! Yo una vez me operé la nariz.

—¿Y sabés cuándo fue, Andrea? ¡Una vez que no cagaba hacía una semana!

Paolo se rio mostrando las papas masticadas en la boca abierta; Andrea se puso rojo y pareció explotar: le dio un puñetazo al hermano y luego lo tiró al agua, donde intentó ahogarlo un par de veces (en realidad era el más fuerte). Pero la pelea duró poco: enseguida parecía que no hubiera pasado nada y volvimos a hablar de cualquier cosa.

—¿Cómo son los profes de ustedes?

—Más o menos, salvo la de matemáticas. ¡Pone amonestaciones todos los días a media clase! Y encima me odia a mí y ama a Andrea. ¡Capaz que está enamorada de él!

Esta vez Andrea no reaccionó; al contrario, siguió la conversación como si nada.

—Este año fuimos solos a la escuela, en autobús. Y en casa calentamos el almuerzo en el microondas.

—¡Sí! ¡Y casi derretimos la Nintendo de tanto jugar a escondidas de mamá!

Paolo era así: le gustaba hacer chistes y parecer peor de lo que era. Me di cuenta de lo distintos que eran (el año anterior no lo había pensado): Andrea parecía el más débil, pero en realidad era el más fuerte; por eso Paolo fanfarroneaba tanto.

—¿Sabes que también tenemos pistolas de agua? —exclamó Paolo, como quien recuerda de golpe algo fundamental.

Andrea se puso de pie de un salto y revolvió en el bolso de playa hasta sacar las pistolas. Me dieron una y corrimos a la fuente para llenarlas. Delante nuestro estaba la niña de la camiseta de Alicia, que seguía cantando sin inmutarse mientras llenaba el baldecito:

Alicia, cuéntanos

tu viaje increíble…

De la canilla salía un hilo de agua que tardó una eternidad en llegar al borde, y justo cuando la operación parecía terminada, la niña vació todo en el suelo para empezar de nuevo. Nos miramos exasperados. Me di vuelta buscando al padre con la mirada, esperando que se diera cuenta de que había fila. No lo encontré. Andrea se adelantó.

—Nena…

…más allá de las nubes o en el fondo del mar

o quizás dentro de ti

—¡Nena!

Se dio vuelta y, al vernos a los tres de pie frente a ella con las pistolas en la mano, se echó a llorar.

En ese preciso momento escuchamos un grito fuerte:

—¡Maaaaamá! ¡Maaaaamá! ¡Mamáááá!

La niña se calló. Tuve la impresión de que todos los ruidos de la piscina se habían apagado alrededor de ese llamado, que continuaba.

Era el niño al que su madre había estado persiguiendo hasta hacía poco. Tenía la cara deformada por el miedo: huir de ella había sido solo un juego, y dejar de ser perseguido el acontecimiento más inesperado. Corría gritando de un lado a otro por el borde de la piscina, pero nadie llegaba. Todos pensaron que alguien intervendría, pero nadie lo hizo, hasta que el niño se sentó en el suelo, bajo el sol, y empezó a llorar en silencio.

No podía apartar los ojos de él, mientras Paolo y Andrea discutían sobre quién debía darme su pistola de agua. Recuerdo con claridad que quizá por primera vez en mi vida me puse en el lugar de otro. Y ese otro pensaba que su mamá había desaparecido para siempre, porque no podía haber otra explicación para esa soledad.

La llamita de ansiedad de antes se convirtió en incendio: sentí el corazón latirme en la garganta y la cabeza liviana. Por un instante me di cuenta de que respiraba con dificultad. Miré hacia la puerta de la piscina, esperando ver a papá con la toalla al hombro levantando el brazo para saludarme, y a mamá justo detrás acomodándose el sombrero de paja y luego persiguiéndolo, refunfuñando un ¿no podías esperarme?. No los vi. Me dieron ganas de llorar. Pero duró poco, porque ya no hubo tiempo para nada más.

Otro grito llenó el aire perfumado de cloro.

Era el de la niña de la canción de Alicia: llamaba a su papá, y él no llegaba.

 

2.

En el lapso de media hora desaparecieron todos los adultos. Ocurrió todo tan rápido que no hubo tiempo de pedir ayuda a nadie, y al final no quedó nadie a quien recurrir. Los llamados desesperados y los llantos se sumaron y se agrandaron hasta formar un único sonido espantoso, que me llenó los oídos durante unos veinte minutos, hasta que por algún motivo se fue apagando, hasta desaparecer por completo.

Los niños ya no gritaban; alguno seguía llorando, pero en voz baja.

Andrea se había llevado a Alicia (no creo que se llamara así, pero desde ese momento la pensé con ese nombre por culpa de su camiseta) y la había llevado al bar. Para que no llorara le dio un helado, y después otro, y otro más. Recuerdo que, a pesar de lo extraordinario de la situación, me sorprendió que hubiera abierto él solo el congelador de los helados y los hubiera sacado sin pagar. Me pareció una barbaridad. En realidad, no había nadie en la caja.

Paolo estaba sentado en el borde de la piscina, la mirada fija en el agua, en silencio. Me acerqué, me senté a su lado y traté de hablarle.

—¿Qué haces?

No me respondió enseguida. Miró hacia su hermano y luego escupió al agua. Se hacía el duro, pero se notaba que tenía ganas de llorar.

—Espero a Andrea. Después nos vamos, al bungalow.

—Claro. Yo también voy.

En ese instante nos levantamos como resortes, al mismo tiempo. La idea de irnos de ahí se había vuelto concreta al decirla. De hecho me asombró no haberlo pensado antes: fuera de la piscina encontraríamos a nuestros padres, o a cualquier adulto que pudiera intervenir. En toda esa jornada extraña ese fue el único momento en que pensé con lucidez que yo y los gemelos no éramos como esos niños: nuestros padres no habían sido tragados por la cosa que había hecho desaparecer a los suyos, presumiblemente. Más aún: así como habíamos venido solos, también podíamos irnos. Por qué aparté esa evidencia y me quedé ahí hasta el final todavía hoy no me queda del todo claro. Supongo que fue por el trajín enorme que hubo hasta la noche.

Muchos niños empezaron a quejarse de hambre; les dije que se pusieran en fila y que yo repartiría los sándwiches del bar. El simple hecho de estar en esa espera ordenada los tranquilizó; algunos incluso se pusieron a reír y a charlar. Pensé que quizás así se sentían como en la escuela o en el campamento. Estaba ocurriendo algo normal: formar una fila, obedecer a alguien; con eso alcanzaba para volver a una especie de normalidad.

Mientras tanto, Paolo y Andrea habían llevado a los más chicos al césped, a la sombra. Por turnos, los niños corrían delante de ellos y ellos tenían que alcanzarlos con las pistolas de agua: cada vez que el chorro los tocaba, se reían y saltaban como si hubieran ganado un premio. Alicia y el niño cuya mamá había desaparecido primero jugaban con tizas de colores: habían dibujado en el asfalto de la zona cercana al bar una casa y parecían tranquilos permaneciendo dentro de esos límites coloreados.

En el fondo no estaba tan mal estar sin padres. Habíamos creado una especie de orden. Claro que hacía falta que nosotros fuéramos un poco más grandes. Pero a esa altura todo parecía ir sobre ruedas. Salvo que el sol empezaba a bajar. Cuando me di cuenta sentí en el pecho un apretón helado, que enseguida reprimí, porque un chico de unos ocho años le estaba pegando a mi amigo de las bombas. Le daba patadas en las canillas, una tras otra, mientras Marco permanecía inmóvil, la vista en el suelo, como si estuviera cumpliendo un castigo. En realidad el otro era realmente grandote y, lo juro, tenía un rayo estilizado rapado en el pelo cortísimo. El típico matón de primaria. Intervine.

—¿Qué pasa?

Estaba listo para agarrar al matoncito de las orejas, esperando que no se le ocurriera patearme también a mí las canillas con esas piernas de futbolista en ciernes.

—¡Dijo que mi mamá no va a volver más!

Miré a Marco: la cabeza gacha no logró ocultar una mueca a medio camino entre la sonrisa torcida y la risa. Como en el juego de las estatuas, recuperó voz y movimiento de golpe.

—¡Sí! ¡Se fue! ¡Porque das asco! Y en cambio mis padres van a volver ya mismo.

Ante eso el pequeño skinhead empezó a sorberse la nariz y a apretar la mandíbula. Se esforzó tanto por no llorar que le empezó a salir sangre de la nariz.

—¡Ve a buscar una botellita de agua del refrigerador y una servilleta!

Me dirigí a Marco como el capitán de un barco se dirige a la tripulación; debí sonar convincente, porque se borró la expresión de quien ha ganado un duelo y salió corriendo como una liebre al quiosco.

Me acordé de lo que siempre hacía mi mamá cuando me sangraba la nariz, y usé exactamente las mismas palabras:

—Bueno, ahora debes mantener la cabeza un poco hacia atrás; te mojo la frente con un poco de agua fresca, y tú te aprietas la nariz justo acá, con el pañuelo.

—¿Di… di… decía una mentira, no?

Fulminé a Marco con la mirada para que entendiera que era mejor que se callara.

—Claro. Una mentira. Pero ahora no hables, que si no te vuelve a salir sangre.

Me di cuenta de que yo y los gemelos éramos lo más parecido a un adulto que tenían esos niños, algunos de los cuales eran apenas unos meses menores que nosotros. A esa conciencia se le sumó un temor que creció hora tras hora, mientras el cielo resbalaba hacia la tarde y se oscurecía. ¿Y si después de los adultos le tocaba el turno a los más grandes? Ese pensamiento me torturaba; un par de veces miré hacia la reja de la piscina pensando en escabullirme. Pero siempre había un compromiso más importante, una tarea nueva necesaria para sostener ese tinglado sin que nadie se lastimara, o alguien que me tiraba de la camiseta para pedirme que lo llevara a hacer pis al baño.

Mi temor se volvió certeza cuando ya no se encontró rastro de Andrea.

 

3.

Organizamos la búsqueda: Paolo y yo en los vestuarios; Marco y el skinhead detrás del bar. Cuando quedó claro que el gemelo no estaba en ninguna parte, Paolo se transformó. Palideció tanto que parecía un fantasma, y con ese rostro blanco, impresionante, se quedó inmóvil y sin expresión durante unos minutos, como congelado. De pronto se puso a sollozar ruidosamente, con una especie de grito ronco entre un sollozo y el siguiente. Me acerqué para tranquilizarlo, pero él saltó hacia atrás como si yo fuera un escorpión a punto de picarlo; corrió llorando hacia la puerta de salida. Por un instante me sentí aliviado: tal vez no era mala idea ir a ver qué estaba pasando afuera. Pero Paolo se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible que le impedía avanzar. Si Andrea hubiera estado, es probable que hubiera atravesado ese obstáculo y habría salido corriendo. Pero solo no podía: afuera, entre las ramas de los árboles que rodeaban la piscina, avanzaba una sombra que se parecía a la oscuridad.

Alicia me tiró de la manga.

—¡Llora! ¿Se hizo daño?

La tomé de la mano.

—No, tiene un poco de miedo.

A mi respuesta, Alicia empezó a quejarse y a pedir por su papá; y tras ella todos los demás niños volvieron a ponerse mal, aferrándose a mí entre lágrimas y mocos. Mierda, pensé: nunca hay que decirles la verdad a los niños.

La tarde se iba tiñendo de noche. El agua de la piscina ya no era azul, ningún rayo de sol hacía brillar la superficie, y todos nos manteníamos lejos, como si ese gris pudiera tragarnos.

Paolo seguía inmóvil frente a la reja; no se había movido de ese punto, donde parecía plantado como una estatua. De pronto gritó, con voz ahogada:

—¡Están llegando! ¡Están llegando!

Todos, yo incluido, entendimos lo inevitable: las criaturas monstruosas que se habían llevado a los padres y a Andrea avanzaban con la oscuridad y venían a llevarnos también a nosotros. Los niños se apretaron contra mí como si yo pudiera evitar lo peor. Yo quería llorar y salir corriendo, pero logré contenerme porque yo era el grande.

Más allá y dentro de la piscina no había más que oscuridad, y en la ausencia de luz se juntaban y se movían arrastrándose bestias negras que habían olfateado nuestra soledad y venían a alimentarse del miedo. Dicen que los adultos no ven los monstruos que persiguen a los niños por la noche. De golpe tuve la certeza de que nosotros sí los veríamos, y de que a los padres les habían ahorrado ese horror: simplemente habían desaparecido, y a nosotros nos tocaría todo el horror del mundo.

Alicia se aferró a mi pierna: lloraba con un jadeo sofocado, como un animalito atrapado. Nos apretamos unos contra otros. El viento sacudió los árboles que emergían de la oscuridad con ruido de hojas y de noche, y luego el silencio cayó sobre la piscina.

En esa inmovilidad pensé en todos los superhéroes de mis cómics de Marvel: ¿se rendirían así? No. Miré alrededor buscando una vía de escape para todos. Si hubiéramos tenido armas, no habríamos sabido usarlas. Si nos separábamos corriendo, nos atraparían uno por uno, despedazándonos en un rincón.

Los más pequeños tenían un único pensamiento: su mamá, a la que llamaban en voz baja, como si pudiera aparecer de golpe y llevarlos a la luz segura de la cocina de su casa, donde nada malo podía ocurrir. Yo era uno de ellos, pero mi diferencia –estar en el borde entre la infancia y la adolescencia– me permitía observarlos desde afuera: sentí una pena enorme.

Entonces vi las tizas de colores en el suelo.

Todavía era lo suficientemente chico como para saber que el horror tiene límites, que solo los niños saben trazar.

—¡Las tizas! ¡Marco, agarra las tizas!

Me miró con cara interrogativa.

—¡Vamos! Empieza de ese lado, yo de este. ¡Hagamos una línea alrededor de todos!

Me había acordado del juego de Alicia y en ese momento estuve seguro de que podía funcionar: la línea de colores nos serviría de escudo contra el horror que avanzaba. No era un pensamiento normal, pero nada lo era ese día.

Ya era casi de noche cuando vimos a Paolo correr hacia afuera como un loco, directo hacia los monstruos que lo atraparían. Ordené a todos los niños que permanecieran inmóviles y en silencio dentro de los límites de tiza. Por instinto, nos tomamos todos de la mano.

No sé cuánto tiempo estuvimos así. ¿Segundos? ¿Horas? El tiempo estaba deformado por el miedo.

Apareció una lucecita, lejos, que fue creciendo hasta iluminar el césped, después el agua y por último a nosotros.

Era una linterna.

Detrás estaban Andrea y Paolo, sonriendo junto a una mujer, sin duda su madre.

Y mis padres. Papá levantó el brazo para que lo viera; mamá dejó caer la cartera y echó a correr.

 

4.

Nos fuimos esa misma noche, después de poner a los niños a salvo. Nunca supe qué había ocurrido de verdad, ni si todos los adultos desaparecidos volvieron alguna vez. Una vez un tipo me hizo un montón de preguntas; creo que era un policía: le conté todo lo que había pasado, excepto lo de las tizas. En el momento me había parecido una idea genial y, quién sabe, tal vez lo fue, pero con el paso de los días y las semanas me pareció cada vez más una tontería.

No volví a pensar en lo que había ocurrido en San Leone durante décadas, hasta que el olor a cloro y el llamado de mi hijo se entrelazaron y formaron una red para atrapar ese recuerdo.

La superficie de la piscina brillaba con la luz de julio, y el fondo azul parecía un cielo invertido. Alcé a mi hijo en brazos; se rio y se retorció sin lograr soltarse. Al grito de ¡Booomba! caímos al agua.

Durante unos instantes estuvimos bajo la superficie, donde solo se ven sombras y los sonidos se vuelven otra cosa, incomprensible y lejana.

Cuando salimos a la superficie, unidos en un solo cuerpo, el mundo regresó de golpe, entero.

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

 

EL DESEO DEL PASADO