Adnadin Jašarević
La nave espacial NC
Prometheus 2 emerge de la oscuridad en el borde del sistema solar, en la
órbita de Plutón. Si alguien hubiera podido observar la nave, tal vez habría
dicho que se materializó de la nada: simplemente apareció allí donde, apenas un
instante antes, no había nada… Y no… En la cabina, el piloto, Hal Grisom,
manipula instrumentos fuera de control: el panel de mando parpadea con
advertencias, como si todo fuera a desmoronarse. Sin embargo, en el rostro de
Hal hay más satisfacción que preocupación. Su nave ha logrado algo que antes
nadie había conseguido: jamás. Acaba de atravesar un agujero de gusano. Ha
regresado setecientos años atrás en el tiempo, lejos de su propia época. El
primero en cumplir el sueño de Wells, el primero en pilotar una “máquina del
tiempo”. Nadie de sus contemporáneos sabrá que lo logró, pero eso no le importa.
No viajó a través del tiempo por gloria, ni para regresar coronado de laureles.
Hal volvió al pasado sin “boleto de regreso”, para vivir el resto de su vida en
una Tierra que no conocía.
En verdad, el paraíso azul verdoso
que crecía ante él en la pantalla no se parecía en nada al planeta que había
dejado atrás. La Tierra del siglo XXIII estaba asfixiada bajo una capa de nubes
radiactivas, de modo que nada de su azul podía distinguirse desde la órbita, y
el verde, bueno, simplemente no existía. Hal nunca había puesto un pie en la
Tierra. Creció en una colonia en la Luna, una de las muchas dispersas por el
sistema. En el planeta contaminado vivían los menos afortunados, los más pobres
o los demasiado obstinados… Ciudades grises, gente gris, ni un fragmento de
tierra desnuda… Enfermedades, hambre, tiranía, violencia, guerras… En resumen,
esa era la imagen de la Tierra que Hal conocía. Desde la perspectiva de su
colonia, por supuesto. Desde lejos.
Sabía lo suficiente. Un planeta
moribundo no podía soportar el peso de más de treinta mil millones de
habitantes. También moribundos. Condenados. Y no lo soportó… Ocurrió… La
mortandad… ¿Cómo la llamaron? Juicio Final. Armagedón. Kiyamet. Ragnarok. El día
de la ruina fue reconocido en todos los idiomas. Fue predicado en todas las
religiones como si se anhelara el fin de la humanidad. El fin de todas las
cosas… Y lo que buscaron, lo obtuvieron. Sí… el día del juicio… Estuvo a punto
de borrar por completo a la humanidad… En verdad, estuvimos a punto de
borrarnos a nosotros mismos…
La reducida flota de los Estados
Unidos no logró salvar ni a un millón de elegidos. Ahora, en realidad en el
futuro, los selenitas, venusinos, marcianos, titanidas… son demasiado pocos.
Por eso Hal regresó, por esa palabra tan simple y pesada: “demasiado pocos”.
La Tierra giraba cerca de la nave.
Hal la contempló fascinado. El planeta seductor lo atraía, despertaba en él
sentimientos desconocidos. Nunca antes había deseado “pasar” por la Tierra.
Nunca hasta ahora. Pero se recordó a sí mismo: no es la misma Tierra. Siguiendo
el sol sobre continentes y océanos, evocó los últimos momentos de la vida del planeta:
ahora le parecían inimaginables. Recordó cómo, junto a cientos de otros seres
exsiliados, desde los seguros observatorios de las ciudades lunares, había
observado impotente la última guerra en el planeta, miríadas de explosiones de
gigatones desgarrándolo, bolas de fuego dispersas como pequeños soles sobre los
continentes y, luego, la oscuridad. Oscuridad total. Silencio. Toda la historia
del planeta resumida en unas pocas frases, simples, definitivas. No, ese no era
el planeta hacia el que descendía su Prometheus. Ni debía llegar a
serlo.
Aterrizó en la península itálica,
según le aseguraba la computadora, cerca de la antigua ciudad de Florencia.
Siglo XVI. Permaneció de pie junto a la nave, envuelto en vapores calientes y
gases de las toberas. Contemplaba el crepúsculo. Dio un paso inseguro sobre el
suelo húmedo y blando, entre la hierba ondulante. Inhaló el aire fresco y
cortante y se echó a toser. No conocía algo así. Luego cayó de rodillas sobre
la tierra, hundió los dedos en la tierra negra y rompió a llorar. La
desmenuzaba entre sus manos, la acercaba al rostro, la probó… Las hierbas se
enroscaban alrededor de sus rodillas como una amante, frescas y fragantes.
Sobre su cabeza, cerca, batieron alas: ¡un pájaro! Aunque sacudido por el mundo
vivo, por la Tierra, Hal se incorporó lentamente. Temblaba. Las piernas endebles
como espaguetis.
Activó los dispositivos de
camuflaje de la nave y esta pareció desaparecer, fundiéndose con el entorno
como un camaleón, adoptando los colores del irreal verdor circundante y del
cielo del atardecer, surcado de franjas púrpuras. Hal se alejó tambaleándose,
embriagado. Los olores lo asaltaban, intensos, explotaban en sus fosas nasales
y, pese a la noche que caía, las sensaciones visuales, los sonidos, ¡nuevo,
nuevo y nuevo! Se sentía como un niño que apenas ha aprendido a caminar e
intenta explorar el mundo. Olía la tierra, la hierba y las hojas, escuchaba el
crujido de las ramas, el zumbido de los insectos, el canto, el golpeteo de
pequeñas patas en la arboleda, todo en el límite de la disolución de los
colores, verdosos con reflejos rojizos, hacia el pardo… Se apoyaba en los
árboles al pasar, sin necesidad particular, salvo tocar la corteza áspera,
rasparla, como si así pudiera retenerla consigo, dentro de sí… Como en un
delirio, de pronto, emergió del bosquecillo frente a un arrabal de casuchas
improvisadas, dispersas al azar: se detuvo. Había llegado: los suburbios de
Florencia, chozas al pie de las murallas de la ciudad. Permaneció un momento
más, oculto bajo las copas de los árboles, respiró hondo, se quitó el mono azul
y rojo y, luego, avanzó con decisión.
Parecía algo extraño, como
desvestido, o más bien como otro, con pantalones ajustados, camisa de seda,
jubón. Sacó de un bolsillo un ridículo gorro como los que solían usar los
florentinos de esa época. Ajustó la pluma roja para que cayera sobre su hombro.
Así está bien. Hal no creía que todo estuviera bien, pero debía ser así. Debía
mezclarse entre los habitantes del siglo XVI: no debían reconocerlo como un
completo extraño. Avanzó despacio por el sendero embarrado, procurando no
prestar atención a los harapientos que veía, así ellos tampoco lo mirarían a
él. Repasaba su “italiano”, un extraño dialecto que se hablaba en Florencia. Lo
había estudiado casi dos años, palabra por palabra, pero aun así no estaba
seguro. Sentía un nudo en el estómago, incapaz de hacer rodar un “bon giorno”
sobre la lengua.
La puerta… Se acercó con la cabeza
inclinada, murmurando en voz baja, recordando unas pocas frases que lo
ayudarían a entrar. Altas murallas de piedra separaban la ciudad de su apéndice
improvisado. La verdadera ciudad. Entra, asiente con la cabeza a los guardias.
Habla… Habla como si fuera otro, no reconoce su propia voz. Es Giacomo, pintor
de Turín… Lo han llamado para aprender con un maestro. Los guardias, vestidos
con colores vivos, rojo y azul, sucios, manchados aquí y allá hasta el color
del vino y el turbio color del mar antes de la tormenta, con armaduras que
muestran signos de herrumbre… No son más altos que él, lo miran desde abajo,
con desconfianza.
—¿Cómo es que no te has alistado
como soldado, siendo un muchacho tan corpulento y fuerte…?
Hal-Giacomo saca del jubón un rollo
de pergamino y muestra dibujos, bocetos, recomendaciones del Gran Duque, del
cardenal de Siena… Ellos miran los sellos sin comprender. Manosean los
pergaminos, intentando parecer severos. Hal sabe que no pueden leer ni una
palabra, pero no lo demuestra. Espera pacientemente a que los guardias
satisfagan sus papeles. Finalmente ceden. Hal-Giacomo siente sus miradas en la
nuca mientras se aleja por la calle empedrada, hasta doblar en una pequeña
plaza.
Se interna entre edificios de
piedra, aliviado. Por todas partes se agolpan ciudadanos vestidos como
canarios, con colores vivos, más vivos aún, alternativamente hediondos y
perfumados, en realidad ambas cosas a la vez. No podía decidir qué olía peor,
si aquellos sucios o los excrementos y la basura de los desagües abiertos junto
al camino. Se contenía para no taparse la nariz, asqueado. Estuvo a punto de
vomitar, más de una vez. Se conformó con algunas muecas, aspiraciones
desagradables. Alzó un pañuelo perfumado hasta la nariz y apresuró el paso.
Sabía exactamente adónde debía dirigirse. Había memorizado el plano de la
ciudad. No se detenía a observar mejor los extraños edificios, porque solo le
interesaba uno, aquel en el que vivía y trabajaba Leonardo da Vinci. En
realidad, vive y trabaja.
Hal alza la vista hacia una alta
torre como si esperara que en ese mismo instante la máquina voladora de
Leonardo despegara del techo. No lo logrará. De su primer planeador solo
sobrevivió la idea, a lo largo de los siglos. Hal había aprendido en la escuela
sobre el genio que nació demasiado pronto, el científico, el artista, que vivió
cinco siglos adelantado a su tiempo. Él no lo cree así: no fue prematuro, sino
casi demasiado tardío. El experimento de Leonardo debe tener éxito. El hombre
volará, dominará el cielo mucho antes que los hermanos Wright. Hal ayudará. No
en vano se doctoró precisamente en el campo de la aeronáutica… Y luego, quién
sabe. Tal vez la humanidad enfrente el Armagedón preparada, con una flota de
naves espaciales que cubra el cielo. Tal vez, tal vez no… Pero Hal hará cuanto
pueda, lo suficiente para que la máquina de Leonardo alce el vuelo hacia el
sol… Ayudará a que no termine su vuelo como Ícaro…

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