Relja Antonić
Estimado señor
Ernst Herzfeld:
Considero mi deber informarle que,
a unos treinta kilómetros al norte de las excavaciones en Samarra, en algún
punto entre Tikrit y Al Biar, hemos encontrado un asentamiento temporal de un
pueblo nómada desconocido. Según la antropometría, diría que son de origen
kurdo, aunque los kurdos de nuestro grupo (aquellos que han tenido la
oportunidad de viajar por todo el Medio Oriente) afirman que su origen es
georgiano, pero no estamos seguros. El jefe de esta tribu salvaje relató cómo,
a lo largo de la historia, durante las lunas nuevas aprendían todas las lenguas
del desierto y de los bosques de cedros, pero se desaprendían de ellas cada vez
que el viento cambiaba de dirección. El intérprete dice que el dialecto de
estos primitivos lo desconcierta, y que sus lenguas ladradoras no pueden atarse
a la escritura. Es cierto que se ríen constantemente, que son guturales como
mulas, y que las palabras que lanzan al pasar él no sabe traducirlas.
Pero más que su origen, lo que ha
captado nuestra atención es su deidad tribal. Debo señalar que no solo están
tan alejados de la fe islámica como de Tasmania, sino que además cargan consigo
una… cosa, que no estoy seguro de poder describir con detalle alguna vez, pero
que tampoco podré olvidar jamás.
Opino que ese objeto lo han
desenterrado en algún lugar. La tribu mencionada no sería capaz de fabricar un
artefacto así. Afirmo con responsabilidad que se trata de un dispositivo. Creo
que usted se dirigirá hacia esta región, porque, además de la misteriosa
deidad-máquina, las herramientas y armas con las que están equipados también
han sido tomadas de algunos yacimientos arqueológicos existentes o aún no
descubiertos. Es posible que podamos comerciar con ellos y obtener objetos a
cambio de provisiones. Sus reservas de alimentos son actualmente escasas.
Estudiaré la situación y le
informaré en la próxima carta qué podría tratarse. En caso, claro está, de que
no se dirija inmediatamente hacia aquí.
Su asistente,
Hans K.
Ese día, el
sirviente se liberó de sus obligaciones y, salado por el sudor, vagaba buscando
la fortaleza conocida. No es hombre quien no se equivoca alguna vez,
decía el proverbio. Pero, aunque se equivocó, no sería hombre durante mucho
tiempo. No lo sabía.
Desde el poblado de Bag-dadua
corrió más rápido que un perro y más lento que un ave; agotó bajo sí a un asno
sarnoso, pero no alcanzó el lugar buscado. Innumerables veces, a lo largo de
décadas, en las horas más silenciosas y en los momentos más ardientes, había
transitado ese sendero, pero al anochecer del día fatal sucedió que de algún
modo evitó el desvío hacia Sur-Marathi. Y sucedió que llegó tarde a la cita.
Desde el mercado de Bag-dadua
corrió enloquecido hasta su casa, rogó a su amo que le prestara un animal, pues
había reconocido el rostro de la Muerte. Pero el amo, de su posterior
conversación con Ella, extrajo un relato, y así Sumer y Acad supieron cómo la
implacable segadora alada, que había empujado a su más fiel sirviente a la
huida, en realidad había concertado una cita en el lugar al que este escapó.
Sin embargo, nadie oyó que el sirviente había errado el destino. Y por eso,
nunca entregó su alma, ni la oscura que se hunde en el barro, ni la luminosa
que se dispersa irremediablemente en los rayos de Utu.
El célebre
arqueólogo Ernst Emil Herzfeld rara vez se sorprendía. Pasaba semanas sin
encontrar nada, escarbando en la arena cobriza de casas y calles de un antiguo
asentamiento, y luego tropezaba con un objeto fascinante… y no se asombraba.
Había hallado toda clase de rastros de culto. Algunos meses antes, había sabido
del culto a la diosa Irkala: alguien, en algún momento en Babilonia, había
colocado a la propia muerte sobre un pedestal, como un amor juvenil. La
tablilla que lo atestiguaba, por desgracia, se había desintegrado. A propósito,
murmuraban los supersticiosos iraquíes y kurdos que ayudaban en la excavación.
Alguien no quiere que se revelen las antiguas afirmaciones sobre la diosa
demoníaca.
Ernst tampoco se sorprendía de los
vestigios de superstición antigua entre la población islámica: sucedía con más
frecuencia de lo que los creyentes estaban dispuestos a admitir. Pero algo en
la deidad tribal lo fascinaba y al mismo tiempo lo inquietaba.
¡Está vivo!, pensaba, para
enseguida desdecirse e inmediatamente cambiar de opinión y formular hipótesis acerca
de una especie de máquina primitiva.
Pero si estaba vivo, el prodigioso
dispositivo permanecía mayormente inmóvil, como paralizado por la histeria, y
deformado no menos que el Rumpelstiltskin de los cuentos populares de los
hermanos Grimm. Mostraba pocos signos de vida. Gemía, en voz baja. El
arqueólogo suponía que poseía algún mecanismo interno que impulsaba aire.
Habría comprobado su hipótesis si los salvajes permitieran que un extranjero se
acercara a menos de quince pasos. Estaba rígido, además, y a simple vista
parecía leñoso como un cedro antediluviano. Quizá los errantes creían que manos
extranjeras podrían estropearlo… o matarlo, más bien, teniendo en cuenta que,
según todo indicaba, eran animistas primitivos. Lo comprendía: la mente salvaje
no puede concebir hasta qué punto las manos de un arqueólogo profesional son más
cuidadosas que sus torpes garras.
Los nómadas solo habían descubierto
cómo lo transportaban en una litera de un extremo a otro de Mesopotamia, y que
era su único dios y antepasado directo. Cada cincuenta años, lo devolvían al
lugar donde ahora descansaba. Le escupían en los ojos, porque, pobres
criaturas, probablemente pensaban que esto lubricaría el antiguo mecanismo que
hacía parpadear al dios, el cual, según todos los indicios, se había atascado. Lo
daría todo por obtener permiso para examinarlo. Pero no tenía más remedio que aceptar
sus creencias primitivas.
Lo que no comprendía en la relación
de esa gente con el ancestro y único dios que reconocían –aunque, según el
intérprete, creían en la existencia otras deidades y las detestaban– eran las
ofrendas que le dejaban. Al parecer, además de derramarle alimento líquido a
sus pies y sangrar de sus manos en su mandíbula cerrada y anciana, también
hacían sus necesidades debajo de él.
Ernst Emil Herzfeld reunió a sus
hombres y abandonó a los salvajes sonrientes. Nunca volvió a encontrarse con
los misteriosos nómadas de origen desconocido, aunque posiblemente kurdo.
Cuando el curioso forastero se marchó, los
salvajes comenzaron a alimentar la estatua. Esta babeaba, a pesar de lo que la
mentalidad occidental pudiera opinar al respecto. Pero eso no bastaba: también
orinaba y gemía. Cualquiera que la viera se daría cuenta entonces de que era
una criatura viviente, y no un ídolo común. Como la comida escaseaba, los
nómadas tomaron a su dios y partieron, con la intención de merodear por las
ciudades más grandes para robar algo o conseguir algo a cambio. Pero no cerca
de Samarra. Jamás cerca de Samarra.
Oh, Irkala
maldita, ¿acaso Nergal no te basta?, cantó una vez un sacerdote una oda
mordaz a la emperatriz de la muerte. No le fue bien cuando le tocó ser su
amante. La diosa no tenía paciencia ni siquiera para su hermana gemela, mucho
menos para los simples mortales: los deseaba, pero no los complacía ni
perdonaba. Y menos aún tenía paciencia la cruel emperatriz, que en aquellos
días caminaba libremente por la faz de la tierra y batía sus alas sobre todos
los cielos, para aplazar el fin de alguien. Podía alcanzar a cualquiera a
tiempo, pero más bien era ella quien los esperaba, y reservaba los abrazos más
tiernos para quienes no huían. A los demás, el descanso eterno les resultaba
amargo incluso antes de que sus almas oscuras quedaran atrapadas en cuerpos
fangosos, antes de que les brotaran plumas, se les cerraran los ojos y se les
sirviera piedra para comer. Sucedía que la noche de su amor era más terrible
que la eterna putrefacción en la oscuridad, por lo que se aconsejaba tanto a
hombres como a mujeres que fueran cautelosos con la diosa, para que ella
respondiera del mismo modo cuando se acostaran con ella.
En el crepúsculo salpicado de
llamas, entre la arena color miel y los pilares de hueso de la ciudad fortaleza
de Sur-Marathi, Irkala esperaba a su nuevo amante. La gente la veía, y por eso
todos salaban su camino y escupían por encima del hombro. Se descalzaban y se
ponían la sandalia izquierda en el pie derecho, y viceversa. No hacía falta,
pensaba ella. El momento final de cada uno estaba determinado por una lista
grabada en piedra a la que siempre se atenía. Y ese mismo orden permanecería
hasta el fin del Tiempo, incluso cuando, prisionera en la oscuridad, enviara
esclavos a la presa, que en aquellos días ella misma cazaba. Se enfureció cada
vez más a medida que el hombre que esperaba vagaba hacia el norte, alejándose
cada vez más de la ciudad.
El sudor salado del
hombre se volvió ácido; su asno se convirtió en una criatura espumosa de ojos
rojos que, suelta, pateaba tanto lo vivo como lo inerte; y el dulce miedo del
perseguido se transformó en la amarga impotencia del acorralado.
Ahuyentó al animal desatado con
piedras. Este lo miraba, con la mirada sanguínea y embriagada, amenazando en
silencio a la manera de caballos y burros, mientras el residuo de harina de
innumerables panes que el sirviente y su amo habían amasado y expulsado por sus
entrañas se desprendía de su pelaje. La harina caía blanquecina como polvo de
estrellas, purificada de cáscaras y aristas de cebada que habían quedado
enganchadas entre los pelos oscuros, y los ojos de la bestia brillaban
intensamente rojos, como si no hubiera oscuridad alguna. De haber sido un
caballo en lugar de un asno, y si no estuviera huyendo de ella, el fugitivo se
lo habría ofrecido a la propia Muerte para que lo montara.
Se preguntó si podría negociar con
la diosa para posponer lo que estaba planeando, y en el caso de que el precio
fuera demasiado elevado, si aceptaría algún tipo de pago por adelantado... y si
el burro inmaduro y frenético sería suficiente para tal cosa, o si necesitaba
esas cien cabras que el amo había criado y por las que ahora era tarde para regresar.
—Sabía que debía haber ido por la
orilla del río bendito —le decía a la noche sorda en la hondonada.
El asno se fue en algún momento,
sin dejar de patear la luz de la luna, y sus cascos herrados resonaban entre
las rocas. Si hubiera logrado alcanzarme, me habría sacado el corazón por la
garganta y habría traído a Aquella de la que escapé, pensó el fugitivo.
—Sabía que debía haber ido por la
orilla del río maldito —seguía diciendo, para sí mismo; y el asno le respondió
con un rebuzno nada asnal, en la distancia. Luego rompió a galopar, y el hombre
escuchó ese galope hasta entrada la noche.
¿Adónde debía ir ahora?, se
preguntó. Allí, a la intemperie, la muerte podía alcanzarlo. Los barrancos eran
lo suficientemente profundos como para impedirle observar los alrededores, pero
lo suficientemente poco profundos como para ocultarlo. ¿Adónde?
Nunca había visitado ningún otro
lugar, solo este al que se dirigía, y que había pasado por alto. Sabía que
debía haber seguido el río, ¡cagaba y escupía en el río día y noche y en la
hora del juicio! No podía volver por el mismo camino. Buscar el gran río, hacia
el oeste donde los barrancos se profundizan, y quedarse atascado en algún
desfiladero, imposible. Si seguía adelante, más le valía encontrar algún
asentamiento pronto, o aquello de lo que huía lo alcanzaría.
Miró la luna erosionada en el
oeste.
—Nana, ayúdame —le dijo—. ¿Cómo
pude perderme en un camino tan corto, Nana? ¡Responde, maldita seas!
Como no hubo respuesta, el ex sirviente
maldijo a Nana y a su linaje una vez más, se quitó su calzado desgarrado, lo
orinó y lo arrojó, levantó un talón, lo escupió, luego el otro, y, empapado de
sudor ácido, se adentró en un mundo cuya magnitud le sería para siempre tan
incomprensible como desconocida.
Blasfemar contra los seres
celestiales es peligroso, más de lo que la gente cree. Pueden castigar incluso
hacia atrás en el Tiempo, horas antes de que la ofensa sea pronunciada.
Y por eso sucedió que este hombre
se perdió.
—¡Madre, padre, no
he encontrado hogar!, rugió a la mañana siguiente por la adormecida ciudad de
Sur-Marathi.
El pueblo despertaba, y los
esclavos, que no son personas, temblaban en sueños, mientras la diosa, la
Muerte, emperatriz de todos los dominios, se enfurecía por las calles
embreadas. Solo los herreros de lanzas y herraduras de bronce la observaban
desde el primer canto del gallo, y solo ellos estaban preparados para sus
terribles gritos de ira. Estaban despiertos y trabajando desde la hora muda, y
habían oído tanto las palabras más suaves como las más siniestras que había
escupido antes. Pero aun así temblaban mientras lanzaba su maldición, enfriaban
las puntas de bronce con lágrimas, escupían por sus propios cuellos y los de
sus aprendices, y quien tenía ganado blanco en casa salaba tanto el fuego como
las herraduras aún calientes, invocaba a Utu y rogaba al joven Nergal
protección contra su airada esposa.
Y mientras la fortaleza trazaba
pequeños círculos protectores con orina, rezaba, y aquí y allá, lloraba en sus
manos y esparcía lágrimas por los rincones donde se ataban los nudos de la
desgracia, la hermana de Ishtar maldecía y maldecía. Maldijo a su amante
irresponsable, a su esposo incompetente y a los parpadeos del Ojo del Tiempo.
Aullaba, feroz, carroñera, derramando palabras incomprensibles como vinagre,
dirigidas al hombre que no había cumplido un acuerdo sellado antes de nacer.
Nunca volvería a intentar encontrarse con él.
Y lo amaba, inmensamente. Amaba a
cada mortal sin medida, y ante cada rechazo reaccionaba con crueldad… pero a él
lo amaba más. Cada vez más, a medida que su enfermedad avanzaba. Le agradaba el
olor a descomposición, quería besar cada arruga, mordisquear el pecho masculino
flácido, escuchar el crujido de la respiración chirriante de sus pulmones
enfermos…
Y había olvidado de recoger a una
mujer podrida y demacrada mientras lo esperaba, esa diosa alada despiadada con
una enorme hendidura femenina y un miembro masculino diminuto. Llegó tarde,
como nunca antes. El tiempo se retorcía a su alrededor y la complacía, y ella
creía que era imposible llegar tarde o saltar al pasado de forma insuficiente.
Él la traicionó, el enemigo. Y cada fugitivo la insultaba, pero al menos sabía
que incluso lo peor volvería a ella. Nadie era tan irresponsable. Nadie,
excepto él. Tal vez no le habría importado tanto quedarse sin uno de los
incontables amantes, si hubiera podido tener a una de sus hermanas, y si el
Padre Ana no la hubiera condenado a la esclavitud por tal acto. Así es como
tuvo que conformarse con ancianos y ancianas, enfermos y podridos, y niños
moribundos, y, maldita sea, empezaron a ser insoportablemente atractivos, todos
malditos, mortales sin valor... Y ella hizo el pedido, de principio a fin, y
los escribió todos en la pizarra, y todos, al menos en las profundidades de sus
oscuras almas, la deseaban. Y todos venían. Y el sirviente común, uno de los
canteros acadios, obligado por el amo sumerio Meda, hijo de aquel que, usando
el arma de Meda, lo raptó de su casa y lo trajo en una cesta para ser
sirviente, prefirió ser un fugitivo y su vida cobarde antes que pasar una noche
con Ella. Innumerables veces repetía una noche, caminaba desde el anochecer
hasta el amanecer y de vuelta al anochecer, hasta que se acostaba en la cama
con todos los recién moribundos, y sucedía que uno no venía, y que lo que
faltaba no se podía compensar. Solo había uno, pero ella se sintió ofendida.
Está humillada; por primera vez, el escupitajo que muchos le han dirigido por
encima del hombro para mantenerla a raya ha rozado la mejilla negra de su
hermana gemela, la rosada Ishtar, la Ishtar que recibe toda la luz, el amanecer
y el amor. Y la odiada Muerte está más sedienta de sangre que nunca, tanto que
violaría, expandiría, reorganizaría su lista, inscrita en piedra... Pero no lo
hará.
Solo hay una persona a la que no esperarán en la reunión. Y esa desafortunada persona jamás morirá.
Relja Antonić nació el 17 de diciembre de 1988. Vive y trabaja en Šabac, Serbia, y escribe e ilustra desde hace más de 10 años. Colabora en al menos tres revistas, ha publicado relatos en varias antologías de países de la antigua Yugoslavia y es probable que se considere a sí mismo un escritor de fantasía.

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