Jorge Etcheverry
Por fin se retira el ruedo de los
últimos coletazos del invierno, como el borde más a ras del suelo de una señora
de esa de las antes, repolluda y pesada, que se demorara un poco por el cemento
húmedo. ¿Cómo estamos? De tanto leer y tanto juntarme con escritores se me
están pegando algunas cosas, aunque siempre me sacaba un siete en las
composiciones cuando estaba en preparatorias, que así se debe llamar todavía la
escuela elemental en Chile. Entonces me vengo en la tardecita y no en la noche
al bar, porque me dijeron que esta época en la noche empieza a aumentar mucho
la clientela, por lo tanto no me puedo estar sentado una hora con una cerveza
en la hora pico o la hora cresta, según el país de donde venga uno. Claro que
el mozo me lo dijo de manera más gentil. Eran las cuatro en punto cuando llegó
esa niña mexicana, claro que de Estados Unidos, que dice que es WICCA, es decir
bruja, y que hay que reconocer que para hacer rima, todavía está harto rica.
Como ella sabe que a mí me gusta su poco el ocultismo, los masones y los
templarios, los discos voladores, claro que sólo por entretenerme, que creo que
hay una conspiración de mujeres chicas que denomino las visitantes, y que en
realidad parece que son extraterrestres. Eso se lo conté, claro que medio en
serio, en una fiesta latina en el lado francés, antes que alguien me pasara una
guitarra, y que es donde la conocí.
Pero ya
llega con unas cervezas en el (torneado) cuerpo. Yo ya estoy muy viejo para
hacerme ilusiones, pero en una de éstas, y para romper el hielo empezamos a
conversar de política, de la situación internacional, y la gente nos mira desde
las otras mesas, ya que estamos hablando fuerte, moviendo las manos, y más
encima en otro idioma. Dicho sea de paso, esta es una de las ventajas de venir
a instalarse en un boliche del Barrio Italiano, ya que es corriente que haya
gente que habla alto y en un idioma parecido al castellano, y entonces podemos
hablar de nuestras cosas con cierta impunidad. Aquí los gringos hablan del
tiempo, del precio de la bencina, de sus gatos y perros. Y ella me dice que es
una gran suerte que los católicos se hayan mantenido un poco al margen de esta
guerra de canutos ultra bolicheros anglos contra musulmanes ultra bolicheros
mayoritariamente árabes, ya que los protestantes no tienen el peso espiritual
como para que pase nada, entonces estamos a salvo. Pero cómo es eso, le
pregunto o exclamo, tratando de entender, a salvo de qué. Bueno, ella me dice
que si alguna vez he visto una película de terror de fantasmas y Apocalipsis
cuyos personajes o trama sean protestantes, o leído alguna novela de terror con
vampiros y castillos canutos, es decir protestantes, pese a los esfuerzos del
genial Ramsay Campbell o de la ya extinta Hammer Productions, que produjo todos
esos filmes clásicos de vampiros con el Christopher Lee. Me acuerdo, pero
todavía no le agarro el hilo, y ella me dice otras cosas y cambia de tema y se
pone a alegar contra el papa anterior por decirles a los indios en Brasil que
ellos estaban esperando en todo el continente la religión monoteísta con los
brazos abiertos y recomendándole a los curas que no se metieran en política,
que después de todo ese papa era alemán, en un de estas un protestante
disfrazado, o criptoprotestante como los llama ella. Todo a pesar de mis
esfuerzos infructuosos para hacerle ver que se le quedó el disco pegado, que
ahora hay otro papa casi ná que ver, para que se digne volver a lo que estaba
hablando, todo absolutamente inútil, hasta que me fijo que lleva al cuello un
crucifijo de plata –porque se le ha entreabierto un poco la blusa–, del que
cuelga un diente de ajo. Pero antes de que pueda preguntarle nada me dice que
tiene que ir al baño a hacer pichí, mientras a mí como que me va cayendo la
chaucha.
Debo decir
que en mi lejana juventud en mi país natal fui profesor secundario, en dos
asignaturas y en todo tipo de establecimientos, desde el liceo fiscal de elite
y el colegio particular francés o británico al liceo nocturno rasca con cursos
de más de sesenta alumnos de todas las edades y oficios, generalmente de las
clases más modestas. Yo sitúo la profesión de la pedagogía como una de las más
exigentes, y que junto con la psiquiatría y el sacerdocio, exigen el mayor
conocimiento del alma humana. La enseñanza consiste en parte en hacer que la
mente del discípulo, como una reluctante embarazada terminal, dé a luz sus
propias intuiciones o compresiones borrosas, en una forma articulada y más o
menos clara, en que muchas veces la guía del pedagogo es como la cesárea que
permite hacer brotar ese vástago de la mente humana que quizás de otra manera
no existiría: el conocimiento. Entonces es que se me vino a la cabeza todo ese
friso de entes espirituales o fantasmagóricos, fantasmas, vampiros, hombres
lobo, horlas (seres invisibles que según Maupassant asedian a los seres
humanos), los terribles Dioses Antiguos lovecrafianos, cuyo autor posiblemente
bautista o metodista, gozó sin embargo de una espiritualidad católica, o mejor
gnóstica. Como esos teólogos que elaboraran un universo creado por el diablo o
regido por una burocracia descendente de ínfimos ángeles cada vez más
degradados que de puro degradados se van haciendo demonios.
Entonces es
que, como digo, y reconociendo que esa horrenda mitología con todo su poder
destructor es fundamentalmente católica, como los innumerables demonios que
dicen que su nombre es legión cuando hablan por la boca de los posesos, di un
paso más en esta concatenación lógica. Para mí todo esto es ficción. Pero si
por un momento se cree en la existencia de ese ámbito y las posibilidades de
destrucción física y espiritual que conlleva, es indudable que hay que mantener
cerrado ese portal. Imaginemos que haya alguien que, como mi conocida –que no
es realmente amiga mía–, cree en eso. Entonces para esta persona la entrada del
catolicismo en esta guerra a dos bandas entre protestantes y musulmanes podría
despertar a esas fuerzas que se mantienen durmiendo en sus ciudades mentales de
incomprensible geometría, como los dioses acuáticos de Lovecraft, con
incalculables consecuencias aniquiladoras. Por un momento, y al tratar de
ponerme en el lugar (psicológico y cognoscitivo) de esta mujer, recuperé esa
sensación excitante de mis años de enseñanza, el deseo de entender al alumno,
de ponerse en su lugar, de ver al mundo con sus ojos, para luego poder guiarlo
con mano firme por los senderos de la Sofía. Y al hacerlo llamé sin demora al
mozo para decirle que pusiera el consumo de los dos en mi cuenta –aunque no
ando muy boyante que digamos– y me precipité afuera del local felicitándome de
que mi teléfono no apareciera en la guía.

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