George Lazar
El Aspirante
trepaba lentamente, midiendo con cuidado cada movimiento que hacía con manos y
pies sobre la piedra caliza rojiza que formaba la pared casi vertical del
acantilado. Aunque era joven, una barba larga y espesa le cubría las mejillas
hundidas por el ayuno y las privaciones, pero no ocultaba el destello de fe en
sus ojos. Ya había alcanzado unos cincuenta metros de altura cuando se detuvo
un momento para recuperar el aliento. Observó con desprecio las filas compactas
de espectadores que lo seguían desde abajo, al pie de la montaña, y luego
admiró desde arriba –por primera vez en su vida–, los edificios del monasterio
y la larga fila, en varias hileras, que se perdía en el horizonte, de quienes
esperaban para entrar y someterse a las pruebas que podían otorgarles la tan
deseada túnica de monje del tiempo y, con ella, la inmortalidad. Sin embargo,
la mayoría no superaba ni siquiera las primeras pruebas y salía por las puertas
laterales, con la cabeza gacha; durante un tiempo se unían a los espectadores,
sintiéndose así quizá un poco más cerca de la inmortalidad que no habían
logrado alcanzar.
El hombre en la roca sonrió
soñador, recordando cómo él también había esperado, junto a innumerables otros,
durante semanas. Bebió un sorbo de agua de la cantimplora de cuero curtido que
llevaba colgada del cordel que le servía de cinturón, que por lo demás era todo
su equipaje. Continuó ascendiendo lentamente, pasando junto a las grutas
excavadas en la roca, ocupadas por otros Aspirantes en la prueba final. Algunas
tenían puertas de madera y ventanas de vidrio polvoriento, colocadas allí no se
sabe cómo, en tiempos antiguos, cuando ni siquiera los antepasados del que
ahora trepaba habían nacido. Ninguno de los ocupantes de aquellas grutas salió
a animarlo. Tampoco lo esperaba; los Aspirantes –si aún vivían– tenían otras
cosas que hacer, y su vínculo con los hombres había cesado en el momento en que
fueron aceptados por el monasterio.
Había superado la marca de los cien
metros de ascenso transitado por innumerables Aspirantes, un recorrido que
podía y de hecho había sido estudiado en detalle con instrumentos ópticos,
tanto por los escaladores como por los espectadores. Seguía una pequeña meseta
que bloqueaba la vista hacia la roca, que se volvía aún más abrupta. Con un
suspiro de alivio, el monje puso el pie en la meseta, pero resbaló y cayó. La
multitud de abajo lanzó una enorme exclamación colectiva, de asombro, de
preocupación, pero también de alivio, porque he aquí que otro aspirante a la
inmortalidad encontraba su fin, lo que los hacía a ellos, los de abajo,
igualmente iguales, aunque el monasterio los hubiera rechazado. Sin embargo, en
el último instante, el monje se aferró con la mano derecha a una saliente
afilada y, aunque se cortó gravemente, logró detener la caída. Los espectadores
suspiraron aliviados y, al mismo tiempo, decepcionados, estirando aún más el
cuello para ver cómo el monje se sujetaba también con la otra mano y, sin
prestar atención al dolor ni a la sangre que le corría abundantemente de la palma
desgarrada, se impulsaba como un atleta y volvía a dejarse caer sobre la
meseta.
Con la espalda pegada a la roca, en
un ángulo que no permitía que lo vieran desde abajo, el Aspirante se lavó la
mano con el resto del agua de la cantimplora, luego la envolvió en un trozo de
tela que rasgó con facilidad del borde deshilachado de la túnica descolorida
que llevaba puesta. Se puso de pie con cuidado y miró hacia abajo. La altura
era vertiginosa. Pocos llegaban tan alto. La multitud reunida al pie de la roca
había crecido como una mancha de tinta derramada sobre una hoja blanca.
Probablemente lo veían como una mosca pegada a una pared. Pero como un
Aspirante –él– había alcanzado tal altura, la gente seguía llegando, porque,
como se sabía, cuanto más alto llegaba un candidato, más santo era, y la
bendición también alcanzaba a quienes tenían el privilegio de verlo.
Indiferente a todo eso, el
Aspirante buscó una grieta donde introducir la palma y otra para la otra mano –la
herida–, luego tanteó huecos para los pies y retomó su camino hacia las
alturas.
Cuando llegó a la gruta más alta, a
más de mil metros del suelo, el sol estaba a punto de ponerse. Dejó que la luz
cada vez más pálida del astro lo envolviera y lo calentara, consciente de que
era la última vez que lo veía como un disco amable de luz. A la mañana
siguiente, al amanecer, lo vería de otro modo o no lo vería en absoluto. Estaba
tan exhausto que no logró levantar los brazos. Aun así, sonrió satisfecho al
abismo que lo separaba del pequeño mundo de los hombres y de las cosas hechas
por ellos, para sus diminutas necesidades, sus insignificantes alegrías y sus
triviales desgracias. Había llegado por encima de todo y, si superaba la última
prueba, alcanzaría la altura absoluta, allí donde se encontraban los propios
dioses del tiempo.
El ruido de la multitud al pie de
la montaña le llegaba llevado por el viento, vago, como un murmullo. Sin que él
lo supiera –y aunque lo hubiera sabido, no le habría importado–, muchos de los
de abajo ya lo observaban con potentes instrumentos ópticos, comentando
ampliamente con los demás sobre las posibilidades del temerario Aspirante. Se
habían hecho apuestas, y algunos incluso se habían peleado defendiendo sus
convicciones. Él no dignó ni siquiera una mirada a esas personas de abajo,
codiciosas como hienas, deseosas de obtener cualquier beneficio de su prueba
final. Entró en la gruta fresca que, poco a poco, a medida que el sol se ponía,
se volvió francamente fría. La túnica gastada y sudada se le pegó a la espalda
como un escalofrío helado. La mano desgarrada latía de dolor. Se sentó sobre la
roca fría, atormentado por el hambre y, sobre todo, por la sed. Pasó una hora y
luego otra. La noche exterior hizo aún más profunda la oscuridad de la gruta.
Aunque estaba acostumbrado a las
privaciones, la lengua y los labios se le habían hinchado por la falta de agua
y ya no pensaba con claridad. Tal vez por eso dudó un instante, y su fe –hasta
entonces inquebrantable– vaciló apenas, hasta que la duda atravesó la ola de
dolor y sufrimiento y llegó hasta la razón. Allí rebotó, se quebró en
fragmentos y se desmenuzó hasta convertirse en hilos invisibles, como de arena,
que se dispersaron en la respiración cada vez más débil del Aspirante.
En ese momento único, desde detrás
de la pared helada en el fondo de la gruta, llegó una luz suave, dorada,
acogedora. El Aspirante alzó las cejas, sorprendido. El hambre, la sed y el
dolor desaparecieron como si nunca hubieran existido.
Más allá del muro de hielo se veía
majestuosa la cinta del tiempo, desplegándose y moviéndose de derecha a
izquierda, del amanecer hacia el ocaso. Se acercó arrastrándose hasta la pared
transparente y contempló, asombrado y extasiado por tanta belleza y grandeza.
La cinta del tiempo casi tocaba el cielo, y su extremo occidental no se veía.
El hielo se había formado de manera desigual, creando aquí y allá verdaderas
lentes que ampliaban o reducían la perspectiva. A través de una de ellas, lejos
hacia el este, distinguió a los monjes del tiempo, que colocaban sobre la cinta
blanca y lisa tablillas de arcilla cocida en las que estaban impresos, como
dibujos hechos solo de líneas rectas y curvas, todos los momentos importantes
de la vida de los hombres: nacimientos, muertes, desgracias, felicidad,
enfermedades, guerras, arte, humanidad, fe, Dios, sin importar cómo se lo
nombrara. Observó fascinado cómo los monjes, que parecían pequeños como
juguetes animados, dibujaban destinos en las tablillas crudas, luego cocían la
arcilla en hornos, las tomaban con delicadeza y las colocaban con rapidez sobre
la inmensa cinta que se movía suavemente, del este al oeste, del pasado al
futuro, sellando con innumerables marcas el curso de la historia. Habría podido
contemplar para siempre el trabajo de aquellas criaturas, que una vez habían
sido hombres como él, o más bien como los de abajo, al pie de la montaña, y
que, por sus propios medios, se habían elevado por encima de la humanidad que
los había engendrado, llegando a entrelazar los innumerables hilos de los
destinos, a repartir el bien y el mal, lo bello y lo feo, la vida y la muerte.
Por segunda vez, en el alma del
Aspirante brotó la duda. Esta vez dudó de que fuera capaz de elevarse a la
altura cósmica de la tarea de trabajar con la cinta del tiempo. Lágrimas
calientes brotaron de las comisuras de sus ojos y se deslizaron por sus mejillas
hundidas y sucias, cubiertas por la barba enmarañada. En ese momento, sin
embargo, mediante un fenómeno óptico milagroso, las imágenes vistas a través de
la lente de hielo y de sus lágrimas se agrandaron aún más, y el Aspirante se
vio a sí mismo, dibujado en una de las tablillas colocadas sobre la cinta del
tiempo.
Sonrió, y luego rio abiertamente,
como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo, cuando vio, o quizá solo
sintió, el destino que los monjes habían preparado para él, aquellos que habían
hecho que el tiempo dejara de fluir para su persona. Así, lo sorprendió el
resplandor del amanecer, que golpeó la gruta con cálidos rayos de luz,
dispersando la oscuridad y volviendo opaco el muro de hielo.
Pero el Aspirante ya sabía lo que
tenía que hacer. Salió a la boca de la gruta y aspiró con ansia el aire frío de
la mañana, levantó los brazos como un ave alza sus alas y se dejó caer al
abismo.
Despojado de su cuerpo de carne,
convertido en algo inútil, el Aspirante se transformó en un Monje del tiempo y
partió con alegría a unirse a los suyos, que lo recibieron ofreciéndole su
primera tablilla de arcilla. La tomó y dibujó con firmeza cómo su cuerpo,
convertido en un recipiente vacío y destrozado tras caer en el vacío y golpear
las rocas, era despedazado por la multitud furiosa de hombres que se
abalanzaban, deseosos de apoderarse de un trozo de hueso o de carne, para
adorarlo y rezarle por la satisfacción de las insignificancias que componían
sus vidas.
Porque la mayoría de los de abajo
no sabía o no quería saber que, en realidad, alguien que ya no podía oírlos
dibujaba en la Cinta del tiempo cada momento importante de sus vidas.

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