jueves, 23 de abril de 2026

LA CINTA DEL TIEMPO

George Lazar

 

El Aspirante trepaba lentamente, midiendo con cuidado cada movimiento que hacía con manos y pies sobre la piedra caliza rojiza que formaba la pared casi vertical del acantilado. Aunque era joven, una barba larga y espesa le cubría las mejillas hundidas por el ayuno y las privaciones, pero no ocultaba el destello de fe en sus ojos. Ya había alcanzado unos cincuenta metros de altura cuando se detuvo un momento para recuperar el aliento. Observó con desprecio las filas compactas de espectadores que lo seguían desde abajo, al pie de la montaña, y luego admiró desde arriba –por primera vez en su vida–, los edificios del monasterio y la larga fila, en varias hileras, que se perdía en el horizonte, de quienes esperaban para entrar y someterse a las pruebas que podían otorgarles la tan deseada túnica de monje del tiempo y, con ella, la inmortalidad. Sin embargo, la mayoría no superaba ni siquiera las primeras pruebas y salía por las puertas laterales, con la cabeza gacha; durante un tiempo se unían a los espectadores, sintiéndose así quizá un poco más cerca de la inmortalidad que no habían logrado alcanzar.

El hombre en la roca sonrió soñador, recordando cómo él también había esperado, junto a innumerables otros, durante semanas. Bebió un sorbo de agua de la cantimplora de cuero curtido que llevaba colgada del cordel que le servía de cinturón, que por lo demás era todo su equipaje. Continuó ascendiendo lentamente, pasando junto a las grutas excavadas en la roca, ocupadas por otros Aspirantes en la prueba final. Algunas tenían puertas de madera y ventanas de vidrio polvoriento, colocadas allí no se sabe cómo, en tiempos antiguos, cuando ni siquiera los antepasados del que ahora trepaba habían nacido. Ninguno de los ocupantes de aquellas grutas salió a animarlo. Tampoco lo esperaba; los Aspirantes –si aún vivían– tenían otras cosas que hacer, y su vínculo con los hombres había cesado en el momento en que fueron aceptados por el monasterio.

Había superado la marca de los cien metros de ascenso transitado por innumerables Aspirantes, un recorrido que podía y de hecho había sido estudiado en detalle con instrumentos ópticos, tanto por los escaladores como por los espectadores. Seguía una pequeña meseta que bloqueaba la vista hacia la roca, que se volvía aún más abrupta. Con un suspiro de alivio, el monje puso el pie en la meseta, pero resbaló y cayó. La multitud de abajo lanzó una enorme exclamación colectiva, de asombro, de preocupación, pero también de alivio, porque he aquí que otro aspirante a la inmortalidad encontraba su fin, lo que los hacía a ellos, los de abajo, igualmente iguales, aunque el monasterio los hubiera rechazado. Sin embargo, en el último instante, el monje se aferró con la mano derecha a una saliente afilada y, aunque se cortó gravemente, logró detener la caída. Los espectadores suspiraron aliviados y, al mismo tiempo, decepcionados, estirando aún más el cuello para ver cómo el monje se sujetaba también con la otra mano y, sin prestar atención al dolor ni a la sangre que le corría abundantemente de la palma desgarrada, se impulsaba como un atleta y volvía a dejarse caer sobre la meseta.

Con la espalda pegada a la roca, en un ángulo que no permitía que lo vieran desde abajo, el Aspirante se lavó la mano con el resto del agua de la cantimplora, luego la envolvió en un trozo de tela que rasgó con facilidad del borde deshilachado de la túnica descolorida que llevaba puesta. Se puso de pie con cuidado y miró hacia abajo. La altura era vertiginosa. Pocos llegaban tan alto. La multitud reunida al pie de la roca había crecido como una mancha de tinta derramada sobre una hoja blanca. Probablemente lo veían como una mosca pegada a una pared. Pero como un Aspirante –él– había alcanzado tal altura, la gente seguía llegando, porque, como se sabía, cuanto más alto llegaba un candidato, más santo era, y la bendición también alcanzaba a quienes tenían el privilegio de verlo.

Indiferente a todo eso, el Aspirante buscó una grieta donde introducir la palma y otra para la otra mano –la herida–, luego tanteó huecos para los pies y retomó su camino hacia las alturas.

Cuando llegó a la gruta más alta, a más de mil metros del suelo, el sol estaba a punto de ponerse. Dejó que la luz cada vez más pálida del astro lo envolviera y lo calentara, consciente de que era la última vez que lo veía como un disco amable de luz. A la mañana siguiente, al amanecer, lo vería de otro modo o no lo vería en absoluto. Estaba tan exhausto que no logró levantar los brazos. Aun así, sonrió satisfecho al abismo que lo separaba del pequeño mundo de los hombres y de las cosas hechas por ellos, para sus diminutas necesidades, sus insignificantes alegrías y sus triviales desgracias. Había llegado por encima de todo y, si superaba la última prueba, alcanzaría la altura absoluta, allí donde se encontraban los propios dioses del tiempo.

El ruido de la multitud al pie de la montaña le llegaba llevado por el viento, vago, como un murmullo. Sin que él lo supiera –y aunque lo hubiera sabido, no le habría importado–, muchos de los de abajo ya lo observaban con potentes instrumentos ópticos, comentando ampliamente con los demás sobre las posibilidades del temerario Aspirante. Se habían hecho apuestas, y algunos incluso se habían peleado defendiendo sus convicciones. Él no dignó ni siquiera una mirada a esas personas de abajo, codiciosas como hienas, deseosas de obtener cualquier beneficio de su prueba final. Entró en la gruta fresca que, poco a poco, a medida que el sol se ponía, se volvió francamente fría. La túnica gastada y sudada se le pegó a la espalda como un escalofrío helado. La mano desgarrada latía de dolor. Se sentó sobre la roca fría, atormentado por el hambre y, sobre todo, por la sed. Pasó una hora y luego otra. La noche exterior hizo aún más profunda la oscuridad de la gruta.

Aunque estaba acostumbrado a las privaciones, la lengua y los labios se le habían hinchado por la falta de agua y ya no pensaba con claridad. Tal vez por eso dudó un instante, y su fe –hasta entonces inquebrantable– vaciló apenas, hasta que la duda atravesó la ola de dolor y sufrimiento y llegó hasta la razón. Allí rebotó, se quebró en fragmentos y se desmenuzó hasta convertirse en hilos invisibles, como de arena, que se dispersaron en la respiración cada vez más débil del Aspirante.

En ese momento único, desde detrás de la pared helada en el fondo de la gruta, llegó una luz suave, dorada, acogedora. El Aspirante alzó las cejas, sorprendido. El hambre, la sed y el dolor desaparecieron como si nunca hubieran existido.

Más allá del muro de hielo se veía majestuosa la cinta del tiempo, desplegándose y moviéndose de derecha a izquierda, del amanecer hacia el ocaso. Se acercó arrastrándose hasta la pared transparente y contempló, asombrado y extasiado por tanta belleza y grandeza. La cinta del tiempo casi tocaba el cielo, y su extremo occidental no se veía. El hielo se había formado de manera desigual, creando aquí y allá verdaderas lentes que ampliaban o reducían la perspectiva. A través de una de ellas, lejos hacia el este, distinguió a los monjes del tiempo, que colocaban sobre la cinta blanca y lisa tablillas de arcilla cocida en las que estaban impresos, como dibujos hechos solo de líneas rectas y curvas, todos los momentos importantes de la vida de los hombres: nacimientos, muertes, desgracias, felicidad, enfermedades, guerras, arte, humanidad, fe, Dios, sin importar cómo se lo nombrara. Observó fascinado cómo los monjes, que parecían pequeños como juguetes animados, dibujaban destinos en las tablillas crudas, luego cocían la arcilla en hornos, las tomaban con delicadeza y las colocaban con rapidez sobre la inmensa cinta que se movía suavemente, del este al oeste, del pasado al futuro, sellando con innumerables marcas el curso de la historia. Habría podido contemplar para siempre el trabajo de aquellas criaturas, que una vez habían sido hombres como él, o más bien como los de abajo, al pie de la montaña, y que, por sus propios medios, se habían elevado por encima de la humanidad que los había engendrado, llegando a entrelazar los innumerables hilos de los destinos, a repartir el bien y el mal, lo bello y lo feo, la vida y la muerte.

Por segunda vez, en el alma del Aspirante brotó la duda. Esta vez dudó de que fuera capaz de elevarse a la altura cósmica de la tarea de trabajar con la cinta del tiempo. Lágrimas calientes brotaron de las comisuras de sus ojos y se deslizaron por sus mejillas hundidas y sucias, cubiertas por la barba enmarañada. En ese momento, sin embargo, mediante un fenómeno óptico milagroso, las imágenes vistas a través de la lente de hielo y de sus lágrimas se agrandaron aún más, y el Aspirante se vio a sí mismo, dibujado en una de las tablillas colocadas sobre la cinta del tiempo.

Sonrió, y luego rio abiertamente, como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo, cuando vio, o quizá solo sintió, el destino que los monjes habían preparado para él, aquellos que habían hecho que el tiempo dejara de fluir para su persona. Así, lo sorprendió el resplandor del amanecer, que golpeó la gruta con cálidos rayos de luz, dispersando la oscuridad y volviendo opaco el muro de hielo.

Pero el Aspirante ya sabía lo que tenía que hacer. Salió a la boca de la gruta y aspiró con ansia el aire frío de la mañana, levantó los brazos como un ave alza sus alas y se dejó caer al abismo.

Despojado de su cuerpo de carne, convertido en algo inútil, el Aspirante se transformó en un Monje del tiempo y partió con alegría a unirse a los suyos, que lo recibieron ofreciéndole su primera tablilla de arcilla. La tomó y dibujó con firmeza cómo su cuerpo, convertido en un recipiente vacío y destrozado tras caer en el vacío y golpear las rocas, era despedazado por la multitud furiosa de hombres que se abalanzaban, deseosos de apoderarse de un trozo de hueso o de carne, para adorarlo y rezarle por la satisfacción de las insignificancias que componían sus vidas.

Porque la mayoría de los de abajo no sabía o no quería saber que, en realidad, alguien que ya no podía oírlos dibujaba en la Cinta del tiempo cada momento importante de sus vidas.


George Lazăr nació el 3 de febrero de 1963 en Vatra-Dornei, condado de Suceava, Rumania. Se graduó en la Facultad de Ingeniería Eléctrica, Automatización y Computación del Instituto Politécnico "Gheorghe Asachi" de Iași en 1987. Es director del diario Monitorul de Botoșani desde 1995. Debutó en la antología Cosmos XXI. Un univers al păcii (1987). Cuando era estudiante, publicó historias de ciencia ficción en Argonaut, Opinia Sutențească, Cronica, Magazin, Sci-Fi Magazin y Argonaut, suplemento literario de la revista Convorbiri Literare. Entre 2007 y 2008, editó Sci-Fi Magazin, una revista mensual de ciencia ficción, y en 2009, Sci-Fi Magazin Almanac. Sus relatos han participado en las antologías Quasar 001 (2001), Alte Țărmuri (2007), Pangaia (2010), Steampunk. A doua revoluție (2011), Venus (2011), Dincolo de noapte - 12 Fețe ale goticului (2012). Y sus novelas publicadas son America One (2007), Îngerul păzitor (2009), Guardian Angel (2010), Panglica Timpului (2018) y Vindecătorul Universal (2021).

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