Cecilia Eudave
para
Margarita Baez
Simón ve a todos
pequeños porque él nació excesivamente grande. Así, con ese odio a lo
minúsculo, se encargaba de exterminar aquello que no era digno de su tamaño. Y
con esa insana manifestación de ser magno, desarrolló un profundo desprecio,
sádico y cruel, hacia las hormigas, a tal grado que olvidó sus odios nocturnos
sobre otros seres o cosas y se concentró sólo sobre estos insectos. Todos los
días las esperaba sentado cerca del refrigerador, regaba un poco de azúcar aquí
y allá. Luego, con paciencia, armado de un insecticida en aerosol, las
esperaba. Cuando las ingenuas aparecían, atraídas por la comida, él les rociaba
el veneno hasta empaparlas y las veía morir lentamente mientras bebía su
cerveza. Si le apetecía un cigarro lo prendía con saña, por el gusto infinito
de tirar el cerillo y mirar cómo se encendían por los efectos del insecticida.
A veces las ahogaba con una manguerita que mandó hacer exprofeso para cazarlas.
En otras ocasiones las aplastaba con un matamoscas de tela de alambre muy fina,
que a su madre pidió confeccionar. Era un disfrute enorme verlas ahí
cuadriculadas sobre el suelo. Si no tenía ganas de ponerse sofisticado, sólo
vertía veneno cruz negra por la casa. Y ya de noche cuando llegaba de alguna
reunión de viejos marinos, sus ojos se deleitaban con los cadáveres rojizos,
negros y hasta verdes de las invasoras.
Ellas lo odiaban. Tanto lo
aborrecían que debían planear una venganza. No podían dejar tanta atrocidad sin
castigo: el rencor mueve hasta a las hormigas. Y decidieron atacar lo que él
más amaba: su dragón. Simón adoraba ese tatuaje, ese dragón marino de color
verde tifón que se tatúo en Manzanillo cuando trabajó en el puerto en sus años
de juventud, cuando iba por el mundo sin anclar bien sus odios. Ese tatuaje le
recordaba el mar, la aventura, los momentos más entrañables y felices, ese
tatuaje era su pasado. Todos los días se miraba al espejo orgulloso de esa
bestia que conocía todos sus secretos. Luego le aplicaba un poco de aceite o
crema para protegerlo, para hacerlo brillar cuando la luz del sol le tocaba la
espalda. Así se iba a la playa a recoger ostras y cangrejos para abastecer a la
población donde él vivía, porque ahora era pescador. Así que si ellas querían
venganza debían invadirlo por la espalda.
Esperaron con paciencia, guerreras
y malditas –detrás de los botes de cerveza que él bebía a diario después de la
pesca–, hasta que Simón cayó dormido por el alcohol. Subieron cautelosas por
sus piernas y acordonaron al dragón, que las miraba colérico. La bestia alada
quiso defenderse lanzándoles fuego rojo que el primer grupo comenzó a devorar
con rapidez. Después batió sus alas intentando alejar al segundo bando, que
atacaba los flancos y comía intrépidamente sus plumas pálidas. Otras tantas,
con astucia, se enfrentaron a la cabeza –que él movía inútilmente–, para en
avanzada ayudar al resto de ese ejército a hacer suyas las garras. Sin patas se
desplomó el cuerpo, mientras la cola agitada no logró desprender los dientes
filosos de las enemigas. Dos horas más tarde, sobre la espalda del asesino no
quedó ninguna señal de aquel monstruo marino, y bajaron contentas, satisfechas.
Simón se despertó adormecido y las vio amodorrado alejarse. Como entre sueños
pudo distinguir cómo algunas cargaban a sus espaldas plumas color verde tifón o
garras azules. Mientras otras llevaban a cuestas un ojo, un diente o un trozo
de fuego. Pero a Simón esa visión le pareció imposible y, negándola con la
cabeza, se volvió a dormir...
Cecilia Eudave nació en Guadalajara,
México, en 1968. Es narradora, ensayista e investigadora. Su narrativa ha sido
objeto de estudios sobre lo fantástico contemporáneo en Latinoamérica, la
narrativa breve, la literatura fantástica y lo insólito. Es doctora en lenguas
romances por la Universidad Paul Valéry de Montpellier y
profesora-investigadora en la Universidad de Guadalajara desde 1991. Entre sus muchas
obras publicadas pueden citarse las colecciones de cuentos Técnicamente humanos
(1996), Invenciones enfermas (1996), Registro de imposibles (2000), Países
inexistentes (2004), Sirenas de Mercurio (2007), Para viajeros improbables (2011),
En primera persona (2014), Microcolapsos (2017, reeditada 2019), Con la boca en
la mano (2019), Al final del miedo (Páginas de Espuma, 2021), y las novelas La
criatura del espejo (2007), Bestiaria vida (2008), El enigma de la esfera (2008),
Pesadillas al mediodía (2010), Aislados (2015) y El verano de la serpiente (2022).

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