miércoles, 22 de abril de 2026

LA CITA CON EL MAGNÍFICO

Juan Pablo Goñi Capurro



Tres eran los ángeles que giraban, cada uno con un ramo de rosas rojas en la mano. Los gatos eran dos, pero poseían un tercer ojo, tan azul como los otros. Tan interesantes apariciones no me consolaron, el maestro había dicho que aparecería ante mí el diablo en persona. El número tres, única relación que encontré entre los seres que poblaban mi garaje, de singular importancia en la masonería, no destacaba en nuestra doctrina. ¿Qué debía hacer, atrapar los pequeños ángeles de un salto y acogotarlos? Acaso así demostraría mi sumisión al Poderoso y Behemot consentiría mi presencia ante él.

Los gatos se mantenían quietos, en un rincón, juntos. Gatos grises, con collares dorados, ordinarios de no ser por los ojos insertos en vertical en sus entrecejos. Los gatos no eran emisarios del dios de judíos y cristianos; deduje que estaban como testigos, ellos certificarían que había eliminado a los ángeles. ¿Por qué el maestro no me había anticipado la existencia de esta prueba? El candelabro parpadeaba, los ángeles eran pequeños, pasaban de la sombra a la luz en un instante. Quise escoger uno de ellos; eran idénticos, hasta los ramos de rosas coincidían. ¿Rosas?, ¿para quién eran esas rosas?

Los gatos se miraban entre sí con el par de ojos normales; el tercero, los terceros, me vigilaban. Imaginé que irían ante Behemot con el relato de un pusilánime que no quiso ejecutar a los ángeles porque temía pincharse con las rosas; ausente la convicción, el temor a ser condenado como cobarde por el maestro me impulsó a dar el salto con las manos abiertas.

Caí sobre mis pies con las manos vacías, el ángel esquivó mi manotazo con facilidad. Lo intenté por segunda vez, repetí el fallo. Necesitaba ingeniar un sistema más eficaz; las redes de pesca habían quedado en casa de mis padres, hubieran venido perfectas para la ocasión. Probé con el disimulo. Avancé hacia los gatos, extendí una mano; de súbito, me impulsé hacia lo alto. Mis manos chocaron entre sí, el vacío entre las palmas. Reboté para tomarlos de sorpresa; caí mal, mi rodilla pegó en el estante de las pinturas, algunas latas cayeron al piso. Ese ruido no me permitió oír la puerta; cuando logré ponerme de pie, no era el único humano en la habitación.

Veinte años, el cabello teñido con grises, parte de él atado sobre la cabeza; ojos claros de una profundidad aterradora. Vestía de negro y de negro pintaba sus uñas; calzas, borcegos y una remera donde se leía «de noche todos los gatos son negros», en inglés. Anael, mi preciosa hija menor, la gótica de la familia, estaba delante de la puerta abierta, los brazos al costado del delgado cuerpo, los ojos interrogándome. Me hubiera gustado decir que había heredado mi pasión por las artes ocultas; no era así, su forma de vestir no era más que una moda sin basamentos. Al menos, no lo había sido hasta esa noche.

Comprendí que tenía ante mí una oportunidad única, introducir a mi descendiente en los arcanos de nuestra escuela. Fui hacia ella; no reaccionó. Pasé de largo y cerré la puerta. Posé una mano en su espalda y la acerqué a la mesa donde estaba el candelabro y el libro negro. Me coloqué del otro lado. Dudé, ¿qué había pensado Anael, casi adolescente, al encontrar a su padre en el piso, vestido con una capucha negra, quitándose latas de encima, junto a dos gatos con tres ojos y tres angelitos que sobrevolaban un candelabro con siete velas?

Alcé la vista, los ángeles continuaban sus circunvoluciones, los gatos proseguían estáticos en su rincón, controlando la escena con sus malditos ojos centrales. Miré a mi hija, su vista continuaba concentrada en mí. ¿Acaso no la maravillaban esos fenómenos, o no podía verlos? Efectué un par de gestos poco claros, precisaba ordenarme. Revelar los secretos de la orden a un neófito sin atravesar los ritos de iniciación era una cuestión sensible, pasaría a responder por ella ante el maestro y los discípulos superiores. ¿Por qué no decía nada mi consentida niña? Unas palabras me hubieran orientado hacia la necesidad de mentirle o de explicarle qué estaba haciendo en ese garaje.

Sentí un nuevo apremio; el maestro no me había hablado de tiempo, ignoraba por cuánto más tendría la oportunidad de acabar con los ángeles para que los siniestros gatos enviaran su mensaje a Behemot… si es que ese era finalmente el procedimiento correcto y no había fallado yo en el conjuro. Se tornó urgente resolver la situación de mi hija; jamás pisaba el garaje, decía que no soportaba el olor a humedad, ¿por qué había venido justo la noche de mi encuentro con el Magnífico?

Escogí ser cauteloso, Anael no había echado siquiera una mirada al libro grueso de páginas amarillas; las nuevas generaciones no tienen curiosidad, dicen, ¿por qué entonces no se despedía y se marchaba?

—Anael, ¿los ves?

Erguí el índice; apunté al techo, luego al rincón de los gatos. Las pupilas de Anael no reaccionaron. Reconocí que no conocía a mi hija como debería, la había postergado en razón de ascender en la orden y obtener la posibilidad única de reunirme con Él. Entre tantos secretos que ignoraba de su vida, no sabía si consumía drogas prohibidas; su comportamiento era similar al de una persona en trance hipnótico, una víctima de algún producto químico ilegal… o una sonámbula, pero hasta aquí, Anael nunca había sufrido episodios de sonambulismo.

—Anael, hija querida, ¿puedes verlos?

Miré de inmediato a los gatos, ese «querida» no correspondía al vocabulario de un iniciado. Los felinos no se inmutaron; aunque no era una garantía su inmovilidad, me dio cierto alivio y pude volver a concentrarme en el problema que tenía delante. Las velas se habían consumido en la tercera parte, Anael continuaba en silencio. Concluí que sí había visto los ángeles y que también había visto los gatos; o se hallaba en silencio esperando una explicación de todo eso, o mi hija estaba tan habituada a los alucinógenos que los consideraba parte de su viaje.

—¿Estás drogada?

Fue una pregunta estúpida que ella no se molestó en responder. ¿Y si le lanzaba el candelabro a un ángel, para derribarlo? La idea me surgió sin relación con el dialogo que intentaba establecer con Anael. Buen plan, primero necesitaba definir la situación de mi niña.

—Anael, por favor, papá está haciendo algo importante. ¿Qué querés, hija?

—Vos me llamaste, papá.

—Yo no te llamé, te habrás confundido.

Me estudió por tres segundos, luego giró hacia la puerta. Abrió, se apartó para dejar paso.

—Vamos, entonces.

Los gatos arrancaron y dejaron del garaje a velocidad supersónica; los ángeles dejaron de girar y trazaron un vuelo recto hasta perderse por el hueco dejado libre por mi hija; al pasar junto a ella, dejaron los ramos de rosas en sus manos pálidas. Sin volverse hacia mí, Anael salió y cerró la puerta.

Estupefacto, demoré unos minutos razonando sobre lo que acababa de suceder. No hallé una sola explicación que no me empujara a la locura. Oí un camión que se detenía cerca; mi vecino, era hora entonces de prepararme para la reunión de la noche.

Me quité la capucha, la guardé con el libro y con el candelabro –luego de quitar las velas casi consumidas– en el baúl que devolvería en un par de horas al maestro. Con las piernas débiles, entré a la casa, a mi casa.

Anael no estaba en la cocina ni en el baño, ni en su habitación. Llegué a la sala, estaba tendida de costado en el sillón, un chupetín paleta en la boca y la atención puesta en el televisor, donde pasaban una telenovela turca.

—Anael... ¿fuiste al garaje?

—No, pa, ¿me llamaste? No te escuché, perdón, en la pausa voy, ¿qué querés que haga?

La dulce Anael de todos los días; lo que pensaba, lo gótico en ella era una pose, una moda pasajera, no tenía interés en las ciencias oscuras.

—Nada hija, ya está.

Nada podía hacer ella por mí. Si no me expulsaban de la orden por mi fracaso, quizá algún día el maestro me explicara en qué había fallado. Me obligué a pensar en un fallo, era lo conveniente; las venganzas del Magnífico son muy crueles para quienes lo invocan en vano.

Juan Pablo Goñi Capurro es un escritor y actor argentino, radicado en la ciudad de Olavarría, nacido el 11 de octubre de 1966. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera, España 2020; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016; “La puerta de Sierras Bayas”, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera, 2015. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Ha publicado más de quinientos trabajos en antologías y revistas.

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