miércoles, 29 de abril de 2026

VICTORAS

Rodica Bretin

 

Vivíamos en el mejor de los mundos; la camarada Dafina lo decía una vez cada dos días, para que no se nos olvidara. Solo teníamos que portarnos bien y hacer la tarea. Así llegaríamos –y aquí se le humedecían los ojos– a ser personas de las que su maestra pudiera sentirse orgullosa.

Cuando se detenía para tomar aliento, sabíamos lo que venía: confidencias sobre sí misma. Habíamos oído tantas que podíamos recitar su biografía con los ojos cerrados. Primero, cómo se había ido de un pueblo de Oltenia, con apenas trece años, en busca de fortuna en una ciudad que resultó ser Brașov. Intentaba imaginar a una niñita descalza, sucia y harapienta, pero siempre veía a la camarada Dafina, con sus eternos trajes grises y zapatos negros, toscos, con el cabello entrecano tieso de tanto fijador… En la ciudad estudió mucho –de lo contrario no habría llegado a enseñar a otros–, luego se casó con un capataz de la fábrica Bandera Roja. ¡Un exitoso cuento de hadas de ayer mismo! Y su hija creció, tuvo su propia familia. Así, la maestra llegaba con su relato a Victoras.

El comienzo había sido dramático. Había nacido demasiado pronto, con apenas siete meses, y los médicos lo habían puesto en una incubadora para seres humanos en lugar de una incubadora para pollitos. Los doctores eran escépticos, pero su abuela no había dudado ni un instante: la historia de Victoras seguiría adelante, porque en el mejor de los mundos todo conduce a un final feliz.

¿De veras? Mis tíos y tías habían tenido más problemas de los que querían recordar; mamá y papá habían superado bastantes obstáculos antes de ver que se allanaba el camino. Cuando miraban atrás, ninguno veía un jardín de rosas, florecidas y sin espinas. Todos habían comprado boletos de la suerte en los que decía “no premiado” o “¡intente otra vez!”. La ciudad había extendido una alfombra roja a los pies de la camarada Dafina, exclusivamente para ella. Tenía una familia en casa, otra en la escuela, un partido al que agradecer. Los acontecimientos y las personas de su vida se habían acomodado como debían, eran como tenían que ser. Y el mayor logro de su vida sin tacha seguía siendo Victoras.

Yo había oído tanto sobre el nietecito legendario que me lo imaginaba a veces como un Einstein en pantalones cortos, a veces como un Robert Redford pequeño y rubio. Lo que entró por la puerta del aula cuando por fin nos lo trajo para que lo viéramos –un día en que sus padres estaban fuera, el jardín de infancia cerrado y no tenía con quién dejarlo– fue un chiquillo feúcho, rapado como si hubiera tenido piojos y con unos anteojos que le cubrían media cara, haciéndolo parecer un sapo. ¡Victoras en carne y hueso! Más hueso que carne, porque era delgado y pequeño; le habría dado tres años, no cuatro. No es un futuro príncipe azul, pensé, pero tal vez sea inteligente; esa es una cualidad que no se nota a primera vista.

Victoras era tranquilo, eso hay que reconocerlo. Se había subido a la silla que le habían traído de la sala de profesores y desde entonces permanecía inmóvil; ni siquiera balanceaba las piernas. Donde lo ponías, ahí se quedaba, como dice de un niño exageradamente quieto. O bien había hecho alguna travesura recientemente y estaba en libertad bajo fianza, o así era por naturaleza: la personificación de la docilidad. Pronto me olvidé de él, escuchando a la maestra que nos aconsejaba sobre esto y aquello.

—Queridos niños, ¡ni siquiera saben lo afortunados que son! —decía en ese momento, abriendo los brazos como para estrecharnos a todos contra su pecho encerrado en el habitual traje de chaqueta a cuadros. —Lo sabíamos, porque se encargaba de repetirlo una y otra vez para que se nos metiera bien en la cabeza. Nuestra generación no había conocido la guerra, ni el hambre, ni la explotación del hombre por el hombre. No teníamos más que hacer que crecer. Cuando decía eso, me venía a la mente la película Doña flor y sus dos maridos, a la que mamá había ido preparada con varios pañuelos. Así éramos nosotros, los escolares: flores en los invernaderos de la patria, regadas con regaderas de palabras, ora por los padres, ora por la escuela—. Van a vivir el tercer milenio, ¿se dan cuenta?

La canción Nosotros en el año 2000, cuando ya no seremos niños aún no se había compuesto, pero la maestra se entusiasmaba y nos pintaba el hermoso mundo nuevo en el que viviríamos todos; bastaba con escuchar a los maestros, y ante todo a ella. Nuestros padres están en el trabajo, no tienen suficiente tiempo para dedicarse a nosotros y, sobre todo, pueden equivocarse. Si teníamos dudas sobre algo, preguntas de cualquier tipo, debíamos correr con ellas a la escuela, para que nos liberaran de ese peso. El discurso de ese día era más animado que de costumbre, porque en el auditorio estaba también el nietecito, que la miraba con los ojos muy abiertos de admiración.

Después de volver a pintarnos, en un cuadro oscuro, lo mal que lo habían pasado nuestros abuelos, la camarada Dafina derivó, casi sin darse cuenta, hacia su tema favorito: la ciudad y sus beneficios.

—La primera vez que vi un bollo lo tomé por una piedra. ¿Les conté eso?

¡Solo diez veces! Pero mis compañeros negaron con la cabeza, y yo también. Estábamos en una obra de teatro en la que cada uno conocía su papel: la maestra, aburrirnos; nosotros, fingir que estábamos fascinados.

Victoras estaba cautivado de verdad. Permanecía sentado en su silla, con las manos en el regazo, y detrás de él la pizarra seguía cubierta con las mismas tres palabras, escritas de tantas maneras como alumnos habían pasado por allí en la hora anterior. Yo también había caligrafiado, con letras inclinadas hacia un lado, diferentes a las demás. “Somos el futuro del país”. La escritura era una de las cosas que nos diferenciaban a partir de entonces, nos había explicado la camarada Dafina. No entendía muy bien cómo funcionaba eso, pero me atraía la idea de ser yo misma en todo, incluso en la forma de las letras: un pequeño orgullo que decidí permitirme. Muchos de mis compañeros hacían florituras en las letras, señal de que no era la única narcisista de la clase. Lo que veía en la pizarra me distraía aún más de lo que oía… o quizá la culpa era de Marius, que no se había apresurado a borrarla, a pesar de que ese día estaba de servicio.

Giré hacia los últimos bancos y dio la casualidad de que lo miré a los ojos. Marius era de los que dan un portazo al salir; no habría tenido lugar para pasar si no me le adelantaba siempre. Igual que yo, estaba pensando en las vacaciones. Puede que no fuera el mejor alumno de la clase, pero con la telepatía se defendía bien. Había adivinado mi pensamiento, el de la pizarra, no los otros. Se puso de pie de un salto y luego recordó levantar la mano para pedir permiso.

—¿Puedo borrar la pizarra, camarada?

La maestra frunció el ceño, molesta por la interrupción, y luego hizo un gesto con los dedos que podía significar cualquier cosa: sí, no, déjalo para más tarde. Marius no quería quedarse ni un minuto más después de clase; eligió lo que le convenía y avanzó entre los pupitres con paso decidido. Rodeó al invitado de la clase, pasó detrás del escritorio y se puso a trabajar.

La camarada había pasado a otro de sus temas predilectos, las maravillas de la ciencia y la técnica; hablaba de los camiones que salían por las puertas de la fábrica Bandera Roja … cuando ocurrió… ¿cómo llamarlo? Catástrofe, desastre sería demasiado; incidente, demasiado poco.

Marius había borrado la pizarra y dio un paso atrás –¿para admirar su obra, para ver si no había dejado alguna marca blanca?–, pero en lugar de un paso dio dos, pisó el borde de la tarima y perdió el equilibrio, golpeándose contra el busto del líder del Partido. O Marius no conocía su propia fuerza, o el pedestal no estaba bien asentado en el suelo; se tambaleó y luego se desplomó como un árbol alcanzado por un rayo. ¡Y se hizo polvo, para horror de la maestra y asombro de todos! No era de bronce, como habíamos creído, sino de yeso.

En el instante siguiente miré a Victoras; ¿qué le pasaba?

Puede que la escultura no fuera de metal, pero tampoco era de goma. Había caído con un estruendo ensordecedor; todos nos habíamos asustado, algunos habían gritado. Y no era de extrañar. Antes de hacerse pedazos, había resonado tan fuerte que por la puerta irrumpieron maestros y alumnos de las clases vecinas, a ver qué había explotado. Todos reaccionaron, comentaron, cada uno a su manera.

En medio de la confusión, solo Victoras permanecía imperturbable. Ni siquiera se había sobresaltado, aunque, siendo el más cercano, el busto del camarada podía haberle caído en el pie o –¡Dios no quiso!– en la cabeza. En una película de guerra había visto cómo el héroe le daba la espalda a una explosión y se alejaba con calma mientras detrás de él se desataba el infierno. ¿Tenía Victoras tanta sangre fría?

Ni hablar. Cuando su abuela se abalanzó sobre él, arrancándolo de la silla, la miró, luego alrededor, con una expresión asustada, como si se hubiera despertado en la jaula de los leones sin tener idea de cómo había llegado allí ni cómo salir. Aquel día no estaba muy despierta, pero al final lo entendí. Victoras era sordo, así había nacido.

Y comprendí algo más, al mirar el rostro de la maestra: ya no estaba llena de satisfacción, sino que era una abuela infeliz que no podía cargar con la desgracia de su nieto. De la incubadora milagrosa había salido un niño al que le habían tocado malas cartas desde el nacimiento. Yo sabía lo que eso significaba; el hermano de mi madre había venido al mundo con una enfermedad entonces desconocida: el autismo. Gheorghe no era como debía ser. “La vida no es fácil –me decía a veces mi abuela–; si encima tienes una dolencia, necesitas dos ángeles de la guarda que te cuiden, en lugar de uno solo.” La abuela de Victoras también lo sabía, porque estaba negra de tristeza. No como las mujeres de África, es una manera de decirlo. La máscara de satisfacción se le había desprendido del rostro, dejando al descubierto una cara envejecida por las preocupaciones. Por fuera la cerca está pintada, y por dentro hay un leopardo: un dicho que encajaba con la vida de la camarada Dafina.

Se obligó a sonreír antes de que alguien notara el cambio. Con su voz de siempre envió a Marius a buscar una escoba y un recogedor, a otros dos chicos a traer el cubo de basura del patio de la escuela, y a nosotros, los demás, a nuestras casas, aunque la campana aún no había sonado.

Estaba empezando a guardar mis libros y cuadernos cuando de pronto supe lo que tenía que hacer. En lugar de la manzana de siempre, jonatán o reineta, mamá me había puesto una naranja, que había guardado para comerla de camino a casa. Cuando pasé junto a Victoras, se la dejé en las manos.

—Tienes una abuela estupenda —dije, procurando que viera el movimiento de mis labios.

No era verdad, pero lo dije con tanta convicción que, por un momento, hasta yo lo creí. De todos modos, el rostro de Victoras se iluminó como una bombilla de cien vatios. Era una mentira, ni la primera ni la última de mi vida –algunas inocentes, otras no–, porque por fuera hay que pintar la cerca, por muchos leopardos, leones o hienas que merodeen por dentro…

Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

 

EL MENSAJE DE LOS DIOSES

Joan Antoni Fernández

 

El mundo no estaba preparado para lo que iba a suceder aquella soleada mañana de mayo. Se había rumoreado durante tanto tiempo, generando ingentes especulaciones al respecto, que de hecho ya nadie creía en ello.

El coronel Kovalsky, americano de origen judío, se encontrara en aquellos momentos oculto en las profundidades de una base militar secreta, en algún lugar de California, y aguardaba con su proverbial flema las órdenes del Pentágono. Por su parte, también el coronel Petronov, ruso de origen judío, esperaba instrucciones del Kremlin en otra base militar no menos secreta en algún lugar de los Urales.

Había sido a las 10,47 AM, hora americana, cuando se produjo la sorpresa. Desde algún lugar procedente del espacio exterior empezó a llegar a la Tierra una señal de alta frecuencia. Todos los radiotelescopios del planeta la captaron con claridad. Era intermitente, sonaba durante unos veinte segundos y luego enmudecía unos dos minutos, volviendo a sonar otra vez. Rápidamente se dio la señal de alarma; aquello resultaba alucinante. Alguien se estaba comunicando con la Tierra desde algún ignoto punto del Universo.

Las autoridades americanas y rusas olvidaron por ensalmo sus diferencias y convocaron con urgencia una reunión conjunta. En aquellos cruciales momentos tenían que estar unidos por el bien del planeta. Tal vez tuvieran que aunar esfuerzos si resultaba que aquel mensaje era una especie de declaración de guerra espacial. ¿Sería la Tierra invadida por seres de otra galaxia? El pánico cundió en las altas esferas y se dio la orden de que la noticia no trascendiera a la opinión pública.

Los expertos más afamados de todo el mundo comenzaron a estudiar la señal. Su origen se precisó, según cálculos aproximados, en la galaxia M51, demasiado lejana para despertar inquietud. ¿O no? El profesor Pelmann, alemán de origen judío, sostuvo la teoría de que el mensaje llegaba potenciado hasta nosotros a través de un repetidor que los extraterrestres debían de haber situado muy cerca, en el mismísimo sistema solar.

Pero, ¿qué era lo que decía aquel enigmático mensaje? Resultaba del todo incomprensible; parecía alguna especie de código y nadie era capaz de traducirlo. ¿Por qué los extraterrestres nos enviaban aquella señal? ¿Qué pretendían comunicarnos? Era un misterio sobrecogedor.

A las 14,23 PM el profesor Smithson, británico de origen judío, logró establecer la procedencia del mensaje. Para ser del todo precisos, halló la localización exacta del repetidor que aumentaba la señal hacia la Tierra. Dicho punto se encontraba en la cara oculta de la Luna. Este hecho asombró y preocupó al comité de seguimiento internacional surgido tras la crisis. ¿Por qué nos enviaban mensajes desde nuestro propio satélite? ¿Por qué no venían directamente a la Tierra? Tras un largo estudio de la situación, se decidió enviar una nave tripulada a la zona lunar para investigar en el mismo terreno aquel artefacto repetidor. La tripulación de la nave exploradora estaría compuesta por un ruso y un americano, evitando asperezas y tensiones entre ambas potencias. Se acordó lanzar el ingenio desde Cabo Cañaveral al día siguiente.

Los preparativos para la misión fueron frenéticos a partir de aquel momento. Cada vez resultaba más evidente que la solución a aquel enigma se encontraba en la cara oculta de la Luna.

A las 06,07 AM hubo una filtración en los servicios de seguridad. Un radioaficionado había captado el mensaje, así como una conversación entre varios astrónomos. La noticia se extendió como un reguero de pólvora y pronto fue difundida por prensa, radio y televisión. Los gobiernos tuvieron que hacer llamadas a la calma y hubo toques de queda en todos los países desarrollados. Curiosamente, en el ámbito del Tercer Mundo dicha información apenas causó revuelo.

En pocas horas surgieron por todas partes miles de sectas de adoradores que rendían pleitesía a los dioses galácticos, mientras que los religiosos tradicionales gesticulaban y gritaban tratando de hilvanar explicaciones convincentes que implicaran sus creencias con la realidad del mensaje. Sin saberse cómo, pronto comenzó a circular el rumor de que dicho mensaje dotaría de gran sabiduría a quien lograra descifrarlo, llegando a convertirle en el amo del mundo.

Pronto el mercado se vio inundado de infinidad de cintas con la emisión grabada, así como libros que explicaba la manera correcta de entender su significado. Se realizaron cientos de entrevistas con personajes famosos, gente que nadie conocía saltó a la luz, declarando que habían estado en contacto con los alienígenas desde hacía años, explicando de cien formas distintas qué debíamos hacer para seguir sus sabios consejos o, según otros, sus órdenes estrictas.

En aquel orden de cosas llegó la mañana del lanzamiento. A las 08,45 AM fue propulsado el cohete espacial tripulado desde Cabo Cañaveral. El coronel Kovalsky y su homólogo ruso Petronov viajaban a bordo. La misión era tan delicada que los altos mandos no se habían atrevido a enviar a alguien con menor graduación. Ambos militares eran expertos pilotos, por lo que no resultó difícil enseñarles el manejo de la nave. Claro que las operaciones fundamentales serían realizadas desde la Tierra por control remoto. Ni que decir tiene que, antes de marchar, los dos hombres habían sido aleccionados por sus respectivos gobiernos. De aquel viaje podía depender el destino de toda la Humanidad.

Las horas fueron pasando sin que nada nuevo sucediera; una tensa calma se había apoderado de todo el mundo. No había ningún nuevo dato que añadir, el mensaje seguía llegando con uniforme puntualidad sin que fuera posible descifrarlo. Mientras tanto, la nave se acercaba veloz a la Luna, los motores funcionando a plena potencia. El combustible secreto de fabricación americana hacía más corto el viaje, mientras que el sistema de navegación ruso les permitiría posarse con suavidad cerca del lugar de la emisión. Sólo cabía esperar.

El militar americano, tendido como un fardo en su saco de dormir, miró con disimulo al ruso. Éste también trataba de descansar, flotando en la ingravidez y sin prestar atención aparente. Kovalsky recordó las instrucciones que le habían dado. Si el mensaje podía ser descifrado allí arriba, debería hacerlo y matar al ruso. Era muy importante para la salvaguarda de los Estados Unidos que tan fabulosos conocimientos no cayeran en manos del enemigo. Con disimulo acarició el estilete que ocultaba bajo la manga.

A las 16,30 PM los dos astronautas interrumpieron su inactividad. Se estaban acercando al objetivo. Petronov se encargó de gobernar el módulo dirigiéndolo hacia el lugar designado. Los dos hombres observaron a través de la claraboya la superficie lunar, buscando con atención el misterioso emisor. Kovalsky fue el primero en localizarlo. Se trataba de un montículo metálico de forma piramidal, con una bola luminiscente girando en su punta. No había el menor rastro de vida a su alrededor, pero se ordenó a los tripulantes que alunizaran el módulo a cierta distancia.

El aparato se posó en el suelo lunar con suavidad. Minutos después, ambos hombres saltaban al exterior enfundados en trajes espaciales. Una cámara de televisión enviaba sus imágenes a la Tierra, donde todo era grabado y analizado.

El ruso fue el primero en llegar a la extraña construcción. No parecía tener puertas ni aberturas y sus paredes eran lisas por completo. La estructura era piramidal, de ocho metros de alto por cinco de ancho y otro tanto de profundidad. Sus instrumentos les confirmaron que las señales a la Tierra procedían de aquel lugar. El estudio del terreno adyacente les confirmó que el artefacto había alunizado hacía poco. Su llegada y la transmisión debieron ser casi simultáneas. Aquello planteaba una pregunta inquietante: ¿estaría tripulado el aparato?

De repente, la bola luminosa de la cúspide comenzó a girar a mayor velocidad. Los astronautas sintieron un fuerte zumbido en sus receptores y un potente estallido les retumbó en los tímpanos. La emisión había cambiado a una ultrafrecuencia mucho más potente, bloqueando sus conexiones con la Tierra. En Cabo Cañaveral se perdió la imagen y el sonido, tanto por el canal ordinario como por el de emergencia. Al mismo tiempo, los radiotelescopios dejaron de captar el mensaje, transmitido ahora a una frecuencia demasiado alta para sus instrumentos.

Kovalsky, atontado todavía, sentía sus oídos silbar mientras trataba de establecer contacto con su base. También el ruso manipulaba los instrumentos de su traje con creciente pánico. Al fin ambos se miraron indecisos. Se encontraban incomunicados con la Tierra, ni tan siquiera podían hablar entre sí. ¿Qué hacer?

Petronov, con gesto alterado, alzó un brazo y señaló hacia el artefacto. El americano se volvió y contempló con estupor que se había abierto un hueco en la base. El espacio resultaba lo bastante amplio para permitir el paso de una persona. ¿Qué debían hacer? El ruso, tras un momento de indecisión, avanzó resuelto hacia la abertura y su compañero le siguió. Penetraron por el orificio hasta alcanzar una cabina circular, iluminada por una tenue luz violeta proyectada desde lo alto.

Siguieron avanzando por un angosto pasillo que giraba hacia su izquierda y desembocaron en una amplia zona esférica mejor iluminada, sin lugar a duda el centro del extraño aparato. No se veía a nadie, aunque el parpadeo de luces en varios paneles indicaba que aquel mecanismo funcionaba.

Los dos hombres se giraron, recorriendo con la vista aquel lugar extraño y enigmático. Nada en el entorno les resultaba familiar, por lo que no pudieron sacar conclusión alguna sobre su funcionamiento. En una pared cercana había un aparato esférico que giraba con lentitud a la vez que cambiaba de color a cada instante, produciendo un suave chasquido que recordaba la cadencia del misterioso mensaje. Ambos hombres llegaron a la misma conclusión: se hallaban en el interior de un aparato automatizado que no precisaba de control manual.

Kovalsky comprendió lo que debía hacer; tendría que matar al ruso y ponerse en contacto con los suyos para apoderarse de aquel artefacto e inspeccionarlo a fondo. Había que evitar a toda costa que cayera en poder de la otra potencia, la tecnología obtenida de su estudio daría a su poseedor una primacía absoluta. El americano se acercó a su compañero con lentitud, mientras su mano derecha se cerraba sobre el frío estilete que había ocultado en un bolsillo externo. Bastaría un pequeño corte en el traje de Petronov y el ruso moriría asfixiado en aquel lugar carente de oxígeno.

Ya la mano de Kovalsky iniciaba su rápido movimiento asesino cuando el ruso se volvió de súbito con otro estilete en su diestra. Los dos hombres se contemplaron con sorpresa y horror, mientras sus respectivas armas perforaban al unísono ambos trajes. Mientras el oxígeno escapaba a borbotones por las rasgaduras, los astronautas se bambolearon con patética inutilidad, realizando una danza macabra. Al fin cayeron al suelo; Kovalsky murió casi en el acto, atravesado por su propia arma en la caída. Petronov, sintiendo que le abandonaban las fuerzas, trató de taponar con desesperación la enorme brecha del traje apretando con las manos. Lentamente comenzó a perder la consciencia, sintiendo sus pulmones a punto de estallar en el vano esfuerzo de captar oxígeno. Pronto cayó en un profundo sopor que le condujo a la muerte.

El cilindro esférico dejó de parpadear durante unos instantes, evaluando el extraño comportamiento de los intrusos. Una vez anotado el incidente, la IA de la nave ordenó a un robot que limpiara la sala de control, arrojando al exterior los cuerpos extraños. Luego, la esfera continuó con la tarea asignada.

Una vez subsanado el fallo en su sistema emisor, volvió a transmitir en la onda de ultrafrecuencia establecida. En toda la zona de la galaxia de nuevo era audible el aviso para navegantes que se repetía a intervalos regulares.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

martes, 28 de abril de 2026

JULIA DREAM

Carmen Rosa Signes Urrea


…will the misty master break me
will the key unlock my mind
will the following footsteps catch me
am I really dying
Julia dream, dreamboat queen,
queen of all my dreams.

Julia Dream (Pink Floyd)


La tormenta había dejado el aire limpio y los cristales sucios, manchas de barro que dibujaban sombras falsas en la pared.

Ramón contemplaba a Julia en el esplendor de su avanzada edad. Habían envejecido juntos. Después de casi cincuenta años compartiéndolo todo, gozaba mirándola; dejaba pasar las horas muertas en ello. La quería.

La misma Julia de siempre: tan hermosa, amable, tan complaciente. Pero Julia dormía y él se perdía en la imagen fija que ella le reportaba, en un bucle atemporal que tan solo él comprendía.

Intentó ver la superficie yerma que se extendía frente a su casa desde la ventana. Colapsada de tráfico y transeúntes mucho tiempo atrás, se estremeció al imaginarse allí afuera, haciendo frente a las inclemencias de un clima variable y poco recomendable para el ser humano. Sintió deseos de salir en busca de alguien con el que intercambiar palabras, porque Julia seguía durmiendo. La soledad dolía.

Al conocerla lo abandonó todo, aunque tampoco le dieron otra opción. Fue el baluarte de un mundo en declive, a punto de ser abandonado. A partir de ese momento, vio cambiar su fisonomía en el espejo, el entorno desde la ventana y la existencia desde una pantalla. Mientras en los planetas exteriores la vida seguía su curso, Julia se encargó de que él no perdiera detalle, además de proporcionarle la paz y el deleite diario, el placer reducido a la mínima expresión, aliñado de películas, documentales, realitys, seriales, noticieros, retransmisiones deportivas… y todo sin salir de casa, como única forma de no perder la perspectiva.

Los prospectos no mintieron. Después de seleccionar sus preferencias y una vez que estas fueron asimiladas por el organismo central, a Ramón se la concedieron. Julia fue su guía, la compañera soñada, el apoyo que todo hombre necesita para sobrevivir.

—¡Julia! —parecía susurrar, mientras sus ojos regresaban a ella, que seguía durmiendo.

Imaginó que sus sueños fueran un reflejo de lo cotidiano, de la aburrida existencia que le había tocado en suerte. Aprovechó que la luz del día se abría paso con lentitud para marcar las cifras del código de seguridad con las que desbloquear a Julia, rescatarla de su letargo. Pero se dio cuenta de lo inútil del intento.

Se recostó junto a ella buscando el calor de las conexiones. Apenas si pudo sentir los guiños chispeantes de su pantalla, ahora fundida en negro. El mandato de los megahercios, de la fibra óptica, de las microondas, había desaparecido. El sueño de Julia, la reina de todos sus sueños, no podía conectarse porque él ya no estaba. Había dejado de ser la clave que le desbloqueara la mente.

Ramón comprendió con certeza que estaba muerto.

Carmen Rosa Signes Urrea, que también ha publicado bajo el seudónimo “Monelle”, nació en Castellón de la Plana, España, en 1963. Es ceramista, fotógrafa e ilustradora. Textos suyos aparecen en páginas web, revistas digitales y blogs como la Revista Red Ciencia Ficción, Axxón, NGC3660, Portal Cifi, Revista Digital miNatura, Breves no tan breves, Químicamente impuro, Ráfagas parpadeos, Letras para soñar, Predicado.com, La Gran Calabaza, Cuentanet, Blog Contemos cuentos, El libro de Monelle, 365 contes y algunos otros. Actualmente gestiona varios blogs, dos de ellos relacionados con la Revista Digital miNatura, publicación especializada en microcuento y cuento breve del género fantástico, la cual dirige junto con su esposo, Ricardo Acevedo. Ha sido finalista de certámenes de relato breve y microcuento como: las dos primeras ediciones del concurso anual Grupo Búho; en ambas ediciones del certamen de cuento fantástico Letras para soñar; I Certamen de Relato Corto de Terror El niño Cuadrado; Certamen Literatura móvil 2010, Revista Eñe. Ha ejercido de jurado en concursos tanto literarios como de cerámica, e impartido talleres de fotografía, cerámica y de literatura.

 

APRENDIENDO ARTES MARCIALES

Rafael Martínez Liriano

 

No sé exactamente por qué me detuve. Había salido a caminar sin rumbo fijo después de cenar, intentando despejar la cabeza, cuando escuché los gritos al doblar la esquina. Un taxi estaba detenido a mitad de la calle, con la puerta del conductor abierta y las luces aún encendidas. Dos hombres forcejeaban con el chofer, un anciano que trataba de protegerse con los brazos mientras uno de ellos intentaba arrancarle la billetera.

Me quedé paralizado un segundo. Lo razonable habría sido seguir de largo o llamar a la policía. Pero el viejo lanzó un grito seco, de rabia más que de miedo, y algo en ese sonido me empujó hacia adelante.

—¡Eh! —grité, sin saber muy bien qué iba a hacer.

Uno de los ladrones se volvió hacia mí. Encontré en el suelo un trozo de madera –quizá parte de un cajón roto– y lo levanté con ambas manos, más para darme valor que para usarlo. Avancé un par de pasos y volví a gritar. El anciano aprovechó la distracción y empujó con fuerza al hombre que tenía enfrente.

De pronto la escena se volvió confusa: golpes, insultos, pasos apresurados, alguien que abría una ventana y preguntaba qué estaba pasando.

El alboroto atrajo a más personas y los ladrones al verse superados en número optaron por escapar. Teníamos algunos golpes; yo obtuve un ojo morado, pero en general estábamos bien. El anciano me felicitó por haberle hecho frente a esos ladrones, sin saber que la mayor parte del tiempo estuve temblando de miedo, Marcial, así se llamaba, ofreció llevarme al hospital, donde me curaron una herida en el pie y los moretones que me había hecho en la pelea. Cuando salí, Marcial estaba esperando para llevarme a casa. En el camino de regreso conversamos mucho. El anciano era muy simpático y con mucha energía; me contó que esas peleas con ladrones eran algo común para él. Hacía veinte años que era taxista; antes había sido albañil pero tuvo que cambiar de trabajo cuando se lastimó la espalda. Tenía dos hijas que aún vivían con él y su esposa. Me fascinó de una manera especial conversar con aquel anciano.

Al llegar a mi casa lo invité a tomar algo como agradecimiento por haberme ayudado pero él se negó, dijo que su esposa lo esperaba para cenar y que era una cita a la que no podía faltar. Me preguntó si estaba casado y le dije que sí pero que en este momento estaba solo y le expliqué que mi esposa había viajado. Él, amablemente, me invitó a cenar en su casa y ofreció traerme de vuelta sin costo adicional; era lo menos que podía hacer por un compañero de armas. Lo dijo en broma pero a mí me agradó la idea de que de alguna manera me considerara su compañero.

Fuimos a su casa, que quedaba en las afueras de la ciudad, y en el camino siguió contándome cosas de su vida. También quiso saber algo sobre mí y fue entonces que me di cuenta de que tenía poco que contar; había tenido una vida sin demasiados contratiempos en la que prácticamente no me había esforzado por obtener lo que tenía. En ese momento sentí una especie de vacío en mi interior. Una sensación que no sabría cómo definir. 

En casa de Marcial nos recibió su esposa, Marta, una señora de contextura robusta, más alta que Marcial y seguramente más joven. Al bajar del taxi, el anciano saludó a su esposa con un beso y un abrazo. Después me presentó como su nuevo amigo y me invitó a pasar. Me llamó la atención que Marcial no le dijera a mujer que yo estaba invitado a cenar; su esposa tampoco preguntó, como si tener amigos con quiénes compartir la cena fuera algo común para ellos. Ya dentro de la casa, Marcial me presentó como Miguel, un cliente y amigo. La casa de Marcial era pequeña y humilde, acorde con su trabajo, pero estaba bien organizada y limpia. Más que la mía pensé, sintiendo un poco de vergüenza. Durante la cena Marcial y Marta monopolizaron la conversación a petición mía; quería conocer más acerca de mis anfitriones. La cena transcurrió entre historias sobre la juventud de ambos y la manera en que se conocieron: Marcial estaba empezando su oficio como albañil y por casualidad le tocó hacer unas reparaciones en la casa de Marta. Según él fue amor a primera vista, ella por otro lado afirmó que le hizo caso solo porque le dio pena que el pobre se decepcionara después de tanto insistir. Sea como haya sido, el hecho es que llevaban cuarenta años juntos y no parecía que su amor fuera a disminuir por ahora. 

Después de la cena Marcial recogió la mesa y me invitó a ir a la cocina con él, me preguntó que prefería hacer, si lavar los trastes o quitarles el jabón, le respondí que no sabía, que no recordaba la última vez que lo había hecho. Marcial me miró extrañado y me preguntó si no lavaba lo platos después de comer le respondí que esas tareas las hacía mi mujer en su totalidad; de nuevo me miró extrañado y preguntó por qué, me sentí un poco avergonzado con la pregunta y me excusé diciendo que no sabía hacer labores domésticas porque nunca había necesitado aprender. El anciano me miró con una especie de lastima, movió la cabeza de lado a lado y después me dijo que debía arreglar eso, que no podía ir por la vida ignorante de las habilidades básicas que una persona debe tener para poder enfrentar lo que el mundo pueda ofrecerle. 

Las palabras de Marcial me hicieron reflexionar en algo que hasta aquella noche no había prestado atención: era prácticamente un inútil. Era cierto que poseía muchas habilidades intelectuales, sabía varios idiomas y tenía muchos conocimientos de diversos temas pero en lo que se refiere a mi bienestar individual, siempre había dependido de otra persona, primero de mi madre y la servidumbre de la casa y ahora de Alicia, mi esposa. Me di cuenta de que la había cargado con la responsabilidad de llevar el rumbo de nuestro hogar tratándola muchas veces más como una empleada que como esposa. Nunca se me había ocurrido hacer una autocrítica tan profunda y sincera.

Aquella noche le pedí a Marcial y a su esposa que me dejarán convivir con ellos por unos cuantos días para aprender a ser autosuficiente y ser útil no solo en mi casa sino también en el mundo.

En las semanas siguientes Marcial me tomó como su ayudante. Después del trabajo iba con él a su casa a realizar los trabajos más diversos, desde arreglar el patio trasero y delantero de la casa –nunca había usado un pico y una pala; es super agotador– hasta cocinar un guiso. Marta me enseñó a cocinar lo mejor que pudo, aunque debo admitir que soy un alumno muy malo, pero al menos ya no tendría que pedir comida si tengo hambre. Marcial incluso me llevó al gimnasio de un amigo suyo donde estoy aprendiendo a boxear. Marcial dice que uno nunca sabe qué día se va a encontrar con otro par de ladrones; es mejor estar listo aunque no haga falta.

Alicia volvió tres semanas después y yo la recibí con la comida que le gustaba preparada por mí, me aseguré de organizar y limpiar la casa. Quería que mi esposa notara el cambio que había experimentado, quizás era un cambio sutil pero que para mí significaba mucho. Ella se sorprendió por mi nueva faceta de ser humano autosuficiente, aunque si me preguntan, diría que su reacción fue menos efusiva de lo esperado. Supongo que ella pensó que el hecho de que por fin cumpliera con la parte que me correspondía no era algo que mereciera una celebración. La dinámica del hogar cambió en las semanas siguientes, Alicia y yo nos alternamos las tareas y además empezamos a salir más a menudo. Mis salidas a la casa de Marcial se hicieron frecuentes, y así descubrí que no era el único visitante frecuente a aquella casa. Un día me lo encontré hablando con una chica de unos dieciocho años que escapaba de su casa por los maltratos de la madre y apatía del padre. Eso lo supe por Marcial, que le consiguió un pequeño cuarto en una pensión de un amigo. Así conocí a otras personas en desgracia que tenían la suerte de conocer al anciano. Chicos de la calle, exdrogadictos. Todos tenían un lugar en la mesa cuando les hiciera falta. No quise ser solo un observador de aquella situación y decidí ofrecer mi ayuda al viejo taxista en su cruzada. Yo ayudaba con lo que estaba a mi alcance, un poco de comida para alguien que tenía días sin comer, unos cuantos cientos de pesos para pagar las medicinas del hijo de alguien. Todo suma, decía Marcial, feliz de poder ayudar. Yo compartía esa alegría, por primera vez en mi vida sentía que era parte de algo de verdad importante. Era una lastima que mi esposa no compartiera esa alegría. Aunque al principio pareció estar feliz por la nueva manera de ver la vida, lo cierto es que después de un tiempo empecé a notar que estaba apática y distante. Las cosas continuaron iguales hasta que hace unos días la interrogué al respecto. Al principio quiso evadir la conversación con la excusa de que no sucedía nada, que todo era idea mía, pero al final la presioné y terminó revelando que lo que la tenía molesta era está nueva autosuficiencia mía. Esta afirmación me dejó sorprendido. Ella había sido la más perjudicada con mi actitud de descuido, ya que debía cargar sin ayuda con la responsabilidad de mantener nuestro matrimonio funcionando. Pensé que liberarla de aquella carga la haría feliz. Respondió con claridad que, a pesar de que mi antiguo yo era perezoso y casi un inútil, prefería lidiar con él y no conmigo; según ella el yo de antes era fácil de manejar. Estaba tan abstraído en mis asuntos que no tenía tiempo de discutir cualquier decisión que ella tomara. Según manifestó, nuestro matrimonio funcionaba porque uno decidía y el otro acataba, pero ahora esa dinámica se había roto y yo también quería tener poder de decisión. Me confesó que no le agradaba que saliera tanto a la calle, que prefería que estuviera en casa como antes. Además admitió que Marcial no le caía bien, que estaba segura de que era una buena persona pero que eso no era suficiente. Yo escuché en silencio tratando de procesar toda aquella información. Estaba totalmente confundido, había pasado diez años escuchando los reclamos de mi esposa, sobre mi pereza y lo pesado que era para ella tener que lidiar con todo lo relacionado con nuestro matrimonio. Ahora que había admitido mi error y trabajado para ser el hombre ella pedía que fuera, resulta que tampoco es suficiente. Salí a dar una vuelta y dejé a Alicia en casa. Tenía mucho en que pensar y no sabía si encontraría la manera de solucionar este nuevo problema.

Di vueltas por la ciudad sin un rumbo fijo, sin darme cuenta termine frente a la casa de Marcial. Era temprano y supuse que no estaría en casa. De todas formas, entré. Doña Marta me recibió con esa amabilidad maternal de siempre. Me invitó a tomar un café mientras esperaba a su marido ella no tardó en darse cuenta de que algo no estaba bien conmigo. No tenía una relación tan cercana con doña Marta, como la tenía con su esposo pero al final terminé contándole todo el asunto con mi esposa, pensé que una mirada femenina podría ayudarme a encontrar alguna solución, si es que la había.

La señora fue muy amable y comprendió la situación sin que yo tuviera que abundar en detalles.

—Antes de amar a alguien tienes que comprenderlo —dijo la anciana con una sonrisa—. Nosotros, la gente, somos locos —afirmó con autoridad. —Yo no entendía nada, pero permanecía en silencio hasta ver a dónde nos llevaba la conversación—. Tu mujer tenía razón cuando dijo que en las relaciones hay uno que manda y el otro obedece —agregó—. Es un jueguito de tira y afloja para ver quién tiene más fuerza. —Me explicó que en mi matrimonio esa competencia no se dio porque desde el principio me quedé fuera del juego sin siquiera saber qué estaba sucediendo—. Entre Marcial y yo —concluyó—, existe esa competencia; estamos siempre con ese tira y afloja, unas veces yo lo dejo ganar y otras él me deja ganar a mi. En cuarenta años de relación debes aprender a convivir con esa otra persona igual que tú, que tiene sus propios pensamientos.

—¿Qué debo hacer para resolver la situación? —le pregunté—. No puedo desaprender todo lo que aprendí en los últimos meses y volver a ser la persona dependiente que era.

—Tu esposa tendrá que aprender cosas nuevas al igual que tú lo hiciste —me respondió doña Marta con calma—. La gente cambia y los que están a su lado deben aprender a vivir con eso. Será decisión de ella si acepta o no la persona que eres ahora.

Regresé a casa con las ideas más claras listo para conversar con Alicia, sin embargo no fue necesario. Sobre la mesa de la cocina hallé una carta en la que mi esposa se despedía de mí, dando por terminado nuestro matrimonio. Ella argumentaba que nuestra relación había llegado a un punto en que no había manera de reparar lo que estaba dañado. Que mi cambio repentino solo aceleró algo que tenía años gestándose.

Me quedé no sé cuántas horas sentado en la cocina, mirando hacia la nada. La vida que conocí hasta hace unos meses ya no existía. Mi esposa me dejó y lo irónico es que de cierta manera fui el responsable.

Han pasado varios meses y la separación no dolió tanto como yo esperaba. El mundo no dejó de girar y mi vida aunque iba más lenta, tampoco se detuvo. Encontré que mi existencia era más que un matrimonio. Aún estoy aprendiendo y creo que nunca terminaré. Sigo ayudando a Marcial con sus obras de bien, me he vuelto más cercano a la familia, sobre todo a Mariana una de las hijas de Marcial. Heredó la personalidad combativa de su padre y la belleza de la madre por suerte.

—No sabes lo que la vida te traerá. Bueno, malo. Eso nadie lo sabe, solo puedes tratar de prepararte lo mejor posible. —Eso me dijo el anciano un día y estoy completamente de acuerdo.

 

Meses después entendí que aquella noche no aprendí a pelear, sino a perder sin derrumbarme. Perdí a Alicia, sí, pero también dejé atrás al hombre que necesitaba que otros vivieran por él.

Una tarde, al cerrar el portón de la casa de Marcial, me vi reflejado en el vidrio del taxi: tenía las manos ásperas, un corte reciente en el labio y una calma que antes no conocía. Ya no temblaba. No porque el miedo hubiera desaparecido, sino porque había aprendido a caminar con él.

Mariana salió a mi encuentro con una sonrisa burlona y me lanzó los guantes.
—A ver si hoy aguantas más —dijo.

Los até despacio. Esta vez no para demostrar nada, ni para impresionar a nadie. Solo porque podía.

Marcial, desde la puerta, asintió en silencio.

Y entonces lo entendí: en la vida no se trata solo de evitar los golpes, sino de elegir por qué vale la pena recibirlos.


Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y ocho años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.

COMPRE ORIGINALES

Iván Molina Jiménez

 

El médico, sentado detrás del escritorio, puso mi expediente en una bandeja de metal. Su rostro evidenciaba molestia y fastidio. Permaneció en silencio durante casi un minuto; después me miró directamente a los ojos.

—No entiendo por qué, simplemente, no esperó un poco más — expresó con voz grave.

—Ya no soporto vivir.

—La excusa de siempre.

—¿Hay algo que…?

—Nada, excepto ser paciente y, la próxima vez, proceda de manera sensata: sólo compre originales.

Profundamente triste y decepcionado, salí del consultorio, bajé las escaleras y me alejé lo más rápidamente que pude del edificio principal de la Caja Costarricense de la Muerte Segura (CCMS).

 

Con la invención del Reno-vator, en el 2065, la historia humana cambió de rumbo inesperadamente. Diseñado como un suero inteligente, la sustancia no sólo impedía el envejecimiento, sino que inmunizaba contra todo tipo de enfermedades. A partir de entonces, hombres y mujeres alcanzaron tres sueños largamente ansiados: inmortalidad, juventud eterna –la madurez se detenía a los veinticuatro años– y salud perfecta. Sin duda, existía siempre la posibilidad de morir en un accidente, por un ataque de otro individuo o por suicidio; pero dada la extraordinaria información que el producto almacenaba, de manera automática, en cada célula, la persona fallecida podía ser recuperada mediante clonación con todos sus recuerdos al día.

La vertiginosa comercialización del suero condujo, en lo inmediato, a la quiebra de las tradicionales y poderosas industrias médicas, farmacéuticas y de seguros, al cierre de todas las actividades vinculadas con los servicios fúnebres, a la desaparición de la muerte como causal canónicamente legítima de disolución matrimonial y a la supresión del concepto de viudez en tanto indicador del estado civil. Los cementerios pronto fueron convertidos en museos y los líderes de las principales religiones del planeta empezaron a ajustarlas a la nueva situación: el mundo transformado por Reno-vator fue definido como una etapa inicial y necesaria para alcanzar, más adelante, el Paraíso pleno.

Pese al entusiasmo que despertó el producto, diez años después de su salida al mercado resultó obvio que urgía reestructurar otras áreas de la experiencia humana. La primera y fundamental consistió en prohibir los nuevos nacimientos, al menos hasta que las colonias en Venus, Marte y otros planetas y lunas del Sistema Solar, fueran capaces de absorber la población extra. Tal paso supuso el colapso de los sistemas escolares y de las actividades vinculadas con las demandas de niños y adolescentes. Asimismo, con la desaparición de los gastos de seguro y de los planes de pensión, los salarios reales se incrementaron, pero los trabajadores quedaron obligados a laborar por siempre, ya que por más que intentaran ahorrar, jamás dispondrían de los recursos suficientes para retirarse a vivir por toda la eternidad.

A inicios del siglo XXII, la insatisfacción creciente era visible en los repetidos intentos de amplios sectores de la población por poner fin a sus días. Algunos lo lograron, mediante formas de suicidio que implicaban la destrucción absoluta de todas sus células. La respuesta de los poderes públicos, frente a tal desafío, fue ilegalizar la muerte, de manera que cualquiera que intentara quitarse la vida, sabía que tenía una condena segura de veinticinco años en la cárcel. Para aumentar la efectividad de la medida, en el 2124 se acordó que, en adelante, sería obligatorio aceptar la extracción de una gota de sangre una vez al mes, de modo que nadie pudiera destruirse impunemente.

La ilegalización –como el búho de Minerva– se aprobó cuando ya era muy fuerte la presión en contra. En las calles de las principales ciudades del planeta, se multiplicaron las movilizaciones populares a favor de que morir fuera elevado a la categoría de derecho humano. A tal reivindicación se sumaron predicadores alternativos, políticos en busca de ascenso y, de más importancia, círculos de intelectuales que denunciaban los daños psicológicos producidos por el insoportable goce de la vida. El argumento decisivo lo brindaron los tecno-economistas de MIT-2: al no renovarse la población, la capacidad de innovación científica tendía a disminuir, por lo que se preveía una profunda crisis económica para el 2150.

 

Luca Fragomeno, un filósofo neo-mercantilista de origen italiano, publicó en Le Monde Solaire del 31 de mayo del 2132, un artículo que proponía una solución práctica para los graves problemas provocados por el éxito de Reno-vator. Ante todo, morir debía ser algo legal y sujeto a las leyes del mercado, por lo que era imperioso que a las personas se les devolviera el derecho de desaparecer, pero no por accidente, crimen o suicidio, sino como una simple y normal transacción económica. “El acceso a la propia muerte –según ese distinguido pensador europeo– no tiene por qué ser muy distinto de ir a la tienda a adquirir una corbata de seda, un traje elegante o un par de zapatos”.

Aunque el filósofo no profundizó en las condiciones operativas de su propuesta, otros sí lo hicieron y, en unos pocos años, existía una nueva industria, basada en la mercantilización del proceso de morir. El sistema fue organizado en dos etapas: la primera consistía en comprar el derecho de fallecer. Con este propósito, fueron diseñados planes de cotización, mediante los cuales los asalariados podían, después de unos treinta años de labor, disponer de los recursos suficientes para cancelar el costo de liberarse de la vida. El elevado monto establecido fue justificado porque, con la reactivación de los nacimientos, era necesario efectuar fuertes inversiones en diversas áreas, en particular en educación.

Tres meses después de expedido el permiso correspondiente, las personas eran autorizadas para adquirir la forma de expirar. La segunda etapa del proceso, sin embargo, no era tan sencilla. Las corporaciones que controlaban el mercado aprovecharon su ventaja para establecer precios exorbitantes por las mejores muertes. Óbitos rápidos y sin dolor, en particular eutanasias e infartos asistidos, estaban al alcance, únicamente, de los sectores más acaudalados del Sistema Solar. El resto de la población, según fuera su nivel de ingreso, debía conformarse con la compra de enfermedades que podían prolongarse durante meses e, incluso, años (a menor duración, mayor el costo) antes de acabar con el paciente.

Si bien las empresas justificaron los precios por la inversión necesaria para producir una nueva generación de enfermedades capaces de destruir los códigos defensivos programados por Reno-vator, la injusticia era evidente. De acuerdo con una investigación efectuada en el 2169 por el Proyecto Estado del Planeta, los trabajadores con sueldos más bajos debían cotizar alrededor de treinta años más, después de haber adquirido el derecho a morir, para poder comprar, apenas, un Parkinson clásico, una lepra tradicional, una tuberculosis básica o un cáncer de próstata o de seno de efecto prolongado, todos los cuales tardaban décadas en matarlos (con el agravante de que únicamente podían incapacitarse en la fase terminal).

Fue, en tal contexto, que surgieron pequeñas y medianas empresas farmacéuticas, muchas de origen caribeño y asiático, que comenzaron a fabricar enfermedades genéricas de muy bajo costo. El principal problema de sus productos era que carecían de garantía y fallaban con alguna frecuencia; pero, pese al riesgo, se popularizaron inconteniblemente. Amenazadas por lo que denominaron una competencia desleal, las corporaciones presionaron a las autoridades para que ilegalizaran a sus adversarios mercantiles. Simultáneamente, iniciaron una intensa campaña entre los médicos y las instituciones de salud pública –ahora encargadas de administrar la muerte– para que recomendaran a la población sólo la compra de originales certificados.

 

Sofía me esperaba en el Parque Morazán. Le bastó mirar mi rostro para conocer la respuesta. Dos siglos antes, en este mismo sitio, habríamos parecido dos jóvenes enamorados, que se preparaban para el ritual de los besos y las caricias, mientras los árboles volvían a ver para otra parte. Sin embargo, teníamos más de ciento veinte años y lo único que deseábamos era descansar, de manera definitiva.

—¿Y ahora?

—A empezar de nuevo.

Lo dije con un tono de resignación que no podía ocultar completamente la frustración que sentía. Acababa de perder los ahorros de una década en la compra de una pulmonía fulminante de clase ejecutiva, que me tuvo postrado por casi una semana sin que, al final, lograra aniquilarme. Retornar a mis labores de inspector municipal era todo lo que había en mi futuro inmediato.

—¿Nos vamos?

—Ya casi.

Abracé a Sofía y, brevemente, imaginé que todo era distinto y que, en vez de ser una mercancía sujeta al vaivén de las fuerzas del mercado, la muerte volvía a ser el último, indispensable y precioso dominio de la vida.

Iván Molina Jiménez nació el 6 de enero de 1961 en Alajuela, Costa Rica. Es escritor e historiador. Se le conoce popularmente por sus cuentos de ciencia ficción y por su novela Cundila que es una suerte de secuela de El Moto, la primera novela costarricense, una obra de Joaquín García Monge. Molina es catedrático de la Escuela de Historia e investigador del Centro de Investigación en Identidad y Cultura Latinoamericana (CIICLA) de la Universidad de Costa Rica. Además de la novela citada ha publicado los libros de cuentos Craks, Hazaña presidencial, Los peregrinos del mar y La miel de los mundos.

 

 

lunes, 27 de abril de 2026

EL FRUTO DEL ÁRBOL DE MAERD

 

Andrea Tillmanns

 

No era la primera vez que Estven estudiaba las largas filas de números, que le causaban cada día más preocupación con cada nueva cifra añadida al final. Desde que su padre había muerto inesperadamente y demasiado pronto el año anterior, él había tenido que hacerse cargo del negocio, pero el comercio le resultaba mucho menos de su agrado de lo que había esperado. Especialmente en las últimas semanas y meses, el destino parecía haberse vuelto en su contra.

A veces le resultaba casi reconfortante que su madre llevara ya varios años muerta y que sus dos hermanas mayores se hubieran casado hacía tiempo. Al menos Estven no tenía que preocuparse por alimentar a una familia.

Sus padres no habían sido ricos, pero él nunca había conocido la preocupación constante de no saber si tendría dinero suficiente para comer al día siguiente. Últimamente, soñaba a menudo con no tener que preocuparse nunca más por eso. No deseaba otra cosa.

—No es tan sencillo —dijo una voz suave.

Estven se sobresaltó. Sentada frente a él había una mujer muy alta y esbelta, con rizos rubios que brillaban dorados a la luz vacilante de la vela.

—¡Eres un hada! —respondió, sorprendido—. ¿Cómo has llegado aquí? ¿Y por qué?

—Porque estabas convencido de que solo tenías un deseo —dijo el hada.

—¿Y quieres concedérmelo? —preguntó Estven, emocionado—. ¿Y estás segura de que es solo un deseo…?

El hada suspiró y agitó la mano con desdén.

—Tres deseos son, en realidad, un poco excesivos. Estrictamente hablando, no voy a concederte ni un solo deseo. En cambio —con un movimiento fluido, sacó algo verde y redondo del bolsillo de su abrigo y lo lanzó juguetonamente al aire—, en cambio, te daré un regalo…

Atrapó con destreza el objeto redondo y lo dejó sobre la mesa frente a Estven.

—El fruto del árbol de Maerd —continuó— puede darte aquello de lo que más careces, lo que más necesitas con urgencia. Mientras te falte algo, no te dará nada menos importante, por mucho que puedas desearlo. Así que piensa bien cuándo lo utilizarás.

Estven tomó el fruto con cuidado en la mano. Se sentía muy frío y liso, sin una sola imperfección. Y aunque los frutos verdes solían estar inmaduros, él sabía que este era diferente. Sin duda sería más delicioso que cualquier cosa que hubiera comido jamás.

Cuando volvió a levantar la vista, el hada había desaparecido. Estven sostuvo el fruto con ambas manos. Mientras pudiera sentirlo, podía creer que un hada acababa de concederle un deseo… o al menos algo parecido.

En realidad, no había razón para no morder el fruto de inmediato. Sin embargo, dudó. ¿Y si el fruto asumía que su mayor deseo no era un futuro sin preocupaciones económicas, sino una familia propia? Después de todo, la mayoría de los hombres de su edad ya estaban casados o al menos comprometidos. Pero durante el último año había tenido demasiadas preocupaciones como para pensar en eso.

Reflexionó casi toda la noche y finalmente creyó haber encontrado la solución. Sus dificultades comerciales parecían mucho mayores que los temores de los jóvenes que intentaban conquistar el corazón de una muchacha, así que estaba convencido de que podría encontrar esposa fácilmente si hacía un pequeño esfuerzo. Solo entonces recordó a Birka, que siempre conducía con tanta destreza el carro de su padre, mientras el viento a veces soltaba su cabello del moño en la nuca. Habían jugado juntos de niños y se habían visto casi todos los días desde entonces, pero en el último año Estven apenas había tenido tiempo de pensar en ella. Ahora, sin embargo, la idea de pasar el resto de su vida a su lado le parecía acertada.

En el pasado, nunca se habría atrevido a proponerle matrimonio a Birka. Pero ahora, con el fruto en el bolsillo y las palabras del hada aún resonando en sus oídos, Estven estaba seguro de que todo saldría bien. Tartamudeó un poco cuando le dijo a Birka que quería pedirle su mano a su padre, pero pudo ver por su sonrisa que eso no importaba en absoluto. Antes de que pudiera hablarle de una herencia que había pensado mencionar, ella le echó los brazos al cuello, tomó su mano y lo llevó ante su padre. Al principio, él miró a Estven con cierta sorpresa, pero cuando dio su consentimiento para el matrimonio, parecía tan feliz como Birka y, poco después, su madre al enterarse de la boda.

En el ajetreo de los preparativos, Estven rara vez pensó en el fruto del árbol de Maerd. Mientras recorría los mercados cercanos en busca de bonitos regalos para su novia, encontraba constantemente objetos baratos que la gente de su aldea o de otros mercados podía necesitar, y de hecho, Birka parecía vender más de lo que él había logrado últimamente. Pronto se dio cuenta de que tenía un poco más de dinero de lo que esperaba y decidió usar el fruto solo después de la boda.

Cuando terminaron las celebraciones, ambos trabajaron en su pequeña tienda. Estven pensó que sería mejor esperar un poco más, especialmente porque su situación ya no era tan mala como cuando conoció al hada. Pero apenas habían pasado unas semanas cuando su esposa le dijo que estaba esperando un hijo, y aunque se alegró por Birka, se preguntó qué ocurriría si usaba el fruto en ese momento. Lo más importante entonces era que su primer hijo naciera sano y que su esposa sobreviviera al parto sin problemas. Pero ¿serviría de algo comer el fruto ahora? ¿O provocaría que se cumpliera algo mucho menos importante?

Estven encontró una caja de madera con bonitos incrustaciones que le pareció adecuada para proteger el fruto del árbol de Maerd. Escondió la caja bajo las tablas del suelo de la tienda. A veces, cuando Birka descansaba un poco al mediodía, la sacaba y miraba el fruto que ya había cambiado su vida. Quizá el próximo año, pensaba en esos momentos, cuando nuestro hijo pueda sonreírme…

Cuando nació su hija, Estven creyó que nunca había sido tan feliz. La pequeña en brazos de su esposa, sonriendo entre lágrimas de agotamiento, le parecía lo más hermoso que había visto jamás. Cuando los vecinos venían a ver a la niña, a menudo encontraban telas, especias u otras cosas que necesitaban. Su padre solo había vendido artículos valiosos, la seda más fina y joyas exquisitas, pero cuando Estven se dio cuenta de que la mayoría de la gente necesitaba otras cosas, comenzó a buscarlas en sus viajes.

A veces pensaba en el fruto del árbol de Maerd sin sacarlo de su escondite. Muchos peligros amenazaban a su hija. Había oído que, a dos calles de distancia, un niño había muerto por enfermedad, y otro se había ahogado en el estanque del pueblo. Solo un año más o dos, pensaba, mientras hubiera otra forma…

Pero cuando su hija tenía apenas un año, Birka esperaba su siguiente hijo, y de nuevo Estven estaba demasiado preocupado por su esposa y el niño por nacer como para usar el fruto imprudentemente. Ese niño, esta vez un varón, también nació sano, y en los años siguientes llegaron tres más. Estven empezó a preguntarse si el fruto también ayudaría cuando su hija mayor estuviera esperando un hijo, y decidió no usarlo aún, por si acaso. Además, no les faltaba nada, así que podía esperar un poco más.

Tras varios años más, cuando Estven ya tenía tres nietos, su hijo mayor se hizo cargo de los viajes más largos a ciudades lejanas, mientras que los dos menores les ayudaban en el negocio. Con el tiempo, Birka se ocupaba cada vez más de sus nietos, mientras Estven planificaba los viajes de sus hijos y seguía trabajando en la tienda.

Una semana después de su sexagésimo tercer cumpleaños, Estven se sintió de pronto tan débil que no fue a la tienda como de costumbre. En su lugar, se sentó en el banco frente a su casa, con una manta sobre las rodillas, y observó en silencio el sol de la mañana.

No se dio cuenta de la mujer a su lado hasta que le habló.

—Un día apropiado, ¿no crees? —preguntó.

Estven frunció el ceño y la miró. Le tomó un momento reconocer al hada que una vez le había dado el fruto. Parecía mayor que entonces; los cuarenta años transcurridos habían dejado su huella en su rostro.

—¿Apropiado para qué? —respondió. Creía saber a qué se refería el hada, pero no había esperado que fuera ella quien lo acompañara de este mundo al siguiente.

—Para probar el fruto del árbol de Maerd —respondió ella.

Estven la miró durante largo rato, luego asintió. Sí, tenía razón, nunca habría otro momento como ese. Si no probaba el fruto ahora, probablemente no podría hacerlo nunca más.

De algún modo, la caja de madera en la que lo había guardado durante años había salido de su escondite bajo las tablas del suelo. La abrió con cuidado y sacó el fruto de Maerd. No había cambiado en absoluto en todo ese tiempo, ni siquiera se había marchitado un poco, y su piel verde seguía tan brillante como siempre. Estven lo sostuvo un momento en la mano y luego, con decisión, se lo llevó a la boca y comenzó a masticar lentamente. Le tomó un tiempo darse cuenta de que nunca había experimentado ese sabor, y aún más comprender que nunca había probado nada tan maravilloso.

—Esto es lo mejor que he comido en mi vida —dijo finalmente, despacio. Miró al hada pensativo—. Pensé que este fruto podría concederme un deseo, pero ¿solo sabe bien?

El hada negó con la cabeza.

—Este fruto da a las personas lo que más necesitan —respondió con calma—. Da oro a los más pobres, esperanza a los afligidos, permite que los solitarios encuentren a otra persona, y ayuda a los que sienten nostalgia a encontrar el único barco de regreso a casa. Muchas personas lo han comido, pero solo unas pocas han experimentado cómo sabe realmente. Solo a quienes no les falta nada más se les concede este privilegio.

Estven negó con la cabeza y sonrió. Se sentía mucho mejor ahora que por la mañana. Si no lo hubiera sabido, probablemente habría ido a la tienda después de todo. El hada se levantó del banco y miró a Estven, como invitándolo, y él, aun sonriendo, la siguió, directo hacia el sol.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

DESEOS FUERA DE TURNO