miércoles, 29 de abril de 2026

EL MENSAJE DE LOS DIOSES

Joan Antoni Fernández

 

El mundo no estaba preparado para lo que iba a suceder aquella soleada mañana de mayo. Se había rumoreado durante tanto tiempo, generando ingentes especulaciones al respecto, que de hecho ya nadie creía en ello.

El coronel Kovalsky, americano de origen judío, se encontrara en aquellos momentos oculto en las profundidades de una base militar secreta, en algún lugar de California, y aguardaba con su proverbial flema las órdenes del Pentágono. Por su parte, también el coronel Petronov, ruso de origen judío, esperaba instrucciones del Kremlin en otra base militar no menos secreta en algún lugar de los Urales.

Había sido a las 10,47 AM, hora americana, cuando se produjo la sorpresa. Desde algún lugar procedente del espacio exterior empezó a llegar a la Tierra una señal de alta frecuencia. Todos los radiotelescopios del planeta la captaron con claridad. Era intermitente, sonaba durante unos veinte segundos y luego enmudecía unos dos minutos, volviendo a sonar otra vez. Rápidamente se dio la señal de alarma; aquello resultaba alucinante. Alguien se estaba comunicando con la Tierra desde algún ignoto punto del Universo.

Las autoridades americanas y rusas olvidaron por ensalmo sus diferencias y convocaron con urgencia una reunión conjunta. En aquellos cruciales momentos tenían que estar unidos por el bien del planeta. Tal vez tuvieran que aunar esfuerzos si resultaba que aquel mensaje era una especie de declaración de guerra espacial. ¿Sería la Tierra invadida por seres de otra galaxia? El pánico cundió en las altas esferas y se dio la orden de que la noticia no trascendiera a la opinión pública.

Los expertos más afamados de todo el mundo comenzaron a estudiar la señal. Su origen se precisó, según cálculos aproximados, en la galaxia M51, demasiado lejana para despertar inquietud. ¿O no? El profesor Pelmann, alemán de origen judío, sostuvo la teoría de que el mensaje llegaba potenciado hasta nosotros a través de un repetidor que los extraterrestres debían de haber situado muy cerca, en el mismísimo sistema solar.

Pero, ¿qué era lo que decía aquel enigmático mensaje? Resultaba del todo incomprensible; parecía alguna especie de código y nadie era capaz de traducirlo. ¿Por qué los extraterrestres nos enviaban aquella señal? ¿Qué pretendían comunicarnos? Era un misterio sobrecogedor.

A las 14,23 PM el profesor Smithson, británico de origen judío, logró establecer la procedencia del mensaje. Para ser del todo precisos, halló la localización exacta del repetidor que aumentaba la señal hacia la Tierra. Dicho punto se encontraba en la cara oculta de la Luna. Este hecho asombró y preocupó al comité de seguimiento internacional surgido tras la crisis. ¿Por qué nos enviaban mensajes desde nuestro propio satélite? ¿Por qué no venían directamente a la Tierra? Tras un largo estudio de la situación, se decidió enviar una nave tripulada a la zona lunar para investigar en el mismo terreno aquel artefacto repetidor. La tripulación de la nave exploradora estaría compuesta por un ruso y un americano, evitando asperezas y tensiones entre ambas potencias. Se acordó lanzar el ingenio desde Cabo Cañaveral al día siguiente.

Los preparativos para la misión fueron frenéticos a partir de aquel momento. Cada vez resultaba más evidente que la solución a aquel enigma se encontraba en la cara oculta de la Luna.

A las 06,07 AM hubo una filtración en los servicios de seguridad. Un radioaficionado había captado el mensaje, así como una conversación entre varios astrónomos. La noticia se extendió como un reguero de pólvora y pronto fue difundida por prensa, radio y televisión. Los gobiernos tuvieron que hacer llamadas a la calma y hubo toques de queda en todos los países desarrollados. Curiosamente, en el ámbito del Tercer Mundo dicha información apenas causó revuelo.

En pocas horas surgieron por todas partes miles de sectas de adoradores que rendían pleitesía a los dioses galácticos, mientras que los religiosos tradicionales gesticulaban y gritaban tratando de hilvanar explicaciones convincentes que implicaran sus creencias con la realidad del mensaje. Sin saberse cómo, pronto comenzó a circular el rumor de que dicho mensaje dotaría de gran sabiduría a quien lograra descifrarlo, llegando a convertirle en el amo del mundo.

Pronto el mercado se vio inundado de infinidad de cintas con la emisión grabada, así como libros que explicaba la manera correcta de entender su significado. Se realizaron cientos de entrevistas con personajes famosos, gente que nadie conocía saltó a la luz, declarando que habían estado en contacto con los alienígenas desde hacía años, explicando de cien formas distintas qué debíamos hacer para seguir sus sabios consejos o, según otros, sus órdenes estrictas.

En aquel orden de cosas llegó la mañana del lanzamiento. A las 08,45 AM fue propulsado el cohete espacial tripulado desde Cabo Cañaveral. El coronel Kovalsky y su homólogo ruso Petronov viajaban a bordo. La misión era tan delicada que los altos mandos no se habían atrevido a enviar a alguien con menor graduación. Ambos militares eran expertos pilotos, por lo que no resultó difícil enseñarles el manejo de la nave. Claro que las operaciones fundamentales serían realizadas desde la Tierra por control remoto. Ni que decir tiene que, antes de marchar, los dos hombres habían sido aleccionados por sus respectivos gobiernos. De aquel viaje podía depender el destino de toda la Humanidad.

Las horas fueron pasando sin que nada nuevo sucediera; una tensa calma se había apoderado de todo el mundo. No había ningún nuevo dato que añadir, el mensaje seguía llegando con uniforme puntualidad sin que fuera posible descifrarlo. Mientras tanto, la nave se acercaba veloz a la Luna, los motores funcionando a plena potencia. El combustible secreto de fabricación americana hacía más corto el viaje, mientras que el sistema de navegación ruso les permitiría posarse con suavidad cerca del lugar de la emisión. Sólo cabía esperar.

El militar americano, tendido como un fardo en su saco de dormir, miró con disimulo al ruso. Éste también trataba de descansar, flotando en la ingravidez y sin prestar atención aparente. Kovalsky recordó las instrucciones que le habían dado. Si el mensaje podía ser descifrado allí arriba, debería hacerlo y matar al ruso. Era muy importante para la salvaguarda de los Estados Unidos que tan fabulosos conocimientos no cayeran en manos del enemigo. Con disimulo acarició el estilete que ocultaba bajo la manga.

A las 16,30 PM los dos astronautas interrumpieron su inactividad. Se estaban acercando al objetivo. Petronov se encargó de gobernar el módulo dirigiéndolo hacia el lugar designado. Los dos hombres observaron a través de la claraboya la superficie lunar, buscando con atención el misterioso emisor. Kovalsky fue el primero en localizarlo. Se trataba de un montículo metálico de forma piramidal, con una bola luminiscente girando en su punta. No había el menor rastro de vida a su alrededor, pero se ordenó a los tripulantes que alunizaran el módulo a cierta distancia.

El aparato se posó en el suelo lunar con suavidad. Minutos después, ambos hombres saltaban al exterior enfundados en trajes espaciales. Una cámara de televisión enviaba sus imágenes a la Tierra, donde todo era grabado y analizado.

El ruso fue el primero en llegar a la extraña construcción. No parecía tener puertas ni aberturas y sus paredes eran lisas por completo. La estructura era piramidal, de ocho metros de alto por cinco de ancho y otro tanto de profundidad. Sus instrumentos les confirmaron que las señales a la Tierra procedían de aquel lugar. El estudio del terreno adyacente les confirmó que el artefacto había alunizado hacía poco. Su llegada y la transmisión debieron ser casi simultáneas. Aquello planteaba una pregunta inquietante: ¿estaría tripulado el aparato?

De repente, la bola luminosa de la cúspide comenzó a girar a mayor velocidad. Los astronautas sintieron un fuerte zumbido en sus receptores y un potente estallido les retumbó en los tímpanos. La emisión había cambiado a una ultrafrecuencia mucho más potente, bloqueando sus conexiones con la Tierra. En Cabo Cañaveral se perdió la imagen y el sonido, tanto por el canal ordinario como por el de emergencia. Al mismo tiempo, los radiotelescopios dejaron de captar el mensaje, transmitido ahora a una frecuencia demasiado alta para sus instrumentos.

Kovalsky, atontado todavía, sentía sus oídos silbar mientras trataba de establecer contacto con su base. También el ruso manipulaba los instrumentos de su traje con creciente pánico. Al fin ambos se miraron indecisos. Se encontraban incomunicados con la Tierra, ni tan siquiera podían hablar entre sí. ¿Qué hacer?

Petronov, con gesto alterado, alzó un brazo y señaló hacia el artefacto. El americano se volvió y contempló con estupor que se había abierto un hueco en la base. El espacio resultaba lo bastante amplio para permitir el paso de una persona. ¿Qué debían hacer? El ruso, tras un momento de indecisión, avanzó resuelto hacia la abertura y su compañero le siguió. Penetraron por el orificio hasta alcanzar una cabina circular, iluminada por una tenue luz violeta proyectada desde lo alto.

Siguieron avanzando por un angosto pasillo que giraba hacia su izquierda y desembocaron en una amplia zona esférica mejor iluminada, sin lugar a duda el centro del extraño aparato. No se veía a nadie, aunque el parpadeo de luces en varios paneles indicaba que aquel mecanismo funcionaba.

Los dos hombres se giraron, recorriendo con la vista aquel lugar extraño y enigmático. Nada en el entorno les resultaba familiar, por lo que no pudieron sacar conclusión alguna sobre su funcionamiento. En una pared cercana había un aparato esférico que giraba con lentitud a la vez que cambiaba de color a cada instante, produciendo un suave chasquido que recordaba la cadencia del misterioso mensaje. Ambos hombres llegaron a la misma conclusión: se hallaban en el interior de un aparato automatizado que no precisaba de control manual.

Kovalsky comprendió lo que debía hacer; tendría que matar al ruso y ponerse en contacto con los suyos para apoderarse de aquel artefacto e inspeccionarlo a fondo. Había que evitar a toda costa que cayera en poder de la otra potencia, la tecnología obtenida de su estudio daría a su poseedor una primacía absoluta. El americano se acercó a su compañero con lentitud, mientras su mano derecha se cerraba sobre el frío estilete que había ocultado en un bolsillo externo. Bastaría un pequeño corte en el traje de Petronov y el ruso moriría asfixiado en aquel lugar carente de oxígeno.

Ya la mano de Kovalsky iniciaba su rápido movimiento asesino cuando el ruso se volvió de súbito con otro estilete en su diestra. Los dos hombres se contemplaron con sorpresa y horror, mientras sus respectivas armas perforaban al unísono ambos trajes. Mientras el oxígeno escapaba a borbotones por las rasgaduras, los astronautas se bambolearon con patética inutilidad, realizando una danza macabra. Al fin cayeron al suelo; Kovalsky murió casi en el acto, atravesado por su propia arma en la caída. Petronov, sintiendo que le abandonaban las fuerzas, trató de taponar con desesperación la enorme brecha del traje apretando con las manos. Lentamente comenzó a perder la consciencia, sintiendo sus pulmones a punto de estallar en el vano esfuerzo de captar oxígeno. Pronto cayó en un profundo sopor que le condujo a la muerte.

El cilindro esférico dejó de parpadear durante unos instantes, evaluando el extraño comportamiento de los intrusos. Una vez anotado el incidente, la IA de la nave ordenó a un robot que limpiara la sala de control, arrojando al exterior los cuerpos extraños. Luego, la esfera continuó con la tarea asignada.

Una vez subsanado el fallo en su sistema emisor, volvió a transmitir en la onda de ultrafrecuencia establecida. En toda la zona de la galaxia de nuevo era audible el aviso para navegantes que se repetía a intervalos regulares.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

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