viernes, 24 de abril de 2026

LA MUJER DE LÁZARO

Cristian Mitelman

 

Mi madre murió en los trabajos de parto, según me dijo un día su hermana mayor, la señora Matilde, que me crio hasta los trece años en los campos de Castilla la Vieja, y dado que yo fui la causa de la muerte de la madre, mi destino estuvo marcado por los trabajos y las privaciones, tal como quien es deudor y todas las noches siente que su acreedor está por caerle y deberá dormir a la intemperie, puesto que ya no habrá de quedarle ni el heno del establo para descansar junto a los bueyes. Y digo que mis primeros años fueron una preparación para la laceria de los posteriores, y es que la señora Matilde, casada con Tomé Jaramillo, no era mujer habituada a los hábitos mundanos como el yantar y el beber, al punto que su imagen, consubstanciada sólo con las cosas del espíritu, parecía uno de esos chapiteles de las iglesias toledanas que vi en uno de mis primeros viajes, aunque de eso hablaré más tarde, porque todas exposición debe tener un orden y no conviene que el después anteceda al antes, como me explicó el Arcipreste de San Salvador, mi actual dueño, hombre que, aunque formado en las letras de Aristóteles, es también un gran catador de vinos, que una cosa no va en menoscabo de la otra, siendo que así sucedía con la señora Matilde, que de tanto atender la salud del alma, descuidaba los bienes del cuerpo y era su desnudez un anticipo de la muerte venidera, porque yo que la miré sin paños puedo atestiguar que las costillas le bailaban al igual que un esqueleto en tumba movida, y esto no debía de ser de agrado de Tomé Jaramillo, a quien le gustaba la longaniza y todo lo que tuviera abundancia de materia, mas cuando yo quería comer, impedíalo la señora Matilde, alegando que esas eran cosas de hombre que trabajaban en el campo y que no cuadraba a las mujeres la gula ni los otros seis pecados hermanos. Y digo que a don Tomé Jaramillo debía angustiar la imagen de la muerte que habitaba en su señora esposa, porque más de una vez se santiguó a espaldas de ella, como quien está en presencia de una mala imagen a la que conviene alejar. Y además, siendo yo moza, tenía el trabajo de limpiar los establos de cuadra y más de una vez encontré al señor con otras mujeres que yo conocía del pueblo y allí sucedía la inversión del mundo, porque todo el mundo dejaba de mostrar la cara y era el culo la parte más saliente del cuerpo, y al ser establo y haber caballos pensé yo que todos imitaran a las bestias y el señor montara campesinas rollizas y las campesinas rollizas también quisieran ser jinetas y se colocaran sobre don Tomé Jaramillo para una carrera que duraba sus buenos momentos. Y este lugar era bueno para mí, porque a escondidas de doña Matilde, el señor ejerció la primera caridad conmigo, y siempre me tenía reservadas algunas papas cocidas, pequeños trozos de pernil (esos eran días de fiesta) y restos de bodigos que en las casa quedaban y que él sacaba antes de que endurecieran y fueran comida de los muchos ratones que por allí corrían. Habiendo cumplido ya los doce años, fui una noche, tal como cuadraba, a limpiar la bosta de los caballos, cuando don hallé a mi amo en la más estricta de las soledades, y viéndole así me acerqué y él me convidó con un pan nuevo, recién horneado que me pareció recién salido de los hornos del cielo, aunque tengo entendido que es en el infierno donde se genera el calor que surge bajo la tierra, y si esas cosas nacen del abismo, pensé que era mejor condenarse para siempre que salvarse a costa de las miserias a las que se sometía mi señora Matilde, y algo de mis pensamientos habrá visto el tío, que puso discretamente su mano en mi rodilla y luego comenzó a subir y hasta llegarme adonde nacen las bragas y luego sentí su aliento contra el mío y mucho me hizo doler ese día, y aunque las lágrimas se empeñaban en salir de los ojos, él mismo la enjuagaba con sus labios y, en medio de amorosas promesas que se mezclaban con los insultos que solía murmurar en compañía las otras campesinas que por allí pasaban, me enseñó el arte de las acciones que deben ocultarse, único arte que permite a las mujeres pobres sobrevivir en una sociedad como esta, que por fuera muestra una cara y por dentro es algo tan distinto. Pero por más que se oculten ciertos actos, las cosas terminan por saberse y es que mi dueña no conoció las acciones del marido y la sobrina, por lo que una tarde de otoño me dijo:

—Puta al igual que tu madre, que Dios la tenga en su gloria, aunque cosa difícil es. Mejor vete, que ya no hay lugar para ti en esta casa y además ya sabes cómo puedes tener tu alimento.

Y así me vi desamparada de todos, por lo que me encaminé a Toledo, adonde habían dicho que tenía familia, y aunque fuera improbable, no tenía otra posibilidad que ir a una ciudad que desconocía por caminos que también me eran extraños, a la espera de conseguir alguna casa en que pudiera emplearme, porque ya estaba crecida y formada y podía lavar platos y zurcir camisas o limpiar caballerizas, llevar el heno y todo cuanto una joven puede hacer. Lo cierto es que siempre hay poca moneda en estos parajes del mundo y los maravedíes que se ganan en las Indias se pierden en los mares o en la corte, por lo que nadie se dignaba a tomarme como criada, por lo que acabé en una venta solicitada por los muchos viajeros que venían allende el océano, pero no eran estos hombres de alcurnia ni que hubieran ganado su lugar bajo el sol, sino una soldadesca ruin como la madre que la había parido y mis días pasaban en un bodegón donde todo olía a rancio y perdido de día y todo olía a regüeldo por las noche, y es bajo esas mantas donde gané durante años el sustento con el que pude mantenerme a mí y a los tres hijos que me llegaron a su debido turno, de padre distinto pero idéntico gesto, porque los hombres no difieren en su forma de ser y se diría que todos participan de una especie de hombre general cuya idea se le habrá ocurrido a algún demiurgo borracho, pero mejor es que calle, porque los tribunales funcionan plenamente en estos días y no quiero que me acusen de herejía o de andar judaizando, carta corriente en las cárceles del Santo Oficio, que todo lo mira y a quien bastante debo, porque es parte de mi historia lo que a continuación viene y es que pude abandonar la soldadesca porque una noche se allegó un Arcipreste del Salvador que había sido llamado como teólogo auxiliar para un juicio que se haría en Toledo contra un cabalista o algo así, y es que viéndome el dicho monje mujer todavía apetecible, decidió nombrarme criada personal y llevarme consigo a aquella ciudad, donde finqué un tiempo y conocí que ya no tenía familiares ni conocidos, por lo que estaba absolutamente sola en este mundo, ya que mis tres hijos también se habían dispersado por las rutas de Dios y en ellos pienso cada noche y es mi deseo mayor que no terminen en las galeras de su majestad o haciendo sombra de un árbol con los cuervos picoteándoles los ojos desmesuradamente abiertos, tal como tantas veces hallé en las distintas rutas por las que el cura me condujo. Que se arrimen a los buenos es mi deseo, por más difícil que sea este empeño. Aunque no soy experta en números, si mal no hago las cuentas fueron dieciséis los años que anduve trotando de venta en venta hasta que conocí al nombrado Arcipreste, hombre celoso de su cargo y astuto como una araña, porque sabía manejar al mundo a su antojo tejiendo redes que sólo él sabía pulsar. Supe servir a buen amo como creo que ninguna mujer lo haya complacido, pero para evitar malevolencia, que es cosa frecuente en estos páramos de España, dispuso que me casara con un mozo de origen desconocido que por entonces hacía el trabajo de pregonero de vinos y en eso él y yo vinimos a coincidir en lo mucho de nuestras fatigas y en lo poco de los premios que la vida prodiga a los que bien se esfuerzan, pero el cura que nos unió en matrimonio nos aseguró la vejez siempre y cuando estuviéramos bajo su órbita, tal como los herejes dicen que los planetas lo están alrededor del sol, cosa absurda si la hay, siendo que es claro que la tierra es el centro de todo el universo y es Roma el centro de la Tierra y es el papa el centro de Roma. Me avine así esposa de hombre humilde y así sirvo buenamente a dos hombres y ya no estoy bajo los caprichos y las violencias de los viajeros que pernoctaban en las ventas. Soy buena esposa por las noches y ninguna queja se oirá de mi amo, pero también soy buena esposa de la santa madre iglesia, porque el Arcipreste reclama su parte del trato y no hay nadie que conozca los gustos de ese hombre, por lo que las lenguas de serpiente me llaman la doble maridada y cada vez que mi esposo pasa en su corretaje de vinos los niños le juegan al toro y más de una chanza tuvo que sufrir, mas yo le digo que no haga caso, que la envidia es la única que habla en esos casos y los ojos de los que calumnian están rojos de mal mirar, porque si espiaran puertas adentro, grandes cosas descubrirían en sus propios portales y más de un hijo debiera de cambiar de apellido y más de un burlador pasaría de torero a toro y de toro a ciervo mayor, si es que tales cambios pueden existir tal como en los tiempo de Ovidio se dice que hubo, porque aunque mujer sin cultura soy, muchas cosas oí del Arcipreste que maravillaron mi entendimiento. Y hasta aquí no tengo mucho más que contar: intento mantener mi hacienda en paz y espero que si alguna vez nuestro Emperador vuelve a Cortes en Toledo, no haya menguado la prosperidad de los últimos años y mis tres hijos puedan conocer esta casa que los aguarda, casa rústica, es cierto, pero en la que no faltan los bollos de pan y la bota de vino.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

LIPSTICK

Michael Haulică

 

MARTES. Me infiltré entre ellos conforme al procedimiento. Creo que no han notado nada. Todo fluye de manera natural, en una normalidad exasperante. Por ahora intento exponerme lo menos posible. La metamorfosis es perfecta, pero necesito tiempo para acostumbrarme a la nueva apariencia. Y la asimilación de su código de comunicación aún me da trabajo...

LUNES. He comenzado a colocar los lápices labiales. Se venden bien... Como cualquier mercancía del exterior.

Por la tarde, la primera conversación. ¡Emoción!

Ellos se sentían bien, yo me sentía excelente. Ellos tenían una sed terrible, yo tenía una sed excelente. Ellos querían mucho ir al cine, yo quería excelente. Ellos preveían que mañana llovería torrencialmente, yo los tranquilicé diciéndoles que llovería solo de manera excelente.

MIÉRCOLES. Por la mañana me encontré con uno de ellos.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—Bien —respondió. Le ofrecí un lápiz labial. Y lo pasó por sus labios. Repetí la pregunta—: ¿Cómo estás?

—Excelente —fue la respuesta.

¡Excelente! Así debe ser...

Más tarde jugamos una partida de bolos. Él lanzó la primera bola.

—Buena —dije.

—¡Excelente! —replicó él.

Lancé yo también una bola.

—¡Excelente! —exclamó.

—Excelente —confirmé.

Luego él llamó a una nueva bola. Yo también lancé un llamado.

—Tú lleva la puntuación —me dijo.

—No, lánzala tú —lo contradije.

—Vamos, mejor hagamos un ajedrez —se retractó.

—Vamos a lanzar un ajedrez —lo aprobé.

VIERNES. Estábamos sentados a la mesa en la terraza de la cervecería. Uno de ellos se acercó y me saludó con la punta de sus labios coloreados.

—¡Lanzamiento excelente!

Le hice una seña para que se sentara.

—¿Cómo estás? —le pregunté.

—¡Excelente! Lanzo cervezas —me respondió.

—Vamos a lanzar otras dos cervezas excelentes —lo animé.

Se volvió hacia el camarero y dio la orden:

—¡Excelentes! ¡Dos lanzadas para el muchacho!

Y la respuesta llegó, habitual.

—¡Lanzaaa...!

Mientras estuvimos allí, le hablé de la mayonesa. Al despedirse me deseó una “excelente mayonesa de lanzamientos”.

DOMINGO. El stock de lápices labiales ha disminuido considerablemente. Desmantelé el puesto. Basta con llevar algunos conmigo. Parece que han empezado a fabricarlos ellos mismos. De qué, no lo sé. Vi a alguien, en el mercado, vendiendo. Gritaba con todas sus fuerzas, conforme a su costumbre:

—¡Llévate el labial! ¡Llévate el lipstick! ¡El labial del habla excelente! ¡Quien lo use puede comunicarse lanzadamente con cualquiera! ¡Con todo el mundo! ¡Con todos los mundos!

El negocio marcha. Y muy bien. Se nota por sus labios intensamente coloreados.

Por la noche, en la habitación, me desmaquillo con cuidado, para que no se me enreden los pensamientos.

LUNES. Calles llenas de carteles que representan a un hombre de labios coloreados ofreciendo un lápiz labial a un ser imaginado, probablemente perteneciente a otra civilización. Se parece un poco a los tharsianos...

Simposio científico. Sabios, muchos.

Ellos hablaban del vuelo, yo les hablé de hongos. Ellos de otras civilizaciones, yo de hongos. Ellos del labial-contacto, yo de hongos. Ellos de... Yo de... Ellos... Yo...

Los dejé hablando de hongos.

MIÉRCOLES. Cuando salí de casa, la portera, una mujer de mediana edad, excesivamente maquillada, me susurró confidencialmente que “pescando la entronización del globo excelente pantano”. Tenía toda la razón. Le regalé un lápiz labial y nos hicimos muy buenos amigos.

JUEVES. Hoy hablamos de la nieve.

SÁBADO. Polvo; discusiones prolongadas.

DOMINGO. Descansé. Me lo merezco.

LUNES. Tío... Sobrino.

MARTES. Ciudad.

MIÉRCOLES. Oportunidad.

JUEVES. Maravilloso.

VIERNES. Vida.

SÁBADO. Parapsihobit.

LUNES. Lipstick.

MARTES. Lipstick.

MIÉRCOLES. Lipstick.

VIERNES. Fue inaugurado el primer Instituto de Colorística. Ya se han recibido inscripciones para tesis doctorales en cromática paralela, metacolorística integrada, psicofisiología del color, protocolorística, mitocromatismo dialéctico e histórico.

Se trabaja intensamente en la reestructuración de los manuales escolares.

LUNES. Un día entre militares. Reglamentos, disciplina, orden, conformismo, civismo, heroísmo, deber, honestidad, honor...

Cada soldado lleva en la mochila el lápiz labial.

MARTES. Los jóvenes, los adultos del mañana, eternos partidarios de lo nuevo, han adoptado el color como moda permanente: se tiñen el cabello, los párpados, los labios y desfilan pacíficamente, agitando lápices labiales, coreando:

—¡No queremos armas, queremos lipstick!

MIÉRCOLES. Se han publicado las fotografías de la nueva bandera de los Juegos Parapsiholímpicos: sobre un fondo transparente e incoloro, el lápiz labial...

JUEVES. Han terminado de pintar los edificios. Ahora todos son iguales.

VIERNES. Desde el amanecer, una multitud inmensa se dirige hacia el nuevo monumento del planeta. Sobre lo que podría llamarse techo, la estatua gigantesca del lápiz labial, envuelta en un halo tembloroso, envía sus iridiscencias coloreándolo todo: los árboles, el polvo, el aire... Una copia de menor tamaño es llevada en brazos por varios oficiantes. Sus ayudantes arrojan lápices labiales a izquierda y derecha, mientras la multitud entona las Odas al Labial.

Algunos necesitados, con los labios descoloridos, se lanzan al polvo tras un fragmento de lápiz labial. Son observados con simpatía y alentados. Los más afortunados, agradecidos, se colorean de inmediato los labios, los párpados, las orejas.

¡Excelente! ¡Excelente!

SÁBADO. Campaña electoral. Plataformas políticas, plataformas de perforación, plataformas... Planas, planas, planas... Sin ninguna forma. Pero coloreadas. Mono.

Han pospuesto las elecciones.

DOMINGO. Encontré en el buzón la siguiente carta:

“Te lanzo excelente. El invernadero hongo frente a lo maravilloso. Que el polvo parapsihobitante lance la nieve. ¡Lipstick! ¡Lipstick! ¡Lipstick!”

Su lenguaje se ha perfeccionado notablemente; casi ya no existe.

Todo ha funcionado como estaba previsto.

Lipstick. ¡Qué maravillosamente suena esta palabra!

La nave me espera...

Es de noche. Su sol se ha puesto hace tiempo. En su lugar, en el cielo estrellado, la nave se perfila como un lápiz labial que esparce color.

Me mostré en el óvalo de la compuerta y sus gritos me llenaron de felicidad. La multitud empujó hacia adelante a sus representantes y estos hablaron:

—¡Excelentes! ¡Lanza lo maravilloso! ¡Parapsihobitiza nuestra vida! ¡Lipstick! ¡Lipstick! ¡Excelente!

Fue un momento excelente. ¡Excelente!

¡Por fin! Terminado. Misión concluida. Ahora puedo retomar mi apariencia.

Entro en la nave. Es como si ya hubiera llegado a casa. Acoplo el circuito MIM y la mima del Excelentísimo aparece primero en el CUB, como imagen, y luego se materializa.

Tiene los labios coloreados. Bastante intensamente, pero le queda bien. El color le favorece.

Me acerco a Él y toco su manto en señal de Humildad y Sumisión. Él me toca estableciendo el contacto privilegiado. Nos comunicamos. Siento su impaciencia. ¿Qué otra cosa podrían ser estas vibraciones que, por sus resonancias, también me generan una inquietud?

Le informo en detalle el desarrollo de mi misión. Parece desconcertado. Y su pensamiento, como una ola agresiva, inunda mi cerebro: “Wshaakingkaa...”. Es mi turno de quedar desconcertado. Me señala el lápiz labial. Me aplico otra capa de color en los labios y retomo mi informe, concluyendo de forma apoteósica:

—¡El lipstick parapsihobitante miraboliza!

—¡Excelente! —llega la valoración y respiro aliviado. Está satisfecho. Otra ola, esta vez acariciante, me atraviesa: “Gnrl”.

Agradezco, con modestia.

Antes de que la mima del Excelentísimo se desmaterialice, recibo con gratitud la exhortación:

—¡Lanza! ¡Lanza! ¡Lanza!

El holograma desaparece a su vez y mi benefactor se materializa en su nave.

Solo. De nuevo solo.

Me desmaquillo, como de costumbre.

Algunos lápices labiales yacen arrojados en un rincón.

Un arma perfecta. Más que perfecta.

Los contactos, los ajustes, la pantalla...

Constelaciones enteras, con sus civilizaciones, me esperan.

Michael Haulică, nacido en 1955 en Armășești, Vâlcea, Rumania, se graduó en la Facultad de Matemáticas, especializándose en Informática, de la Universidad Transilvania de Brașov. Fue programador durante 25 años, y luego se dedicó por completo a la escritura. Actualmente es editor en Art Publishing House y coordinador de las colecciones de ciencia ficción y fantasía de Paladin Publishing House. Es el editor jefe de la revista Argos. Desde 2010 es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. Entre sus obras publicadas se cuentan Madia Mangalena (1999, 2011, 2015); Despre singurătate și îngeri (2001); Așteptînd-o pe Sara (2005, 2006, 2012, 2016); Nu sînt guru (2007); Povestiri fantastice (2010, 2011); ... nici Torquemada (2011); Transfer (2012, 2013, 2014); O hucă în minunatul Inand, (2014) y 9 1/2 elegii (2016).

HIPO

Rajat Chaudhuri

 

1

—Los muertos serían los mejores activistas climáticos —dijo Ajit con su sombría voz de barítono.

—¿Eh? —preguntó Pran, distraído por un enjambre de abejas que iba y venía entre el rodal de rododendros y las cajas de colmenas que habían instalado junto a los altos cipreses que rodeaban el bosque comestible en la cima de la colina. A la pareja le habían asignado tareas en la cocina comunitaria y Pran observaba con atención el caldo de tallos de brócoli, judías verdes y calabaza, que hervía en la olla.

—Eso dice mi gurú Kapali-mata, pero es conocimiento prohibido. No debería hablar de ello. Es una siddha del tantra, puede convertirse en tigre con un chasquido de dedos —dijo Ajit con una amplia sonrisa. Su espesa melena canosa se curvaba sobre la frente y la montura, parecida a algas, de sus gafas oscuras le resbalaba por la nariz mientras hablaba.

—¡Prohibido! Debo confesar que lo prohibido todavía me acelera la adrenalina —susurró Pran, con los ojos brillando de interés. Llevaba las cicatrices de muchas batallas de su vida como forajido, pero los años de vida sencilla lo habían suavizado a él y a su camarada Ajit, a quien había conocido en prisión. Removía el caldo con un largo cucharón de madera, inclinado sobre la cocina eléctrica—, pero sabes qué, no necesitamos la sabiduría de esos gurús para alimentar nuestra conciencia ambiental. Bhai, este trabajo solo se cumplirá cuando haya un cambio radical de valores. Solo entonces las multitudes saldrán de sus casas y oficinas y bloquearán esas industrias sucias de las ciudades corporativas, cerrarán sus centrales de combustibles fósiles y boicotearán las marcas de lujo y los centros comerciales.

—Es más fácil decirlo que hacerlo, barey bhai. Tú y yo sabemos muy bien que el homo sapiens está programado para el mal. Estamos genéticamente diseñados para ser rakshasas con apetitos interminables de recursos. Eso es lo que Kapali-mata repite constantemente. Somos una plaga para el planeta; no todos, pero muchos de nosotros lo somos. Necesitamos una sacudida, rebelarnos contra nuestra codicia. ¡Una descarga eléctrica, un millón de voltios para curarnos de nuestra carbonofilia! Y me han dicho que hay una forma, un camino secreto revelado recientemente. Tiene algo que ver con la vida después de la muerte, con los muertos, pero esto debe mantenerse en secreto hasta que llegue el momento…

Fue interrumpido a mitad de la frase por Pran, un poco mayor, que se había dado vuelta para revisar las lecturas del inversor solar que alimentaba la cocina comunitaria.

—Entonces tu gurú, ¿qué visualizó? ¿Esqueletos viniendo a trabajar para comunidades sostenibles como la nuestra?

—Tch tch, cerca, pero eres demasiado visualizador, barey bhai. Kapali-mata cree que los habitantes del más allá son amigos de la Tierra, y que podemos beneficiarnos de la sabiduría ambiental de los muertos.

Ajit probó el caldo con una cuchara y torció el gesto.

—¡Otra vez sin pollo! —se quejó.

—¿Así que los espíritus del mundo rezan en el altar de santos como Greta? —dijo Pran, ignorándolo. Comer carne, debido a su enorme huella de carbono, se había vuelto impopular en esas comunidades experimentales surgidas hacia mediados de siglo.

—Thunberg-ji, sí, pero ¿no ves la relación más amplia? Todas las clases de fantasmas que conocemos prefieren entornos naturales: los brahmadaityas bengalíes acampan en las ramas de los antiguos árboles banyan, las churels prefieren los arbustos de sheora, los mechho-bhoots prosperan cerca de los estanques, y así sucesivamente —Ajit volvió a ajustar sus gafas.

—No hay nada de malo en seguir a Greta Thunberg. Aquí, en esta cooperativa, la consideramos una inspiración, igual que a Gandhi-ji, Bahuguna-ji, Schumacher-ji y Medha-ji —dijo Pran, enumerando nombres de décadas y siglos pasados, cuando la esperanza era más fuerte—. Y todas estas personas estuvieron vivas y caminaron por esta tierra como nosotros ahora. En esta comunidad intentamos vivir en armonía con nuestro entorno, aunque los canales de noticias de las ciudades corporativas nos etiqueten como anticonsumistas, anti-Zuck, anti-Elon y cualquier otro epíteto con el que quieran estrangularnos. Pero el punto es que estamos muy vivos. ¿Por qué cree tu gurú que aprenderemos a amar el planeta solo después de morir?

Alzó una ceja.

—Por cierto, ¿qué fuma tu Kapali-mata? Tal vez podríamos hacer un trato con su proveedor.

—Sabía que no te convencerías hasta que… —empezó Ajit.

—¿Hasta que esté muerto? —Pran le lanzó una mirada aguda de reojo antes de empezar a servir el caldo en pequeños cuencos de hojas de sal.

 

2

Dos hombres con uniformes policiales de ciudad corporativa –pantalones azules de algodón autolimpiante modificado genéticamente y camisas negras de poliéster con el logotipo de HonestJack– avanzaban sigilosamente por una de las calles laterales oscuras de Jackganj.

Jackganj era el nombre común de todas las ciudades corporativas propiedad de ese coloso transnacional. Para diferenciarlas, los empleados de HonestJack, que vivían, trabajaban y morían en esas ciudades amuralladas, a veces añadían un número, por lo que aquella ciudad en particular era llamada informalmente Jack3.

La larga caminata por caminos de montaña y luego el infiltrarse a través de la triple valla de Jack3 con ayuda de alguien del círculo interno de Kapali-mata los había dejado completamente exhaustos.

Los callejones por los que avanzaban hacia el distrito noreste estaban envueltos en sombras, pero no podían encender sus linternas solares debido a las patrullas militares armadas que cazaban rebeldes anticapitalistas.

Había llovido al comienzo de la noche y las calles estaban resbaladizas por esa lluvia sintética que lavaba cada ciudad corporativa con su mezcla nauseabunda de gotas cargadas de venenos procedentes de combustibles fósiles modificados que aún eran comunes en esas regiones.

Habían partido temprano y, en el descenso, habían visto bolas de fuego iluminando el distrito comercial de Jackganj.

—¿Qué es eso? —había exclamado uno de los dos. Era Pran, casi irreconocible con su disfraz policial, el cabello cortado al ras y sin su bigote fino.

—¡Oh! Entonces ya ha comenzado —respondió el otro con un jadeo. Pero había un matiz de tristeza en la voz de Ajit cuando añadió—: Las fábricas… ¡están atacando el distrito comercial de HonestJack!

—¿Quiénes son?

—Deben de ser seguidores de Kapali-mata, pero esto es muy grave —suspiró Ajit.

—¡Genial! ¡Parece como en los viejos tiempos! —dijo Pran con entusiasmo, pero Ajit le devolvió una mirada fría y continuaron en silencio.

Ya había pasado la medianoche. Avanzaban agachados por una zanja seca, atestada de residuos plásticos, que serpenteaba por Jackganj antes de desaparecer en los desiertos arenosos de los límites de la ciudad.

Aún podían oír pequeñas explosiones a lo lejos, interrumpidas por el traqueteo esporádico de ametralladoras, pero aquello estaba lejos.

—Mira allí —señaló Ajit. Más adelante se alzaba un edificio solitario, con las ventanas destrozadas y sin luces en su interior.

—¿Nos verá allí? —preguntó Pran, con la voz ligeramente temblorosa. Ya no le agradaba la idea de encontrarse con alguien en contacto con espíritus en esa parte desolada de una ciudad corporativa donde parecía haber estallado una rebelión. Pero la idea había sido suya. Quería conocer a la gurú tántrica de Ajit y descubrir de primera mano el secreto del más allá que ella afirmaba poseer. Quizá ese conocimiento también podría servir a su comunidad sostenible.

—Sigue avanzando, barey bhai —susurró Ajit con nerviosismo.

En ese momento, un estruendo sacudió el suelo mientras una brillante bola de fuego se elevaba hacia el cielo.

Se agacharon para evitar la ola de aire caliente que recorrió la zanja, arrastrando consigo viejas consolas de videojuegos, muñecas Barbie decapitadas y gorros de fiesta descartados que habían estado de moda años atrás.

Los gorros comenzaron a volar sin caer.

Un depósito de petróleo crudo había sido alcanzado y el fuego furioso se alzaba hacia el cielo, rugiendo y crepitando a lo lejos. Los gorros de colores comenzaron a girar sobre ellos. Más rápido. Como una ruleta girando con furia.

Se miraron.

—Parece que los muertos se han levantado —dijo Pran, con los dientes castañeteando de miedo.

—Lo sabremos pronto. Pero ¿por qué esa casa parece tan tranquila? —susurró Ajit.

Apenas había terminado de decirlo cuando, como una tormenta, un soldado fuertemente armado saltó desde la orilla de la zanja y se abalanzó sobre él, derribándolo. Lo inmovilizó con su bota y apuntó su ametralladora hacia Pran.

El soldado presionó la bota contra la garganta de Ajit.

—¿Policías, eh? ¿Van a ver a Kapali-mata? —rio salvajemente. Ajit jadeaba, agitándose entre los residuos plásticos—. Dejen la farsa. Su mata está bajo nuestra custodia ahora mismo —escupió en el suelo.

Ajit comenzó a tener hipo.

Fuerte y violento.

El soldado miró hacia abajo bruscamente y disparó, pero falló.

En ese instante de distracción, Pran se lanzó sobre él y le asestó un golpe ascendente. El joven retrocedió tambaleándose. Pran, curtido, arremetió con una ráfaga de golpes rápidos como relámpagos.

El soldado dejó caer el arma y se desplomó.

Lo dejaron atado a un árbol muerto, con el rostro contra el tronco retorcido, mientras los gorros seguían girando sobre él cuando llegaron los refuerzos.

 

3

Hoy las abejas están en silencio.

Allá abajo, en las llanuras, todavía se puede ver humo elevándose desde la dirección de Jackganj, pero como ha llegado el invierno, es difícil saber si proviene de bombas incendiarias de los rebeldes o si es simplemente el aire, pesado y lloroso con los venenos de la civilización.

En la pequeña comunidad que ha hecho su hogar en las montañas, el ambiente es festivo.

Ha nacido recientemente un niño de una joven pareja que se unió hace unos meses. Habían escapado de la ciudad corporativa la noche en que los rebeldes ecoterroristas atacaron las fábricas y el depósito de petróleo.

Este año los naranjos han dado abundantes frutos en las colinas, y las ramas se inclinan bajo su peso. El bosque comestible ha ofrecido fresas y calabazas, tomates y albaricoques. Las abejas han producido miel dulce. El dueño de una tienda de trueque ha preparado botellas de un fuerte vino de rododendro, y un ingeniero civil que ahora construye cabañas de micelio duraderas para la comunidad escucha a Ajit y Pran mientras recuerdan los acontecimientos de aquella noche fatídica.

A medida que hablan, más personas se acercan.

Están sentados en círculos sobre la hierba, alrededor de piedras antiguas.

—Entonces, ¿cuál era el secreto que Kapali-mata había descubierto? ¿De algún modo provocó los ataques a las fábricas aquella noche? Todos quieren saberlo —preguntó Pran.

—Parte de esto sonará a disparate, pero los muertos definitivamente tienen conciencia ambiental. Una vez que nos liberamos de las prisiones de la carne y los sentidos, comprendemos rápidamente lo derrochadores que hemos sido y cuánto hemos dañado al planeta vivo. Pero ya no hay forma de volver atrás para reparar el daño —Ajit llenó su vaso y bebió un sorbo.

Pran se acarició el fino bigote.

—Entonces tu gurú… qué mala suerte no haberla conocido… ¿realmente tenía conocimiento directo de ese más allá? —preguntó adoptando una expresión seria.

—Claro que sí, y tenía un método para salir y regresar rápidamente, en cuestión de minutos, enriquecidos con la comprensión de que somos culpables, de que debemos dejar de extraer recursos del planeta. —Ajit bebió otro sorbo.

El ingeniero recogía piedrecillas, las examinaba y las arrojaba una tras otra. Eran plateadas y azules, con metales de las profundidades de la tierra.

Todos guardaron silencio por un momento.

—Debió de enviar a muchos al otro lado antes de traerlos de vuelta, y cuando regresaban eran personas completamente distintas —dijo el ingeniero.

—Exacto, solo que el plan salió mal. Esas personas, tras ese viaje, en lugar de unirse a la comunidad, al activismo y al cambio de estilo de vida, eligieron la vía anárquica del ecoterrorismo, atacando los símbolos de la civilización industrial —suspiró Ajit.

—Eso explica las bombas incendiarias. Esos planes descabellados no garantizan el éxito; a menudo nos hacen retroceder en lugar de avanzar. Nosotros aquí hemos llegado por decisión propia; nuestras experiencias nos han llevado a este experimento. Pero no nos pongamos demasiado serios. Oigan, ¿se acabó el vino? Pero antes de eso, Ajit, dinos algo: ¿cuál es ese camino fácil hacia el más allá y de regreso? ¿No sentimos todos curiosidad? ¿Cómo ver ese otro lado y volver sanos y salvos, cuerpo y alma?

El bebé comenzó a llorar.

Su madre le cantó una canción de primavera, meciéndolo suavemente. Se levantó con el niño en brazos y empezó a alejarse hacia la hilera de cipreses al borde de la colina.

Una luna a medio comer se alzaba sobre las grandes cumbres nevadas.

Ajit volvió a llenar su vaso.

—El camino hacia el más allá y de regreso es en realidad bastante simple. Los antiguos textos tibetanos mencionan un mantra de dos palabras que, si se pronuncia correctamente un par de veces, envía el alma fuera del cuerpo, y luego, recitándolo de otra forma y en otro orden, el alma regresa. En esa visión fugaz del más allá, como eres pura concentración, libre del peso de la carne y los sentidos, absorbes la sabiduría de los siglos, y eso incluye esta simple comprensión: que somos guardianes del planeta y no rakshasas.

—¿Solo dos palabras? —preguntó un anciano.

—Sí, y son fáciles: hik y phat. Nada complicado. Repetidas un par de veces. Este mantra es tan poderoso que la autoridad de Jackganj prohibió esas seis letras cuando se enteraron de él tras torturar a Kapali-mata —dijo Ajit, ya arrastrando las palabras.

—Creo que has bebido demasiado —dijo Pran, apartando la botella de su alcance.

—Pruébalo algún día, barey bhai, pero no te conviertas en un monstruo. Hik phat, hik phat, hik phat… —seguía repitiendo distraídamente.

—¿Eso es todo? Pero sigues aquí, supongo que tu alma aún no ha decidido marcharse —intervino el ingeniero.

—Hay una cosa más que debes hacer —dijo Ajit con voz lejana.

—¿Cuál?

—Hipo.

—¿Hipo?

—Sí, debes tener hipo mientras repites esas palabras. Solo así funciona el mantra. Por eso también han prohibido el hipo.

El vaso de vino de rododendro cayó de su mano y se hizo añicos contra la piedra.

Ajit cerró los ojos y cayó hacia atrás sobre la hierba blanda.

Desde la hilera de cipreses al borde de la colina, el bebé comenzó a llorar.

Rajat Chaudhuri es un novelista y cuentista indio. Es autor de las aclamadas obras Hotel Calcutta (2013), un ciclo de cuentos; El efecto mariposa (2018), la novela Amber Dusk (2007) y otros libros. También es columnista sobre temas medioambientals, crítico literario y reseñador de libros. Su ficción combina una narrativa persuasiva con experimentos de género, estructura y forma al tiempo que aborda temas como el cambio climático, la biotecnología, el urbanismo, y la ingeniería genética. Su ficción ha aparecido en el videojuego sobre cambio climático Survive the Century.

 

jueves, 23 de abril de 2026

LOS PERROS LADRAN Y LA LLUVIA ARRECIA

Karim Abid

 

Desde hace tres días no deja de llover intensamente. No escampa el aguacero y parece que hasta los jardines se hunden; los perros que se refugiaron en la palmera tiritan de frío, ladran y se sacuden la pelliza a cada rato.

La mujer tenía el alma apagada cuando miró a los ojos nublados de su marido. Hamdán Alili fumaba y tosía, abandonado y sin saber qué hacer. Le hizo un gesto y ambos salieron envueltos en sus mantos de lana. Cuando entraron en la otra cabaña, les afectó la escena del ataúd, como si les hubiera sorprendido, como si lo vieran por primera vez. El silencio del féretro y el olor de la muerte los invadió. Los invadió el insólito silencio durante largos instantes en los que no escucharon nada, ni siquiera la lluvia recia. Ladraron los perros y sus ladridos se elevaron como si anunciaran la lluvia y el sudario tembló dentro del féretro. La mujer cayó al suelo, pegada a las rodillas de su esposo y el hombre se hizo un ovillo a su lado. Permanecieron sentados sin escuchar nada más que su propio mutismo. El ladrido de los perros los despertó de nuevo. La cabaña rezumaba agua y la lluvia era cada vez más intensa.

El hombre ya no pudo soportar más el silencio y la derrota. Se sentía vencido de una forma extraña porque ¡no sabía qué debía hacer! Salió de la cabaña, y el cielo crujió y se rajaron las raíces de la palmera. El hombre se asombró al ver a unos niños que brotaban con sus dishdashas blancas desde las grietas de la palma para deslizarse sobre el agua que había anegado la vegetación. Algunos resbalaban danzando veloces hacia el río, se sumergían un poco y luego emergían orgullosos, casi volando de la alegría, con lunas y estrellas entre sus manos que se caían regresando al agua. Cuando Hamdán Alili se volvió hacia el jardín, vio a los niños allí reunidos, riéndose como si alguno de ellos hubiera contado un chiste. Se reían mientras anudaban las hojas de dos palmeras contiguas, fabricando un columpio en el que se subió uno de ellos para balancearse. Luego, se montaron los demás. Se columpiaban y se reían, y sus carcajadas crecían con los pajaritos que saltaban sobre sus hombros, sacudiéndose las alas mojadas encima de sus caras.

El asombro lo atrapó aún más cuando escuchó las risas de su hijo Husein, quien jugaba con ellos contento. Su alma huyó detrás de su hijo pequeño. A punto estuvo de volar hacia él, pero no pudo. Lo llamó con una voz ronca, rota, pero todos desparecieron de repente. Desaparecieron, pero sus voces y sus risas se quedaron rodeándolo por todas partes.

 

Ayer, cuando de repente se detuvo el Zil militar cerca de nuestra casa, se percataron del ruido, extrañados. Les asaltaron sentimientos confusos, pero ambos presagiaron enseguida el motivo. El hombre le hizo un gesto a su esposa y salieron de la cabaña contentos, creyendo que su hijo, el soldado Husein, regresaba a casa de permiso. Salieron ilusionados, alegres, aunque llovía a mares y el agua inundaba las ramas de la palmera. Cuando la mujer cayó en la cuenta de que había salido sin la abaya puesta, los perros ya estaban ladrando y los soldados bajaban en ese momento un ataúd del vehículo, buscando el lugar adecuado donde dejarlo. El pie del hombre resbaló y a punto estuvo de caerse en medio del barrizal, pero se apoyó a tiempo en el árbol cercano. Uno de los militares se acercó a él y le preguntó desconcertado:

—¿Es usted el padre de Husein Hamdán Alili?

El hombre no respondió. No podía hablar. Se quedó en silencio, ausente. La mujer se había dado cuenta y suspiró profundamente levantando las manos a Dios, y no pudo bajarlas. Quiso decir algo. No pudo. Su corazón palideció y se le durmieron las rodillas. Se cayó a todo lo largo en medio de la tierra embarrada.

Nadie fue capaz de decir nada. El tenebroso silencio se instaló dominando la escena. El soldado les hizo una señal a sus compañeros y cargaron el ataúd hacia la cabaña. Luego se acercó al hombre ausente y le dio unos papeles. Se trataba de la documentación que acreditaba la muerte como mártir de Husein en la provincia de Basora. El hombre quiso tomar las hojas. No pudo. Se le cayeron y quedaron esparcidas en el barrizal.

Dentro de la cabaña, la mujer descubrió el ataúd y escuchó los latidos de su hijo muerto golpeando en el fondo de su corazón, latiendo dentro de la caja…

Latiendo.

Latiendo.

Latiendo dentro de la lluviosa noche azabache…

Las manchas frescas de sangre sobre el sudario y los trozos de algodón de las esquinas del féretro, empapados por el agua de la lluvia, la turbaron. Tembló por el frío y se sintió vencida. Le asustó que su hijo muerto tomara frío. Quiso cerrar el ataúd, pero tras un sollozo, se desplomó en al suelo.

Cuando entró el hombre a la cabaña, roto y tropezando con el barro, los perros ladraban y el vehículo militar giraba, siguiendo el camino bajo la intensa lluvia.

Karim Abid nació en la ciudad de Diwaniya, Irak, en 1952. Abandonó su país en 1979 y residió en varios lugares, entre ellos Londres y Siria, antes de establecerse definitivamente en la capital británica en 1995. Escribe poesía y relato. Sus obras han sido vertidas a diferentes lenguas como el inglés y el español.  De sus trabajos en el género del relato breve, recordamos los siguientes títulos: El aire va cambiando hacia tristeza (1988), Tocar laúd bagdadí (1993), Un abalorio azul (1997), y Los ojos negros (2016).

 

NUNCA MÁS

Carlos Eduardo Sánchez


 

“En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho”

El cuervo - Edgar Allan Poe

 

Almorzar solo un domingo es algo que pone mal a cualquiera. No quiero justificarme, pero sucede que ese día estaba especialmente sensible. Para colmo hacía rato que las musas me habían abandonado y, en este oficio, no hay peor cosa.

La comida parecía que no quería llegarme al estómago; antes y después de cada bocado debía lubricar mi esófago con un trago del tinto áspero que un primo me había traído de los valles. Fue así como la tarde de ese silencioso domingo me encontró sentado ante una segunda botella de vino que, por supuesto, a esa altura ya no me parecía tan áspero. Trataba de descifrar el mensaje oculto que había en la figura que formaban las miguitas de pan esparcidas sobre el mantel, cuando levanté la vista y lo vi. La tristeza de su pardo plumaje contrastaba con las brillantes perlas negras que eran sus ojos. Un pájaro enorme (como un águila pero con el cuello y el pico un poco más largos) estaba posado en la cabecera opuesta de la mesa, mirándome. Cada tanto torcía el cuello haciendo girar la cabeza para alternar el ojo con el que me observaba, como si hiciera un esfuerzo para ver algo en mi cara.  En ese momento supuse que había entrado volando por la ventana abierta que daba al jardín sin que yo lo notara. De pronto abrió el pico y emitió un graznido que retumbó en la habitación vacía.

Bueno, me dije, mientras me servía otra copa de vino, aunque sea por un rato no estaré solo. Tomé unas miguitas, se las arrojé cerca de las patas, levanté la copa y sonriendo le hablé:

 —Salud, amigo, sea bienvenido a esta humilde morada.

A manera de respuesta, emitió un nuevo chillido. Al oírlo me atraganté con la bebida y tosí. Instintivamente olfateé la copa y la alejé espantado; no podía creer lo que me parecía haber escuchado.

—¿Qué dijiste? —le pregunté, a la vez que deducía que debía estar borracho: ¡Le estaba haciendo una pregunta a un animal!

El pájaro chilló y oí borrosamente pero sin dudas:

—¡Nevermore!

Miré a mi alrededor, supuse que algún escritor amigo estaba haciéndome una broma. Pero no, no había alguien más, sólo el pájaro y yo. Llegué a la conclusión de que quizás estaba soñando o, peor, delirando por la bebida de mala calidad que había consumido. Mi cabeza daba vueltas.

Como si el bicho quisiera persuadirme del todo repitió:

—¡Nevermore!

Decidí dejarme llevar; traté de convencerme de que si era un sueño o un delirio igual me serviría para luego escribir algún relato.

Asaltado por un inesperado entusiasmo, tratando de parafrasear a don Edgar, y para cumplir con mi papel, le recité:

—“¡Profeta!, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror!” —Continué excitado—: “Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en esta vida? ¡Dime, dime, te imploro!”

Y el cuervo se despachó con un espeluznante:

—¡Nevermore!

No puedo negar que eso que creí que era un sueño juguetón me asustó un poco; pero como por lo general en contextos oníricos soy muy valiente; al borde del masoquismo le dije:

—Dime profeta del demonio, ¿este sueño extravagante me permitirá, por lo menos, volver a escribir después de tanto tiempo?

Y la bestia monotemática:

—¡Nevermore!

A punto de estallar, redoblé la apuesta:

—Decime, pajarraco de mal agüero, ¿cuándo te mandarás a mudar de aquí para que pueda continuar en paz mi íntima sobremesa?

—¡Nevermore!

—¡Ah! ¡¿Así que nunca más?!

Indignado busqué algo con que espantar al charlatán alado. No tuve mejor idea que arrojarle con el regalo de mi primo, con tanta mala suerte para el ave que en su perezoso intento de levantar vuelo recibió el botellazo en la testa emplumada. Oí primero el estridente ruido de la botella estampándose en la pared y luego el apagado golpe de su cuerpo cayendo cerca de la ventana. Me paré y me acerqué a él. El corazón me latía descontrolado. El animal yacía, junto a unas pocas plumitas que se le habían desprendido, con el pico abierto como si hubiese querido exclamar un postrero: ¡Nevermore!

En ese momento no tuve conciencia cabal de lo que había hecho. Hoy sé, como siempre lo había sospechado, que la literatura universal me tenía reservado un lugar de privilegio: en mi jardín, no en otro, enterrado a pocos centímetros de la superficie, descansa para la eternidad uno de sus iconos más preciados.  

 

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”. Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

LA CINTA DEL TIEMPO

George Lazar

 

El Aspirante trepaba lentamente, midiendo con cuidado cada movimiento que hacía con manos y pies sobre la piedra caliza rojiza que formaba la pared casi vertical del acantilado. Aunque era joven, una barba larga y espesa le cubría las mejillas hundidas por el ayuno y las privaciones, pero no ocultaba el destello de fe en sus ojos. Ya había alcanzado unos cincuenta metros de altura cuando se detuvo un momento para recuperar el aliento. Observó con desprecio las filas compactas de espectadores que lo seguían desde abajo, al pie de la montaña, y luego admiró desde arriba –por primera vez en su vida–, los edificios del monasterio y la larga fila, en varias hileras, que se perdía en el horizonte, de quienes esperaban para entrar y someterse a las pruebas que podían otorgarles la tan deseada túnica de monje del tiempo y, con ella, la inmortalidad. Sin embargo, la mayoría no superaba ni siquiera las primeras pruebas y salía por las puertas laterales, con la cabeza gacha; durante un tiempo se unían a los espectadores, sintiéndose así quizá un poco más cerca de la inmortalidad que no habían logrado alcanzar.

El hombre en la roca sonrió soñador, recordando cómo él también había esperado, junto a innumerables otros, durante semanas. Bebió un sorbo de agua de la cantimplora de cuero curtido que llevaba colgada del cordel que le servía de cinturón, que por lo demás era todo su equipaje. Continuó ascendiendo lentamente, pasando junto a las grutas excavadas en la roca, ocupadas por otros Aspirantes en la prueba final. Algunas tenían puertas de madera y ventanas de vidrio polvoriento, colocadas allí no se sabe cómo, en tiempos antiguos, cuando ni siquiera los antepasados del que ahora trepaba habían nacido. Ninguno de los ocupantes de aquellas grutas salió a animarlo. Tampoco lo esperaba; los Aspirantes –si aún vivían– tenían otras cosas que hacer, y su vínculo con los hombres había cesado en el momento en que fueron aceptados por el monasterio.

Había superado la marca de los cien metros de ascenso transitado por innumerables Aspirantes, un recorrido que podía y de hecho había sido estudiado en detalle con instrumentos ópticos, tanto por los escaladores como por los espectadores. Seguía una pequeña meseta que bloqueaba la vista hacia la roca, que se volvía aún más abrupta. Con un suspiro de alivio, el monje puso el pie en la meseta, pero resbaló y cayó. La multitud de abajo lanzó una enorme exclamación colectiva, de asombro, de preocupación, pero también de alivio, porque he aquí que otro aspirante a la inmortalidad encontraba su fin, lo que los hacía a ellos, los de abajo, igualmente iguales, aunque el monasterio los hubiera rechazado. Sin embargo, en el último instante, el monje se aferró con la mano derecha a una saliente afilada y, aunque se cortó gravemente, logró detener la caída. Los espectadores suspiraron aliviados y, al mismo tiempo, decepcionados, estirando aún más el cuello para ver cómo el monje se sujetaba también con la otra mano y, sin prestar atención al dolor ni a la sangre que le corría abundantemente de la palma desgarrada, se impulsaba como un atleta y volvía a dejarse caer sobre la meseta.

Con la espalda pegada a la roca, en un ángulo que no permitía que lo vieran desde abajo, el Aspirante se lavó la mano con el resto del agua de la cantimplora, luego la envolvió en un trozo de tela que rasgó con facilidad del borde deshilachado de la túnica descolorida que llevaba puesta. Se puso de pie con cuidado y miró hacia abajo. La altura era vertiginosa. Pocos llegaban tan alto. La multitud reunida al pie de la roca había crecido como una mancha de tinta derramada sobre una hoja blanca. Probablemente lo veían como una mosca pegada a una pared. Pero como un Aspirante –él– había alcanzado tal altura, la gente seguía llegando, porque, como se sabía, cuanto más alto llegaba un candidato, más santo era, y la bendición también alcanzaba a quienes tenían el privilegio de verlo.

Indiferente a todo eso, el Aspirante buscó una grieta donde introducir la palma y otra para la otra mano –la herida–, luego tanteó huecos para los pies y retomó su camino hacia las alturas.

Cuando llegó a la gruta más alta, a más de mil metros del suelo, el sol estaba a punto de ponerse. Dejó que la luz cada vez más pálida del astro lo envolviera y lo calentara, consciente de que era la última vez que lo veía como un disco amable de luz. A la mañana siguiente, al amanecer, lo vería de otro modo o no lo vería en absoluto. Estaba tan exhausto que no logró levantar los brazos. Aun así, sonrió satisfecho al abismo que lo separaba del pequeño mundo de los hombres y de las cosas hechas por ellos, para sus diminutas necesidades, sus insignificantes alegrías y sus triviales desgracias. Había llegado por encima de todo y, si superaba la última prueba, alcanzaría la altura absoluta, allí donde se encontraban los propios dioses del tiempo.

El ruido de la multitud al pie de la montaña le llegaba llevado por el viento, vago, como un murmullo. Sin que él lo supiera –y aunque lo hubiera sabido, no le habría importado–, muchos de los de abajo ya lo observaban con potentes instrumentos ópticos, comentando ampliamente con los demás sobre las posibilidades del temerario Aspirante. Se habían hecho apuestas, y algunos incluso se habían peleado defendiendo sus convicciones. Él no dignó ni siquiera una mirada a esas personas de abajo, codiciosas como hienas, deseosas de obtener cualquier beneficio de su prueba final. Entró en la gruta fresca que, poco a poco, a medida que el sol se ponía, se volvió francamente fría. La túnica gastada y sudada se le pegó a la espalda como un escalofrío helado. La mano desgarrada latía de dolor. Se sentó sobre la roca fría, atormentado por el hambre y, sobre todo, por la sed. Pasó una hora y luego otra. La noche exterior hizo aún más profunda la oscuridad de la gruta.

Aunque estaba acostumbrado a las privaciones, la lengua y los labios se le habían hinchado por la falta de agua y ya no pensaba con claridad. Tal vez por eso dudó un instante, y su fe –hasta entonces inquebrantable– vaciló apenas, hasta que la duda atravesó la ola de dolor y sufrimiento y llegó hasta la razón. Allí rebotó, se quebró en fragmentos y se desmenuzó hasta convertirse en hilos invisibles, como de arena, que se dispersaron en la respiración cada vez más débil del Aspirante.

En ese momento único, desde detrás de la pared helada en el fondo de la gruta, llegó una luz suave, dorada, acogedora. El Aspirante alzó las cejas, sorprendido. El hambre, la sed y el dolor desaparecieron como si nunca hubieran existido.

Más allá del muro de hielo se veía majestuosa la cinta del tiempo, desplegándose y moviéndose de derecha a izquierda, del amanecer hacia el ocaso. Se acercó arrastrándose hasta la pared transparente y contempló, asombrado y extasiado por tanta belleza y grandeza. La cinta del tiempo casi tocaba el cielo, y su extremo occidental no se veía. El hielo se había formado de manera desigual, creando aquí y allá verdaderas lentes que ampliaban o reducían la perspectiva. A través de una de ellas, lejos hacia el este, distinguió a los monjes del tiempo, que colocaban sobre la cinta blanca y lisa tablillas de arcilla cocida en las que estaban impresos, como dibujos hechos solo de líneas rectas y curvas, todos los momentos importantes de la vida de los hombres: nacimientos, muertes, desgracias, felicidad, enfermedades, guerras, arte, humanidad, fe, Dios, sin importar cómo se lo nombrara. Observó fascinado cómo los monjes, que parecían pequeños como juguetes animados, dibujaban destinos en las tablillas crudas, luego cocían la arcilla en hornos, las tomaban con delicadeza y las colocaban con rapidez sobre la inmensa cinta que se movía suavemente, del este al oeste, del pasado al futuro, sellando con innumerables marcas el curso de la historia. Habría podido contemplar para siempre el trabajo de aquellas criaturas, que una vez habían sido hombres como él, o más bien como los de abajo, al pie de la montaña, y que, por sus propios medios, se habían elevado por encima de la humanidad que los había engendrado, llegando a entrelazar los innumerables hilos de los destinos, a repartir el bien y el mal, lo bello y lo feo, la vida y la muerte.

Por segunda vez, en el alma del Aspirante brotó la duda. Esta vez dudó de que fuera capaz de elevarse a la altura cósmica de la tarea de trabajar con la cinta del tiempo. Lágrimas calientes brotaron de las comisuras de sus ojos y se deslizaron por sus mejillas hundidas y sucias, cubiertas por la barba enmarañada. En ese momento, sin embargo, mediante un fenómeno óptico milagroso, las imágenes vistas a través de la lente de hielo y de sus lágrimas se agrandaron aún más, y el Aspirante se vio a sí mismo, dibujado en una de las tablillas colocadas sobre la cinta del tiempo.

Sonrió, y luego rio abiertamente, como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo, cuando vio, o quizá solo sintió, el destino que los monjes habían preparado para él, aquellos que habían hecho que el tiempo dejara de fluir para su persona. Así, lo sorprendió el resplandor del amanecer, que golpeó la gruta con cálidos rayos de luz, dispersando la oscuridad y volviendo opaco el muro de hielo.

Pero el Aspirante ya sabía lo que tenía que hacer. Salió a la boca de la gruta y aspiró con ansia el aire frío de la mañana, levantó los brazos como un ave alza sus alas y se dejó caer al abismo.

Despojado de su cuerpo de carne, convertido en algo inútil, el Aspirante se transformó en un Monje del tiempo y partió con alegría a unirse a los suyos, que lo recibieron ofreciéndole su primera tablilla de arcilla. La tomó y dibujó con firmeza cómo su cuerpo, convertido en un recipiente vacío y destrozado tras caer en el vacío y golpear las rocas, era despedazado por la multitud furiosa de hombres que se abalanzaban, deseosos de apoderarse de un trozo de hueso o de carne, para adorarlo y rezarle por la satisfacción de las insignificancias que componían sus vidas.

Porque la mayoría de los de abajo no sabía o no quería saber que, en realidad, alguien que ya no podía oírlos dibujaba en la Cinta del tiempo cada momento importante de sus vidas.


George Lazăr nació el 3 de febrero de 1963 en Vatra-Dornei, condado de Suceava, Rumania. Se graduó en la Facultad de Ingeniería Eléctrica, Automatización y Computación del Instituto Politécnico "Gheorghe Asachi" de Iași en 1987. Es director del diario Monitorul de Botoșani desde 1995. Debutó en la antología Cosmos XXI. Un univers al păcii (1987). Cuando era estudiante, publicó historias de ciencia ficción en Argonaut, Opinia Sutențească, Cronica, Magazin, Sci-Fi Magazin y Argonaut, suplemento literario de la revista Convorbiri Literare. Entre 2007 y 2008, editó Sci-Fi Magazin, una revista mensual de ciencia ficción, y en 2009, Sci-Fi Magazin Almanac. Sus relatos han participado en las antologías Quasar 001 (2001), Alte Țărmuri (2007), Pangaia (2010), Steampunk. A doua revoluție (2011), Venus (2011), Dincolo de noapte - 12 Fețe ale goticului (2012). Y sus novelas publicadas son America One (2007), Îngerul păzitor (2009), Guardian Angel (2010), Panglica Timpului (2018) y Vindecătorul Universal (2021).

LAS OMAJE DE LA MONTAÑA