Carlos Eduardo Sánchez
“En
esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho”
El cuervo - Edgar Allan Poe
Almorzar
solo un domingo es algo que pone mal a cualquiera. No quiero justificarme, pero
sucede que ese día estaba especialmente sensible. Para colmo hacía rato que las
musas me habían abandonado y, en este oficio, no hay peor cosa.
La comida parecía que no quería llegarme al
estómago; antes y después de cada bocado debía lubricar mi esófago con un trago
del tinto áspero que un primo me había traído de los valles. Fue así como la
tarde de ese silencioso domingo me encontró sentado ante una segunda botella de
vino que, por supuesto, a esa altura ya no me parecía tan áspero. Trataba de
descifrar el mensaje oculto que había en la figura que formaban las miguitas de
pan esparcidas sobre el mantel, cuando levanté la vista y lo vi. La tristeza de
su pardo plumaje contrastaba con las brillantes perlas negras que eran sus
ojos. Un pájaro enorme (como un águila pero con el cuello y el pico un poco más
largos) estaba posado en la cabecera opuesta de la mesa, mirándome. Cada tanto torcía
el cuello haciendo girar la cabeza para alternar el ojo con el que me observaba,
como si hiciera un esfuerzo para ver algo en mi cara. En ese momento supuse que había entrado
volando por la ventana abierta que daba al jardín sin que yo lo notara. De
pronto abrió el pico y emitió un graznido que retumbó en la habitación vacía.
Bueno, me dije, mientras me servía otra
copa de vino, aunque sea por un rato no estaré solo. Tomé unas miguitas, se las
arrojé cerca de las patas, levanté la copa y sonriendo le hablé:
—Salud,
amigo, sea bienvenido a esta humilde morada.
A manera de respuesta, emitió un nuevo
chillido. Al oírlo me atraganté con la bebida y tosí. Instintivamente olfateé
la copa y la alejé espantado; no podía creer lo que me parecía haber escuchado.
—¿Qué dijiste? —le pregunté, a la vez que deducía
que debía estar borracho: ¡Le estaba haciendo una pregunta a un animal!
El pájaro chilló y oí borrosamente pero
sin dudas:
—¡Nevermore!
Miré a mi alrededor, supuse que algún
escritor amigo estaba haciéndome una broma. Pero no, no había alguien más, sólo
el pájaro y yo. Llegué a la conclusión de que quizás estaba soñando o, peor,
delirando por la bebida de mala calidad que había consumido. Mi cabeza daba
vueltas.
Como si el bicho quisiera persuadirme del
todo repitió:
—¡Nevermore!
Decidí dejarme llevar; traté de convencerme
de que si era un sueño o un delirio igual me serviría para luego escribir algún
relato.
Asaltado por un inesperado entusiasmo, tratando
de parafrasear a don Edgar, y para cumplir con mi papel, le recité:
—“¡Profeta!, ¡cosa diabólica! ¡Profeta,
sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad
a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este
hogar hechizado por el horror!” —Continué excitado—: “Profeta, dime, en verdad
te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en esta vida? ¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo se despachó con un
espeluznante:
—¡Nevermore!
No puedo negar que eso que creí que era un
sueño juguetón me asustó un poco; pero como por lo general en contextos oníricos
soy muy valiente; al borde del masoquismo le dije:
—Dime profeta del demonio, ¿este sueño
extravagante me permitirá, por lo menos, volver a escribir después de tanto
tiempo?
Y la bestia monotemática:
—¡Nevermore!
A punto de estallar, redoblé la apuesta:
—Decime, pajarraco de mal agüero, ¿cuándo
te mandarás a mudar de aquí para que pueda continuar en paz mi íntima sobremesa?
—¡Nevermore!
—¡Ah! ¡¿Así que nunca más?!
Indignado busqué algo con que espantar al
charlatán alado. No tuve mejor idea que arrojarle con el regalo de mi primo,
con tanta mala suerte para el ave que en su perezoso intento de levantar vuelo
recibió el botellazo en la testa emplumada. Oí primero el estridente ruido de
la botella estampándose en la pared y luego el apagado golpe de su cuerpo cayendo
cerca de la ventana. Me paré y me acerqué a él. El corazón me latía
descontrolado. El animal yacía, junto a unas pocas plumitas que se le habían
desprendido, con el pico abierto como si hubiese querido exclamar un postrero: ¡Nevermore!
En ese momento no tuve conciencia cabal de lo que había hecho. Hoy sé, como siempre lo había sospechado, que la literatura universal me tenía reservado un lugar de privilegio: en mi jardín, no en otro, enterrado a pocos centímetros de la superficie, descansa para la eternidad uno de sus iconos más preciados.

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