jueves, 23 de abril de 2026

NUNCA MÁS

Carlos Eduardo Sánchez


 

“En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho”

El cuervo - Edgar Allan Poe

 

Almorzar solo un domingo es algo que pone mal a cualquiera. No quiero justificarme, pero sucede que ese día estaba especialmente sensible. Para colmo hacía rato que las musas me habían abandonado y, en este oficio, no hay peor cosa.

La comida parecía que no quería llegarme al estómago; antes y después de cada bocado debía lubricar mi esófago con un trago del tinto áspero que un primo me había traído de los valles. Fue así como la tarde de ese silencioso domingo me encontró sentado ante una segunda botella de vino que, por supuesto, a esa altura ya no me parecía tan áspero. Trataba de descifrar el mensaje oculto que había en la figura que formaban las miguitas de pan esparcidas sobre el mantel, cuando levanté la vista y lo vi. La tristeza de su pardo plumaje contrastaba con las brillantes perlas negras que eran sus ojos. Un pájaro enorme (como un águila pero con el cuello y el pico un poco más largos) estaba posado en la cabecera opuesta de la mesa, mirándome. Cada tanto torcía el cuello haciendo girar la cabeza para alternar el ojo con el que me observaba, como si hiciera un esfuerzo para ver algo en mi cara.  En ese momento supuse que había entrado volando por la ventana abierta que daba al jardín sin que yo lo notara. De pronto abrió el pico y emitió un graznido que retumbó en la habitación vacía.

Bueno, me dije, mientras me servía otra copa de vino, aunque sea por un rato no estaré solo. Tomé unas miguitas, se las arrojé cerca de las patas, levanté la copa y sonriendo le hablé:

 —Salud, amigo, sea bienvenido a esta humilde morada.

A manera de respuesta, emitió un nuevo chillido. Al oírlo me atraganté con la bebida y tosí. Instintivamente olfateé la copa y la alejé espantado; no podía creer lo que me parecía haber escuchado.

—¿Qué dijiste? —le pregunté, a la vez que deducía que debía estar borracho: ¡Le estaba haciendo una pregunta a un animal!

El pájaro chilló y oí borrosamente pero sin dudas:

—¡Nevermore!

Miré a mi alrededor, supuse que algún escritor amigo estaba haciéndome una broma. Pero no, no había alguien más, sólo el pájaro y yo. Llegué a la conclusión de que quizás estaba soñando o, peor, delirando por la bebida de mala calidad que había consumido. Mi cabeza daba vueltas.

Como si el bicho quisiera persuadirme del todo repitió:

—¡Nevermore!

Decidí dejarme llevar; traté de convencerme de que si era un sueño o un delirio igual me serviría para luego escribir algún relato.

Asaltado por un inesperado entusiasmo, tratando de parafrasear a don Edgar, y para cumplir con mi papel, le recité:

—“¡Profeta!, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a este hogar hechizado por el horror!” —Continué excitado—: “Profeta, dime, en verdad te lo imploro, ¿hay, dime, hay bálsamo en esta vida? ¡Dime, dime, te imploro!”

Y el cuervo se despachó con un espeluznante:

—¡Nevermore!

No puedo negar que eso que creí que era un sueño juguetón me asustó un poco; pero como por lo general en contextos oníricos soy muy valiente; al borde del masoquismo le dije:

—Dime profeta del demonio, ¿este sueño extravagante me permitirá, por lo menos, volver a escribir después de tanto tiempo?

Y la bestia monotemática:

—¡Nevermore!

A punto de estallar, redoblé la apuesta:

—Decime, pajarraco de mal agüero, ¿cuándo te mandarás a mudar de aquí para que pueda continuar en paz mi íntima sobremesa?

—¡Nevermore!

—¡Ah! ¡¿Así que nunca más?!

Indignado busqué algo con que espantar al charlatán alado. No tuve mejor idea que arrojarle con el regalo de mi primo, con tanta mala suerte para el ave que en su perezoso intento de levantar vuelo recibió el botellazo en la testa emplumada. Oí primero el estridente ruido de la botella estampándose en la pared y luego el apagado golpe de su cuerpo cayendo cerca de la ventana. Me paré y me acerqué a él. El corazón me latía descontrolado. El animal yacía, junto a unas pocas plumitas que se le habían desprendido, con el pico abierto como si hubiese querido exclamar un postrero: ¡Nevermore!

En ese momento no tuve conciencia cabal de lo que había hecho. Hoy sé, como siempre lo había sospechado, que la literatura universal me tenía reservado un lugar de privilegio: en mi jardín, no en otro, enterrado a pocos centímetros de la superficie, descansa para la eternidad uno de sus iconos más preciados.  

 

Carlos Eduardo Sánchez, nació en San Miguel de Tucumán, Argentina, el 01 de febrero 1960. En el 2008 obtiene, con el cuento “Robo en la clínica Niere”, el Primer Premio del “Certamen de Narrativa y poesía del IV Mayo de las Letras” organizado por el Ente Cultural de Tucumán, Argentina. En 2009 obtiene un premio con el cuento “Bernabé en París”, en el “Concurso cuentos del noroeste” organizado por la Universidad Nacional de Tucumán, Argentina. En 2023 fue ganador del “X Certamen de microrrelatos “Realidad Ilusoria” de Madrid, España con el microrrelato “Onerosos gustos oníricos”. Cofundador de la revista/libro “A turucuto”. Participó en antologías de cuentos y microficciones de Argentina, México y España. En el año 2022 publicó el libro de cuentos Robo en la clínica Niere y algunos otros engaños.

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