jueves, 30 de abril de 2026

COMBUSTIÓN EXTERNA

Jorge Claudio Morhain

 

La luz fulguró un instante, un largo instante, contra el cielo estrellado, oscuro, tenue, solitario.

La luz iluminó a Faby, que se volvió levantando la mano, como un reflejo condicionado.

La luz giró un momento sobre sí misma –o eso pareció–, y disminuyó de pronto de intensidad, bajando detrás de los cerros, vertiginosamente.

—Se cayó una estrella; pedí un deseo, Faby. Pedilo. “Que alguno me levante, la gran siete”. Los pensamientos de Fabiana eran así, concretos, lúcidos. No podía pedir oro ni moro, caminando entre las sierras de Córdoba, de noche y en verano. Lo más que podía pedir era que le reventara el motor al tropero que la había dejado a medio camino entre La Serranita y Los Molinos. Lo más que podía pedir era que alguien la levantara, que la llevase a una cama caliente, blanda. Y que tuviese plata para dejarle. Por, lo menos, plata para volver a una ruta decente, no a esta tan tortuosa que solamente recorrían los turistas y los proveedores de la zona Y esos, todos patos y casados, se sabe.

Ahora sí, el ruido notable y claro de un auto. Ahora sí.

“A ver si té portás, estrellita de mierda”.

Apoyó su cuerpo sobre la pierna derecha, se acomodó la cartera sobre la cadera izquierda, y alzó la grupa entera, jugando con la pierna, como vio hacerlo una vez a Marylin, la del cine. Y como hacia siempre Faby, para qué nos vamos a engañar. Mascó un chicle inexistente; se ajustó el pañuelito, apretó el puño derecho y sacó el dedo, el pulgar, doblado.

“Pará, dulzura”, dijo bajito. A veces resultaba. Era como que les llegaba el pedido, por las ondas del éter. Y este auto es lindo. Muy lindo.

Paró.

—¿La llevo a algún lado, señorita? —Una mujer. Perra suerte. ¿Qué hacés, Fabiana? ¿Subís? En una de esas tenés que caminar toda la noche. No, porque en el peor de los casos me meto a un hotel de las sierras y mañana me arreglo para no pagar. No, que se vaya. Todavía puede pasar un hombre, che.

—Perdón, disculpe. La confundí...

Recién se dio cuenta la mujer de qué se trataba. Sonrió mal. Bufó, y aceleró a fondo.

Ma sí, algún día me vas a pedir que te explique cómo se hace, boluda.

El auto siguiente era una cucaracha Volskwagen puro ruido, y la manejaba uno de anteojos que la miró como con miedo, y siguió de largo.

Lo peor era tener que subir las pendientes. A pie y con tacos duele mucho.

Pero ahora viene una moto. Sí, de allá, de donde cayó la estrella. Capaz que te lo manda la estrella, Faby. Capaz que es un muchacho lindo, capaz que…

La luz de la moto la iluminó a pleno, al tomar la cuesta.

Fabiana se paró casi sobre la ruta, apoyada sobre la pierna derecha, haciendo oscilar la izquierda y proyectado la cadera hacia afuera. Se apartó un mechón imaginario y largó una bocanada de imaginario humo. Alzó el dedo e hizo seña.

La moto patino un poco, cuando el muchachote clavó los frenos.

Demasiado. Un hombre joven, muy pintón, sí. Muy fuerte. Sonriente. Un lugar atrás, en la moto.

—¿Me llevás? —Él cabeceó hacia el asiento trasero, y ella sintió el cuero entre sus piernas, y se aferró al cuero de su campera, y se fueron—. ¡No sabés lo que es encontrar a alguien que te levante en este camino! Venía en un camión, pero tuvo un desperfecto. ¿Vas lejos?

—No.

—¿Por qué no paramos en algún lado? Por acá hay unos hotelitos muy lindos. Hay moteles, también. Yo... puedo ayudarte a pasar la noche. Si no te enojás. —Faby tenía que gritar, por el viento. El muchacho manejaba rápido, con pocos movimientos.

—No. —Que no se enojaba, parece que dijo.

Faby dejó pasar dos hotelitos coquetos aunque acaso muy familiares, y cuando vio venir el motel del que conocía el olor de las sábanas, apretó el brazo del muchacho. ¡Qué brazo duro! ¡Todo músculos! ¿Sería todo así?

—Allá. Pasemos la noche en aquel motel.

—Sí.

El dueño sonrió, buscando charla. No la hubo, porque en esas circunstancias, Faby dejaba que su pareja tomara la iniciativa. Si él no quería charla, no la habría. Se fueron hacia la pieza.

—¿Sabés?, me gusta que lo tomés así. No te cobro nada. El viaje nomás. Así quedamos a mano. Y dormimos caliente.

—Sí.

—¿Sos de pocas palabras, eh? —intentó juguetear con un rulo del muchacho, pero parecía de goma. Mucho fijador, acaso. Cada cual con sus gustos—. Mejor meté la moto adentro. No es por nada, pero no va a ocupar lugar.

—Sí.

Faby dejó la bolsa sobre la silla, y buscó el baño, empezando a sacarse las hebillas. Él se quedó parado en el centro de la habitación.

—Me llamo Faby. ¿Y vos?

—Gidol. —En fin, sobre nombres no hay nada escrito, ¿verdad, Faby?

—Pero acostate. Enseguida estoy con vos. ¿Sos callado, eh? En vez, yo soy charlatana,

—Acostarme. Sí.

Por el espejito del botiquín lo vio acostarse vestido. Tipo raro, definitivamente. Lástima, tan pintón. Con tal de que no fuera uno de esos con gustos raros.

No tenía mucha ropa que sacarse. Pero sí se mojó un poco la cara. Tenía polvo y un poco de cansancio. Sería una linda noche para dormir caliente. Además, en la bolsa llevaba una botellita de whisky.

La sacó de paso. Gidol –nombrecito, ¿eh?– estaba allí, en la cama blanda, inmóvil, mirando el cielorraso.

También sacó los cigarrillos, y se puso uno en la boca. Chasqueó el encendedor.

Y el tal Gidol se despertó de su letargo.

—¡¡NO!! ¡¡APAGALO!! ¡¡NO!!

—Bueno... Bueno, está bien. No fumo si no te gusta. Pero no te pongás así... ¿Tenés miedo al fuego? Mirabas el encendedor como cordero degollado, Gidol...

—Es que...yo no soy de aquí. Soy de otro planeta.

“Sonamos. Un verso nuevo”, pensó Faby.

—Este planeta tiene demasiado oxígeno libre, Faby. Es muy propenso a las combustiones externas. Y nuestro cuerpo, mi cuerpo y el de Algoll, mi compañero, no resiste la combustión externa. No resiste... eso... “fuego”.

Faby se sentó junto al muchacho. Tan asustado que parecía, y ahora estaba impávido de nuevo. Apoyó una mano sobre el cuero de la campera, sobre su pecho.

Si él quería irla de extraterrestre, le seguiría la joda.

—¿Y cómo es que viniendo de otro planeta te parecés tanto a Robert Redford sobre una moto? ¿Eh?

—Sorprendimos a un par de nativos, en la montaña. Ellos quedaron allá, nosotros adoptamos su forma.

—Ah, sí. Contame, dale. Contame tu viaje por el espacio, mientras Faby es buenita, y...

No era nuevo, para Faby. Algunos decían ser príncipes rusos, otros actores de televisión, otros hijos del Papa. Por eso, mientras Gidol hablaba, comenzó a buscar el tirador del cierre de la campera. No, si ella sabía cómo tratarlos. Tiró.

No cedió. Es más, el tirador y la campera parecían ser la misma pieza. Es más, el tirador del cierre temblaba. Estaba cambiando de forma. Entonces, Faby oyó lo que Gidol estaba diciendo.

—Vendrán otros, y gobernaremos el planeta, para bien de todos ustedes, porque seremos considerados, Faby...

Ahora Faby tenía entre las manos una especie de miembro viril, pero puesto en mal lugar. Y pensaba: “no, Faby, esto no puede pasarte a vos, pero te pasa… y si estuvieras soñando, no importa, te pasa y no está más… y si te pasa y no está más, con probar no cuesta nada, total estás soñando, porque estas cosas...”

Encendió el encendedor, sin dejar de acariciar la cosa. Volcó el wishky.

Hubo una llamarada. Se derretía. Parecía un muñeco de grasa, que agitaba los brazos y los tentáculos y...

Faby vomitó. Alcanzó a tomar la bolsa, y sacó la moto afuera. Enseguida vendría el del motel, a ver el incendio, y preguntaría por el chabón, y Faby iría a la cárcel, por asesina. Así que pateó y la moto salió como un tiro rumbo a las sierras.

El aire que corría por su cara como una caricia la puso contenta.

“Parece mentira, Faby. Y nadie puede saberlo. Ninguna tele te haría un reportaje. Pero sos flor de patriota. Salvaste el mundo. Vos, Faby. Cosa de locos, ¿eh? Me pregunto dónde estará el otro bicho. Argolla, Algoll, algo así. Habría que quemarlo para que no...”

Recién entonces se dio cuenta de que la moto le estaba apretando la mano.

Bajó la cabeza. La moto estaba cambiando de forma.

Era una masa pulposa con tentáculos, y con una boca enorme.

Y la estaba tragando. 

Jorge Claudio Morhain Suárez nació en la ciudad de Buenos Aires el 9 de abril de 1942. Es escritor, dramaturgo, guionista, historietista, periodista, traductor, museólogo, divulgador científico y bibliotecólogo. Ha incursionado en los más diversos géneros literarios, y entre sus obras de ficción podemos mencionar la novela Samos contra los Uránidas (1989) y las colecciones de cuentos Amores con guardapolvos (1993) y Malos tiempos para Drácula (1996). Reside en la localidad bonaerense de Máximo Paz.

DEL DIARIO DEL ADMINISTRADOR

Dinko Osmančević

 

Su palacio está en una colina, rodeado de extensos y hermosos jardines. Alrededor del palacio y de los jardines hay bosques bien cuidados, en los que aquí y allá se ven restos de antiguos lanzadores taquiónicos mediante los cuales la humanidad, a lo largo de la historia, se aventuró en el espacio en varias oleadas.

Hoy, esos lugares son santuarios para numerosos peregrinos que creen –o desean creer– que aquellos instrumentos, antes de la Gran Oscuridad, elevaban a la humanidad más cerca de los dioses. Más allá de los bosques, a muchos kilómetros en todas direcciones, sobre un terreno igualmente ondulado, se extienden campos y huertos interminables donde prosperan diversas cosechas.

Los jardines del palacio del Administrador están separados del mundo exterior por un alto muro circular que los vuelve misteriosos e inaccesibles. En uno de los jardines, bajo la densa sombra de las vides, está sentado el administrador Bastro, absorto en numerosos documentos esparcidos sobre la mesa. Está trabajando; nadie debe molestarlo, nadie salvo el comandante de la guardia. Sobre todos los papeles yace abierto un diario. El Administrador intenta anotar con la mayor precisión posible las impresiones de su más reciente viaje a Vegápolis, de donde regresó ayer. En la página figura la fecha: un día de agosto del año catorce mil y algo, no desde el nacimiento de Cristo, sino desde el final de la Gran Oscuridad. El Administrador reflexiona largo rato y luego añade apenas una breve y precisa frase, revelando así su formación militar y su espíritu sistemático.

Deja de escribir y vuelve a sumirse en sus pensamientos. Hace siete días cabalgaban hacia Vegápolis. La caravana del Administrador avanzaba por una región semidesértica, al otro lado de la Montaña Rujna, unos cincuenta kilómetros al sur de aquí. Bajo un cielo despejado, el sol de la tarde los castigaba con toda su intensidad, mientras un viento cálido y desagradable les golpeaba el rostro, arrastrando arena fina y dificultando la marcha. Temiendo el ataque de alguna banda que fácilmente podía surgir entre las siempre rebeldes tribus de la región, Bastro apremiaba a la caravana. Maldijo a los jinetes más lentos, amenazó con castigos. Aunque él mismo sabía que su caballo era mucho mejor que los demás, su silla mucho más cómoda, y su ropa también considerablemente más confortable que la tosca indumentaria de sus sirvientes y soldados. Aun así, los reprendía. Hasta la puesta del sol, el camino se convirtió en una agonía que incluso los animales soportaban con dificultad, pero a lo lejos volvió a aparecer el verdor y, tras un tiempo, el cauce del hermoso río Vegrina. Cuando cayó la noche, ante ellos estaban las murallas de Vegápolis, iluminadas por antorchas de guardia en movimiento: la luz de la ciudad.

El administrador Bastro se sobresaltó y salió de sus pensamientos. Anotó en el diario la hora de llegada a la ciudad y la cantidad de mercancía que habían traído ese día. La agradable frescura del jardín y los aromas de las frutas lo llevaron a recordar la primera noche en Vegápolis. Bañado y relajado, mientras una joven esclava lo masajeaba, Bastro yacía entonces entre los cómodos cojines de un salón en su residencia de la ciudad, escuchando el informe del jefe administrativo, llamado Ganda. Este lo informaba sobre la situación en la administración de la ciudad, el comercio y otras novedades de Vegápolis. Lo que más llamó su atención fueron las palabras de Ganda acerca de un nuevo y enigmático predicador al que llamaban el Anciano, que se había instalado en una cercana aldea abandonada. Algunos días después, tras oír constantemente hablar de él, el Administrador decidió visitarlo antes de regresar de Vegápolis. Disfrazado, acompañado del jefe y de varios escoltas, Bastro abandonó la ciudad en secreto.

Mientras cabalgaba sobre una silla dura e incómoda, recordó cuántos problemas había causado a su séquito durante la llegada a Vegápolis. Por suerte, este viaje fue breve.

En el centro de la aldea abandonada, sobre la que se había abatido la noche, había una pequeña plaza. Allí ardía una hoguera. Junto a ella estaba sentado el Anciano, vestido con toscas vestimentas de campesino. El Administrador comprendió que ese nombre, Anciano, significaba literalmente “hombre viejo”. Bajo la larga cabellera canosa, iluminado por el fuego, resplandecía el rostro del enigmático personaje. A su alrededor se encontraban personas de distintas edades y con ropas diversas, acordes a sus respectivas condiciones. La llegada del Administrador desvió por un momento su atención. Rápidamente hicieron lugar a los recién llegados. Bastro se sentó adelante, y sus acompañantes detrás, desde donde tenían mejor vista.

—A usted, amigo, es la primera vez que lo veo en nuestro grupo —dijo el Anciano dirigiéndose a Bastro.

—No había venido antes, señor, pero he oído mucho sobre sus enseñanzas y deseaba escucharlo.

—Aquí la gente no viene solo a escuchar, sino a participar —dijo el Anciano—. Hablamos de todo. Nadie es tan sabio como para no tener que aprender de los demás. Justamente, antes de su llegada, hablábamos de un proverbio que dice: “Sé pobre y sabrás cómo son los demás; sé señor y te conocerás a ti mismo”.

—No sé por qué podría yo aportar algo a ese proverbio —dijo el Administrador, preguntándose si aquel hombre lo había reconocido.

—Tal vez porque, señor, su ropa es pobre, pero sus manos son suaves como las de una muchacha. —Bastro resistió el impulso de mirar sus manos. Tenía la impresión, completamente acertada, de que todos lo observaban a él y a su séquito, intentando descubrir quién era, y eso podía causar problemas. Pero el Anciano añadió con suavidad—. No importa cómo sean sus manos, señor, ni quién es usted ni de dónde viene. Todos los que llegan con el corazón abierto son bienvenidos aquí.

Las conversaciones alrededor del fuego continuaron hasta bien entrada la noche. Bastro recordó las palabras del Anciano: que la lucha contra el mal, dentro del hombre y a su alrededor, es el objetivo final, pero también eterno, uno que nunca puede alcanzarse por completo. Que esa lucha debe librarse, pero no debe convertirse en su contrario, y que el camino hacia su realización es un gran misterio.

El administrador Bastro se consideraba un hombre justo y amante de la justicia. Procuraba definir la justicia según la ley, sin cometer errores deliberados. Ahora se comparaba con ese viejo predicador y con aquellas personas reunidas en círculo alrededor del fuego, en una noche cada vez más fría y ventosa.

—Aquí estamos — dijo Bastro en un momento de silencio—, de algún modo, dando vueltas en círculo… y también sentados en círculo.

El Anciano lo miró y luego sonrió.

—Los círculos son un tema importante para reflexionar, señor. Hace mucho tiempo conocí a un hombre que afirmaba que todo en el mundo se repite y gira en círculos. Los días y las noches, de la mañana a la tarde y a una nueva mañana; los años, de la primavera al invierno y a una nueva primavera; la vida del hombre, del nacimiento a la muerte y a un nuevo nacimiento; y también la vida de las grandes civilizaciones, desde comienzos primitivos hasta su apogeo, su caída y nuevos comienzos. Ese hombre decía que todo tiene su inicio, su mañana o su primavera, pero también su fin, su noche o su invierno, y después de eso un nuevo amanecer o primavera. Solo quien descubra el secreto del universo podrá escapar de este hechizo del ciclo. Ha tocado usted un gran tema, señor.

—¿Eso… significa que después de esta vida volveremos a vivir? —preguntó Bastro con vacilación, temiendo parecer ridículo.

—Si ese hombre tenía razón, entonces sí, pero yo no lo sé —dijo el Anciano—. Somos solo hombres, amigo; algunos misterios siguen siendo inaccesibles para nosotros. Y cuando nuestras opiniones son distintas…

El administrador Bastro volvió a sobresaltarse, inclinado sobre el diario abierto, al salir de esos recuerdos. Por el jardín del palacio se acercaba el comandante de la guardia, llevando delante de sí, sujeto con una cadena, a un esclavo desnudo hasta la cintura, cuyo cuerpo delgado estaba curtido por el sol.

—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué me interrumpes? —dijo Bastro, no sin irritación.

El soldado se inclinó. Mientras tanto, el esclavo cayó de rodillas.

—¡Señor! —dijo el comandante de la guardia con voz llena de respeto—. Por culpa de este esclavo se volcó un gran cargamento de miel destinado al cuidado de la piel de la señora. Ese envío lo esperaba desde hacía meses.

—Lo seguirá esperando por algunos meses más —dijo el Administrador—. Cincuenta azotes para este. Y si sobrevive, aprenderá la lección; y servirá de advertencia para los demás.

—Entendido, Administrador —dijo el comandante de la guardia. Retrocedió unos pasos, tiró del esclavo, se volvió y se marchó empujándolo delante de sí.

El Administrador quedó solo, en silencio. Permaneció callado un tiempo, intentando calmarse y recuperar la concentración. Luego tomó la pluma y continuó escribiendo sus recuerdos de Vegápolis.

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

DJINN

Mihai Cacior

 

—Aun así, ¿qué clase de nombre es ese? —me preguntó de repente.

—No lo sé, tío. No debería habértelo dicho. Creo que mi madre estaba fumada cuando me hizo el certificado de nacimiento.

—¿Y cómo se llama ella?

—María.

Ilinca asintió como si eso lo explicara todo. Se armó un cigarrillo y se inclinó sobre el manual de psicología. Ya no era el de alemán. Había abandonado Viena después de cuatro intentos fallidos. Estudiaba para el ingreso a la Universidad de Bucarest.

Era una mañana oscura y fresca, bienvenida en un verano sofocante. La rotonda con la estatua de Mihail Kogălniceanu tenía no menos de cuatro cafeterías, y la suya era la más vacía. Por eso tomaba mi café allí. Por eso, pero también porque Ilinca siempre me esperaba con un cappuccino con irish cream.

Empezó a soplar el viento. Ilinca puso el paquete de filtros dentro del manual y lo cerró. Con el cigarrillo entre los labios, hurgó en el bolso hasta sacar una bandana naranja con motivos florales en franjas blancas. Se recogió el pelo alborotado con una mano y con la otra intentó colocarse la bandana. Lo logró al final, pero algunos mechones le colgaban sobre la frente, aunque no parecían molestarle. Justo después empezó a llover. Seguía lloviendo cuando llegamos a casa, al monoambiente con vistas a la Plaza Mihail Kogălniceanu, que no parecía necesariamente más pequeño desde que Ilinca se había mudado conmigo.

 

Cuanto más me negaba a decirle mi nombre de pila, más curiosa se volvía Ilinca. No importaban mis intentos de hablar de cualquier otra cosa.

—Estoy estudiando para el ingreso —me decía—. Quiero ir a psicología, a Viena. ¿Es un nombre húngaro? No es la primera vez que me presento. La tercera es la vencida, ¿no? Entonces es un nombre feo. ¿Boțogan? ¿Bâlbâiașu? ¿No empieza con “b”? Mirá que en una semana vas a tener que buscarte a otra que te haga el café, señor. Tengo el examen, luego auf wiedersehen, Rumanía. ¡No te voy a extrañar! Así que podés decirme el nombre. Tu secreto está a salvo conmigo. ¿Coțoian? No, ¡es Căcan! ¡Căcan Antonescu! Ah, es con “dr”, no con “t”. Bien, señor An-dro-nes-cu. Entonces, ¿ninguna relación con el difunto? Tampoco puedo decir que haya sido una decisión. Es como… quiero estudiar psicología prácticamente desde que nací. Siempre me interesó el campo, bueno, si se le puede llamar campo, pero desde chica me interesaba la gente. Por qué hacen lo que hacen. Por qué no pueden hacer lo que en realidad quieren hacer. Sé que me entiendes. No me veo en ninguna otra facultad. ¿No te llamas Adolf, por casualidad? ¿Dices que no tienes ningún abuelo con carrera militar? ¿O ningún padre? Es una broma, tío, no pongas esa cara. Sabes que a mí me gustan los tipos un poco mayores. O sea, me parece que me entiendo mejor con ellos. Porque con los chicos de mi edad no hay de qué hablar. ¿Es Dudu, no? No me digas que tampoco es con “d”. Dale, dame una pista.

Terminé mi café, le sonreí sin decir nada y tomé el penúltimo cigarrillo del paquete. Ilinca se sonrojó un poco, creo que por lo que había dicho sobre la diferencia de edad entre nosotros, pero siguió recorriendo el alfabeto. Iba por la “m” cuando entró en la cafetería la señora Jilea, la anciana que vivía en el departamento de arriba del mío y era la propietaria del monoambiente donde vivía Ilinca. Quería un espresso doble.

Mientras la atendía, me preguntaba cómo sabía mi apellido. No nos habían presentado, no le había dicho cómo me llamaba. Tal vez lo había averiguado por la señora Jilea, así como yo ya sabía su nombre, también gracias a ella. Yo había entrado en su cafetería una o dos horas antes porque era la más vacía. En realidad, no tenía ningún otro cliente. Había pedido un cappuccino con irish cream, y cuando me preguntó cómo me llamaba, para saber qué escribir en el vaso, le dije que me reconocería igual, y si no, era un riesgo que asumía.

Creo que estaba mirando al vacío con el ceño fruncido cuando volvió y se sentó otra vez a mi lado, porque me preguntó si no me había gustado el cappuccino. Me trajo otro sin que se lo pidiera. También vino con un libro grueso, impreso en fotocopias, cuya portada decía Einführung in die Grundlagen der Psychologie. Ya no me preguntó el nombre. Fumaba y leía. Yo miraba mi propio paquete, el último cigarrillo. No lo fumé. Me quedé con él hasta que tuve que irme a la oficina.

Una semana después, la cafetería estaba cerrada. Ilinca se había ido a Austria para el examen.

Un mes después, Ilinca abría la cafetería a las siete en punto y la cerraba a las cinco de la tarde. Ya no estudiaba. Ya no sonreía. Ya no decía nada. Creo que tampoco fumaba. Dos meses después, cuando volvimos a quedar solos en la cafetería, le dije mi nombre de pila. Sus ojos brillaron. Al día siguiente la vi otra vez fumando, inclinada sobre el manual, en una mesa frente a la cafetería.

Desde entonces pasó un año. Nos saludábamos en el pasillo, porque vivíamos en el mismo piso, pared con pared. Yo en el departamento 16, ella en el 17. A veces me quedaba por la mañana en la cafetería. Algunas veces incluso le cociné. Dentro de un mes, Ilinca iba a presentarse por cuarta vez al ingreso a la facultad de psicología de Viena. Cuanto más se acercaba el examen, más afectuosa se volvía Ilinca. O tal vez solo me lo parecía. No quería que se fuera.

El sol salía y anunciaba un día de calor sofocante. Debían de ser las siete. Me levanté de la cama y fui a la ventana. En la vereda de enfrente la veía a Ilinca, envuelta en una campera granate dos talles más grande, aunque era mayo. Llevaba el pelo recogido bajo una bandana naranja que combinaba con su color. Tenía una tote bag caída del hombro al brazo con el que sostenía el teléfono. Caminaba rápido hacia la cafetería, así que seguro ya eran las siete y algo.

Me dolía la cabeza y me sentía cansado, así que volví a acostarme. Cerré los ojos e intenté recordar el sueño del que me había despertado tan agitado. Soplaba un viento seco que hacía tambalear incluso a los autobuses, tan fuerte era. Nadie caminaba por la calle, por miedo a ser arrastrado. Y una sensación extraña, ¿engaño? ¿melancolía? Era dolorosa y dulce al mismo tiempo. Había perdido algo querido y me alegraba por eso. Luego escuché un golpe. Creo que Ilinca había cerrado de golpe la puerta cuando salió de su monoambiente, y eso me despertó. Ya no pude volver a dormirme.

Me cambié, tomé la mochila con la laptop del trabajo y bajé. Ilinca sacaba las sillas y mesas a la vereda, frente a su cafetería. La ayudé. Luego me senté en la más cercana a la entrada. Ella dejó su tote bag en una silla de la misma mesa. Saqué de su bolsa el paquete de tabaco y el de filtros, armé dos cigarrillos. Ilinca puso sobre la mesa un cappuccino con irish cream en el que había escrito con marcador “Djinn” y un americano. Fumábamos en silencio, solo nosotros dos. Ella sostenía el cigarrillo en la comisura de los labios. Con una mano bebía el americano y hojeaba el manual. Con las puntas de los dedos de la otra giraba el vaso del cappuccino. Yo quería beber mi café, pero no quería interrumpir su ritual.

Ya había fumado tres cigarrillos armados del paquete de Ilinca. Me quedaba solo un sorbo de café. Pronto tenía que irme a la oficina.

—Escucha, ¿alguna vez te dije cómo se llama mi madre? —le pregunté a Ilinca.

Estaba encorvada sobre el manual y jugaba con un mechón que se le escapaba de la bandana y le caía sobre la frente.

—No. ¿Por qué? ¡Espera! No me lo digas. Tengo acá un capítulo sobre Freud —me dijo con una sonrisa ladeada y empezó a buscar en el manual.

—No sé por qué pregunté. Olvídalo. —Se llamaba María. ¿Qué día se lo había dicho? Creo que justo antes de que empezara a llover. ¿O solo había soplado un viento fuerte y seco? Seguí—: Escucha, ¿te pasó alguna vez soñar algo banal, pero tan vívido que después no sabes si lo que recuerdas realmente ocurrió o fue solo un sueño?

Ilinca miró al vacío, frunciendo el ceño, por un momento. Ya no sonreía. Luego levantó un dedo, cerró el manual –estaba en el capítulo de Freud, supongo, no entiendo ni una palabra de alemán–, lo abrió desde el principio y empezó a hojearlo hasta casi el final. Seguía con el dedo levantado y leía.

No pude quedarme a escuchar a qué conclusión llegaría a partir de mi pregunta, aunque me hubiera gustado. Me gustaba oírla hablar. A veces nos quedábamos dos horas sin decir una palabra, y de pronto empezaba a explicarme algo. Siempre valía la pena la espera. Otras veces nos quedábamos tres horas en silencio, hasta que yo tenía que irme a la oficina. La saludaba, pero estaba tan absorta en la lectura que no me respondía. Igual valía la pena la espera.

Volví cansado de la oficina. Estaba cocinando un gulash al que le había puesto un ají demasiado picante cuando alguien llamó a la puerta. Abrí. Era Ilinca, la vecina. Tenía las manos detrás de la espalda. Llevaba el pelo recogido con una bandana y una camisa blanca. Rara vez la veía sin la bolsa con el manual de psicología en alemán. Sin él, parecía desnuda.

—Que sepas que el olor llega a toda la escalera. ¿Está bien eso? ¿Tentarnos a todos así?

Luego me mostró una botella de vino tinto con una etiqueta blanca en la que había escrito, con marcador, mi nombre de pila. Miré mejor la etiqueta.

—¿Viñedos Kogălniceanu?

—Me pareció apropiado. Prácticamente es vino casero, ¿no? —Ilinca rio.

—¿Y por qué escribiste mi nombre en ella?

—Por costumbre —dijo con una sonrisa pícara.

—Ni siquiera entiendo por qué lo escribes en el café, sinceramente. Soy tu único cliente.

Ilinca volvió a reír, entró, cerró la puerta detrás de ella y se descalzó.

Realmente había hecho el gulash demasiado picante. Le desabroché la camisa blanca sin apuro. No llevaba sostén. Ilinca me besó el cuello, luego a lo largo del pecho. Me tomó el pene en la boca. Ardía, pero no le dije que se detuviera. Jugó con él y cuando estaba a punto de acabar, se detuvo. Me besó en los labios, luego me susurró el nombre al oído:

—Djinn. Sabés qué es lo que más deseo.

No era una pregunta.

—Lo sé.

Ilinca volvió a rodear el pene con los labios y gimió. Tenía los ojos cerrados. Movió la lengua hasta que terminé. Solo entonces levantó la mirada y me miró a los ojos.

 

Acababa de comprar el monoambiente con vistas a la estatua de Mihail Kogălniceanu. Compartía una pared con la chica que trabajaba en una cafetería de la rotonda. Creo que ella también se había mudado recientemente. Había oído su voz antes de verla. Hablaba en alemán, acentuaba mucho las palabras. A menudo se detenía en medio de una frase y maldecía en rumano. Solo la oía por la noche, cuando yo ya estaba en la cama.

La había visto algunas veces en la escalera antes de ir por primera vez a la cafetería donde trabajaba. Me reconoció y me sonrió. Me tendió la mano:

—Ilinca.

—Andronescu.

Respondí bastante seco, no sé por qué.

—Ah, disculpe —me dijo sin rastro de ironía, y luego se enderezó—. Supongo que tampoco quiere que nos tuteemos.

—No me gusta mi nombre. No me preguntes por qué. Dame un cappuccino con irish cream, por favor.

—Bien, señor vecino, enseguida. ¿Qué le escribo en el vaso?

Le dejé diez lei de propina y me senté en una mesa de la vereda sin responderle. Saqué el paquete de Marlboro Blue; estaba arrugado después de dos semanas en el bolsillo del jean. Me había propuesto que ese fuera mi último paquete. Le quedaban dos cigarrillos. Lo dejé abierto sobre la mesa. No tomé ninguno. Esa mañana el sol quemaba. Soplaba un viento seco que no me refrescaba. No llegué a fumar mis dos últimos cigarrillos, porque el viento me arrebató el paquete. Bebí el café rápido y me fui. Ni siquiera llegué a hablar con la vecina. La cafetería donde trabajaba cerró pocos días después y no volvimos a cruzarnos en el pasillo. Un mes más tarde me encontré con la señora Jilea. Ella era la propietaria del monoambiente 17 con el que compartía pared. Me preguntó si no tenía algún amigo que buscara alquiler. Alguien más serio, me pidió, que no se fuera a los pocos meses.

Mihai Cacior (nacido en 1997 en Rumania) estudió informática y trabaja en ese campo. Ha publicado varias historias de ciencia ficción y ficción realista en diversas revistas rumanas.


 

miércoles, 29 de abril de 2026

EL AVATAR OLVIDADO


Georges Bormand

Declaración recibida por el inspector Pichard, el 15 de septiembre 2006.

 

Me llamo Jacques Beaupère, tengo 24 años… (Dirección y otros datos personales)…

No conozco a Anne Jeannot más que por mensajes en Internet; no me ha autorizado a ir a su casa a conocerla, aunque vivo a menos de un cuarto de hora de viaje en subte. La conocí por azar en un foro de discusión, hace unos dos años, sí, a fines de septiembre de 2004; simpatizamos, me dio su dirección electrónica, pero me avisó de inmediato que nunca querría encontrarme en otro modo que no fuera por correo electrónico o en discusiones en un foro, a través de avatares. Nos intercambiamos fotos, por lo que intenté rondar por donde ella vivía para encontrarla “por azar”, aprovechando que conozco su dirección, pero nunca la vi. Desde entonces hemos seguido manteniendo correspondencia ocasional por correo electrónico o en foros.

Pero desde hace tres meses ha empezado contarme que uno de sus compañeros de trabajo, un tal Alain P., había empezado a acosarla, quería obligarla a casarse con él, pretendía que le pertenecía, aún cuando ella no sentía nada por él, excepto cierta simpatía, por otra parte desvanecida a causa del fastidio que le producían sus exigencias amorosas. Resumiendo, este Alain la perseguía día y noche, en la calle, por teléfono, y por momentos hasta se tornaba amenazador. Yo le dije que tenía que hacer una denuncia policial, pero se rehusó, argumentó que no podía hacerlo, que ustedes no recibirían esa denuncia. Entonces, aún cuando este papel no me corresponde, tomé la iniciativa de venir aquí, y espero que ustedes intervengan y hagan lo necesario para que este individuo no la amenace más.

Firma, etc.

 

Cuando un joven presentó una denuncia en lugar de una amiga que no podía desplazarse, el policía de turno le dijo que eso no era posible; pero ante la insistencia, y cuando el joven dio el nombre de su pretendida amiga, el policía reaccionó.

—¿Te está burlando de mí?

—Por supuesto que no, nunca me atrevería, señor policía.

—Espera... voy preguntarle al inspector.

Y el policía vino a verme. Claro que no todos los días alguien viene a presentar una denuncia por amenazas a nombre de una chica muerta dos años antes. El agente recordaba tan bien como yo ese caso irresuelto: el de una chica que fue encontrada muerta en su estudio saqueado a principios de septiembre de 2004. Por curiosidad, para saber si el joven trataba de hacernos una broma pesada o si era víctima de una burla, lo recibí y oí su historia; me contó lo que ha quedado registrado en la minuta de denuncia.

Yo mismo había rastreado, encontrado e interrogado a los conocidos de la víctima; había, en efecto, un cierto Alain P. que, aparentemente, sólo había mantenido un contacto de trabajo con la muchacha, sin involucrarse en ninguna relación particular con ella. Habíamos concluido que se trataba de un crimen cometido por un merodeador que había violado una puerta al azar y se había ensañado con una víctima fortuita, la ocupante del estudio. No habíamos verificado con demasiado cuidado las llamadas telefónicas recibidas por la víctima, que no eran especialmente numerosas en los días anteriores al crimen. Tampoco habíamos encontrado nada particular en sus actividades en Internet, sus casillas de correo electrónico, los archivos de su computadora. Mi colega había remarcado que el avatar que la chica usaba para sus discusiones en foros era muy bonito, aunque eso no tenía por qué llamarnos la atención, ¿verdad? Pero que este mismo avatar, porque parecía ser el mismo, reapareciera dos años mas tarde, debería ser imposible. No obstante…

 

Para tranquilidad de mi conciencia tomé contacto con los administradores de los foros y casillas de correo electrónico de Anne Jeannot. Con una excepción, todas las casillas habían desaparecido, dadas de baja porque no habían sido usadas desde septiembre de 2004; sin embargo, una de ellas estaba siendo utilizada y enviaba y recibía mensajes, entre otras de la dirección de Jacques Beaupère, el denunciante. Del mismo modo, en algunos foros existían huellas de intervenciones recientes de Anne-Jeanne (su alias en dichos foros), y de discusiones con otros usuarios.

 

No fue difícil abrir de nuevo la investigación, ya que el juez de instrucción estaba tan intrigado como yo. Volví a llamar Alain P. para pedirle que aceptara una visita, me puse mi mejor impermeable “Columbo”, y fui a explicarle por qué reabríamos la investigación…

Por supuesto que no le mencioné la historia de los mensajes recibidos en Internet que lo acusaban; hubiera sido demasiado grosero. Me limité a decirle que existía una carta que contenía alusiones a su hostigamiento y que había sido escrita unos días antes del asesinato; como al pasar, advertí que Alain no tenía realmente el ancho de espaldas adecuado para forzar puertas, pues… Por lo tanto, si él tenía algo que ver seguramente no había actuado solo.

Claro que esta discusión no aportó nada nuevo; en todo caso, nada que yo notara y pudiera utilizar.

 

Habría sido diferente si hubiésemos podido identificar a la persona que había “recuperado” el avatar y la casilla de correo electrónico de la víctima; pero aquí nos encontrábamos con un misterio informático: no existía ningún modo de descubrir la dirección IP de las conexiones. No soy un ingeniero informático competente, pero creo que todas las direcciones de origen de los mensajes enviados están registradas. Sin embargo, los administradores de los foros donde aparecía el avatar, ni los de la casilla de mensajes que había correspondido, perdón, que aún correspondía, porque continuaba activa después de la visita a mi oficina del “informante”, podían darme la dirección IP de donde provenían esos mensajes.

 

Tomé al toro por las astas y, sin preocuparme por hacer el ridículo, creé un avatar en uno de los foros. Sin ninguna originalidad, usé el seudónimo “Columbo”. Y, desde una casilla creada especialmente para eso, le envié un mensaje a Anne-Jeanne para comentarle la visita de su amigo Jacques al cuartel de policía. Al día siguiente recibí un mensaje de agradecimiento, con las correspondientes disculpas porque no podía hacerme una visita, aunque sin dar razón alguna de tal imposibilidad, y le agradecía mucho a Jacques por su iniciativa, que él ya le había comentado, por lo que esperaba poder liberarse del acoso de Alain. A fin de cuentas mi misterioso corresponsal, ya que había decidido en mi fuero íntimo que se trataba de un hacker bromista y particularmente bien dotado, no me obsequiaba ninguna información novedosa; parecía conocer muy bien la vida de Anne Jeannot anterior a su muerte, nada de lo que mencionaba entraba en contradicción con las cosas que yo sabía, pero tampoco había nada nuevo o convincente; y no encontré ningún pretexto válido para ir a incordiar de nuevo al “sospechoso”, o a algún otro.

 

Se necesita insistir para obtener, y parece que no existe el crimen perfecto. El examen minucioso de todos los documentos del informe permitió, después de algunos días, encontrar indicios, pequeñas contradicciones entre el testimonio de Alain P. y otras declaraciones. Se pudo establecer que, aunque había afirmado lo contrario, conocía la dirección del piso y también la posición exacta del estudio de la víctima. También se determinó que, en efecto, durante las semanas que precedieron al crimen había acosado a la muchacha mucho más de lo que había declarado. En síntesis, me puse de nuevo el impermeable “Columbo” y volví a visitarlo, esta vez para “guisarlo con salsa policial”.

 

Y empezaron a acumularse nuevos pequeños problemas en las declaraciones de Alain P. en sucesivas visitas, exactamente como en un episodio de mi serie favorita. (¿Cómo, aún no entendieron eso? ¿No he dicho que tengo un Peugeot 403 beige, acaso?). Para resumir, en el quinto encuentro, al cual asistí acompañado por mi adjunto, el tipo se quebró, y relató como, disfrazando el crimen como la obra de un maníaco surgido al azar, había ejecutado sus amenazas de “no dejarla a otro”.

 

Después de que hubimos detenido por fin a nuestro acusado, creí útil dar una vuelta por el foro que frecuentaba “Anne-Jeanne”, más que nada para informarle que “su” asesino había sido arrestado y, de paso, tratar de obtener de mi hacker el porqué de su obsesión; estaba seguro de que sólo podía ser alguna clase de obsesión. Pero el mensaje que recibí en respuesta a mi relato tenía unas pocas palabras: “¿Entonces, estoy muerta? ¿Cómo es posible? ¿Dónde estoy?...” Y este mensaje, que acabó con puntos suspensivos, fue el último que envió el avatar Anne-Jeanne. Así acabó mi investigación.

Georges Bormand nació el 19 de agosto 1950 en París, Francia. Estudió matemáticas y se graduó en 1974. Ha enseñado matemáticas en escuelas secundarias desde entonces hasta su jubilación en 2015. Ha empezado a escribir cuando tenía tiempo libre porque su trabajo era corregir ejercicios de enseñanza a distancia en el CNED. Se casó en 1974 y se divorció en 2001, por lo que ahora permanece soltero. Ha empezado a participar en el fandom de ciencia ficción en 1998, concurriendo a convenciones y festivales desde 2001, y a escribir en el fanzine Présences d'esprits. Ahora también escribe en Phenix (webzine) y Galaxies (revista). Tradujo cuentos del inglés y del castellano e intenta mejorar su escritura en ambos idiomas para también poder traducir desde el francés y difundir las ficciones que producen los escritores franceses.

 

 

VICTORAS

Rodica Bretin

 

Vivíamos en el mejor de los mundos; la camarada Dafina lo decía una vez cada dos días, para que no se nos olvidara. Solo teníamos que portarnos bien y hacer la tarea. Así llegaríamos –y aquí se le humedecían los ojos– a ser personas de las que su maestra pudiera sentirse orgullosa.

Cuando se detenía para tomar aliento, sabíamos lo que venía: confidencias sobre sí misma. Habíamos oído tantas que podíamos recitar su biografía con los ojos cerrados. Primero, cómo se había ido de un pueblo de Oltenia, con apenas trece años, en busca de fortuna en una ciudad que resultó ser Brașov. Intentaba imaginar a una niñita descalza, sucia y harapienta, pero siempre veía a la camarada Dafina, con sus eternos trajes grises y zapatos negros, toscos, con el cabello entrecano tieso de tanto fijador… En la ciudad estudió mucho –de lo contrario no habría llegado a enseñar a otros–, luego se casó con un capataz de la fábrica Bandera Roja. ¡Un exitoso cuento de hadas de ayer mismo! Y su hija creció, tuvo su propia familia. Así, la maestra llegaba con su relato a Victoras.

El comienzo había sido dramático. Había nacido demasiado pronto, con apenas siete meses, y los médicos lo habían puesto en una incubadora para seres humanos en lugar de una incubadora para pollitos. Los doctores eran escépticos, pero su abuela no había dudado ni un instante: la historia de Victoras seguiría adelante, porque en el mejor de los mundos todo conduce a un final feliz.

¿De veras? Mis tíos y tías habían tenido más problemas de los que querían recordar; mamá y papá habían superado bastantes obstáculos antes de ver que se allanaba el camino. Cuando miraban atrás, ninguno veía un jardín de rosas, florecidas y sin espinas. Todos habían comprado boletos de la suerte en los que decía “no premiado” o “¡intente otra vez!”. La ciudad había extendido una alfombra roja a los pies de la camarada Dafina, exclusivamente para ella. Tenía una familia en casa, otra en la escuela, un partido al que agradecer. Los acontecimientos y las personas de su vida se habían acomodado como debían, eran como tenían que ser. Y el mayor logro de su vida sin tacha seguía siendo Victoras.

Yo había oído tanto sobre el nietecito legendario que me lo imaginaba a veces como un Einstein en pantalones cortos, a veces como un Robert Redford pequeño y rubio. Lo que entró por la puerta del aula cuando por fin nos lo trajo para que lo viéramos –un día en que sus padres estaban fuera, el jardín de infancia cerrado y no tenía con quién dejarlo– fue un chiquillo feúcho, rapado como si hubiera tenido piojos y con unos anteojos que le cubrían media cara, haciéndolo parecer un sapo. ¡Victoras en carne y hueso! Más hueso que carne, porque era delgado y pequeño; le habría dado tres años, no cuatro. No es un futuro príncipe azul, pensé, pero tal vez sea inteligente; esa es una cualidad que no se nota a primera vista.

Victoras era tranquilo, eso hay que reconocerlo. Se había subido a la silla que le habían traído de la sala de profesores y desde entonces permanecía inmóvil; ni siquiera balanceaba las piernas. Donde lo ponías, ahí se quedaba, como dice de un niño exageradamente quieto. O bien había hecho alguna travesura recientemente y estaba en libertad bajo fianza, o así era por naturaleza: la personificación de la docilidad. Pronto me olvidé de él, escuchando a la maestra que nos aconsejaba sobre esto y aquello.

—Queridos niños, ¡ni siquiera saben lo afortunados que son! —decía en ese momento, abriendo los brazos como para estrecharnos a todos contra su pecho encerrado en el habitual traje de chaqueta a cuadros. —Lo sabíamos, porque se encargaba de repetirlo una y otra vez para que se nos metiera bien en la cabeza. Nuestra generación no había conocido la guerra, ni el hambre, ni la explotación del hombre por el hombre. No teníamos más que hacer que crecer. Cuando decía eso, me venía a la mente la película Doña flor y sus dos maridos, a la que mamá había ido preparada con varios pañuelos. Así éramos nosotros, los escolares: flores en los invernaderos de la patria, regadas con regaderas de palabras, ora por los padres, ora por la escuela—. Van a vivir el tercer milenio, ¿se dan cuenta?

La canción Nosotros en el año 2000, cuando ya no seremos niños aún no se había compuesto, pero la maestra se entusiasmaba y nos pintaba el hermoso mundo nuevo en el que viviríamos todos; bastaba con escuchar a los maestros, y ante todo a ella. Nuestros padres están en el trabajo, no tienen suficiente tiempo para dedicarse a nosotros y, sobre todo, pueden equivocarse. Si teníamos dudas sobre algo, preguntas de cualquier tipo, debíamos correr con ellas a la escuela, para que nos liberaran de ese peso. El discurso de ese día era más animado que de costumbre, porque en el auditorio estaba también el nietecito, que la miraba con los ojos muy abiertos de admiración.

Después de volver a pintarnos, en un cuadro oscuro, lo mal que lo habían pasado nuestros abuelos, la camarada Dafina derivó, casi sin darse cuenta, hacia su tema favorito: la ciudad y sus beneficios.

—La primera vez que vi un bollo lo tomé por una piedra. ¿Les conté eso?

¡Solo diez veces! Pero mis compañeros negaron con la cabeza, y yo también. Estábamos en una obra de teatro en la que cada uno conocía su papel: la maestra, aburrirnos; nosotros, fingir que estábamos fascinados.

Victoras estaba cautivado de verdad. Permanecía sentado en su silla, con las manos en el regazo, y detrás de él la pizarra seguía cubierta con las mismas tres palabras, escritas de tantas maneras como alumnos habían pasado por allí en la hora anterior. Yo también había caligrafiado, con letras inclinadas hacia un lado, diferentes a las demás. “Somos el futuro del país”. La escritura era una de las cosas que nos diferenciaban a partir de entonces, nos había explicado la camarada Dafina. No entendía muy bien cómo funcionaba eso, pero me atraía la idea de ser yo misma en todo, incluso en la forma de las letras: un pequeño orgullo que decidí permitirme. Muchos de mis compañeros hacían florituras en las letras, señal de que no era la única narcisista de la clase. Lo que veía en la pizarra me distraía aún más de lo que oía… o quizá la culpa era de Marius, que no se había apresurado a borrarla, a pesar de que ese día estaba de servicio.

Giré hacia los últimos bancos y dio la casualidad de que lo miré a los ojos. Marius era de los que dan un portazo al salir; no habría tenido lugar para pasar si no me le adelantaba siempre. Igual que yo, estaba pensando en las vacaciones. Puede que no fuera el mejor alumno de la clase, pero con la telepatía se defendía bien. Había adivinado mi pensamiento, el de la pizarra, no los otros. Se puso de pie de un salto y luego recordó levantar la mano para pedir permiso.

—¿Puedo borrar la pizarra, camarada?

La maestra frunció el ceño, molesta por la interrupción, y luego hizo un gesto con los dedos que podía significar cualquier cosa: sí, no, déjalo para más tarde. Marius no quería quedarse ni un minuto más después de clase; eligió lo que le convenía y avanzó entre los pupitres con paso decidido. Rodeó al invitado de la clase, pasó detrás del escritorio y se puso a trabajar.

La camarada había pasado a otro de sus temas predilectos, las maravillas de la ciencia y la técnica; hablaba de los camiones que salían por las puertas de la fábrica Bandera Roja … cuando ocurrió… ¿cómo llamarlo? Catástrofe, desastre sería demasiado; incidente, demasiado poco.

Marius había borrado la pizarra y dio un paso atrás –¿para admirar su obra, para ver si no había dejado alguna marca blanca?–, pero en lugar de un paso dio dos, pisó el borde de la tarima y perdió el equilibrio, golpeándose contra el busto del líder del Partido. O Marius no conocía su propia fuerza, o el pedestal no estaba bien asentado en el suelo; se tambaleó y luego se desplomó como un árbol alcanzado por un rayo. ¡Y se hizo polvo, para horror de la maestra y asombro de todos! No era de bronce, como habíamos creído, sino de yeso.

En el instante siguiente miré a Victoras; ¿qué le pasaba?

Puede que la escultura no fuera de metal, pero tampoco era de goma. Había caído con un estruendo ensordecedor; todos nos habíamos asustado, algunos habían gritado. Y no era de extrañar. Antes de hacerse pedazos, había resonado tan fuerte que por la puerta irrumpieron maestros y alumnos de las clases vecinas, a ver qué había explotado. Todos reaccionaron, comentaron, cada uno a su manera.

En medio de la confusión, solo Victoras permanecía imperturbable. Ni siquiera se había sobresaltado, aunque, siendo el más cercano, el busto del camarada podía haberle caído en el pie o –¡Dios no quiso!– en la cabeza. En una película de guerra había visto cómo el héroe le daba la espalda a una explosión y se alejaba con calma mientras detrás de él se desataba el infierno. ¿Tenía Victoras tanta sangre fría?

Ni hablar. Cuando su abuela se abalanzó sobre él, arrancándolo de la silla, la miró, luego alrededor, con una expresión asustada, como si se hubiera despertado en la jaula de los leones sin tener idea de cómo había llegado allí ni cómo salir. Aquel día no estaba muy despierta, pero al final lo entendí. Victoras era sordo, así había nacido.

Y comprendí algo más, al mirar el rostro de la maestra: ya no estaba llena de satisfacción, sino que era una abuela infeliz que no podía cargar con la desgracia de su nieto. De la incubadora milagrosa había salido un niño al que le habían tocado malas cartas desde el nacimiento. Yo sabía lo que eso significaba; el hermano de mi madre había venido al mundo con una enfermedad entonces desconocida: el autismo. Gheorghe no era como debía ser. “La vida no es fácil –me decía a veces mi abuela–; si encima tienes una dolencia, necesitas dos ángeles de la guarda que te cuiden, en lugar de uno solo.” La abuela de Victoras también lo sabía, porque estaba negra de tristeza. No como las mujeres de África, es una manera de decirlo. La máscara de satisfacción se le había desprendido del rostro, dejando al descubierto una cara envejecida por las preocupaciones. Por fuera la cerca está pintada, y por dentro hay un leopardo: un dicho que encajaba con la vida de la camarada Dafina.

Se obligó a sonreír antes de que alguien notara el cambio. Con su voz de siempre envió a Marius a buscar una escoba y un recogedor, a otros dos chicos a traer el cubo de basura del patio de la escuela, y a nosotros, los demás, a nuestras casas, aunque la campana aún no había sonado.

Estaba empezando a guardar mis libros y cuadernos cuando de pronto supe lo que tenía que hacer. En lugar de la manzana de siempre, jonatán o reineta, mamá me había puesto una naranja, que había guardado para comerla de camino a casa. Cuando pasé junto a Victoras, se la dejé en las manos.

—Tienes una abuela estupenda —dije, procurando que viera el movimiento de mis labios.

No era verdad, pero lo dije con tanta convicción que, por un momento, hasta yo lo creí. De todos modos, el rostro de Victoras se iluminó como una bombilla de cien vatios. Era una mentira, ni la primera ni la última de mi vida –algunas inocentes, otras no–, porque por fuera hay que pintar la cerca, por muchos leopardos, leones o hienas que merodeen por dentro…

Rodica Bretin es narradora, miembro de la Unión de Escritores, P.E.N. Rumania y la Asociación de Creadores de Ficción. Ha escrito volúmenes de cuentos (el más reciente, Tigrii viséza ín culori, publicado en 2024) y novelas, abordando temas como la memoria, el realismo fantástico, la historia novelada y las fronteras del conocimiento. Ha publicado antologías y traducciones, y su obra figura en diccionarios y volúmenes colectivos. Publica narrativa, ensayos y artículos en las revistas literarias más importantes tanto de Rumania (România literară, Viaţa românească, Convorbiri literare, Luceafărul de dimineaţă, Familia, Vatra, Tribuna, Curtea de la Argeş, Matca literară, Ficțiunea, Leviathan, Astralis, Neuma, Libris, Ateneu, Timpul, Euphorion, Hyperion, Literadura) como de otros países. Ha recibido numerosas distinciones, entre ellos el "Premio COLIN", edición de 2017, el "Premio Daniel Drăgan" en 2022 y el de la Rama de Brașov de la Unión de Escritores, por la colección de cuentos Amurgul elkilor, el "Premio de Ficción", 2023, por el cuento "A opta moarte", y el "Premio de la Revista Literaria Libris a la Prosa", en 2024.

 

EL MENSAJE DE LOS DIOSES

Joan Antoni Fernández

 

El mundo no estaba preparado para lo que iba a suceder aquella soleada mañana de mayo. Se había rumoreado durante tanto tiempo, generando ingentes especulaciones al respecto, que de hecho ya nadie creía en ello.

El coronel Kovalsky, americano de origen judío, se encontrara en aquellos momentos oculto en las profundidades de una base militar secreta, en algún lugar de California, y aguardaba con su proverbial flema las órdenes del Pentágono. Por su parte, también el coronel Petronov, ruso de origen judío, esperaba instrucciones del Kremlin en otra base militar no menos secreta en algún lugar de los Urales.

Había sido a las 10,47 AM, hora americana, cuando se produjo la sorpresa. Desde algún lugar procedente del espacio exterior empezó a llegar a la Tierra una señal de alta frecuencia. Todos los radiotelescopios del planeta la captaron con claridad. Era intermitente, sonaba durante unos veinte segundos y luego enmudecía unos dos minutos, volviendo a sonar otra vez. Rápidamente se dio la señal de alarma; aquello resultaba alucinante. Alguien se estaba comunicando con la Tierra desde algún ignoto punto del Universo.

Las autoridades americanas y rusas olvidaron por ensalmo sus diferencias y convocaron con urgencia una reunión conjunta. En aquellos cruciales momentos tenían que estar unidos por el bien del planeta. Tal vez tuvieran que aunar esfuerzos si resultaba que aquel mensaje era una especie de declaración de guerra espacial. ¿Sería la Tierra invadida por seres de otra galaxia? El pánico cundió en las altas esferas y se dio la orden de que la noticia no trascendiera a la opinión pública.

Los expertos más afamados de todo el mundo comenzaron a estudiar la señal. Su origen se precisó, según cálculos aproximados, en la galaxia M51, demasiado lejana para despertar inquietud. ¿O no? El profesor Pelmann, alemán de origen judío, sostuvo la teoría de que el mensaje llegaba potenciado hasta nosotros a través de un repetidor que los extraterrestres debían de haber situado muy cerca, en el mismísimo sistema solar.

Pero, ¿qué era lo que decía aquel enigmático mensaje? Resultaba del todo incomprensible; parecía alguna especie de código y nadie era capaz de traducirlo. ¿Por qué los extraterrestres nos enviaban aquella señal? ¿Qué pretendían comunicarnos? Era un misterio sobrecogedor.

A las 14,23 PM el profesor Smithson, británico de origen judío, logró establecer la procedencia del mensaje. Para ser del todo precisos, halló la localización exacta del repetidor que aumentaba la señal hacia la Tierra. Dicho punto se encontraba en la cara oculta de la Luna. Este hecho asombró y preocupó al comité de seguimiento internacional surgido tras la crisis. ¿Por qué nos enviaban mensajes desde nuestro propio satélite? ¿Por qué no venían directamente a la Tierra? Tras un largo estudio de la situación, se decidió enviar una nave tripulada a la zona lunar para investigar en el mismo terreno aquel artefacto repetidor. La tripulación de la nave exploradora estaría compuesta por un ruso y un americano, evitando asperezas y tensiones entre ambas potencias. Se acordó lanzar el ingenio desde Cabo Cañaveral al día siguiente.

Los preparativos para la misión fueron frenéticos a partir de aquel momento. Cada vez resultaba más evidente que la solución a aquel enigma se encontraba en la cara oculta de la Luna.

A las 06,07 AM hubo una filtración en los servicios de seguridad. Un radioaficionado había captado el mensaje, así como una conversación entre varios astrónomos. La noticia se extendió como un reguero de pólvora y pronto fue difundida por prensa, radio y televisión. Los gobiernos tuvieron que hacer llamadas a la calma y hubo toques de queda en todos los países desarrollados. Curiosamente, en el ámbito del Tercer Mundo dicha información apenas causó revuelo.

En pocas horas surgieron por todas partes miles de sectas de adoradores que rendían pleitesía a los dioses galácticos, mientras que los religiosos tradicionales gesticulaban y gritaban tratando de hilvanar explicaciones convincentes que implicaran sus creencias con la realidad del mensaje. Sin saberse cómo, pronto comenzó a circular el rumor de que dicho mensaje dotaría de gran sabiduría a quien lograra descifrarlo, llegando a convertirle en el amo del mundo.

Pronto el mercado se vio inundado de infinidad de cintas con la emisión grabada, así como libros que explicaba la manera correcta de entender su significado. Se realizaron cientos de entrevistas con personajes famosos, gente que nadie conocía saltó a la luz, declarando que habían estado en contacto con los alienígenas desde hacía años, explicando de cien formas distintas qué debíamos hacer para seguir sus sabios consejos o, según otros, sus órdenes estrictas.

En aquel orden de cosas llegó la mañana del lanzamiento. A las 08,45 AM fue propulsado el cohete espacial tripulado desde Cabo Cañaveral. El coronel Kovalsky y su homólogo ruso Petronov viajaban a bordo. La misión era tan delicada que los altos mandos no se habían atrevido a enviar a alguien con menor graduación. Ambos militares eran expertos pilotos, por lo que no resultó difícil enseñarles el manejo de la nave. Claro que las operaciones fundamentales serían realizadas desde la Tierra por control remoto. Ni que decir tiene que, antes de marchar, los dos hombres habían sido aleccionados por sus respectivos gobiernos. De aquel viaje podía depender el destino de toda la Humanidad.

Las horas fueron pasando sin que nada nuevo sucediera; una tensa calma se había apoderado de todo el mundo. No había ningún nuevo dato que añadir, el mensaje seguía llegando con uniforme puntualidad sin que fuera posible descifrarlo. Mientras tanto, la nave se acercaba veloz a la Luna, los motores funcionando a plena potencia. El combustible secreto de fabricación americana hacía más corto el viaje, mientras que el sistema de navegación ruso les permitiría posarse con suavidad cerca del lugar de la emisión. Sólo cabía esperar.

El militar americano, tendido como un fardo en su saco de dormir, miró con disimulo al ruso. Éste también trataba de descansar, flotando en la ingravidez y sin prestar atención aparente. Kovalsky recordó las instrucciones que le habían dado. Si el mensaje podía ser descifrado allí arriba, debería hacerlo y matar al ruso. Era muy importante para la salvaguarda de los Estados Unidos que tan fabulosos conocimientos no cayeran en manos del enemigo. Con disimulo acarició el estilete que ocultaba bajo la manga.

A las 16,30 PM los dos astronautas interrumpieron su inactividad. Se estaban acercando al objetivo. Petronov se encargó de gobernar el módulo dirigiéndolo hacia el lugar designado. Los dos hombres observaron a través de la claraboya la superficie lunar, buscando con atención el misterioso emisor. Kovalsky fue el primero en localizarlo. Se trataba de un montículo metálico de forma piramidal, con una bola luminiscente girando en su punta. No había el menor rastro de vida a su alrededor, pero se ordenó a los tripulantes que alunizaran el módulo a cierta distancia.

El aparato se posó en el suelo lunar con suavidad. Minutos después, ambos hombres saltaban al exterior enfundados en trajes espaciales. Una cámara de televisión enviaba sus imágenes a la Tierra, donde todo era grabado y analizado.

El ruso fue el primero en llegar a la extraña construcción. No parecía tener puertas ni aberturas y sus paredes eran lisas por completo. La estructura era piramidal, de ocho metros de alto por cinco de ancho y otro tanto de profundidad. Sus instrumentos les confirmaron que las señales a la Tierra procedían de aquel lugar. El estudio del terreno adyacente les confirmó que el artefacto había alunizado hacía poco. Su llegada y la transmisión debieron ser casi simultáneas. Aquello planteaba una pregunta inquietante: ¿estaría tripulado el aparato?

De repente, la bola luminosa de la cúspide comenzó a girar a mayor velocidad. Los astronautas sintieron un fuerte zumbido en sus receptores y un potente estallido les retumbó en los tímpanos. La emisión había cambiado a una ultrafrecuencia mucho más potente, bloqueando sus conexiones con la Tierra. En Cabo Cañaveral se perdió la imagen y el sonido, tanto por el canal ordinario como por el de emergencia. Al mismo tiempo, los radiotelescopios dejaron de captar el mensaje, transmitido ahora a una frecuencia demasiado alta para sus instrumentos.

Kovalsky, atontado todavía, sentía sus oídos silbar mientras trataba de establecer contacto con su base. También el ruso manipulaba los instrumentos de su traje con creciente pánico. Al fin ambos se miraron indecisos. Se encontraban incomunicados con la Tierra, ni tan siquiera podían hablar entre sí. ¿Qué hacer?

Petronov, con gesto alterado, alzó un brazo y señaló hacia el artefacto. El americano se volvió y contempló con estupor que se había abierto un hueco en la base. El espacio resultaba lo bastante amplio para permitir el paso de una persona. ¿Qué debían hacer? El ruso, tras un momento de indecisión, avanzó resuelto hacia la abertura y su compañero le siguió. Penetraron por el orificio hasta alcanzar una cabina circular, iluminada por una tenue luz violeta proyectada desde lo alto.

Siguieron avanzando por un angosto pasillo que giraba hacia su izquierda y desembocaron en una amplia zona esférica mejor iluminada, sin lugar a duda el centro del extraño aparato. No se veía a nadie, aunque el parpadeo de luces en varios paneles indicaba que aquel mecanismo funcionaba.

Los dos hombres se giraron, recorriendo con la vista aquel lugar extraño y enigmático. Nada en el entorno les resultaba familiar, por lo que no pudieron sacar conclusión alguna sobre su funcionamiento. En una pared cercana había un aparato esférico que giraba con lentitud a la vez que cambiaba de color a cada instante, produciendo un suave chasquido que recordaba la cadencia del misterioso mensaje. Ambos hombres llegaron a la misma conclusión: se hallaban en el interior de un aparato automatizado que no precisaba de control manual.

Kovalsky comprendió lo que debía hacer; tendría que matar al ruso y ponerse en contacto con los suyos para apoderarse de aquel artefacto e inspeccionarlo a fondo. Había que evitar a toda costa que cayera en poder de la otra potencia, la tecnología obtenida de su estudio daría a su poseedor una primacía absoluta. El americano se acercó a su compañero con lentitud, mientras su mano derecha se cerraba sobre el frío estilete que había ocultado en un bolsillo externo. Bastaría un pequeño corte en el traje de Petronov y el ruso moriría asfixiado en aquel lugar carente de oxígeno.

Ya la mano de Kovalsky iniciaba su rápido movimiento asesino cuando el ruso se volvió de súbito con otro estilete en su diestra. Los dos hombres se contemplaron con sorpresa y horror, mientras sus respectivas armas perforaban al unísono ambos trajes. Mientras el oxígeno escapaba a borbotones por las rasgaduras, los astronautas se bambolearon con patética inutilidad, realizando una danza macabra. Al fin cayeron al suelo; Kovalsky murió casi en el acto, atravesado por su propia arma en la caída. Petronov, sintiendo que le abandonaban las fuerzas, trató de taponar con desesperación la enorme brecha del traje apretando con las manos. Lentamente comenzó a perder la consciencia, sintiendo sus pulmones a punto de estallar en el vano esfuerzo de captar oxígeno. Pronto cayó en un profundo sopor que le condujo a la muerte.

El cilindro esférico dejó de parpadear durante unos instantes, evaluando el extraño comportamiento de los intrusos. Una vez anotado el incidente, la IA de la nave ordenó a un robot que limpiara la sala de control, arrojando al exterior los cuerpos extraños. Luego, la esfera continuó con la tarea asignada.

Una vez subsanado el fallo en su sistema emisor, volvió a transmitir en la onda de ultrafrecuencia establecida. En toda la zona de la galaxia de nuevo era audible el aviso para navegantes que se repetía a intervalos regulares.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

“Reserva Salvaje A24. Prohibido dar de comer a los animales de este planeta”.

Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

DESEOS FUERA DE TURNO