Patricio Ramos Gatti
La primera vez que
Mateo sintió que la ciudad lo estaba imitando fue un martes a las tres de la
tarde, justo cuando estaba a punto de bostezar. Había vuelto del trabajo
caminando por la avenida Belgrano, con ese cansancio que le dejaba la oficina:
una especie de ausencia pegajosa detrás de los ojos. Iba por la vereda cuando
vio, al otro lado de la calle, a un hombre que bostezaba exactamente al mismo
tiempo que él.
Pero
no fue eso lo inquietante.
Lo
inquietante fue que el hombre se
adelantó medio segundo.
Como
si supiera que Mateo estaba a punto de abrir la boca. Como si no lo imitara:
como si lo ensayara.
—Estoy
cansado —murmuró Mateo para convencerse a sí mismo de que nada raro ocurría.
El
hombre del otro lado también movió los labios.
Pero
no dijo estoy cansado.
Dijo
algo más largo.
Algo
que Mateo no alcanzó a leer.
Una
corriente eléctrica le recorrió el estómago. Sintió que algo invisible había
intentado meterse bajo su piel para acomodarse. Sacudió la cabeza, aceleró el
paso y prometió ignorarlo.
Pero
la ciudad ya había empezado.
El segundo episodio
ocurrió esa misma noche.
Mateo
vivía en un departamento de dos ambientes, con un balcón que daba a un edificio
gris donde siempre había ropa colgada en los balcones. Un paisaje común:
toallas descoloridas, remeras estiradas, medias sin par. Aquella noche salió al
balcón con una taza de té y vio algo diferente.
Una
toalla de color rosa.
Perfectamente
doblada.
Apenas
moviéndose con la brisa.
La
toalla se parecía demasiado a una que él tenía en su baño.
Demasiado.
La
miró mejor.
Tenía
la misma mancha, esa
forma irregular como de mapa semiborrado que había aparecido después de
derramar jabón líquido.
Cuando
pestañeó, la toalla flotó un instante, como si la soplara un viento mayor que
el de la ciudad.
Y
entonces cayó al piso del balcón vecino… con
un sonido metálico.
Como
si fuera otra cosa.
Mateo
retrocedió de un salto, tiró el té y cerró la puerta.
Durmió
con las luces encendidas.
Lo
cual no impidió que la ciudad siguiera.
A la mañana
siguiente, salió apurado. Bajó las escaleras del edificio –el ascensor tardaba
demasiado, siempre había tardado demasiado– pero a medida que descendía por los
peldaños sintió un pulso extraño.
Un
ritmo que no pertenecía a sus pasos.
Un
tac
…
un
tac
…
un
tac
…
Un
segundo par de pasos siguiéndolo a dos escalones de distancia, sincronizados
con la exactitud de una coreografía siniestra.
Mateo
se detuvo en seco.
Los
pasos también.
Con
un leve retraso.
Como
si la cosa que lo seguía estuviera ajustando
la distancia.
Miró
hacia arriba.
No
había nadie.
—No
voy a caer en esto —se dijo.
Abrió
la puerta a la calle con una fuerza exagerada, buscando la luz, el ruido,
cualquier cosa que lo devolviera al mundo normal.
Pero
lo que encontró fue peor.
El
semáforo de la esquina lo estaba mirando.
No
es que tuviera ojos.
No
es que se hubiese transformado en nada.
Pero
Mateo sintió, con una claridad absoluta, que la luz roja estaba pendiente de él. No de la calle. No
de los autos. De él.
Como
si ese aparato, que había visto miles de veces sin importancia, estuviera
evaluando sus tiempos, escuchando su respiración, memorizando cada latido de su
cuerpo.
—Estoy
paranoico —repitió.
El
semáforo cambió a verde medio segundo antes de que él pensara: quiero
cruzar.
Ahí
entendió que lo que fuera que estaba pasando no era imaginación.
La ciudad estaba aprendiendo.
Y
él era la materia prima.
Mateo trabajaba en
una oficina de seguros con paredes beige y olor a carpetas viejas. Sus
compañeros notaron que llegó pálido, pero no lo suficiente como para
preocuparse. Los oficinistas tenían una extraña capacidad para ignorar
cualquier anomalía que no afectara el horario del almuerzo.
Sentado
en su cubículo, trató de concentrarse en llenar formularios. Era una tarea
mecánica, perfecta para olvidar el terror. Eso creyó hasta que vio el monitor.
En
la esquina inferior derecha, donde debería haber un ícono de advertencia del
sistema, apareció una frase breve:
¿QUÉ VERSION DE VOS QUERÉS SER HOY?
Mateo
parpadeó.
La
frase desapareció.
Abrió
un archivo. Cerró otro. Intentó reiniciar la computadora. Nada.
Pero
la pregunta permanecía flotando en su mente, adherida como una garrapata de
luz.
¿Qué
versión de vos querés ser hoy?
No
pudo evitar mirarse las manos: sentía que los dedos temblaban con un pulso
nuevo, uno que él no había ordenado.
Respiró
profundo.
Se
levantó para ir al baño.
Se
lavó la cara.
Se
miró al espejo.
Y
el espejo no lo miró de vuelta.
Su
reflejo estaba, sí. Los mismos ojos, las mismas ojeras, el mismo cabello
rebelde. Pero algo estaba desincronizado. Como si el reflejo hubiese pestañeado
medio segundo antes de que él lo hiciera.
Mateo
levantó la mano derecha.
El
reflejo levantó la izquierda.
Mateo
levantó la izquierda.
El
reflejo se quedó quieto.
Una
sonrisa tímida apareció en la boca reflejada.
No
en la de Mateo.
En
la del espejo.
La
sonrisa creció.
Y
creció.
Hasta
que los dientes se estiraron demasiado, como si la mandíbula reflejada no
tuviera huesos.
Mateo
retrocedió, mojado en sudor frío.
Su
mano resbaló en el borde del lavamanos.
La
luz parpadeó.
Cuando
volvió a levantar la vista, el reflejo estaba normal.
Perfectamente
normal.
Y
levantaba la mano para saludarlo.
Como
si recién llegara.
Mateo dejó la oficina
sin avisar. Caminó por la ciudad sintiendo que los edificios se inclinaban
apenas para escucharlo mejor, que las veredas se estiraban para acomodar sus
pasos, que los autos reducían la velocidad cuando él se acercaba, estudiando su
ritmo, su respiración, su presencia.
En
una vidriera vio una pantalla que solía mostrar ofertas. Ese día mostraba una
imagen en blanco y negro: una silueta humana caminando entre torres gigantes.
La
silueta era él.
Exactamente
él.
Con
su ropa, su postura, su sombra.
Detrás
de la silueta aparecía un texto:
VERSIÓN 2 DISPONIBLE
Mateo
sintió que el corazón se le desacomodaba.
Y
por primera vez en su vida, corrió sin saber a dónde.
Corrió
como si algo detrás quisiera saltar dentro de su piel.
Llegó al río sin
darse cuenta. La costanera estaba casi desierta. Escuchó un ruido suave, como
de neumáticos girando sobre baldosas mojadas. Cuando giró, vio un ómnibus sin
pasajeros detenido a unos metros.
La
puerta se abrió sola.
Con
un susurro.
Como
si respirara.
—No
—dijo Mateo.
Pero
sus piernas caminaron igual.
Subió.
La
puerta se cerró detrás de él con un golpe seco.
El
interior estaba iluminado por una luz tenue, casi orgánica. Los asientos
parecían más blandos que de costumbre, casi acolchados. Como si hubieran sido
diseñados para abrazar a cualquiera que se sentara encima.
Había
una sola persona en el fondo. Una mujer. De cabello negro y vestido gris.
Miraba por la ventana.
Mateo
avanzó, hipnotizado.
Cada
paso parecía dado por alguien más.
Cuando
llegó a la mitad del colectivo, la mujer se levantó.
No
fue la acción lo que lo perturbó.
Fue
la simetría.
La
forma exacta en que se enderezó.
El
ángulo de su cuello.
La
manera casi robótica en que sus dedos se acomodaron sobre el asiento antes de
soltarlo.
La
mujer dio un paso.
Y
en ese paso Mateo reconoció algo.
Una
cadencia.
La
cadencia de sus propios pasos al bajar las escaleras esa mañana.
La
mujer caminaba como él.
A
la perfección.
—Perdón…
—balbuceó Mateo—. ¿Nos conocemos?
La
mujer inclinó la cabeza, estudiándolo. Sus ojos eran profundos, neutros, como
si aún no tuvieran un color decidido.
—Todavía
no —dijo ella con voz suave—. Pero estoy aprendiendo.
—¿Aprendiendo
qué?
—A
ser vos.
Mateo
sintió que todo el aire del ómnibus se comprimía alrededor de su pecho.
—No…
no entiendo…
—La
ciudad nos está reemplazando —dijo la mujer, como quien comenta el clima—. A
todos. Es más eficiente así. Más limpio. Más… interesante. Pero para
reemplazarte necesita copiarte. Y para copiarte necesita una versión de prueba.
Sonrió.
No
una sonrisa malvada.
Una
sonrisa casi tímida, casi educada.
Pero
completamente ajena a lo humano.
—Esa
versión soy yo.
Mateo
retrocedió tambaleando.
La
mujer avanzó con sus mismos movimientos, sus mismas torpezas, la misma rigidez
en la cadera derecha, el mismo temblor leve en el párpado cuando estaba
cansado.
Era
él.
Era
un él mejorado.
Un
él paciente.
Un
él perfecto.
—No
te preocupes —dijo ella—. De verdad no es doloroso. Solo toma un instante. La
ciudad ya lo decidió.
—¿El
qué decidió?
Ella
se acercó lo suficiente como para que Mateo sintiera el olor de su piel: un
aroma extraño, como a electricidad limpia.
—Que
vos sos la versión descartable.
Mateo
quiso correr, gritar, saltar por la ventana.
Pero
su cuerpo respondió con una lentitud que no le pertenecía.
Como
si otra fuerza guiara los músculos.
Como
si su propio reflejo estuviera tomando las decisiones antes que él.
La
mujer tocó su rostro con una suavidad insoportable.
—Es
simple —susurró—. Vos dormiste demasiado. La ciudad despertó primero.
Y
entonces Mateo sintió el deslizamiento.
Como
si una capa translúcida de su propio cuerpo se desprendiera por dentro,
deslizándose hacia adelante, hacia la mujer, que la absorbía como una copia
final.
Vio
su propio gesto formarse en su rostro.
Vio
su propio parpadeo.
Su
propia respiración.
Su
propia vida, pero sin él.
Y
por un instante, justo antes de que el vacío lo alcanzara, entendió la verdad:
La
ciudad no necesitaba destruirlo.
Solo
necesitaba una versión más eficiente.
La
mujer inhaló profundamente.
Abrió
los ojos.
Y
continuó caminando con la plena naturalidad de alguien que ya había encontrado
su lugar en el mundo.
El
colectivo arrancó solo, con un pálido suspiro mecánico.
Las
luces de la ciudad titilaron como si celebraran el nacimiento de algo nuevo.
Y
en alguno de esos parpadeos, sin ceremonias ni testigos,
Mateo
dejó de existir.
O,
peor aún:
Existió
alguien que lo hacía mejor.

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