domingo, 15 de marzo de 2026

VENCIDO

Héctor García

 

—Pérez.

—Sí, doctor. Buenas tardes.

—Adelante, Pérez. ¿Cómo le va?

—Bien, doctor, muchas gracias, ¿y a usted?

—Bien, bien. Adelante le dije, hombre.

—Sí, sí.

—Tome asiento, no más. ¿Qué lo trae por acá?

—Bueno, doctor, como le dije, yo estoy bien, me siento perfecto, así que en verdad vengo por mi señora esposa.

—¿Su señora está mal? ¿Y por qué no vino ella directamente?

—No, no, doctor. Ella dice que el que está mal soy yo, y me mandó a verlo a usted.

—Ah, muy bien. Bueno, déjeme ver si encuentro su ficha. Aunque no recuerdo haberlo atendido…

—Es la primera vez que me atiendo con usted, doctor. La que sí ha venido es mi señora.

—¿Quién es su señora?

—Carlota Rampoldi.

—¡Ah, doña Carlota, claro! Qué mujer encantadora. ¿Cómo está? ¿Sigue con la medicación que le receté el mes pasado?

—Sí, doctor; sigue sus indicaciones al pie de la letra. Y déjeme decirle que le hizo efecto enseguida. No se imagina lo agradecida que está.

—Bueno, hombre, me parece excelente. Pero volvamos a usted. Páseme su documento y vaya contándome por qué vino, mientras yo lo voy cargando en el sistema.

—Claro, aquí tiene, sírvase. Bien, Hace algo así como una semana que mi mujer me empezó a notar raro…

—Domicilio… Lavalle 671, departamento 10, como su señora, obviamente… Siga, que lo escucho. ¿Raro cómo?

—Dice que ando más pálido y ojeroso que de costumbre.

—…de junio… Edad, 71 años, ¿verdad?

—Exacto.

—Bien. Bueno, ahora que lo menciona, su aspecto no es muy saludable que digamos, señor Pérez. Pero, dado que no lo conozco, no podría decir cómo se ve usted «de costumbre».

—También dice que huelo raro, es un olor fuerte, desagradable. Y eso que me estoy bañando todos los días, hasta tres veces al día. Si no, no me deja en paz.

—Ahora que lo dice, yo también percibo un aroma... ¿Usted no?

—Para nada. Me veo, me huelo y me siento perfectamente.

—A ver, siéntese en la camilla, que lo voy a auscultar.

—Cómo no.

—Ajá, muy bien. Levántese un poco la camisa. Muy bien. Ahora inspire hondo… Apa, apa, apa. ¿Qué es esto?

—¿Qué ocurre, doctor?

—¿Está inspirando hondo, como le dije?

—Claro, vea usted.

—Sí, veo que se le infla el pecho, pero no escucho ningún sonido asociado a la respiración. A ver, exhale lentamente… Tampoco. Silencio sepulcral. Esto no me gusta nada.

—…

—A ver el corazón… Hombre, ¿cómo puede ser? ¿Tiene corazón usted?

—¿Pero qué dice, doctor? Seguro, como todo hijo de cristiano.

—A ver, retírese la manga. Sí, el brazo izquierdo está bien. Le voy a tomar la presión… ¡Pero tiene la piel helada, señor! ¿Cómo es posible?

—Pues, ¿qué quiere que le diga? Yo me siento normal, no tengo ni frío ni calor.

—A ver, póngase este termómetro en la boca. Ajá, ya estoy viendo que no tiene ni saliva. Y no mencionemos el aliento. No, deje eso a un lado, la presión se la tomo después. Mientras tanto, déjeme ver sus pupilas… Ajá… Sequedad de ojos... Ningún tipo de reacción ante estímulos luminosos… Caramba, caramba…

—¿Tengo algo malo?

—Ya lo creo, mi amigo.

—Pero, ¿de qué se trata?

—No sé cómo decírselo sin que lo tome a mal. Le ruego que no desespere, ¿de acuerdo?

—No, está bien, no me desespero, pero usted termine con tanta vuelta, por favor. ¿Qué tengo?

—Usted está clínicamente muerto.

—¿Eh? ¿Cómo dice?

—Qué usted murió, Pérez. Que falleció, expiró, pereció, espichó, estiró la pata, dejó de ser…

—Está bien, está bien, ya entendí. Ahora dígame, ¿usted me está tomando el pelo? ¿Cómo pretende que me crea eso?

—Todas mis observaciones llevan a esa conclusión. Sin mencionar el resultado que seguramente va a arrojar la toma de presión, ni el hecho de que su piel se está descomponiendo sin mostrar señales de regeneración, y no me quiero ni imaginar los reflejos musculares… Ah, ahí está sonando el termómetro. Démelo. ¡Veintiún grados! ¿No le digo? Usted es un fiambre.

—¡Pero esto es imposible! ¡Lo que me dice no tiene ni pies ni cabeza! ¿Cómo se explica?

—Qué sé yo, Pérez, qué quiere que le diga. Es la primera vez que veo un caso así. ¿Usted no se dio cuenta en ningún momento de su condición de difunto?

—Para nada.

—Bueno, entonces lo único que puedo decir es que la causa de muerte no fue violenta. Es decir: quiero creer que, en dicho caso, se habría dado cuenta.

—¿Y hace cuánto que me morí?

—Por las señales de deterioro de su organismo, yo diría que hace una semana, aproximadamente. Aunque habría que determinar la causa del deceso, ya que muchas veces estas señales dependen de cómo se muere uno.

—¿Entonces?

—En este momento no sé qué decirle. Habrá sido alguna comida en mal estado, tal vez una infección interna, alguna enfermedad… Hay enfermos que no presentan síntomas de la enfermedad que padecen, por lo menos hasta un estadio bastante avanzado de la misma. De ser este el caso, esto lo convierte a usted en un enfermo asintomático. Mejor dicho: usted era un enfermo asintomático hasta que, en determinado momento, se murió. Hablando mal y pronto: se venció sin darse cuenta.

—Bueno, ¿y qué hago yo ahora? ¿Usted no me podrá recetar algo…?

—Le pido mil disculpas, señor mío, pero ya no hay nada que pueda hacer por usted. Lo voy a tener que derivar.

—¿Adónde, doctor?

—A una funeraria.

Héctor Alfredo García nació en Tandil (Buenos Aires, Argentina) en el año 1986. Doctor en Física por la UNCPBA y actual proyecto de docente, dibujante y persona. Tomó interés por la literatura cuando niño, principalmente en el rol de lector, y dio sus primeros pasos como escritor en la adolescencia, haciéndose cada tanto con algún espacio en revistas escolares y universitarias. En la actualidad cuenta con textos publicados en blogs y en diversas antologías, tanto digitales como impresas.

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