Héctor García
—Pérez.
—Sí, doctor. Buenas tardes.
—Adelante, Pérez. ¿Cómo le va?
—Bien, doctor, muchas gracias, ¿y a usted?
—Bien, bien. Adelante le dije, hombre.
—Sí, sí.
—Tome asiento, no más. ¿Qué lo trae por acá?
—Bueno, doctor, como le dije, yo estoy bien, me siento
perfecto, así que en verdad vengo por mi señora esposa.
—¿Su señora está mal? ¿Y por qué no vino ella directamente?
—No, no, doctor. Ella dice que el que está mal soy yo, y me
mandó a verlo a usted.
—Ah, muy bien. Bueno, déjeme ver si encuentro su ficha.
Aunque no recuerdo haberlo atendido…
—Es la primera vez que me atiendo con usted, doctor. La que
sí ha venido es mi señora.
—¿Quién es su señora?
—Carlota Rampoldi.
—¡Ah, doña Carlota, claro! Qué mujer encantadora. ¿Cómo
está? ¿Sigue con la medicación que le receté el mes pasado?
—Sí, doctor; sigue sus indicaciones al pie de la letra. Y
déjeme decirle que le hizo efecto enseguida. No se imagina lo agradecida que
está.
—Bueno, hombre, me parece excelente. Pero volvamos a usted.
Páseme su documento y vaya contándome por qué vino, mientras yo lo voy cargando
en el sistema.
—Claro, aquí tiene, sírvase. Bien, Hace algo así como una
semana que mi mujer me empezó a notar raro…
—Domicilio… Lavalle 671, departamento 10, como su señora,
obviamente… Siga, que lo escucho. ¿Raro cómo?
—Dice que ando más pálido y ojeroso que de costumbre.
—…de junio… Edad, 71 años, ¿verdad?
—Exacto.
—Bien. Bueno, ahora que lo menciona, su aspecto no es muy
saludable que digamos, señor Pérez. Pero, dado que no lo conozco, no podría
decir cómo se ve usted «de costumbre».
—También dice que huelo raro, es un olor fuerte,
desagradable. Y eso que me estoy bañando todos los días, hasta tres veces al
día. Si no, no me deja en paz.
—Ahora que lo dice, yo también percibo un aroma... ¿Usted
no?
—Para nada. Me veo, me huelo y me siento perfectamente.
—A ver, siéntese en la camilla, que lo voy a auscultar.
—Cómo no.
—Ajá, muy bien. Levántese un poco la camisa. Muy bien.
Ahora inspire hondo… Apa, apa, apa. ¿Qué es esto?
—¿Qué ocurre, doctor?
—¿Está inspirando hondo, como le dije?
—Claro, vea usted.
—Sí, veo que se le infla el pecho, pero no escucho ningún
sonido asociado a la respiración. A ver, exhale lentamente… Tampoco. Silencio
sepulcral. Esto no me gusta nada.
—…
—A ver el corazón… Hombre, ¿cómo puede ser? ¿Tiene corazón
usted?
—¿Pero qué dice, doctor? Seguro, como todo hijo de
cristiano.
—A ver, retírese la manga. Sí, el brazo izquierdo está
bien. Le voy a tomar la presión… ¡Pero tiene la piel helada, señor! ¿Cómo es
posible?
—Pues, ¿qué quiere que le diga? Yo me siento normal, no
tengo ni frío ni calor.
—A ver, póngase este termómetro en la boca. Ajá, ya estoy
viendo que no tiene ni saliva. Y no mencionemos el aliento. No, deje eso a un
lado, la presión se la tomo después. Mientras tanto, déjeme ver sus pupilas…
Ajá… Sequedad de ojos... Ningún tipo de reacción ante estímulos luminosos…
Caramba, caramba…
—¿Tengo algo malo?
—Ya lo creo, mi amigo.
—Pero, ¿de qué se trata?
—No sé cómo decírselo sin que lo tome a mal. Le ruego que
no desespere, ¿de acuerdo?
—No, está bien, no me desespero, pero usted termine con
tanta vuelta, por favor. ¿Qué tengo?
—Usted está clínicamente muerto.
—¿Eh? ¿Cómo dice?
—Qué usted murió, Pérez. Que falleció, expiró, pereció,
espichó, estiró la pata, dejó de ser…
—Está bien, está bien, ya entendí. Ahora dígame, ¿usted me
está tomando el pelo? ¿Cómo pretende que me crea eso?
—Todas mis observaciones llevan a esa conclusión. Sin
mencionar el resultado que seguramente va a arrojar la toma de presión, ni el
hecho de que su piel se está descomponiendo sin mostrar señales de
regeneración, y no me quiero ni imaginar los reflejos musculares… Ah, ahí está
sonando el termómetro. Démelo. ¡Veintiún grados! ¿No le digo? Usted es un
fiambre.
—¡Pero esto es imposible! ¡Lo que me dice no tiene ni pies
ni cabeza! ¿Cómo se explica?
—Qué sé yo, Pérez, qué quiere que le diga. Es la primera
vez que veo un caso así. ¿Usted no se dio cuenta en ningún momento de su
condición de difunto?
—Para nada.
—Bueno, entonces lo único que puedo decir es que la causa
de muerte no fue violenta. Es decir: quiero creer que, en dicho caso, se habría
dado cuenta.
—¿Y hace cuánto que me morí?
—Por las señales de deterioro de su organismo, yo diría que
hace una semana, aproximadamente. Aunque habría que determinar la causa del
deceso, ya que muchas veces estas señales dependen de cómo se muere uno.
—¿Entonces?
—En este momento no sé qué decirle. Habrá sido alguna
comida en mal estado, tal vez una infección interna, alguna enfermedad… Hay
enfermos que no presentan síntomas de la enfermedad que padecen, por lo menos
hasta un estadio bastante avanzado de la misma. De ser este el caso, esto lo
convierte a usted en un enfermo asintomático. Mejor dicho: usted era un
enfermo asintomático hasta que, en determinado momento, se murió. Hablando mal
y pronto: se venció sin darse cuenta.
—Bueno, ¿y qué hago yo ahora? ¿Usted no me podrá recetar
algo…?
—Le pido mil disculpas, señor mío, pero ya no hay nada que
pueda hacer por usted. Lo voy a tener que derivar.
—¿Adónde, doctor?
—A una funeraria.

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