Krunoslav Mikulan
Juraj seguía a un
hombre y a una mujer mientras subían por las escaleras cubiertas de basura.
Apretaba con fuerza la empuñadura fría de la pistola y esquivaba con cautela a
las personas que yacían en el suelo. Ya estaba oscuro, y últimamente la vista
se le había debilitado de manera notable. No había iluminación. No había nada
en aquellos días.
La pareja dobló en la esquina.
Juraj apuró el paso para no perderlos de vista. Un pasaje estrecho, basura
desparramada, cajas, tablas, ladrillos… Excelente. La mujer había estado
hablando de algo todo el camino, luego llorando, luego lamentándose. Él no la
entendía. Mejor así. Más fácil.
Alcanzaba a distinguir varias
siluetas en el pasaje. No eran importantes. Ahogadas en su propia
desesperación. Esperando para siempre. Ni siquiera las miró. No eran
importantes.
¡Ahora! Una carrera corta, la
pistola en la mano, un golpe en la cabeza de la mujer. ¡Callate de una vez!
Ella se desplomó como un saco. Mejor así; podría haber gritado. El hombre se
sorprendió, se confundió, levantó las manos. Juraj lo agarró del cuello y le
apoyó la pistola en la sien.
—¡Dame el oro! ¡Give gold!
—siseó Juraj en croata y en un mal inglés.
Los ojos del hombre se abrieron de
par en par. Debían de estar llenos de miedo. Menos mal que había penumbra. Negó
con la cabeza. Tal vez no entendía, tal vez fingía. Juraj lo golpeó con la
pistola. A la mierda, no tenía tiempo, debía darse prisa. El hombre cayó al
suelo y soltó un gemido. No le había pegado con suficiente fuerza. Otro golpe,
y después otro. ¡Callate! ¡Callate, ¿me oyes?! Juraj jadeaba mientras el
corazón le latía tan fuerte que sentía dolor en el pecho. Quizás también se
acercaba su propio final. Tenía que apurarse. Registró rápidamente el cuerpo.
Tanteó hasta encontrar la billetera del hombre, la sacó, la abrió y volcó el
contenido en su palma. El oro brilló a la luz de la luna.
Juraj apartó el
pedazo de tela de la entrada de la tienda. Blaž y Margareta ya dormían en sus
sacos. Barbara lo esperaba. Como siempre. Menos mal que estaba oscuro. Tampoco
quería verle los ojos.
La luna, sin embargo, iluminó por
un momento la sangre que empapaba la manga de su brazo derecho. Barbara le tomó
la mano para revisarla.
—¿Es tuya? —susurró.
—No —respondió él con voz ronca, y
volvió la cabeza.
Vergüenza. Culpa. A la mierda.
Barbara empezó a respirar rápido.
—¿Alguien te vio?
—No —repitió Juraj.
Sacó las monedas y se las metió en
la mano a Barbara.
—Cuenta.
Barbara las contó deprisa.
—Alcanza.
—¿Estás segura?
Barbara asintió. Se sentó en el
suelo y se puso a llorar. Juraj se sentó a su lado y la abrazó. Empezó a
temblar. El shock. A la mierda. Blaž y Margareta soñaban el sueño de los
inocentes. Mejor así.
El sol abrasaba, y
miles de personas se apiñaban frente a la cerca que rodeaba el pequeño puerto.
Alboroto, lamentos, llanto. Sonó un disparo. Alguien había querido saltar la
cerca. Sin piedad. Juraj y su familia no se unieron a aquel mar de desesperación.
Su objetivo estaba un poco más lejos. Un gran edificio rosado con inscripciones
griegas ilegibles. Juraj no era bueno para los idiomas. Era ingeniero, no
lingüista.
El edificio también estaba cercado,
con alambre de púas, y al menos veinte guardias bien armados lo rodeaban.
Delante había bastante menos gente. En pequeños grupos, probablemente familias,
los guardias los dejaban pasar despacio. A veces echaban a algún grupo entre
gritos y llantos. A veces los golpeaban. A veces se oía un disparo. Había
muchos disparos en el pueblo. Así habían echado a su familia una semana antes.
Pero Juraj no se había entregado a la desesperación.
Los guardias hablaban griego y un
mal inglés. Incluso peor que el suyo. No importaba. Hoy hablaba el oro. La
familia se puso en fila. Juraj le mostró el oro al guardia. ¡Pasen! En el
edificio estaba sentado un hombre gordo. Hacía un calor insoportable. Por
supuesto, no había aire acondicionado, ni siquiera un ventilador común. Juraj
puso el oro frente al hombre. No hacía falta decir nada. Ochenta ducados, o su
equivalente en oro de menor calidad. Por una familia de cuatro. El hombre contó
las monedas de oro, asintió y señaló la puerta en el extremo opuesto de la
habitación.
La barca estaba
llena de gente. Juraj no era marinero, pero sabía que el viaje sería peligroso.
Había varios idiomas: griego, albanés, ucraniano, macedonio, rumano, serbio… Y
croata, por supuesto. Juraj no le dirigía la palabra a nadie. No hacía falta encariñarse
con nadie. Sacó una pequeña radio y la encendió. La encendía cinco minutos por
día. Ya no había más baterías. Mientras duraran, durarían. La emisora estaba en
inglés. No entendía todo. Barbara había estudiado inglés en la escuela; ella
entendería mejor.
A pesar del estado de emergencia,
hay cada vez más desorden. Viena, Budapest, Zagreb y Belgrado están en llamas.
Se estima que hay diez millones de refugiados en Grecia, y que llegarán otros
tantos durante la próxima semana. Bucarest fue completamente abandonada porque
el nivel de radiación alcanzó valores letales. La nube radiactiva llegó a
Italia, donde… ¡clic!
La gente a su alrededor empezó a
gritar. Querían que volviera a encender el radio. Las baterías se habían
agotado. No tendría que haber sacado el radio, pero las noticias en inglés se
transmitían todos los días al mediodía. ¿Qué esperaba? ¿Buenas noticias?
Idiota.
La tormenta los
sorprendió en el mar. No sabía dónde estaban, ni si estaban cerca de su
destino. No había salvavidas. ¡Un grito! Alguien cayó al mar. Nadie reaccionó.
No había ayuda. La barca se alzó, se inclinó, y unas cuantas personas más
cayeron al agua. Juraj abrazó a Barbara, Blaž y Margareta. Se aferraron con
fuerza. Juraj no era religioso. ¿Para qué? De todos modos, Dios no los miraba…
Una ola enorme barrió la barca. El
mar rugía, furioso con la gente. La mano de Barbara se soltó de la de Juraj.
Olas, espuma, tragos de agua de mar, tos.
—¡Barbara! ¡Blaž! ¡Margareta!
¡Allí! ¡Allí! Blaž y Margareta
estaban juntos.
—¡Barbara! ¡Barbara!
El mar no respondía. Los castigaba.
Sin importar la nación. Sin importar el idioma. Ni Dios.
Juraj se arrastraba
por la orilla arenosa. Solo un poco más. Blaž y Margareta estaban con él.
Incluso habían llegado a la orilla antes que él.
—Barbara… —lloró en voz baja.
El mar respondió con un rugido y
con el chapoteo de las olas.
Soldados con uniformes parduzcos
reunían a quienes habían conseguido llegar a la orilla por sus propios medios.
No se preocupaban por los demás. Un soldado se acercó a Juraj.
—¿Egypt? —preguntó Juraj.
—¡Misr! —respondió el soldado. Juraj
no entendió. ¡Malditos idiomas extranjeros!
Unos cuantos camiones estaban
estacionados un poco más allá. Militares, pintados con los colores del desierto.
Los soldados separaban a los hombres de las mujeres, incluso a los niños. Uno
agarró a Margareta de la mano.
—¡No! —gritó Juraj, y buscó la
pistola. No estaba. La había perdido luchando contra la naturaleza—. ¡No!
—volvió a gritar, y se lanzó contra el soldado.
Un culatazo en la cabeza. Otro
golpe. Oscuridad.
—¿Name? —preguntó
el soldado, con aburrimiento en la voz.
—Margareta. Name Margareta. Mi
hija. Daughter.
—¿Age?
—Ah, a la mierda. ¡Blaž!
—Twelve —dijo Blaž, ayudándolo.
El soldado escribía algo, de
derecha a izquierda, en escritura árabe. Maldita sea. Años antes, cuando le
habían ofrecido ir a trabajar a una obra en Egipto, él se había negado. En casa
se está mejor, había dicho. Podría haber aprendido algo de árabe. Ahora no
estarían tan metidos en la mierda.
—We look. We find —dijo por
fin el soldado—. Next!
—Eso dijiste la última vez —murmuró
Juraj.
De hecho, era la cuarta vez. Nada.
Desaparecida. Si alguien la había vendido por dos camellos, los mataría. A
todos.
—¿Creés que van a encontrar a Megi?
—preguntó Blaž.
—Sí. Sí.
—¿Y a mamá?
El puño helado de la muerte
alrededor del corazón. Un sollozo ahogado.
—Hijo…
No pudo terminar. El mar es
despiadado, había dicho Anđelo, su compañero de trabajo. Lo que se lleva no lo
devuelve. Entonces se había reído. En una vida pasada.
—Prometiste que siempre estaríamos
juntos…
—Perdón…
Extendió la mano hacia Blaž. El
chico se soltó y empezó a pegarle con las manos. Lo mordió en el hombro.
—Perdón.
Cena. Una especie
de papilla sin sabor. Después de freírse al sol, todos comían con avidez.
Había algún tipo de disturbio junto
a la cerca. Pasaba Đorđe, un montenegrino.
—Eh, Juraj, están buscando
ingenieros para trabajar. ¿No eras una especie de ingeniero civil?
Juraj agarró rápidamente a Blaž de
la mano y lo arrastró hacia la cerca. Se pusieron en la fila. Soldados que otra
vez se morían de aburrimiento.
—Soy ingeniero, ¿entiendes? ¡Blaž!
¿Cómo se dice eso?
—Engineer.
—Eso. I engineer, me.
—What about him? —preguntó
el soldado.
—Es mi ayudante, mi aprendiz. ¿Cómo
se dice aprendiz?
—Creo que apprentice.
—Eso. He apprentice. My. Of me.
Otro soldado le mostró un dibujo.
—What is this?
Juraj entendió: estaban comprobando
si de verdad era ingeniero. Intentó explicarlo en su mal inglés. Blaž a veces
intervenía para ayudar.
El primer soldado les hizo una seña
para que se pusieran junto al camión. Allí ya había diez personas. Conocía a
algunas. Sahib era de Tuzla, también estaba Georgi, de Bulgaria. A veces
hablaba un poco con ellos. No formaba amistades.
—¿Oíste? —le dijo Sahib—. Todo se
fue al carajo.
—¿De qué hablas?
—Allá en casa, todo está
contaminado. Menos mal que nos escapamos. Ahora también están huyendo los
italianos. El grupo que llegó ayer, todos italianos. Ahora van a seguir los
franceses, los alemanes…
—¿Y Zagreb? ¿Split?
—Todo se acabó… Las lluvias
radiactivas obligaron a todos a huir. El que se quedó ya está muerto. Mi Tuzla
ya no existe…
—Okay, let’s go! —gritó un
soldado.
Los hombres, unos veinte, subieron
al camión. Se dirigieron hacia el sur. El viaje duró toda la noche. Blaž se
quedó dormido. Siempre se dormía con facilidad. Mejor así.
Por la mañana tomaron un amplio
desvío alrededor de una gran ciudad. Maquinaria de construcción por todas
partes. Polvo. El sol ya ardía.
—Nuevo Cairo —dijo Sahib.
Estaba bien informado. Más que
Juraj. Conocía el Corán, también sabía unas cuantas palabras de árabe, así que
a veces hacía de intérprete en el campamento. Era extraño que no le hubieran
dado un trabajo mejor hasta entonces.
—La nueva capital. Allí podría
haber trabajo.
El camión no se detuvo, sino que
siguió durante otra hora. Pasaron una especie de barrera. Por fin. Los soldados
les gritaron que bajaran. Juraj despertó a Blaž y saltaron.
Frente a ellos: una pirámide.
Nueva. Inacabada.
—¿Qué mierda es esto? —se le escapó
a Juraj.
—You work here! —gritó el
soldado—. Come!
—Margareta.
Mar-ga-re-ta.
El soldado estaba anotando el
nombre. Este era joven. No se moría de aburrimiento. Junto a él había un
voluntario de la Media Luna Roja. Explicaba algo, pero su inglés también era
malo.
—We find. She alive, we find.
—And my wife. Barbara. Bar-ba-ra. Barbara. She in sea. Ocean. Ah, no, a la
mierda, no el océano, sino el mar. Sea, ¿entiendss?
—Yes. We find —dijo el
voluntario, y le entregó una bolsa con comida, jabón y una botella de agua.
Juraj se dirigió hacia las tiendas.
Su turno empezaba pronto. Ahí estaba Sahib otra vez. Le había suplicado a la
Media Luna Roja que le dieran una radio. De todos modos, internet no
funcionaba. Salvo alguna versión local, lenta, en árabe. Había encontrado
algunas noticias en inglés. Tal vez las mismas que Juraj solía escuchar.
Más de treinta millones de personas
abandonaron Turquía y entraron en Siria e Irak. Entre ellas hay unidades
militares completas, armadas y equipadas. Estallaron nuevos conflictos con la
población local porque los refugiados no tienen comida ni agua. Israel cerró
sus fronteras y prohibió la entrada y la salida del país. En la frontera entre
Egipto e Israel hubo un intercambio de fuego de artillería en el que murieron
al menos veinte civiles.
—¿Algo sobre nosotros?
—¡Nada! No queda nadie allá en
casa.
—Sahib, ¿estás casado?
—No. Y mejor que no.
Sonó el gong. Mediodía. Todos los
refugiados debían reunirse en la “plaza” frente a la tienda y presentar sus
respetos al presidente Ahmed. Que se fuera al carajo. Sahib decía que se había
vuelto loco, que quería proclamarse faraón. Por eso estaba construyendo aquella
pirámide. Para la eternidad. Un lunático. Creía que iba a restaurar el antiguo
Imperio egipcio. Sahib decía que iría a la guerra contra Israel. Si se
declaraba faraón, sucesor del dios Sol, entonces ¿qué pasaba con Alá? ¿Cómo se
lo explicaría a su gente?
Guardias, obreros, voluntarios,
todos estaban de rodillas, mirando hacia la capital. Llegaron una especie de
político y un sacerdote para dar un discurso. Juraj no los entendía.
—¡Margareta! ¿Eres
tú?
La niña corrió a los brazos de su
padre. Lágrimas. Abrazos. Risas. Llegó Blaž. Todo otra vez. Estaba bien. Estaba
bien. Solo faltaba encontrar a Barbara.
—¡Estás más delgada, Megi!
—¡Tú también estás más flaco!
—Mala comida…
—Bueno, ¡no hay cerdo!
Risas. Abrazos. Charlas. Lágrimas.
Recuerdos.
—¿Dónde está mamá?
Silencio. Lágrimas.
Juraj y Blaž
estaban en la cima de la pirámide. Tres meses más, como mucho, y estaría
terminada, probablemente. Después habría otros seis meses de trabajo alrededor
del lugar. Y tal vez construirían otra pirámide. El presidente se había casado
hacía poco. Quizás necesitaran una pequeña pirámide para Sara, la primera dama.
¿O una sola para los dos? A la mierda, ¿cómo iba a saber él esas cosas?… Pero
quizá habría trabajo. Quizás Megi, Blaž y él encontrarían la felicidad. ¿Acaso
no la merecían?
Los soldados empezaron a gritar. Se
disparaban tiros al aire. El sargento Jusef, que estaba con ellos en la cima de
la pirámide, encendió la radio. Estaba en árabe, a la mierda. Una voz exaltada
decía algo.
Margareta subía con dos baldes de
agua. Los dejó junto a las escaleras, con miedo en los ojos. Juraj le hizo
señas para que se acercara.
—¡Jusef! —gritó Juraj—. What happened?
—Egypt attack Israel. We kill them all. All!
Entonces sacó la pistola y empezó a
disparar al aire.
—All attack. Turkey, Syria, Jordan, Palestine, all attack. They
dead!
Metió un cargador nuevo y volvió a
disparar todas las balas al aire.
¡Que todo se fuera al carajo!
Habían huido de una guerra y se habían metido en otra.
Después de unos minutos, el ruido
cesó. El sargento bajó por las escaleras, probablemente para ver qué estaba
pasando exactamente. Blaž aprovechó la pausa y se acurrucó contra un bloque de
piedra. Dormido. Bendito sea. Todos los obreros se sentaron, y Megi les sirvió
agua.
Llegaron sirenas desde la dirección
de la ciudad. Juraj se puso de pie y miró hacia abajo. Los soldados entraban en
pánico. Algunos corrían, otros huyeron hacia el interior de la pirámide.
Pánico. Maldita sea.
Un sonido sordo. Retumbo, zumbido.
Juraj miró hacia el nordeste. En el cielo se veían varias estelas de motores de
cohetes. Venían precipitándose hacia ellos.
—Papá, tengo miedo —dijo Margareta.
Juraj atrajo a Margareta hacia sus
brazos. Se sentaron juntos junto a Blaž, que seguía durmiendo.
—No mires, Megi. No. Descansemos un
momento. Estamos cansados. No despiertes a Blaž. Dejalo dormir. Se lo merece.
Juraj escupió la pirámide. Barbara
apareció ante sus ojos. Su única y verdadera. Él había prometido que siempre
estarían juntos. Lo había arruinado todo. Todo. La culpa le atenazó el alma.
Estaba indefenso. Margareta temblaba, Blaž gemía en sueños. Tal vez lo sabía.
Juraj abrazó con fuerza a su hijo y
a su hija, y alzó el rostro hacia la llama ardiente de la eternidad.

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