martes, 5 de mayo de 2026

LA TIERRA PROMETIDA

Krunoslav Mikulan 

Juraj seguía a un hombre y a una mujer mientras subían por las escaleras cubiertas de basura. Apretaba con fuerza la empuñadura fría de la pistola y esquivaba con cautela a las personas que yacían en el suelo. Ya estaba oscuro, y últimamente la vista se le había debilitado de manera notable. No había iluminación. No había nada en aquellos días.

La pareja dobló en la esquina. Juraj apuró el paso para no perderlos de vista. Un pasaje estrecho, basura desparramada, cajas, tablas, ladrillos… Excelente. La mujer había estado hablando de algo todo el camino, luego llorando, luego lamentándose. Él no la entendía. Mejor así. Más fácil.

Alcanzaba a distinguir varias siluetas en el pasaje. No eran importantes. Ahogadas en su propia desesperación. Esperando para siempre. Ni siquiera las miró. No eran importantes.

¡Ahora! Una carrera corta, la pistola en la mano, un golpe en la cabeza de la mujer. ¡Callate de una vez! Ella se desplomó como un saco. Mejor así; podría haber gritado. El hombre se sorprendió, se confundió, levantó las manos. Juraj lo agarró del cuello y le apoyó la pistola en la sien.

—¡Dame el oro! ¡Give gold! —siseó Juraj en croata y en un mal inglés.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Debían de estar llenos de miedo. Menos mal que había penumbra. Negó con la cabeza. Tal vez no entendía, tal vez fingía. Juraj lo golpeó con la pistola. A la mierda, no tenía tiempo, debía darse prisa. El hombre cayó al suelo y soltó un gemido. No le había pegado con suficiente fuerza. Otro golpe, y después otro. ¡Callate! ¡Callate, ¿me oyes?! Juraj jadeaba mientras el corazón le latía tan fuerte que sentía dolor en el pecho. Quizás también se acercaba su propio final. Tenía que apurarse. Registró rápidamente el cuerpo. Tanteó hasta encontrar la billetera del hombre, la sacó, la abrió y volcó el contenido en su palma. El oro brilló a la luz de la luna.

 

Juraj apartó el pedazo de tela de la entrada de la tienda. Blaž y Margareta ya dormían en sus sacos. Barbara lo esperaba. Como siempre. Menos mal que estaba oscuro. Tampoco quería verle los ojos.

La luna, sin embargo, iluminó por un momento la sangre que empapaba la manga de su brazo derecho. Barbara le tomó la mano para revisarla.

—¿Es tuya? —susurró.

—No —respondió él con voz ronca, y volvió la cabeza.

Vergüenza. Culpa. A la mierda.

Barbara empezó a respirar rápido.

—¿Alguien te vio?

—No —repitió Juraj.

Sacó las monedas y se las metió en la mano a Barbara.

—Cuenta.

Barbara las contó deprisa.

—Alcanza.

—¿Estás segura?

Barbara asintió. Se sentó en el suelo y se puso a llorar. Juraj se sentó a su lado y la abrazó. Empezó a temblar. El shock. A la mierda. Blaž y Margareta soñaban el sueño de los inocentes. Mejor así.

 

El sol abrasaba, y miles de personas se apiñaban frente a la cerca que rodeaba el pequeño puerto. Alboroto, lamentos, llanto. Sonó un disparo. Alguien había querido saltar la cerca. Sin piedad. Juraj y su familia no se unieron a aquel mar de desesperación. Su objetivo estaba un poco más lejos. Un gran edificio rosado con inscripciones griegas ilegibles. Juraj no era bueno para los idiomas. Era ingeniero, no lingüista.

El edificio también estaba cercado, con alambre de púas, y al menos veinte guardias bien armados lo rodeaban. Delante había bastante menos gente. En pequeños grupos, probablemente familias, los guardias los dejaban pasar despacio. A veces echaban a algún grupo entre gritos y llantos. A veces los golpeaban. A veces se oía un disparo. Había muchos disparos en el pueblo. Así habían echado a su familia una semana antes. Pero Juraj no se había entregado a la desesperación.

Los guardias hablaban griego y un mal inglés. Incluso peor que el suyo. No importaba. Hoy hablaba el oro. La familia se puso en fila. Juraj le mostró el oro al guardia. ¡Pasen! En el edificio estaba sentado un hombre gordo. Hacía un calor insoportable. Por supuesto, no había aire acondicionado, ni siquiera un ventilador común. Juraj puso el oro frente al hombre. No hacía falta decir nada. Ochenta ducados, o su equivalente en oro de menor calidad. Por una familia de cuatro. El hombre contó las monedas de oro, asintió y señaló la puerta en el extremo opuesto de la habitación.

 

La barca estaba llena de gente. Juraj no era marinero, pero sabía que el viaje sería peligroso. Había varios idiomas: griego, albanés, ucraniano, macedonio, rumano, serbio… Y croata, por supuesto. Juraj no le dirigía la palabra a nadie. No hacía falta encariñarse con nadie. Sacó una pequeña radio y la encendió. La encendía cinco minutos por día. Ya no había más baterías. Mientras duraran, durarían. La emisora estaba en inglés. No entendía todo. Barbara había estudiado inglés en la escuela; ella entendería mejor.

A pesar del estado de emergencia, hay cada vez más desorden. Viena, Budapest, Zagreb y Belgrado están en llamas. Se estima que hay diez millones de refugiados en Grecia, y que llegarán otros tantos durante la próxima semana. Bucarest fue completamente abandonada porque el nivel de radiación alcanzó valores letales. La nube radiactiva llegó a Italia, donde… ¡clic!

La gente a su alrededor empezó a gritar. Querían que volviera a encender el radio. Las baterías se habían agotado. No tendría que haber sacado el radio, pero las noticias en inglés se transmitían todos los días al mediodía. ¿Qué esperaba? ¿Buenas noticias? Idiota.

 

La tormenta los sorprendió en el mar. No sabía dónde estaban, ni si estaban cerca de su destino. No había salvavidas. ¡Un grito! Alguien cayó al mar. Nadie reaccionó. No había ayuda. La barca se alzó, se inclinó, y unas cuantas personas más cayeron al agua. Juraj abrazó a Barbara, Blaž y Margareta. Se aferraron con fuerza. Juraj no era religioso. ¿Para qué? De todos modos, Dios no los miraba…

Una ola enorme barrió la barca. El mar rugía, furioso con la gente. La mano de Barbara se soltó de la de Juraj. Olas, espuma, tragos de agua de mar, tos.

—¡Barbara! ¡Blaž! ¡Margareta!

¡Allí! ¡Allí! Blaž y Margareta estaban juntos.

—¡Barbara! ¡Barbara!

El mar no respondía. Los castigaba. Sin importar la nación. Sin importar el idioma. Ni Dios.

 

Juraj se arrastraba por la orilla arenosa. Solo un poco más. Blaž y Margareta estaban con él. Incluso habían llegado a la orilla antes que él.

—Barbara… —lloró en voz baja.

El mar respondió con un rugido y con el chapoteo de las olas.

Soldados con uniformes parduzcos reunían a quienes habían conseguido llegar a la orilla por sus propios medios. No se preocupaban por los demás. Un soldado se acercó a Juraj.

—¿Egypt? —preguntó Juraj.

—¡Misr! —respondió el soldado. Juraj no entendió. ¡Malditos idiomas extranjeros!

Unos cuantos camiones estaban estacionados un poco más allá. Militares, pintados con los colores del desierto. Los soldados separaban a los hombres de las mujeres, incluso a los niños. Uno agarró a Margareta de la mano.

—¡No! —gritó Juraj, y buscó la pistola. No estaba. La había perdido luchando contra la naturaleza—. ¡No! —volvió a gritar, y se lanzó contra el soldado.

Un culatazo en la cabeza. Otro golpe. Oscuridad.

 

—¿Name? —preguntó el soldado, con aburrimiento en la voz.

—Margareta. Name Margareta. Mi hija. Daughter.

—¿Age?

—Ah, a la mierda. ¡Blaž!

—Twelve —dijo Blaž, ayudándolo.

El soldado escribía algo, de derecha a izquierda, en escritura árabe. Maldita sea. Años antes, cuando le habían ofrecido ir a trabajar a una obra en Egipto, él se había negado. En casa se está mejor, había dicho. Podría haber aprendido algo de árabe. Ahora no estarían tan metidos en la mierda.

We look. We find —dijo por fin el soldado—. Next!

—Eso dijiste la última vez —murmuró Juraj.

De hecho, era la cuarta vez. Nada. Desaparecida. Si alguien la había vendido por dos camellos, los mataría. A todos.

—¿Creés que van a encontrar a Megi? —preguntó Blaž.

—Sí. Sí.

—¿Y a mamá?

El puño helado de la muerte alrededor del corazón. Un sollozo ahogado.

—Hijo…

No pudo terminar. El mar es despiadado, había dicho Anđelo, su compañero de trabajo. Lo que se lleva no lo devuelve. Entonces se había reído. En una vida pasada.

—Prometiste que siempre estaríamos juntos…

—Perdón…

Extendió la mano hacia Blaž. El chico se soltó y empezó a pegarle con las manos. Lo mordió en el hombro.

—Perdón.

 

Cena. Una especie de papilla sin sabor. Después de freírse al sol, todos comían con avidez.

Había algún tipo de disturbio junto a la cerca. Pasaba Đorđe, un montenegrino.

—Eh, Juraj, están buscando ingenieros para trabajar. ¿No eras una especie de ingeniero civil?

Juraj agarró rápidamente a Blaž de la mano y lo arrastró hacia la cerca. Se pusieron en la fila. Soldados que otra vez se morían de aburrimiento.

—Soy ingeniero, ¿entiendes? ¡Blaž! ¿Cómo se dice eso?

Engineer.

—Eso. I engineer, me.

What about him? —preguntó el soldado.

—Es mi ayudante, mi aprendiz. ¿Cómo se dice aprendiz?

—Creo que apprentice.

—Eso. He apprentice. My. Of me.

Otro soldado le mostró un dibujo.

What is this?

Juraj entendió: estaban comprobando si de verdad era ingeniero. Intentó explicarlo en su mal inglés. Blaž a veces intervenía para ayudar.

El primer soldado les hizo una seña para que se pusieran junto al camión. Allí ya había diez personas. Conocía a algunas. Sahib era de Tuzla, también estaba Georgi, de Bulgaria. A veces hablaba un poco con ellos. No formaba amistades.

—¿Oíste? —le dijo Sahib—. Todo se fue al carajo.

—¿De qué hablas?

—Allá en casa, todo está contaminado. Menos mal que nos escapamos. Ahora también están huyendo los italianos. El grupo que llegó ayer, todos italianos. Ahora van a seguir los franceses, los alemanes…

—¿Y Zagreb? ¿Split?

—Todo se acabó… Las lluvias radiactivas obligaron a todos a huir. El que se quedó ya está muerto. Mi Tuzla ya no existe…

Okay, let’s go! —gritó un soldado.

Los hombres, unos veinte, subieron al camión. Se dirigieron hacia el sur. El viaje duró toda la noche. Blaž se quedó dormido. Siempre se dormía con facilidad. Mejor así.

Por la mañana tomaron un amplio desvío alrededor de una gran ciudad. Maquinaria de construcción por todas partes. Polvo. El sol ya ardía.

—Nuevo Cairo —dijo Sahib.

Estaba bien informado. Más que Juraj. Conocía el Corán, también sabía unas cuantas palabras de árabe, así que a veces hacía de intérprete en el campamento. Era extraño que no le hubieran dado un trabajo mejor hasta entonces.

—La nueva capital. Allí podría haber trabajo.

El camión no se detuvo, sino que siguió durante otra hora. Pasaron una especie de barrera. Por fin. Los soldados les gritaron que bajaran. Juraj despertó a Blaž y saltaron.

Frente a ellos: una pirámide. Nueva. Inacabada.

—¿Qué mierda es esto? —se le escapó a Juraj.

You work here! —gritó el soldado—. Come!

 

—Margareta. Mar-ga-re-ta.

El soldado estaba anotando el nombre. Este era joven. No se moría de aburrimiento. Junto a él había un voluntario de la Media Luna Roja. Explicaba algo, pero su inglés también era malo.

We find. She alive, we find.

And my wife. Barbara. Bar-ba-ra. Barbara. She in sea. Ocean. Ah, no, a la mierda, no el océano, sino el mar. Sea, ¿entiendss?

Yes. We find —dijo el voluntario, y le entregó una bolsa con comida, jabón y una botella de agua.

Juraj se dirigió hacia las tiendas. Su turno empezaba pronto. Ahí estaba Sahib otra vez. Le había suplicado a la Media Luna Roja que le dieran una radio. De todos modos, internet no funcionaba. Salvo alguna versión local, lenta, en árabe. Había encontrado algunas noticias en inglés. Tal vez las mismas que Juraj solía escuchar.

Más de treinta millones de personas abandonaron Turquía y entraron en Siria e Irak. Entre ellas hay unidades militares completas, armadas y equipadas. Estallaron nuevos conflictos con la población local porque los refugiados no tienen comida ni agua. Israel cerró sus fronteras y prohibió la entrada y la salida del país. En la frontera entre Egipto e Israel hubo un intercambio de fuego de artillería en el que murieron al menos veinte civiles.

—¿Algo sobre nosotros?

—¡Nada! No queda nadie allá en casa.

—Sahib, ¿estás casado?

—No. Y mejor que no.

Sonó el gong. Mediodía. Todos los refugiados debían reunirse en la “plaza” frente a la tienda y presentar sus respetos al presidente Ahmed. Que se fuera al carajo. Sahib decía que se había vuelto loco, que quería proclamarse faraón. Por eso estaba construyendo aquella pirámide. Para la eternidad. Un lunático. Creía que iba a restaurar el antiguo Imperio egipcio. Sahib decía que iría a la guerra contra Israel. Si se declaraba faraón, sucesor del dios Sol, entonces ¿qué pasaba con Alá? ¿Cómo se lo explicaría a su gente?

Guardias, obreros, voluntarios, todos estaban de rodillas, mirando hacia la capital. Llegaron una especie de político y un sacerdote para dar un discurso. Juraj no los entendía.

 

—¡Margareta! ¿Eres tú?

La niña corrió a los brazos de su padre. Lágrimas. Abrazos. Risas. Llegó Blaž. Todo otra vez. Estaba bien. Estaba bien. Solo faltaba encontrar a Barbara.

—¡Estás más delgada, Megi!

—¡Tú también estás más flaco!

—Mala comida…

—Bueno, ¡no hay cerdo!

Risas. Abrazos. Charlas. Lágrimas. Recuerdos.

—¿Dónde está mamá?

Silencio. Lágrimas.

 

Juraj y Blaž estaban en la cima de la pirámide. Tres meses más, como mucho, y estaría terminada, probablemente. Después habría otros seis meses de trabajo alrededor del lugar. Y tal vez construirían otra pirámide. El presidente se había casado hacía poco. Quizás necesitaran una pequeña pirámide para Sara, la primera dama. ¿O una sola para los dos? A la mierda, ¿cómo iba a saber él esas cosas?… Pero quizá habría trabajo. Quizás Megi, Blaž y él encontrarían la felicidad. ¿Acaso no la merecían?

Los soldados empezaron a gritar. Se disparaban tiros al aire. El sargento Jusef, que estaba con ellos en la cima de la pirámide, encendió la radio. Estaba en árabe, a la mierda. Una voz exaltada decía algo.

Margareta subía con dos baldes de agua. Los dejó junto a las escaleras, con miedo en los ojos. Juraj le hizo señas para que se acercara.

—¡Jusef! —gritó Juraj—. What happened?

Egypt attack Israel. We kill them all. All!

Entonces sacó la pistola y empezó a disparar al aire.

All attack. Turkey, Syria, Jordan, Palestine, all attack. They dead!

Metió un cargador nuevo y volvió a disparar todas las balas al aire.

¡Que todo se fuera al carajo! Habían huido de una guerra y se habían metido en otra.

Después de unos minutos, el ruido cesó. El sargento bajó por las escaleras, probablemente para ver qué estaba pasando exactamente. Blaž aprovechó la pausa y se acurrucó contra un bloque de piedra. Dormido. Bendito sea. Todos los obreros se sentaron, y Megi les sirvió agua.

Llegaron sirenas desde la dirección de la ciudad. Juraj se puso de pie y miró hacia abajo. Los soldados entraban en pánico. Algunos corrían, otros huyeron hacia el interior de la pirámide. Pánico. Maldita sea.

Un sonido sordo. Retumbo, zumbido. Juraj miró hacia el nordeste. En el cielo se veían varias estelas de motores de cohetes. Venían precipitándose hacia ellos.

—Papá, tengo miedo —dijo Margareta.

Juraj atrajo a Margareta hacia sus brazos. Se sentaron juntos junto a Blaž, que seguía durmiendo.

—No mires, Megi. No. Descansemos un momento. Estamos cansados. No despiertes a Blaž. Dejalo dormir. Se lo merece.

Juraj escupió la pirámide. Barbara apareció ante sus ojos. Su única y verdadera. Él había prometido que siempre estarían juntos. Lo había arruinado todo. Todo. La culpa le atenazó el alma. Estaba indefenso. Margareta temblaba, Blaž gemía en sueños. Tal vez lo sabía.

Juraj abrazó con fuerza a su hijo y a su hija, y alzó el rostro hacia la llama ardiente de la eternidad.

Krunoslav Mikulan es licenciado en Lengua y Literatura Inglesas y en Lengua y Literatura Alemana, además de tener un máster y un doctorado en Literatura Inglesa. Actualmente es profesor asociado en la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Zagreb (Croacia). Ha publicado ocho novelas y numerosos relatos, poemas y diarios de viaje en diversas revistas y anuarios; también ha publicado numerosos libros y artículos en los campos de la teoría literaria, la lingüística aplicada, la historia y la numismática.

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