domingo, 8 de marzo de 2026

UNA NOCHE, EN DICIEMBRE DE 1994

Veronika Santo

 

Zora está acurrucada en el asiento del autobús casi vacío que serpentea a lo largo de la costa adriática. A un lado se extiende el mar azul y profundo del canal de Velebit; al otro se alza la montaña, blanca como un hueso y afilada como los dientes de un dragón. Han salido de Trieste hace varias horas y las luces de Zara ya están cerca. Luces como las de un árbol de Navidad pobre, porque en el norte de Dalmacia hay guerra y la ciudad ha estado rodeada por los enemigos durante demasiado tiempo y nada es ya como antes.

El autobús con el letrero “Dubrovnik line” se hunde como un cuchillo en la niebla tenue que forma una cúpula gris clara, casi invisible, alrededor de la ciudad. Hay de todo en esa niebla: vapor de los bombardeos, partículas de arena de los sacos amontonados delante de las ventanas, la quintaesencia de los muertos y de los heridos en el alma y en el cuerpo, el odio y la esperanza por el pasado y por el futuro.

Zora baja del autobús un poco antes de medianoche. No habría querido tomar uno que llegara de noche, pero el tren desde Roma tuvo retraso y ese era el último que se aventuraba hacia el sur, a lo largo de la costa adriática.

Es demasiado tarde para los autobuses locales, y los taxis hace tiempo que han desaparecido de la ciudad, requisados por los soldados o huyendo de la guerra. La estación está casi desierta, los andenes vacíos, las aceras llenas de colillas de cigarrillos de los soldados. Del único bar iluminado llegan voces masculinas, alteradas por el vino y la cerveza. Una señora anciana baja junto con ella. Zora ve que la esperan con un coche blanco estacionado no lejos de la acera. Mientras intenta decidirse a pedir que la lleven, el coche arranca y ella solo ve el brillo de las gafas del conductor que huye en la oscuridad de la carretera.

Hace frío. Un viento salobre empuja las nubes altas en el cielo y se siente el olor del mar como siempre, como en los tiempos en que la cúpula aún no existía. Eso le da valor. Zora se abrocha la chaqueta, se cuelga la mochila en la espalda, toma la valijita con la mano derecha y comienza a caminar. La noche alrededor es densa y silenciosa. Tiene por delante cuarenta minutos de camino antes de llegar a casa.

—¡Detente! —le ordena alguien, y se da cuenta de que delante de ella hay un puesto de control—. ¿No sabes que hay toque de queda? —pregunta una voz masculina iluminándole el rostro con una linterna.

—He llegado con el autobús desde Trieste —responde Zora señalando el que pasa veloz junto a ellos para continuar su viaje a lo largo de la costa.

—Muéstreme los documentos —dice el hombre acercándose—. Es peligroso deambular así de noche.

Zora saca los documentos y el muchacho los examina atentamente. Al acercarse, ve que no puede tener más de unos veinte años.

—¿Vive en Melada? —continúa él.

Zora asiente, cambiando el peso de una pierna a la otra. De la boca del muchacho sale vapor a causa del frío. Ella piensa que debería haber llamado a alguien antes de salir de Trieste. Pero al final… ¿a quién? Los padres son demasiado viejos y los hijos demasiado pequeños.

El soldado se vuelve hacia sus compañeros, que proyectan sombras en el borde de la carretera, y regresa con ellos llevándose los documentos de Zora en la mano. Los oye susurrar. Son tres y cada uno lleva una ametralladora al hombro.

—Uno de nosotros la acompañará —le anuncia el muchacho.

Debería sentir alivio. En cambio, se esfuerza por verlos mejor, pero las nubes cubren cada vez más el cielo y la única luz es el cigarrillo encendido de uno de los soldados. De la oscuridad se acerca otro hombre. Tiene el cabello rubio, pero no se distingue su rostro.

—Vamos —dice. Primero se acomoda la ametralladora en el hombro y luego recoge la valijita que Zora había dejado en el suelo.

Se ponen en camino. Zora empieza a pensar si debería preguntarle al menos su nombre y si debería darle las gracias. Tal vez tenían la tarea de acompañar a todos los pasajeros perdidos que llegaban durante la noche a Zara. Pero no pregunta nada, porque le parece que el soldado es de los que no hablan mucho. Su fusil ametrallador pesa sobre sus hombros con el cañón apuntando hacia la acera resquebrajada.

—Debemos ir todo recto hacia abajo y luego tomar la Vía de la XIX División —le informa el soldado después de unos minutos de caminata—. El camino por el centro es demasiado largo y creo que usted ya está cansada.

—De acuerdo. Es el camino más corto. Pasamos junto al cuartel —acepta Zora mirando de reojo el rostro del hombre. Parece un poco menos joven que el soldado que la detuvo en el puesto de control, pero no hay suficiente luz para verlo bien. Las nubes desgarradas y luego amontonadas de nuevo por el viento viajan veloces sobre ellos.

—Ahora ya no queda nadie en el cuartel —dice el soldado.

Caminan de nuevo en silencio. Ella sabe que la naturaleza del hombre es cambiante; mantiene los oídos atentos para percibir su respiración, que podría delatar intenciones puramente masculinas. Un soldado sigue siendo un soldado, decía su abuela; las guerras cambian, pero la naturaleza de los soldados permanece inmutable.

La calle se despliega silencios ante ellos, con las casas oscuras y las ventanas cubiertas para que no se filtre la luz. Ya es una costumbre cubrir las ventanas, aunque los ataques más fuertes contra la ciudad hayan cesado.

Zora conoce bien el camino. Deben seguir recto; después del tercer cruce girarán a la derecha para tomar la calle con los jardines y las casas de su barrio. En una de ellas seguramente la luz seguirá encendida. Ella abrirá el portón que chirría, cruzará el sendero de entrada con la pérgola y estará en casa.

Pero ahora sigue caminando con el soldado que empuña su fusil ametrallador. El aire es frío, enrarecido como si estuvieran en la luna. También la calle frente a ellos es lunar, desierta, con agujeros de granadas que aquí y allá se hunden y se alzan de repente como cráteres. Una o dos veces Zora tropieza, pero él ni siquiera roza su brazo para ayudarla, y eso la tranquiliza.

A la izquierda hay casas con ventanas muertas, un cruce, pero ellos siguen sin girar; pasan delante del edificio del antiguo matadero y luego un largo muro que oculta los edificios –con las máquinas detenidas desde el comienzo de la guerra– de una empresa textil. A la derecha, a la altura del matadero, está el cuartel del ejército nacional yugoslavo. Un ejército que ya no existe como tal. Edificios vacíos, parques abandonados, ventanas con los vidrios rotos que brillan a la luz de una luna esquiva: son los testigos mudos de la batalla que hasta poco antes había rugido entre la ciudad y el ejército que en el pasado tenía la tarea de protegerla.

El soldado ahora camina más despacio. De vez en cuando se detiene y mira con desconfianza hacia los edificios. Zora comprende que algo no va bien. El soldado se detiene de repente.

—Allí hay alguien —le susurra.

—Pero cómo —susurra Zora—, el cuartel está abandonado, se retiraron…

Pero él le hace una señal para que se calle.

Deja la valijita de ella sobre el asfalto y corre rápidamente, silenciosamente, en la oscuridad; ella se queda sola con el corazón y las manos heladas. Esconde las manos en los bolsillos del abrigo; el corazón está desnudo en la noche. Mira con los ojos muy abiertos hacia las ventanas negras para captar algún movimiento sospechoso; por momentos le parece distinguir sombras más claras que se deslizan detrás de los cristales rotos. No sabe si es real o si su inquietud abre la puerta a imágenes fantásticas.

Después de unos minutos que le parecen horas, él regresa, con pasos suaves de lobo.

—Aquel edificio de allí era la lavandería. Debo echar un vistazo alrededor. ¡Malditos! Parece que se han infiltrado otra vez en el cuartel. Es mejor que me espere dentro de la lavandería en lugar de aquí, en la calle —susurra, y le hace señas para que lo siga hacia el edificio bajo y blanco que se alarga siguiendo el muro del cuartel.

Zora se vuelve a mirar alrededor, desesperada. No quiere ir con él, pero no sabe qué hacer. Ahora empieza a tener miedo y ni siquiera sabe de qué: de la calle vacía, de las extrañas presencias en el cuartel o de la profunda oscuridad que se esconde detrás de las ventanas rotas.

Así, sin saber siquiera por qué, sigue al soldado que la precede con sus modos decididos y silenciosos. Al llegar a la entrada de la lavandería, él le hace señas para que se acomode allí dentro y desaparece de nuevo en la oscuridad.

Zora se aprieta en un rincón intentando ver algo, luego comienza a avanzar palpando la pared con la mano. El muro es frío, áspero. Bajo la mano siente la cabeza de un clavo: quizá aquí una vez estuvo colgado un cuadro. Se detiene, en parte porque comprende lo absurdo que es moverse en esa oscuridad desolada, en parte porque oye el ruido de botas sobre el asfalto. Alguien corre. ¿El soldado? ¿Hay alguien más? Alguien blasfema en voz baja. Oye el ruido de ramas que se quiebran y luego algo más… algo más. Disparos. Alguien ha disparado.

El instinto le sugiere esconderse, alejarse de la puerta, ir más hacia el interior, encontrar algún mueble y acurrucarse detrás. En cambio, sin saber siquiera cómo, se encuentra de nuevo sola en la puerta mirando hacia afuera con los ojos muy abiertos.

No se ve nada: solo las siluetas de los edificios abandonados y las copas negras de los árboles. Luego distingue a alguien tendido en el suelo. Zora alarga la mano como si quisiera arrancar el velo negro de la noche para poder ver mejor; luego comienza a caminar con incertidumbre: el miedo ha tejido a su alrededor una espesa telaraña que le impide moverse.

Tendido en el suelo hay un hombre con uniforme. Un soldado con el uniforme del ejército yugoslavo. El rostro no se distingue, pero Zora ve claramente una delgada línea de sangre que corre por el suelo. Su primer pensamiento es que quizá el hombre aún no está muerto y debería ser ayudado. Pero no logra acercarse. Las piernas no la sostienen.

Los suaves pasos de lobo atraviesan el patio y una voz le susurra al oído.

—No debes estar aquí. Están los otros. Ven. Debes esconderte. No te quedes aquí. ¡Muévete!

Y el soldado del nuevo ejército croata se mueve delante de ella hacia la lavandería como para darle el ejemplo. Zora lo sigue automáticamente.

Las nubes en el cielo se desplazan lentamente dejando una abertura sobre el rostro de la luna y sobre el rostro del soldado.

—No te muevas de aquí —repite él señalando otra vez un rincón de la lavandería.

—Pero creo que te he conocido —exclama Zora en voz baja—. ¡Tú eres Ivan! ¡Ivan Mandre!

El rostro de su compañero de escuela está arrugado, los ojos cansados y el cabello rubio ya ralo.

—He cambiado un poco —dice Ivan con amargura—. Pensé que no me reconocerías. Ha pasado mucho tiempo.

—Sí, ha pasado mucho tiempo —repite Zora—. Estaba oscuro, solo por eso no comprendí enseguida quién eras… —Es una mentira, se confiesa a sí misma. Ha envejecido, tan pronto, tanto. En voz alta solo dice—: ¿Y por qué no dijiste nada?

—Ahora entra —la ignora él—. Por favor. Han vuelto. Debo echarlos. Hablaremos después.

Zora entra otra vez en la lavandería abandonada y esta vez se sienta en el suelo frío. En la noche ha aparecido un rostro conocido y se siente menos inquieta. Claro que ese rostro tiene demasiadas arrugas y en los ojos se ven demasiadas heridas. ¿Habrá matado él a aquel hombre de afuera?, se pregunta. Entonces recuerda que hay un muerto a pocos pasos de ella. Pasos… otra vez. Silenciosos, furtivos. Dan vueltas alrededor.

Ella levanta la cabeza que tenía apoyada en las rodillas y escucha. Hay gente corriendo. Rápido. Feroz. Más de uno. Alguien grita. Se oyen disparos otra vez.

No puedo hacer nada, piensa Zora. No tiene armas y aunque las tuviera no sabría usarlas. No puedo hacer nada, se repite, solo escuchar. Y escucha. No tanto lo que ocurre afuera, sino lo que ocurre dentro de ella. Escucha el latido del corazón y su respiración. Existen dos mundos, piensa: uno con luces y camas suaves, con sopas perfumadas y café caliente. El otro con oscuridad, con jergones sobre cemento y tierra apisonada, con muertos que hacen guardia delante de una puerta. ¿Quién es el que divide a los habitantes entre esos dos mundos?

De pronto los pasos afuera se aquietan, los disparos cesan. Zora levanta la cabeza. Ahora solo están los crujidos del viejo edificio, de las ramas desnudas de un viejo castaño que se doblan con el viento y… los pasos ligeros que se acercan a la lavandería.

Una silueta negra se recorta con claridad en la puerta.

—Podemos ir —dice el hombre y avanza con seguridad hacia la valijita y la mochila, como si su mirada atravesara la oscuridad—. Te acompaño a casa.

Zora se levanta dolorida. Le parece que no siente las piernas. Mientras tanto intenta ver el rostro del hombre. No sabría decir por qué, pero de pronto ha tenido la fuerte sospecha de que ya no se trata de Ivan. Ese hombre se mueve con la ligereza de una sombra. Allí afuera han matado a Ivan y alguien está jugando con ella un juego misterioso y cruel.

El hombre la precede llevando la valijita; su paso es largo y ella se apresura detrás. En el patio intenta mantener la mirada fija en el portón inclinado que conduce afuera, hacia la calle. No quiere ver la silueta que yace cerca, porque le provoca no solo miedo sino también una alegría secreta; parece la primera señal en el camino que conduce hacia casa.

Vuelven a caminar, lado a lado, por la calle desierta. A la izquierda está el muro que bordea la empresa textil abandonada. A la derecha, poco después del último edificio del cuartel, hay un cruce y comienzan los edificios habitados.

Zora y el soldado caminan bajo la luna fría y ella no logra pensar en otra cosa que en el cuerpo muerto que yace detrás de ellos, en el patio del cuartel abandonado.

—¿Has matado a alguien? —pregunta Zora.

—He matado a muchos —responde el soldado después de un breve silencio.

—Quiero decir ahora. En el cuartel.

—Ahora no he matado a nadie —niega él después de un momento, y ella comprende que no quiere hablar de eso.

Entre las nubes, sobre sus cabezas, se abre una grieta y ella logra verle el rostro. Es Ivan, comprueba con alivio, porque por un momento había pensado que era otro. Luego lo observa mejor. Algo ha cambiado en su rostro: ahora está aún más pálido, más sufrido. Zora está segura de que no le ha dicho la verdad. Ha matado a ese hombre en el patio del cuartel, piensa; por eso le parece cambiado.

—Lo siento —dice Zora, levantando el cuello de la chaqueta al sentir que el viento nocturno se vuelve cada vez más frío.

—¿Por qué deberías sentirlo? Cada uno hace lo que puede. Tú tuviste que ir a Italia; trabajas allí, ¿verdad?

—Desde hace ya dos años —confirma Zora en voz baja.

—Y yo tuve que ir a la guerra. A veces parece que no hay elecciones.

—No lo sé —dice Zora, y se encuentra contándole los últimos dos años de su vida.

Él la escucha en silencio.

Ahora están cerca de las Vrulje, un parque de pinos marítimos que murmuran con el viento, y enseguida, una vez pasado el cruce, Zora puede entrar en la calle que la lleva a casa. Piensa que lo invitará a entrar y que su madre le preparará alguna bebida caliente.

—¿Crees que terminará pronto? —pregunta pensando en todo: la guerra, su trabajo en Italia, la cúpula que está a su alrededor, grandiosa e invisible.

—Dicen que antes del próximo verano debería haber una gran batalla —responde él, comprendiendo lo que ella pregunta—. Luego debería cambiar. Sí, cambiará.

Su paso se vuelve más pesado. Las botas de cuero negro manchadas de barro se detienen en el cruce. Las nubes vuelven a cubrir la luna y sus sombras caen sobre su rostro.

—Desde aquí puedes continuar sola —susurra él, y hay una nota de tristeza en su voz.

—¿Pero no quieres acompañarme hasta casa y tomar algo caliente? —pregunta Zora, mientras se siente, sin saber por qué, como aliviada.

—Debo volver —rechaza él mirando a su alrededor. Luego se vuelve hacia ella—. Han cortado el nogal de tu jardín, el que está detrás de la casa. No estés demasiado triste —dice mientras le entrega la valijita.

Zora recorre su calle bordeada de jardines y casas que conoce. Ve el portón verde que se abre bajo la pérgola ahora sin hojas, y ya se está abriendo la puerta de entrada hacia otro mundo. Un mundo de calor y, al menos parece, seguro. La madre y el padre la esperan, los niños ya duermen. Zora entra en el salón que conoce tan bien: el sofá amarillo, las pesadas cortinas en las ventanas y los estantes llenos de libros.

Sobre la mesita junto a la biblioteca hay, en un jarrón, una rama de abeto negro cortada en el bosque. El padre abre la portezuela de la caldera para añadir un trozo de leña y las bolas doradas, las que quedaron de los tiempos anteriores a la guerra, brillan a la luz del fuego.

—Mañana es Navidad —observa Zora—. Oh, Dios, es Navidad —repite como si lo hubiera descubierto ahora, mientras el padre añade leña al fuego.

Va a la habitación de los niños y acaricia con la mirada su sueño tranquilo.

Luego vuelve a la cocina. Los padres la miran y ella mira sus rostros buscando los cambios que se hayan producido desde el verano. El padre la abraza, la madre le pregunta por el viaje.

—Me acompañó hasta aquí desde la estación Ivan Mandre. ¿Recuerdas, mamá? El que iba conmigo al liceo.

—Imposible —la contradice la madre en voz baja—. Ivan murió hace algunas semanas en la batalla de Eslavonia del Norte. Me encontré con su padre el jueves pasado. Te has equivocado.

—¡Pero qué dices! ¡Estaba conmigo hace apenas diez minutos!

—El señor Mandre logró recuperar el cuerpo. Hicieron el funeral en Zara —precisa la madre, y su voz es dura. Luego se vuelve y va a la cocina.

Zora calla.

También el padre calla; tiene las manos detrás de la espalda, se da vuelta, quisiera poner más leña en el fuego, pero la caldera ya está llena. Zora mira bien la caja de la leña. Son ramas del nogal. La madre en la cocina vierte el té hirviendo en las tazas.

Zora siente cómo su sangre empieza poco a poco a calentarse. Piensa en lo que ocurrió esa noche, en el rostro blanco y sufrido de Ivan, en los disparos en el cuartel.

Luego pregunta:

—¿Todavía hay enfrentamientos con los rezagados aquí en la ciudad?

—Últimamente no —responde el padre—. Todavía hay combates en el norte. Desde el verano nos han dejado en paz. Solo que no hay agua. La traen con cisternas.

—Toma este té —dice la madre—. Caliéntate, caliéntate.

Y sus ojos dicen: sé que has visto algo, pero no nos lo cuentes ahora. Olvida, olvida. Zora comprende. Bebe lentamente la infusión y se calienta las manos alrededor de la taza. La ciudad está llena de muertos. Y ellos no quieren ser olvidados. Viven bajo la cúpula y cuentan sus historias a los vivos. Recuerda que Ivan había nacido el 20 de octubre de 1960. Tenía 34 años, un mes y veinte días de vivo y quince días de muerto. ¿Existe una suma que abarque todos los días, todas las noches de una persona, tanto viva como muerta?

Pasa una noche inquieta entre sueño y vigilia en su dormitorio frío.

Por la mañana se levanta temprano y se asoma al patio trasero. Sí. El gran nogal que había plantado su abuelo ha sido cortado. La tierra roja del jardín está cubierta de escarcha que brilla con la primera luz del día.

Zora mira el tronco gris del nogal recién cortado. Luego recuerda otras cosas que dijo Ivan. Dijo que habría una gran batalla antes del verano y que después todo cambiaría. Se pregunta: ¿cuántas batallas y cuántos cambios más?

Suspira. Esperará el verano y la gran batalla.

Veronika Santo ha publicado hasta la fecha tres antologías de relatos en Croacia y una en Italia. Sus novelas Fronteras en el viento (Premio Sfera 2017), Una noche en el bosquePasos en el sendero" y El reloj veneciano (Premio Sfera 2024) se han publicado en Croacia, mientras que Fronteras en el viento se ha publicado en Serbia. Sus relatos se incluyeron en varias antologías en Croacia, Serbia e Italia, algunas de las cuales han sido premiadas. Su relato "Aguas Profundas" fue uno de los ganadores del concurso literario multilingüe "La Biblioteca di Babele", organizado bajo los auspicios de la Universidad de Turín. La antología S/Confinati, en la que la autora presenta un relato basado en la novela Fronteras en el Viento, se publicó en Italia en 2024 y fue finalista del "Premio Italia" en la categoría de antología de ciencia ficción. Los cuentos "A Eva con amor" y "Siempre es domingo" recibieron el premio "Sfera" en Zagreb, mientras que el cuento "Tres Laures" recibió el premio "Artefacto" de la Asociación "3. zmaj" de Rijeka. El cuento "El jardín de los mascarones" fue premiado por la revista belgradense "Znak Sagite". Es miembro de la Asociación de Escritores Croatas.

 

 

EN LAS MINAS DE KOLTAN

Finn Audenaert

 

¿Cuánto tiempo llevaba cavando? Había perdido toda noción del tiempo. Solo podía recordar que ese era su primer pensamiento en muchísimo tiempo. No sabía nada, no sentía nada, no tenía hambre, no tenía sed. Solo existía el cavar constante, el remover monstruoso. La necesidad de ir más profundo. De estar más cerca. Más cerca de… lo desconocido.

Primero había encontrado el corindón. Capas que relucían con intensidad, rojas y azules, habían quemado lo poco que aún le quedaba de vista. ¿Acaso todavía tenía ojos? En silencio se había abierto camino, arañando hacia abajo. Apenas había pasado los rubíes y los zafiros, se topó con extraños objetos poliédricos, cada uno no más grande que un puño, apretados unos contra otros. Con los dedos sangrantes tanteó su superficie lisa, negándose a pensar en la razón de su existencia allí, tan hondo en la tierra. Uno por uno desenterró los objetos y, con esfuerzo, los empujó hacia atrás. De pronto, sobre él sintió que uno de aquellos objetos misteriosos explotaba. La tierra tembló sin piedad. En verdad, el suelo lo había engullido por completo. No se detuvo a pensar cómo podía respirar. Por todos lados lo presionaban la tierra cálida y compactada y los ángulos afilados de los objetos misteriosos. El sudor le corría hacia los ojos apagados, formaba charcos sucios justo bajo sus pestañas. Su sudor y sus lágrimas trazaban surcos estrechos en la tierra reseca pegada a su cara y volvían a alisar, en finas espirales, su rostro áspero. Abrió la boca de par en par y la tierra entró en él, le llenó la garganta hasta el fondo. Durmió.

En su sueño inquieto debió de haberse removido, abriéndose paso aún más abajo. Todo el cuerpo le ardía. En todas partes sentía heridas abiertas donde la grava lo raspaba. Tragó algo de tierra y, con toda violencia, sintió surgir la urgencia de bajar, siempre bajar. Desde el pecho se le extendió un resplandor por todo el cuerpo. Cuando el calor alcanzó sus brazos extendidos hacia abajo, de pronto fue consciente de un vacío enorme. Una caverna. Sus dedos se retorcieron un instante, inútiles en el aire, y luego volvieron, con esfuerzo, hacia su cuerpo comprimido. Se zafó haciendo palanca y cayó sin remedio en el espacio, desacostumbrado a la ausencia de esa presión y ese apretujamiento que, desde que tenía conciencia de esta vida, lo habían rodeado como un útero hostil.

Con lo que le quedaba de manos se limpió la cara de sangre, sudor y mugre. Los muñones que rozaban su piel lo devolvieron a sí mismo. Había llegado a su destino. La pesada sensación de expectación que lo invadió fue tan intensa que el estómago y los pulmones parecían encogérsele al mismo tiempo. Se dobló hacia delante. En una arcada larga vomitó tierra, pequeñas piedras y raíces de plantas, una y otra vez, hasta que gran parte del espacio en el que se encontraba volvió a llenarse y lo rodeó una leve presión. Le chorreó mucosidad arenosa de la nariz. Con brusquedad empujó con los codos la tierra suelta para alejarla de sí.

Torpe, cayó de rodillas y palpó el entorno de formas irregulares con masas de carne que apenas podían pasar por manos. Se sentía extraño. No era la materia sólida con la que había luchado todo ese tiempo. La tierra se deslizaba suave sobre sus brazos velludos. En el fondo percibió una corriente fría. El frescor le hizo bien a su cuerpo recalentado. Lentamente se arrastró en dirección al frío. Una niebla de vapor de agua parecía envolverlo ahora; formaba gotas sobre su cuerpo. Cuanto más avanzaba, más enderezaba la espalda. Al final pudo ponerse completamente de pie. La escarcha se extendió despacio por su rostro. Ahora helaba con fuerza. Sus profundas cuencas oculares pronto se llenaron de cristales centelleantes. La capa blanca cubrió sus labios azulados y se extendió hasta el fondo de su cuello, rodeó enseguida todo su torso. Con avidez estiró los brazos hacia la fuente del frío. Carámbanos crecieron en los muñones de sus manos. Con esos dedos frágiles abrazó con cuidado la esfera helada que flotaba ante él, y sintió que la muerte caía sobre su cuerpo como un viejo amigo. Su máscara de escarcha se resquebrajó con un crujido y mostró una sonrisa apacible.

Muy por encima de esa estatua congelada, muchas capas más arriba, donde podían verse nubes y donde un viento suave susurraba entre los arbustos, allí, en la llanura minera cerca de Koltan, un sonido fue creciendo. Primero llenó la llanura desnuda. Luego trepó por las montañas que bordeaban el valle de Bilsoen por todos lados. El estruendo se volvió tan fuerte que alcanzó el cielo, donde las nubes, casi como asustadas, parecieron huir con rapidez. En medio del bramido, cuatro hombres vestidos con una ostentación excesiva estaban inclinados sobre un agujero profundo. Eran los señores de las minas de Koltan. Con los años, la tierra les había dado una riqueza inconmensurable. Alrededor de sus vientres gruesos colgaban pesados cinturones sembrados de gemas de todos los colores. En la cabeza llevaban tiaras pomposas en las que estaban engastadas las piedras más preciosas. Hasta las suelas de sus zapatos estaban hechas de minerales valiosos. El alboroto que llenaba el valle tenía su origen en aquellos acaudalados señores. Sus gritos de júbilo resonaban en el ancho pozo, se amplificaban y rebotaban. Sus exclamaciones volvían a subir desde la cavidad en la tierra y se elevaban al cielo como vapor de escarcha.

¡Había llegado el tiempo de cosechar! El Removedor, su instrumento sin voluntad, había cumplido su tarea. En una de las cámaras de bálsamo de Koltan, los señores de las minas –que nunca habían prestado demasiada atención a los decretos del sultán sobre el valor de la Vida y la Muerte–, tras una larga búsqueda, habían encontrado un cadáver adecuado, con un alma tan cargada que aún no estaba lista para partir al reino de los muertos. A ese no-muerto lo sacaron en secreto de la ciudad y lo llevaron a la gran llanura. Con conjuros y hierbas despertaron a la criatura. Le miraron fijamente a los ojos negros y le hablaron largo rato, mientras hacían gestos místicos. Debía bajar, hundirse en la profundidad. Allí, el errante, encontraría su destino.

Mientras sus últimos gritos de alegría se apagaban, la esfera de brillo glorioso ascendió desde el pozo. De ella colgaban aún los carámbanos del desdichado de abajo. Como dedos admonitores, señalaban a los cuatro señores. Ellos rieron, inconscientes del peligro. Ya tenían riqueza, más de la que podían desear. Quien poseía casi todo solo anhelaba una cosa: el control absoluto sobre todos los demás. El prójimo era la posesión suprema. Donde su ilustre gobernante trataba a su pueblo con benevolencia –a los cuatro les repelía esa idea– y deseaba prosperidad a sus ciudadanos, los señores de las minas tenían otros planes. Gracias a esa esfera, pronto todos los koltaneses serían tan desprovistos de voluntad como el no-muerto Removedor, que en ese día bendito se había cavado una tumba nueva. No, no faltaba mucho para que la plaga de la esclavitud volviera a descender sobre el orgulloso Koltan. Los señores de las minas tenían grandes expectativas puestas en la esfera. ¿Acaso las leyendas no hablaban de la omnipotencia del cuerpo celeste que, siglos atrás, fue tragado por la tierra por orden del Señor de la Cúpula, Aquel que era alabado por el pueblo en todo momento? ¿No temía el Señor de la Cúpula a esa estrella hasta tal punto que, con un esfuerzo extremo, la había forzado dentro de una esfera y la había desterrado al subsuelo, como única de sus creaciones?

¡Qué poder debía de encerrar aquella pequeña esfera! Durante años, los señores de las minas habían buscado, en oscuros cuartos apartados, en escritos polvorientos, indicios sobre la ubicación de esa arma definitiva. Los cabellos de los señores ya eran plateados cuando, bajo las losas de piedra de la cámara funeraria de Nur Al Fatah, a ocho metros de profundidad en tierra consagrada, hallaron un mapa que, aun después de tanto tiempo, parecía asombrosamente nuevo.

¿Pero qué importaban los años transcurridos? Bien alimentados y en plena forma gracias a la buena vida, a los señores de las minas todavía les aguardaba una vejez espléndida. ¡Tras la riqueza, también la fama y el poder sin mezcla serían su parte! Allí donde otros ancianos debían esperar la muerte en la miseria, ocultos con vergüenza tras cortinas descoloridas, los ambiciosos señores de las minas pasarían sus últimos años como los potentados de Koltan, como los gobernantes de todas las regiones visibles desde la torre más alta de Koltan. Más aún: su reino crecería con tal fuerza que, cada año que siguieran vivos, construirían una torre nueva, cada vez más alta, que ofreciera vista a los territorios conquistados. Las torres se clavarían profundamente en el cielo y allí desafiarían al Señor de la Cúpula. ¿Y el sultán? Ese benévolo protector del pueblo, cuyo nombre apenas podían pronunciar por desprecio, sería su felpudo, una sombra enloquecida que deambularía sin rumbo por el palacio, temerosa de provocar la ira de sus amos.

Una risa profunda brotó de sus gargantas robustas. Con avidez, uno de los gordos extendió la mano hacia la esfera. Como atraída por los dedos carnosos llenos de anillos, la esfera flotó suavemente hacia el señor de las minas al que llamaban Waïs, Señor de la Abundancia. Él le habló a la esfera con tono imperioso.

—Escucha a tus nuevos comandantes, maravilla flotante. El Señor de la Cúpula te derribó a la tierra antaño, en la Última Batalla. Se te cometió una gran injusticia. ¡Ea, pues, estrella, ahora eres libre! Rompe tu indigna cáscara y ve donde quieras, por Koltan y sus alrededores, y ejerce tu fuerza devastadora sobre todos cuantos encuentres. Penetra en los deseos más ocultos de los koltaneses y de los pueblos inferiores. Hazlos a todos tus adoradores. Solo una cosa debes tener en cuenta. Mientras el pueblo te idolatre en templos y alabe tu sabiduría infinita y tu omnipotencia, nosotros, los señores de las minas de Koltan, guiaremos la ciudad y le devolveremos la gloriosa fama que tenía antes de que el débil sultán pusiera por delante el bienestar de su pueblo. Nuestro elevado reino no debe limitarse a las puertas y murallas de la ciudad; no, Koltan debe extender su pompa y su potencia por todo el continente. De océano a océano acabaremos gobernando, con los koltaneses como nuestro poderoso ejército. Tan sin voluntad los harás que cumplirán las tareas más crueles. Con tanto ardor lucharán que pasarán a cuchillo a cualquier poder extraño. Habla, estrella: ¿estás de acuerdo?

La esfera empezó a brillar con violencia. Bramó en una lengua extinta que los señores de las minas no conocían, pero que, de manera extraña, comprendieron.

—Criaturas insignificantes… Domináis el arte de devolver la vida a los muertos. Ahora también queréis convertir a los vivos en vuestros seguidores serviles. Ja, ¡tenéis grandes ambiciones para vuestra corta vida! ¿Acaso no comprendéis que yo soy la eternidad? Ese impostor de arriba a quien llamáis, adulando, el Señor de la Cúpula, en tiempos remotos me atrajo al subsuelo con un ardid. ¿De verdad pensáis que yo, por mi propia fuerza, no puedo romper a través de los muchos minerales, menas y campos mineros y, si así lo deseo, a través de mi propia cáscara?

Los señores de las minas empezaron a temblar y a sacudirse. Waïs habló con inseguridad.

—Pero ¿por qué entonces permaneciste abajo, estrella? Las leyendas dicen que tú, la más poderosa de las estrellas, querías ser liberada y que recompensarías generosamente a tus libertadores.

La esfera descendió hasta quedar justo frente a los ojos de Waïs.

—Lo veo en ti y en tus miserables compañeros: crecisteis bajo el débil gobierno del maldito Señor de la Cúpula y del frágil sultán. Creéis comprender el poder puro, pero os equivocáis. Así como el Señor de la Cúpula me atrajo a la profundidad, también sedujo a los más débiles de los vuestros para que vinieran a buscarme. ¿Qué Dios no querría obtener una prueba de su omnipotencia? Sí, el Señor de la Cúpula creó al hombre a su imagen. La vanidad no le es ajena. Durante siglos, los koltaneses supieron contenerse a pesar de largos períodos de calamidad y obedecieron a su protector celestial. Pero ese orgulloso gobernante de arriba siguió dudando de vuestra devoción. Por eso, al fin, os concedió un mundo de abundancia y paz, un reino donde era dichoso morar. Y sí: liberados de preocupaciones terrenales, ¡acabasteis cayendo en la tentación! Los más audaces entre vosotros se sintieron listos para burlarse de la protección del Señor de la Cúpula y tomar el timón por vuestra cuenta. Bien: ¡entonces ahora experimentaréis lo que es ser completamente libres! Él, allá arriba, se retira ofendido y me deja el campo abierto. ¿Pensáis convertir a todos en Removedores? ¿Queréis transformar a los vivos en un ejército de no-muertos? ¡Insensatos! ¿No sabéis que ese es el privilegio de aquel a quien acabáis de liberar? Yo soy el Mal, que habéis soltado otra vez sobre la humanidad. Temblad ahora, atrasados, porque para mí sois todos iguales, ya seáis ricos o pobres, poderosos o insignificantes. Yo no soy como el Señor de la Cúpula, que dio a los sabios el poder de gobernar sobre los necios. ¡Junto con vuestro sultán, os arrastraréis ante mí!

De la esfera salieron destellos cegadores. La cáscara se quebró y la estrella encerrada en ella se hizo cada vez más grande. Uno por uno, los señores de las minas, antes tan altivos, cayeron pesadamente sobre la arena que se levantaba. Sus rostros estaban retorcidos de terror hasta casi volverse irreconocibles. Sin apartar la vista, miraban la estrella, que se expandía sobre la llanura. Waïs, a quien antes llamaban con respeto el Señor de la Abundancia, se mordió la lengua, la arrancó y masticó sus restos sangrientos. Rayan el Portador de Agua, fuera de sí, se arrancó las orejas. La sangre le brotó bajo el cabello negro y se mezcló, rojo parduzco, con la arena. Hamza el León, que había sido tan intrépido, sacó un puñal de su cinturón ricamente adornado, rasgó su vestidura y se destripó. Las tripas del León se retorcían como gusanos en el polvo. Imran el Silencioso, que había imaginado con más fervor a Koltan como imperio mundial, encogido por completo, se metió los pies en la boca y empezó a roer sus propios dedos.

Cuando los cuatro terminaron su miserable faena, miraron hacia donde estaba su torturador. Sin embargo, la estrella ya no flotaba sobre la llanura. El ídolo maligno había puesto rumbo hacia la ciudad. El cielo sobre los señores de las minas de Koltan se volvió negro como el carbón. Se levantó un viento atronador sobre la llanura. El Señor de la Cúpula había abandonado a su pueblo. Imran el Silencioso abrió la boca, escupió sus dedos y lanzó un grito.

—Koltan… ¿qué hemos hecho?

Desde la ciudad se elevó un retumbar ominoso.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

LA CLARIDAD Y LA IMPENETRABILIDAD

Boris Glikman

 

Mis compañeros y yo nos damos cuenta de pronto de que en realidad estamos en el mundo de los muertos.

Caminamos hacia un mercado al aire libre que tiene muchos puestos diferentes y vemos un titular de periódico sobre un muchacho del Titanic que cuenta cómo fue hundirse. Ese mismo periódico también publica cartas de animales atropellados que relatan sus experiencias en los últimos momentos de vida y en los primeros instantes de la muerte.

Voy primero al puesto de CD. Vende música que los músicos han compuesto después de morir. Me entusiasma especialmente encontrar los nuevos álbumes póstumos de John Lennon y Jimi Hendrix. También compro las sinfonías 11 y 12 de Beethoven, la Sinfonía n.º 200 de Haydn y la versión completa del Réquiem de Mozart. El pobre Mozart nunca logró terminarlo en vida, pero, afortunadamente, en este mundo de los muertos ha tenido tiempo de sobra para trabajar en él.

Por desgracia, la parte nueva que ha creado en el Mundo Claro ya no posee la grandeza trágica ni el pathos de la obra original. La música es ahora alegre y ligera, incluso con matices cómicos, porque Mozart ha comprendido que los réquiems no deberían ser obras de duelo y tristeza, sino de felicidad, celebrando la dichosa ocasión de haber alcanzado por fin la existencia perfecta.

Junto al puesto de CD hay un puesto de libros. Hojeo libros que cuentan las experiencias de las personas muertas: cómo encontraron su final, qué sintieron al morir y cómo ha sido su existencia desde entonces.

Quienes temían que la muerte pusiera fin a sus odios y conflictos personales pueden tranquilizarse: en este mundo podrán reanudar, con energías renovadas y con el beneficio de un tiempo ilimitado, todas sus antiguas enemistades y disputas.

En efecto, muchas guerras que en el mundo de los vivos se consideran terminadas con tratados de paz siguen librándose aquí con toda su fuerza y con una ferocidad intacta, con soldados caídos que recogen sus armas y retoman sus formaciones.

La Guerra de los Cien Años se ha convertido ahora en la Guerra de los Seiscientos Años, y la Primera y la Segunda Guerra Mundial se han fusionado en un solo conflicto, con el káiser Guillermo II y Hitler asumiendo conjuntamente la dirección de las fuerzas armadas alemanas y con los Aliados comandados por líderes de ambas guerras mundiales. Japón se encuentra en un profundo dilema, sin saber qué bando elegir, pues luchó con los Aliados en la Primera Guerra Mundial y con el Eje en la Segunda.

Hay toda una sección paranormal dedicada a temas esotéricos y místicos como las Experiencias Cercanas a la Vida (ECV) y el contacto con el mundo de los vivos, que aquí recibe el nombre de «La Impenetrabilidad», debido a su característica de estar compuesto de una sustancia densa y a su naturaleza críptica.

Como las propiedades del mundo de los muertos son exactamente opuestas a las de «La Impenetrabilidad», sus habitantes lo llaman «El Mundo Claro» o «La Claridad», y se refieren a sí mismos como los seres claros.

Tomo un libro que trata el fenómeno de las ECV. Describe cómo, durante una experiencia cercana a la vida, se tiene la sensación de desplazarse por un túnel, alejándose de una luz deslumbrantemente brillante y cálida hacia la oscuridad, acompañado de intensos sentimientos de agitación, ansiedad y confusión.

Por consiguiente, la gente del Mundo Claro teme las ECV y hace todo lo posible por evitar exponerse a circunstancias que puedan obligarlos a abandonar La Claridad y regresar al mundo de La Impenetrabilidad.

De hecho, el temor a las ECV es tan grande y omnipresente en el Mundo Claro que se considera un deber cívico imperativo de todo ciudadano ayudar a aquellos seres que estén experimentando o corran el peligro de experimentar una ECV. Todos los ciudadanos deben aprender a reconocer sus síntomas y señales, así como los procedimientos de primeros auxilios para impedir que un ser claro regrese a La Impenetrabilidad.

A veces, ciudadanos demasiado entusiastas interpretan los síntomas de una ECV con excesiva literalidad y uno puede ver a una persona –cuyas protestas son ignoradas– siendo arrastrada por las piernas fuera de un túnel, por si acaso ese desdichado estuviera experimentando una ECV.

Otro libro trata sobre la estructura social y la vida cotidiana de los seres claros. Resulta que el epitafio «R.I.P.» que los familiares afligidos colocan en las lápidas no podría ser más desacertado e incongruente, pues la existencia de una persona en realidad comienza cuando muere y se convierte en un ser claro.

No, en La Claridad no hay tiempo para leer un libro, y mucho menos para descansar en paz; la vida en este mundo es demasiado rica y vibrante.

Al poseer una existencia ilimitada, los seres claros se sienten libres de muchas de las inseguridades y ansiedades que agotan la vida y que nacen de la amenaza constante de la muerte, y que atormentan a las personas de La Impenetrabilidad. El único temor que empaña la alegre existencia de los seres claros es la posibilidad de volver al mundo de los vivos. Por eso, en las guerras que aún se libran en La Claridad, el objetivo es volver vivo al enemigo.

Así surge esta situación paradójica: los seres impenetrables están atormentados por el hecho de que sus vidas deben terminar en la muerte, mientras que los seres claros están atormentados por la posibilidad de volver a la vida.

Como todas las comunidades humanas, el Mundo Claro tiene su jerarquía. A menudo se ve a un ciudadano particular rodeado de grupos histéricos –que pueden variar desde uno o dos individuos hasta cientos o miles– que lo cubren de flores y le suplican que les asigne alguna tarea para poder experimentar el éxtasis de cumplir los deseos de su ídolo.

Una visión particularmente curiosa es la de ciertos seres que no tienen ningún grupo devoto acompañándolos y, aun así, se arrojan flores a sí mismos mientras caminan por la calle.

Me desconcierta cómo esos ciudadanos alcanzaron tal fama, devoción y seguimiento fanático; por qué siempre los sigue el mismo grupo invariable de devotos y por qué algunos grupos son pequeños mientras otros cuentan con cientos y cientos de seguidores.

Al principio pensé que esos seres habían hecho una contribución excepcional al bienestar y la felicidad de la humanidad en La Impenetrabilidad, y que sus devotos eran todas las personas cuyas vidas habían sido salvadas o mejoradas por su obra. Sin embargo, mi razonamiento estaba completamente equivocado.

Dado que el factor más poderoso que anima la existencia de los seres claros es su miedo y su odio hacia La Impenetrabilidad, los ciudadanos que reciben esa celebración fanática son aquellos que en La Impenetrabilidad eran llamados asesinos, y su grupo devoto está formado por todas sus víctimas.

Los asesinos de jóvenes seres impenetrables gozan de una estima especial por haber dado a un niño la oportunidad de participar en la gloria de la existencia en el Mundo Claro.

Entre el asesino y cada una de sus víctimas existe una relación única, íntima y profundamente amorosa. La víctima queda eternamente en deuda y devoción con su asesino por haber tenido el valor y la sabiduría de superar el ridículamente equivocado tabú contra el asesinato que existe en La Impenetrabilidad y por haberle permitido escapar de las tediosas garras del mundo de los vivos.

Como las víctimas de suicidio son sus propios asesinos, se arrojan flores a sí mismas mientras caminan, asegurándose de que los demás sepan que también poseyeron la valentía y la inteligencia necesarias para escapar del mundo de los vivos.

Los jóvenes seres claros, en particular, aman a sus asesinos con una intensidad que nunca existió ni siquiera entre ellos y sus padres en el Mundo Impenetrable. A veces su devoción incansable y sus interminables expresiones de gratitud llegan a agotar incluso al más paciente de los asesinos.

También hay libros que especulan sobre la posibilidad de que las personas existan en el mundo de la Impenetrabilidad antes de convertirse en seres claros, un mundo radicalmente diferente de La Claridad.

Según esos libros, en La Impenetrabilidad todas las personas comienzan a existir con la misma edad y forma: a la edad de cero años, como un ser diminuto e indefenso. Los habitantes de La Impenetrabilidad, al parecer, están compuestos de una materia sólida y toscamente formada que se deteriora con el tiempo. Sus cuerpos –afirma el libro– son incapaces de realizar acciones tan simples como atravesar objetos físicos, volverse invisibles a la vista o superar las tiranías de la gravedad y del tiempo para moverse libremente en las cuatro dimensiones.

La supuesta existencia de La Impenetrabilidad es un tema intensamente debatido en el Mundo Claro y ha provocado una antigua y profunda división en su población, contribuyendo directamente a grandes conflictos y catástrofes a lo largo de su historia.

Para Los Creyentes, la existencia de la Impenetrabilidad es un pilar fundamental de su visión del mundo y de enorme importancia para su bienestar espiritual y emocional. Los Creyentes sostienen firmemente que los seres humanos atraviesan un período de crecimiento y desarrollo en La Impenetrabilidad que los prepara para su verdadera existencia en el Mundo Claro. Según sus textos sagrados, nuestros caracteres y destinos en La Claridad están moldeados y determinados por nuestras experiencias y nuestras vidas en La Impenetrabilidad.

Los Incrédulos rechazan cualquier afirmación de que una persona haya existido antes de La Claridad. Sostienen que está más allá del alcance del conocimiento y de la razón humanos comprender qué ocurre antes de que una persona llegue a existir en el Mundo Claro, y que, por lo tanto, todas esas discusiones no son más que palabras vacías. Según su credo, los seres claros llegan a existir en el Mundo Claro ya poseyendo todos sus atributos, habilidades e imperfecciones, y el destino de cada uno depende únicamente de sí mismo.

Una forma favorita de pasar el tiempo para los Incrédulos es burlarse sin piedad –hasta hacer llorar– de los Creyentes por su fe ciega en algún mundo imaginario, preguntándoles que señalen dónde creen que se encuentra.

En parte como respuesta a estos ataques contra lo que consideran más sagrado, una proporción considerable de los Creyentes ha formado un movimiento escindido llamado Los Creyentes Creyentes.

Para este grupo cismático, el acto de creer se ha vuelto más importante que aquello en lo que realmente creen, es decir, la existencia de La Impenetrabilidad. En efecto, la fe se ha desvinculado de aquello en lo que se basaba originalmente, y es este estado mental puro de fe –en sí mismo– el que ahora se ha convertido en objeto de veneración y en fuente de alimento espiritual y emocional.

De hecho, la gran mayoría de los Creyentes Creyentes ya no recuerda en qué cree; solo sabe que su fe es lo que los distingue de los Incrédulos y les proporciona la identidad y la seguridad que tanto valoran.

Recientemente han aparecido signos inequívocos de un aumento de la tensión y el antagonismo entre los Creyentes y los Creyentes Creyentes. Estos últimos acusan a los primeros de socavar todo el movimiento. Según los Creyentes Creyentes, al aferrarse obstinadamente a la creencia en algún mundo hipotético de La Impenetrabilidad, los Creyentes contaminan su fe sublimemente pura con un elemento imperfecto e incierto, además de exponerse a los ataques de los Incrédulos.

Quienes han estudiado los acontecimientos pasados de este mundo y ahora observan su situación presente predicen que en eras futuras se producirán conflictos cataclísmicos como nunca se han visto aquí.

Estos conflictos ya no serán entre Incrédulos y Creyentes, sino entre Creyentes y Creyentes Creyentes, dada la vehemencia con que estos últimos proclaman que su fe no debe contaminarse con ningún elemento extraño y lo poco que saben sobre el origen mismo de esa fe.

Otro grupo escindido que ha ganado amplio reconocimiento es el de los Creyentes en Volver a Ser Claros. Este movimiento pone gran énfasis en la importancia de la Experiencia Cercana a la Vida que mencioné antes. La creciente popularidad de este movimiento es una clara señal de hasta qué punto el fenómeno de las ECV ha marcado la conciencia colectiva de la población de este mundo.

Una característica clave del movimiento es su rito de iniciación, centrado en la recreación de una ECV: experimentar el terror que provoca y los sentimientos de alivio y éxtasis que surgen al escapar de ella y volver a ser claro. De ahí el nombre del grupo, que, en nuestra antigua terminología, sería conocido como el movimiento de los muertos otra vez.

Para que la recreación sea lo más parecida posible a una ECV real, se construyen túneles muy estrechos y sin salida, con luces brillantes colocadas en sus entradas.

La parte de Entrada del rito se realiza en silencio absoluto y consiste en arrastrarse por el túnel sin mirar atrás. El director de la ceremonia decide cuándo se ha avanzado lo suficiente y se ha demostrado el valor de enfrentar a La Impenetrabilidad.

En la parte de Salida, el director ordena a un miembro que saque al que se arrastra tirándolo de las piernas, mientras los participantes que rodean el túnel lanzan gritos de júbilo. El nuevo miembro ha vuelto oficialmente a ser claro y puede llevar el título de Creyente en Volver a Ser Claro.

Algunos miembros más temerarios consideran que esta simulación no es más que una sombra de la experiencia real. Presumen de su valentía exponiéndose deliberadamente a situaciones que saben que los acercarán al borde de la vida.

Estos imprudentes seres claros describen con orgullo sus hazañas: cómo sienten que sus cuerpos adquieren una forma sólida y torpe, cómo perciben una fuerza obstinada que emana del suelo y anula su capacidad de moverse libremente, y cómo experimentan una intensísima sensación de fatalidad inminente.

Me canso de leer todo ese material esotérico y continúo mi paseo por el mercado.

Hay puestos de flores que venden flores marchitas, puestos de fruta que venden fruta seca y podrida, pero por lo demás todo es exactamente igual que en el mundo de los vivos.

De pronto me golpea una idea asombrosa. Veo con claridad una forma de resolver los interminables conflictos entre las facciones y de volver a unir este mundo. Ahora se convierte en mi deber y en mi misión difundir mi solución revolucionaria, capaz de cambiar el mundo, entre toda la población de La Claridad.

Reúno a mi alrededor mi primer grupo de discípulos y les transmito mi Evangelio de los Dos Mundos Son Uno:

—Dado que no hay diferencias entre el mundo de los muertos y el mundo de los vivos, excepto en los nombres con que los designamos, ¿cómo podemos demostrar que este no es en realidad el verdadero mundo de los vivos? Y si ni siquiera podemos recordar ninguna diferencia entre este mundo y el mundo real, ¿cómo podemos afirmar que el mundo real existió alguna vez?

Utilizo un argumento matemático para dar a mi solución una base científica sólida.

—Supongamos que existen dos mundos: el mundo real y el mundo de los muertos. Designemos el mundo real con X y el mundo de los muertos con −X. Pero, por otro lado, ambos mundos son idénticos y, por lo tanto, debe cumplirse que X = −X. Al resolver esta ecuación obtenemos que X = 0, y si X es cero, entonces también lo es −X.

Así obtenemos este resultado absurdo: ninguno de los dos mundos existe. De ello se sigue que nuestras suposiciones iniciales eran incorrectas y que solo puede existir un único mundo.

Podemos llamarlo el mundo de los vivos o el mundo de los muertos. Es solo un nombre, y al final no hace ninguna diferencia.

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

viernes, 6 de marzo de 2026

TARDE EN LA PLAYA (Declaración del reo)

 Jorge Etcheverry

 

Elegí un formón mediano de empuñadura de metal y lo sopesé en la mano. Luego fui al taller del viejo para buscar una huincha aisladora que había visto por ahí, de esa negra que se usa para empalmes eléctricos. Cuando había dicho en la mañana que ella y yo teníamos la intención de dar un paseíto por la playa, alguien, una de las tías había comentado "Es muy peligroso andar por ahí a esa hora. La semana pasada asaltaron a una pareja de novios casi frente a la carretera. A ella la violaron entre todos y a él lo dejaron a muy mal traer". Pero no tenían nada que venir a decirme a mí. Yo sabía que todos pensaban que yo era un señorito de la capital, que estudiaba en la universidad y estaba de visita en la casa en la costa de mis futuros suegros después de mi salida del hospital en que había estado por ese problema de los nervios. Para tomar el sol, ir a la playa, relajarme. No sabían que también tomaba mis precauciones. Eché una mirada a la cocina y a la gente reunida en la sobremesa después del almuerzo, que conversaba. Nosotros dos estábamos en el patio, no habíamos almorzado. No es agradable caminar con el estómago lleno. Ni hacer otras cosas, si usted me entiende. Ella preparaba una canasta con alguna fruta, quizás un poco de salame, bebidas, huevos, un par de sándwiches de queso, no me acuerdo bien, cosas así. Eso era lo que le tocaba hacer a ella siempre que salíamos a caminar por la playa. A cada uno lo que le correspondía.

Ahora a las precauciones. Yo me había decidido a las finales por el formón que era bastante largo para tratarse de un formón. La lezna y el cuchillo habían quedado en la caja de herramientas. Se requiere bastante más habilidad para manejarlos de la que yo tenía. El sol ahuyentaba a las nubes, pero la atmósfera aún permanecía un poco húmeda y sofocante. Los pastelones de cemento del suelo todavía estaban mojados. En general, a esa hora y fuera de la estación de veraneo, la única gente que frecuentaba la playa eran por lo general pescadores, mariscadores y recolectores de lama. Los había visto en la playa, o sino en el mercado, innumerables veces, destripando pescados, cortándoles la cabeza, desollándolos, sacando los caracoles de sus conchas con unos alambres curvos, mientras a sus pies crecía el montón de entrañas, pellejos y cabezas de pescado, punteado de moscas que zumbaban, mientras arriba en el cielo azul, las gaviotas esbozaban círculos voraces sobre sus gorros de lana. Salimos caminando sin prisa hacia la playa. Tardamos casi una hora en llegar. Hacía un poco de viento. Ella se había amarrado el pelo rubio con una cinta roja. A mi pedido, se había sacado las medias y las había echado en la canasta. Cuando al fin atravesábamos las primeras dunas había más viento, pero hacía un poco más de calor. La playa se estiraba a lo largo de toda la costa, entre las dos ciudades, bordeada y a veces invadida por las dunas. Caminamos todavía un par de cuadras para estar más seguros. No se veía un alma por las cercanías. A esa hora toda la gente del pueblo debería estar durmiendo la siesta. Pero no todos. A unos cincuenta metros hacia mi izquierda me pareció ver por el rabillo del ojo unos movimientos furtivos. Me detuve a orinar mientras examinaba el contorno como a la descuidada. Decidimos quedarnos entre las dunas porque más a la orilla del mar corría un vientecillo helado. Atravesamos montañas de conchas de mariscos y patas de jaiba, cochayuyo seco, buscando un lugar propicio. El olor de las lamas en putrefacción, de las conchas marinas, llenaba el aire. Ese olor marino siempre renueva la vitalidad y es muy excitante. Respiré con ansias. En un recodo en que se juntaban dos dunas, la arena formaba como un nido, para esos dos tórtolos que éramos nosotros.

Allí nos sentamos y comenzamos a besarnos. Aventuré una mano por su piel. Pero no estaba tranquilo, no podía abandonarme. Además se me había olvidado la píldora en la casa. Pero por una vez no iba a pasar nada. Volví repentinamente a la cabeza como si un sexto sentido me avisara. En una milésima de segundo alcancé a ver la silueta de un hombre moreno que gateaba rápidamente, a unos veinte metros y casi a los pies de una duna. "Un parejero", me dije. Al verme, adoptó una postura relajada, tendido boca arriba con un brazo doblado bajo la cabeza. No era más que un tipo que tomaba sol. Me volví para ver si había otra gente cerca. Como a una media cuadra más atrás advertí la silueta oscura de otro hombre que caminaba apareciendo y desapareciendo entre las dunas. Cundo di vuelta la cabeza, hizo como que se agachaba a buscar algo en la arena ¿Un cristal pulido por las aguas? ¿Una concha? ¿Una piedra con vetas coloreadas? Yo no podía saberlo. Le hice a ella una además para que nos levantáramos. Comenzamos a desandar el camino. Logramos por fin encontrar una ubicación que nos aseguraba por lo menos la visión de casi todo el paisaje frente a nuestros ojos, con la espalda contra una pequeña duna. Nos sentamos. Nos besamos. Acaricié y besé sus muslos, subiendo su falda con mi rostro pegado a ellos hasta que sentí el suave aroma de su sexo. Luego ella comenzó, con gestos pausados, a soltarse el pelo. Ése era un gesto que siempre me excitaba. Yo entretanto desenrollaba la cinta aisladora que había traído en el bolsillo de atrás del pantalón, y la enrollaba alrededor de la hoja del formón, para hacer una empuñadura. Nunca se sabe lo que puede pasar y había mucho movimiento furtivo alrededor. Generalmente para aplicar golpes y tratándose de un formón, es preferible la empuñadura. Si ésta es de metal, será de un metal más pesado que el de la hoja (en este caso de plomo), y tendrá más cuerpo para golpear. Al blandirla, el peso de la empuñadura doblará la hoja por sí misma, agregando fuerza al golpe. Pero al empuñar el formón por la hoja, que es de acero, de ángulos filudos, duele la mano y puede que los dedos se resbalen. Por eso es conveniente cubrirla con bastante huincha aisladora, o en su defecto, con gasa, tela emplástica o género. En último caso cáñamo, tratando de formar una empuñadura. Tiene que ser un material que no sea resbaladizo. Hay quienes prefieren golpear con la hoja, así convenientemente envuelta, alegando que la huincha o el género amortiguan el sonido del golpe y no dejan señales externas. Pero por lo que he leído es preferible golpear con la empuñadura, sobre todo cuando es de metal.

La silueta anteriormente vista debía estar ahora más cerca. No la veía, pero la presentía. O mejor la suponía. El hombre no era tan tonto como para mostrarse, corriendo el riesgo de ser visto. Y era un adulto. Si se hubiera tratado de un adolescente no hubiera resistido la tentación de asomar un largo y delgado pescuezo sobre las dunas, atisbando impaciente con sus febriles ojos bordeados de ojeras. Pero se trataba de un hombre con experiencia, por su sinuosa manera de reptar, por su contención hasta las finales del espectáculo, y por su persistencia y aplomo al sentirse sorprendido. Pero había cometido un error garrafal. O se estaba poniendo viejo. Yo veía su sombra que se proyectaba por detrás de una duna situada al noroeste nuestro, mientras la besaba. Hay otro indicio que me permite asegurar que se trataba de un perito en la faena: La primera vez que un novato se encuentra sorprendido, se avergüenza y huye. Este tipo se había quedado donde mismo, y su actitud al pretender tomar sol en un terreno que bien se veía que no era el apropiado, y en una tenida absurda, era de una tranquila mofa, incluso de franco insulto y desafío. Si yo lo interpelaba, (a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacerlo), sabría que tiene todas las cartas en la mano, porque las parejas recorren la playa buscando la clandestinidad y tienen que pagar su tributo. Sé de quienes se hacen los desentendidos y consuman su amor, a veces ante decenas de ojos. Por otra parte, he sabido de sujetos que han llegado hasta el chantaje, si la señorita es de una buena familia conocida en la zona. Por lo tanto, le indiqué a ella, sin mover casi los labios, mientras la besaba, que no diera a entender que habíamos visto al sujeto, y cuando finalicé el largo beso, ya tenía hecho mi plan. Ella caminó unos pasos hacia la derecha y empezó despacito a bajarse el cierre del vestido, como si fuera a desvestirse. Yo, sin hacer ruido y empuñando el formón por la hoja repté como un reptil hacia la duna detrás de la que se ocultaba el hombre. Subí en cuatro pies hasta cima, cuidadosamente. Ella ya estaba en calzones. Con ademán púdico se cubrió los pechos. Era de esperar que el hombre no se hubiera dado cuenta, porque era como anunciarle que lo habíamos descubierto. Una niña que sabe que no la están mirando no se cubre los pechos. Avancé más rápido, empuñando el formón por la hoja envuelta en la cinta negra. No era necesario tomar precauciones extremas: el tipo no esperaba mi proceder y era seguro que la miraba embelesado tratando de no perder detalle de ese festín visual. Al llegar a la parte de arriba de la duna levanté por accidente un poco de arena con la mano en que llevaba el formón. Inmediatamente me eché boca abajo inmóvil esperando que el hombre no se hubiera dado cuenta. Pero entonces me pasó un accidente que resultó providencial. Me raspé la frente con una piedra (o roca) que apenas sobresalía de la arena. No la había visto por su color blanco, que la mimetizaba. Quizás era de cuarzo. En otras circunstancias me habría detenido a admirarla. Si me hubiera corrido unos centímetros más hacia la izquierda me habría abierto la cabeza como una sandía y no estaría contándoles esto. Ahora al pensarlo, se me encoge el corazón.

 Pasé momentos de angustia y sudé copiosamente mientras extendía la mano hacia la piedra: si era una roca con tan sólo ese pedacito afuera y la masa oculta por toneladas de arena, no tendría la menor posibilidad de levantarla y menos manipularla. La parte sobresaliente no excedía en volumen o peso a un adoquín común y corriente. Ahora, fiel a las instrucciones que le había musitado, ella se bajaba lentamente los calzones. Por un momento yo también me dejé absorber por el espectáculo. Una gaviota pasó graznando sobre mi cabeza y me sacó de mi contemplación. Me alcé de rodillas con la piedra en vilo. Abajo, en cuatro pies, en mitad de la duna, el individuo observaba, protegido, él creía, por un montón de lama seca. La piedra se estrelló sobre su cráneo que se abrió con un crujido seco, como un ladrillo que cae sobre un piso húmedo, de tierra. A su lado cayó el formón, que había dejado caer sin darme cuenta.

Entonces ella vino a ver, con los grandes ojos azorados, y desnuda. El sol parecía mojar su cuerpo bronceado de largos miembros natatorios. Sus ojos glaucos brillaban como dos pequeños charcos, al sol. "Agáchate", le dije, "te pueden ver de todas partes". De la cabeza rota del hombre casi a sus pies manaba una sangre espesa, tirando a granate, que se arrastraba penosamente por la arena, que la absorbía. Bajo el sol, que la coagulaba, iniciando perpetuos cursos murientes como de lacre caliente. Ella miraba paralogizada. No tuve más remedio que tomarla de un hombro y lanzarla de espaldas contra el suelo, para que no la advirtieran. Pero de repente me comencé a sentir muy excitado. Intenté abrir sus piernas pero parecía nerviosa y las apretaba. Mientras yo forcejeaba, moscardones y tábanos zumbadores comenzaban a congregarse en, sobre, y alrededor de la cabeza del hombre que yacía a unos pasos. Después de intentar penetrarla por unos instantes, desistí. Sus miembros parecían los de una muñeca de goma. Era claro que ella no iba a poder hacer el amor en esas circunstancias. "Vámonos de aquí", me dijo mientras fruncía la boca a punto de llorar. Le indiqué imperativamente que primero fuera a buscar su ropa que se distinguía en un montoncito vaporoso al pie de una duna. En el momento en que se levantaba vi a la segunda silueta aparecer a unos cincuenta metros de nosotros. Con pavor, traté de ocultar el cadáver con mi cuerpo, lo que era difícil, ya que era más voluminoso que yo, y me manché de sangre la manga de la camisa. Afortunadamente, el otro hombre no se dio cuenta, pues la estaba mirando a ella, erguida primero, inclinándose después a la vera de la duna en procura de su ropa, resplandeciente en su desnudez, como una estatua de marfil, con una pátina apenas doraba. Tomando lentamente una prenda después de otra, volviéndose a agachar en procura de una zapatilla que se le había caído. El hombre ya me había visto antes, con ella. Que su torpe vista escudriñara el terreno al notar mi ausencia era cuestión de segundos. Era cuestión de un par de parpadeos luego del encandilamiento. Recogí, inclinándome, el formón por el mango, luego lo tomé por la hoja y eché una mirada al terreno. Todo en cuestión de segundos. Luego eché a correr, agazapado, en zigzag, por entre las dunas, fuera de su campo visual.

Es difícil correr rápido en la playa. El viento ya no levantaba arena. Por el contrario, la que yo aventaba con cada uno de mis pasos se reincorporaba pesadamente al terreno. Cuando llegué a su lado, él ya no la miraba. Ahora estaba con la mirada fija en el cadáver y parecía asombrado, como tratando de hacer una suma de cosas dispares: una niña desnuda, con sus ropas en la mano, más un cadáver con la cabeza rota, en torno al cuan zumban las moscas. Me erguí rápidamente y lo golpeé inmediatamente detrás de la oreja, como he oído decir que se golpea a los conejos. Quedó trastabillando como un gran oso harapiento. No caía. Giré en torno a él y le di con el formón en la parte posterior del cráneo. Entonces sí que cayó, pero se debatía, moviendo brazos y piernas. Tuve que golpearlo repetidas veces y aún así, la cabeza parecía compacta como si estuviera rellena de género o de arena. Pero estaba muerto. Sus movimientos vestigiales disminuyeron hasta desaparecer. Ahora ella llegaba con su ropa bajo el brazo, sin parecer comprender lo que sucedía. Ahora era necesario ocultar ambos cuerpos. Miré a mi alrededor. Cerca de allí había una depresión entre dos dunas. Yo quería colocar allí los dos cadáveres y luego echarles arena encima. Mientras arrastraba al pesado bruto por los pies hasta echarlo en la hendija, ella salió de mi campo visual. Cuando hube terminado con esa parte de mi tarea di vuelta la cabeza para ver dónde estaba. No la vi. Tampoco vi el otro cuerpo. Sólo vi su ropa que estaba tirada sobre la arena, a merced de la brisa que soplaba, de cualquier manera. Me di a la tarea de buscarla. A los pocos segundos me di cuenta de que estaba un poco más allá, llorando a la orilla del mar. Estaba cansado y un poco mareado y me costaba hablar. Ella arrastraba al otro cuerpo de un pie, trabajosamente, dejando atrás un hilillo oscuro de sangre que se coagulaba rápidamente en la arena tibia. Ella se detenía cada cierto trecho para tomar aliento entre sollozos, al borde de un ataque de histeria. También se la veía a punto de desplomarse. Ella me miraba con el temor de un niño que espera golpes y reprimendas. Yo la calmé lo mejor que pude con una sonrisa y esa pequeña caricia en la mejilla que siempre tenía el efecto de tranquilizarla. Me despojé de mis ropas, disponiéndome a completar la tarea. Me eché el fardo inerte a la espalda y eché a caminar por la arena, agobiado por el peso, adentrándome en el agua, hasta que me hubo llegado al cuello. En verdad el agua estaba helada. Entonces lo solté y vi cómo se hundía de bruces primero, para luego subir a la superficie lentamente y quedar boca abajo, con el tronco al aire, y los brazos y piernas, así como la cabeza, colgando dentro del agua. El agua inflaba sus vestimentas, demasiado amplias para su osamenta, produciendo un efecto casi cómico. Di unas cuantas brazadas y me pelé una rodilla contra una roca del fondo. Tiritando salí del agua. Ella estaba sentada sin expresión. Yo recogí mi ropa y eché a caminar con ella hacia las dunas, un poco embotado.

 Al llegar de vuelta a la arena nos encontramos con una desagradable sorpresa, que las dunas nos habían ocultado: Un hombre de gabán, al parecer un pescador, examinaba el cuerpo medio cubierto de arena con un cierto asco. Con la punta del pie dio vuelta la cabeza buscando la invisible lesión. Por la boca de la cabeza todavía brotaba un hilillo de sangre. El hombre contempló el cuerpo casi con indiferencia. Sus ojillos rojos brillaban impasibles bajo las hirsutas cejas, entre el grueso cutis curtido. Su cara era tan expresiva como un pedazo de cuarzo. Yo miraba todo como si estuviera muy lejos.

 En una de sus nervudas manos sostenía una antigua pistola. Al cinto le pendía un cuchillo abridor de mariscos. "

—No traten de hacerse los desentendidos —nos dijo—. Lo vi todo.

Nosotros nos miramos con zozobra. Cuando dijo "tapen el cadáver", una chispa de esperanza hizo vibrar al unísono nuestros cuerpos desnudos. Ambos nos pusimos a echar arena haciendo pala con las manos juntas hasta formar un montículo de regular tamaño sobre el yacente. Cubiertos de sudor dimos fin a nuestra tarea y nos quedamos enfrentando al viejo gigantón en actitud interrogante. Entonces nos dio la espalda y se marchó. Nos quedamos paralogizados y nos abrazamos. Ella se notaba nerviosa. Era natural. Por el contrario, yo me sentía un poco afuera de lo que estaba pasando. Algunas gaviotas describían círculos o parábolas en lo alto, sobre el túmulo, seguramente esperarían que nos fuéramos para empezar a picotear el cadáver. En el mar, a una decena de metros de la plaza, se veía algo como un tronco, en el que se atareaban ahora innumeras aves marinas. Nosotros sabíamos de qué se trataba. El sol brillaba. Las gaviotas graznaban oliscando la muerte. Nos quedamos parados, tomados de la mano, sin saber qué hacer. Pronto las aves de rapiña y los perros errantes de las playas darían con el cadáver enterrado y lo expondrían sobre la arena, donde cualquiera que acertara a pasar podría verlo, como eventualmente sucedió.

—Tengo ganas de ir al baño —decía ella, sollozando—, tengo ganas de irme a la casa.

Pero entonces el hombre ya volvía, desandando sus pasos. Con una mano arrastraba un enorme montón de cochayuyos. Entre los haces saltaban pulgas de mar. En la otra mano se advertía un teléfono celular. Luego extrajo de un bolsillo un gran pañuelo y se secó el sudor de la frente y el cuello en forma lenta. Pausadamente. Sus movimientos y ademanes eran calmos. Sin embargo, en sus ojos nos miraba algo que no era benevolencia. A lo lejos vimos acercarse una pareja de policías. Nos dijo:

—Vístanse, nos vamos.


Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).

 

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