viernes, 1 de mayo de 2026

CUENTO DEDICADO A BORGES

Bahira Abdulatif



 

Acababa de terminar de leer el cuento del ciego, Aquel que vio, en el que se narraba un encuentro entre un Borges joven y otro anciano, cuando cerré el libro, lo sostuve con cuidado y salí a buscarme a mí mismo, por si acaso lograba encontrarme en la vejez.

Lo primero que se me ocurrió fue cruzar la calle que conducía al parque para sentarme en uno de sus bancos de madera, esperando a que yo me encontrara conmigo mismo, ¿no había hecho eso Borges…? Pero aquel jardín estaba en Ginebra… En fin, las ciudades se parecen; somos nosotros quienes no nos parecemos. Aun así, no había inconveniente en intentarlo.

Antes de llegar al parque, sentí una fuerza misteriosa que me empujaba a desviarme de mi camino. No fijé destino alguno, guiándome por lo que había dicho Borges: “no importa a dónde vamos, sino de dónde venimos”. Me limité a seguir una sensación profunda que me impulsaba a caminar por calles que jamás habían pisado mis pies.

Un sol otoñal, tibio, comenzó a filtrarse en mi cuerpo, infundiéndole vitalidad y un deseo enigmático de abrazar lo desconocido. Era un día extraño, distinto a todos los demás. Aquella mañana me había despertado el timbre de la puerta: al abrir, encontré al cartero con un sobre de un “amigo” cuyo nombre desconocía, que me enviaba un libro de Borges. En la dedicatoria, trazada con una letra temblorosa, afirmaba que se trataba de una edición especial y única, de gran utilidad para el trabajo de investigación que yo preparaba sobre ese autor.

No tardé en intentar averiguar la identidad de aquel amigo, nada más abrí el libro descubrí que era un ejemplar idéntico al que ya poseía. Estuve a punto de decirme que se trataba de una broma pesada. Lo dejé a un lado, pero mi mano volvió a él involuntariamente y mis ojos comenzaron a saltar entre las líneas que conocía de memoria hasta llegar a aquel cuento. Apenas terminé de leerlo, sentí una voz interior que me llamaba, ordenándome a salir hacia ningún lugar. Obedecí: tomé el libro bajo el brazo y salí caminando como sonámbulo hasta la estación de autobuses.

Me quedé allí, perplejo, sin saber hacia dónde dirigirme. Todos los autobuses iban hacia las afueras. No tardé en decidirme: una mano invisible me empujó por la espalda y me encontré subiendo a uno de ellos. Elegí el asiento más cercano, fui el primer pasajero y el conductor me recibió con una cordial sonrisa matinal.

Apenas me acomodé, subió un hombre que aparentaba unos sesenta años y se dispuso a sentarse a mi lado. Lo primero que llamó mi atención fue el guante blanco, transparente, que llevaba puesto –como el de un cirujano– y la bolsa de plástico de la que extrajo de inmediato unos folletos brillantes para cubrir el asiento contiguo y su respaldo. Observé la escena con asombro. Al volver la cabeza, me encontré con la mirada de una mujer de unos cuarenta años que contemplaba lo mismo que yo, intercambiamos gestos de extrañeza conteniendo la risa, a los que pronto se sumó también el conductor.

En cuanto el autobús arrancó, el anciano comenzó a hablar, como si retomara conmigo una conversación interrumpida. Comentó mi sorpresa ante su conducta, defendió sus manías en este mundo “contaminado” en cada uno de sus detalles, respondió a preguntas que yo no había formulado y se extendió en relatar episodios de su vida, mientras yo permanecía en silencio.

Supe que era el doctor Montenegro, un prestigioso cirujano y antiguo director del mayor hospital de Madrid durante largos años, antes de retirarse para dedicarse a la escritura y la publicación de libros. Había enseñado medicina durante décadas, poseía un doctorado en una especialidad muy precisa y había llegado a ser decano de la facultad.

No olvidó contarme su infancia, su obstinación, siendo un bebé de apenas ocho meses, en rechazar el pecho materno y la leche, hasta el punto de temer por su vida, marchitándose como una pequeña hoja de trébol. Su madre encontró finalmente la solución al alimentarlo con jugo de frutas, que pronto le agradó y así su cuerpo comenzó a florecer poco a poco. De aquella extraña experiencia, dijo, aprendió a no probar jamás la carne. Tampoco olvidó asegurarme que nunca se había acercado al tabaco ni a bebida alguna ni a ningún otro vicio.

Al escuchar sus últimas palabras, se me escapó una risa mezclada con un leve estertor y con restos de dolor y tristeza alojados en mis pulmones antes que en mis ojos, fragmentos de muerte que había ocultado bajo la piel sin darme cuenta, el día en que decidí huir de aquel infierno.

Observaba su rostro lozano mientras hablaba, aparentaba unos sesenta y tantos años y el brillo de sus ojos se intensificaba con cada palabra, pronunciada con una precisión casi teatral, cuando comenzó a evocar sus recuerdos de cuando surcaba el cielo mientras la “auténtica ciudad” resistía con desesperación…

Su última frase me desconcertó y hablé por primera vez para preguntarle de qué ciudad se trataba. Respondió con entusiasmo, rejuvenecido de pronto:

--Madrid, la capital de la gloria, por supuesto… Ah, ¡no te he dicho que yo participé en la guerra civil…! Fui piloto. Al principio era médico en las fuerzas aéreas, pero aprendí a volar con mis compañeros y me convertí en piloto. Luchamos ferozmente contra Franco. Los militares nos superaban en número y armamento, pero nosotros, los republicanos, les superábamos en impulso, en audacia…, y en sueños también. Fui piloto durante nueve años y no abandoné ese oficio hasta después de la Segunda Guerra Mundial…

Sus palabras me sobresaltaron. ¿Qué pretendía decir aquel hombre? La guerra civil había ocurrido hacía más de sesenta años y apenas quedaban testigos, España había despedido hacía poco, quizá al último de ellos, ¡el poeta Rafael Alberti, a sus noventa y seis años, que había combatido por la República…!

Zanjé el asunto en mi interior decidiendo que aquel hombre estaba loco, uno de aquellos enloquecidos que abundan en la ciudad, a veces con un aspecto deplorable y otras con una apariencia respetuosa.

Pero él, como si hubiera leído mis pensamientos, añadió:

—Dentro de unos días cumpliré ciento ocho años… He trabajado, enseñado, combatido y escrito numerosos libros y hasta hoy sigo recorriendo distancias con piernas firmes y devorando páginas con ojos sanos…

La sorpresa me dejó sin habla. Me limité a contemplar sus ojos, cuyo brillo no se había opacado por la vejez y advertí que no llevaba gafas. Su rostro, encendido por una vitalidad extraña, estaba libre de arrugas. Su memoria fluía con una precisión asombrosa al evocar la guerra civil y sus abundantes obras científicas. De vez en cuando reía, burlándose de sus errores ortográficos –como suelen hacer los médicos con su mala letra– y de la muerte, a la que había aprendido a esquivar incluso en los momentos más oscuros de la guerra, con la destreza de un veterano torero. Decía que había trabado amistad con ella desde su octavo mes de vida hasta cumplir los ciento ocho años y que la había visto deambular por los quirófanos, a veces –añadió– la sentía entre sus dedos, jugueteando con él, arrebatándole el bisturí y escondiéndose con la travesura de un niño.

Por un instante me invadió una inquietud agitada por la memoria de la guerra, pero pronto se disipó y sus palabras difundieron en mi interior una serenidad cuyo origen ignoraba. Sentí entonces una especie de arrebato, como si me encontrara ante una fuerza cósmica desbordante, apreté con fuerza el libro de Borges entre mis manos y respondí con frases breves que apenas decían nada.

Seguí escuchándolo con una especie de devoción, mientras me colmaba de relatos, anécdotas y versos. Entre ellos, quedaron grabados en mi memoria estos que repetía varias veces, con ritmos distintos y una voz libre de amargura:

—“Quizá algunos dirán que el tiempo torpe nos robó el pulso y la locura; no lo negaremos: crecer es un ejercicio arduo y penoso…”

Sus pensamientos se encadenaban sin esfuerzo, impregnados de una filosofía y una sabiduría sin presunción, hablaba de la Vida repleta de vida en tiempos de guerra y de la extinción interior de los vivos en los instantes de una paz rendida y humillada. De repente, se inquietó en su asiento y comenzó a prepararse para bajar en la siguiente parada.

Temí que descendiera del autobús y perder todo rastro suyo, así que le pregunté con evidente ansiedad si vivía en aquella zona. Sonrió, iluminando su rostro.

—No, vivo en una casa lejana, en El Escorial… —añadió con ironía— con los inmortales.

Recordé de inmediato que aludía al Valle de los Caídos, aquel inmenso monumento que Franco había erigido para sus partidarios caídos en la guerra civil, obligando a prisioneros republicanos a trabajos forzados, muchos de los cuales perecieron allí.

Le dije entonces, con premura, al comprender que el tiempo se escapaba y que aquel hombre extraño estaba a punto de desaparecer hacia un lugar que yo ignoraba.

—Yo también combatí… como usted. Y no sé si, como usted, he sobrevivido. Ahora escribo e indago en la verdad y en la ficción…

El hombre captó mis palabras con la rapidez de un relámpago. Me propuso intercambiar nuestros números de teléfono, adivinando lo que yo pensaba. Saqué de mi bolsillo un pequeño papel amarillo, lo partí en dos, anoté en una mitad mi número y se la entregué. En la otra escribí el número que él me dictó, riendo.

—Es mi móvil, insisto en seguir el ritmo del progreso; soy hijo de todas las épocas…

El autobús se detuvo en un lugar que no había visto antes: una zona amplia, de la que ahora solo recuerdo los árboles y sus sombras danzantes bajo aquella luminosa mañana.

Cuando me estrechó la mano con su guante transparente, sentí la firmeza de la mano de un auténtico cirujano. Se despidió con un tono casi disculpándose, dijo que aquellos guantes lo protegían de las epidemias ajenas, y que les debía una parte de su vida, junto con otros detalles que me revelaría en un próximo encuentro que yo confirmé con sinceridad y entusiasmo.

El anciano juvenil descendió del autobús y permaneció unos instantes en la acera. Bastaron para que nuestras miradas se encontraran una vez más, sus ojos rebosaban vitalidad y fuerza, y parecía haber rejuvenecido algunos años más, hasta rondar los cincuenta. Luego, el autobús arrancó de nuevo. Bajé en la siguiente parada y tomé otro en dirección contraria, hacia casa.

Apenas me senté, me invadió una sensación de tristeza, no había bajado con él, no lo había acompañado para descubrir el secreto de su juventud ni para interrogarlo sobre aquella aura de luz y misterio que había sembrado en mi alma. Pero un alivio me recorrió al recordar el número de teléfono. Metí la mano en el bolsillo con rapidez para volver a mirarlo.

La sorpresa me aguardaba: ¡el papel había desaparecido como por arte de magia!

Lo busqué con angustia durante todo el trayecto de regreso, sin resultado, como si una mano invisible lo hubiera sustraído, a pesar de estar segura de haberlo tenido instantes antes…

Regresé arrastrando los pasos, intentando convencerme de que lo ocurrido no había sido un sueño, sino una realidad cuya única prueba era aquel pequeño papel que ya no encontraba… o la otra mitad que él conservaba. Tal vez, algún día, me sorprendería con una llamada que me permitiera reanudar los detalles de aquel extraño encuentro al que me había encaminado de forma tan enigmática… Ojalá lo hiciera antes de marcharse con los inmortales.

Pasé los días siguientes revisando la guía telefónica, llamando a hospitales y oficinas de información. Me devolvían en vano mis propias preguntas: nombre, dirección… Y yo me sentía frustrado, porque lo único que sabía era “doctor Montenegro”, que en español significa “montaña negra”, ¡qué ironía!, y una sensación profunda y enigmática de afinidad espiritual que me unía a él.

Los ojos de aquel hombre, joven en su ancianidad, me persiguen como una obsesión persistente. Su imagen insiste, sus palabras se multiplican en mi mente y el timbre firme y armonioso de su voz resuena dentro de mí como el tic-tac de un viejo reloj de madera. A veces, llego a dudar de su existencia y de todo lo sucedido aquel día… de no ser por el misterioso libro de Borges con su temblorosa dedicatoria que recibí aquella mañana y por estas líneas que ahora escribo, las cuales, en modo alguno, no prueban que algo de lo que cuento haya ocurrido realmente…

Bahira Abdulatif nació el 12 de marzo de 1957 en Bagdad, Irak. Es una intelectual, escritora, traductora, intérprete y profesora de traducción, interpretación y literatura en la universidad de Bagdad, UAM, UCM y USAL. Acabó sus estudios universitarios en la Facultad de Letras de la Universidad de Bagdad en 1980. Pero en 1978 habías empezado a escribir sus primeros artículos para la revista Al Maraa, única revista y de difusión nacional que se dedica a la mujer iraquí por aquel entonces. Activista y defensora de derechos de la mujer desde finales de los setenta hasta la actualidad, ha participado en iniciativas, proyectos, conferencias y congresos internacionales en Irak, España, Suiza y otros países. A su vuelta a Irak en 1983 empieza a trabajar en Dar Al Mamún, Bagdad, Editorial del Ministerio de la Cultura de Irak, dedicándose durante más de 12 años a la difusión de la cultura y literatura española e hispanoamericana. A la vez, imparte clases de Lengua y Literatura española en la Facultad de Idiomas, Universidad de Bagdad, En Madrid, ciudad donde reside desde 1995, continúa su carrera literaria e intelectual defendiendo los derechos de la mujer árabe y musulmana, dando cientos de charlas y participando en congresos y ponencias sobre el feminismo y la cultura árabe e islámica.

JUEGO DE ROL CON ZOMBIS EN VIVO

Laura Scheepers

 

Parecía una idea genial: un juego de rol en vivo de zombis en una vieja fábrica. Algo diferente, una buena alternativa a los típicos juegos de rol en vivo en el bosque. No es que tuviera nada de malo; disfrazarse y fingir ser otra persona durante todo un fin de semana también era divertidísimo en el bosque. Siempre le recordaba a Aukje cuando jugaba a los caballeros de pequeña, pero ahora con más reglas. Y con una organización que las establecía, en lugar del niño que gritaba más fuerte.

Junto a Daniël y Sven, se agachó detrás de una gran caja fuerte. La fábrica estaba prácticamente vacía, un laberinto de pasillos y salas. Al parecer, la caja fuerte era demasiado pesada para moverla.

—¿Crees que es real? —le susurró al oído a Sven.

Él se encogió de hombros.

—Tonterías, solo un buen juego de rol en vivo, agradable y emocionante.

—¿Pero qué pasa con Lieneke? ¿De verdad no es tan buena interpretando personajes? Y esa sangre parecía muy real…

—Cállense ya. Cuando Dennis el Nerd –usó el nombre del personaje de Julian– haya descifrado el código de la caja fuerte, sabremos dónde encontrar el fuego mágico.

Aukje hizo todo lo posible por volver a meterse en el personaje. Al fin y al cabo, había venido a interpretar un personaje. Y ese personaje, Tessa, era mucho más valiente que ella.

—¡Sííí! —gritó Julian. El eco resonó por el pasillo.

—Shhh… —sisearon los demás.

Los tres hombres se inclinaron sobre el mapa; Aukje sacó su escopeta y se puso de guardia. Ojalá no sean zombis de verdad, pensó, porque con una pistola Nerf que dispara dardos de goma no voy a lograr nada. Adoptó una pose heroica.

—Silencio —dijo.

Por supuesto que no la escuchaban; ¿acaso la habían oído?

—¡Oye, cállate! —dijo ella un poco más alto.

Sven ya había empezado a protestar cuando vio su gesto de «escucha».

En ese momento, ellos también lo oyeron: el sonido de pasos arrastrados y voces que sonaban a la vez humanas y completamente inhumanas. Sonidos sin palabras. ¿Estaban demasiado lejos para oír palabras, o eran zombis? Había otros equipos buscando una solución a la infestación zombi. Los tres siguieron discutiendo casi en silencio sobre el mapa durante un rato. Finalmente, Daniel señaló una de las puertas. Aukje fue a escuchar. No querían encontrarse con los zombis. Aquel pasillo parecía vacío. Se internaron en él, rápidos y en silencio.

Estaban cerca de su objetivo cuando Sven lanzó un gritito. Luego pensó que ya se burlaría de él sin piedad después del time-out, cuando de repente gritó con todas sus fuerzas:

—¡Zombis!

Señaló hacia un pasillo lateral, y él y Daniël salieron corriendo, arrollando a Julian.

—¡Qué idiota! Me duele la rodilla. —Ya no sonaba en absoluto como Dennis el Nerd—. Entiendo que sea emocionante, pero esto fue muy torpe…

Se apoyó en el hombro de Aukje. Avanzaron despacio mientras, detrás de ellos, los zombis se acercaban cada vez más.

—Vete, Auk. Yo salgo del juego, así no tiene gracia. Daniël tiene el mapa.

—¿Estás seguro?

—Sí, seguro que hay un director de juego con ese grupo de zombis.

Lo ayudó a sentarse.

—¡Nos vemos después del time-out, Auk! —aún levantó la mano para despedirse.

Apenas había doblado la esquina cuando lo oyó decir:

No play, salgo del juego. Estoy realmente herido.

Menos mal, entonces había un director de juego cerca.

—¡He dicho no play! ¡He dicho no plaaaaaa…!

El sonido se cortó de repente y se oyeron ruidos viscosos, como si un labrador estuviera devorando un cuenco de natillas con cereales.

Mierda. Había dicho “no play”; eso detenía el juego. Ahora tenía que asegurarse. Tan silenciosa como pudo, retrocedió hasta la esquina. Espió por ella y apenas logró contenerse. Julian yacía en el suelo; reconoció sus zapatillas deportivas blancas. Cuatro zombis, o tal vez cinco, lo estaban devorando. Había sangre por todas partes y, ahora que estaba tan cerca, también reconocía el olor. ¿Y ese zombi junto a la cabeza de Julian no llevaba el mismo vestido que Lieneke? Ya la habían molestado antes por eso.

Aukje retrocedió tambaleándose, con la mano tapándose la boca. Tenía que salir de allí lo antes posible y avisar a la policía. Con las piernas temblorosas, avanzó a trompicones por varios pasillos. Sin mapa, tampoco tenía idea de hacia dónde iba. Primero alejarse, luego vomitar. ¡Después pensar! En cuanto se sintió un poco más a salvo, vomitó hasta que no le quedó nada. Siguió con arcadas. ¿Alguna vez se le iría ese olor a sangre y excremento de la nariz?

Cuando volvió a incorporarse, vio una escalera. La trampilla de arriba, con suerte, daría al techo, donde tendría señal en el móvil. Corrió hacia ella, porque ya oía los pasos arrastrados. Subió lo más rápido posible, pero el ruido se hacía más fuerte. Miró hacia atrás y vio a seis zombis entrando en la nave. Julian estaba entre ellos, Lieneke también. Y Lennart, uno de los directores de juego. El olor a sangre llenaba todo el espacio, y volvió a tener arcadas mientras seguía trepando desesperadamente. Llegó a la trampilla y empujó.

¡Mierda! Cerrada.

Siguió empujando con desesperación, pero los primeros zombis empezaban a subir por la escalera. Sintió una mano húmeda en la pierna. Pateó. Por suerte llevaba botas. El zombi gruñó y se echó un poco hacia atrás. La trampilla por fin cedió y, mientras salía al techo, derribó la escalera de una patada. Los zombis cayeron formando un montón en el suelo.

Cerró la trampilla de golpe y sacó el teléfono. Miró con desesperación las barras de señal. ¡Sí, apareció una! Marcó el 112 y oyó el tono. En el momento en que alguien respondió al otro lado, también oyó un gruñido, y un sonido húmedo y masticado, familiar. Demasiado cerca para venir del otro lado de la trampilla.

Giró sobre sí misma y gritó.

Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde preescolar. En la escuela y en la universidad obtuvo buenas calificaciones. Trabajó varios años en primaria, pero enfermó. Aunque una enfermedad crónica le parece un mar de tiempo libre, lamentablemente solo dispone de unas pocas horas útiles al día, incluyendo las que dedica a escribir. En 2019, tras un largo bloqueo creativo, volvió a escribir y, desde entonces, ha publicado cada vez más relatos en colecciones. Disfruta escribiendo fantasía, pero también incursiona en la ficción histórica y las historias para adultos jóvenes. También es jueza y editora de EdgeZero, colaboradora general de la editorial. Ocasionalmente, para satisfacción mutua, trabaja como correctora. Además de escribir, disfruta de la lectura, los videojuegos y las manualidades. También le encantan las patatas, el café, el queso y la música en casi todos los géneros.

 

jueves, 30 de abril de 2026

COMBUSTIÓN EXTERNA

Jorge Claudio Morhain

 

La luz fulguró un instante, un largo instante, contra el cielo estrellado, oscuro, tenue, solitario.

La luz iluminó a Faby, que se volvió levantando la mano, como un reflejo condicionado.

La luz giró un momento sobre sí misma –o eso pareció–, y disminuyó de pronto de intensidad, bajando detrás de los cerros, vertiginosamente.

—Se cayó una estrella; pedí un deseo, Faby. Pedilo. “Que alguno me levante, la gran siete”. Los pensamientos de Fabiana eran así, concretos, lúcidos. No podía pedir oro ni moro, caminando entre las sierras de Córdoba, de noche y en verano. Lo más que podía pedir era que le reventara el motor al tropero que la había dejado a medio camino entre La Serranita y Los Molinos. Lo más que podía pedir era que alguien la levantara, que la llevase a una cama caliente, blanda. Y que tuviese plata para dejarle. Por, lo menos, plata para volver a una ruta decente, no a esta tan tortuosa que solamente recorrían los turistas y los proveedores de la zona Y esos, todos patos y casados, se sabe.

Ahora sí, el ruido notable y claro de un auto. Ahora sí.

“A ver si té portás, estrellita de mierda”.

Apoyó su cuerpo sobre la pierna derecha, se acomodó la cartera sobre la cadera izquierda, y alzó la grupa entera, jugando con la pierna, como vio hacerlo una vez a Marylin, la del cine. Y como hacia siempre Faby, para qué nos vamos a engañar. Mascó un chicle inexistente; se ajustó el pañuelito, apretó el puño derecho y sacó el dedo, el pulgar, doblado.

“Pará, dulzura”, dijo bajito. A veces resultaba. Era como que les llegaba el pedido, por las ondas del éter. Y este auto es lindo. Muy lindo.

Paró.

—¿La llevo a algún lado, señorita? —Una mujer. Perra suerte. ¿Qué hacés, Fabiana? ¿Subís? En una de esas tenés que caminar toda la noche. No, porque en el peor de los casos me meto a un hotel de las sierras y mañana me arreglo para no pagar. No, que se vaya. Todavía puede pasar un hombre, che.

—Perdón, disculpe. La confundí...

Recién se dio cuenta la mujer de qué se trataba. Sonrió mal. Bufó, y aceleró a fondo.

Ma sí, algún día me vas a pedir que te explique cómo se hace, boluda.

El auto siguiente era una cucaracha Volskwagen puro ruido, y la manejaba uno de anteojos que la miró como con miedo, y siguió de largo.

Lo peor era tener que subir las pendientes. A pie y con tacos duele mucho.

Pero ahora viene una moto. Sí, de allá, de donde cayó la estrella. Capaz que te lo manda la estrella, Faby. Capaz que es un muchacho lindo, capaz que…

La luz de la moto la iluminó a pleno, al tomar la cuesta.

Fabiana se paró casi sobre la ruta, apoyada sobre la pierna derecha, haciendo oscilar la izquierda y proyectado la cadera hacia afuera. Se apartó un mechón imaginario y largó una bocanada de imaginario humo. Alzó el dedo e hizo seña.

La moto patino un poco, cuando el muchachote clavó los frenos.

Demasiado. Un hombre joven, muy pintón, sí. Muy fuerte. Sonriente. Un lugar atrás, en la moto.

—¿Me llevás? —Él cabeceó hacia el asiento trasero, y ella sintió el cuero entre sus piernas, y se aferró al cuero de su campera, y se fueron—. ¡No sabés lo que es encontrar a alguien que te levante en este camino! Venía en un camión, pero tuvo un desperfecto. ¿Vas lejos?

—No.

—¿Por qué no paramos en algún lado? Por acá hay unos hotelitos muy lindos. Hay moteles, también. Yo... puedo ayudarte a pasar la noche. Si no te enojás. —Faby tenía que gritar, por el viento. El muchacho manejaba rápido, con pocos movimientos.

—No. —Que no se enojaba, parece que dijo.

Faby dejó pasar dos hotelitos coquetos aunque acaso muy familiares, y cuando vio venir el motel del que conocía el olor de las sábanas, apretó el brazo del muchacho. ¡Qué brazo duro! ¡Todo músculos! ¿Sería todo así?

—Allá. Pasemos la noche en aquel motel.

—Sí.

El dueño sonrió, buscando charla. No la hubo, porque en esas circunstancias, Faby dejaba que su pareja tomara la iniciativa. Si él no quería charla, no la habría. Se fueron hacia la pieza.

—¿Sabés?, me gusta que lo tomés así. No te cobro nada. El viaje nomás. Así quedamos a mano. Y dormimos caliente.

—Sí.

—¿Sos de pocas palabras, eh? —intentó juguetear con un rulo del muchacho, pero parecía de goma. Mucho fijador, acaso. Cada cual con sus gustos—. Mejor meté la moto adentro. No es por nada, pero no va a ocupar lugar.

—Sí.

Faby dejó la bolsa sobre la silla, y buscó el baño, empezando a sacarse las hebillas. Él se quedó parado en el centro de la habitación.

—Me llamo Faby. ¿Y vos?

—Gidol. —En fin, sobre nombres no hay nada escrito, ¿verdad, Faby?

—Pero acostate. Enseguida estoy con vos. ¿Sos callado, eh? En vez, yo soy charlatana,

—Acostarme. Sí.

Por el espejito del botiquín lo vio acostarse vestido. Tipo raro, definitivamente. Lástima, tan pintón. Con tal de que no fuera uno de esos con gustos raros.

No tenía mucha ropa que sacarse. Pero sí se mojó un poco la cara. Tenía polvo y un poco de cansancio. Sería una linda noche para dormir caliente. Además, en la bolsa llevaba una botellita de whisky.

La sacó de paso. Gidol –nombrecito, ¿eh?– estaba allí, en la cama blanda, inmóvil, mirando el cielorraso.

También sacó los cigarrillos, y se puso uno en la boca. Chasqueó el encendedor.

Y el tal Gidol se despertó de su letargo.

—¡¡NO!! ¡¡APAGALO!! ¡¡NO!!

—Bueno... Bueno, está bien. No fumo si no te gusta. Pero no te pongás así... ¿Tenés miedo al fuego? Mirabas el encendedor como cordero degollado, Gidol...

—Es que...yo no soy de aquí. Soy de otro planeta.

“Sonamos. Un verso nuevo”, pensó Faby.

—Este planeta tiene demasiado oxígeno libre, Faby. Es muy propenso a las combustiones externas. Y nuestro cuerpo, mi cuerpo y el de Algoll, mi compañero, no resiste la combustión externa. No resiste... eso... “fuego”.

Faby se sentó junto al muchacho. Tan asustado que parecía, y ahora estaba impávido de nuevo. Apoyó una mano sobre el cuero de la campera, sobre su pecho.

Si él quería irla de extraterrestre, le seguiría la joda.

—¿Y cómo es que viniendo de otro planeta te parecés tanto a Robert Redford sobre una moto? ¿Eh?

—Sorprendimos a un par de nativos, en la montaña. Ellos quedaron allá, nosotros adoptamos su forma.

—Ah, sí. Contame, dale. Contame tu viaje por el espacio, mientras Faby es buenita, y...

No era nuevo, para Faby. Algunos decían ser príncipes rusos, otros actores de televisión, otros hijos del Papa. Por eso, mientras Gidol hablaba, comenzó a buscar el tirador del cierre de la campera. No, si ella sabía cómo tratarlos. Tiró.

No cedió. Es más, el tirador y la campera parecían ser la misma pieza. Es más, el tirador del cierre temblaba. Estaba cambiando de forma. Entonces, Faby oyó lo que Gidol estaba diciendo.

—Vendrán otros, y gobernaremos el planeta, para bien de todos ustedes, porque seremos considerados, Faby...

Ahora Faby tenía entre las manos una especie de miembro viril, pero puesto en mal lugar. Y pensaba: “no, Faby, esto no puede pasarte a vos, pero te pasa… y si estuvieras soñando, no importa, te pasa y no está más… y si te pasa y no está más, con probar no cuesta nada, total estás soñando, porque estas cosas...”

Encendió el encendedor, sin dejar de acariciar la cosa. Volcó el wishky.

Hubo una llamarada. Se derretía. Parecía un muñeco de grasa, que agitaba los brazos y los tentáculos y...

Faby vomitó. Alcanzó a tomar la bolsa, y sacó la moto afuera. Enseguida vendría el del motel, a ver el incendio, y preguntaría por el chabón, y Faby iría a la cárcel, por asesina. Así que pateó y la moto salió como un tiro rumbo a las sierras.

El aire que corría por su cara como una caricia la puso contenta.

“Parece mentira, Faby. Y nadie puede saberlo. Ninguna tele te haría un reportaje. Pero sos flor de patriota. Salvaste el mundo. Vos, Faby. Cosa de locos, ¿eh? Me pregunto dónde estará el otro bicho. Argolla, Algoll, algo así. Habría que quemarlo para que no...”

Recién entonces se dio cuenta de que la moto le estaba apretando la mano.

Bajó la cabeza. La moto estaba cambiando de forma.

Era una masa pulposa con tentáculos, y con una boca enorme.

Y la estaba tragando. 

Jorge Claudio Morhain Suárez nació en la ciudad de Buenos Aires el 9 de abril de 1942. Es escritor, dramaturgo, guionista, historietista, periodista, traductor, museólogo, divulgador científico y bibliotecólogo. Ha incursionado en los más diversos géneros literarios, y entre sus obras de ficción podemos mencionar la novela Samos contra los Uránidas (1989) y las colecciones de cuentos Amores con guardapolvos (1993) y Malos tiempos para Drácula (1996). Reside en la localidad bonaerense de Máximo Paz.

DEL DIARIO DEL ADMINISTRADOR

Dinko Osmančević

 

Su palacio está en una colina, rodeado de extensos y hermosos jardines. Alrededor del palacio y de los jardines hay bosques bien cuidados, en los que aquí y allá se ven restos de antiguos lanzadores taquiónicos mediante los cuales la humanidad, a lo largo de la historia, se aventuró en el espacio en varias oleadas.

Hoy, esos lugares son santuarios para numerosos peregrinos que creen –o desean creer– que aquellos instrumentos, antes de la Gran Oscuridad, elevaban a la humanidad más cerca de los dioses. Más allá de los bosques, a muchos kilómetros en todas direcciones, sobre un terreno igualmente ondulado, se extienden campos y huertos interminables donde prosperan diversas cosechas.

Los jardines del palacio del Administrador están separados del mundo exterior por un alto muro circular que los vuelve misteriosos e inaccesibles. En uno de los jardines, bajo la densa sombra de las vides, está sentado el administrador Bastro, absorto en numerosos documentos esparcidos sobre la mesa. Está trabajando; nadie debe molestarlo, nadie salvo el comandante de la guardia. Sobre todos los papeles yace abierto un diario. El Administrador intenta anotar con la mayor precisión posible las impresiones de su más reciente viaje a Vegápolis, de donde regresó ayer. En la página figura la fecha: un día de agosto del año catorce mil y algo, no desde el nacimiento de Cristo, sino desde el final de la Gran Oscuridad. El Administrador reflexiona largo rato y luego añade apenas una breve y precisa frase, revelando así su formación militar y su espíritu sistemático.

Deja de escribir y vuelve a sumirse en sus pensamientos. Hace siete días cabalgaban hacia Vegápolis. La caravana del Administrador avanzaba por una región semidesértica, al otro lado de la Montaña Rujna, unos cincuenta kilómetros al sur de aquí. Bajo un cielo despejado, el sol de la tarde los castigaba con toda su intensidad, mientras un viento cálido y desagradable les golpeaba el rostro, arrastrando arena fina y dificultando la marcha. Temiendo el ataque de alguna banda que fácilmente podía surgir entre las siempre rebeldes tribus de la región, Bastro apremiaba a la caravana. Maldijo a los jinetes más lentos, amenazó con castigos. Aunque él mismo sabía que su caballo era mucho mejor que los demás, su silla mucho más cómoda, y su ropa también considerablemente más confortable que la tosca indumentaria de sus sirvientes y soldados. Aun así, los reprendía. Hasta la puesta del sol, el camino se convirtió en una agonía que incluso los animales soportaban con dificultad, pero a lo lejos volvió a aparecer el verdor y, tras un tiempo, el cauce del hermoso río Vegrina. Cuando cayó la noche, ante ellos estaban las murallas de Vegápolis, iluminadas por antorchas de guardia en movimiento: la luz de la ciudad.

El administrador Bastro se sobresaltó y salió de sus pensamientos. Anotó en el diario la hora de llegada a la ciudad y la cantidad de mercancía que habían traído ese día. La agradable frescura del jardín y los aromas de las frutas lo llevaron a recordar la primera noche en Vegápolis. Bañado y relajado, mientras una joven esclava lo masajeaba, Bastro yacía entonces entre los cómodos cojines de un salón en su residencia de la ciudad, escuchando el informe del jefe administrativo, llamado Ganda. Este lo informaba sobre la situación en la administración de la ciudad, el comercio y otras novedades de Vegápolis. Lo que más llamó su atención fueron las palabras de Ganda acerca de un nuevo y enigmático predicador al que llamaban el Anciano, que se había instalado en una cercana aldea abandonada. Algunos días después, tras oír constantemente hablar de él, el Administrador decidió visitarlo antes de regresar de Vegápolis. Disfrazado, acompañado del jefe y de varios escoltas, Bastro abandonó la ciudad en secreto.

Mientras cabalgaba sobre una silla dura e incómoda, recordó cuántos problemas había causado a su séquito durante la llegada a Vegápolis. Por suerte, este viaje fue breve.

En el centro de la aldea abandonada, sobre la que se había abatido la noche, había una pequeña plaza. Allí ardía una hoguera. Junto a ella estaba sentado el Anciano, vestido con toscas vestimentas de campesino. El Administrador comprendió que ese nombre, Anciano, significaba literalmente “hombre viejo”. Bajo la larga cabellera canosa, iluminado por el fuego, resplandecía el rostro del enigmático personaje. A su alrededor se encontraban personas de distintas edades y con ropas diversas, acordes a sus respectivas condiciones. La llegada del Administrador desvió por un momento su atención. Rápidamente hicieron lugar a los recién llegados. Bastro se sentó adelante, y sus acompañantes detrás, desde donde tenían mejor vista.

—A usted, amigo, es la primera vez que lo veo en nuestro grupo —dijo el Anciano dirigiéndose a Bastro.

—No había venido antes, señor, pero he oído mucho sobre sus enseñanzas y deseaba escucharlo.

—Aquí la gente no viene solo a escuchar, sino a participar —dijo el Anciano—. Hablamos de todo. Nadie es tan sabio como para no tener que aprender de los demás. Justamente, antes de su llegada, hablábamos de un proverbio que dice: “Sé pobre y sabrás cómo son los demás; sé señor y te conocerás a ti mismo”.

—No sé por qué podría yo aportar algo a ese proverbio —dijo el Administrador, preguntándose si aquel hombre lo había reconocido.

—Tal vez porque, señor, su ropa es pobre, pero sus manos son suaves como las de una muchacha. —Bastro resistió el impulso de mirar sus manos. Tenía la impresión, completamente acertada, de que todos lo observaban a él y a su séquito, intentando descubrir quién era, y eso podía causar problemas. Pero el Anciano añadió con suavidad—. No importa cómo sean sus manos, señor, ni quién es usted ni de dónde viene. Todos los que llegan con el corazón abierto son bienvenidos aquí.

Las conversaciones alrededor del fuego continuaron hasta bien entrada la noche. Bastro recordó las palabras del Anciano: que la lucha contra el mal, dentro del hombre y a su alrededor, es el objetivo final, pero también eterno, uno que nunca puede alcanzarse por completo. Que esa lucha debe librarse, pero no debe convertirse en su contrario, y que el camino hacia su realización es un gran misterio.

El administrador Bastro se consideraba un hombre justo y amante de la justicia. Procuraba definir la justicia según la ley, sin cometer errores deliberados. Ahora se comparaba con ese viejo predicador y con aquellas personas reunidas en círculo alrededor del fuego, en una noche cada vez más fría y ventosa.

—Aquí estamos — dijo Bastro en un momento de silencio—, de algún modo, dando vueltas en círculo… y también sentados en círculo.

El Anciano lo miró y luego sonrió.

—Los círculos son un tema importante para reflexionar, señor. Hace mucho tiempo conocí a un hombre que afirmaba que todo en el mundo se repite y gira en círculos. Los días y las noches, de la mañana a la tarde y a una nueva mañana; los años, de la primavera al invierno y a una nueva primavera; la vida del hombre, del nacimiento a la muerte y a un nuevo nacimiento; y también la vida de las grandes civilizaciones, desde comienzos primitivos hasta su apogeo, su caída y nuevos comienzos. Ese hombre decía que todo tiene su inicio, su mañana o su primavera, pero también su fin, su noche o su invierno, y después de eso un nuevo amanecer o primavera. Solo quien descubra el secreto del universo podrá escapar de este hechizo del ciclo. Ha tocado usted un gran tema, señor.

—¿Eso… significa que después de esta vida volveremos a vivir? —preguntó Bastro con vacilación, temiendo parecer ridículo.

—Si ese hombre tenía razón, entonces sí, pero yo no lo sé —dijo el Anciano—. Somos solo hombres, amigo; algunos misterios siguen siendo inaccesibles para nosotros. Y cuando nuestras opiniones son distintas…

El administrador Bastro volvió a sobresaltarse, inclinado sobre el diario abierto, al salir de esos recuerdos. Por el jardín del palacio se acercaba el comandante de la guardia, llevando delante de sí, sujeto con una cadena, a un esclavo desnudo hasta la cintura, cuyo cuerpo delgado estaba curtido por el sol.

—¿Qué ha sucedido? ¿Por qué me interrumpes? —dijo Bastro, no sin irritación.

El soldado se inclinó. Mientras tanto, el esclavo cayó de rodillas.

—¡Señor! —dijo el comandante de la guardia con voz llena de respeto—. Por culpa de este esclavo se volcó un gran cargamento de miel destinado al cuidado de la piel de la señora. Ese envío lo esperaba desde hacía meses.

—Lo seguirá esperando por algunos meses más —dijo el Administrador—. Cincuenta azotes para este. Y si sobrevive, aprenderá la lección; y servirá de advertencia para los demás.

—Entendido, Administrador —dijo el comandante de la guardia. Retrocedió unos pasos, tiró del esclavo, se volvió y se marchó empujándolo delante de sí.

El Administrador quedó solo, en silencio. Permaneció callado un tiempo, intentando calmarse y recuperar la concentración. Luego tomó la pluma y continuó escribiendo sus recuerdos de Vegápolis.

Dinko Osmančević nació el 24 de julio de 1971 en Banja Luka, Bosnia-Hercegovina. Es aforista y escritor de ciencia ficción. Fue columnista de Nezavisne Novine durante mucho tiempo. Publicó aforismos y otras obras satíricas en todos los diarios de la República Srpska y Serbia, así como en otros periódicos, numerosas revistas y publicaciones literarias ("Književne Novine", Belgrado, "Književni pregled", Belgrado, "Suština poetice", Glušci, "Književno pero", Rijeka, "Nekazano", Bar, "Most", Mostar, "Krajina", Banja Luka, "Nova stvarnost", Banja Luka...), así como en revistas de género de los Balcanes Occidentales y Eslovaquia. Fue premiado en concursos y festivales de humor y sátira. Publicó relatos de ciencia ficción y otros géneros en las revistas "Galaxija", "Orbis", "Terra", "Suština poetice", "Faros", "Grad" (Kruševac), "Nekazano", "Đerdan", "Ilustrovana politika" y en numerosas revistas y portales en línea, así como en una veintena de colecciones antológicas de relatos.

DJINN

Mihai Cacior

 

—Aun así, ¿qué clase de nombre es ese? —me preguntó de repente.

—No lo sé, tío. No debería habértelo dicho. Creo que mi madre estaba fumada cuando me hizo el certificado de nacimiento.

—¿Y cómo se llama ella?

—María.

Ilinca asintió como si eso lo explicara todo. Se armó un cigarrillo y se inclinó sobre el manual de psicología. Ya no era el de alemán. Había abandonado Viena después de cuatro intentos fallidos. Estudiaba para el ingreso a la Universidad de Bucarest.

Era una mañana oscura y fresca, bienvenida en un verano sofocante. La rotonda con la estatua de Mihail Kogălniceanu tenía no menos de cuatro cafeterías, y la suya era la más vacía. Por eso tomaba mi café allí. Por eso, pero también porque Ilinca siempre me esperaba con un cappuccino con irish cream.

Empezó a soplar el viento. Ilinca puso el paquete de filtros dentro del manual y lo cerró. Con el cigarrillo entre los labios, hurgó en el bolso hasta sacar una bandana naranja con motivos florales en franjas blancas. Se recogió el pelo alborotado con una mano y con la otra intentó colocarse la bandana. Lo logró al final, pero algunos mechones le colgaban sobre la frente, aunque no parecían molestarle. Justo después empezó a llover. Seguía lloviendo cuando llegamos a casa, al monoambiente con vistas a la Plaza Mihail Kogălniceanu, que no parecía necesariamente más pequeño desde que Ilinca se había mudado conmigo.

 

Cuanto más me negaba a decirle mi nombre de pila, más curiosa se volvía Ilinca. No importaban mis intentos de hablar de cualquier otra cosa.

—Estoy estudiando para el ingreso —me decía—. Quiero ir a psicología, a Viena. ¿Es un nombre húngaro? No es la primera vez que me presento. La tercera es la vencida, ¿no? Entonces es un nombre feo. ¿Boțogan? ¿Bâlbâiașu? ¿No empieza con “b”? Mirá que en una semana vas a tener que buscarte a otra que te haga el café, señor. Tengo el examen, luego auf wiedersehen, Rumanía. ¡No te voy a extrañar! Así que podés decirme el nombre. Tu secreto está a salvo conmigo. ¿Coțoian? No, ¡es Căcan! ¡Căcan Antonescu! Ah, es con “dr”, no con “t”. Bien, señor An-dro-nes-cu. Entonces, ¿ninguna relación con el difunto? Tampoco puedo decir que haya sido una decisión. Es como… quiero estudiar psicología prácticamente desde que nací. Siempre me interesó el campo, bueno, si se le puede llamar campo, pero desde chica me interesaba la gente. Por qué hacen lo que hacen. Por qué no pueden hacer lo que en realidad quieren hacer. Sé que me entiendes. No me veo en ninguna otra facultad. ¿No te llamas Adolf, por casualidad? ¿Dices que no tienes ningún abuelo con carrera militar? ¿O ningún padre? Es una broma, tío, no pongas esa cara. Sabes que a mí me gustan los tipos un poco mayores. O sea, me parece que me entiendo mejor con ellos. Porque con los chicos de mi edad no hay de qué hablar. ¿Es Dudu, no? No me digas que tampoco es con “d”. Dale, dame una pista.

Terminé mi café, le sonreí sin decir nada y tomé el penúltimo cigarrillo del paquete. Ilinca se sonrojó un poco, creo que por lo que había dicho sobre la diferencia de edad entre nosotros, pero siguió recorriendo el alfabeto. Iba por la “m” cuando entró en la cafetería la señora Jilea, la anciana que vivía en el departamento de arriba del mío y era la propietaria del monoambiente donde vivía Ilinca. Quería un espresso doble.

Mientras la atendía, me preguntaba cómo sabía mi apellido. No nos habían presentado, no le había dicho cómo me llamaba. Tal vez lo había averiguado por la señora Jilea, así como yo ya sabía su nombre, también gracias a ella. Yo había entrado en su cafetería una o dos horas antes porque era la más vacía. En realidad, no tenía ningún otro cliente. Había pedido un cappuccino con irish cream, y cuando me preguntó cómo me llamaba, para saber qué escribir en el vaso, le dije que me reconocería igual, y si no, era un riesgo que asumía.

Creo que estaba mirando al vacío con el ceño fruncido cuando volvió y se sentó otra vez a mi lado, porque me preguntó si no me había gustado el cappuccino. Me trajo otro sin que se lo pidiera. También vino con un libro grueso, impreso en fotocopias, cuya portada decía Einführung in die Grundlagen der Psychologie. Ya no me preguntó el nombre. Fumaba y leía. Yo miraba mi propio paquete, el último cigarrillo. No lo fumé. Me quedé con él hasta que tuve que irme a la oficina.

Una semana después, la cafetería estaba cerrada. Ilinca se había ido a Austria para el examen.

Un mes después, Ilinca abría la cafetería a las siete en punto y la cerraba a las cinco de la tarde. Ya no estudiaba. Ya no sonreía. Ya no decía nada. Creo que tampoco fumaba. Dos meses después, cuando volvimos a quedar solos en la cafetería, le dije mi nombre de pila. Sus ojos brillaron. Al día siguiente la vi otra vez fumando, inclinada sobre el manual, en una mesa frente a la cafetería.

Desde entonces pasó un año. Nos saludábamos en el pasillo, porque vivíamos en el mismo piso, pared con pared. Yo en el departamento 16, ella en el 17. A veces me quedaba por la mañana en la cafetería. Algunas veces incluso le cociné. Dentro de un mes, Ilinca iba a presentarse por cuarta vez al ingreso a la facultad de psicología de Viena. Cuanto más se acercaba el examen, más afectuosa se volvía Ilinca. O tal vez solo me lo parecía. No quería que se fuera.

El sol salía y anunciaba un día de calor sofocante. Debían de ser las siete. Me levanté de la cama y fui a la ventana. En la vereda de enfrente la veía a Ilinca, envuelta en una campera granate dos talles más grande, aunque era mayo. Llevaba el pelo recogido bajo una bandana naranja que combinaba con su color. Tenía una tote bag caída del hombro al brazo con el que sostenía el teléfono. Caminaba rápido hacia la cafetería, así que seguro ya eran las siete y algo.

Me dolía la cabeza y me sentía cansado, así que volví a acostarme. Cerré los ojos e intenté recordar el sueño del que me había despertado tan agitado. Soplaba un viento seco que hacía tambalear incluso a los autobuses, tan fuerte era. Nadie caminaba por la calle, por miedo a ser arrastrado. Y una sensación extraña, ¿engaño? ¿melancolía? Era dolorosa y dulce al mismo tiempo. Había perdido algo querido y me alegraba por eso. Luego escuché un golpe. Creo que Ilinca había cerrado de golpe la puerta cuando salió de su monoambiente, y eso me despertó. Ya no pude volver a dormirme.

Me cambié, tomé la mochila con la laptop del trabajo y bajé. Ilinca sacaba las sillas y mesas a la vereda, frente a su cafetería. La ayudé. Luego me senté en la más cercana a la entrada. Ella dejó su tote bag en una silla de la misma mesa. Saqué de su bolsa el paquete de tabaco y el de filtros, armé dos cigarrillos. Ilinca puso sobre la mesa un cappuccino con irish cream en el que había escrito con marcador “Djinn” y un americano. Fumábamos en silencio, solo nosotros dos. Ella sostenía el cigarrillo en la comisura de los labios. Con una mano bebía el americano y hojeaba el manual. Con las puntas de los dedos de la otra giraba el vaso del cappuccino. Yo quería beber mi café, pero no quería interrumpir su ritual.

Ya había fumado tres cigarrillos armados del paquete de Ilinca. Me quedaba solo un sorbo de café. Pronto tenía que irme a la oficina.

—Escucha, ¿alguna vez te dije cómo se llama mi madre? —le pregunté a Ilinca.

Estaba encorvada sobre el manual y jugaba con un mechón que se le escapaba de la bandana y le caía sobre la frente.

—No. ¿Por qué? ¡Espera! No me lo digas. Tengo acá un capítulo sobre Freud —me dijo con una sonrisa ladeada y empezó a buscar en el manual.

—No sé por qué pregunté. Olvídalo. —Se llamaba María. ¿Qué día se lo había dicho? Creo que justo antes de que empezara a llover. ¿O solo había soplado un viento fuerte y seco? Seguí—: Escucha, ¿te pasó alguna vez soñar algo banal, pero tan vívido que después no sabes si lo que recuerdas realmente ocurrió o fue solo un sueño?

Ilinca miró al vacío, frunciendo el ceño, por un momento. Ya no sonreía. Luego levantó un dedo, cerró el manual –estaba en el capítulo de Freud, supongo, no entiendo ni una palabra de alemán–, lo abrió desde el principio y empezó a hojearlo hasta casi el final. Seguía con el dedo levantado y leía.

No pude quedarme a escuchar a qué conclusión llegaría a partir de mi pregunta, aunque me hubiera gustado. Me gustaba oírla hablar. A veces nos quedábamos dos horas sin decir una palabra, y de pronto empezaba a explicarme algo. Siempre valía la pena la espera. Otras veces nos quedábamos tres horas en silencio, hasta que yo tenía que irme a la oficina. La saludaba, pero estaba tan absorta en la lectura que no me respondía. Igual valía la pena la espera.

Volví cansado de la oficina. Estaba cocinando un gulash al que le había puesto un ají demasiado picante cuando alguien llamó a la puerta. Abrí. Era Ilinca, la vecina. Tenía las manos detrás de la espalda. Llevaba el pelo recogido con una bandana y una camisa blanca. Rara vez la veía sin la bolsa con el manual de psicología en alemán. Sin él, parecía desnuda.

—Que sepas que el olor llega a toda la escalera. ¿Está bien eso? ¿Tentarnos a todos así?

Luego me mostró una botella de vino tinto con una etiqueta blanca en la que había escrito, con marcador, mi nombre de pila. Miré mejor la etiqueta.

—¿Viñedos Kogălniceanu?

—Me pareció apropiado. Prácticamente es vino casero, ¿no? —Ilinca rio.

—¿Y por qué escribiste mi nombre en ella?

—Por costumbre —dijo con una sonrisa pícara.

—Ni siquiera entiendo por qué lo escribes en el café, sinceramente. Soy tu único cliente.

Ilinca volvió a reír, entró, cerró la puerta detrás de ella y se descalzó.

Realmente había hecho el gulash demasiado picante. Le desabroché la camisa blanca sin apuro. No llevaba sostén. Ilinca me besó el cuello, luego a lo largo del pecho. Me tomó el pene en la boca. Ardía, pero no le dije que se detuviera. Jugó con él y cuando estaba a punto de acabar, se detuvo. Me besó en los labios, luego me susurró el nombre al oído:

—Djinn. Sabés qué es lo que más deseo.

No era una pregunta.

—Lo sé.

Ilinca volvió a rodear el pene con los labios y gimió. Tenía los ojos cerrados. Movió la lengua hasta que terminé. Solo entonces levantó la mirada y me miró a los ojos.

 

Acababa de comprar el monoambiente con vistas a la estatua de Mihail Kogălniceanu. Compartía una pared con la chica que trabajaba en una cafetería de la rotonda. Creo que ella también se había mudado recientemente. Había oído su voz antes de verla. Hablaba en alemán, acentuaba mucho las palabras. A menudo se detenía en medio de una frase y maldecía en rumano. Solo la oía por la noche, cuando yo ya estaba en la cama.

La había visto algunas veces en la escalera antes de ir por primera vez a la cafetería donde trabajaba. Me reconoció y me sonrió. Me tendió la mano:

—Ilinca.

—Andronescu.

Respondí bastante seco, no sé por qué.

—Ah, disculpe —me dijo sin rastro de ironía, y luego se enderezó—. Supongo que tampoco quiere que nos tuteemos.

—No me gusta mi nombre. No me preguntes por qué. Dame un cappuccino con irish cream, por favor.

—Bien, señor vecino, enseguida. ¿Qué le escribo en el vaso?

Le dejé diez lei de propina y me senté en una mesa de la vereda sin responderle. Saqué el paquete de Marlboro Blue; estaba arrugado después de dos semanas en el bolsillo del jean. Me había propuesto que ese fuera mi último paquete. Le quedaban dos cigarrillos. Lo dejé abierto sobre la mesa. No tomé ninguno. Esa mañana el sol quemaba. Soplaba un viento seco que no me refrescaba. No llegué a fumar mis dos últimos cigarrillos, porque el viento me arrebató el paquete. Bebí el café rápido y me fui. Ni siquiera llegué a hablar con la vecina. La cafetería donde trabajaba cerró pocos días después y no volvimos a cruzarnos en el pasillo. Un mes más tarde me encontré con la señora Jilea. Ella era la propietaria del monoambiente 17 con el que compartía pared. Me preguntó si no tenía algún amigo que buscara alquiler. Alguien más serio, me pidió, que no se fuera a los pocos meses.

Mihai Cacior (nacido en 1997 en Rumania) estudió informática y trabaja en ese campo. Ha publicado varias historias de ciencia ficción y ficción realista en diversas revistas rumanas.


 

miércoles, 29 de abril de 2026

EL AVATAR OLVIDADO


Georges Bormand

Declaración recibida por el inspector Pichard, el 15 de septiembre 2006.

 

Me llamo Jacques Beaupère, tengo 24 años… (Dirección y otros datos personales)…

No conozco a Anne Jeannot más que por mensajes en Internet; no me ha autorizado a ir a su casa a conocerla, aunque vivo a menos de un cuarto de hora de viaje en subte. La conocí por azar en un foro de discusión, hace unos dos años, sí, a fines de septiembre de 2004; simpatizamos, me dio su dirección electrónica, pero me avisó de inmediato que nunca querría encontrarme en otro modo que no fuera por correo electrónico o en discusiones en un foro, a través de avatares. Nos intercambiamos fotos, por lo que intenté rondar por donde ella vivía para encontrarla “por azar”, aprovechando que conozco su dirección, pero nunca la vi. Desde entonces hemos seguido manteniendo correspondencia ocasional por correo electrónico o en foros.

Pero desde hace tres meses ha empezado contarme que uno de sus compañeros de trabajo, un tal Alain P., había empezado a acosarla, quería obligarla a casarse con él, pretendía que le pertenecía, aún cuando ella no sentía nada por él, excepto cierta simpatía, por otra parte desvanecida a causa del fastidio que le producían sus exigencias amorosas. Resumiendo, este Alain la perseguía día y noche, en la calle, por teléfono, y por momentos hasta se tornaba amenazador. Yo le dije que tenía que hacer una denuncia policial, pero se rehusó, argumentó que no podía hacerlo, que ustedes no recibirían esa denuncia. Entonces, aún cuando este papel no me corresponde, tomé la iniciativa de venir aquí, y espero que ustedes intervengan y hagan lo necesario para que este individuo no la amenace más.

Firma, etc.

 

Cuando un joven presentó una denuncia en lugar de una amiga que no podía desplazarse, el policía de turno le dijo que eso no era posible; pero ante la insistencia, y cuando el joven dio el nombre de su pretendida amiga, el policía reaccionó.

—¿Te está burlando de mí?

—Por supuesto que no, nunca me atrevería, señor policía.

—Espera... voy preguntarle al inspector.

Y el policía vino a verme. Claro que no todos los días alguien viene a presentar una denuncia por amenazas a nombre de una chica muerta dos años antes. El agente recordaba tan bien como yo ese caso irresuelto: el de una chica que fue encontrada muerta en su estudio saqueado a principios de septiembre de 2004. Por curiosidad, para saber si el joven trataba de hacernos una broma pesada o si era víctima de una burla, lo recibí y oí su historia; me contó lo que ha quedado registrado en la minuta de denuncia.

Yo mismo había rastreado, encontrado e interrogado a los conocidos de la víctima; había, en efecto, un cierto Alain P. que, aparentemente, sólo había mantenido un contacto de trabajo con la muchacha, sin involucrarse en ninguna relación particular con ella. Habíamos concluido que se trataba de un crimen cometido por un merodeador que había violado una puerta al azar y se había ensañado con una víctima fortuita, la ocupante del estudio. No habíamos verificado con demasiado cuidado las llamadas telefónicas recibidas por la víctima, que no eran especialmente numerosas en los días anteriores al crimen. Tampoco habíamos encontrado nada particular en sus actividades en Internet, sus casillas de correo electrónico, los archivos de su computadora. Mi colega había remarcado que el avatar que la chica usaba para sus discusiones en foros era muy bonito, aunque eso no tenía por qué llamarnos la atención, ¿verdad? Pero que este mismo avatar, porque parecía ser el mismo, reapareciera dos años mas tarde, debería ser imposible. No obstante…

 

Para tranquilidad de mi conciencia tomé contacto con los administradores de los foros y casillas de correo electrónico de Anne Jeannot. Con una excepción, todas las casillas habían desaparecido, dadas de baja porque no habían sido usadas desde septiembre de 2004; sin embargo, una de ellas estaba siendo utilizada y enviaba y recibía mensajes, entre otras de la dirección de Jacques Beaupère, el denunciante. Del mismo modo, en algunos foros existían huellas de intervenciones recientes de Anne-Jeanne (su alias en dichos foros), y de discusiones con otros usuarios.

 

No fue difícil abrir de nuevo la investigación, ya que el juez de instrucción estaba tan intrigado como yo. Volví a llamar Alain P. para pedirle que aceptara una visita, me puse mi mejor impermeable “Columbo”, y fui a explicarle por qué reabríamos la investigación…

Por supuesto que no le mencioné la historia de los mensajes recibidos en Internet que lo acusaban; hubiera sido demasiado grosero. Me limité a decirle que existía una carta que contenía alusiones a su hostigamiento y que había sido escrita unos días antes del asesinato; como al pasar, advertí que Alain no tenía realmente el ancho de espaldas adecuado para forzar puertas, pues… Por lo tanto, si él tenía algo que ver seguramente no había actuado solo.

Claro que esta discusión no aportó nada nuevo; en todo caso, nada que yo notara y pudiera utilizar.

 

Habría sido diferente si hubiésemos podido identificar a la persona que había “recuperado” el avatar y la casilla de correo electrónico de la víctima; pero aquí nos encontrábamos con un misterio informático: no existía ningún modo de descubrir la dirección IP de las conexiones. No soy un ingeniero informático competente, pero creo que todas las direcciones de origen de los mensajes enviados están registradas. Sin embargo, los administradores de los foros donde aparecía el avatar, ni los de la casilla de mensajes que había correspondido, perdón, que aún correspondía, porque continuaba activa después de la visita a mi oficina del “informante”, podían darme la dirección IP de donde provenían esos mensajes.

 

Tomé al toro por las astas y, sin preocuparme por hacer el ridículo, creé un avatar en uno de los foros. Sin ninguna originalidad, usé el seudónimo “Columbo”. Y, desde una casilla creada especialmente para eso, le envié un mensaje a Anne-Jeanne para comentarle la visita de su amigo Jacques al cuartel de policía. Al día siguiente recibí un mensaje de agradecimiento, con las correspondientes disculpas porque no podía hacerme una visita, aunque sin dar razón alguna de tal imposibilidad, y le agradecía mucho a Jacques por su iniciativa, que él ya le había comentado, por lo que esperaba poder liberarse del acoso de Alain. A fin de cuentas mi misterioso corresponsal, ya que había decidido en mi fuero íntimo que se trataba de un hacker bromista y particularmente bien dotado, no me obsequiaba ninguna información novedosa; parecía conocer muy bien la vida de Anne Jeannot anterior a su muerte, nada de lo que mencionaba entraba en contradicción con las cosas que yo sabía, pero tampoco había nada nuevo o convincente; y no encontré ningún pretexto válido para ir a incordiar de nuevo al “sospechoso”, o a algún otro.

 

Se necesita insistir para obtener, y parece que no existe el crimen perfecto. El examen minucioso de todos los documentos del informe permitió, después de algunos días, encontrar indicios, pequeñas contradicciones entre el testimonio de Alain P. y otras declaraciones. Se pudo establecer que, aunque había afirmado lo contrario, conocía la dirección del piso y también la posición exacta del estudio de la víctima. También se determinó que, en efecto, durante las semanas que precedieron al crimen había acosado a la muchacha mucho más de lo que había declarado. En síntesis, me puse de nuevo el impermeable “Columbo” y volví a visitarlo, esta vez para “guisarlo con salsa policial”.

 

Y empezaron a acumularse nuevos pequeños problemas en las declaraciones de Alain P. en sucesivas visitas, exactamente como en un episodio de mi serie favorita. (¿Cómo, aún no entendieron eso? ¿No he dicho que tengo un Peugeot 403 beige, acaso?). Para resumir, en el quinto encuentro, al cual asistí acompañado por mi adjunto, el tipo se quebró, y relató como, disfrazando el crimen como la obra de un maníaco surgido al azar, había ejecutado sus amenazas de “no dejarla a otro”.

 

Después de que hubimos detenido por fin a nuestro acusado, creí útil dar una vuelta por el foro que frecuentaba “Anne-Jeanne”, más que nada para informarle que “su” asesino había sido arrestado y, de paso, tratar de obtener de mi hacker el porqué de su obsesión; estaba seguro de que sólo podía ser alguna clase de obsesión. Pero el mensaje que recibí en respuesta a mi relato tenía unas pocas palabras: “¿Entonces, estoy muerta? ¿Cómo es posible? ¿Dónde estoy?...” Y este mensaje, que acabó con puntos suspensivos, fue el último que envió el avatar Anne-Jeanne. Así acabó mi investigación.

Georges Bormand nació el 19 de agosto 1950 en París, Francia. Estudió matemáticas y se graduó en 1974. Ha enseñado matemáticas en escuelas secundarias desde entonces hasta su jubilación en 2015. Ha empezado a escribir cuando tenía tiempo libre porque su trabajo era corregir ejercicios de enseñanza a distancia en el CNED. Se casó en 1974 y se divorció en 2001, por lo que ahora permanece soltero. Ha empezado a participar en el fandom de ciencia ficción en 1998, concurriendo a convenciones y festivales desde 2001, y a escribir en el fanzine Présences d'esprits. Ahora también escribe en Phenix (webzine) y Galaxies (revista). Tradujo cuentos del inglés y del castellano e intenta mejorar su escritura en ambos idiomas para también poder traducir desde el francés y difundir las ficciones que producen los escritores franceses.

 

 

PLÁSTICO