Sandro Centurión
A doña María le tiemblan las piernas y la panza se le
ha puesto dura como una piedra. Está sola, escondida en el ropero como cuando
era una niña y jugaba a las escondidas en casa de sus primos. A ella siempre la
descubrían primero porque su risa la delataba. Se reía a carcajadas de pura
felicidad. doña María eligió el único escondite que tenía a mano aunque duda de
que sea el más adecuado. Ruega que no la encuentren. Si se hubiera escondido
bajo la cama pero no, ya es demasiado tarde. Cualquier sonido delataría su
ubicación. Alguien recorre la casa husmeando en los rincones. Alguien la busca
para matarla.
—A nadie le interesa lo que pasa en la casa de los
demás, así que nadie te va a molestar, viejita, te vas a sentir mejor porque
acá nadie se mete en la vida de los demás —le dijo su hijo cuando ella le
preguntó quiénes eran los vecinos.
Sin embargo, desde el primer momento en que puso los
pies en esa casa presintió que algo malo podría pasarle. Las altas murallas y
las rejas no la hacían sentir segura. Las casas lindas y de apariencia segura
son las que más robos sufren.
Escucha el maullido de su gato. Es cerca del mediodía
y Maldito tiene hambre y anda por la casa en busca de alimento. Maúlla el gato
y la busca. Es un gato negro con manchas blancas, de raza desconocida. Lo trajo
su hijo como regalo.
—Para que no estés tan sola mamá; es un gato.
—Para qué quiero yo un maldito gato —le respondió.
Y desde entonces lo llamó Maldito.
Acurrucada entre las ropas y el olor a naftalina doña
María espera el momento en que la rendija de la puerta del ropero por el que se
mete un hilo de luz se agigante de golpe. Pica piedras María le decía su primo
Antonio y salía a correr y ella corría detrás de él. Le gustaba verlo correr y
su risa de niña enamorada no le permitía correr más rápido. Ahora aunque
quisiera no podría correr. Si apenas pudo subir las escaleras. La artrosis
inunda sus huesos. Las pastillas. Es la hora de tomar las pastillas, cada doce
horas le dijo el médico, había tomado la última a las doce de la noche, cuando
oyó aquello que no tenía que oír. ¿Dónde había dejado la caja de pastillas? ¿Y
si la encontraban? Sabrán que ella no puede correr porque es una vieja enferma.
Y entonces se darán cuenta lo fácil que sería matarla. Piensa en gritar.
Fuerte, muy fuerte y pedir socorro pero nadie la oirá. A esa hora los vecinos
no llegan aún del trabajo, porque acá no es como en el barrio, mamá, todos
trabajan. Y los chicos están en el colegio. Hasta la noche no hay nadie. Así
que vas a estar tranquila. Nadie te va a molestar.
Los maullidos de Maldito le llegan cada vez de más
cerca. Soy una vieja cobarde, piensa; debería hacerles frente. Pero su cuerpo
se niega a moverse, a dar un gesto de valentía. Su instinto de supervivencia
bloquea cada músculo. ¿Qué van a decir en el barrio, cuando se enteren de que
la mataron? Su pensamiento se dispara hacía el lugar en el que vivió por más de
treinta años, no ese lugar paquete y pulcro en el que la depositaron sus hijos.
Te compramos una casa nueva, en el centro, mamá. Ahora vas a ser una señora
importante.
El lugar que ocupa la memoria de doña María es la casa
blanca apenas revocada, con patio de tierra adelante y atrás. Separada apenas
de la casa vecina por un tejido de alambres viejos y casi imperceptibles a la
vista. Aplastado de tanto que le cruzaron por encima. En esa casa crio a sus
dos varones. Allí vivió sus mejores momentos junto a Mauricio. En ese lugar vio
morir a Mauricio y cargó su viudez con dignidad.
Maldito entra a la habitación. Vuelve a salir y se
detiene en el umbral de la puerta, da tres maullidos largos y luego se queda en
silencio. Está buscando con todos sus sentidos alertas a la pobre vieja que le
da de comer. Tiene hambre y buscará hasta el cansancio.
Doña María recuerda a Pocha. La última vez que la vio
fue justo antes de subirse al remís que la alejaría para siempre de su lugar
amado, y mientras el chofer cargaba las valijas en el baúl se le acercó su fiel
compañera de itinerancias matutinas, para despedirse y pasarle el último chisme
fresco.
—Se fue nomás Faustino de la casa, dejó a la Mirta y a
los chicos para irse con una más joven.
—Qué bárbaro —murmuró apenas doña María.
Se paró por última vez en el portoncito de su vivienda
que le había servido de atalaya para observar el trajinar de los días y las
noches y echó un último vistazo; luego se recluyó en el asiento trasero del
remís y desde allí ya no se atrevió a mirar las calles de tierra, las veredas
anchas, las plantas de paraíso.
Quizás hubiera sido mejor que la depositaran en un
asilo. Los hijos le habían prometido que cuando se recibieran le iban a comprar
una casa. Y a su pesar, cumplieron. La casa, ubicada a pocas cuadras del centro
de la ciudad era bonita pero demasiado diferente a la otra que ya era parte del
pasado. No había necesidad de usar botas de goma en los días de lluvia porque
las calles estaban asfaltadas, no había zanjas al aire libre donde las pelotas
de los chicos pudieran caer y ella les recordara a los gritos que debían
lavarse las manos con agua y jabón. Tampoco había visto chicos jugando en la
calle. Había visto a un niño y a una niña, el primer día que llegó, era
temprano y los vio subirse al auto de su padre que los llevaba al colegio. Iban
serios, en silencio. Mamá, acá eso queda feo, le reprendió su hijo, cuando
intentó llevar el sillón a la vereda. La vida de doña María, como la de sus
vecinos, transcurría en un cotidiano trajinar entre las paredes de las casas
amuralladas.
Y ahora que alguien se metió a la casa para matarla
quiere que el tiempo pase rápido, que se haga de noche. Porque esta noche sus
hijos le prometieron que vendrán a verla. Pero recién es mediodía y quien sea
que esté husmeando en su casa tiene el tiempo a su favor.
Cómo extraña el ladrido incesante de los perros, la
música estridente que solía poner el hijo de la vecina desde el momento en que
se levantaba, a eso de las 11 de la mañana, hasta que llegaba la hora de ir a
jugar al fútbol. El estrépito de las motos sin caño de escape que los muchachos
del taller de don Cacho salían a probar en plena siesta, y la gente y los
chismes que circulaban de boca en boca en cada esquina. Cualquier cosa menos
ese silencio de tumba que recorre los rincones de la casa.
Qué bien le vendría un mate ahora para calmar sus
nervios y entumecer un poco su miedo y que no le duela tanto. En los días de
tormenta el mate le ayudaba a tranquilizarse, a no pensar tanto. Pero en esta
casa amurallada, en esta prisión de silencios, hasta la yerba tiene un sabor
distinto.
Acurrucada entre las ropas doña María repasa en su
cabeza los acontecimientos de la semana.
Un viejo camión se metió lentamente, como un gusano,
por las arterias del barrio. En la esquina se torció y bamboleó su acoplado al
pasar por un bache, parecía que iba a volcarse pero enseguida recuperó el
equilibrio. Se detuvo justo al lado de la casa de doña María.
Ella dormía la siesta en el living frente al televisor
encendido. La despertó el freno del camión y el golpe seco de la puerta del
conductor al cerrarse. Se asomó a la ventana y espió hacia la calle.
Una jovencita bajó del camión y aguardó en la vereda.
Su cabello era negro y largo y lo llevaba apenas recogido. Una blusa clara y
una pollera negra. Zapatos negros, bajos. Sostenía un pequeño bolso con ambas
manos hacia adelante.
Su presencia no pasaba desapercibida a los hombres de
la mudanza que cargaban los bártulos, los metían a la casa, y de reojo espiaban
la figura de la mujer. Es bonita, sentenció doña María.
Luego, vio las espaldas de un hombre calvo y gordo que
ordenaba a los otros. El señor de la casa, concluyó de inmediato. Hacía calor y
la camisa se le adhería al cuerpo transpirado. Entraba y salía de la casa
señalando hacia dónde ir y qué hacer. Doña María no lograba ver bien los
rostros y las voces se mezclaban con los gritos y las risotadas de los hombres
de la mudanza. Por eso recién cuando el hombre calvo y gordo giró sobre su eje
para observar de frente la nueva casa. Doña María le vio el rostro.
—¡Faustino! —dijo y casi se cayó de espaldas.
Escondida tras las cortinas de la ventana contabilizó
cada uno de los objetos que los hombres de la mudanza pasaban frente a sus
ojos.
Durante el tiempo que duró la mudanza doña María
observó, penitente, el espectáculo. Se había hecho un sándwich de mermelada de
durazno con queso y lo devoraba mientras miraba. La jovencita, la recién
llegada, la otra, como la llamaría doña María de aquí en más, permaneció firme
en la vereda como si esperara una orden.
— Mirá, se hace la mosquita muerta.
Luego Faustino se acercó a ella, se paró a su lado y
sonrió henchido de orgullo. Dijo algo que doña María no logró descifrar a la
distancia. Luego la apretujó un poco contra su cuerpo. Doña María siempre había
tenido buena vista por eso juraría que Faustino todavía llevaba puesto el
anillo de casamiento.
—No tiene vergüenza, podría ser su hija.
Doña María oye nuevamente el maullido de Maldito pero
ahora es diferente. No es el sonido lastimero de gato hambriento sino un llanto
apagado de felino malcriado. Lo sabe porque adoptó a aquel impertinente
animalito y se acostumbró a él más que a su soledad.
Maldito tiene la mala costumbre de buscar ratones
entre los arbustos hasta entrada la noche, y cuando doña María se dispone a
dormir se pone a llorar para que lo deje entrar a la casa. Por eso aprendió a
meterlo a la casa ni bien cae el sol. Sin embargo, aquella noche Maldito se
ausentó de la casa hasta tarde. Doña María buscó a su mascota pero ésta no
aparecía. Hacía bastante frío. Llevaba pantuflas y una bata de dormir. Se quedó
parada en el umbral de la puerta trasera entreabierta y trató de divisar a su
gato. Fue entonces que oyó un grito en la casa vecina. No supo qué hacer, y
pensó que aquello no era nada y que de última no era su problema. Pero doña
María no era así, todo era su problema. Por eso cuando intentó dormir no pudo,
no encontraba un lugar cómodo en su inmensa cama de viuda. El llanto de Maldito
terminó de sacarla de la cama. Volvió a ponerse las pantuflas y se asomó
nuevamente al umbral de la puerta. Ni bien abrió la puerta el felino se coló
entre sus piernas, dio un par de vueltas acompañadas de ronroneos y el muy
caradura se metió a la casa. Ella se quedó un rato mirando hacia la medianera
de la casa vecina, la casa donde Faustino se había mudado con la otra. Trató de
oír algo, lo que fuera.
A pesar del frío la curiosidad le pudo y se arrimó al
muró de ladrillos para oír de cerca, apoyó la oreja y nada. Luego arrimó una
silla de madera se subió y espió.
— A ésta también le pega.
Desde entonces doña María vigiló a Faustino y su
mujercita, mientras sorbía el mate que se le enfriaba en la mano de tanto mirar
hacia la casa de los vecinos. Se le hacía que algo no estaba bien. Sabía que
ese hombre no era de fiar. Más de una vez había acompañado a Marta, la mujer de
Faustino, para hacer la denuncia a la comisaría. Es un tipo jodido, murmuraba
en la soledad de su living, es capaz de hacer cualquier cosa.
Entonces ocurrió lo inesperado. Cerca de la medianoche
doña María se levantó a tomar sus pastillas para la artrosis y oyó dos disparos
que provenían de la casa vecina. Conocía muy bien ese sonido. Se había criado
en el campo y con cinco hermanos varones a quienes les gustaba cazar. La peor
de las sospechas se le metió en la cabeza. No supo qué hacer y muy a su pesar
no hizo nada.
Al día siguiente vio a la mujercita de Faustino, asomarse
a la vereda.
Doña María se apresuró a salir para propiciar un
encuentro casual y tal vez aprovechar la oportunidad para contarle lo que ella
sabía sobre Faustino. Con una sonrisa en el rostro la saludó.
—Lindo día, ¿no?
—Sí — le respondió la joven.
Tarareaba una canción romántica y barría con
parsimonia un par de hojas secas.
—¿Vive sola? —le preguntó doña María, como para
sacarle alguna información.
—No, Sí. Mi marido está de viaje —respondió—. Viaja
todo el tiempo. Por su trabajo.
—Ah —respondió doña María.
Maldito apareció de pronto; escapaba de la casa
vecina. Cruzó entre las piernas de doña María y se metió a la casa. Llevaba
algo escondido entre sus fauces.
—Gato de porquería —dijo la anciana y persiguió al
felino. Lo alcanzó antes de que llegara al jardín—. Otra vez comiendo mierda —
le dijo, y a la fuerza le quitó lo que llevaba en la boca.
Entonces cayó en la cuenta de que aquello que su gato
estaba comiendo, una masa viscosa y maloliente bien podría ser un dedo humano,
un dedo robusto de hombre.
El espeluznante descubrimiento apenas le dio tiempo de
darse cuenta de que alguien se había metido a la casa. Entonces subió las
escaleras con la mayor prisa que su avejentado cuerpo le permitía y se
escondió. Doña María está segura de que alguien está abajo, se lo dice su
intuición de vieja y el miedo la acurruca entre las ropas.
Sin embargo, abajo, la puerta ha quedado abierta al sol
del mediodía. Una brisa fría se cuela, y un maullido lastimero inunda los
espacios y los rincones de la casa.

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