Heiko H. Caimi
La inscripción
estaba escrita a lápiz, sobre el muro descascarado de la antigua biblioteca
municipal: Hic sunt libris. No monstruos, no dragones: libros. Como si
alguien, antes de huir, hubiera querido advertir al mundo que allí dentro
todavía quedaba algo vivo, y por lo tanto peligroso.
La biblioteca estaba en las afueras
de la ciudad, en una zona que los mapas actualizados ya no registraban. Los
barrios nuevos crecían a su alrededor sin tocarla, como si el edificio
irradiara una fiebre leve, un malestar venenoso. Ningún cartel de prohibición,
ninguna cerca. Solo desuso, que es la forma más refinada de censura.
Entré una tarde de verano, cuando
el aire olía a plástico caliente y a nostalgia. Dentro había olor a papel
podrido y polvo, pero también algo eléctrico, como después de una tormenta. Las
estanterías seguían en pie, torcidas, heridas. Los libros no habían sido
quemados ni robados. Los habían dejado allí para que envejecieran, que es una
muerte más lenta y educada. Casi amable.
Tomé uno al azar. No tenía código
de barras. No tenía texto de contracubierta. Hablaba de una ciudad que ya no
existía, pero que yo reconocía perfectamente. Era la mía, solo que con diez
años de anticipación. Las mismas calles cerradas, los mismos lemas pintados
sobre los anteriores, la misma música que se obstinaba en sonar en los locales
vacíos.
Seguí leyendo. Cada libro parecía
escrito por alguien que había visto demasiado y había decidido no callar.
Novelas que no pedían empatía, ensayos que no ofrecían soluciones, relatos que
terminaban antes de volverse consoladores. Ninguna esperanza, pero tampoco
desesperación: solo una forma de honestidad que el mercado había dejado de
tolerar.
Entonces comprendí por qué la
biblioteca había sido abandonada. No por descuido, sino por prudencia. Y sin
embargo los libros, dejados allí a fermentar juntos, habían empezado a
hablarse. A recordar. A crear conexiones no autorizadas entre el pasado y el
presente, entre lo que habíamos sido y lo que fingíamos habernos convertido. A
fomentar pensamiento, discrepancias, dudas y extrapolaciones.
Cuando salí, al amanecer, la
inscripción del muro había cambiado. Alguien había añadido debajo, con la misma
letra nerviosa: Aquí se pierde la coartada de la ignorancia.
La ciudad seguía despertando como
todos los días, ignorante. Yo no. Llevaba encima esa sensación precisa que te
invade cuando has leído algo que no deberías haber leído, no porque estuviera
prohibido, sino porque era verdad.
Y entonces volví, como se vuelve a
un lugar donde no ha pasado nada, y precisamente por eso ha pasado todo.
Volví fingiendo normalidad –la misma chaqueta, los mismos zapatos–, pero con un
cuerpo ya ligeramente descentrado, como si una parte de mí se hubiera quedado
atrapada entre las páginas.
La biblioteca me reconoció incluso
antes de que yo abriera la puerta. Me di cuenta porque el aire cambió, se
volvió más denso que el tiempo. El olor ya no fue solo el del papel podrido:
había hierro, tinta fresca, piel. Las estanterías no estaban donde las
recordaba. No las habían movido: habían elegido otra disposición, como un
cuerpo que reorganiza sus órganos después de un trauma.
Los libros ya no dormían. Crujían.
Susurraban. Respiraban.
Abrí uno y me di cuenta de que las
manos ya no eran exactamente las mías. Los nudillos sobresalían más, las uñas
estaban manchadas con un polvo oscuro que no se quitaba. Las palabras sobre la
página corrían más despacio, como si esperaran algo de mí. O exigieran
algo.
Volví a leer sobre la ciudad
futura, pero ya no estaba diez años adelante. Era mañana. Era esta noche. Era
ahora.
Leí mi nombre, mal escrito, como
hacen siempre los que creen conocerte. Y comprendí que la biblioteca no
conservaba: anticipaba. No archivaba: derivaba. Era un acelerador
de posibilidades descartadas, un depósito de versiones del mundo que no habían
encontrado suficiente consenso para existir.
Me senté. O quizá eché raíces. Ya
no supe distinguir una cosa de la otra.
Cada vez que volvía –porque seguí
volviendo–, algo había cambiado. Un día perdí la capacidad de recordar los
rostros. Otro dejé de sentir hambre. A cambio, las frases me crecieron bajo la
piel. Las sentí empujar, como larvas impacientes. Cuando hablaba, a veces, ya
no era yo quien elegía las palabras: eran ellas las que salían, pidiendo aire.
Mientras tanto, la biblioteca
mutaba conmigo. Las ventanas se estrecharon. Las puertas se volvieron más
pesadas. Apareció una sección que no estaba: Testimonios no solicitados.
Otra se tituló Manuales para un mundo que no será aprobado.
Ningún catálogo. Ningún orden
alfabético. Solo una lógica interna, visceral, que reconocí sin haberla
estudiado jamás.
Comprendí, demasiado tarde o quizá
justo a tiempo, que no entraba para leer. Entraba para ser leído.
La última vez que salí –si es que
de verdad salí–, la inscripción del muro ya no estaba escrita a lápiz. Estaba
grabada. Profunda. Irrevocable.
Hic sunt libris.
Y debajo, como una sentencia que no
admitía apelación: Aquí el mundo aprendió a dejar de defenderse de las
preguntas.
La ciudad, afuera, seguía
encendiéndose y apagándose en su indiferencia. Pero para entonces era yo quien
irradiaba una fiebre leve, un malestar venenoso. Y quienes pasaban a mi lado lo
percibían. Aunque no supieran darle un nombre.

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