lunes, 2 de marzo de 2026

LA PRIMERA COPIA

Marc Bailly

 

Copia n.º 01 — Residencia Los Tilos.


Aquel día, el tiempo habló en voz baja.

El pueblo es de esos que se atraviesan sin detenerse… salvo cuando la niebla te cierra el camino como una mano apoyada en el hombro, suavemente. Una iglesia con el campanario un poco inclinado, dos cafés –uno que ya “no abre realmente”–, una panadería que huele a mantequilla incluso cuando está cerrada, y al final de una calle en pendiente, la residencia.

La llaman “Los Tilos”. Evidentemente. Siempre hay tilos en alguna parte, aunque no se los vea. Aquí están detrás del edificio, y en invierno parecen viejos paraguas dados vuelta por el viento.

Vengo una vez al mes. Hago retratos. Escucho. Tomo notas. Formulo preguntas sencillas, de esas que hacen emerger lo esencial: las manos, los olores, las voces, las cosas que no se dijeron a tiempo. Trabajo en blanco y negro, porque el color, a veces, distrae. Y también porque el blanco y negro no miente… solo elige dónde decir la verdad.

En la recepción me hacen una seña.

—Llega en buen momento —me dice Sandrine, la animadora, mientras me tiende una ficha—. Hoy es Élise. Habitación 12. Lo está esperando. Y… cómo decirlo… tiene ideas.

Aquí todos tienen ideas. Sonrío mientras ajusto la correa de mi bolso.

—Mientras no quiera que la fotografíe en paracaídas…

—No, no —responde Sandrine—. Lo suyo es más bien… lo contrario. —Lo dice riendo en voz baja, y luego baja el tono—. Es adorable. Pero… tiene lagunas, ¿sabe? Y fulguraciones. Cosas muy precisas, en medio de lo borroso. Sorprende.

Sorprende, sí. Es un poco el principio del tiempo: borra a lo grande y deja intacto un detalle, como una piedrecita en el zapato.

Subo la escalera que siempre cruje en el tercer peldaño –como si quisiera que lo notaran– y llamo a la puerta de la habitación 12.

—Adelante.

La voz es nítida. Demasiado nítida para una habitación donde el aire huele a infusión y ropa limpia.

Élise está sentada junto a la ventana. Silueta pequeña y erguida, moño sencillo, cárdigan gris. Tiene un rostro que pudo haber sido dulce, pero cuya dulzura se fortaleció con los años. Una dulzura que aprendió a apretar los dientes.

En la mesa de noche: un vaso de agua, un libro cerrado y una caja de pañuelos ya utilizada.

Me mira, y su mirada me produce el efecto de un destello: ilumina sin avisar.

—Usted es el fotógrafo.

No es una pregunta.

—Sí. Bueno… un fotógrafo. Vengo a hacer retratos y una pequeña entrevista, si está de acuerdo.

—Estoy de acuerdo —dice—. Pero no quiero mi rostro.

Parpadeo.

—¿Perdón?

Señala sus manos, apoyadas sobre las rodillas.

—Mi rostro lo conozco. Miente. Finge que todo está bien. Mis manos, en cambio, no saben mentir.

Me siento frente a ella con cuidado, como si el instante pudiera arrugarse.

—Podemos hacer un retrato de sus manos, por supuesto. Y… también uno donde su rostro esté presente, pero sean sus manos las que cuenten.

Suspira. No con tristeza. Con lucidez.

—Lo vi en el pasillo la última vez. Con el señor Georges. Le preguntó “qué es lo que más extraña”. Él respondió “mis zapatos”. Y todos rieron. —Hace una pausa—. Pero después, cuando dejó de grabar… dijo: “mis zapatos son para caminar afuera”. —Me mira fijamente—. Usted también lo escuchó. —Asiento. Lo escuché. Todavía lo escucho—. Entonces —dice— usted entiende.

Saco mi pequeña grabadora. No la coloco todavía. Le dejo la elección.

—¿Qué le gustaría que conserváramos de usted, Élise?

Se inclina levemente, y su mirada se vuelve lejana.

—Las mañanas. Las mañanas en que todavía creemos que podemos empezar de nuevo.

Anoto mentalmente: las mañanas. El hilo está ahí.

Coloco la grabadora.

—¿Empezamos?

Asiente.

Fotografío primero sus manos, como ella desea. Son finas, pero no frágiles. Las venas dibujan un mapa de ríos. Los dedos se mantienen juntos con una especie de disciplina silenciosa. En el anular izquierdo, un anillo sencillo, algo gastado.

—Lo lleva desde hace mucho tiempo, ese anillo.

—Cincuenta y dos años —dice. Luego añade, como si hablara con alguien ausente—. Y un día, dejó de tener que pedírmelo.

No comento nada. Dejo que el silencio se llene solo.

—¿Estaba casada con alguien… muy discreto? —intento.

Ríe. Una chispa auténtica.

—¿Discreto? No. Era… silencioso. Es diferente. El discreto elige. El silencioso… a menudo es porque no sabe cómo decir.

Veo la película desplegarse en sus ojos, aunque aún no la cuente.

Tomo algunas fotos: sus manos apoyadas en el brazo del sillón, sosteniendo una taza, rozando el tejido del cárdigan. Luego encuadro un retrato de perfil, la luz de la ventana delineando su frente, sus manos en primer plano.

—¿Quiere que le lea algo? —pregunta de pronto.

—Si quiere.

Toma el libro de la mesa de noche. Apenas le tiemblan los dedos. Es un viejo volumen de tapas gastadas.

—Lo releí esta noche —dice—. Es una frase… no me dejó dormir. —Abre, busca, y lee sin vacilar—: “No envejecemos, nos alejamos.” —Cierra el libro como quien cierra una caja—. ¿Le dice algo? —me pregunta.

Respondo con cautela.

—Sí. Pero… a veces uno se aleja solo para ver mejor.

Me mira con escepticismo.

—Es usted amable. Pero hace imágenes. Sabe muy bien que hay cosas que salen del encuadre y no regresan.

Eso es cierto.

Seguimos con la entrevista. Me habla de la panadería del pueblo, de un perro que tuvo de niña, del ruido de las ollas cuando su madre lavaba los platos “como si expulsara la rabia a golpes de plato”. —Y de pronto, sin transición, se detiene. Su mirada se fija—. Puede apagar eso? —dice, señalando la grabadora.

La apago.

Se inclina hacia mí, como para confiar un secreto a alguien que quizá no lo merece… pero está allí.

—Tengo una caja azul.

El tono es extraño. No nostálgico. No divertido. Preciso.

—¿Una caja azul?

—Sí. Está en alguna parte de esta casa. Me dijeron que lo habían “reunido todo” cuando llegué. Mis cosas, mis papeles… Pero esa caja… ya no la veo. —Aprieta ligeramente las manos, como si intentara impedir que algo se deslizara—. Es una tontería —dice—. Pero dentro de la caja… está mi mañana.

Pronuncia “mi mañana” como si fuera un nombre propio.

Siento un leve estremecimiento en el estómago. No miedo. Más bien… responsabilidad.

—¿Recuerda qué hay dentro?

Cierra los ojos.

—Una carta. Y una fotografía. Y… algo que no debería estar ahí. —Los abre. Su mirada ya no bromea—. No me queda mucho tiempo, ¿sabe?

Pienso: si lo dice así, es porque lo siente. Y detesto ese momento en que hay que fingir que no se oye.

—Élise… ¿quiere que la busque?

Su rostro se relaja. Apenas.

—Usted vino para conservar. Entonces conserve también eso.

Vuelvo a encender la grabadora, pero no registro lo que acaba de decir. No pertenece a la cinta. Pertenece a la habitación.

Termino la sesión con suavidad. Antes de irme, le muestro dos imágenes en la pantalla de la cámara.

Mira largo rato aquella en que sus manos están en primer plano, iluminadas por la ventana.

—Ahí está —dice—. Esa soy yo.

 

Bajo al pequeño cuarto donde puedo imprimir. Una habitación al fondo del pasillo, con una mesa, una impresora fotográfica y olor a papel caliente. Me gusta ese momento: el paso de lo digital a lo real. La foto se convierte en objeto. Adquiere peso. Se transforma en algo que puede guardarse en un cajón, reencontrarse diez años después… o perderse para siempre.

Lanzo la impresión: copia 13x18, blanco y negro, contraste suave.

Mientras sale, pienso en la caja azul. Seguramente sea un recuerdo banal. Una carta de amor, una foto de boda, una entrada de cine.

Nada “fantástico”. Nada espectacular. Solo esas cosas que se vuelven inmensas cuando todo lo demás se ha encogido.

La copia se desliza, aún tibia. La coloco sobre la mesa, con la imagen hacia arriba. Magnífica. Sus manos parecen casi vivas.

La dejo secar unos minutos. Luego la doy vuelta para escribir su nombre, la fecha y una pequeña nota… siempre lo hago, para que la copia no se convierta en algo anónimo, en un fantasma de papel.

Tomo mi marcador negro.

Y me detengo.

Ya hay algo escrito al dorso.

No es mi letra. Tampoco la de Sandrine.

Son letras finas, como trazadas por una mano que esperó mucho antes de atreverse.

“Busca la caja azul. AURORA.”

Me quedo inmóvil, con el marcador en alto, como un idiota congelado en una foto fallida.

El corazón da un pequeño traspié. Solo uno.

Doy vuelta la copia. La imagen es normal. Sin señal alguna. La vuelvo a girar: el mensaje está allí, perfectamente seco, como si siempre hubiera existido.

Podría contarme una historia racional: un error, una broma, una mancha de tinta.

Pero conozco la tinta. Conozco el papel. Y conozco, sobre todo, esa sensación… la de un detalle que no debería estar ahí.

Miro alrededor. Nadie.

En el pasillo, una silla cruje. Una voz llama: “¿Señora?”.

El mundo continúa. Como si nada.

Subo con la foto dentro de un sobre. Llamo a la habitación 12.

—Adelante.

Élise sigue junto a la ventana, pero la luz ha cambiado: es más pálida, más inclinada. La tarde empieza a cansarse.

Me acerco y le entrego el sobre.

—Aquí está su copia.

La toma con delicadeza infinita. Saca la foto, la mira… y, naturalmente, la da vuelta.

Contengo el aliento.

Entrecierra los ojos.

—Ah —dice simplemente.

Como si no fuera la primera vez que una fotografía le habla.

—¿Usted… ve lo que está escrito? —pregunto, con la garganta algo seca.

Asiente.

—Sí. —Levanta la mirada hacia mí—. Usted también lo ve, entonces.

No respondo de inmediato. Me siento como un niño sorprendido creyendo en algo.

—Yo… sí.

Acaricia el mensaje con la yema del dedo, sin frotarlo, como si temiera borrarlo.

—Aurora —murmura. Respira, y sonríe —una sonrisa mínima, cansada, pero verdadera—. Es curioso. Él nunca escribe mucho.

—¿Él?

No responde directamente.

—¿Va a buscarla? —pregunta.

Pienso en Sandrine, en el depósito, en las cajas de mudanza, en las etiquetas “Élise – habitación 12 – varios”.

—Sí —digo—. Voy a buscarla.

Asiente, satisfecha, como si por fin hubiera pronunciado la frase correcta.

—Entonces no vino aquí en vano.

Bajo. Encuentro a Sandrine en la sala común.

—Sandrine… las pertenencias de los residentes, cuando llegan, ¿dónde las guardan?

—En el pequeño depósito detrás de la lavandería. ¿Por qué?

Miento a medias, que es la mejor mentira.

—Élise busca una caja azul. Un recuerdo.

Sandrine sonríe con ternura.

—Oh… sí. Habla mucho de eso. Ya revisamos, pero…

La interrumpo con suavidad.

—¿Puedo intentar? Tengo algo de tiempo.

Duda un segundo. Luego me da la llave.

El depósito huele a detergente y cartón húmedo. Estanterías, cajas, bolsas.

Rebusco sin método al principio, luego me obligo a ser riguroso: etiquetas, nombres, números de habitación.

Encuentro “Élise, ropa de invierno”, “Élise, libros”, “Élise, fotos”. Pienso: por supuesto.

Saco la caja “fotos”. Dentro: álbumes, sobres, postales.

Y al fondo, encajada bajo un viejo suéter, una caja de metal azul claro, con un pequeño cierre. El corazón repite el mismo traspié. La abro.

Dentro: una carta doblada, amarillenta, con letra antigua. Una fotografía: un hombre frente a una panadería, joven, serio, las manos cubiertas de harina. Y… un tercer objeto.

Una pequeña pulsera de plástico, también azul, con una fecha impresa.

Una fecha reciente. Demasiado reciente para un recuerdo de juventud.

Y una nota, escrita con marcador sobre una etiqueta pegada:

“AURORA — NO PERDER.”

Me quedo allí, en el depósito, con la caja abierta, como si hubiera metido la mano en un cajón que no me pertenece.

No sé qué sostengo. Solo sé que no es “nada”.

Cierro la caja. La apoyo contra mi vientre, como un objeto frágil.

Cuando subo hacia la habitación 12, pienso algo muy simple, muy humano y absurdo:

Soy fotógrafo. Quería conservar rostros. Y termino encontrando una mañana encerrada en una caja.

Llamo.

—Adelante.

Élise no me mira enseguida. Fija la ventana, como si esperara algo afuera.

Coloco la caja azul sobre la mesa, entre los dos.

La mira largo rato. Luego posa las manos sobre ella. Esta vez, le tiemblan.

—La encontró —dice.

No es una pregunta. Es una constatación. Como si hubiera sabido desde el principio que la encontraría. O que la caja me encontraría a mí.

Levanta la vista.

—Ahora… tengo que decirle qué hay dentro. —Inspira. Y entiendo, por la manera en que toma aire, que lo que va a decir no es solo para ella—. ¿Tiene un bolígrafo? —pregunta.

Le entrego el mío.

Lo toma y escribe en un pequeño papel, lentamente, con una concentración casi infantil. Luego me lo tiende. En el papel, una sola palabra:

AURORA.

Y debajo, más pequeño:

“Mañana por la mañana. Antes de que olvidemos.”

Me mira, y su rostro –ese que, según ella, miente– no miente en absoluto.

—¿Volverá mañana? —dice.

No quiero decir que sí. Porque decir que sí es aceptar que hay algo que hacer.

Y que importa.

Entonces hago lo que hago cuando disparo una foto: me comprometo.

—Sí —digo—. Mañana por la mañana.

Y afuera, detrás de los tilos sin hojas, la niebla empieza ya a preparar la noche, como si quisiera ocultar el pueblo antes del amanecer.

Creía que fotografiaba rostros.

Fotografío umbrales.

Marc Bailly (Bélgica) es fotógrafo y escritor. Autor de la colección *Le Noël qui répare* (fantasía con un toque ecológico), también produce videoentrevistas con artistas y escritores. Combina un enfoque documental, emoción y un toque de lo siniestro. Es el fundador de *PHENIX*, la revista de lo Imaginario, y presidente de los Premios Bob Morane y Masterton.

EL LABERINTO ESTRECHO

Cristian Carstoiu

 

Se dice que, cuando morimos, nuestras almas viajan hacia el Laberinto Estrecho, donde se decide su destino eterno. Suena a fábula, destinada a mantenernos en el camino recto, pero el hombre con ropas andrajosas que caminaba a mi lado por el bazar abarrotado de Baia de Oțel juraba que era cierto.

—El Hostigador, él es quien arrebaña las almas —me dijo con voz temblorosa—. Te azotará con relámpagos hasta que corras tan rápido que tus pies apenas toquen el suelo.

El hombre, que se había negado a decirme su nombre, me desgranaba la historia de su vida. De algún modo había logrado escapar del ojo vigilante del Hostigador, para luego huir del Laberinto. Al principio había parecido una conversación más, pero poco a poco se convirtió en una súplica por su propia vida. Al final volvió a su tema favorito, el Hostigador.

—Tiene un gran libro con todos los nombres de los muertos —dijo—. No sé si el mío sigue allí después de que escapé, pero de cualquier forma estoy huyendo. No quiero que note que mi nombre falta y venga a buscarme.

Inesperadamente, el aire se cargó de electricidad estática. A pesar del cielo despejado, se vio un relámpago. Y, de pronto, el hombre desapareció de mi lado.

Así comenzó todo.

El bazar de Baia de Oțel nunca duerme por completo. Incluso al amanecer, cuando el sol asoma detrás de las torres altas y el aire huele a ozono, el mercado palpita de vida. La gente viene aquí a intercambiar todo aquello que no puede comprarse en ningún otro lugar: relojes de arena cuya contenido fluye hacia atrás, reliquias que susurran himnos cuando las sostienes en la palma, jaulas de vidrio que contienen relámpagos cautivos. La ciudad misma es una paradoja, construida tanto sobre circuitos como sobre superstición. Los sacerdotes llevan máscaras de cromo, los mendigos adivinan el futuro en códigos, y los callejones vibran con plegarias disfrazadas de transmisiones.

Yo estaba allí solo para deambular. Mi ocupación, si puede llamarse así, es recolectar historias. Escribo los mitos olvidados de la ciudad, los rumores que se aferran a las torres como hiedra salvaje. Pero nunca había oído una como la de aquel hombre.

Se me había acercado mientras yo observaba el contenido de un puesto de insectos metálicos que tic-tacaban como relojes. La voz del sujeto crujió como papel arrugado.

—Eres de los que escriben historias, ¿verdad? —me preguntó, con los ojos clavados en la pluma que llevaba sujeta a la muñeca.

—Escribo, es cierto —respondí—. Pero no sobre fantasmas, por lo general.

Sonrió, mostrando los dientes torcidos.

—¿Fantasmas? No, no. Soy carne. Al menos eso creo.

Entonces comenzó a hablarme del Laberinto.

Al principio pensé que estaba borracho o aquejado por alguna fiebre. Sus ropas eran jirones remendados con fibras que brillaban tenuemente, como si estuvieran vivas. Tenía la piel pálida, como solo la he visto en quienes han permanecido demasiado tiempo en los niveles inferiores, donde no penetra el sol. Sin embargo, cuando hablaba, había en su voz una convicción cruda y temblorosa, pero indudablemente auténtica.

—El Laberinto no es como dicen los predicadores —susurró, acercándose hasta casi rozarme el oído—. Dicen que es solo una prueba, un lugar donde el alma se demuestra a sí misma. Pero no es un sitio de juicio, es solo un lugar de clasificación. El Hostigador no mira si eres bueno o malo. Solo quiere que avances, que los corredores no se obstruyan. —Rio entonces, sin alegría—. Lo he visto, ¿sabes? He visto el látigo en su mano. Luz que corta. Empuja a los lentos hasta que arden.

—Entonces, ¿cómo escapaste? —le pregunté.

Sus ojos se movían de izquierda a derecha. El bazar estaba lleno de gente: comerciantes, peregrinos, mercenarios. Sin embargo, nadie parecía notarlo. Pasaban junto a nosotros como si fuéramos niebla.

—No fue por mérito mío —dijo—. El Laberinto se agrietó por un instante, creo que la tormenta lo partió. Tal vez el Hostigador parpadeó. Tal vez la corriente falló. Solo sé que corrí, y el Laberinto se derrumbó detrás de mí como si nunca hubiera existido.

Se frotó las muñecas como si aún sintiera el peso de cadenas invisibles.

—Desperté en los subterráneos inferiores, junto a las tuberías. Nadie me vio salir. Habrán pensado que era solo una rata de alcantarilla. Pero yo sé la verdad. No debería estar aquí.

El aire a nuestro alrededor vibraba levemente, y sentí cómo el vello de mis brazos se erizaba. Una carga eléctrica, como antes de una tormenta.

—Dices que el Hostigador tiene un libro —dije, forzando una calma que no me pertenecía—. ¿Qué hay escrito en él?

—Nombres —susurró—. Cada nombre que ha existido alguna vez. Probablemente también el tuyo. Los revisa cada amanecer, marca quién ha cruzado al otro lado. Si falta un nombre, sale a buscarlo. He visto lo que ocurre cuando encuentra a uno escondido. El Laberinto crea un nuevo corredor, y el mundo pierde a una persona. —Se detuvo y se humedeció los labios—. Por eso me muevo siempre. Nunca duermo en el mismo lugar. Y tú, no te mires demasiado en los espejos. No dejes que el relámpago te toque.

—¿Espejos? —pregunté, incrédulo.

—El Hostigador se mueve a través de los reflejos. La luz es su puerta. ¿Has visto alguna vez tu rostro temblar en el vidrio cuando no hay viento? Ese es el momento en el que él observa. —Su voz descendió hasta convertirse en un susurro apenas audible—. A veces no espera a que mueras como es debido. A veces simplemente…

Chasqueó los dedos y entre ellos apareció una chispa azulada, viva.

Reí sin ganas.

—¿Cuentas esta historia a menudo?

—Nunca dos veces —respondió—. Nunca a los mismos oídos.

El bullicio del bazar pareció desvanecerse, sustituido por un zumbido de baja frecuencia. Los insectos metálicos del puesto contiguo comenzaron a moverse al unísono, sus alas vibrando como si un viento invisible los rozara. Sentí un sabor metálico en la boca.

—Quizá deberías descansar —le dije—. Tienes mal aspecto.

Negó con violencia.

—No puedo. El descanso es el momento en que te atrapa. —Luego me tomó del brazo. Su mano estaba fría, anormalmente fría, como una moneda olvidada en la nieve. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con reflejos de tormenta—. Me crees, ¿verdad?

Quise responder que sí, aunque fuera para tranquilizarlo, pero algo en mi garganta se negó a pronunciar la palabra.

—Creo que tú lo crees.

Rio de nuevo, más bajo.

—Es suficiente.

Un niño pasó corriendo junto a nosotros, persiguiendo un juguete flotante que se balanceaba como un globo de vidrio vivo. El juguete golpeó la pierna del hombre y se rompió sin emitir sonido alguno. El niño se detuvo, confundido. Su madre lo reprendió, tirando de su mano, pero noté lo extraño: ninguno de los dos parecía ver al hombre en absoluto.

Se volvió hacia mí, frunciendo el ceño.

—¿Ves? No pueden. No hasta que el Hostigador termine conmigo.

Quise preguntar más, pero el zumbido en el aire se intensificó. En algún lugar sobre nosotros, las antenas de las torres chisporroteaban con relámpagos débiles, aunque el cielo seguía despejado. El olor a ozono se hizo más fuerte. La voz del hombre casi se extinguió.

—Está cerca.

Giré la cabeza instintivamente, examinando la multitud. Pero solo veía comerciantes pregonando sus mercancías, telas relucientes y la pulsación lenta de las holo-lámparas.

—¿Quién está cerca? —pregunté.

No respondió. Comenzó a retroceder, con los ojos fijos en el oeste, donde el cielo sobre las torres de la ciudad se oscurecía con inusual rapidez. Las sombras se alargaron. Un silencio ominoso se extendió por el bazar, el tipo de silencio que hace que incluso el más incrédulo susurre una oración.

Entonces llegó el latigazo. Una sola línea de relámpago cegador cortó el aire, sin que la siguiera trueno alguno. Un olor agrio, como de caucho derretido y aire rancio, me llenó las fosas nasales.

Cuando mi vista se aclaró, el hombre había desaparecido.

Solo una leve marca de quemadura quedó en el suelo donde había estado, encorvada en los bordes como papel antiguo.

No podía dejarlo así. La historia debería haber terminado con la desaparición de un loco. Sin embargo, sus palabras se me habían adherido como hollín.

El Laberinto Estrecho. El Hostigador. El libro de los nombres.

Durante dos días vagué por los archivos en busca de alguna mención del Laberinto. No encontré nada. Ni en las escrituras de los sacerdotes de vidrio, ni en los códices prohibidos de las bibliotecas inferiores, ni en la red oscura donde los muertos intercambian recuerdos como monedas. Y, sin embargo, dondequiera que mirara, algo cambiaba. Los expedientes desaparecían de los estantes en el momento en que los tocaba. Las luces parpadeaban cuando susurraba el nombre del Hostigador. Una vez, un dron de mantenimiento se detuvo en el aire y me habló con una voz que no le pertenecía.

—Corre más rápido —dijo, con el tono de una radio interferida—. Está detrás.

Luego cayó, y su carcasa estalló en chispas inofensivas.

Aquella noche la lluvia regresó, pero parecía provenir no de las nubes, sino de las torres. Vapor condensado brotaba de los altos tubos de hormigón, brillando mientras caía, como si el cielo llorara luz. Toda la ciudad vibraba con una frecuencia profunda, de duelo.

Salí de nuevo a las calles, incapaz de descansar. Pensé que quizá el bazar me ofrecería respuestas, o tal vez solo quería ver un lugar vivo para convencerme de que aún existía cierta normalidad. Baia de Oțel es otro mundo por la noche. Los puestos están cerrados, las pasarelas apenas iluminadas, y en el aire persiste débilmente el olor de aceites aromáticos e incienso.

Algo me esperaba.

No puedo decir cómo lo supe. El aire mismo parecía contener la respiración. La sensación de electricidad estática regresó, más intensa, trepando por mi piel como escarcha. Los charcos a mis pies comenzaron a agitarse, aunque no soplaba viento alguno. Miré mi reflejo en uno de ellos: una figura temblorosa, coronada por un halo azul pálido apenas visible.

Entonces una voz habló, no con sonido, sino a través de la corriente que llenaba la calle. El aire olía a metal.

—Has escrito su nombre.

Me quedé paralizado.

—¿Quién eres? —logré balbucear.

—Has escrito su nombre y, al escribirlo, lo has recordado. Así se ensancha el Laberinto.

Una forma se delineó en la oscuridad. Más alto que un hombre, su cuerpo estaba hecho de una red de luz cambiante. En lugar de rostro tenía una superficie espejada en la que se reflejaba un corredor interminable de muros pálidos que se extendían hasta el infinito.

El Hostigador.

No huí. Una parte de mí, quizá la parte insensata que se llama a sí misma el narrador, quería verlo.

La mano de la figura se alzó. Entre sus dedos se enroscaba un filamento de relámpago, vivo y susurrante. No era un arma, pero sabía que podía aniquilarme.

—Te llevaste a alguien que debía pasar al otro lado —dije—. Solo tenía miedo. ¿Por qué me persigues ahora?

El rostro-espejo se inclinó, contemplando. La luz que lo componía se intensificó hasta mostrar formas en movimiento: personas corriendo en silencio por el Laberinto, en filas interminables.

—El miedo ralentiza la corriente —dijo la voz—. Y la demora trae degradación. El Laberinto debe fluir.

Tragué saliva.

—¿Y qué soy yo para ti?

—Has escuchado. —Se acercó. Los reflejos en su superficie se multiplicaron hasta que vi mi propia imagen entre los corredores—. Al narrarlo, entraste en el flujo. El Laberinto recuerda a los narradores.

Sentí algo retorcerse en mi pecho, como un hilo tensado alrededor del corazón. El zumbido de la ciudad creció hasta convertirse en un estruendo.

—No pertenezco allí —respondí—. Estoy vivo.

—Vivo… Una palabra para un trabajo inconcluso.

El látigo de luz cruzó el aire una vez, sin golpearme, solo trazando una línea en el suelo. El asfalto brilló rojo y blanco donde fue tocado y luego se enfrió, formando un patrón de corredores interconectados. La imagen del propio Laberinto.

—Camina —dijo.

—No quiero.

—Entonces correrás.

El mundo se estremeció como en una convulsión. Los relámpagos estallaban rítmicamente desde las torres, como si cosieran el cielo a la calle. El ruido no era trueno, sino voces: millones hablando a la vez, demasiadas y demasiado rápido para comprenderlas. Caí de rodillas, cubriéndome los oídos, pero el sonido estaba dentro de mí. A través del resplandor que atravesaba mis párpados cerrados vi innumerables figuras como el Hostigador, cada una reuniendo corrientes de luz en portales invisibles.

En medio de la tormenta, sonó una segunda voz, delgada y desesperada.

—¡No dejes que me lleve!

El hombre andrajoso estaba allí, cojeando en una calle lateral, con ojos de demente. Sus ropas humeaban y su cuerpo era semitransparente, como si solo una parte de él hubiera cruzado el umbral.

—¡Huye! —me gritó—. ¡No puede llevarnos a los dos si uno logra escapar!

El Hostigador se volvió hacia él. El látigo se alzó, vivo con fuego blanco.

No sé por qué me moví. Quizá por compasión, quizá por la necesidad de demostrar que aún poseía la capacidad de elegir. Lo tomé del brazo y tiré de él hacia mí. Por un instante su carne se sintió sólida, luego dejó de serlo. Mi mano atravesó humo. Sus ojos se encontraron con los míos, llenos de una tristeza más profunda que cualquier súplica.

—Demasiado lento —alcanzó a susurrar.

El látigo de luz descendió. Un destello efímero acompañado de un chasquido, y desapareció por completo. Ni siquiera quedó ceniza. Solo un tenue olor a plástico quemado y ozono.

Luego la tormenta se replegó como absorbida por el cielo y el silencio volvió.

—El flujo ha sido restablecido —dijo la voz.

Me observó durante largo tiempo, como si me pesara y midiera. Entonces el espejo de su rostro onduló, y en él vi cómo se pasaba una página de un libro inmenso, con pergamino negro como hollín y líneas de fuego blanco escribiendo nombres más rápido de lo que el ojo podía seguir.

Una línea se detuvo a la mitad. Mi nombre. Mitad escrito, mitad borrado.

—Tu lugar permanece incierto —dijo el Hostigador—. Continúa caminando, narrador. Cuando te detengas, el Laberinto te encontrará.

Y con eso se disolvió. La luz de su cuerpo se apagó como niebla dispersada por el sol.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, en la calle vacía. Cuando me moví de nuevo, el amanecer ya cubría la ciudad con luz de oro y cobre. La ciudad parecía más luminosa y, al mismo tiempo, más frágil. La gente iba y venía con prisa, ignorando las marcas de quemadura que dibujaban patrones laberínticos a sus pies.

Regresé a casa en silencio. Al llegar al apartamento, encontré un trozo de papel bajo la puerta. Viejo, quemado en los bordes, con textura de hojas secas. En él, con letras de luz que se desvanecían mientras leía, estaba escrito mi nombre, mitad presente, mitad desaparecido.

Lo levanté hacia la ventana, a la luz. El papel comenzó a desmoronarse, convirtiéndose en un polvo fino que olía a ozono. Observé cómo dejaba en mi palma una marca apenas visible, en forma de laberinto.

Desde entonces intento escribir lo ocurrido. Pero cada vez que lo hago las palabras se desvanecen. Los dispositivos fallan. Las páginas se oscurecen. Sin embargo, la historia exige ser contada, porque así mantengo el movimiento.

Por la noche, cuando el cielo parpadea con relámpagos mudos, a veces distingo un reflejo que no me pertenece. Me observa, paciente, eléctrico, esperando que me detenga demasiado tiempo.

Quizá el hombre tenía razón cuando decía que el Hostigador guarda un libro con todos nuestros nombres y lo revisa cada amanecer. Quizá el Laberinto Estrecho no sea un lugar de muerte, sino de memoria, y nosotros, los que recordamos, seamos sus errantes.

No lo sé. Solo sé que esa vibración grave nunca abandonó mis huesos y que, cuando camino por el bazar, los espejos tiemblan a mi paso.

Si alguna vez encuentras un trozo de papel con tu nombre, medio quemado y aún tibio, no lo pienses. Arrúgalo, escóndelo, sigue caminando, porque en algún lugar, en el silencio entre el relámpago y el trueno, algo cuenta los pasos que das. Y cuando te detengas, el mundo hará lo mismo.

Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso. 

 

POR CULPA DEL DOCTOR MOREAU

Fernando Sorrentino

1

Todo llega en esta vida: también llegó el momento en que Marina me dijo:

—Quiero que conozcas a mis padres.

 

2

De esto hará una década: sucedió una húmeda tarde de febrero, cerca de la estación Acassuso, a la sombra de unos eucaliptos mecidos por un viento que traía el olor de distantes lluvias. Sin embargo, hoy no puedo recordar el rostro de Marina.

Sé, sin duda alguna, que era hermosa: es cierto que yo estaba enamorado de ella. Pero insisto: era hermosa; no cabe discusión sobre este punto. ¿Qué más, qué más puedo recuperar de Marina? Era alta, era morena, era risueña, era irresponsable, era simple, ignorante e infinitamente querible. ¿Me recordará ahora con tanta pobreza como yo a ella? ¡Y pensar cuántas veces nos dijimos que estábamos hechos el uno para la otra!

 

3

Andábamos alrededor de los veinticinco años. En aquella época todo me salía bien. No conocía la desdicha y, si la había conocido alguna vez, ya estaba olvidada. Tenía una ingenua visión optimista del universo. Confiaba en la honestidad de los gobiernos, en los ascensos que obtendría en mi empleo, en la finalización de mis estudios, en la dignidad de los hombres. Vivía en el mejor de los mundos posibles.

Sin que los entorpecieran sino ligeros y previsibles obstáculos, todos mis proyectos se encarrilaban por el curso que yo les había asignado. Mi proyecto era casarme con Marina en un plazo no mayor de un año. Y no tenía el más pequeño motivo para dudar de que, en efecto, antes de un año me casaría con Marina.

Y, como todo llega en esta vida, también llegó el momento en que Marina me dijo:

—Quiero que conozcas a mis padres.


4

La señora Stella Maris, la madre, constituía una versión madura de Marina (que, en realidad, se llamaba, cacofónicamente, Marina Ondina). Calculé que así sería Marina dentro de dos décadas, cuando fuéramos, a nuestro turno, padres de una muchacha, que llevaría nombres de rima menos intensa: tal fue el objetivo de largo plazo que me formulé al saludarla. Queda entendido, pues, que la señora Stella Maris era una alta, morena, risueña y elegante dama de cuarenta y cinco años.

Pero el padre de Marina resultó el hombre más horrible que he logrado conocer. Se conformaba en una estatura reducida. Esto no es grave. Nadie debe inferir que era un enano: no era sino una persona de talla breve. Lo inadmisible era que la cabeza sola le usurpaba más de la mitad de su altura. ¡Y qué cabeza, Dios mío! El primer rasgo que me atrajo (o, más bien, me repelió) fue su color, un color impropio de una piel. Parecía un tornasol entre rosado y negro, con todos los matices intermedios, tan sensible a las luces, que me obligaba a parpadear cuando me encandilaba con sus resplandores. Al mismo tiempo, se advertía que esa piel era húmeda y era lícito suponerla –aunque no la toqué– viscosa. Cabello no tenía y barba tampoco, y era evidente que no los había tenido nunca: hasta tal punto la simple observación demostraba que ningún pelo podía germinar en aquella cabeza. La parte superior amenazaba con ser una rotunda esfera, pero se frustraba en un hemisferio perfecto, pues, a partir de lo que sería la línea del ecuador (más o menos a la altura de las inexistentes orejas), la cabeza se transformaba en una columna cilíndrica, hasta perderse, sin admitir la transición de un cuello, entre los pliegues de una especie de túnica amarilla, de tela de toalla, que lo cubría hasta los pies sin que pudiera encontrarse el ensanchamiento correspondiente a los hombros. Es decir, el padre de Marina conservaba el mismo diámetro desde la cúspide hasta los cimientos. Era un monolito con la cumbre redondeada, al que alguien hubiera envuelto hasta la mitad con un toallón amarillo. Unos pocos centímetros por sobre la toga se hallaba la boca, o sea una hendidura móvil y desdentada, flexible y córnea a la vez, que se contraía hasta desaparecer o se dilataba tanto, que, extendiéndose sus comisuras hasta la nuca, transmitía la sensación de que el señor Octavio fuera un degollado cuya cabeza, descansando sobre una mínima base no alcanzada por un verdugo negligente, podría venirse estrepitosamente al suelo con que sólo la más famélica de las moscas se posara sobre ella. Carecía de orejas y de nariz: esos lugares se mostraban tan lisos y pulidos como la calva; nada, ni una cicatriz, ni una arruga, ni una marquita. Los ojos eran dos: descomunales, redondos, sanguinolentos, sin cejas, sin pestañas, sin blancos, sin pupilas, sin movimiento, sin expresión.

 

5

—Octavio está a régimen —aclaró la señora Stella Maris al advertir que yo miraba la fuente destinada a su marido.

La señora Stella Maris, Marina y yo comíamos alimentos –digamos– corrientes. La fuente del señor Octavio, en cambio, se nos mostraba como una suerte de antología de la fauna marítima. El brusco hedor de pescadería prorrumpió en mis narices hasta lo profundo, hasta los ojos, haciéndome lagrimear. Fuente tras fuente de peces, moluscos y crustáceos sin cocinar eran agotadas rápida y vorazmente por mi futuro suegro. A ojo calculé que había ingerido no menos de cinco kilos de aquellos animalejos multicolores. Creí distinguir calamares, camarones, ostras, cangrejos, caracoles, medusas, mejillones, almejas, estrellas y erizos de mar, corales, esponjas, aguavivas, peces irreconocibles.

—Octavio está a régimen —ratificó la señora Stella Maris hacia el final de la comida—. ¿Vamos al living para tomar el café?

Le cedí el paso al señor Octavio y observé su modo de caminar. Lo hacía irregularmente, ora dando un paso muy veloz, ora otro lentísimo, sin que hubiera, por otra parte, esa alternancia de uno a uno que podría indicar una cojera corriente. Su andar recordaba el de un automóvil cuyas ruedas fueran: una, triangular; otra, oblonga; otra, redonda, y la cuarta, ovalada. La toga amarilla lo cubría por completo, con excepción de la cabeza: es decir, cubría la mitad inferior de su altura. Las manos estaban envueltas en las mangas, que terminaban en un nudo. El ruedo de la toga era generoso y se arrastraba por el suelo a manera de vestido de novia.

La señora Stella Maris depositó una bandeja con pocillos de café sobre una labrada mesita octogonal, flanqueada por dos sillones. En uno nos sentamos Marina y yo; frente a nosotros, mesa por medio, el señor Octavio y su esposa. Pude entonces observar otro detalle, que, durante la cena, me había pasado inadvertido. Cuando el señor Octavio hablaba, en la sección del cilindro cubierta por la túnica se producían unos movimientos reflejos, como si invisibles brazos acompañasen con ademanes las partes más salientes del discurso. Daba la idea de que el cuerpo del señor Octavio se hallase en ebullición: tan violentas y frecuentes eran las burbujas amarillas que formaba la toga.

 

El señor Octavio era locuaz, con una irrefrenable tendencia a monopolizar la conversación. Hablaba y hablaba y hablaba. Yo ni lo oía. Pensaba: "¿Pero es posible que este hombre monstruoso haya engendrado a Marina, a mi encantadora, bella y angelical Marina?". De repente, pensé que, en su juventud, la señora Stella Maris le había sido infiel a su marido y que Marina era fruto de esos amores ilícitos. En seguida, llevado de este pensamiento, me encontré lanzándole a la señora Stella Maris cómplices miradas de solidaridad –por suerte, no las advirtió–, como dándole a entender que yo había descubierto su secreto, pero que no la delataría. Al contrario, al contrario: aprobaba sin reservas su hazaña, aprobaba todo, menos que ese gárrulo vestiglo parlante fuera el padre de mi Marina.

Una pregunta dirigida a mí me volvió a la realidad. La conversación había decaído en el tema de las enfermedades. La señora Stella Maris se lanzó con entusiasmo a desarrollar este asunto, en el que se sentía cómoda.

—Estás como el pez en el agua —acotó el señor Octavio.

Ella sonrió con orgullo y siguió adelante. Tenía, en este aspecto, un magnífico currículum: operaciones, fracturas, infartos, afecciones hepáticas, trastornos nerviosos... Yo, como soy tímido, había guardado hasta entonces un silencio excesivo. Marina me instó con una mirada a intervenir en la plática. Con humildad, aduje ciertos accesos de asma que me hostigaban de tanto en tanto.

—Para el asma —dijo el señor Octavio, con su voz llena de burbujas—, nada mejor que el mar. El mar es mucho mejor que cualquiera de esas porquerías que recetan los médicos, salvo, por supuesto, el aceite de hígado de bacalao.

—Por favor, Octavio —le reconvino su esposa—, no digas eso, que una vez en Mar del Plata me agarré un resfrío que me duró como dos meses.

—¿Ves? —sentenció el señor Octavio—. El pez por la boca muere. Recordá que ese famoso resfrío lo pescaste aquí, a pocos kilómetros de Buenos Aires, cuando íbamos hacia Mar del Plata, no en Mar del Plata. No hay como el mar para la salud.

—Claro, claro —dijeron, dijimos, profusamente—; el clima marítimo, el yodo, la arena...

—Nada mejor que el mar —repitió el señor Octavio, con un tono de autoridad irrefutable—. Ocho días en el mar y ¡adiós asma! Si te he visto, no me acuerdo.

 

—Sí, papá, sí —concedió Marina—. A vos te gusta el mar porque sos de Acuario, pero hay gente que no congenia con... Yo, por ejemplo, aunque soy de Piscis...

—Y —dijo la señora Stella Maris— yo soy de Cáncer, y tampoco me gusta demasiado el mar...

—A mí —confesó Marina— el mar me pone nerviosa.

—Al contrario —repuso el señor Octavio—. Todo es cuestión de adaptar el organismo. Una vez que te acostumbrás, vas a ver cómo el mar te calma los nervios.

—Hablando de nervios —interrumpió la señora Stella Maris—, el susto que nos pegamos en el avión, cuando veníamos de Río de Janeiro...

—Yo te lo había advertido —el principio rector de la conducta del señor Octavio era el de oponerse a cuanto allí se dijera—. Te dije: viajá en barco. El barco es seguro, es cómodo, es barato, se siente el olor del mar, se ven los peces... Aunque el avión tarde mucho menos, no se lo puede comparar.

La energía con que pronunció estas palabras causó cierta impresión, por lo que sobrevinieron unos instantes de silencio. Yo no me sentía capaz de reanudar la conversación. En realidad, no me sentía capaz de nada. El aspecto monstruoso del señor Octavio –aunque atenuado por cierta paradójica simpatía que emanaba de sus imperativas opiniones–, su voz acuosa, el olor de su dieta marítima eran fuertes argumentos que me impelían a retirarme. Sentía la transpiración en la frente y el ahogo en el cuello de la camisa; mis piernas, sin que las pudiera gobernar, se mecían incesantemente. Estaba desasosegado y hasta diría que enfermo. Sólo quería irme a casa. Una inquietante sensación proveniente de mi estómago me hacía vacilar entre el vómito y la diarrea nerviosa.

Pero aquel terceto verborrágico era incontenible. La señora Stella Maris y Marina, aunque siempre encontraban la inapelable refutación del señor Octavio, no parecían fastidiadas. Se veía que ése era el modo habitual en que transcurrían sus charlas: el señor Octavio, digno y calmo, destruía todos los argumentos de su esposa y de su hija; ellas admitían esta situación con naturalidad.

De nuevo advertí que se requería mi opinión. El debate giraba en torno de cuál sería el mejor lugar para que Marina y yo pasáramos nuestra luna de miel. Marina sugería débil y simultáneamente el campo, las sierras de Córdoba, las provincias del norte; el señor Octavio patrocinaba con tenacidad a Mar del Plata.

—Es más sano —dijo—, más natural. Hay mar, hay sal, hay yodo, hay arena, hay caracoles... No hay nada mejor que el mar...

 

Yo estaba desfalleciente. Creí entender que Marina argumentaba en favor de un lugar tranquilo, con pocos turistas...

—¿Querés un lugar tranquilo? —el señor Octavio era invencible—. Ahí tenés San Clemente, Santa Clara del Mar, Santa Teresita... ¡Lugares tranquilos hay a patadas en la costa atlántica!

Haciendo un gran esfuerzo, me puse de pie y anuncié tenuemente que me retiraría.

—¿Tan temprano? —preguntó el señor Octavio, mirando el reloj—. Faltan todavía ocho minutos para la medianoche.

La recriminación que emanaba de estas palabras volvió a arrojarme en el sofá. ¡Qué personalidad poderosa tenía aquel hombre tan horrible!

Con pálida alegría, contemplé la posibilidad de que una botella de whisky, recién llegada en brazos de la señora Stella Maris, me reanimara en parte. De un solo trago vacié mi vaso.

—En mis tiempos —decía el señor Octavio—, cuando yo era joven, íbamos a bailar por los cafetines del puerto de Bahía Blanca...

Me distraje un instante tratando de imaginar al señor Octavio como bailarín.

—...a veces bailábamos toda la noche, hasta el amanecer. En cambio, la muchachada de ahora, a las ocho de la noche ya está en la camita, con su frazadita y su bolsita de agüita calentita... ¡Ja, ja, ja! Si parecen nenitos del jardín de infantes...

El soliloquio del señor Octavio, agravado en su fase final por esa serie de diminutivos injuriosos, había adquirido los inconfundibles tintes de un ataque personal. Me puse de pie, resuelto a retirarme de viva fuerza, si fuese necesario. Por fortuna, no fue menester apelar a la violencia. El señor Octavio recobró sus maneras afables y, después de tenderme la anudada manga de su toalla amarilla, dijo, con el aire confortable de quien se apresta a rubricar una jornada perfecta:

—Bueno... —y se restregó las manos—, ahora a la cama, con un buen libro...

Asentí con amplitud. Quería salir de aquella casa. De permanecer allí un segundo más, creo que hubiera caído desmayado.

—Te acompaño hasta la vereda —dijo Marina.


6

Entre la casa y la vereda estaba el jardín: me golpeó como una bendición la fragancia vegetal de pinos y abetos. Respiré con hondura, procurando que el aire puro expulsara los últimos vestigios de la hediondez de pescadería. Me pareció resucitar: al instante se evaporaron las sensaciones estomacales que me habían hostigado.

—¿Viste, pobre papá? —dijo Marina.

—Sí —contesté vagamente, sin saber qué agregar.

—Él está mucho mejor —continuó Marina, tomándome de la cintura, como quien se apresta a hacer una confidencia—. Hasta hace un año no lo podíamos sacar de la pileta. Día y noche en la pileta. Ahora, por lo menos, come en la mesa y duerme en la cama. Ya es un progreso, ¿no?

Dijo tantas cosas y yo sólo reparé en una, la menos importante:

—¿Tienen pileta de natación en la casa?

—Claro, ¿nunca te lo dije? En el jardín del fondo. Ahora no te la puedo mostrar porque la está usando papá. Todas las noches se da un chapuzón, antes de acostarse. Así digiere mejor.

Formulé una pregunta imbécil:

—¿No se le corta la digestión?

—Al contrario: necesita agua salada. Eso sí, cuando está en el agua, se pone muy agresivo y no reconoce a nadie. Ni a nosotras nos reconoce. Cuando vuelve a tierra, ya viste qué bueno y simpático es...

Abrumado, sin saber qué hacer, miré el reloj. Marina esperaba algo de mí.

—¿Y los vecinos? —pregunté—. ¿No se quejan?

—¿Por qué se van a quejar? Ruido no hay ninguno. Papá más silencioso no puede ser. Ni siquiera se zambulle. Llega al borde de la pileta y se deja resbalar así: shhhh...

Su mano se deslizó flojamente por mi rostro. Asustado, di un salto hacia atrás. Marina quiso reconfortarme con una anécdota jocosa:

—Una noche estaba semisumergido, junto al borde de la pileta. El perrito del vecino del fondo pasó el cerco de ligustrina y se acercó a olerlo. Entonces papá sacó algunos de sus brazos y... ¡shak!

Y, con una sonrisa juguetona, Marina simuló estrangularme. Ni siquiera me rozó: sólo hizo la mímica de extender a la vez los brazos y las piernas hacia mí. En esta demostración, sus miembros parecían haber adquirido singular plasticidad y fuerza. Si antes yo había dado un salto hacia atrás, ahora volé literalmente unos tres metros. Marina se echó a reír, divertida con mi desproporcionada reacción. Marina reía, reía, reía. Me pareció que su boca se dilataba hasta la nuca, que la cabeza se hacía redonda y se agrandaba, que desaparecían la nariz y las orejas, que perdía su soberbio cabello prieto, que su piel se tornasolaba en negro y en rosado... Para no caer, me apoyé en un árbol.

—¡Che! ¿Qué te pasa? —Marina me sacudió del brazo y yo volví en mis cabales.

Allí estaba la misma adorable Marina de siempre. La Marina alta, morena, risueña, irresponsable, simple, ignorante e infinitamente querible.

—No es nada —dije, resoplando—. Me siento un poco mal.

Para concluir de reanimarme, Marina dijo:

—¿Querés venir a nadar, mañana a la mañana? Total, es domingo. Te traés la malla y listo.

Prometí concurrir, a eso de las diez. Me despedí de Marina como siempre: con un beso.

—Hasta mañana —dije.

 

7

Pero no volví.

Con súbita lucidez, antes de que el tren llegase a La Lucila, supe todo lo que debía hacer. En los siguientes quince días fui un torbellino de actividad febril y arreglé casi todos mis asuntos pendientes. No atendí el teléfono y logré cambiar de domicilio y de empleo. Como suelen decir las crónicas policiales, dejé de presentarme en los lugares que solía frecuentar. Al cabo de un tiempo, conseguí radicarme de manera definitiva en Santa Rosa, provincia de La Pampa: la ciudad goza de un clima muy seco y está ubicada equidistantemente lejos, tanto del océano Atlántico como del Pacífico.

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires, Argentina, el 8 de noviembre 1942. Es escritor y profesor de literatura argentina. Además de obras de ficción y de periodismo cultural, ha escrito ensayos completos de autores clásicos españoles y argentinos (Don Juan Manuel, Arcipreste de Hita, Juan Ruiz de Alarcón, Mariano José de Larra, José Hernández) y ha editado varias antologías de cuentos de Argentina que han sido publicadas por la editorial Plus Ultra de Buenos Aires, además de haber trabajado en la sección literaria de los diarios La Nación, Clarín, La Opinión, La Prensa, Letras de Buenos Aires y Proa. Su obra narrativa está compuesta, entre otras obras, por los libros de cuentos La regresión zoológica (1969), Imperios y servidumbres (1972 y 1992), El mejor de los mundos posibles (1976), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), La Corrección de los Corderos y otros cuentos improbables (2002), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso y otros cuentos inquietantes (2005), En defensa propia/El rigor de las desdichas (2005), Costumbres del alcaucil (2008), El crimen de san Alberto (2008), El centro de la telaraña, y otros cuentos de crimen y misterio (2008 y 2014), Paraguas, supersticiones y cocodrilos (2013), Los reyes de la fiesta, y otros cuentos con cierto humor (2015), la novela Sanitarios centenarios (1979, 2000 y 2008), y la novela corta Crónica costumbrista (1992), reeditada en 1996 con el título de Costumbres de los muertos.

 

domingo, 1 de marzo de 2026

EL ÁRBOL DE LA FAMILIA

Laura Irene Ludueña

 

Vivíamos en una casa de campo, cuando papá se fue de viaje y no regresó. Cada vez que preguntaba por él, mamá se ponía triste, así que dejé de hacerlo, aunque nunca dejé de pensarlo. Lo extrañaba. Cuando estaba en casa, solía revolverme el pelo y darme un beso en la cabeza antes de salir, como si ese gesto alcanzara para mostrarme su amor. Tiempo después fuimos a vivir con la abuela Carmen, en el pueblo. Era una casa vieja, con un patio enorme y las baldosas rojas gastadas por los años. En el centro había un árbol con una hamaca que —según mamá— había sido su refugio cuando era chica. Pero lo que más me intrigaba era un pequeño retoño que asomaba entre dos baldosas, como si intentara alcanzar al más viejo.

Un día decidí dibujar un árbol en la pared de la piecita, con permiso de la abuela. Tenía una caja de tizas viejas, de colores rotos. Con el rosa marqué el tronco; con el celeste, las ramas; con el verde, unas hojas torcidas. En cada una escribí un nombre: mamá, yo, Tomás, Julia, mi primo Leo y el bebé de la tía Julia que estaba por llegar. Pero pronto aparecieron las dudas: ¿dónde debía poner el nombre de mi papá? ¿Y el de la abuela, que vivía lejos? Decidí dejar que esas hojas flotaran en el aire, como esperando que el árbol lo resolviera.

Una noche el viento sopló tan fuerte que abrió la ventana de la piecita y entró agua. Al día siguiente, parte del dibujo había desaparecido, borrado por la lluvia. Me puse muy triste. Ese dibujo de tiza era mi secreto. Cada vez que algo me alteraba –una discusión, un silencio largo, una pregunta sobre papá– me refugiaba en la piecita y pensaba en cómo completarlo. Fue entonces cuando decidí pintarlo, para que nada pudiera borrarlo. Le conté a la abuela y me prometió que, ni bien cobrara, me regalaría todo lo que necesitara para “desarrollar mi arte”.

A los pocos días apareció con una bolsa llena de tarritos de colores con nombres hermosos: rojo bermellón, celeste cielo, blanco tiza, rosa antiguo, verde esmeralda, ocre dorado, marrón tierra y un azul profundo al que llamaban medianoche. Sentí que, con esos colores, mi árbol podría vivir para siempre. Esa misma tarde lo pinté y dibujé varias hojas encima de la que llevaba el nombre de la abuela Carmen.

Me fui a dormir feliz y soñé con mi árbol. Las hojas nuevas ya no estaban vacías: una decía Elena y la otra Rufina. Cuando me levanté, lo primero que hice fue preguntarle a la abuela si esos nombres significaban algo para ella. Recuerdo que me miró largo rato y luego su rostro pareció iluminarse al decir:

—Tu bisabuela se llamaba Elena. Crio sola a sus hijos en un rancho de adobe. Nadie la ayudó, pero ella plantó un duraznero que todavía da frutos.

—¿Y Rufina?

—Rufina fue su hermana. La que nunca se casó, pero cuidó a todos los demás.

A partir de ese día empecé a buscar historias viejas, como quien sigue raíces bajo tierra. Descubrí que mi familia siempre había sido un bosque revuelto: madres solas, segundas oportunidades, amores que no entraban en los retratos. Me gustaba pensar que cada uno de nosotros era una rama que se atrevía a crecer hacia otro lado. Mientras tanto, el pequeño retoño del patio había roto las baldosas y crecido, algo inclinado, pero fuerte y sano.

—Como crecen ustedes —decía la abuela con una sonrisa dulce, refiriéndose a mi hermano y a todos sus nietos.

Lo más lindo era que, en cada acontecimiento importante, pintaba nuevas hojas en el árbol de la piecita. Sentía que ese árbol llevaba la memoria de todas nuestras vidas. A veces me quedaba mirando las hojas sin nombre que había dibujado alguna vez y me preguntaba ¿serán los nombres de los que vinieron antes o de los que vendrán después?

Hoy ya no están ni la abuela ni mamá, pero la tía Julia todavía vive allí. Me gusta ver que conserva en la piecita el dibujo de mi niñez y en el patio los dos árboles que lo inspiraron. ¡Son tan parecidos y tan diferentes! Creo que las familias son así: no se parecen al tronco, sino a las raíces invisibles que se buscan bajo la tierra. Y, aunque nadie elija hacia dónde crecer, todas las ramas terminan buscando el sol.

 Laura Irene Ludueña nació en Buenos Aires, pero vive en Rafaela, provincia de Santa Fe, desde hace medio siglo. Es docente e investigadora y ha publicado el libro Un criollo en la pampa gringa (2022) y el ensayo Justicia social y resistencia conservadora: la ciudad de Rafaela en los años cuarenta. Su intensa actividad como escritora de ficciones la ha llevado a ser una de las animadoras del TALLER 9 de escritura creativa, tanto en solitario como formando equipo sus compañeros. Su labor está reflejada en este blog.

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