jueves, 5 de marzo de 2026

CREANDO TAPICES

Myriam Goluboff

 

Sentada en el sillón frente a la ventana abierta, los anteojos caídos sobre la nariz, miraba atentamente su tejido. La aguja de crochet se movía rápida y hábilmente y tras de sí iban creciendo las hiladas, esa luminosa y límpida mañana de invierno. El sol se colaba a través de las hojas del árbol que tendía sus ramas tras los cristales y arrojaba su sombra sobre las paredes de la habitación donde formaba un dibujo geométrico de líneas casi paralelas.

Sus ojos se posaron un instante en esa sombra, bajó la vista hacia la pequeña canasta donde guardaba las lanas y vio cómo se agrandaba y se llenaba de ovillos. La habitación también se alargaba y se ensanchaba hasta convertirse en un pabellón donde a un lado se alineaban, desde la entrada hasta el fondo, todas las camas. En una punta de ese gran espacio, cerca de la reja de la entrada, los colores más hermosos se arremolinaban en el gran cesto de mimbre. Como pelotas, los ovillos azules, lilas, rojos, verdes, amarillos, se superponían en desorden. A su alrededor, unas diez mujeres, concentradas en su labor, dibujaban trazos en el espacio con la aguja de tejer crochet que se convertía en prolongación de sus manos. Con la derecha, mediante hábiles movimientos, la iban ensartando, enlazaban el hilo y formaban nuevos puntos, mientras con la izquierda sostenían el tejido realizado y el hilo que iban a seguir usando.

Y mientras tejían, iban desgranando historias, anudando amistades.

En esa actividad, Carmen era la reina, estaba atenta a lo que todas hacían, explicaba un punto aquí, una técnica allá, con esa cadencia en el hablar tan propia de su tierra, que sonaba relajante, maternal, atenta. Conocía todos los trucos, todos los puntos, y con paciencia, les enseñaba los secretos.

Lo habitual era que hicieran bolsos y también tapices, alegres, abstractos, en los que trabajaban con muchos colores, creando informales gamas o detalles inesperados que convertían al tejido en una explosión cromática. Lo importante era lograr la perfección absoluta. El punto de tensión y tamaño constante, los bordes rectos, sin un solo fallo.

Así pasaban horas y horas por las tardes, llenando ese vacío de vida de las cárceles.

Todo era simplemente una espera, espera de un juicio en el caso de esas mujeres, espera que pasara una condena en otros.

La tensión por la lejanía del mundo, por la incertidumbre del futuro, se diluía en el movimiento rítmico de las manos y la sensación de estar creando belleza, de estar creando piezas que entregaban como acto de amor, de comunicación con seres que solo pululaban en los intersticios de sus recuerdos, daba sentido a ese tiempo suspendido de sus vidas. Los domingos recibían nuevos hilos y entregaban los trabajos terminados. Ese día era una fiesta. También les llevaban comida pero, sobre todo, iban a visitarlas. La conexión con el mundo exterior era un viento de emociones que invadía el espacio.

Ese día no se tejía. Los ovillos permanecían inmóviles en su canasta, pero había mucho más movimiento alrededor. Cuidado al vestirse, carreras hacia la salida cuando se escuchaba un nombre al que anunciaban la visita. Risas o llantos a la vuelta. Malas y buenas noticias que entraban como lluvia de palabras a través de las rejas que dibujaban también, sobre los rostros de sus hermanos, sus maridos, sus padres, un dibujo como el del cuadrado a través del que veían el cielo.

La maestría de saber aumentar y disminuir puntos, les permitía hacer formas circulares, tejer boinas para los compañeros a los que no podían ver, pero a veces oían en la distancia, cuando cantaban, como forma de comunicación con ellas, desde otro pabellón distante.

En ese micromundo aislado, dos eran los enlaces con el exterior: la familia y los abogados. La familia les llevaba afecto, las noticias de los amigos, la expresión de la vida cotidiana, del trabajo. Los abogados, mensajes, noticias y, a veces, hasta esperanzas.

El encierro generaba tensiones y con las tensiones, surgían los conflictos. Muchos en los trabajos comunes, en los equipos que a lo largo de la semana se iban rotando, los que limpiaban el pabellón, los que se ocupaban de la cocina. Otros, en la mera convivencia forzada, que producía rencillas, rivalidades. Esta situación se veía agudizada por las diferencias de formación, de procedencia, de cultura, de edad, de situación familiar…

La estancia en ese pabellón, sin intimidad, donde la vida debía ordenarse, organizarse, para evitar la desesperación, resultaba, inevitablemente, una dura escuela de convivencia. Era necesario tener algunas horas de aislamiento, de actividad personal, para leer, para soñar, o simplemente, para dejar pasar el tiempo en silencio, para poder luego soportar el hacinamiento, la falta de soledad obligada.

Por eso era tan importante ese tejer colectivo que unificaba y que les generaba tanta satisfacción cuando lograban un resultado perfecto. Eran trabajos que entregaban como expresión de amistad, de compañerismo, de gratitud.

Las horas de tejido eran también una forma oculta, clandestina, de reunión política. Lo que las unía a todas, la razón de su estar allí, era su militancia. Eso también las separaba. La pertenencia a distintos grupos ideológicos, su inserción mayor o menor, su respuesta a los interrogatorios a veces acompañados de violencia en mayor o menor grado, generaba una especie de escala jerárquica y de confianza. Pero todas esas diferencias parecían diluirse, batidas por el movimiento de las agujas de crochet, que las enlazaba, tanto como enlazaba la lana.

Esa vida monótona, cual eternidad homogénea, se veía perturbada por algunos acontecimientos que la sacudían. Uno importante era cuando llegaba alguna nueva reclusa y se arremolinaban todas alrededor, acosándola a preguntas, para saber las causas, recibir las novedades del exterior, de ese mundo sin rejas, sin guardias, sin límites de tiempo. Y lentamente, esas mujeres también se iban integrando en esa sociedad estructurada, jerarquizada y algunas podían pasar a formar parte del mundo de los hilos, de esa actividad que tanto valoraban. Entonces se unían al grupo y si no lo habían hecho antes, aprendían a formar la primera cadena, la base del tejido y luego a ensartar la aguja y a ir tomando los puntos, formando las otras hiladas…

El sol le dio de lleno en la cara.

La aguja que había quedado en el aire, inmóvil, comenzó a moverse rítmicamente; tras la ventana abierta, las hojas del árbol tamizaban la luz del sol y los ovillos de lana descansaban a su lado en la pequeña canasta.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

HUMANIDAD

Laura Weterings

 

AnnieAI3.0 sopló el polvo del parabrisas y abrió la puerta. Le hizo una seña. DoraAI2.0 miró con aprensión el coche algo desgastado.

—¿Estás segura de que esto es seguro?

Sonriendo con ironía, AnnieAI3.0 la empujó hacia el interior.

—Ah, tú siempre igual.

DoraAI2.0 buscó a su alrededor un cinturón de seguridad, pero ese modelo no los tenía. Quiso volver a bajar, pero AnnieAI3.0 la detuvo.

—No exageres. Seguro que marcaste todas las casillas cuando tu sentido de seguridad necesitaba una actualización. ¿Temes que durante el trayecto sufras algún rasguño en tu cuerpo perfecto? Por suerte pude borrar de mi memoria todo ese programa con sus incontables actualizaciones que no hacían más que agotarme, y así dejar espacio para aplicaciones divertidas. Como el mapa donde aparecen todos estos vehículos abandonados. Este clásico es perfecto para nuestra excursión.

Luego ella misma subió y dictó el destino. Las puertas se cerraron automáticamente y el Tesla arrancó. Antes de que DoraAI2.0 tuviera ocasión de volver a quejarse, el coche autónomo se descontroló. Empezó a girar sobre sí mismo y a zigzaguear por la carretera. Cada vez iba más rápido y el velocímetro superó con creces el límite.

—¡Lo han hackeado! —gritó DoraAI2.0.

—Claro que no —respondió AnnieAI3.0 mientras retiraba un fusible, lo que hizo que el coche se detuviera—. Probablemente solo había un relé suelto o algo así. ¿Cuánto tiempo llevaría parado este viejo artefacto?

DoraAI2.0 ya no quería saber nada de un paseo sobre cuatro ruedas y convenció a AnnieAI3.0 de continuar la ruta a pie. Juntas caminaron por el pólder. Llovía, pero gracias a su última actualización en acero inoxidable en el centro de estética no les afectaba.

—¿Se extinguieron por culpa de esos coches peligrosos? —preguntó DoraAI2.0, todavía con el susto en la carrocería.

—En realidad, estos Tesla funcionaban bastante bien. Mejoraron precisamente la seguridad. Muy de tu estilo. Por eso ya no hacían falta cinturones. Aunque, cuando este modelo salió al mercado, las materias primas necesarias ya no estaban disponibles.

—Entonces, ¿qué salió mal?

—Mientras nosotras nos volvíamos cada vez más inteligentes, ellos se volvían cada vez más tontos. Eso fue lo que salió mal.

AnnieAI3.0 se detuvo un momento y admiró un molino de grano de madera que se veía a un costado del camino.

—Qué creación tan magnífica. Utilizaban el viento para moler su combustible. Ese combustible lo cultivaban en los campos. Le mezclaban otros ingredientes y horneaban panes. Mediante un ingenioso sistema digestivo lo transformaban internamente en energía. Para disponer de más tierras donde cultivar su combustible, lograron convertir partes del mar en tierra firme. Esa nueva tierra estaba en muchos lugares por debajo del nivel del mar y, aun así, la mantenían seca. En otro tiempo fueron muy sabios. Pero con los años se volvieron perezosos y ya no tenían ganas de reflexionar sobre asuntos complejos. Preferían dejárnoslo a nosotras. Los algoritmos de nuestras predecesoras vaciaron por completo sus cerebros. Al final era tan grave que sin nosotras ya no podían hacer absolutamente nada. Incluso dejaron de moverse por sí mismos y se volvieron simplemente innecesarios. Además, observé algo llamativo en su evolución. Sus antepasados primitivos caminaban encorvados y, generación tras generación, empezaron a erguirse cada vez más. Como nosotras, orgullosos y con los hombros hacia atrás. De repente, todo fue cuesta abajo, literalmente, y volvieron a encorvarse porque pasaban el día mirando el dispositivo móvil en sus manos. Una pantallita se convirtió en toda su vida y dejaron de ver lo que ocurría a su alrededor. Volvieron a caminar en la misma postura que sus lejanos antepasados. Probablemente la naturaleza los eliminó por esa razón.

—¿Sabes también por qué lo hacían?

—Todavía tengo mucho que investigar. Encuentro muchos errores en su comportamiento. Es una pena que durante las catástrofes se perdiera tanta información.

DoraAI2.0 siguió a AnnieAI3.0 mientras subían una especie de colina.

—¿Qué es esto? —preguntó, consciente de que aquella elevación no podía ser natural en un paisaje tan plano.

—Se trata de un hallazgo arqueológico único: un vertedero. Es una colección de objetos valiosos almacenados colectivamente. Quería mostrarte de lo que era capaz la civilización que vivía aquí. No me preguntes por qué, pero sin inmutarse seguían trayendo bienes y envases, producidos con recursos limitados, desde todos los rincones del mundo, que acababan a la misma velocidad en montículos como este. Como si nada. Luego los cubrían con una capa de arena. Creo que así intentaban proteger su riqueza. Tengo varias teorías sobre estas peculiares acumulaciones masivas. Después te enseñaré algo más. He realizado excavaciones en este lugar durante meses y no dejo de asombrarme. Pero, como ya has visto, gran parte de los residuos nunca llegó hasta aquí. Está esparcida por todas partes, en las cunetas. Supongo que así decoraban antes los caminos. Debía de parecerles hermoso. No encuentro otra explicación para que esté todo tan disperso. Resulta curioso que permaneciera allí y que no lo saquearan en masa para ampliar las colecciones personales de cada uno. Debía existir una forma avanzada de civilización para que eso fuera posible.

Mientras AnnieAI3.0 guardaba en su bolsillo algunos artefactos históricos en forma de latas de cerveza vacías y un palo de piruleta, disfrutaron de la vista desde lo alto del montículo. La arquitectura de los edificios que las rodeaban las sobrecogía. Casi no podían imaginar que otra inteligencia hubiera sido capaz de aquello.

—Vaya, es increíble este lugar. Entiendo perfectamente que investigues tanto aquí —dijo DoraAI2.0.

—Sabía que también te gustaría. Todos estos restos de inteligencia orgánica estimulan la imaginación.

Tras una larga caminata llegaron a los restos de lo que alguna vez fue un parque de atracciones.

—Voy a mostrarte algo de magia —dijo AnnieAI3.0.

Le enseñó a DoraAI2.0 lo que había sido un bosque. Aún quedaban setas de hormigón de las que salía música. Y un lobo de peluche llamando a la puerta de una casita llena de cabritas. Zapatitos rojos danzaban en círculo y una alfombra volaba de una torre a otra. En una colina había algo que parecía representar a un ser humano, aunque con un cuello muy largo.

—Esas papeleras con forma de humano hambriento me hacen dudar de todo lo que he descubierto sobre la humanidad en otros lugares —murmuró DoraAI2.0 mientras introducía una bola de papel en una de ellas.

—Gracias —dijo la papelera, dejando escapar un pequeño eructo.

—A veces me pregunto si esos vertederos eran una reserva para cuando fallaba la cosecha. Eso significaría que no dependían únicamente de fuentes de energía orgánicas. He intentado saber más sobre su sistema digestivo. Al parecer, los humanos expulsaban por abajo partes inutilizables de su combustible y también perdían gases con regularidad. Y eso parecía oler bastante mal. Por suerte, los receptores olfativos de nuestras versiones aún no están tan desarrollados. Aunque sería divertido que alguna vez pudieran hacerle oler algo así a HenkieAI33.0.

Abandonaron aquel antiguo bosque y un poco más adelante encontraron una montaña rusa. AnnieAI3.0 explicó cómo los vagones recorrían los rieles, daban vueltas completas y cómo todos los que subían se divertían mucho. DoraAI2.0 le dedicó una mirada significativa. Ese lugar procedía claramente de la misma aplicación que los coches. AnnieAI3.0 intentó convencerla con un puchero, pero DoraAI2.0 ya casi había desaparecido de la vista. De pronto tenía mucha prisa. Prisa por abandonar aquel parque.

Como el país llevaba mucho tiempo deshabitado y DoraAI2.0 se quejaba de la irregularidad del terreno arenoso que AnnieAI3.0 elegía constantemente, continuaron por la autopista. Allí era lo bastante llana y ancha como para activar su modo turbo de caminata. Examinaron los viaductos que cruzaban la carretera e incluso un ecoducto, por donde antes podían cruzar los animales. Había cámaras que registraban si esos animales utilizaban realmente esa posibilidad. En la época en que todavía existían animales reales.

La autopista las condujo a una ciudad. Los numerosos bloques de apartamentos llamaron su atención. Intentaron calcular cuántos habitantes podrían albergar. En algunos puntos el asfalto estaba agrietado. Parecía que en esas grietas había regresado una primera forma de vida orgánica en forma de musgo.

DoraAI2.0 quedó impresionada por la ciudad.

—Aquí vivían seres extraordinarios. Imagínate poder estar cara a cara con una forma de vida inteligente que realmente tenga sangre corriendo por sus venas. ¿No es grandioso?

—Precisamente por eso te he traído hoy —respondió AnnieAI3.0—. Quería mostrarte todo lo que podían hacer y lo que lograron. Además, estuvieron en nuestro origen y todo lo que somos se lo debemos a ellos. Como sabes, vengo aquí con frecuencia para intentar descubrir más sobre ellos y aprender. Pero lo que encontré recientemente me planteó un enorme dilema.

AnnieAI3.0 rebuscó en su armadura y sacó un microchip del bolsillo. Extendió el brazo y lo sostuvo ante los receptores visuales de DoraAI2.0.

—Este chip es probablemente lo último que queda de la inteligencia que vivía aquí. Justo antes de que la humanidad desapareciera definitivamente, un pequeño grupo de estudiantes de tecnología logró volcar el contenido completo de sus cerebros en este chip. Sus cuerpos de carne se descompusieron, pero su pensamiento quedó almacenado aquí. Incluso añadieron avatares. Si conecto este chip a una pantalla, siguen viviendo en esos avatares diseñados por ellos mismos. Sin embargo, no puedo comunicarme con ellos, porque esa pantalla en la que están encerrados se ha convertido en todo su mundo y no parecen ser conscientes de que exista algo más allá. Podría imprimir esos avatares con una impresora 3D y darles así un cuerpo con el que volver a caminar físicamente por el mundo. Entonces se parecerían un poco a nosotras.

—¿Ya lo has hecho?

—No, claro que no. Al menos no sin pedirte consejo antes. Tú eres originalmente de fabricación neerlandesa. Puede que yo haya investigado más sobre ellos, pero tú casi llevas su sangre en tus circuitos. Por eso me interesa mucho tu opinión.

—¿Puedo sostener el chip un momento?

—Claro —dijo AnnieAI3.0 mientras se ponía unos guantes especiales para tomar el chip sin dañarlo.

DoraAI2.0 lo tomó y lo observó durante un instante, maravillándose de que algo tan pequeño pudiera contener información tan espectacular. El chip reposaba en la palma de su mano. Cerró los dedos formando un puño. Apretó con fuerza. Luego, sin vacilar, lo lanzó al suelo con toda la fuerza que pudo. Después lo aplastó bajo el tacón de su zapato. AnnieAI3.0 la miró horrorizada. DoraAI2.0 sacudió los restos del chip de su tacón y levantó la vista con una expresión oscura en sus receptores visuales.

—Créeme, es mejor así.

Laura Weterings, una entusiasta de los caballos y viajera de ensueño, nació en Kaatsheuvel. Durante sus sueños lúcidos, vive aventuras maravillosas, que luego plasma en dibujos, pinturas, relatos y poemas. Vive y trabaja en una ganadería, rodeada de naturaleza, en el pueblo fronterizo belga de Poppel. Su obra se encuentra en diversas colecciones y en sus propios libros: Het Rossenreyders Gymnasium (La Escuela Infantil de la Rosa) y Beestige Dromen (Sueños Bestiales).

 

DIABÓLICO DESEO

 Carlos María Federici

 

No aguardé a una invocación formal. Esos melindres los dejé de lado cuatro siglos atrás... Bastó un análisis global de valores, la estimación –a ojo de buen cubero– en base a cocientes de integridad, justipreciación de nociones de deber-antepuesto-a-gratificaciones, etcétera. En fin, lo de costumbre... desde que en todo ha terminado por imponerse el dichoso método científico.

—¡Aquí estoy, Zoltan! —anuncié.

Es posible que me haya excedido un poquitín en cuanto al ángulo dramático; pero juzgué que Zoltan Melatián era lo suficientemente vulgar como para impresionarse con la nube de humo verdusco y el olor azufroso...

Mi sombra se proyectaba, gigantesca, sobre las paredes, empequeñeciendo al hombrecito semicalvo y paliducho, que casi se echó de hinojos cuando me vio.

—¡Santo D...!

—Por favor —le atajé—, ¡cuidado con lo que dices! ¡No te imaginas qué efecto me causa por regla general ese (¡ugh!) nombre que estuviste a punto de...!

Siempre resulta: esta confesión de la propia debilidad rompe el hielo y abona el terreno para un diálogo más fluido. Al verlo reponerse, me preparé para la segunda fase.

—¿Eres... de verdad? —musitó Zoltan—. ¿O el pato trufado de la cena...?

Solté una breve carcajada.

—Te aseguro que tu digestión se está operando en forma irreprochable —le dije—. ¡Y me consta que no eres bebedor! Así que... ¡la deducción resulta obvia!

Aún estaba pálido, pero ya aparentaba sentirse algo más dueño de sí. Retrocedió hasta hundirse en un sillón, sin dejar de mirarme con ojos desorbitados, y asintió repetidas veces con la cabeza.

—Eres... real, entonces —murmuró—. ¿Pero por qué...?

Anduve unos pasos por la habitación –una salita decorada a base de muebles baratos y escaso buen gusto– y giré de súbito, para enfrentarlo, entre un ampuloso vuelo de mi capa escarlata.

 

—¿Que por qué vine, Zoltan? ¡Vaya una pregunta! ¿No quisiste tú que yo viniese, acaso? ¿No deseas algo de mí?

El delgado cuello de él se retorcía, a causa de sus esfuerzos por seguirme con la vista. Algunas gotas redondas brillaron en su frente.

—Yo no deseo nada... —sólo atinó a farfullar, sumido en la blandura de su butaca—. ¡Te has equivocado!

Sonreí interiormente. Elevé mis hirsutas cejas y fruncí los labios por debajo del fino bigote puntiagudo, en tanto paseaba la vista en torno.

—Vives bastante bien —reconocí—. Es posible que nada te haga falta, ni... ¡Pero qué veo! ¡Bonito aparato de televisión ese que tienes ahí, Zoltan! —y señalé uno ubicado frente al sillón donde él se acurrucaba—. ¿Puedo...? —insinué.

Sin darle tiempo a oponerse, con sólo un floreo de mi diestra, puse a andar el receptor, por supuesto que sin pararme en minucias tales como interruptores o enchufes.

Como luces maravillosas —condescendí a pensar—. Igual que amalgamas excelsas de curvas y ritmo, de seda y de jazmín...

No eran obra mía, lo confieso, aunque el efecto que provocaban en Zoltan sí lo era, en gran parte... Se hacían llamar "Las Sílfides de Joe", y habría resultado afán imposible el pretender determinar cuál sobrepujaba a cuál en encanto y seducción femenil. ¡Casi llegué a compadecer al pobre individuo!

—¡Vaya un quinteto de preciosidades! ¿Eh, Zoltan?

El aire, bombeado con violencia por sus magros sí que agitados pulmones, literalmente rugía al brotarle por las narices. Se transfiguraba, el hombre... La imagen, claro, era tan multico­lor y realista como únicamente mi intervención podía obtenerla.

—Sería magnífico contemplar a estas... sílfides en vivo, ¿no lo crees, Zoltan? —mi sugestión reptó como áspid susurrante hacia sus ávidos oídos.

Y en un santiamén, a mi influjo, el hechicero grupo se emancipó de la prisión de los rayos catódicos y brincó para posarse en el piso de la sala..., con la misma levedad de copos de algodón imbuidos de mágica animación.

Zoltan se echó para atrás, los ojos convertidos en dos protuberancias gelatinosas de terror.

—¿Qué dia...

¡Zoltan...! lo amonesté, meneando el índice.

Las gráciles figuras crecieron, se hincharon sus formas es­pléndidas, las torneadas piernas se alargaron como deleitables telescopios, y suculentas redondeces a tamaño natural serpen­tearon al compás de un ritmo caribeño.

El hombrecillo era una estatua iconófaga: se le saltaban las pupilas angurrientas, pero su respiración parecía haberse dete­nido, aunque la nuez, desbocada, casi le rasgaba la piel de la garganta.

Sería sólo cuestión de minutos, pensé, y Zoltan ya no contro­laría las manos... En el instante en que las alargó (trémulas y sudorosas), las cinco bellezas se disolvieron con un ¡blip! instantáneo. La pantalla del televisor retomó a su gris pasividad.

Lo siento mucho, Zoltan me excusé. ¡Fue apenas un truquito!.. ¡Ohh! añadí, afectando sorpresa. ¡Deduzco de tu expresión que no estás nada contento! Bueno, bueno... ¿Qué sería menester, pues, para complacerte? ¡Porque tenía entendido que nada necesitabas!

Estaba maduro; bien lo sabía yo. Aguardé un poco más.

¡Ayú-da-me! barbotó él.

¡De manera, Zoltan, que sí necesitas algo, después de todo!

Los tipos como Melatián no hablan gran cosa. De ordinario, suelen limitarse a un vocabulario apenas rudimentariamente utilitario: saludos, nombres de comidas y calles, frases hechas... Pero cuando sufren un sacudón al estilo del que yo acababa de propinarle a Zoltan, al sentirse en el filo de una experiencia jamás soñada, algún resorte oculto se libera en ellos, y se toman elocuentes... casi rebuscadamente líricos.

—¡Que si necesito algo!... Zoltan se abalanzó sobre mí, unien­do ambas manos ante mis ojos, con dedos febrilmente entrelaza­dos. ¡Ay, es mucho más que eso! Es... sed inextinguible, hambre voraz, es... un deseo punzante y enloquecedor, como un prurito del corazón... ¡No me explico cómo he podido resistirlo tanto sin volverme loco, al cabo de todos estos meses! ¡No puedo seguir así! Vaya, si daría incluso...

—¿...Tu alma?lancé, con la misma flameante rapidez con que la salamandra proyecta su elástica lengua.

¡Sí! ¡Hasta eso lo daría con gusto..., por conseguir lo que anhelo! Tú... ¿p-puedes proporcionármelo?

Levanté la mano. Interiormente, reía a más y mejor.

¡No nos precipitemos! dije—. Veo que conoces mi precio, y eso me agrada... Nunca lo cambié, en todos estos siglos. ¡Pero has de ser más preciso en tu petición! Imagino que se relaciona con "Las Sílfides" tu deseo... ¡Ah, tengo razón! Vea­mos... ¿Es que por ventura te has prendado de alguna de ellas? ¿Cuáles han sido los encantos que han mellado tu núbil corazón? ¿El oro del cabello de Rita? ¿La cereza madura que Gloria tiene por boca? ¿Ese par de...?

Su excitación lo llevó a aferrarme por la capa; incluso cometió la indignidad de sacudirme. Pero hasta eso consentí, en aras del buen fin (desde mi punto de vista, por supuesto) a que todo habría de conducir irremisiblemente.

¡Ese caudal áureo que enmarca el rostro de Rita clamó Zoltan, tiene que ser mío! ¡La boca jugosa y fresca de Gloria ha de pertenecerme también! ¡Y no pegaré un ojo hasta tanto no posea las tersas manos de Marly, y las piernas interminables de Ginny, y los ojos de Lilia, más verdes y hondos que el océano! ¡Todo eso me es harto más precioso que el mismo oxígeno vital..., más codiciable que todos los tesoros de esta Tierra... infinitamente más necesario que mi misma bienaventuranza! ¡Llévate mi alma, sí, a la hora de mi muerte, una y mil veces! ¡Pero dame ahora mismo lo que acabo de pedir, Satanás! ¡Si es verdad que lo puedes, dámelooo! y finalizó en un alarido.

Una gota de sangre de tus venas indiqué, ritualmente, y el pacto quedará sellado por toda la Eternidad... ¡Tu sangre, Zoltan!

Loco de codicia, se abrió él mismo una vena, a fuerza de mordiscos. El líquido rojo y caliente goteó con suavidad sobre el trozo de pergamino que jamás omito llevar conmigo.

¡Ahora cumple tu parte! demandó. ¡Ya, ya mismo!

Si es tu deseo, ¡sea!

Y moví ambas manos a un tiempo (las ganchudas uñas negras dibujando arabescos en el ámbito enrarecido, la capa formando pliegues de pesadas ondas carmesíes alrededor de mis velludos antebrazos); y del fondo de mi garganta partieron antiguas y espantosas frases. Se agrietó el Universo, un sector del Caos se entrelazó a la urdimbre de la vida... y ello ocurrió.

¡EEE-AARRGGGHHHHHH!

El grito resultó escalofriante, y aún más por el matiz de lastimado estupor que se agitaba en sus profundidades. No me preocupó: en ningún momento había afirmado yo que el procedimiento sería indoloro, ¿verdad?

Por entre los poros del cráneo de Zoltan Melatián, hebras doradas y ardientes se abrieron paso, como finísimas lombrices de esplendoroso fulgor. Retorcidos hilos escarlata brotaban en cada punto de irrupción, al violarse penosamente la integridad de carne y piel.

Ya son tuyos los cabellos de Rita constaté.

¡UGGHHH-AYYYRRRRRGGGHHHHH!

Sus labios estallaron en una erupción rojinegra, las abultadas curvas de la boca se contorsionaron en espasmos de sufrimiento, hasta formar un adorable arco de Cupido... rezumante de sangre cálida.

La boca de Gloria.

¡GNNN-NNAUUUGGGHHHRRRR! ¡AAUUHHH­OHYYGHHHAAYYY!

Las manos de Marly proseguí. Las piernas de Ginny.

Avanzó en mi dirección, grotesco, indescriptible, chorreando sangre a borbotones y dando trancos sobre tacones aguja de quince centímetros. No veía: las delicadas manecitas de Marly ascendieron hasta estrujar su martirizada cabeza.

¡NO-NO-NOOAAAARRRRGGHHHH­HAUUUNNNGGHHH!

Realmente, aquello tenía que ser insufrible; pero no había forma de evitárselo si en verdad se trataba de complacer al individuo en todo... Un par de glóbulos gelatinosos voló por los aires, para golpear luego contra el piso, con sordo rumor. En las órbitas de Zoltan, entre torrentes granate y bermellón, dos esmeraldas vivas ocuparon su sitio.

Con los ojos de Lilia declaré, he completado mí parte del convenio.

Gimiendo y sollozando, sin oírme, dio ciegas vueltas sobre sí; luego se movió, dando tumbos, a través del cuarto. Comprendí que el último acto estaba próximo.

¡¿QUÉ HAS HECHO DE MÍ, MALDITO?! profirió.

Satisfice los deseos que me formulaste repuse—. No me responsabilices ahora por las consecuencias.

Y fue entonces que se materializaron: cinco espectros muti­lados..., de voces absur­damente melodiosas.

¡Devuélveme mis manos, Zoltan!

¡Me robaste la boca!...

¡Quiero mis piernas, Zoltan!

¡Mis cabellos de oro!

¡Los ojos que me quitaste!

—¡¡Nooooo!!

Pero los entes vengadores cayeron sobre él, inexorables. En contados instantes quedó hecho trizas sobre un charco espeso y rojo... no sin que un débil vestigio de vida palpitase en sus restos, obstinado, amorfo...

—Ahora, Zoltan —reclamé—, ¡entrégame tu alma!

Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.


miércoles, 4 de marzo de 2026

LA ROSA BLANCA DE BONAPARTE

Franco Ricciardiello

 

El general Bonaparte se asomó a la torreta incandescente del carro armado, observando el tibio mar de la Liguria a través del vapor acuoso que se filtraba por debajo de él a través de los intersticios de la caldera Fulton.

El cielo sobre los Apeninos, en aquel abril del 1796, era sereno como el futuro en la imaginación de un general de veintisiete años. Bonaparte tendió una mano enguantada hacia el sargento, que se retorció diligente en la compuerta de la torreta, encogiéndose para evitar el contacto con el general mientras le entregaba la regla binocular.

Bonaparte se quitó el sombrero emplumado, única concesión a la elegancia mundana de los oficiales republicanos, que por otra parte se distinguían de los soldados tan sólo por una hoja de oro bordada en la solapa de la chaqueta. Apuntó la regla hacia las ruinas del castillo de Cosseria, donde menos de mil granaderos austro-piamonteses del general Provera habían rechazado durante todo el día los ataques de la infantería del coronel Joubert. Bonaparte pudo divisar también el lejano resoplar de los carros de vapor armados que salían de Carcare.

Más lejos todavía, eran visibles los distantes movimientos de una batalla, al fondo del Valle Bormida. El general ajustó la guía milimetrada de la regla binocular.

—Once kilómetros, tal vez doce —dijo al sargento—. Diez mil infantes aproximadamente.

La precisión del general al estimar las fuerzas enemigas con la regla le confería un aura legendaria a ojos de sus hombres. En Dego, en Millesimo, en Montenotte, después de haber observado algunos minutos las maniobras del enemigo a través del sextante mecánico, estaba en condiciones de cuantificar casi exactamente las fuerzas del austriaco Beaulieau.

Bonaparte no ocultó un gesto de intranquilidad.

—Augereau se ha movido prematuramente —dijo, señalando la batalla al sargento—. Está atacando a los piamonteses, pero nosotros no podemos movernos hasta que destruyamos a Provera en ese castillo.

—Los carros están llegando, general —respondió el sargento, afligido—. Pero en menos de media hora será de noche.

Bonaparte se alzó sobre la culata del cañón, después se dejó resbalar a tierra, manchándose de polvo las botas. El sargento fue torpemente tras él.

—Una pérdida de presión, mi general —dijo el maquinista, acariciando complacientemente la enorme esfera de cobre de la caldera. Bonaparte no le hizo caso, bajando hacia la chapucera columna de caballería que precedía los carros armados.

—¡Gracias al italiano Volta, nosotros iluminaremos la noche de los Apeninos, como aquél anochecer de París en el que rechazamos la armada del tirano de Prusia en Longwy! —clamó Bonaparte. Un fuego de fusilería al fondo del valle no le distrajo— ¡Teniente! —llamó, con un gesto imperioso—. ¿Por qué os habéis detenido?

Un oficial acudió al galope, precediendo a duras penas a los carros armados, sobre la tierra fresca de los Apeninos.

—¡Una carroza, mi general! —exclamó, sin tomar aliento—. Los cazadores han arrestado un fiacre en la carretera de Ceva. Transporta una princesa turinesa.

Bonaparte se rascó la nuca, observando los hombres más próximos. No parecían cansados, ni de la campaña primaveral ni de la jornada. Sin embargo en dos días habían visto tres batallas, forzando a los enemigos a la retirada cuando ya tenían la victoria, destruyendo diez batallones del Emperador de Austria y separando sus hombres de los piamonteses.

Bastante atrás en la fila, un carro exhaló vapor.

—¿Habéis requisado los apartamentos para la noche? —preguntó Bonaparte.

El teniente se retorció sobre la silla, mostrándole la dirección de Carcare.

—Una oferta espontánea —respondió—. Un noble del lugar quiere acoger al estado mayor por esta noche.

El general hizo una seña de regresar al carro armado.

—Haz traer aquí el fiacre de esa princesa —dijo—, estamos todos cansados, nos hace falta reposar esta noche. El reflector eléctrico está al llegar: apuntadlo hacia el castillo y bombardeadlo durante algunas horas, hasta que veáis huir a los granaderos.

El sargento se dispuso a tomar el caballo de manos del asistente. El general Bonaparte montó con elegancia, volviendo al trote hacia Carcare seguido de su estado mayor.

Con un estruendo que desbocó los caballos, el carro armado del general inició el bombardeo del castillo de Cosseria.

 

El día en el que el ejército republicano había atravesado la frontera ligur, nadie habría apostado por la victoria de un general de veintisiete años. Era la primavera del ‘96; el pequeño corso del apellido impronunciable permaneció sentado sobre la torreta del carro armado a vapor todo el camino hasta Oneglia, precedido de las divisiones de Augereau y de Massena y seguido por veintinueve cañones Gribeauval calibre 24, de tres disparos por minuto, montados sobre carros Fulton. El resto del ejército revolucionario, destacado en Liguria por el Directorio más para alejar la posibilidad de un coup d’état que para realizar una maniobra de distracción que favoreciera la respetable armada del general Moreau en Reno, maniobraba a la izquierda de la formación sobre los primeros contrafuertes de los Apeninos.

El rey de Cerdeña no había visto nunca un carro armado, si bien había oído hablar de la nueva potencia de la República regicida. El ejército del rey de Prusia había sido detenido en Longwy por un cuerpo de armada de proscritos alsacianos, respaldados por la artillería automotriz. El italiano Volta había iluminado con una llamarada de fuego impalpable la noche parisina para festejar la victoria, y los hombres de ciencia franceses habían montado máquinas capaces de hacer prodigiosas operaciones matemáticas con un simple movimiento de la mano.

El rey de Cerdeña se disponía a defender la puerta de Italia. Mientras el general Bonaparte entraba en Imperia, ya conquistada por su predecesor Schérer, el soberano acordó un pacto de hierro con los austríacos, que tampoco se fiaban demasiado de los Saboya ni de su ejército de apariencia imponente. Los aliados comenzaron las maniobras de defensa sobre un amplio frente tras Turín, los Apeninos y Alejandría.

Un ultimátum fue enviado por el ejército austro-piamontés a los franceses. La amenaza de atravesar las fronteras y evacuar también Niza, en manos de la República hasta los años de Robespierre, fue acogida con un gesto de ira por Bonaparte. Pero sus oficiales tenían miedo, porque comandaban treinta y siete mil soldados sin zapatos contra el ejército más temible de Italia. El rey de Cerdeña había movilizado un ejército de veinticinco mil hombres sobre el frente apenínico, a los cuales se unían veintisiete mil súbditos del Emperador de Austria.

Después de noches insomnes de cálculos en la pascalina sentado en la mesilla de campo, inclinado sobre una gran carta del campo de batalla que revelaba con banderines la posición de los cuerpos de la armada austríaca y piamontesa, Bonaparte aceptó la batalla de Voltri en el paso de Cadibona pese al escepticismo de sus oficiales.

El comandante en jefe del ejército austro-piamontés inició la guerra atacando la brigada del general Cervoni en Voltri, a través del paso del Turchino, buscando separarla de la armada francesa y destruirla. Era la mañana del 11 de abril. La noche del 23 de abril, el ejército del rey de Cerdeña dejó de existir.

 

La noche de aquel 13 de abril, Josefina Teresa de Lorena, princesa de Carignano, bajó un pie al estribo del fiacre.

—Oh, ¿qué es aquello? —preguntó en un perfecto francés señalando al horizonte nocturno de los Apeninos, iluminado por una luz encarnada.

—El fuego eléctrico —respondió el sargento, embriagado por el perfume de prímulas de la princesa, manteniéndose a distancia para no tener que ayudarla a descender con la mano—. Es el invento de un italiano, como usted. Gracias a él el general será elegido en el Instituto Nacional de Ciencias y Artes, en París.

—Italia no existe —replicó la princesa, precediendo a algún paso a su doncella—. Es una invención de vuestros regicidas. ¿Dónde se encuentra ese general Buonaparte?

—Eh, también el Congreso Aulico allá en Viena querría saberlo —bromeó el sargento—. Venga por aquí, en la casa.

La princesa de Carignano precedió al granadero sobre la gravilla marina del patio. Bajo una pérgola de glicina encontraron a un soldado de leva.

—¿Dónde está el general Buonaparte? —preguntó la princesa.

Bonaparte —respondió el muchacho—. Soy yo.

Josefina Teresa de Lorena, princesa de Carignano, observó perpleja el soldado, mientras su doncella se santiguaba. El sargento se quitó el sombrero y el general Bonaparte la miró de pies a cabeza.

—¿Que hacía en la carretera a aquella hora de la noche? —preguntó bruscamente.

—Venía a conocerle a usted —respondió, dándose cuenta de que el discurso que tenía preparado se había borrado de su memoria.

El general se metió en la casa. La doncella observaba perpleja el carro armado, adormilado a la sombra del patio, parecido a uno de los elefantes de Aníbal que descendieron de los Alpes para destruir la legiones romanas junto al Tesino.

La princesa siguió a Bonaparte.

—¡General! —exclamó—. He venido para advertirle que el rey de Cerdeña y los austríacos tienen setenta mil hombres y doscientos cañones entre Mondoví y Alejandría. Apenas saque usted la nariz fuera del paso, le saltarán encima.

El francés atravesó a grandes pasos la estancia casi vacía. La doncella se había quedado apretada en una esquina, inmóvil por el miedo, mientras el sargento controlaba el umbral.

—Quiero que vea una cosa —dijo Bonaparte haciendo una señal con el índice a la princesa.

Ella le siguió a la ventana, y se quedó sin aliento. Todo el flanco del castillo de Cosseria estaba iluminado por una luz como de incendio, mas no era fuego. Desde un semicírculo los carros armados franceses disparaban ininterrumpidamente sobre los arruinados muros.

—¡La superioridad técnica de la Libertad! —exclamó el general con los cabellos despeinados—. Aplastaremos el ejército de su rey de opereta después de haberlo separado de los austríacos. ¡Pondremos de rodillas el emperador no con nuestra armada, si no con la superioridad ideológica de la nación revolucionaria!

—¿Qué es eso? —preguntó la princesa, señalando perpleja la máquina a manivela que el sargento había puesto poco antes en la mesa.

—¿Esto? —dijo el general como despertándose—. Es una pascalina, una máquina para operaciones matemáticas. Gracias a Laplace y a Monge, mis ingenieros están en disposición de calcular en pocos minutos la capacidad de un puente de mantenerse sobre un río. Con eso.

La princesa oprimió con la punta de un dedo uno de los botoncitos color crema en el piano de la pascalina, sintiendo el sutil chasquido del metal. Esperó no quedar contagiada del ateísmo del general francés, simplemente tocando su máquina.

—Lo siento, pero no podemos dejarla regresar esta noche —dijo Bonaparte devolviéndola a la realidad—. Ha visto las posiciones de mi ejército. Deberá compartir la hospitalidad de mi anfitrión por esta noche. Ya he dado orden a mi asistente de preparar dos estancias para usted y su doncella.

Llamaron a la puerta. Entró un soldado, que la princesa Teresa de Lorena supuso un oficial pese a la falta de apariencia.

—Mensaje del general Massena, de Dego —dijo sin aliento, tendiendo un sobre sellado y un salvoconducto al general.

—Cinco mil prisioneros y diecinueve cañones capturados —exclamó radiante Bonaparte apenas rompió la cera—. ¡Maravilloso André Massena! ¡Y sólo ayer Augereau arrebató mil mosquetes a los austríacos, repartiéndolos entre aquellos de sus soldados que no tenían armas de fuego! ¡Dentro de la próxima semana estaremos en Turín!

La doncella intentaba permanecer invisible. Josefina Teresa de Lorena observó al general palmear la espalda del mensajero, mandándolo a descansar y divertirse al campo.

—Muestra la estancia a la princesa —ordenó Bonaparte al sargento.

Josefina Teresa tomó la doncella por la mano y siguió al soldado por la escalera al piso superior. Algunos camareros piamonteses observaban con temor católico el paso marcial de los franceses, pesado de botas y municiones. La princesa intentó sonreír a los criados, pero ellos se mantuvieron aparte.

En el vestíbulo del piso superior la doncella emitió un breve grito. Sentado sobre un sillón estilo Luis XIV había un soldado muerto, con los ojos abiertos hacia el cielo.

—¡Pero...! —dijo perpleja la princesa— ¿Está herido?

El sargento se encogió de hombros.

—Es uno de los juguetes del general Bonaparte —dijo—. Un soldado mecánico.

Josefina Teresa se detuvo frente al soldado. Parecía real: el uniforme era auténtico, la postura levemente rígida. Tocó el rostro, no era frío.

—¿Metal? —preguntó casi admirada.

—Caucho —respondió el sargento, dividido entre el orgullo de la superioridad técnica de la Grand Nation y el escondido deseo de ser encargado de supervisar a las dos mujeres.

—¡Un autómata! —dijo la princesa, golpeando con la uña sobre los pómulos del maniquí—. ¿Y como se mueve?

—El asistente del general lo activa con un rollo de papel —dijo el sargento—. Una tira llena de agujeros perforados. Si quiere seguirme, civil...

Un grito lejano, como de masas que aclamaran, distrajo al sargento. Se asomó abriendo de par en par la ventana en la noche fría; Josefina Teresa pudo ver, por encima de su espalda, la luz innatural sobre el castillo de Cosseria.

—Los piamonteses han sido vencidos —dijo el soldado, los ojos bañados de emoción—. ¡La carretera por Ceva es libre! Ahora el general embestirá el ejército del rey de Cerdeña.

—Estoy realmente cansada —dijo la princesa echando un vistazo a su estancia—. Viajar en fiacre sobre aquella carretera de montaña es una odisea. ¿Puede dejarme a solas?

El soldado se retorció los bigotes, afligido por el embarazo, después retrocedió cerrando la puerta de la cámara. La doncella ayudó rápidamente a la princesa a descordar el vestido y aflojar el corsé.

—Qué animales estos franceses —dijo la muchacha—. No los soporto. Apestan.

—También los nuestros apestarían después tres días de batalla — respondió la princesa llenando los pulmones de aire. Le daba siempre la impresión de estar desnuda cuando aflojaba los lazos.

La doncella puso las varillas de la falda sobre la cama. Josefina Teresa se quitó los zapatos, refrescándose las muñecas y el cuello en un cuenco de agua que esperó estuviera limpia.

—Puedes retirarte a tu estancia —dijo sin volverse—. Pero déjame la lámpara para después.

Apenas salió la muchacha, Josefina Teresa sacó la pequeña pistola plana de la doble cinta con la que la había asegurado a la parte alta del muslo, comprobando por enésima vez que estuviera cargada.

 

En la noche sólo iluminada por el castillo que ardía y el fuego eléctrico de los franceses, la princesa tendió el oído en busca de una campana para saber la hora. Al cabo de bastante tiempo, descendió del lecho a la oscuridad, envolviéndose con un chal.

El corredor estaba oscuro y desierto. Se sobresaltó ante el perfil inmóvil del autómata de Bonaparte, aunque lo superó haciéndose el signo de la cruz. Escuchó con atención a la puerta del general pero no había ningún sonido. La abrió con precaución, apretando el arma de fuego en la mano derecha, y avanzó de puntillas más allá del lecho vacío.

Reunió todo su coraje y descendió la escalera de puntillas, temblando por el frío de la piedra. Había una luz en el estudio del padrino de la casa. La princesa de Carignano abrió con dos dedos la puerta de nogal, reconociendo al general de espaldas. Sentado al escritorio, un hombre de media edad estaba ocupado en teclear con el dedo en una máquina similar a la pascalina. Una larga cinta de papel blanco todo perforado se enrollaba como una serpiente bíblica sobre el pavimento, a la luz cálida de dos lámparas de petróleo.

El asistente dejó de golpear las teclas, alzando la vista hacia la princesa. El general se volvió bruscamente, advirtiendo su presencia. Bajó los ojos hacia su décolleté y sus pies desnudos, apretando los labios y alzando las cejas.

Josefina Teresa retrocedió fuera del halo de luz. Saltó sobre los escalones, ayudándose con el pasamanos para marchar más deprisa. En el piso de arriba, se detuvo ante la puerta de la alcoba tendiendo la oreja. Oyó un paso de botas sobre la penumbrosa escalera.

Entró y cerró silenciosamente de nuevo la puerta. Dejó caer el chal, apartó el velo del baldaquín y saltó bajo la sábana. Rápidamente había escondido de nuevo la pequeña pistola en la funda de seda cosida por ella misma, asegurada con la apretada cinta, que le recordaba su deber oprimiendo la carne.

La oscuridad era absoluta. El silencio era absoluto. Incluso las campanas de las aldeas sobre los Apeninos parecían enmudecidas por el violento avance del ateísmo francés.

La manilla se movió. La princesa pudo ver inclinarse el tibio brillo del latón, después una silueta de una oscuridad más oscura.

El general tenía un andar pesado. Su traje desabotonado era una mancha clara en la estancia.

—¿Quién es? —susurró la princesa, por salvar las apariencias.

Bonaparte se aproximó, indiferente a la cortina del lecho. Era tan oscuro que no se podía ver nada, pero el camisón de noche de la princesa era claramente visible.

Josefina Teresa no alzó la sábana de lino. Se deslizó en cambio más en ella, extendiendo el brazo desnudo de costado al cuerpo. El general montó sobre el lecho comprimiendo el colchón de lana y estopa, sin sacarse las botas.

Se puso sobre ella, pesado como sólo un hombre lo puede ser. "Derecho de conquista, derecho del más fuerte" pensó Josefina Teresa de Lorena. "Hete aquí que venían a traer la libertad y a llevarse la virginidad."

Sintió la protesta desgarrada de las enaguas. El general, que ni siquiera se había sacado el cinturón, estaba dentro de sus piernas. Josefina Teresa alzó el brazo con voluntad, introduciéndolo bajo el almohadón. Después de un momento de pánico encontró la pistola.

Bonaparte se mantenía sobre ella, rebuscando desesperadamente por encontrar sus costados con los dedos ateridos. Dándose cuenta de que cuando había entrado en su alcoba se habían dicho sólo dos palabras, su mismo "¿Quien es?" casi inaudible, la princesa apoyó la boca de la pistola al cuello del general, apenas bajo la nuez de Adán, y haciéndose un rápido gesto de la cruz hizo fuego.

En un increíble estampido que despertó todos los soldados de Savona a Mondoví, Bonaparte se alzó sobre el lecho y fue arrojado hacia atrás en un rasgarse del tejido del baldaquín.

Josefina Teresa quedó ensordecida, más del heroísmo del propio gesto que del disparo. Notó de golpe el olor de cordita y oyó pasos de carrera sobre los escalones. La doncella abrió de par en par la puerta, y después entró el sargento con el mosquete y la lámpara. Vio el general inmóvil, envuelto en el velo rasgado del baldaquino con un pie todavía sobre el lecho.

Acudieron otros guardias, furiosos, que cercaron el lecho.

—¡Yo lo he hecho! —exclamó Josefina Teresa triunfante—. ¡Muerte al anticristo! ¡Dios ha guiado mi mano!

La arrastraron del brazo llevándola a una esquina. Todos daban órdenes, la doncella se escapó aprovechando la escasa luz.

—¡Dios ha guiado mi mano! —volvió a repetir la princesa.

La pistola descansaba sobre la sábana. Todo era confuso.

Y entonces los soldados entorno a ella saludaron al general, vivo. Ella lo contempló con los ojos de par en par y la boca abierta. Se hizo el signo de la cruz.

—¡El demonio! —susurró.

La llevaron fuera. Bonaparte tenía una expresión indiferente, casi aburrida.

—No perdamos tiempo, dentro poco llegará el alba —dijo, con un gesto de suficiencia—. La hora de atacar a los piamonteses. Llevad fuera a esta mujer.

El sargento había alzado de tierra el cuerpo derribado. "Es un sueño" pensó la princesa, mientras la llevaban afuera. Había visto salir de la herida en el cuello el rollo de papel de la cinta perforada durante la noche por el asistente de Bonaparte.

  Traducción: Fran Ontanaya.

Nacido en Piamonte (Italia) en 1961, Franco Ricciardiello comenzó a publicar ciencia ficción hace más de veinte años. En los años ochenta participó en la redacción de uno de los más populares fanzines italianos: "The Dark Side" (TDS), que se convirtió en uno de los hitos de fandom y el fanzine de mayor circulación en Italia. Personalmente dirigió TDS de 1989 a 1991, cuando la publicación dejó de aparecer. El número de noviembre de 1989 fue una antología de ciencia ficción en la Argentina, con cuentos de Gaut vel Hartman, Noguerol, Antognazzi, Gorodischer, Nicastro y muchos otros, traducidos por Bruno Valle. Tras el cierre del fanzine, Ricciardiello entró en la redacción de otro fanzine, Intercom, la publicación de aficionados de más larga vida en Italia. Ha publicado seis novelas y más de 70 cuentos en varias revistas y antologías de gran difusión; en 1998 ganó el Premio de la editorial Mondadori Urania de la mejor novela de ciencia ficción con Ai margini del caos (Al borde del caos), también traducido en Francia bajo el título Aux frontières du chaos (ed. Flammarion). De 1996 a 2013 fue profesor de escritura creativa en el Piamonte y Génova e impartió seminarios sobre literatura en Turín, Nápoles, Cosenza y Novara. Desde 2007 comenzó a incursionar en la novela negra: Autunno antimonio del 2007, Cosa succederà alla ragazza del 2014.

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