Myriam Goluboff
Sentada en el
sillón frente a la ventana abierta, los anteojos caídos sobre la nariz, miraba
atentamente su tejido. La aguja de crochet se movía rápida y hábilmente y tras
de sí iban creciendo las hiladas, esa luminosa y límpida mañana de invierno. El
sol se colaba a través de las hojas del árbol que tendía sus ramas tras los
cristales y arrojaba su sombra sobre las paredes de la habitación donde formaba
un dibujo geométrico de líneas casi paralelas.
Sus ojos se posaron un instante en
esa sombra, bajó la vista hacia la pequeña canasta donde guardaba las lanas y
vio cómo se agrandaba y se llenaba de ovillos. La habitación también se
alargaba y se ensanchaba hasta convertirse en un pabellón donde a un lado se
alineaban, desde la entrada hasta el fondo, todas las camas. En una punta de
ese gran espacio, cerca de la reja de la entrada, los colores más hermosos se
arremolinaban en el gran cesto de mimbre. Como pelotas, los ovillos azules,
lilas, rojos, verdes, amarillos, se superponían en desorden. A su alrededor,
unas diez mujeres, concentradas en su labor, dibujaban trazos en el espacio con
la aguja de tejer crochet que se convertía en prolongación de sus manos. Con la
derecha, mediante hábiles movimientos, la iban ensartando, enlazaban el hilo y
formaban nuevos puntos, mientras con la izquierda sostenían el tejido realizado
y el hilo que iban a seguir usando.
Y mientras tejían, iban desgranando
historias, anudando amistades.
En esa actividad, Carmen era la
reina, estaba atenta a lo que todas hacían, explicaba un punto aquí, una
técnica allá, con esa cadencia en el hablar tan propia de su tierra, que sonaba
relajante, maternal, atenta. Conocía todos los trucos, todos los puntos, y con
paciencia, les enseñaba los secretos.
Lo habitual era que hicieran bolsos
y también tapices, alegres, abstractos, en los que trabajaban con muchos
colores, creando informales gamas o detalles inesperados que convertían al
tejido en una explosión cromática. Lo importante era lograr la perfección
absoluta. El punto de tensión y tamaño constante, los bordes rectos, sin un
solo fallo.
Así pasaban horas y horas por las
tardes, llenando ese vacío de vida de las cárceles.
Todo era simplemente una espera,
espera de un juicio en el caso de esas mujeres, espera que pasara una condena
en otros.
La tensión por la lejanía del
mundo, por la incertidumbre del futuro, se diluía en el movimiento rítmico de
las manos y la sensación de estar creando belleza, de estar creando piezas que
entregaban como acto de amor, de comunicación con seres que solo pululaban en
los intersticios de sus recuerdos, daba sentido a ese tiempo suspendido de sus
vidas. Los domingos recibían nuevos hilos y entregaban los trabajos terminados.
Ese día era una fiesta. También les llevaban comida pero, sobre todo, iban a
visitarlas. La conexión con el mundo exterior era un viento de emociones que
invadía el espacio.
Ese día no se tejía. Los ovillos
permanecían inmóviles en su canasta, pero había mucho más movimiento alrededor.
Cuidado al vestirse, carreras hacia la salida cuando se escuchaba un nombre al
que anunciaban la visita. Risas o llantos a la vuelta. Malas y buenas noticias
que entraban como lluvia de palabras a través de las rejas que dibujaban
también, sobre los rostros de sus hermanos, sus maridos, sus padres, un dibujo
como el del cuadrado a través del que veían el cielo.
La maestría de saber aumentar y
disminuir puntos, les permitía hacer formas circulares, tejer boinas para los
compañeros a los que no podían ver, pero a veces oían en la distancia, cuando
cantaban, como forma de comunicación con ellas, desde otro pabellón distante.
En ese micromundo aislado, dos eran
los enlaces con el exterior: la familia y los abogados. La familia les llevaba
afecto, las noticias de los amigos, la expresión de la vida cotidiana, del
trabajo. Los abogados, mensajes, noticias y, a veces, hasta esperanzas.
El encierro generaba tensiones y
con las tensiones, surgían los conflictos. Muchos en los trabajos comunes, en
los equipos que a lo largo de la semana se iban rotando, los que limpiaban el
pabellón, los que se ocupaban de la cocina. Otros, en la mera convivencia
forzada, que producía rencillas, rivalidades. Esta situación se veía agudizada
por las diferencias de formación, de procedencia, de cultura, de edad, de
situación familiar…
La estancia en ese pabellón, sin
intimidad, donde la vida debía ordenarse, organizarse, para evitar la
desesperación, resultaba, inevitablemente, una dura escuela de convivencia. Era
necesario tener algunas horas de aislamiento, de actividad personal, para leer,
para soñar, o simplemente, para dejar pasar el tiempo en silencio, para poder
luego soportar el hacinamiento, la falta de soledad obligada.
Por eso era tan importante ese
tejer colectivo que unificaba y que les generaba tanta satisfacción cuando
lograban un resultado perfecto. Eran trabajos que entregaban como expresión de
amistad, de compañerismo, de gratitud.
Las horas de tejido eran también
una forma oculta, clandestina, de reunión política. Lo que las unía a todas, la
razón de su estar allí, era su militancia. Eso también las separaba. La
pertenencia a distintos grupos ideológicos, su inserción mayor o menor, su
respuesta a los interrogatorios a veces acompañados de violencia en mayor o
menor grado, generaba una especie de escala jerárquica y de confianza. Pero
todas esas diferencias parecían diluirse, batidas por el movimiento de las
agujas de crochet, que las enlazaba, tanto como enlazaba la lana.
Esa vida monótona, cual eternidad
homogénea, se veía perturbada por algunos acontecimientos que la sacudían. Uno
importante era cuando llegaba alguna nueva reclusa y se arremolinaban todas
alrededor, acosándola a preguntas, para saber las causas, recibir las novedades
del exterior, de ese mundo sin rejas, sin guardias, sin límites de tiempo. Y
lentamente, esas mujeres también se iban integrando en esa sociedad
estructurada, jerarquizada y algunas podían pasar a formar parte del mundo de
los hilos, de esa actividad que tanto valoraban. Entonces se unían al grupo y
si no lo habían hecho antes, aprendían a formar la primera cadena, la base del
tejido y luego a ensartar la aguja y a ir tomando los puntos, formando las
otras hiladas…
El sol le dio de lleno en la cara.
La aguja que había quedado en el
aire, inmóvil, comenzó a moverse rítmicamente; tras la ventana abierta, las
hojas del árbol tamizaban la luz del sol y los ovillos de lana descansaban a su
lado en la pequeña canasta.
Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

No me parece un cuento. Tampoco sé si califica para ser considerado relato. Más bien una semblanza apacible de la vida en las cárceles para un grupo de mujeres anónimas. No deja de ser interesante, aún sin trama.
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