jueves, 12 de marzo de 2026

EL ESCONDITE DE LA SEÑORA SCOTT

Andrea Tillmanns

 

—Cuidado, ese es un fa sostenido, no un fa —dijo Luisa, señalando la partitura—. Era lo mismo en “Amazing Grace”, ¿recuerdas?

—Oh, apenas se puede ver esa pequeña cruz delante de la nota, ni siquiera con gafas de lectura —respondió Christine, llevándose de nuevo el saxofón a los labios—. Pero si tú lo dices…

Antes de que pudiera intentar el estribillo otra vez, llamaron a la puerta. Christine suspiró.

—Probablemente sean otra vez los Miller, del otro lado del pasillo —murmuró, entregándole el saxofón a su profesora de música y saliendo al recibidor—. Sus hijos corren por el apartamento todo el día y, cuando yo quiero tocar un poco de música, vienen enseguida a quejarse… simplemente no entienden las melodías hermosas.

Luisa sonrió. Desde que Christine había empezado las clases de música, poco menos de un año atrás, la jubilada estaba firmemente convencida de que un saxofón solo podía producir sonidos hermosos. No podía entender por qué sus vecinos seguían viendo las cosas de otra manera, ni siquiera con la mejor voluntad del mundo.

Pero esta vez nadie venía a quejarse de su versión algo poco convencional de “Greensleeves”. En cambio, cuando regresó al salón, Christine traía consigo a una anciana en camisón.

—Ahora siéntese aquí, en el sillón, señora Scott. Le traeré una manta y luego podrá contarme su historia…

—¡No quiero una manta, quiero mi dinero! —protestó la señora Scott, apartando la mano de Christine—. ¿Has visto mi dinero? He buscado por todas partes, pero ya no está en mi escondite…

—¿Ha revisado la vieja máquina de coser? —preguntó Christine, empujando suavemente a la anciana hacia el sillón y colocando sobre sus piernas una manta de lana del sofá antes de quitarse rápidamente su cárdigan y ponérselo sobre los hombros—. ¿O en el horno? La última vez estaba escondido allí.

—Yo nunca lo puse allí, no, no —replicó la anciana, mirando a su alrededor con inquietud—. ¡Allí, allí en el jarrón, mira allí! —señaló el gran jarrón de pie en una esquina del salón.

Christine suspiró en voz baja.

—La pobre mujer está bastante senil ahora —le susurró a Luisa al pasar junto a ella—. Pero su hija no quiere llevarla a una residencia…

—Si ya ni siquiera puede vestirse sola —murmuró a su vez Luisa—, quizá no sería lo peor… ¿quién la cuida?

—Su hija… la mayor parte del tiempo, al menos —respondió Christine.

Inclinó el jarrón de suelo para que la señora Scott pudiera mirar dentro y metió la mano antes de negar con la cabeza.

—Hoy no, al parecer, aunque… Le prepararé algo de comer en un momento. Luisa, ¿te parece bien si dejamos la clase por hoy?

—Hasta que termine la lección puedo ayudarla a buscar —decidió Luisa sin pensarlo mucho. Al fin y al cabo, le estaban pagando por su tiempo allí—. Mientras tanto puedes prepararle algo de comer.

A juzgar por lo delgada que estaba la anciana, aquello era sin duda una buena idea.

Dejó el saxofón sobre la mesa y acercó su silla al sillón donde la señora Scott seguía mirando a su alrededor.

—Señora Scott —dijo, tomando la mano delgada y helada de la anciana, que entonces sí miró a Luisa—. Soy una especie de detective; tal vez pueda ayudarla a buscar.

No mencionó que su anterior trabajo detectivesco había consistido en tropezar casi por casualidad con un caso de asesinato y luego resolverlo también casi por casualidad. En cualquier caso, buscar billetes cuyo escondite había sido olvidado le parecía mucho más agradable que tratar literalmente con un asesino.

—Entonces ven conmigo —dijo la señora Scott, poniéndose de pie, metiendo un brazo en el cárdigan de Christine y tirando de Luisa hacia la puerta con la otra mano.

—¡Christine, vamos arriba! —llamó Luisa a su alumna de música, que estaba rebuscando en el refrigerador de la cocina.

—¡Ahora voy! —respondió ella.

En realidad, la señora Scott simplemente había dejado abierta la puerta de su apartamento en el segundo piso cuando bajó al de Christine. Solo entonces Luisa se dio cuenta de que la anciana ni siquiera llevaba calcetines; sus pies debían de estar tan fríos como sus manos dentro de aquellas finas pantuflas.

—Pero necesito el dinero, ¡urgentemente! —murmuró mientras abría la puerta y arrastraba a Luisa al interior del apartamento con un firme agarre—. Tú lo entiendes, Sophia, ¿verdad?

—Sí, claro —respondió Luisa. ¿Sophia sería la hija de la anciana?

—Eres la única que siempre ha sido buena conmigo… —continuó la señora Scott—. Mira esto: el dinero estaba aquí, ¡y ahora ha desaparecido! —La llevó hasta la chimenea y levantó un leño—. Ahí, ¿ves? ¡Se ha ido, lo han robado!

—¿Quién podría haberlo tomado? —preguntó Luisa, agachándose para mirar también bajo el leño.

Para su sorpresa, no era de madera en absoluto: evidentemente era falso, con leños artificiales delante de una llama simulada. Lo cual sin duda era más sensato que una chimenea real para una anciana tan olvidadiza.

Por supuesto, la señora Scott probablemente había extraviado su dinero en algún sitio, o su hija lo había llevado al banco hacía tiempo para evitar precisamente eso. Y sin embargo…

Había una gruesa capa de polvo sobre los leños y sobre todo el suelo de la chimenea; era evidente que nadie la había limpiado desde hacía mucho tiempo. Solo bajo el leño central, el que la señora Scott acababa de levantar, había una zona rectangular completamente libre de polvo.

Luisa frunció el ceño, pensativa.

¿Podría haber algo de verdad en la historia de la anciana, después de todo? Al menos algo había estado allí no hacía mucho.

Cuando sonó el timbre, abrió rápidamente la puerta y dejó entrar a Christine, que había traído un sándwich y un plato de ensalada de judías.

—Bien, señora Scott, primero coma algo y luego buscaremos su dinero juntas, ¿de acuerdo? —sugirió.

La anciana aceptó. Christine le trajo un vaso de agua de la cocina y luego ambas se sentaron con ella a la mesa del salón.

—¿Quién podría haber tomado su dinero? —preguntó Luisa.

—Lilly, esa arpía —respondió de inmediato la señora Scott.

—Lilly murió hace tres años —comentó Christine en voz baja—. Un ataque al corazón, con poco más de setenta.

—Entonces fue August. Siempre se gasta todo su dinero —propuso la señora Scott, imperturbable.

—August es su hijo; vive en Europa desde hace treinta años —explicó Christine, encogiéndose de hombros con gesto apologético.

—Había algo en la chimenea que ya no está —insistió Luisa, volviéndose otra vez hacia la señora Scott—. ¿En quién más puede pensar?

—Pero eso tú lo sabes, Sophia —respondió ella con reproche, y luego se comió la mitad del sándwich antes de continuar—. Marianne, esa desordenada, necesita todo el dinero para su marido inútil, y por eso no quiere que me vaya a vivir contigo.

Confundida, Luisa miró a su alumna de música.

—¿Quiénes son Marianne y Sophia? —susurró.

—Marianne es la única que siempre te cuida aquí —respondió Christine en tono normal, dirigiéndose a la anciana—. ¿No es así? Tu hija viene a visitarte todos los días. Vi su coche estacionado fuera de la casa otra vez esta misma mañana.

Luego se volvió hacia Luisa.

—Y Sophia… es Sophia Berg, una vieja amiga de la señora Scott. Vivía a dos calles de aquí y ahora está en la residencia de ancianos Santa Elisabeth. La pobre mujer se rompió la cadera hace dos o tres años y desde entonces ya no puede caminar bien, y no tiene hijos que puedan cuidarla.

Luisa se recostó en la silla y observó pensativa a la señora Scott.

¿Por qué la anciana no estaba vestida si su hija había estado allí por la mañana?

Sin dudarlo, sacó su teléfono del bolsillo y buscó en internet el número de la residencia de ancianos del lago de deportes acuáticos.

—Hola, me llamo Luisa Williams —dijo cuando respondió la central—. ¿Podría comunicarme con la señora Sophia Berg?

—Lo hiciste muy bien —dijo la señora Scott, asintiendo agradecida a Christine—. ¿Podrás cocinar eso otra vez mañana al mediodía?

Christine sonrió.

—Veré si puedo encontrarle algún postre —dijo, y desapareció en la cocina.

Poco después regresó, negando con la cabeza.

—El refrigerador está casi vacío —murmuró, desconcertada—. ¿Cuándo fue la última vez que su hija le hizo las compras?

Luisa salió rápidamente al pasillo cuando la señora Berg respondió al teléfono, para poder hablar con ella con tranquilidad.

Cuando volvió al salón unos minutos más tarde, se sentó a la mesa con las dos mujeres mayores y suspiró en voz baja.

—Bueno, Sophia Berg me contó algo interesante —dijo—. Curiosamente, está completamente convencida de que la señora Scott realmente quiere mudarse a su residencia de ancianos y que solo su hija se lo impide porque teme heredar menos más adelante.

Miró pensativa a Christine y luego volvió a tomar su teléfono móvil.

—Incluso a riesgo de hacer algo terriblemente estúpido y acusar a una persona completamente inocente, voy a llamar a la policía.

No tardaron mucho en descubrir el dinero robado aquella misma mañana en la casa de la hija de la señora Scott, quien quedó demasiado atónita ante la aparición de los policías uniformados como para negar el robo. Había descubierto el escondite unas semanas antes y, ahora que su marido se había quedado otra vez sin trabajo y los préstamos de la casa y del coche resultaban cada vez más difíciles de pagar, ya no había podido resistirse.

Luisa no dijo nada al respecto, ni tampoco mencionó que la anciana señora Scott había comido dos bananas y una gran barra de chocolate aquella misma tarde y parecía realmente satisfecha por primera vez.

No pasó mucho tiempo antes de que la señora Scott pudiera mudarse a la residencia de ancianos, a solo unas habitaciones de distancia de su amiga Sophia Berg.

Cuando Luisa se encontró con ella por casualidad unas semanas más tarde en el lago de deportes acuáticos, empujando una silla de ruedas con una anciana bien arreglada, al principio pensó que la señora Scott le guiñaba un ojo en un momento de reconocimiento.

Pero también podría haber sido por el sol, que brillaba fuerte y claro aquel día, anunciando el comienzo de la primavera.

Andrea Tillmanns nació en Grevenbroich, Alemania, en 1972 y actualmente vive en Westfalia Oriental, cerca de Bielefeld. Su trabajo habitual es como física; estudió y obtuvo su doctorado en la Universidad RWTH de Aquisgrán. Actualmente trabaja a tiempo completo como profesora de física y tecnología de medición en la Universidad de Ciencias Aplicadas y Artes de Bielefeld, donde su trabajo se centra, entre otras cosas, en las propiedades físicas de los textiles. Lleva muchos años escribiendo poesía, cuentos y novelas de diversos géneros. Sus poemas y relatos se han publicado en The World of Myth, Hawthorn & Ash, SciFanSat y otras revistas y antologías. También ha publicado más de veinte libros en alemán. Pueden encontrar más información sobre la autora y sus textos en su sitio web: www.andreatillmanns.de.

 

VEINTISIETE INTENTOS DE APROXIMACIÓN A JUBIPÉN ITSARA (EL GAMULANO)

Rogelio Ramos Signes

 

1. Cansado de vivir de sus defectos, Jubipén Itsara (El Gamulano), una tarde en que ladraba a las ruedas de un camión, optó por ser normal.

 

2. Alicia, y no Gladys ni Estela, fue quien descubrió la metamorfosis de Jubipen Itsara (El Gamulano) a pesar de cuanta cosa diversa pueda escucharse por ahí.

 

3. Desde niño Jubipén Itsara gustaba discutir a sus vecinas, conspirar con sus compañeros de manualidades, e inventar frases célebres. De allí lo de Gamulano.

 

4. Huérfano e insigne desde el primer día de su vida, Jubipén rondó las talabarterías buscando su propia identidad, pero sólo contrajo el vicio de los verdugos misericordiosos: el silencio.

 

5. Buscando su propia identidad fue que Jubipén dio con un alquimista liberal y un latinista retirado. De allí lo de Itsara.

 

6. Si a cada Jubipén (es tradición) corresponde un Itsara; a cada Jubipén Itsara corresponde una Iracema Snif, con quien se casó a la medianoche de un 31 de diciembre, saludados por las bombas, cornetas y petardos de todo el país; tal vez de todo el mundo.

 

7. La vida del matrimonio Itsara fue un martirio, si también se entiende por martirio la sucesión de los días pendiendo de una cruz (pasatiempo que practicaron), con las manos agujereadas, una corona de espinas y todo eso. “Hoy por ti, mañana por mí” fue el lema del matrimonio, mientras se flagelaban mutuamente según cayeran los dados sobre un plato odiosamente cóncavo.

 

8. La joven Snif, esposa de Jubipén Itsara desde un 31 de diciembre a la medianoche, nació de mujer mulata y de granado alemán. Por eso aullaron los coyotes. Por eso menguó la luna y perdió brevas la higuera. De allí Iracema.

 

9. Iracema Scherwitz, esposa de Jubipén y madre de un talento menor nacido hacia la primavera, adquirió el llanto como única forma de expresión. Por eso Snif.

 

10. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue hombre de hogar, hasta donde el hogar se lo permitió, y ciudadano de cada bar que acertó a inaugurar en su camino.

 

11. Cuentan que Jubipén era diestro para las tareas manuales, parco para los besos y un tanto distraído.

 

12. De la primera distracción surgió Caifás, un talento menor nacido hacia la primavera. Se dice (sólo se dice, porque no hay archivos) que los primeros días del crío fueron un tormento.

 

13. Hacia la primavera, y en el espacio que va del 14 al 15 de noviembre, Alicia Estrázulas de Varela y Cross redescubrió al Gamulano, pero ya era tarde.

 

14. Sobrecogido por los espacios interiores de su infancia, Jubipén Itsara abandonó los vicios del destete; fijación oral a la que hizo añicos una noche de cigarrillos, gomas de mascar y alguna ginebra.

 

15. Temeroso de todo lo que no fuese natural, Jubipén Itsara fundó el Club de Enemigos de Jubipén Itsara, secundado por un descendiente directo de Rousseau y el más serio biografista de Lao Tsé.

 

16. En la Universidad Taoísta de su barrio, exactamente, fue que Jubipén instaló un quiosco de emparedados y gaseosas. El "Tao-Te-Ching" (que así se llamaba) le dejó pérdidas cuatro semanas antes de inaugurado y un peligroso indicio de reumatismo articular.

 

17. Distanciado a muerte de los naturalistas del Club de Enemigos de Jubipén Itsara, y a la vez escapando a los acreedores del "Tao-Te-Ching Nourishing Kiosk", conoció a Blonda Cruz, la mujer vegetal de pájaros en la cabeza.

 

18. Iracema Snif y Blonda Cruz inspiraron a Guay Descartes la novela éxito del último verano.

 

19. "Hombre perro, mujer llanto, niña olivo" fue llevada al cine por los franceses, a la televisión por una cooperativa de California, y al video por un ejecutivo de Madrid.

 

20. Libro condensado en Colombia, prendedor en Buenos Aires, historieta en México y remera estampada en Alabama, la novela de Guay Descartes dio la vuelta al mundo en menos de ochenta días.

 

21. Como toda historia que pierde intimidad, la historia del Gamulano fue una guía telefónica. ¡Una tortura!

 

22. Pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, Jubipén Itsara fue a la vida lo que un príncipe ruso en el exilio fue a París: suspiros y destellos.

 

23. Alicia, y no Gladys ni Estela, sino Alicia Estrázulas de Varela y Cross murió de amor por lo imposible, por el tiempo y “por un hombre pobre, desnutrido y prematuramente avejentado, como un príncipe ruso en el exilio”. Jubipén. Jubipén Itsara. Jubipén Itsara (El Gamulano) fue el peor de los verdugos: la mató con la indiferencia.

 

24. Caifás Itsara, un talento menor nacido en primavera, ingresó al ambiente de la gente linda de la mano de su madre y en brazos de su padrastro Lucas, un cantante belga que vendía bien en aquella temporada.

 

25.  Loco y triste de locura y tristeza elementales, Jubipén reflejó su desgracia en un viejo espejo durante los 29 primeros días de un mes que no fue febrero.

 

26. Imaginando desenlaces felices para un radioteatro que auguraba truculencias, fue que Itsara, sin saberlo, ingresó al bovarysmo.

 

27. Una tarde en que miraba fornicar despreocupadamente a dos hormigas, Jubipén Itsara (El Gamulano) cansado de ser normal, optó por ladrar a las ruedas de un camión.

Rogelio Ramos Signes nació en San Juan en 1950, pero reside en San Miguel de Tucumán desde 1972. Publicó numerosos cuentos y microficciones en antologías y revistas, y los siguientes libros: Las escamas del señor Crisolaras (cuentos, 1983) Diario del tiempo en la nieve (novela, 1985), En los límites del aire, de Heraldo Cuevas (novela, 1986), Soledad del mono en compañía (poesía, 1994), Polvo de ladrillos (ensayos, 1995), El ombligo de piedra (ensayos, 2000), En busca de los vestuarios (novela, 2005), Un erizo en el andamio (ensayos, 2006), La casa de té (poesía, 2009), Por amor a Bulgaria (novela, 2009), Todo dicho que camina (microrrelatos, 2009), La sobrina de Úrsula (novela, 2015) y Hotel Carballido (poesía, 2023). En 2022 y solo en formato digital, se había publicado otro libro de poesía: Eleanor Rigby. Fue compilador de tres antologías: Monoambientes, microficciones del NOA (2008), Ajenos al vecindario (poesía, 2009) y Cuaderno Laprida (microrrelatos), en colaboración con Julio Estefan (2016).

 

miércoles, 11 de marzo de 2026

CIERRE

Swara Mokashi

 

—Por favor, pase —dijo Nandan, abriendo la puerta para recibir a Eddy.

Eddy, que medía casi seis pies, entró. Lini, que estaba sentada en una silla, se puso de pie en cuanto lo vio. Tal vez Eddy pudiera hacer algo. Ahora las esperanzas de ambos estaban centradas en él.

—¿Dónde está Vishi? —preguntó Eddy con una sonrisa.

—¿Dónde va a estar? —respondió Nandan, irritado—. Está adentro. No quiere escuchar a nadie.

—Eddy, ahora tendrás que convencerlo tú. Se le ha metido una idea extraña en la cabeza —dijo Lini.

—Muéstrame el mensaje —dijo Eddy mientras se sentaba.

Lini abrió un cajón y le entregó un sobre. Dentro había un pequeño dispositivo. Eddy lo sacó.

—¿El PIN? —preguntó.

—No sirve de nada —respondió Nandan—. Mi suegro lo aprobó y envió la respuesta ese mismo día.

—Pero ¿por qué tanta prisa? —preguntó Eddy—. Que haya llegado la carta no significa que haya que decir que sí de inmediato. Se puede discutir, tenemos un mes para pensarlo. Hay muchas opciones. Existe la criónica para preservar el cuerpo, el mapeo cerebral para conservar el cerebro. Si él acepta, los patrocinadores harán fila.

—¿Crees que no lo sabe? —dijo Nandan—. Yo también se lo pregunté. Me dijo que ya había tomado su decisión, que no valía la pena perder tiempo. ¿No lo conoces acaso?

—Escucha —dijo Lini—, en cuanto nos lo dijo salimos para aquí y te avisamos. Todavía podemos retirar la respuesta. He averiguado que se puede cambiar durante tres días. Habla con él.

—Eres su favorito —añadió Nandan—. Tal vez puedas convencerlo. Es nuestro profesor. ¿Cuánto ha hecho por nosotros? Y en estos tiempos, ¿ciento uno es una edad para aceptar la eutanasia? Todavía tiene mucho que enseñar. Y su cerebro… acabar con todo de golpe… no, no puedo aceptarlo.

Nandan se levantó y salió de la habitación.

Vishwanath Pendharkar descansaba en su cuarto. En el marco digital frente a él había puesto fotografías muy antiguas: de su infancia en la escuela, con amigos, en excursiones, luego de la universidad, después de su boda, fotografías familiares, de la universidad, homenajes, con estudiantes… miles de imágenes aparecían una tras otra, pulsando las cuerdas de la memoria.

Apareció una fotografía de su esposa y presionó el control remoto para detenerla. Sin darse cuenta, su mirada se dirigió al ordenador que tenía delante. Había conservado su existencia dentro de él después de su muerte física. En aquel momento le había resultado insoportable vivir sin ella. Tras su muerte hablaba con esa existencia preservada, conversaba con ella cada día.

Sin embargo, en los últimos veinte años no habían hablado ni una sola vez.

No existía la posibilidad de que ella se enfadara… aun así… Antes de irme, pensó, debería hablar con ella una vez más. No por ella, quizá por mi propia tranquilidad.

Puso en marcha el ordenador, pero luego decidió que hablaría con calma por la noche y encendió la televisión.

Las noticias de siempre: la explosión demográfica, la escasez de productos esenciales, el racionamiento de nuevos nacimientos, protestas de jóvenes que exigían reducir la edad mínima para la eutanasia, robots con inteligencia artificial que quitaban el trabajo a los humanos… y muchas cosas más.

Cansado, apagó el televisor.

Llamaron a la puerta y su alumno favorito, Eddy, entró en la habitación. Al verlo, Vishwanath sonrió.

—Adelante, Eddy. ¡Cuántos años sin verte! ¿Cómo estás? Siéntate.

—¿Estaba hablando con la señora? —preguntó Eddy señalando el ordenador—. ¿No lo interrumpí?

—No, no. ¿A qué se debe esta visita tan repentina? Ah… Nandan te habrá llamado, ¿verdad? Está muy enfadado conmigo.

—Sí, pero no solo él. También recibí un mensaje de Lini, y además un par de llamadas de la universidad.

—Vaya… parece que mucha gente se ha sorprendido.

—Claro que sí, profesor Vishi. Todos esperaban que solicitara una extensión, y según el procedimiento seguramente se la habrían concedido. Pero usted directamente…

—Pero todo mi trabajo está bien registrado —respondió Vishwanath—. He formado estudiantes brillantes, como tú, que podrán continuar con él. Entonces ¿para qué pedir una extensión? ¿Y por qué tendría que sorprender a alguien? Ya cumplí cien años. ¿Qué hay de nuevo en eso? Para ser sincero, ya no tengo el entusiasmo ni la energía de antes. ¿No debería dejar espacio a la próxima generación? Además, ya llegó la carta. Legalmente puedo despedirme de este mundo. Tengo ciento un años.

—Pero ¿por qué tanta prisa?

—¿Prisa? ¿No ves las noticias todos los días? ¿Por qué debería ocupar el lugar de una vida nueva?

—Pero usted es diferente, profesor. No es una persona común. ¿Por qué aplicarse las mismas reglas que a los demás? Presentaré una apelación y estoy seguro de que la aceptarán. Usted es un gran científico… todavía puede aportar mucho.

—No, Eddy. No sería correcto hacer una excepción. Las mismas reglas que se aplican a todos se aplican también a mí. No soy especial. No voy a sentar un precedente incorrecto. Ya he comunicado mi decisión, después de pensarlo bien.

—Profesor, entonces… al menos déjenos conservar su cerebro. ¿Por qué se niega a eso? Necesitamos su existencia, su consejo, durante muchos años más. Conseguiré patrocinadores. Solo diga que sí.

—No, Eddy. Tampoco le veo mucho sentido a eso.

—Pero cuando ocurrió lo de la señora…

—Sí… fue una decisión tomada en un momento de emoción. Y causó más sufrimiento que otra cosa, Eddy.

—Profesor… piense al menos en Lini. Ella es como su hija. ¿No ha pensado en el golpe que esto significará para ella?

—Precisamente he pensado en ella —respondió Vishwanath con una voz algo apagada—. Mi esposa, Vishakha, murió repentinamente en un accidente. Fue un golpe terrible. No pude soportarlo. Además, en aquel momento tenía todos los medios a mi disposición. Actué rápidamente y congelé su cerebro. Luego descifré todos los recuerdos almacenados en él y los transferí a este ordenador, conservando de algún modo su existencia. Estaba muy feliz. Había hecho inmortal a mi esposa … pero esa felicidad no duró mucho. —Vishwanath guardó silencio un momento. Se quedó mirando el rostro de su esposa en la fotografía detenida en el marco digital. Luego apagó el marco y continuó—: Los antiguos decían: “Cuando el aliento abandona el cuerpo, queda libre de todas las ataduras”. Pero en este caso, aunque su cuerpo se había ido, ella seguía conmigo. Al principio me alegraba de haberla devuelto a la vida. Pero poco a poco empecé a notar sus limitaciones.

—¿Qué limitaciones? —preguntó Eddy—. ¿Acaso no sigue hablando con ella?

—No… Un ser humano no es solo un cerebro, Eddy. Es un conjunto. Su existencia física también es importante. Somos seres humanos. Para expresarnos necesitamos muchos medios, no solo palabras: el tacto, los ojos, los gestos… Al final, una máquina es una máquina y un ser humano es un ser humano. Por mi propio egoísmo atrapé a mi Vishakha en una máquina y no la dejé liberarse. Y así yo también quedé atrapado… en su existencia.

—Profesor, está siendo demasiado emocional.

—Precisamente porque tenemos emociones somos humanos, Eddy. De lo contrario, la diferencia entre una ameba unicelular y un ser humano sería solo el número de células. La gente siempre ha dicho que no hay verdad más eterna que la muerte. Hoy pretendemos haberla vencido, pero en realidad no ganamos.

—¿Qué quiere decir?

—Cuando alguien muere en una familia, los que vienen a consolar dicen: “Olvida lo que ya pasó, mira a los que siguen contigo y enfrenta la vida”. ¿Pero qué hice yo? Intenté mantener conmigo a mi esposa muerta. Y además sin su consentimiento. Con el tiempo comprendí que, aunque su cerebro existiera, ¿de qué le servía? No tenía libertad para tomar ninguna decisión sobre sí misma. En cierto sentido la dejé inválida. Y mi propia situación era extraña. No podía olvidarla y seguir adelante, pero tampoco podía vivir plenamente con ella. Sufrí mucho. Entonces comprendí algo: por dolorosa que sea, la muerte ofrece algo muy importante, un cierre.

—Profesor…

—Esa fue la última vez que hablé con ella. Le pedí perdón y le hice una promesa. Desde ese día no hemos vuelto a hablar. Entonces decidí, Eddy, no dejar cabos sueltos. Hay que hacer un nudo y cerrar el asunto.

—Profesor…

—Mientras este cuerpo me pertenezca, tomaré todas las decisiones sobre él. Y sí, le prometí a Vishakha que antes de irme también la liberaría. Por eso no habrá mapeo cerebral. Muerte completa y absoluta. Y esta es mi decisión final —dijo Vishwanath con firmeza—. Nosotros nos retiramos ahora, dejando las riendas a los jóvenes como ustedes.

—¿Y Lini? ¿Qué hay de ella?

—Lini tendrá que enfrentarse a la muerte de sus padres. Y eso será lo mejor para ella. Créeme.

—¡No, papá!

Lini, que había estado escuchando detrás de la puerta, entró corriendo en la habitación. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se sentó junto a Vishwanath y tomó su mano entre las suyas. Él permanecía tranquilo y la acariciaba suavemente.

—Lini, ya eres adulta. Deja esa obstinación. Acepto esto por mi propia voluntad. Y también es lo mejor para ti. En realidad tú misma sabes lo extraña que es una existencia entre el ser y el no ser. Esta noche hablaré con Vishakha y también la liberaré. Cometí un error al retenerla así. El dolor adicional que tendrás que soportar porque ambos partiremos al mismo tiempo es culpa mía. Si puedes, perdóname. Pero estoy seguro de que algún día comprenderás mi decisión. Debemos vivir la vida plenamente… y morir también de la misma manera: plenamente.

Swara Mokashi nació en Thane una ciudad en el estado indio de Maharashtra, y vive en Pune, en el mismo estado. Se licenció en psicología y le interesan las artes y la literatura. La mayoría de sus relatos de ciencia ficción se publicaron en revistas maratíes y también en una antología. Actualmente trabaja como escritora independiente para teatro, televisión y cine, donde recibió su primer reconocimiento estatal como mejor dramaturga en 2024.

 

EL VENTILADOR

Claudia Isabel Lonfat

 

Las siestas de verano en el pueblo siempre fueron largas y aburridas. Los adultos preferían acortar el día durmiendo, para escaparle a las horas más calurosas, y nos obligaban a permanecer de cúbito dorsal hasta las cinco de la tarde. Yo miraba el vetusto y enclenque ventilador de techo, cuyas aspas giraban con la misma lentitud de la siesta, y recordaba el día que papá lo trajo de la ciudad. Estaba contento el viejo, pensando que nos proveía de cierto confort, como cada una de las veces que viajaba y traía algo que según él servía para que mamá se “luciera”.

Al principio, con los primeros viajes, a mamá se le iluminaban los ojos. Supongo que creía que ese "lucimiento" se relacionaba con algún vestido, algo de oro comprado en cuotas, o quizás zapatos con plataforma como los que usaban las mujeres de la TV. Pero después de ver a papá sacar de su embalaje objetos polvorientos, como una licuadora, cuchillos, lámparas de pie de segunda mano, o una vieja alfombra, percibía la desilusión de mamá, y sus ojos se volvían a opacar, sin haber exhalado una sola queja.

La realidad era que el ventilador no servía para nada; jamás pudimos conseguir que esas aletas metálicas, grises, casi inertes, pudieran tirar un poco de alivio sobre nuestros cuerpos acalorados. El viejo había reemplazado la araña de bronce de la sala con bellos caireles de cristal, por un armatoste ruidoso y feo, pero luego, después del chasco sufrido por la inutilidad del artefacto, volvió a colocar la araña en su sitio, y el ventilador pasó a formar parte del escaso mobiliario de mi pieza, quizás pensando que al ser tan diminuta, allí sí podría cumplir su función específica.

A veces, agobiado en medio del estío, miraba el girar perezoso de sus aspas hasta ser invadido por las náuseas y caer en la cuenta de que había encontrado una manera de sacarle provecho al ventilador. Llevaba su tiempo, pero al final lo conseguía, las náuseas volvían, y de esa manera le hacía creer a la vieja que me había caído mal la comida, razón por la cual se mortificaba tanto, que se desvivía por atenderme y preparar jugos de fruta. Me sentía mimado cuando ella me pasaba la mano por la frente para calcular la fiebre, y yo notaba, o creía notar, un suspiro ahogado de alivio al comprobar que estaba bien. Eso me llenaba de felicidad. Ver ese destello de preocupación en sus ojos, hacía que valiera la pena todo ese tiempo empleado en mirar esas sucias aspas moviéndose sin parar.

Pero algo pasó. Las náuseas se fueron quedando; ya no necesitaba ver su monótono girar. Incluso, hasta la fiebre era real, y no solo la resultante del deseo impoluto de recibir las caricias de mamá.

No me animé a decirle al médico que vino con papá de la ciudad, que las náuseas me las provocaba yo mismo mirando fijo el movimiento de las aspas del ventilador de techo. Y al observar su actitud, tan serio en su ropa blanca, empezaba a percibirlo como uno más de los tantos objetos inservibles que papá nos traía.

 El doctor fruncía el entrecejo y hablaba. Los ojos de mamá tenían una expresión tan triste y desoladora, que permanecían así hasta cuando se sonreía, como los de las mujeres en las pinturas románticas antiguas. Fue tal la tristeza que vi en ellos, que no aguanté más y le pedí a papá que tirara de una vez por todas el ventilador.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

LA LÍNEA AMARILLA

 Luca Willems

 

Levantarse de la cama, abrir las cortinas, dejar la ventana entreabierta, seguir cuidadosamente la línea amarilla. Ducharse, vestirse, hacer la cama, seguir cuidadosamente la línea amarilla. Bajar, desayunar, cepillarse los dientes, seguir cuidadosamente la línea amarilla.

La línea siempre había estado allí. Él la seguía ciegamente; al fin y al cabo, era el camino correcto, ¿no? ¿Por qué habría de apartarse de algo tan cómodo? Toda su vida estaba perfectamente trazada, así que no había razón para no seguir ese camino.

Hasta que un día ocurrió algo extraño.

Como cada día, había seguido la línea amarilla y llegó al aula donde siempre tenía clase de anatomía. Siguió la línea hasta su asiento en la sala y se sorprendió al ver a una chica sentada junto a su lugar. Se sentó y le sonrió con amabilidad. Ella le devolvió la sonrisa.

—Siempre hay tanta gente en las clases, ¿verdad? —dijo él, intentando romper el hielo.

—Sí, es verdad —respondió ella con una breve risa—. ¿Vienes a menudo a esta clase? Nunca te había visto antes aquí.

Él hizo girar el bolígrafo entre sus manos y respondió:

—Casi siempre, pero normalmente me siento por la parte de atrás.

Hubo un breve silencio y la chica asintió.

—¿Qué haces en tu tiempo libre? —preguntó de pronto el joven estudiante.

Ella sonrió, como si hubiera esperado la pregunta.

—Toco el piano y canto —respondió.

—¿Piano? —repitió él, claramente interesado.

La chica asintió.

—¿Tú tocas algún instrumento? —preguntó a su vez.

Él soltó una leve risa y negó con la cabeza.

—Intenté tocar la guitarra una vez, pero digamos que no era un talento natural.

La chica se rio suavemente y lo invitó a tocar juntos alguna vez, pero él rechazó la propuesta con educación. Después de todo, no sabía tocar el piano, así que no veía razón para ir. Entonces ella se ofreció a enseñarle. Él se preguntó si su línea amarilla se lo permitiría. Tras una larga duda, aceptó, y después de la clase los dos estudiantes se dirigieron al aula de música.

Para su gran sorpresa, su línea amarilla conducía exactamente hasta allí. Aliviado, caminó –como siempre– justo por el centro de la línea.

Pasaron algunas semanas y el joven estudiante demostró tener mucho talento para tocar el piano, y él mismo estaba encantado con su nueva pasión.

Hasta que un día su línea se dirigió hacia el lado opuesto del aula de música.

El joven estudiante se quedó inmóvil y miró al suelo. Tras unos segundos de duda, decidió ir igualmente al aula de música. En el momento en que su pie abandonó la línea amarilla, se sintió liberado.

Pronto empezó a apartarse cada vez más de su línea amarilla.

Pero al poco tiempo comenzaron a suceder cosas extrañas.

Al principio eran pequeños cambios: una lámpara que parpadeaba, una puerta que ya no cerraba bien o ruidos que no podía identificar. Al principio lo atribuyó al azar o a su propia imaginación. Pero cuanto más se alejaba de la línea amarilla, más intensas se volvían las anomalías.

Las sombras parecían bailar en lugares donde no había ninguna fuente de luz, los colores se desvanecían y el tiempo a veces parecía acelerarse o, por el contrario, volverse más lento.

Muy pronto empezó a sentir miedo cuando no estaba sobre su línea.

Intentaba quitarse esa sensación de encima, pero cada vez la presión se hacía más fuerte.

Un día, mientras estaba sentado en el aula de música con la chica, se dio cuenta de que las teclas del piano temblaban bajo sus dedos, como si también fueran sensibles a la presión que él sentía. Tocó un acorde, pero el sonido le llegó extraño y distante.

La chica no notó nada; reía y seguía tocando alegremente, pero él no podía ignorarlo.

Era como si el mundo le susurrara, recordándole que no debía apartarse de la línea.

La presión aumentaba cada vez que tocaba, y aunque amaba la música, aquella sensación opresiva permanecía constantemente en el fondo de su mente.

Cuando esa noche llegó a casa y vio la línea amarilla que conducía a su habitación, sintió el impulso de no volver a pisarla, como sí había hecho las noches anteriores.

El mundo sin la línea se sentía distinto, como si todo lo que antes era sólido ahora se hubiera vuelto líquido e incierto.

Aun así, esa noche no puso el pie sobre la línea.

Se fue a la cama sin seguir su rutina habitual y cerró los ojos, temiendo una noche inquieta.

Soñó que estaba de nuevo sobre la línea amarilla, pero cada vez que intentaba avanzar, la línea se apartaba bajo sus pies, como si ya no quisiera guiarlo.

Corrió, pero sus pies solo encontraban el vacío.

Y a lo lejos oyó una voz.

No podía entender las palabras, pero el tono era claro: severo, impaciente, decepcionado.

Al día siguiente, después de clase, vio a lo lejos a la chica esperándolo, sonriendo como siempre.

Ella era libre, comprendió.

No estaba atada a ninguna línea.

Respiró hondo y caminó hacia ella, todavía consciente de la ausencia de la línea bajo sus pies.

Pensó en el futuro.

¿Cuánto tiempo seguiría sintiendo esa incómoda presión en el pecho? ¿Era simplemente el precio de la libertad: la incertidumbre constante y la vaga amenaza de que el mundo se derrumbara sin el apoyo seguro del viejo y conocido camino?

Miró una vez más hacia atrás, sonrió y siguió caminando.

La chica le guiñó un ojo.

Luca Willems, nacida en 2008 en Gante, Bélgica, escribe relatos desde muy joven. Durante el instituto, debutó con el relato "De gele lijn" (La línea amarilla), publicado por Out of This World. Escribió este relato para un concurso de relatos cortos sobre la obra del autor absurdista Piet Apol. Esta primera publicación reforzó su ambición de seguir escribiendo. Posteriormente, creó el relato de clima-ficción "Tegen de stroom in" (Contracorriente) para la colección temática "De belofte" (EdgeZero). Luca se centra principalmente en relatos cortos, en los que experimenta con el lenguaje, la atmósfera y los giros sutiles.

 

martes, 10 de marzo de 2026

MURMURARÉ TU NOMBRE HASTA EL FIN DEL MUNDO

Cristian Mitelman

 

La historia comienza con un árbol. Hace muchos años fui a buscar manzanas al río. Tenía doce años: ya había comenzado a ayudar a mi padre en la herrería. El taller estaba detrás de la casa. Era profundo y caluroso como las fosas infernales.

Al poco tiempo me acostumbré al hierro fundido; me acostumbré a que los metales se convirtieran en un líquido cuya escoria siempre quedaba adherida en la intimidad de la fragua. No conozco nada de teología. Soy analfabeto. Sin embargo, sé que el infierno tiene que ser algo parecido al viejo taller de mi padre. La inmundicia es más pesada y se deposita abajo, en medio del tormento de las almas para siempre fundidas en la perdición. Digo esto para que vean que los sermones del dominico Ulphias han sabido horadar mi alma. Sus palabras tenían un efecto oscuro cada vez que lo escuchaba en el oficio del domingo, antes de que saliera el sol. Iba con mi madre, mi única hermana y mi padre.

El fraile daba el oficio en latín, pero en el momento de la homilía usaba nuestra lengua. Por eso aprendí qué es la salvación y qué espera a los réprobos. Si todo hubiera sido en latín, es probable que mi vida hubiese ido por otros cursos. Lo que no se entiende no puede provocarnos nada, al igual que lo que no es tocado por el fuego no se funde nunca. Aprendí, pues, que la eterna lejanía de lo divino es lo que nos espera después del juicio y que el alma, en ese trance, desea ver a Dios, pero le es imposible y entonces surgen los dolores en que se va hundiendo hasta la eternidad. Ulphias dijo que así como cuando tenemos hambre lo único que nos consuela es el pan y el cuerpo no descansa hasta obtenerlo, así sucede con el espíritu de un condenado: siente hambre de Dios, pero ese alimento le es negado. Y digo esto del hambre para que no crean que mi discurso es el de un lunático aquejado por la bilis negra. Hablé de un árbol y hablé del hambre. Sucede que aquella mañana de mayo sentí deseos de comer manzanas y fui a la vera del río a buscarlas. Los primeros calores del año se sumaban a los rigores del taller. Atravesé el poblado y el mundo me pareció igual que siempre. A lo lejos se veía la muralla vieja; cerca del mercado me extasié frente a las tinajas con aceitunas; evité la calle de la judería… El mundo esa noche había conservado sus formas merced a la gracia divina.

Llegué al río: ya a lo lejos se percibía su frescura. Hubiera querido darme un chapuzón, pero había prometido regresar cuanto antes. Los campos de labranza se extendían siempre un poco más allá. Sabía que todo eso no me estaba concedido: están los que nacen para la guerra; están los que nacen para la oración como el fraile Ulphias; están los que nacen para trazar junto a los bueyes líneas rectas en los sembradíos. Y luego están los que pasan su tiempo en la fragua, como fue la vida de mi abuelo y la de mi padre. Pero el Señor (ya ven cuán lejos me hallo de la blasfemia) ha urdido ese plan para que todo funcione eterna y circularmente. Nosotros hacemos las armas y los arados; los caballeros de la sagrada orden nos defienden de la herejía que viene del Este, el campesinado alimenta al burgo y los dominicos se encargan de orar para que cuando sea el momento del juicio todos vayamos a la Jerusalén celeste. Así fue y así será.

Trepé al pomar porque las manzanas más sabrosas siempre están en lo alto. Entonces la vi, tal como Adán tuvo que haber visto a la serpiente o a Lilith. ¿Cómo sé quién es Lilith? Me lo ha contado hace años un viajero. Me dijo que antes de Eva hubo otra mujer, pero que el Señor la ocultó porque era más bella y peligrosa que cualquiera de sus creaciones. Si esto es un error, me rectifico ya mismo: soy hombre de fe y quiero permanecer en la fe sin ninguna mancha. ¿A quién vi entonces? A Marget, la campesina. La hija de los Nachtat. Sí, era ella. Cien veces podrá preguntármelo y cien veces diré que era ella quien nadaba en la corriente y reía en el agua desnuda. No recuerdo haber visto a nadie, pero ella hablaba o cantaba. A veces cantaba y después su voz se convertía en un susurro. No, ella no se dio cuenta de que yo la observaba. Yo era muy buen trepador, casi una ardilla, y más en esos días, cuando todavía me acompañaba la plenitud de las fuerzas. Desde entonces ella se me presenta: cada tanto la veo venir en mis sueños. Ella vuelve, tal como la encontré aquella mañana, en su primera desnudez. Quise cortar una manzana pero mi mano temblorosa la dejó caer. Así fue como ella me vio. Pensé que iba a escapar como el ciervo que oye una pisada sospechosa. Sus ojos me encontraron y sonrió como cuando su familia y la mía se cruzaban los domingos frente a la puerta de la Iglesia: una sonrisa ligera, pero sus ojos dieron de lleno en mi cara y entonces me sonrojé y el mundo se diluyó en una especie de agua y barro primitivos. Salió del agua para tomar la manzana que mi torpeza (o mi ignorancia) había dejado caer.  Su cuerpo desnudo estaba sobre el pasto, aunque a primera vista no llegaba a tocar la tierra. No puedo decir que estuviera flotando plenamente; lo cierto es que sus pies parecían hechos de otra sustancia. Tomó el fruto y luego lo comió en la orilla. Sus ojos miraban a un punto indefinido del río, donde hay contracorriente y el agua traza dibujos caprichosos, espirales concéntricas que nunca se resuelven y que estarán así, yendo y viniendo hasta el fin de los tiempos.

Yo volví al taller del padre con la cesta vacía. Me dio un bofetón por perder inútilmente el tiempo. Sin embargo, apenas lo sentí: ese día las sensaciones del mundo permanecieron lejanas. En mi mente tenía el paisaje del río. Era el dueño de un secreto que excedía mis capacidades de comprensión. Ni cien golpes de mi padre me habrían acomodado la cabeza aquel día. Y eso que tenía la mano pesada. Mano de herrero, como aún le dicen. 

Sé que ustedes tienen que limpiar la aldea de herejías y maleficios. Es una grave responsabilidad la que el Señor les ha encomendado. Yo sólo soy un espíritu ignorante que no ve más allá del fuego y el hierro. Por eso, cuando hablo, le temo al error. En los libros está la verdad y ya dije que no sé la forma de las letras; no entiendo de qué modo ustedes ven una serie de trazos y aseguran que allí hay tal o cual palabra. Grande es vuestra ciencia, que tan profundamente llega a intuir las cosas del cielo y el infierno.

Marget volvió a mis ojos muchas veces. De noche, como siempre, la encontraba en ese mundo que habita del otro lado de los ojos. He pecado: admito que yo deseaba que ella volviera. Porque ese primer día yo escapé y sentí que la imagen había quedado trunca. No alcancé a ver qué sucedió cuando ella terminó de morder el fruto. Desde entonces sentí la necesidad de dibujar la imagen que perdí. Por eso, cuando ustedes entraron en el taller que heredé de mi familia, encontraron en las paredes una y otra vez las mismas líneas. Soy yo el que las dibuja a veces plenamente despierto, pero también me ha sucedido que al despertar he encontrado dibujos que no recuerdo haber trazado, como si el carbón hubiera cobrado vida propia e hiciera un matrimonio de líneas escandalosas con la pared. Así es, señor, debo confesar que es por eso que ustedes veían que cada tanto yo blanqueaba las paredes. Por un lado, quería tapar aquellas vergüenzas, aunque también admito que la blancura me permitía otra vez reiniciar el mundo de aquel día, cuando tenía doce años. Y no sé si es mi mano o la de un íncubo o la de Marget la que ha trazado tantas veces lo mismo; no sé quién dibuja ni por qué han aparecido esos trazos finales que ustedes han visto, los que me escandalizan también a mí, porque lo que Dios ha cubierto desde el Génesis debe permanecer cubierto y obra impúdica es mostrarlo, de modo que sé que lo que hay en el taller no debe ser visto por ojo alguno que no esté preparado, tal como lo están vuestros ojos, forjados en la gracia para que nada los pueda torcer del recto juicio.

Sí, señor; el árbol en el que habéis colgado a Marget tiempo atrás por su matrimonio con el príncipe de lo oscuro es el mismo manzano que inició mi derrumbe. Habéis elegido correctamente, lo que demuestra vuestro poder infinito al estar revestido de la única fe.

De nuevo estamos haciendo el mismo camino que hace años, cuando casi era un niño y vi lo que no debía. Ahí está el árbol, por fin, el árbol que he dibujado miles de veces. Sólo espero que la rama que elijáis para mi cuello sea la misma que recibió a la joven, para que al fin pueda fusionarme en mi propio dibujo y mi alma conozca un atisbo del paraíso antes de hundirme irremediablemente en las tinieblas y en la fragua de los condenados.

Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

DE CENIZA Y HUESO

Mike Jansen

 

Mis nietos me consideran demente. Mis hijos creen que merezco mis recuerdos. Mis bisnietos –tengo unos pocos– probablemente ni siquiera sepan que existo. Es curioso cómo pienso en mi progenie, ahora que estoy de pie en la atmósfera venenosa de la Tierra, caminando por las calles en ruinas de mi viejo Ámsterdam.

El disco de radiación en mi antebrazo derecho muestra algunas manchas grises, aunque ni de lejos son suficientes para indicar una ruptura de mi exoesqueleto. Puede que sea viejo, pero no he terminado de vivir. Además, hoy llovió más temprano, y eso arrastra la mayoría de las partículas radiactivas en suspensión hacia el suelo.

El casco es nuevo y permite visión de trescientos sesenta grados. Muy distinto a las nueve veces anteriores en que regresé a la Tierra. Aquellos cascos eran funcionales, nada agradables a la vista y, desde luego, incómodos de llevar.

Las visitas anteriores estuvieron mucho más concurridas: la memoria de la Tierra seguía fresca en la mente de la mayoría, y la gente –los exiliados– era mucho más joven. Tecnológicamente hemos avanzado de manera significativa, pero no todo puede resolverse y los accidentes ocurren, especialmente en el espacio exterior. Cada vez que un módulo de descenso me llevaba abajo, menos de mis compañeros se unían a mí. Cada vez, la Tierra bajo nosotros parecía más lúgubre, más muerta.

Como siempre, visito la plaza Dam. Cuando aún era posible vivir en la Tierra, los supervivientes de plagas, contaminación y guerra se reunían allí. La ciudad se había librado del fuego nuclear, aunque la mayor parte de Europa occidental no era más que un montón de escombros radiactivos humeantes. Después, los vapores nocivos de gases tóxicos y los ataques biológicos asfixiaron los últimos restos de vida.

Oh, sí, por entonces teníamos una plataforma espacial, suficiente para unos cientos de miles de personas. Fue su, nuestra, salvación. Helicópteros nos llevaban a una plataforma de lanzamiento; nos hacían pasar por túneles de descontaminación y nos amarraban en los muchos asientos de la nave como si fuéramos ganado. La gente todavía sufría claustrofobia en esa época. Hoy es lo contrario. Estamos acostumbrados a cuartos pequeños y viciados. Los corredores amplios y los espacios abiertos asustan a las generaciones jóvenes.

Hay huesos blanqueados por todas partes, esparcidos por la plaza: víctimas de bestias carroñeras que heredaron de nosotros este planeta muerto; las ratas, los insectos, las bacterias y los virus. Hasta que ellos también sucumbieron a la atmósfera envenenada y corrompida.

La valla publicitaria en el último tramo recto del muro del palacio mostraba, en otro tiempo, un destino vacacional popular: una mujer hermosa, riendo, y un texto que proclamaba: Marte, el lugar donde hay que estar. La realidad era diferente, y las primeras plantas capaces de sobrevivir a la tenue atmósfera marciana solo se desarrollaron durante la última década. A medida que el planeta se volvió más habitable, la valla se deterioró con cada una de mis visitas, como un Dorian Gray moderno.

El monumento está roto en varios pedazos, víctima de sucesivas oleadas de invasores que destruyeron todo a su paso. Nueve rosas blancas de plástico, con tallos verdes, descansan ante el pedestal: fragmentos de belleza eterna en esta tierra de los muertos. De mi mochila saco la rosa número diez, un recuerdo de Julia, que murió en los días previos a la evacuación, durante el parto –demasiado prematuro– de nuestro hijo.

Mirándolo hacia atrás, con frialdad, Julia fue un callejón evolutivo sin salida. Sus caderas eran demasiado estrechas después de cuatro generaciones de cesáreas. Uso eso como racionalización para aceptar mejor que no estábamos destinados a ser, como un escudo para mantener el dolor a raya o, al menos, disminuirlo. Mi segunda esposa, Hera, me dio media docena de hijos, pero el recuerdo de Julia permaneció.

Mientras coloco la rosa número diez junto a las otras nueve, noto una muñeca pequeña hecha con pedazos de basura. Si hubiera llevado mi otro casco, mi ángulo de visión habría sido demasiado estrecho; ahora puedo verla con claridad. ¿No la vi en visitas anteriores, o es nueva? La muñeca no tiene forma humana, pero es evidente que alguien la creó. Mi exoesqueleto levanta mi cuerpo atrofiado por la baja gravedad, y observo mi entorno con ojos cambiados.

A primera vista, una pila de huesos parece caótica, hasta que determino que está hecha con fémures de más de cien humanos. Eso ya no es coincidencia. La pregunta que exige respuesta es: ¿desde cuándo está esto aquí? No existen archivos fotográficos de este lugar, a diferencia de los archivos que creamos hoy. Aparentemente nadie cree que nuestro mundo madre sea lo bastante interesante como para observarlo, sabiendo que la superficie del planeta es completamente inhabitable, incluso hostil.

Deambulo por la plaza; miro debajo y dentro de un viejo tranvía acribillado a balazos, del cual las partes metálicas se han oxidado hace tiempo, dejando solo el interior de plástico. Una vez viajé en un tranvía como este, quizá en este mismo, la primera vez que llevé a Julia al cine, justo antes de las guerras. Los estados se volvieron unos contra otros a medida que los recursos menguaban y el crecimiento de la población se hacía exponencial. Esas fronteras ya no existen; la humanidad tiene el espacio exterior solo para sí. Un poco solitario, tal vez, sin todas las criaturas con las que compartíamos el planeta, pero al parecer ese fue el precio que tuvimos que pagar.

De tranvías antiguos a horarios de vuelos interplanetarios. Mi vejez me da perspectiva, pero también trae consigo una inclinación a la melancolía y a los recuerdos, y un deseo –o incluso un impulso, aunque esté fuera de lugar– de glorificar los viejos tiempos. Sé perfectamente que se nos ha dado una segunda oportunidad, una posibilidad de escapar de las ataduras de nuestra prisión terrenal.

Mi mente correlaciona cada vez más señales. Un agujero en el suelo que parece haber sido cavado recientemente. Detrás de un muro viejo, los restos de una fogata: trozos de madera chamuscada, plástico y más huesos; no antiguos, recientes. Sobre el grafiti desvaído de un pedazo de pared, se han dibujado marcas color óxido, formas regulares. Sospecho que significan algo, pero para mí es demasiado ajeno.

Los cazanoticias darían buen crédito por una historia tan sensacional. Puedo imaginar perfectamente unas lindas vacaciones largas bajo las cúpulas de Marte, quizá con una mujer hermosa a mi lado, como la de la valla publicitaria, aunque su cabeza y su cuerpo cuelgan vencidos por el viento y el clima. En mi memoria, ella es como siempre fue, y noto que hace que afloren recuerdos de mi Julia. Las dos mujeres parecen haberse enlazado en mi mente.

La tentación se desvanece tan rápido como llegó. Julia ya no está. Mi segunda esposa aún vive, físicamente, pero mentalmente ya no está con nosotros y ya no me reconoce a mí ni a los niños. Todavía queda tanto por aprender sobre la mente humana... Hay personas que la cuidan y la sostienen. Lo único que puedo esperar es que nuestra población humana, en constante expansión, produzca algún día el talento que descubra una cura que le devuelva la mente.

Ya sea por mi cerebro de mono o por un efecto de este traje moderno que llevo, que ofrece una experiencia exterior más realista, en cierto momento siento que me observan. En las estaciones espaciales del siglo pasado, justo después de la evacuación, no había un solo instante en que uno pudiera estar a solas, y todo lo que hacías era observado por alguien. Desarrollabas sentidos extra, y es ese sentido el que me dice que ahí afuera hay algo, mirándome.

Miro alrededor. Deliberadamente apago la cámara y borro las grabaciones desde el momento en que coloqué mi rosa en el monumento. Sea lo que sea que esté por ver, no hace falta interferencia externa. Tengo un motivo, otra de mis racionalizaciones, aunque todavía no tengo una prueba definitiva de que nuestro hogar muerto albergue algo vivo. Porque ya no es “nuestro” mundo hogar. “Nosotros” lo abandonamos y lo dimos por muerto.

Mi mente se agita con las implicaciones. Si la vida persiste aquí abajo, es el tipo de vida que supera cualquier revés y cualquier circunstancia. Acelero el paso y reviso detrás de muros, pilas de escombros y dentro de agujeros oscuros, incluso bajo losas de hormigón que se ven peligrosamente inestables. La sensación se intensifica, y veo una sombra moverse en la débil luz del sol de la tarde. Levanto la vista. Encima de mí hay una antigua habitación de hotel, expuesta a la intemperie; el sol detrás de ella es apenas visible a través de una niebla densa y de la capa de nubes.

Busco y trepo hasta quedar dentro de la habitación, pero no hay nadie. La sensación de que me observan ha desaparecido. Me siento decepcionado, hasta que noto unas pequeñas huellas en el polvo espeso del suelo. Huellas diminutas, parecidas a las humanas. Sigo el rastro hasta llegar a los restos de un colchón de algodón de un siglo de antigüedad y veo algo verde allí.

Cuatro hojas se han desplegado y la planta, distinta a cualquier cosa que haya visto, tiene más brotes. Me arrodillo y toco las hojas con mi mano enguantada. Han apisonado tierra negra alrededor de las raíces, casi como si la persona que estuvo aquí hace un momento intentara estimular su crecimiento con amor y atención. Otra vez me tienta, otra vez reprimo la euforia, y otra vez prevalece mi lado racional.

Mi décima caminata de regreso hacia el módulo de descenso, atravesando el Ámsterdam en ruinas, es diferente de todas las otras veces. Antes, yo dejaba el osario en el que se había convertido Ámsterdam; ahora dejo un vivero. Necesita descanso. Y así comprendo, con total claridad, que esta es la última vez que he estado cerca de Julia, o del recuerdo de mi amor. Por un lado me entristece, pero también hay felicidad: hoy he visto que la vida continúa, sin importar la forma que adopte.

Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

 

PECADOS INFANTILES