Mike Jansen
Mis nietos me
consideran demente. Mis hijos creen que merezco mis recuerdos. Mis bisnietos –tengo
unos pocos– probablemente ni siquiera sepan que existo. Es curioso cómo pienso
en mi progenie, ahora que estoy de pie en la atmósfera venenosa de la Tierra,
caminando por las calles en ruinas de mi viejo Ámsterdam.
El disco de radiación en mi
antebrazo derecho muestra algunas manchas grises, aunque ni de lejos son
suficientes para indicar una ruptura de mi exoesqueleto. Puede que sea viejo,
pero no he terminado de vivir. Además, hoy llovió más temprano, y eso arrastra
la mayoría de las partículas radiactivas en suspensión hacia el suelo.
El casco es nuevo y permite visión
de trescientos sesenta grados. Muy distinto a las nueve veces anteriores en que
regresé a la Tierra. Aquellos cascos eran funcionales, nada agradables a la
vista y, desde luego, incómodos de llevar.
Las visitas anteriores estuvieron
mucho más concurridas: la memoria de la Tierra seguía fresca en la mente de la
mayoría, y la gente –los exiliados– era mucho más joven. Tecnológicamente hemos
avanzado de manera significativa, pero no todo puede resolverse y los
accidentes ocurren, especialmente en el espacio exterior. Cada vez que un
módulo de descenso me llevaba abajo, menos de mis compañeros se unían a mí.
Cada vez, la Tierra bajo nosotros parecía más lúgubre, más muerta.
Como siempre, visito la plaza Dam.
Cuando aún era posible vivir en la Tierra, los supervivientes de plagas,
contaminación y guerra se reunían allí. La ciudad se había librado del fuego
nuclear, aunque la mayor parte de Europa occidental no era más que un montón de
escombros radiactivos humeantes. Después, los vapores nocivos de gases tóxicos
y los ataques biológicos asfixiaron los últimos restos de vida.
Oh, sí, por entonces teníamos una
plataforma espacial, suficiente para unos cientos de miles de personas. Fue su,
nuestra, salvación. Helicópteros nos llevaban a una plataforma de lanzamiento;
nos hacían pasar por túneles de descontaminación y nos amarraban en los muchos
asientos de la nave como si fuéramos ganado. La gente todavía sufría
claustrofobia en esa época. Hoy es lo contrario. Estamos acostumbrados a
cuartos pequeños y viciados. Los corredores amplios y los espacios abiertos
asustan a las generaciones jóvenes.
Hay huesos blanqueados por todas
partes, esparcidos por la plaza: víctimas de bestias carroñeras que heredaron
de nosotros este planeta muerto; las ratas, los insectos, las bacterias y los
virus. Hasta que ellos también sucumbieron a la atmósfera envenenada y
corrompida.
La valla publicitaria en el último
tramo recto del muro del palacio mostraba, en otro tiempo, un destino
vacacional popular: una mujer hermosa, riendo, y un texto que proclamaba:
Marte, el lugar donde hay que estar. La realidad era diferente, y las primeras
plantas capaces de sobrevivir a la tenue atmósfera marciana solo se
desarrollaron durante la última década. A medida que el planeta se volvió más
habitable, la valla se deterioró con cada una de mis visitas, como un Dorian
Gray moderno.
El monumento está roto en varios
pedazos, víctima de sucesivas oleadas de invasores que destruyeron todo a su
paso. Nueve rosas blancas de plástico, con tallos verdes, descansan ante el
pedestal: fragmentos de belleza eterna en esta tierra de los muertos. De mi
mochila saco la rosa número diez, un recuerdo de Julia, que murió en los días
previos a la evacuación, durante el parto –demasiado prematuro– de nuestro
hijo.
Mirándolo hacia atrás, con
frialdad, Julia fue un callejón evolutivo sin salida. Sus caderas eran
demasiado estrechas después de cuatro generaciones de cesáreas. Uso eso como
racionalización para aceptar mejor que no estábamos destinados a ser, como un escudo
para mantener el dolor a raya o, al menos, disminuirlo. Mi segunda esposa,
Hera, me dio media docena de hijos, pero el recuerdo de Julia permaneció.
Mientras coloco la rosa número diez
junto a las otras nueve, noto una muñeca pequeña hecha con pedazos de basura.
Si hubiera llevado mi otro casco, mi ángulo de visión habría sido demasiado
estrecho; ahora puedo verla con claridad. ¿No la vi en visitas anteriores, o es
nueva? La muñeca no tiene forma humana, pero es evidente que alguien la creó.
Mi exoesqueleto levanta mi cuerpo atrofiado por la baja gravedad, y observo mi
entorno con ojos cambiados.
A primera vista, una pila de huesos
parece caótica, hasta que determino que está hecha con fémures de más de cien
humanos. Eso ya no es coincidencia. La pregunta que exige respuesta es: ¿desde
cuándo está esto aquí? No existen archivos fotográficos de este lugar, a
diferencia de los archivos que creamos hoy. Aparentemente nadie cree que
nuestro mundo madre sea lo bastante interesante como para observarlo, sabiendo
que la superficie del planeta es completamente inhabitable, incluso hostil.
Deambulo por la plaza; miro debajo
y dentro de un viejo tranvía acribillado a balazos, del cual las partes
metálicas se han oxidado hace tiempo, dejando solo el interior de plástico. Una
vez viajé en un tranvía como este, quizá en este mismo, la primera vez que
llevé a Julia al cine, justo antes de las guerras. Los estados se volvieron
unos contra otros a medida que los recursos menguaban y el crecimiento de la
población se hacía exponencial. Esas fronteras ya no existen; la humanidad
tiene el espacio exterior solo para sí. Un poco solitario, tal vez, sin todas
las criaturas con las que compartíamos el planeta, pero al parecer ese fue el
precio que tuvimos que pagar.
De tranvías antiguos a horarios de
vuelos interplanetarios. Mi vejez me da perspectiva, pero también trae consigo
una inclinación a la melancolía y a los recuerdos, y un deseo –o incluso un
impulso, aunque esté fuera de lugar– de glorificar los viejos tiempos. Sé
perfectamente que se nos ha dado una segunda oportunidad, una posibilidad de
escapar de las ataduras de nuestra prisión terrenal.
Mi mente correlaciona cada vez más
señales. Un agujero en el suelo que parece haber sido cavado recientemente.
Detrás de un muro viejo, los restos de una fogata: trozos de madera chamuscada,
plástico y más huesos; no antiguos, recientes. Sobre el grafiti desvaído de un
pedazo de pared, se han dibujado marcas color óxido, formas regulares. Sospecho
que significan algo, pero para mí es demasiado ajeno.
Los cazanoticias darían buen
crédito por una historia tan sensacional. Puedo imaginar perfectamente unas
lindas vacaciones largas bajo las cúpulas de Marte, quizá con una mujer hermosa
a mi lado, como la de la valla publicitaria, aunque su cabeza y su cuerpo
cuelgan vencidos por el viento y el clima. En mi memoria, ella es como siempre
fue, y noto que hace que afloren recuerdos de mi Julia. Las dos mujeres parecen
haberse enlazado en mi mente.
La tentación se desvanece tan
rápido como llegó. Julia ya no está. Mi segunda esposa aún vive, físicamente,
pero mentalmente ya no está con nosotros y ya no me reconoce a mí ni a los
niños. Todavía queda tanto por aprender sobre la mente humana... Hay personas
que la cuidan y la sostienen. Lo único que puedo esperar es que nuestra
población humana, en constante expansión, produzca algún día el talento que
descubra una cura que le devuelva la mente.
Ya sea por mi cerebro de mono o por
un efecto de este traje moderno que llevo, que ofrece una experiencia exterior
más realista, en cierto momento siento que me observan. En las estaciones
espaciales del siglo pasado, justo después de la evacuación, no había un solo
instante en que uno pudiera estar a solas, y todo lo que hacías era observado
por alguien. Desarrollabas sentidos extra, y es ese sentido el que me dice que
ahí afuera hay algo, mirándome.
Miro alrededor. Deliberadamente
apago la cámara y borro las grabaciones desde el momento en que coloqué mi rosa
en el monumento. Sea lo que sea que esté por ver, no hace falta interferencia
externa. Tengo un motivo, otra de mis racionalizaciones, aunque todavía no
tengo una prueba definitiva de que nuestro hogar muerto albergue algo vivo.
Porque ya no es “nuestro” mundo hogar. “Nosotros” lo abandonamos y lo dimos por
muerto.
Mi mente se agita con las
implicaciones. Si la vida persiste aquí abajo, es el tipo de vida que supera
cualquier revés y cualquier circunstancia. Acelero el paso y reviso detrás de
muros, pilas de escombros y dentro de agujeros oscuros, incluso bajo losas de
hormigón que se ven peligrosamente inestables. La sensación se intensifica, y veo
una sombra moverse en la débil luz del sol de la tarde. Levanto la vista.
Encima de mí hay una antigua habitación de hotel, expuesta a la intemperie; el
sol detrás de ella es apenas visible a través de una niebla densa y de la capa
de nubes.
Busco y trepo hasta quedar dentro de
la habitación, pero no hay nadie. La sensación de que me observan ha
desaparecido. Me siento decepcionado, hasta que noto unas pequeñas huellas en
el polvo espeso del suelo. Huellas diminutas, parecidas a las humanas. Sigo el
rastro hasta llegar a los restos de un colchón de algodón de un siglo de
antigüedad y veo algo verde allí.
Cuatro hojas se han desplegado y la
planta, distinta a cualquier cosa que haya visto, tiene más brotes. Me
arrodillo y toco las hojas con mi mano enguantada. Han apisonado tierra negra
alrededor de las raíces, casi como si la persona que estuvo aquí hace un
momento intentara estimular su crecimiento con amor y atención. Otra vez me
tienta, otra vez reprimo la euforia, y otra vez prevalece mi lado racional.
Mi décima caminata de regreso hacia
el módulo de descenso, atravesando el Ámsterdam en ruinas, es diferente de
todas las otras veces. Antes, yo dejaba el osario en el que se había convertido
Ámsterdam; ahora dejo un vivero. Necesita descanso. Y así comprendo, con total
claridad, que esta es la última vez que he estado cerca de Julia, o del
recuerdo de mi amor. Por un lado me entristece, pero también hay felicidad: hoy
he visto que la vida continúa, sin importar la forma que adopte.
Mike Jansen escribe y publica relatos de SF/F/H desde 1991. Ganador de los premios King Kong 1992, Fantastels 2012, Literary Prize of Baarn, Godijn F/SF award 2020 y Mossy Statue lifetime award 2021. Organizador del Premio EdgeZero, editor de las antologías "En el pólder" de EdgeZero. Autor de varias novelas y antologías. Su sitio es: http://www.meznir.info.

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