Cristian Mitelman
La
historia comienza con un árbol. Hace muchos años fui a buscar manzanas al río.
Tenía doce años: ya había comenzado a ayudar a mi padre en la herrería. El
taller estaba detrás de la casa. Era profundo y caluroso como las fosas
infernales.
Al poco tiempo me acostumbré al hierro fundido; me
acostumbré a que los metales se convirtieran en un líquido cuya escoria siempre
quedaba adherida en la intimidad de la fragua. No conozco nada de teología. Soy
analfabeto. Sin embargo, sé que el infierno tiene que ser algo parecido al
viejo taller de mi padre. La inmundicia es más pesada y se deposita abajo, en
medio del tormento de las almas para siempre fundidas en la perdición. Digo
esto para que vean que los sermones del dominico Ulphias han sabido horadar mi
alma. Sus palabras tenían un efecto oscuro cada vez que lo escuchaba en el
oficio del domingo, antes de que saliera el sol. Iba con mi madre, mi única
hermana y mi padre.
El fraile daba el oficio en latín, pero en el momento de la
homilía usaba nuestra lengua. Por eso aprendí qué es la salvación y qué espera
a los réprobos. Si todo hubiera sido en latín, es probable que mi vida hubiese
ido por otros cursos. Lo que no se entiende no puede provocarnos nada, al igual
que lo que no es tocado por el fuego no se funde nunca. Aprendí, pues, que la
eterna lejanía de lo divino es lo que nos espera después del juicio y que el
alma, en ese trance, desea ver a Dios, pero le es imposible y entonces surgen
los dolores en que se va hundiendo hasta la eternidad. Ulphias dijo que así
como cuando tenemos hambre lo único que nos consuela es el pan y el cuerpo no
descansa hasta obtenerlo, así sucede con el espíritu de un condenado: siente
hambre de Dios, pero ese alimento le es negado. Y digo esto del hambre para que
no crean que mi discurso es el de un lunático aquejado por la bilis negra.
Hablé de un árbol y hablé del hambre. Sucede que aquella mañana de mayo sentí
deseos de comer manzanas y fui a la vera del río a buscarlas. Los primeros
calores del año se sumaban a los rigores del taller. Atravesé el poblado y el
mundo me pareció igual que siempre. A lo lejos se veía la muralla vieja; cerca
del mercado me extasié frente a las tinajas con aceitunas; evité la calle de la
judería… El mundo esa noche había conservado sus formas merced a la gracia
divina.
Llegué al río: ya a lo lejos se percibía su frescura.
Hubiera querido darme un chapuzón, pero había prometido regresar cuanto antes.
Los campos de labranza se extendían siempre un poco más allá. Sabía que todo
eso no me estaba concedido: están los que nacen para la guerra; están los que
nacen para la oración como el fraile Ulphias; están los que nacen para trazar
junto a los bueyes líneas rectas en los sembradíos. Y luego están los que pasan
su tiempo en la fragua, como fue la vida de mi abuelo y la de mi padre. Pero el
Señor (ya ven cuán lejos me hallo de la blasfemia) ha urdido ese plan para que
todo funcione eterna y circularmente. Nosotros hacemos las armas y los arados;
los caballeros de la sagrada orden nos defienden de la herejía que viene del
Este, el campesinado alimenta al burgo y los dominicos se encargan de orar para
que cuando sea el momento del juicio todos vayamos a la Jerusalén celeste. Así
fue y así será.
Trepé al pomar porque las manzanas más sabrosas siempre
están en lo alto. Entonces la vi, tal como Adán tuvo que haber visto a la
serpiente o a Lilith. ¿Cómo sé quién es Lilith? Me lo ha contado hace años un
viajero. Me dijo que antes de Eva hubo otra mujer, pero que el Señor la ocultó
porque era más bella y peligrosa que cualquiera de sus creaciones. Si esto es
un error, me rectifico ya mismo: soy hombre de fe y quiero permanecer en la fe
sin ninguna mancha. ¿A quién vi entonces? A Marget, la campesina. La hija de
los Nachtat. Sí, era ella. Cien veces podrá preguntármelo y cien veces diré que
era ella quien nadaba en la corriente y reía en el agua desnuda. No recuerdo
haber visto a nadie, pero ella hablaba o cantaba. A veces cantaba y después su
voz se convertía en un susurro. No, ella no se dio cuenta de que yo la
observaba. Yo era muy buen trepador, casi una ardilla, y más en esos días,
cuando todavía me acompañaba la plenitud de las fuerzas. Desde entonces ella se
me presenta: cada tanto la veo venir en mis sueños. Ella vuelve, tal como la
encontré aquella mañana, en su primera desnudez. Quise cortar una manzana pero
mi mano temblorosa la dejó caer. Así fue como ella me vio. Pensé que iba a
escapar como el ciervo que oye una pisada sospechosa. Sus ojos me encontraron y
sonrió como cuando su familia y la mía se cruzaban los domingos frente a la
puerta de la Iglesia: una sonrisa ligera, pero sus ojos dieron de lleno en mi
cara y entonces me sonrojé y el mundo se diluyó en una especie de agua y barro
primitivos. Salió del agua para tomar la manzana que mi torpeza (o mi
ignorancia) había dejado caer. Su cuerpo
desnudo estaba sobre el pasto, aunque a primera vista no llegaba a tocar la
tierra. No puedo decir que estuviera flotando plenamente; lo cierto es que sus
pies parecían hechos de otra sustancia. Tomó el fruto y luego lo comió en la
orilla. Sus ojos miraban a un punto indefinido del río, donde hay
contracorriente y el agua traza dibujos caprichosos, espirales concéntricas que
nunca se resuelven y que estarán así, yendo y viniendo hasta el fin de los
tiempos.
Yo volví al taller del padre con la cesta vacía. Me dio un
bofetón por perder inútilmente el tiempo. Sin embargo, apenas lo sentí: ese día
las sensaciones del mundo permanecieron lejanas. En mi mente tenía el paisaje
del río. Era el dueño de un secreto que excedía mis capacidades de comprensión.
Ni cien golpes de mi padre me habrían acomodado la cabeza aquel día. Y eso que
tenía la mano pesada. Mano de herrero, como aún le dicen.
Sé que ustedes tienen que limpiar la aldea de herejías y
maleficios. Es una grave responsabilidad la que el Señor les ha encomendado. Yo
sólo soy un espíritu ignorante que no ve más allá del fuego y el hierro. Por
eso, cuando hablo, le temo al error. En los libros está la verdad y ya dije que
no sé la forma de las letras; no entiendo de qué modo ustedes ven una serie de
trazos y aseguran que allí hay tal o cual palabra. Grande es vuestra ciencia,
que tan profundamente llega a intuir las cosas del cielo y el infierno.
Marget volvió a mis ojos muchas veces. De noche, como
siempre, la encontraba en ese mundo que habita del otro lado de los ojos. He
pecado: admito que yo deseaba que ella volviera. Porque ese primer día yo
escapé y sentí que la imagen había quedado trunca. No alcancé a ver qué sucedió
cuando ella terminó de morder el fruto. Desde entonces sentí la necesidad de
dibujar la imagen que perdí. Por eso, cuando ustedes entraron en el taller que
heredé de mi familia, encontraron en las paredes una y otra vez las mismas
líneas. Soy yo el que las dibuja a veces plenamente despierto, pero también me
ha sucedido que al despertar he encontrado dibujos que no recuerdo haber
trazado, como si el carbón hubiera cobrado vida propia e hiciera un matrimonio
de líneas escandalosas con la pared. Así es, señor, debo confesar que es por
eso que ustedes veían que cada tanto yo blanqueaba las paredes. Por un lado,
quería tapar aquellas vergüenzas, aunque también admito que la blancura me
permitía otra vez reiniciar el mundo de aquel día, cuando tenía doce años. Y no
sé si es mi mano o la de un íncubo o la de Marget la que ha trazado tantas
veces lo mismo; no sé quién dibuja ni por qué han aparecido esos trazos finales
que ustedes han visto, los que me escandalizan también a mí, porque lo que Dios
ha cubierto desde el Génesis debe permanecer cubierto y obra impúdica es
mostrarlo, de modo que sé que lo que hay en el taller no debe ser visto por ojo
alguno que no esté preparado, tal como lo están vuestros ojos, forjados en la
gracia para que nada los pueda torcer del recto juicio.
Sí, señor; el árbol en el que habéis colgado a Marget
tiempo atrás por su matrimonio con el príncipe de lo oscuro es el mismo manzano
que inició mi derrumbe. Habéis elegido correctamente, lo que demuestra vuestro
poder infinito al estar revestido de la única fe.
De nuevo estamos haciendo el mismo camino que hace años, cuando casi era un niño y vi lo que no debía. Ahí está el árbol, por fin, el árbol que he dibujado miles de veces. Sólo espero que la rama que elijáis para mi cuello sea la misma que recibió a la joven, para que al fin pueda fusionarme en mi propio dibujo y mi alma conozca un atisbo del paraíso antes de hundirme irremediablemente en las tinieblas y en la fragua de los condenados.
Cristian MItelman prefiere hablar de sí mismo en primera persona. "Nací en el 71 en la ciudad de Buenos Aires. Estudié Letras Clásicas en la Universidad de Buenos Aires, pero el Griego y el Latín, como huellas en la orilla del mar, se han ido desdibujando. Me gusta la música barroca; me gusta el rock de los setenta; me gusta viajar con mi pareja (que no ha dejado de alentarme en todos estos años); me gusta acariciar a mis gatos. Supongo que, al estar en la solapa de un libro, debo hablar de literatura. Poco pero claro: venero la prosa de Borges y la Rulfo como las dos cumbres inaccesibles del idioma. Leí con gusto la lírica griega arcaica y soy un admirador de mucha gente que enriqueció y enriquece mi vida: Yourcenar, Virgilio, Platón (más allá de que no existan los Arquetipos). Admiro las novelas de Rivera y los cuentos de Abelardo Castillo y Fernando Sorrentino. Y los poetas, claro. Eclecticismo absoluto: los Goliardos; la humanidad de Yanis Ritsos, la poesía china, el haiku, la cadencia de Lorca, el nihilismo místico de Omar Khayyam. Las máquinas cabalísticas de Sergio Corinaldesi y los versos de Rogelio Pizzi me causan una serena emoción. Intento transmitir algo de todo eso en mis clases. Publiqué varios cuentos y poemas"... concluye con excesiva modestia.

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