sábado, 2 de mayo de 2026

BOCATO DI CARDINALE

 

Claudia Isabel Lonfat

 

Miro por TV un documental sobre criaturas marinas. Siempre les envidié que pudieran respirar con el agua entrándole por todos sus orificios. Yo me siento una criatura discapacitada; si me entran dos gotas de agua por la nariz, me ahogo, a tal punto que mis rinitis tienen el triste destino de curarse solas, o prolongarse de manera indefinida, al no poder introducir dos gotas en mis orificios nasales. Tampoco puedo conseguir abrir los ojos bajo el agua sin temor a quedarme ciego por el cloro, las algas, los bichos microscópicos o cualquier bacteria asesina durmiendo en las profundidades.

Un hombre investiga la vida anodina de los peces. No sé si es un biólogo o un aficionado. Observa esas diminutas formas y colores, sus peculiaridades, como danzan juntos y parecen un solo cuerpo creando una coreografía. Entre ellas asoma otra criatura, muy diferente al resto. Parece una deidad india por sus múltiples brazos; se encuentra cara a cara con un pulpo, un pulpo hembra, al que puede diferenciar por el tamaño de sus tentáculos.

Un mundo nuevo se abre ante sí, inesperado y procaz. El pulpo tiende sus trampas para cazar, se camufla con todo lo que su habitad le ofrece para sobrevivir en ese medio hermoso y hostil; conchas marinas, caparazones abandonados por sus viejos moradores, esqueletos y demás restos de otras formas de vida que puedan adherirse a sus tentáculos.
Hace una performance del camuflaje perfecto en forma de obra de arte; una verdadera maravilla que ningún artista podría imitar. Así se esconde de sus depredadores que a diario la merodean atraídos por su olor.

El hombre observa a cierta distancia, un día, una semana, un mes, hasta que se hace el milagro inesperado: ella conecta con él. Primero le arrima un tentáculo, estudia su morfología, su textura. Las sopapitas le succionan la piel como una caricia, así de leve.
Cada día repite la misma ceremonia. A veces ella lo ignora o él no la encuentra. Siente que lo está estudiando desde alguno de sus refugios. De pronto lo sorprende, arrebatándole el cuerpo en un extraño abrazo. Ahora es una diosa que le ofrece su confianza, entregándole todo: “Aquí estoy, este es mi cuerpo", le dice con su ritual.

Pero ese mundo que no es tan peligroso para él, sí puede serlo para ella. Tiembla cada vez que acecha el tiburón; que poco a poco va ganando terreno descifrando sus movimientos. Ella va mudando sus trincheras. Les muestra a las criaturas de su entorno, y al hombre, sus variadas estrategias para burlar al depredador, pero esta vez falla, se distrae jugando con los peces, danzando juntos la melodía del arrecife. Está lejos de su bunker entre las rocas.

El tiburón llega y comienza una carrera contra el tiempo. Cuando parece que la va a atrapar, algo mágico la salva; quizás el destino, los peces amigos, las rocas, los esqueletos o la arquitectura del fondo marino. Logra llegar al refugio; el tiburón también. Pero ella no consigue meter su cuerpo completo a tiempo y pierde uno de sus tentáculos. Por el momento el depredador se conforma, ante el estupor del hombre que ahora teme por su vida, aún así no deja de filmar hasta que le falta el aire y debe subir a la superficie. Siente que ella es su responsabilidad.

Dicen que cuando uno salva una vida, esa vida le pertenece para siempre. Comprueba que no es solo un cliché, y que para él comienza la vigilia. Sabe que ella puede sucumbir a una infección o que su vulnerabilidad la hará presa fácil. Por eso vuelve angustiado cada día, con el temor de no hallarla. Pero comprende que él no es una criatura marina, no puede cuidarla todo el tiempo. Solo le acerca el alimento que necesita y que ya no puede cazar, y espera confiado en que sabrá preservarse.

Piensa solo en ella. Le preocupa también su obsesión por verla; se duerme y se despierta con el mismo pensamiento. Comprende que todo es una locura. Es un molusco. Miles de personas los comen a diario sin culpa, simplemente los arrojan al agua hirviendo, y ya. Pero él sabe que no es un simple pulpo, que hay algo más en esa extraña forma de vida, más allá de sus tres corazones y nueve cerebros; uno en cada tentáculo. Lo puede sentir cuando sus ojos oscuros se clavan en los suyos. Sabe que jamás será el mismo, que algo en su interior cambió para siempre.

Los meses pasaron de sobresalto en sobresalto. El tentáculo que se llevó el tiburón creció de nuevo; como una flor arrancada, volvió a surgir con toda su belleza. Pero de pronto su actitud cambió, ella empezó a quedarse mucho tiempo en el bunker. Apenas salía para cazar, hasta que simplemente dejó de hacerlo. También rechazaba la comida que él le iba dejando. Se fue debilitando de a poco, pero igual se esforzó hasta desovar. Luego salió derrotada, moribunda, sin herramientas ni estrategias. Hasta los pequeños peces se llevaban pedazos de su cuerpo inerte.

De alguna manera ella le estaba diciendo “Hasta acá llegué”, entonces él comprendió que nada podía hacer contra su naturaleza. Tuvo el raro privilegio de ser testigo de su valentía y espectacular final. Ella ya lo había dado todo. Era un milagro, y ahora se entregaba a su destino, dejando que el tiburón la tomara entre sus fauces para ser finalmente su alimento.

No hay vidas insignificantes, hasta un cefalópodo lo entiende.


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

MAESTRO MEDUSA

Wilson Gorj

 

Escultor galardonado, aclamado en numerosos salones de arte, su nombre se había convertido en sinónimo de realismo humano. Sus esculturas eran asombrosas, tal era la precisión del detalle: las venas se marcaban bajo la superficie de la arcilla, los músculos parecían tensarse, las expresiones faciales poseían sutileza y veracidad, los gestos se suspendían en un instante eterno. Había algo vivo en sus obras, como si estuvieran animadas por un alma, por algo mágico.

En el ámbito cultural, cualquiera de sus piezas era considerada el reflejo de un talento fuera de lo común, la traducción de su genialidad. Decían que sus esculturas no imitaban la vida: la capturaban. Por eso le habían dado un apodo que él mismo empezó a firmar con orgullo: Maestro Medusa.

Pero algo comenzó a inquietarlo. Los elogios ya no eran suficientes. Siempre los mismos comentarios, las mismas comparaciones, la misma admiración predecible. ¿No había llegado el momento de atreverse a más? Quería explorar un nuevo territorio, como si su arte necesitara un nuevo sentido.

Por la noche, pasaba largas horas en su estudio, con las manos cubiertas de arcilla seca, observando bloques informes como si esperara una respuesta. Sentía que su arte, tan perfecto, comenzaba a ser demasiado limitado. ¿Acaso su perfeccionismo artístico no sería capaz de ir más allá del género humano?

No un dios, no un cuerpo idealizado, sino algo más bruto, instintivo. Una bestia salvaje, otra fuerza de la naturaleza.

Se propuso un desafío, que hizo público en cuanto comenzó su nuevo proyecto. En el plazo de un mes presentaría una escultura animal a la altura de su reputación. Nada de alegorías. Nada de belleza domesticada. Una obra que lo sorprendería incluso a él mismo.

El anuncio agitó el ambiente artístico. Los críticos especulaban, los admiradores aguardaban. Todos ansiaban la nueva obra maestra del Maestro Medusa.

Pero, con el paso de los días, el silencio creció, hasta que el plazo se cumplió y no se presentó nada.

Llegaron los rumores. Algunos decían que el escultor había fracasado. Otros sugerían que el miedo a la imperfección lo había hecho retroceder. Hubo, sin embargo, quienes se preocuparon de verdad. El Maestro Medusa no era solo un artista célebre, sino un ícono local, orgullo de la ciudad.

Un pequeño grupo decidió ir a su residencia, aislada al borde del bosque. La subida fue difícil, el camino irregular. Cuando finalmente llegaron, se dieron cuenta de inmediato de que algo había ocurrido.

Por más que llamaron, nadie salió a recibirlos. Al encontrar la puerta sin llave, entraron en la casa, donde percibieron señales claras de una presencia reciente: platos acumulados en el fregadero, la cama deshecha, una toalla aún húmeda en el suelo. En la sala, en un rincón de la pared, encontraron una pequeña estatuilla de arcilla aún húmeda, flanqueada por dos velas negras encendidas, cuyas llamas parpadeaban sin viento.

Tras revisar todas las habitaciones, se dirigieron al taller, construido a pocos metros de allí.

El lugar mostraba una escena de trabajo interrumpido. Herramientas sucias reposaban sobre la mesa, bolsas de plástico cubrían montones de arcilla esparcidos por el suelo. En el centro, una tarima vacía.

De todo lo que vieron, lo que más llamó la atención fue un rastro inquietante a lo largo del suelo de madera. Seguía una línea casi perfecta, partiendo de la tarima, atravesando la puerta y avanzando en dirección al bosque.

Dos colores se mezclaban en el suelo: marrón y rojo.

Al principio pensaron que se trataba de distintos tipos de arcilla. Pronto comprendieron el error. Allí había solo había una única clase de arcilla.

El rojo era sangre.

También se descubrió por qué el rastro resultaba tan regular. En realidad, eran huellas. Huellas de felino, de un gran felino.

Wilson Gorj es originario de Aparecida, São Paulo, Brasil. Es escritor y fundador de Litteralux, antes Penalux, en Guaratinguetá, en el interior de São Paulo, una editorial con más de mil ochocientas publicaciones, incluyendo libros de poesía, cuentos, crónicas y novelas. Ha colaborado con obras literarias en antologías, periódicos, revistas y sitios web. Vidas sem nome (2025) es su quinto libro publicado, después de Sem contos longos (2007), Prometo ser breve (2010), Histórias para ninar dragões (2012) y A experimenta fraco da carne (2023).

 

LA CASA DE GOOGOOSH

Yaseen Ghaleb


1

Se dice que la cantante Googoosh, que huyó del país, había vivido en esa casa.
Los periódicos de la época real en Teherán publicaron fotos de Googoosh y su hijo en esa misma casa antes de que abandonara Irán.

Se decía que la casa no podía encontrarse en ningún mapa, aunque estaba situada detrás del famoso bazar histórico de Teherán. La puerta no se abría salvo para aquellos que conocían la canción secreta que cambiaba cada día.

Nadie sabía quién construyó la casa. Se cuenta que un amante pasó una vez por allí y tarareó una melodía persa; al amanecer, la melodía se había convertido en una casa, mientras que el amante desapareció para siempre. Aun así, los transeúntes creían oír aquella canción.

Mehrnaz fue la primera en encontrar la casa. No llegó caminando, sino que una mañana despertó y se encontró dentro de su vestíbulo, con las manos sobre un piano viejo cubierto de musgo.

Fuera de las ventanas no había nada, solo una niebla verde, como si fueran los suspiros de cúpulas antiguas recubiertas de azulejos. Mehrnaz no hablaba mucho. Cada mañana limpiaba los ecos de las paredes de la casa y escribía las letras de las canciones que escuchaba en los sueños de otros.

 

2

Allí, Googoosh amó y cantó sus canciones más hermosas. Allí la libertad respiraba dentro de su propia jaula, cuando fue obligada a llevar velo según las leyes de la República Islámica y se le prohibió cantar.

Una noche, Nazanin llegó. Abrió la puerta: la habitación estaba completamente oscura, pero supo que había llegado al lugar correcto. En su bolsillo llevaba una cinta de Googoosh, cuyo nombre había sido borrado y reemplazado por la advertencia:
«Prohibido por la República Islámica».

Nazanin hablaba entrecortadamente:

«La escuché… no estaba cantando… ella… me llamaba…»

Cuando Nazanin cantó, la casa cambió de forma: se expandió, onduló y se abrieron nuevas puertas. Su canción convirtió el lugar en una máquina de sueños.

 

3

Las mujeres se reunían en un club llamado “La casa de Googoosh”. Aprendían a cantar en secreto o practicaban respirar libremente lejos de los ojos de los vigilantes del poder y de las agentes de la policía moral.

Pero Niloufar no llegó caminando; atravesó el muro volando, dejando huellas en el techo. No comía ni dormía. Cuando giraba sobre sí misma, enfriaba los corazones de las mujeres y luego volvía…

Se decía que había perdido la voz mientras cantaba para un alma que aún no había nacido.

 

4

Se reunían los viernes por la tarde, deslizándose como abejas evitando la mirada depredadora del poder, entrando como en una colmena para encontrarse con su reina: Googoosh.

Farah llegó por una grieta en la pared. Al principio era del tamaño de una hormiga y no podía cantar, pero creció con su respiración. Un día, introdujo la cabeza en un recipiente vacío y dijo:

«No soy una voz, soy un recipiente del vacío».

Por la noche cantó para los insectos que salían de la tierra, pero por la mañana había olvidado todo lo que había cantado.

 

5

Traían dulces: delicias de pistacho, zumo de granada con azafrán y miel, y otros dulces. Llegaban llenas de canciones y de una felicidad pasajera… y luego se iban.

Entonces llegó Maryam. Nadie recuerda cuándo ni cómo. Cada vez que Farah intentaba escribir su nombre en el cuaderno de voces, la tinta desaparecía.

Aunque nadie la veía, todos sabían que estaba allí: en el temblor de la luz, en el agua sobre las paredes, en la grieta del muro, en el espejo.

Quien escuchaba con atención oía un susurro:

«Soy Googoosh… o quizá no lo soy. Soy aquella que esperó la canción».

Una noche, la casa dejó de ser lo que era: el techo se transformó en un cielo bordado de notas musicales, el suelo se volvió transparente revelando recuerdos ajenos, y las puertas comenzaron a cantar por sí solas.

Niloufar dijo:

«Este era el último de los sueños. Vinimos aquí, pero nos olvidaron. Nos iremos… y nos convertiremos en canciones».

 

6

Un día, los informantes del gobierno encontraron la casa. Pero ya no había casa en aquel lugar: ni puertas ni ventanas, solo un aroma de música que aparecía y desaparecía.

Sin embargo, las mujeres que soñaban con la casa cerraban los ojos y oían la puerta abrirse, y una voz llamando:

«Venid, hermanas…»

La operación para capturarlas fue llevada a cabo: fueron arrastradas a una jaula llena de agua y azúcar, o tal vez sus cuerdas vocales fueron cortadas, o quizá torturadas… ¿quién sabe qué ocurrió con las mujeres del club “La casa de Googoosh”?


Yaseen Ghaleb nació en 1981 en Basora (Irak) y actualmente reside en Helsinki (Finlandia). Es licenciado en Literatura Inglesa por la Universidad de Basora. Trabaja como escritor y fotógrafo profesional, y es activo en la defensa de la libertad de expresión y la escritura literaria creativa, incluyendo novelas, poesía y ensayos. Dirige talleres literarios en inglés y árabe en Helsinki y ha escrito una obra de teatro, «Migratory Birds», para el Teatro Vuosaari de Helsinki en 2022 y una radionovela para la cadena nacional finlandesa Yle en 2024. Es miembro activo de PEN Finlandia y PEN Internacional, así como de la Unión de Escritores de Helsinki, la Asociación Finlandesa de Dramaturgos, la Sociedad Finlandesa de Escritores y Artistas de Izquierda, la Asociación Finlandesa de Nuevos Poetas, la Unión de Escritores y Escritores Iraquíes y la Organización de Fuerzas Juveniles de Finlandia. Entre sus publicaciones figuran «Trono de Bagdad» (poesía, 2021), «15+» (Novela,2020), así como «Almajida, yo era la mujer del Presidente» (2021). Este cuento fue elegido en Finlandia entre los cuentos más importantes sobre el tema de libertad de expresión (Finnish PEN’s A year of freedom of expression Project).

(2025)

Traducción: Abdul Hadi Sadoun


 

viernes, 1 de mayo de 2026

DESEOS FUERA DE TURNO

 Gergely Buglyó

 

—¿Recuerdas cuando te convertí en dragón? —preguntó el Corazón Oscuro—. Desde entonces ni siquiera me lo has agradecido. Dime, ¿por qué todo el mundo es tan ingrato? ¿Tan difícil es decir “gracias”, eh? —El dragón no respondió; se limitó a mirar fijamente la caja de jade que ocultaba el Corazón. No la abrió, ni tampoco dedicó una sola mirada a los demás tesoros, aunque estuvieran amontonados en su cueva—. Por cierto, no diría que tu deseo te haya ayudado mucho —continuó el Corazón—. Es cierto que como dragón resultas más imponente que como una salamandra enclenque, pero aun así…

—No me fastidies —lo interrumpió el dragón.

—¿Has pensado en pedir otro deseo? Sabes que no tienes por qué esperar tanto. ¡Podrías pedir uno ahora mismo, en este instante!

El dragón suspiró profundamente y apoyó una de sus cabezas sobre una armadura decorativa con incrustaciones de rubíes. Siempre lo mismo, pensó, mientras las placas de oro cedían bajo su peso y se hundían bajo su barbilla. Por desgracia, estaba obligado a escuchar la cantilena del Corazón Oscuro mientras este hacía circular la sangre por su cuerpo.

—Piénsalo —susurró el Corazón—. Por ejemplo, podrías cambiar ese cuerpo tuyo, repugnante y gordo.

—¿No dijiste “imponente”? Además, hace tiempo que no necesito mudar la piel; todavía entro en la del año pasado.

—Porque ya estabas gordo el año pasado. ¿Crees que no veo que sufres? Anhelas princesas, pero “te controlas” y te atiborras de ovejas. Vives aquí, en una cueva de dragón miserable y pestilente, rodeado de tesoros que no te interesan, ¡y no tienes ninguna perspectiva!

—¡Eh, eso ha sido un golpe bajo! Sabes perfectamente que esto era lo único disponible.

El dragón decidió no reaccionar a lo demás. No quería “afinar” su deseo, sino anularlo y volver a ser una salamandra. Hacía tiempo que se había arrepentido de su ambición. Pero era demasiado inteligente como para dejarse convencer y pedir un deseo fuera de turno, por más melosa que fuera la voz del Corazón Oscuro.

Su garra se deslizó inconscientemente hacia el pecho: no le sorprendió no sentir latido alguno. En su lugar, si prestaba atención, podía oír el pulso rítmico del Corazón Oscuro en la caja. Si excluía todos los demás sonidos: el correteo de las ratas en sus madrigueras, el silbido tenue de la corriente de aire, el estrépito al otro lado de la cueva, el zumbido de las moscas… ¿estrépito?

Levantó la cabeza de golpe. ¿Qué había sido eso? Con un eco cavernoso, giró y olfateó el aire. Si otra vez algún humano estúpido se había atrevido a venir hasta allí para intentar venderle cachivaches resistentes al fuego…

—No te justifiques, simplemente formula el deseo. Y luego no olvides dar las gracias. ¿Me oyes? ¡Eh!

La voz por fin se apagó en su cabeza mientras se abría paso por el estrecho pasadizo que conducía a la parte principal de la cueva, y luego avanzaba pesadamente por la sala rodeada de columnas de roca. A su paso se levantaba polvo, y los huesos de un cazador de dragones del año anterior crujieron bajo sus patas. Sí, realmente había llegado el momento de la limpieza de primavera, pero en ese instante no le importaba en absoluto.

—¿Quién anda ahí? —tronó con sus siete gargantas a la vez al percibir movimiento desde la cocina—. ¡No compro nada y no tengo cinco minutos para hablar de mi salvación espiritual!

Durante un instante reinó el silencio.

—Vaya, un dragón ocupado —respondió luego una voz melodiosa—. ¿Se puede saber en qué ocupa su valioso tiempo el señor dragón?

En la entrada de la cocina, donde se abría el extractor –un antiguo agujero en la pared de la cueva provocado por una bala de cañón–, se dibujó una figura humana en la penumbra. Y no cualquier figura.

—Soy la princesa Aniridia —se presentó la recién llegada—. ¿Me reconoces?

El dragón tragó saliva y asintió con algunas de sus cabezas. Durante sus excursiones, cuando desde lo alto observaba ceremonias humanas o inauguraciones a las que también asistía la familia real, ya había tenido ocasión de ver a la princesa… aunque no con un atuendo tan provocador. Hizo lo posible por concentrarse en su rostro y en sus famosos ojos negros.

—Vete, humana, mientras te lo digo por las buenas. —Su voz sonaba más ronca de lo habitual. Tenía que recomponerse.

—¿Y si me quedo, qué vas a hacer conmigo? —Aniridia esbozó una sonrisa que seguramente consideraba encantadora y se acercó. El dragón apartó la mirada.

—Te sacaré de aquí de una patada, como el Gato con Bo…

—Tranquilo, querido señor dragón. Yo pensaba que, si me raptaba un monstruo tan grande y fuerte, seguramente querría devorarme.

—Pero yo no rapt… —El dragón carraspeó—. ¿Devorarte?

La muchacha se tapó la boca y soltó una risita.

—Oh, no te hagas el inocente, pillín. —Se subió a la roca que hacía las veces de encimera y empezó a quitar el polvo y las telarañas de unos libros de cocina que apenas podía levantar—. Veamos qué hay aquí. Hechizos con carne humanaCocina de dieta: damas de sangre azul bajas en calorías. ¡Y esto! Cien recetas con princesas. Un libro que no puede faltar en la cocina de un dragón principiante.

El dragón parpadeó. Sabía que los humanos eran una especie insensata, pero no recordaba que lo fueran tanto.

—Esto lo heredé del anterior propietario. Lárgate de aquí antes de que haga lo que pides. —Por mucho que intentaba mantener la calma, lenguas de fuego brotaban de sus fosas nasales.

—Mi vida se acabará de todos modos. Mi padre quiere casarme con un enan… con un atractivo y heroico barón. Tiene una nariz hermosa, muy varonil.

El dragón se rascó una de las frentes con una larga garra. No entendía ni el tono vacilante de la chica ni la mirada de soslayo, y mucho menos qué pretendía con todo aquello.

—Pero ¿sabes? —continuó Aniridia mientras volvía a deslizarse al suelo—. Yo no quiero casarme, ni siquiera con un hombre así. ¡Prefiero morir! Si me devoras ahora, será un final rápido y sin dolor para mí.

—Sabes que no puedo hacerlo —gruñó el dragón—. La legislación vigente establece que “a los dragones solo se les permite realizar actividades que causen un daño económico moderado mediante el consumo exclusivo de ovejas, siempre que ese daño no supere el mínimo necesario para la subsistencia del dragón. Toda actividad que tenga como objetivo el consumo de algún miembro de la familia real por parte de un dragón será castigada, en caso de intento fallido, con la pérdida de entre tres y siete cabezas, y en caso de acción exitosa con resultado de muerte, con la pérdida máxima de siete cabezas en todos los casos”. ¿No te resulta familiar la ley? La promulgó tu padre, no yo.

La princesa se acercó aún más, batiendo las pestañas.

—Nadie sabrá por mí que me has comido.

 

—No tienes de qué preocuparte, mariposita de miel… ¡cómo no ibas a ser la niña de los ojos de papá! ¿Qué estás diciendo? Bueno, bueno, alto no es, pero llamarlo enano… ¿De verdad importa ahora cómo es su nariz? Pero te digo que, si haces lo que te pido, no tendrás que casarte con el barón Acromegalion. El dragón protestará al principio, pero confío en tu capacidad de persuasión. No tengas miedo, querida Aniridia, el barón estará escondido a tu lado, oculto bajo el manto de invisibilidad. Cuando la bestia se lance contra ti, te cubrirá también con el manto y juntos escaparéis de la cueva.

¿Cómo que qué, angelito de cabeza florida? Intentarás arrancarle unas cuantas frases que dejen claro que quiere devorarte, o simplemente lo pondrás en una situación inequívoca. El barón Acromegalion llevará pluma y tinta, y anotará cuidadosamente todo en el Libro Mágico de las Palabras Verdaderas, en el que solo se pueden escribir palabras verdaderas, porque es mági… bueno, ya entiendes. Así, más tarde podremos hacer justicia. Después de que la ley caiga sobre el dragón, su tesoro será nuestro.

¿Cómo va a ser mejor gravarlo con impuestos, mi dulce pichoncita encantadora? Eras muy pequeña, no puedes recordar cuando impusimos ese impuesto extraordinario del ochenta por ciento sobre todos los tesoros de dragón. Ese maldito presentó una queja de inmediato ante el MEB y… bueno, la Autoridad de Magia para la Igualdad de Trato, cariño. El archimago Marasmus vino al día siguiente a acusarnos de supuesta discriminación racial. En fin, el caso es que la bestia es astuta, no hay que subestimarla. El barón se convertirá en un héroe vencedor de dragones y, no menos importante, podrá aumentar aún más su fortuna; eso lo compensará por tener que renunciar a ti. Y nosotros podremos llenar de nuevo nuestras vacías arcas. Todos saldrán ganando, excepto, claro, el dragón.

¿Qué ocurre, pedacito de mi carne? Bueno, bueno, lo entiendo. Entonces dejémoslo. Pero al menos, por tu pobre padre, ¡cásate con el barón! Su nariz no es tan grande, uno se acostumbra, y… Ay, ardillita mía, ¿qué podría importarme más que lo que tú quieres? Pero también debo pensar en nuestro pequeño reino, en nuestro tesoro, y con la fortuna del barón… ¿Cómo dijiste, mi besito delicioso? Bien. ¡Sabía que eras la hija de papá!

 

La princesa Aniridia sentía que ya no podría contener su rabia por mucho tiempo. ¿Quién habría imaginado que el dragón sería tan difícil? No es de extrañar que casi todos se hubieran extinguido. Recordaba vagamente las historias que le leían de niña sobre el instinto irrefrenable de los dragones de devorar princesas. ¡Claro, cómo no!

Cuando el dragón empezó a recitar leyes, estuvo a punto de salir corriendo de la cueva gritando. Pero entonces pensó en el barón. Si lo arruinas, será tu marido, se recordó. Bastó con imaginar con fuerza su baja estatura y su enorme y rugosa nariz para retomar las negociaciones con renovada energía.

Por cierto, ¿dónde estaba Acromegalion? No podía verlo bajo el manto mágico, claro, pero cuando habían trepado hasta la roca del dragón todavía había oído su respiración a su lado. Entonces, al percibir el olor a sudor enmascarado por perfume, había deseado que el efecto del manto de invisibilidad se extendiera también a los demás sentidos; ahora, sin embargo, la inquietaba cada vez más no tener idea de dónde se ocultaba el barón. El olor del dragón, la voz del dragón lo llenaban todo. Pero no había lugar para la duda: tenía que seguir interpretando su papel y confiar en que todo saliera según el plan.

—Aun así, no voy a comerte —declaró el dragón, quién sabe cuántas veces—. Piénsalo, no solo es problemático desde el punto de vista legal, sino también ético. No eres una oveja, sino un ser inteligente… más o menos, al menos.

Aniridia alzó la vista al cielo, pero enseguida se dio cuenta de que no ayudaba. Mejor mirar a su alrededor en la cocina de la cueva: tenía que haber algo que pudiera usar.

En el caldero sobre el fuego hervía agua –no, no iba a meterse ahí–; encima, sartenes oxidadas colgaban de clavos ubicados en la pared. Sobre la mesa, junto a descomunales platos de madera, se amontonaban verduras y cajas de especias en desorden.

Ahora o nunca, pensó Aniridia, y trepó por la pata de una silla para, desde el respaldo, saltar directamente a la mesa.

—¿Qué haces? —se acercó el dragón con pasos retumbantes, pero para entonces ella ya se había colocado sobre uno de los platos y se esforzaba por espolvorearse con romero y mejorana.

—Ahí tienes, ya solo tienes que echarme fuego encima, grandullón. —Algo brilló en los ojos del dragón. ¿Hambre… o compasión? ¡No podía ser!—. ¿Eres tonto? —le espetó la chica—. ¡Mira que eres un dragón inútil, cabezota! ¡Vamos! ¿Tengo que meterme yo por tu garganta?

La cabeza central se inclinó más cerca. Aniridia no sabía leer en aquellos ojos reptilianos, pero percibía que brillaban de manera distinta que antes. Que el dragón luchaba contra su propia naturaleza, y que iba a perder. Sabía que había llegado el momento.

¡Ahora, enano!, pensó.

 

El barón Acromegalion procuraba seguir a Aniridia desde cierta distancia: la joven se movía con tanta torpeza por la cueva que temía constantemente chocar con ella, y entonces, por mucho manto que llevara, el dragón lo descubriría y los reduciría a cenizas a ambos.

Habría preferido no tener que escuchar toda aquella comedia entre Aniridia y el dragón. Ni siquiera había sacado la pluma ni el libro: lo último que necesitaba era dejar por escrito todas esas tonterías. Sentía lástima por la muchacha, a la que iba a abandonar, pero tenía que entrar en la cámara del tesoro.

Parecía que la actuación de Aniridia no bastaba para distraer al dragón. O bien azotaba con la cola frente al pasadizo que llevaba al tesoro, o bien alguna de sus cabezas se inclinaba en esa dirección. El barón sabía que el olfato del dragón era excelente: incluso siendo invisible, debía esperar a que se alejara de la entrada.

Entonces la princesa subió a la mesa –¿de verdad creía que él la seguiría hasta allí?–, y eso por fin atrajo al dragón. Acromegalion echó a correr.

El pasadizo excavado en la roca parecía demasiado estrecho para que una criatura del tamaño de un dragón pudiera transitar por él, pero el olor indicaba que, aun así, lo hacía. Allí el barón se atrevió a encender su antorcha; la sostuvo con cautela fuera del manto. Cucarachas y cochinillas crujían en las grietas de las paredes o huían de sus pasos por el suelo. Más adelante, al final del corredor, la luz de la antorcha se reflejaba en algo: un ojo entrenado reconocía el oro incluso a esa distancia.

Al oír el grito de Aniridia, la conciencia volvió a atormentarlo con renovada fuerza, pero el sonido de la masticación del dragón le indicó que ya era tarde, que no podía hacer nada. En un libro de autoayuda había leído que hay que dejar ir el pasado, todo aquello que no se puede cambiar, para poder transformar el futuro con el corazón abierto. Eso era precisamente lo que él estaba a punto de hacer.

Cuando llegó a la cámara, comprendió por qué el rey había puesto en riesgo la vida de su hija. Antiguas monedas ricamente acuñadas, copas con incrustaciones de diamantes, joyas, armas de exquisita factura se apilaban en grandes montones, junto con voluminosos volúmenes encuadernados en metal dorado, con títulos como Cómo matar a un cazador de dragones: guía para escupefuegos tímidos. En busca de su botín, avanzaba de puntillas entre los montículos. Por fin, en un rincón oculto, encontró la caja de jade que contenía el corazón del dragón.

Con manos temblorosas levantó la tapa. En su interior palpitaba una masa gris, informe, cuyos contornos resultaban difíciles de distinguir a la luz de la antorcha colgada en la pared. El Corazón Oscuro.

—Ya que me has admirado, ¿vas a pedir también un deseo? —dijo una voz en la cabeza del barón, tan repentina que casi dejó caer la caja.

—Sí —se aclaró la garganta Acromegalion—. Sí, por supuesto.

¿Qué decía el Libro de los Artefactos? Dejó la caja en el suelo e intentó recordar las palabras exactas del ritual mientras sacaba su daga.

—¡Te saludo, oh, Corazón Oscuro! —dijo en voz baja, para que el dragón no lo oyera desde el otro lado de la cueva—. Acepta estas siete gotas de sangre como ofrenda, para que mis palabras…

—Dejemos las formalidades —lo interrumpió el Corazón—. No estamos en la Tercera Era, ¿verdad? Limítate a desear.

—Ah… bueno, de acuerdo —murmuró el barón. Se quedó un momento torpemente con la daga en la mano, luego la volvió a guardar—. Verás… a quien ha sido castigado con una apariencia como la mía, el oro no le hace feliz. Es una maldición terrible, que…

—¡Vamos, dilo de una vez!

El barón asintió y respiró hondo.

—No quiero seguir viviendo como un enano. —Se palpó la nariz—. Pero… ¿se puede pedir que no agrandes todas mis partes de manera proporcional?

El Corazón guardó silencio un instante.

—¿A qué te refieres? Oh, ya entiendo. Algunos hombres suelen pedir que…

—¡Estoy hablando de mi nariz! ¿Entiendes? ¡Que todo crezca por igual, menos la nariz!

La cosa grisácea dentro de la caja de jade empezó a latir con fuerza de repente.

—Tu deseo será concedido.

La grisura se extendió por la cueva, oscureciéndolo todo, como una gota de tinta en una jarra de agua. Apagó la luz de la antorcha. Acromegalion dio un paso atrás, pero sus piernas fallaron. Cayó con estrépito entre cascos y armaduras.

Su corazón latía con violencia: aunque la fuerza lo abandonaba, sus miembros se alargaban de verdad, tal como había deseado. Y seguían alargándose… alargándose… y alargándose…

 

Cuando el polvo se asentó, el Corazón Oscuro por fin pudo contemplar a su creación más reciente: un gigante de quince pies de altura, rebosante de músculos. Por supuesto, esperó en vano el agradecimiento, pero comprobó con satisfacción que no había perdido la práctica. A pesar de los rasgos toscos y la constitución larguirucha, su obra había quedado verdaderamente proporcionada, salvo por un pequeño defecto estético: la nariz era demasiado diminuta para aquella cabeza. En fin, un deseo es un deseo.

—¿Qué me has hecho? —bramó Acromegalion.

El manto de invisibilidad ahora parecía apenas una bufanda fina sobre sus hombros; lo dejó caer al suelo, entre los demás tesoros. Contemplaba su nuevo cuerpo y se apretaba el pecho, allí donde el corazón se le había quedado inmóvil, en una floja quietud. Probablemente habría echado a llorar si en ese momento no hubiera chocado contra él otro cuerpo enorme, desde el pasadizo que conducía a la cueva. El dragón.

Derribó al gigante y le escupió fuego en la cara y el pelo. Acromegalion por fin logró aferrarle uno de los cuellos y, girando sobre sí mismo, estrelló a su atacante contra la pared. La propia montaña tembló con el impacto, y del techo cayó polvo de piedra sobre los combatientes.

El Corazón Oscuro sabía que lo más elegante sería observar el duelo con una indiferencia digna de su rango, pero le pareció que a su nuevo protegido no le vendría mal un poco de aliento civilizado.

—¡Dale en ese hocico de reptil! ¡Vamos, arráncale la cabeza! ¿Dónde está ese gancho de izquierda?

Cuatro cabezas del dragón ya colgaban flácidas, y las tres restantes jadeaban cada vez con más fuerza. Ahora que ya no estaba bajo su protección, se enfrentaba a una nueva dificultad: su corazón todavía no estaba acostumbrado a tener que trabajar, y abastecer de sangre un cuerpo tan enorme no era poca cosa. Mala idea lanzarse a un combate a vida o muerte sin calentamiento, pensó el Corazón Oscuro con malicia. Si no lo mataba el gigante, lo haría el infarto.

Mientras tanto, Acromegalion descubrió su propia invulnerabilidad y, a ojos vistas, empezó a aprovechar cada vez mejor la ventaja. Como protegido del Corazón Oscuro, ni siquiera se chamuscaba en el infierno de llamas que brotaba de los pulmones del dragón.

Tomó de entre los tesoros esparcidos por el suelo una maza descomunal que despedía un resplandor plateado, y se dedicó a triturar metódicamente los huesos del dragón. Para cuando terminó, él también respiraba de manera irregular; su adversario, en cambio, yacía inmóvil al pie de la pared.

—No estuvo mal —comentó el Corazón—. Aun así, puliremos un poco tu técnica antes de que te enfrentes al ejército del rey.

El gigante hizo oídos sordos. Su paso retumbante se detuvo ante la caja de jade que contenía al Corazón.

—¿Qué me hiciste? ¡Yo no deseé esto! Te voy a aplastar, pedazo de… —La maza ya se alzaba.

—Entonces morirás. No olvides que ahora yo soy tu corazón.

Le llevó un rato comprenderlo. Su mirada confusa iba de un lado a otro, desesperada. Al final, el brazo que sostenía la maza cayó.

—Pero yo… ¡yo no deseé algo así! ¡Me engañaste! ¿No hay alguna regla para esto?

—No —respondió el Corazón, casi con pesar.

—¡Me retracto de todo! ¡Vuelve a dejarlo todo como estaba y devuélveme mi deseo!

—Seamos sinceros —susurró el Corazón—: tú hiciste el ruido que llamó la atención del dragón. Sin tu deseo ya estarías muerto. En realidad deberías agradecérmelo, solo que todo el mundo parece olvidarlo.

—¿Qué? ¿Agradecerte? He dicho que…

—Por desgracia, desde mi punto de vista, parece que utilizaste el servicio y ahora quieres retractarte.

Acromegalion tragó saliva.

—¡Esto es ridículo! —En su furia, empezó a golpear la pared con la maza. Al final cayó de rodillas y rompió a sollozar.

—Avísame cuando te calmes. Hay una solución. Otro deseo.

La maza cayó al suelo con un golpe sordo. Acromegalion levantó la vista, los ojos muy abiertos por el asombro.

—¿En serio? ¿Puedo pedir otro?

—Claro, las reglas no lo prohíben. Pero tendrás que esperar un poco.

—¿Cuánto?

El Corazón meditó.

—Antes se podía pedir uno al año. Luego eso cambió, por suerte.

—¿Basta con medio año? —soltó el gigante—. ¿O un trimestre? ¡Dime!

—Un siglo.

—Si calculo bien, ¡eso son tres o cuatro días!

—Un siglo entero.

La boca de Acromegalion se abrió y quedó así. El Corazón no esperó al siguiente ataque histérico.

—Pero también puedes pedir uno fuera de turno.

—Ah, o sea… ¿ahora?

—Así es. No tienes que esperar ni un minuto.

—Ah, bueno… bueno, eso está bien —murmuró el gigante—. Así suena mucho mejor. Entonces deseo que…

—Fuera de turno solo puedes desear una única cosa —siseó el Corazón Oscuro—. Acércate y repite mis palabras.

El gigante se inclinó sobre la caja de jade; el Corazón sintió sobre sí su aliento pesado. Un silencio absoluto se apoderó de la cueva.

—“Devuélveme la felicidad que perdí hace tanto. No importa cuál sea el precio”.

Acromegalion lo sopesó apenas un instante y luego lo repitió. Y entonces ocurrió. Los tentáculos del Corazón Oscuro fueron arrancando uno tras otro los grilletes del Contrato: hacía muchísimo tiempo que no se sentía tan fuerte y libre.

Ahora podía extenderse hacia Acromegalion. Llegó hasta sus ojos, hasta su cerebro, envolvió su mente, su alma.

El gigante aulló, se retorció. Intentó luchar, pero luego regresó al estado temprano de la felicidad, cuando el cerebro empieza a desarrollarse en el vientre materno. Todas sus preocupaciones y tristezas se desvanecieron; ya no tenía que pensar. El Corazón Oscuro asumió por él toda esa carga, como de costumbre sin recibir agradecimiento, aunque esta vez no se lo tomó tan a mal como en general, porque ¿cómo iba a considerar ingrata a una conciencia embrionaria?

Sintió que el enorme cuerpo temblaba bajo la presión de su voluntad. Abrió los ojos. La cámara del tesoro estaba oscura, pero no era solo por eso que veía borroso. Llevaría tiempo familiarizarse con todas las circunvoluciones del cerebro y usarlo de verdad como si fuera suyo. Tiempo, pero nada más.

—Pronto podré hacerle una visita al rey —dijo en voz alta. Era una voz extraña, pero desde ese día era la suya. Tendría que acostumbrarse.

—¿Hablas solo? —preguntó otra voz.

Era débil y sibilante, y venía del pie de la pared. La del dragón.

—¿Sigues vivo? —soltó el gigante—. Bueno, ahora mismo me encargo de eso.

Ya se ponía en marcha, primero con pasos inseguros, luego con un equilibrio cada vez más firme.

—Yo también quiero pedir un deseo —dijo el dragón—. Fuera de turno.

El gigante se detuvo en seco.

—¿Y por qué? —gruñó—. Antes ya sospechabas cuáles eran las consecuencias, y ahora además las has visto.

—Pero ese humano… al menos vive, ¿no? —gimió el dragón—. De una forma u otra, vive. Es feliz a su manera. Yo tampoco… no quiero… morir.

Su voz se apagó.

Así que estamos en esas. El Corazón Oscuro sabía que, decidiera lo que decidiera, no le quedaba mucho tiempo.

La oferta del dragón parecía una posibilidad interesante. El Corazón nunca había intentado controlar dos marionetas a la vez. Pero podría hacerlo. ¿Por qué no iba a poder? Un gigante y un dragón. Si lo lograba, ni siquiera tendría que molestarse con reyes y ejércitos. Podría dirigirse directamente a la Torre de los Magos.

—Que así sea —decidió al fin. Cuando el dragón no reaccionó, añadió—: Supongo que tampoco debo esperar gratitud de ti, ¿verdad? Al fin y al cabo, solo voy a salvarte la vida. Vamos, repite después de mí: “devuélveme la felicidad que perdí hace tanto. No importa cuál sea el precio”.

Se inclinó hacia la única cabeza intacta del dragón. Este susurró algo, pero todas sus palabras eran un balbuceo pastoso.

—Entiendo que estés agonizando, pero intenta articular un poco mejor. No olvides que ya no soy tu corazón para oírlo todo.

Eso tampoco ayudó. La voz del dragón se fue apagando, y aunque el gigante pegó la oreja a su boca, no entendió ni una palabra de lo que decía. La maldición de un cuerpo nuevo. En unos minutos sus sentidos funcionarían de manera aceptable, pero ¿le quedaban aún unos minutos?

—Que el diablo te lleve, dragón —tronó.

Abrió la caja de jade y la acercó a los labios temblorosos del dragón.

—Repítelo, ahora podré oírte.

 

El dragón no hizo lo que hizo por los humanos del reino, ni siquiera para aliviar su culpa por la pobre princesa. No lo guiaban el interés ni el deseo de venganza –en la boca de la muerte no tenía posibilidad alguna de pensar en esas cosas–, sino que simplemente hizo lo único que podía hacer.

En cuanto la caja se abrió ante él, llenó sus pulmones con sus últimas fuerzas y envolvió en fuego al Corazón Oscuro. El grito que estalló le reventó los tímpanos como una explosión. No oía, no sentía nada, y tampoco veía otra cosa que las llamas consumiendo la masa gris. Ni siquiera eso durante mucho tiempo.

Pero de las llamas volvió a nacer la pequeña salamandra que alguna vez había sido. Antes de su deseo. Con la destrucción del Corazón Oscuro, su hechizo se desvaneció, pero una salamandra tampoco necesitaba algo así para recuperarse de manera mágica. Sabía que, con el tiempo, todos sus huesos volverían a unirse, todas sus heridas desaparecerían.

Hasta que moverse dejara de causarle demasiado dolor, tuvo que quedarse en la cueva. Muchas veces contempló la colección de tesoros como una especie de cordillera grotesca, y otra especie de montaña: el cuerpo del humano, que al morir también había vuelto a transformarse, de gigante de nariz diminuta a enano de nariz enorme. Luego, en cuanto por fin pudo dar sus primeros pasos, vio la caja de jade. Estaba vacía, como debía estar.

Miró dentro de sí mismo: ¿de verdad era tan ingrato? Al fin y al cabo, gracias al Corazón Oscuro, gracias a su arrogancia, su deseo más profundo se había cumplido después de todo.

Gracias, le dijo mentalmente, aunque no creía que pudiera oírlo desde el más allá.

Gergely Buglyó nació en 1980 en Debrecen, Hungría, donde actualmente vive con su esposa, sus tres hijos y un gato. Se graduó como médico, pero trabaja como investigador en el campo de la genética humana. Su primera obra publicada fue una trilogía de fantasía juvenil, Oni (Gray Blood, The Silent City, The Puppet and the Talisman). Además de sus novelas, también ha escrito relatos cortos para lectores de todas las edades. Además de escribir, sus pasatiempos favoritos son los videojuegos y el shogi (ajedrez japonés).

 

CUENTO DEDICADO A BORGES

Bahira Abdulatif



 

Acababa de terminar de leer el cuento del ciego, Aquel que vio, en el que se narraba un encuentro entre un Borges joven y otro anciano, cuando cerré el libro, lo sostuve con cuidado y salí a buscarme a mí mismo, por si acaso lograba encontrarme en la vejez.

Lo primero que se me ocurrió fue cruzar la calle que conducía al parque para sentarme en uno de sus bancos de madera, esperando a que yo me encontrara conmigo mismo, ¿no había hecho eso Borges…? Pero aquel jardín estaba en Ginebra… En fin, las ciudades se parecen; somos nosotros quienes no nos parecemos. Aun así, no había inconveniente en intentarlo.

Antes de llegar al parque, sentí una fuerza misteriosa que me empujaba a desviarme de mi camino. No fijé destino alguno, guiándome por lo que había dicho Borges: “no importa a dónde vamos, sino de dónde venimos”. Me limité a seguir una sensación profunda que me impulsaba a caminar por calles que jamás habían pisado mis pies.

Un sol otoñal, tibio, comenzó a filtrarse en mi cuerpo, infundiéndole vitalidad y un deseo enigmático de abrazar lo desconocido. Era un día extraño, distinto a todos los demás. Aquella mañana me había despertado el timbre de la puerta: al abrir, encontré al cartero con un sobre de un “amigo” cuyo nombre desconocía, que me enviaba un libro de Borges. En la dedicatoria, trazada con una letra temblorosa, afirmaba que se trataba de una edición especial y única, de gran utilidad para el trabajo de investigación que yo preparaba sobre ese autor.

No tardé en intentar averiguar la identidad de aquel amigo, nada más abrí el libro descubrí que era un ejemplar idéntico al que ya poseía. Estuve a punto de decirme que se trataba de una broma pesada. Lo dejé a un lado, pero mi mano volvió a él involuntariamente y mis ojos comenzaron a saltar entre las líneas que conocía de memoria hasta llegar a aquel cuento. Apenas terminé de leerlo, sentí una voz interior que me llamaba, ordenándome a salir hacia ningún lugar. Obedecí: tomé el libro bajo el brazo y salí caminando como sonámbulo hasta la estación de autobuses.

Me quedé allí, perplejo, sin saber hacia dónde dirigirme. Todos los autobuses iban hacia las afueras. No tardé en decidirme: una mano invisible me empujó por la espalda y me encontré subiendo a uno de ellos. Elegí el asiento más cercano, fui el primer pasajero y el conductor me recibió con una cordial sonrisa matinal.

Apenas me acomodé, subió un hombre que aparentaba unos sesenta años y se dispuso a sentarse a mi lado. Lo primero que llamó mi atención fue el guante blanco, transparente, que llevaba puesto –como el de un cirujano– y la bolsa de plástico de la que extrajo de inmediato unos folletos brillantes para cubrir el asiento contiguo y su respaldo. Observé la escena con asombro. Al volver la cabeza, me encontré con la mirada de una mujer de unos cuarenta años que contemplaba lo mismo que yo, intercambiamos gestos de extrañeza conteniendo la risa, a los que pronto se sumó también el conductor.

En cuanto el autobús arrancó, el anciano comenzó a hablar, como si retomara conmigo una conversación interrumpida. Comentó mi sorpresa ante su conducta, defendió sus manías en este mundo “contaminado” en cada uno de sus detalles, respondió a preguntas que yo no había formulado y se extendió en relatar episodios de su vida, mientras yo permanecía en silencio.

Supe que era el doctor Montenegro, un prestigioso cirujano y antiguo director del mayor hospital de Madrid durante largos años, antes de retirarse para dedicarse a la escritura y la publicación de libros. Había enseñado medicina durante décadas, poseía un doctorado en una especialidad muy precisa y había llegado a ser decano de la facultad.

No olvidó contarme su infancia, su obstinación, siendo un bebé de apenas ocho meses, en rechazar el pecho materno y la leche, hasta el punto de temer por su vida, marchitándose como una pequeña hoja de trébol. Su madre encontró finalmente la solución al alimentarlo con jugo de frutas, que pronto le agradó y así su cuerpo comenzó a florecer poco a poco. De aquella extraña experiencia, dijo, aprendió a no probar jamás la carne. Tampoco olvidó asegurarme que nunca se había acercado al tabaco ni a bebida alguna ni a ningún otro vicio.

Al escuchar sus últimas palabras, se me escapó una risa mezclada con un leve estertor y con restos de dolor y tristeza alojados en mis pulmones antes que en mis ojos, fragmentos de muerte que había ocultado bajo la piel sin darme cuenta, el día en que decidí huir de aquel infierno.

Observaba su rostro lozano mientras hablaba, aparentaba unos sesenta y tantos años y el brillo de sus ojos se intensificaba con cada palabra, pronunciada con una precisión casi teatral, cuando comenzó a evocar sus recuerdos de cuando surcaba el cielo mientras la “auténtica ciudad” resistía con desesperación…

Su última frase me desconcertó y hablé por primera vez para preguntarle de qué ciudad se trataba. Respondió con entusiasmo, rejuvenecido de pronto:

--Madrid, la capital de la gloria, por supuesto… Ah, ¡no te he dicho que yo participé en la guerra civil…! Fui piloto. Al principio era médico en las fuerzas aéreas, pero aprendí a volar con mis compañeros y me convertí en piloto. Luchamos ferozmente contra Franco. Los militares nos superaban en número y armamento, pero nosotros, los republicanos, les superábamos en impulso, en audacia…, y en sueños también. Fui piloto durante nueve años y no abandoné ese oficio hasta después de la Segunda Guerra Mundial…

Sus palabras me sobresaltaron. ¿Qué pretendía decir aquel hombre? La guerra civil había ocurrido hacía más de sesenta años y apenas quedaban testigos, España había despedido hacía poco, quizá al último de ellos, ¡el poeta Rafael Alberti, a sus noventa y seis años, que había combatido por la República…!

Zanjé el asunto en mi interior decidiendo que aquel hombre estaba loco, uno de aquellos enloquecidos que abundan en la ciudad, a veces con un aspecto deplorable y otras con una apariencia respetuosa.

Pero él, como si hubiera leído mis pensamientos, añadió:

—Dentro de unos días cumpliré ciento ocho años… He trabajado, enseñado, combatido y escrito numerosos libros y hasta hoy sigo recorriendo distancias con piernas firmes y devorando páginas con ojos sanos…

La sorpresa me dejó sin habla. Me limité a contemplar sus ojos, cuyo brillo no se había opacado por la vejez y advertí que no llevaba gafas. Su rostro, encendido por una vitalidad extraña, estaba libre de arrugas. Su memoria fluía con una precisión asombrosa al evocar la guerra civil y sus abundantes obras científicas. De vez en cuando reía, burlándose de sus errores ortográficos –como suelen hacer los médicos con su mala letra– y de la muerte, a la que había aprendido a esquivar incluso en los momentos más oscuros de la guerra, con la destreza de un veterano torero. Decía que había trabado amistad con ella desde su octavo mes de vida hasta cumplir los ciento ocho años y que la había visto deambular por los quirófanos, a veces –añadió– la sentía entre sus dedos, jugueteando con él, arrebatándole el bisturí y escondiéndose con la travesura de un niño.

Por un instante me invadió una inquietud agitada por la memoria de la guerra, pero pronto se disipó y sus palabras difundieron en mi interior una serenidad cuyo origen ignoraba. Sentí entonces una especie de arrebato, como si me encontrara ante una fuerza cósmica desbordante, apreté con fuerza el libro de Borges entre mis manos y respondí con frases breves que apenas decían nada.

Seguí escuchándolo con una especie de devoción, mientras me colmaba de relatos, anécdotas y versos. Entre ellos, quedaron grabados en mi memoria estos que repetía varias veces, con ritmos distintos y una voz libre de amargura:

—“Quizá algunos dirán que el tiempo torpe nos robó el pulso y la locura; no lo negaremos: crecer es un ejercicio arduo y penoso…”

Sus pensamientos se encadenaban sin esfuerzo, impregnados de una filosofía y una sabiduría sin presunción, hablaba de la Vida repleta de vida en tiempos de guerra y de la extinción interior de los vivos en los instantes de una paz rendida y humillada. De repente, se inquietó en su asiento y comenzó a prepararse para bajar en la siguiente parada.

Temí que descendiera del autobús y perder todo rastro suyo, así que le pregunté con evidente ansiedad si vivía en aquella zona. Sonrió, iluminando su rostro.

—No, vivo en una casa lejana, en El Escorial… —añadió con ironía— con los inmortales.

Recordé de inmediato que aludía al Valle de los Caídos, aquel inmenso monumento que Franco había erigido para sus partidarios caídos en la guerra civil, obligando a prisioneros republicanos a trabajos forzados, muchos de los cuales perecieron allí.

Le dije entonces, con premura, al comprender que el tiempo se escapaba y que aquel hombre extraño estaba a punto de desaparecer hacia un lugar que yo ignoraba.

—Yo también combatí… como usted. Y no sé si, como usted, he sobrevivido. Ahora escribo e indago en la verdad y en la ficción…

El hombre captó mis palabras con la rapidez de un relámpago. Me propuso intercambiar nuestros números de teléfono, adivinando lo que yo pensaba. Saqué de mi bolsillo un pequeño papel amarillo, lo partí en dos, anoté en una mitad mi número y se la entregué. En la otra escribí el número que él me dictó, riendo.

—Es mi móvil, insisto en seguir el ritmo del progreso; soy hijo de todas las épocas…

El autobús se detuvo en un lugar que no había visto antes: una zona amplia, de la que ahora solo recuerdo los árboles y sus sombras danzantes bajo aquella luminosa mañana.

Cuando me estrechó la mano con su guante transparente, sentí la firmeza de la mano de un auténtico cirujano. Se despidió con un tono casi disculpándose, dijo que aquellos guantes lo protegían de las epidemias ajenas, y que les debía una parte de su vida, junto con otros detalles que me revelaría en un próximo encuentro que yo confirmé con sinceridad y entusiasmo.

El anciano juvenil descendió del autobús y permaneció unos instantes en la acera. Bastaron para que nuestras miradas se encontraran una vez más, sus ojos rebosaban vitalidad y fuerza, y parecía haber rejuvenecido algunos años más, hasta rondar los cincuenta. Luego, el autobús arrancó de nuevo. Bajé en la siguiente parada y tomé otro en dirección contraria, hacia casa.

Apenas me senté, me invadió una sensación de tristeza, no había bajado con él, no lo había acompañado para descubrir el secreto de su juventud ni para interrogarlo sobre aquella aura de luz y misterio que había sembrado en mi alma. Pero un alivio me recorrió al recordar el número de teléfono. Metí la mano en el bolsillo con rapidez para volver a mirarlo.

La sorpresa me aguardaba: ¡el papel había desaparecido como por arte de magia!

Lo busqué con angustia durante todo el trayecto de regreso, sin resultado, como si una mano invisible lo hubiera sustraído, a pesar de estar segura de haberlo tenido instantes antes…

Regresé arrastrando los pasos, intentando convencerme de que lo ocurrido no había sido un sueño, sino una realidad cuya única prueba era aquel pequeño papel que ya no encontraba… o la otra mitad que él conservaba. Tal vez, algún día, me sorprendería con una llamada que me permitiera reanudar los detalles de aquel extraño encuentro al que me había encaminado de forma tan enigmática… Ojalá lo hiciera antes de marcharse con los inmortales.

Pasé los días siguientes revisando la guía telefónica, llamando a hospitales y oficinas de información. Me devolvían en vano mis propias preguntas: nombre, dirección… Y yo me sentía frustrado, porque lo único que sabía era “doctor Montenegro”, que en español significa “montaña negra”, ¡qué ironía!, y una sensación profunda y enigmática de afinidad espiritual que me unía a él.

Los ojos de aquel hombre, joven en su ancianidad, me persiguen como una obsesión persistente. Su imagen insiste, sus palabras se multiplican en mi mente y el timbre firme y armonioso de su voz resuena dentro de mí como el tic-tac de un viejo reloj de madera. A veces, llego a dudar de su existencia y de todo lo sucedido aquel día… de no ser por el misterioso libro de Borges con su temblorosa dedicatoria que recibí aquella mañana y por estas líneas que ahora escribo, las cuales, en modo alguno, no prueban que algo de lo que cuento haya ocurrido realmente…

Bahira Abdulatif nació el 12 de marzo de 1957 en Bagdad, Irak. Es una intelectual, escritora, traductora, intérprete y profesora de traducción, interpretación y literatura en la universidad de Bagdad, UAM, UCM y USAL. Acabó sus estudios universitarios en la Facultad de Letras de la Universidad de Bagdad en 1980. Pero en 1978 habías empezado a escribir sus primeros artículos para la revista Al Maraa, única revista y de difusión nacional que se dedica a la mujer iraquí por aquel entonces. Activista y defensora de derechos de la mujer desde finales de los setenta hasta la actualidad, ha participado en iniciativas, proyectos, conferencias y congresos internacionales en Irak, España, Suiza y otros países. A su vuelta a Irak en 1983 empieza a trabajar en Dar Al Mamún, Bagdad, Editorial del Ministerio de la Cultura de Irak, dedicándose durante más de 12 años a la difusión de la cultura y literatura española e hispanoamericana. A la vez, imparte clases de Lengua y Literatura española en la Facultad de Idiomas, Universidad de Bagdad, En Madrid, ciudad donde reside desde 1995, continúa su carrera literaria e intelectual defendiendo los derechos de la mujer árabe y musulmana, dando cientos de charlas y participando en congresos y ponencias sobre el feminismo y la cultura árabe e islámica.

PECADOS INFANTILES