domingo, 8 de marzo de 2026

EN LAS MINAS DE KOLTAN

Finn Audenaert

 

¿Cuánto tiempo llevaba cavando? Había perdido toda noción del tiempo. Solo podía recordar que ese era su primer pensamiento en muchísimo tiempo. No sabía nada, no sentía nada, no tenía hambre, no tenía sed. Solo existía el cavar constante, el remover monstruoso. La necesidad de ir más profundo. De estar más cerca. Más cerca de… lo desconocido.

Primero había encontrado el corindón. Capas que relucían con intensidad, rojas y azules, habían quemado lo poco que aún le quedaba de vista. ¿Acaso todavía tenía ojos? En silencio se había abierto camino, arañando hacia abajo. Apenas había pasado los rubíes y los zafiros, se topó con extraños objetos poliédricos, cada uno no más grande que un puño, apretados unos contra otros. Con los dedos sangrantes tanteó su superficie lisa, negándose a pensar en la razón de su existencia allí, tan hondo en la tierra. Uno por uno desenterró los objetos y, con esfuerzo, los empujó hacia atrás. De pronto, sobre él sintió que uno de aquellos objetos misteriosos explotaba. La tierra tembló sin piedad. En verdad, el suelo lo había engullido por completo. No se detuvo a pensar cómo podía respirar. Por todos lados lo presionaban la tierra cálida y compactada y los ángulos afilados de los objetos misteriosos. El sudor le corría hacia los ojos apagados, formaba charcos sucios justo bajo sus pestañas. Su sudor y sus lágrimas trazaban surcos estrechos en la tierra reseca pegada a su cara y volvían a alisar, en finas espirales, su rostro áspero. Abrió la boca de par en par y la tierra entró en él, le llenó la garganta hasta el fondo. Durmió.

En su sueño inquieto debió de haberse removido, abriéndose paso aún más abajo. Todo el cuerpo le ardía. En todas partes sentía heridas abiertas donde la grava lo raspaba. Tragó algo de tierra y, con toda violencia, sintió surgir la urgencia de bajar, siempre bajar. Desde el pecho se le extendió un resplandor por todo el cuerpo. Cuando el calor alcanzó sus brazos extendidos hacia abajo, de pronto fue consciente de un vacío enorme. Una caverna. Sus dedos se retorcieron un instante, inútiles en el aire, y luego volvieron, con esfuerzo, hacia su cuerpo comprimido. Se zafó haciendo palanca y cayó sin remedio en el espacio, desacostumbrado a la ausencia de esa presión y ese apretujamiento que, desde que tenía conciencia de esta vida, lo habían rodeado como un útero hostil.

Con lo que le quedaba de manos se limpió la cara de sangre, sudor y mugre. Los muñones que rozaban su piel lo devolvieron a sí mismo. Había llegado a su destino. La pesada sensación de expectación que lo invadió fue tan intensa que el estómago y los pulmones parecían encogérsele al mismo tiempo. Se dobló hacia delante. En una arcada larga vomitó tierra, pequeñas piedras y raíces de plantas, una y otra vez, hasta que gran parte del espacio en el que se encontraba volvió a llenarse y lo rodeó una leve presión. Le chorreó mucosidad arenosa de la nariz. Con brusquedad empujó con los codos la tierra suelta para alejarla de sí.

Torpe, cayó de rodillas y palpó el entorno de formas irregulares con masas de carne que apenas podían pasar por manos. Se sentía extraño. No era la materia sólida con la que había luchado todo ese tiempo. La tierra se deslizaba suave sobre sus brazos velludos. En el fondo percibió una corriente fría. El frescor le hizo bien a su cuerpo recalentado. Lentamente se arrastró en dirección al frío. Una niebla de vapor de agua parecía envolverlo ahora; formaba gotas sobre su cuerpo. Cuanto más avanzaba, más enderezaba la espalda. Al final pudo ponerse completamente de pie. La escarcha se extendió despacio por su rostro. Ahora helaba con fuerza. Sus profundas cuencas oculares pronto se llenaron de cristales centelleantes. La capa blanca cubrió sus labios azulados y se extendió hasta el fondo de su cuello, rodeó enseguida todo su torso. Con avidez estiró los brazos hacia la fuente del frío. Carámbanos crecieron en los muñones de sus manos. Con esos dedos frágiles abrazó con cuidado la esfera helada que flotaba ante él, y sintió que la muerte caía sobre su cuerpo como un viejo amigo. Su máscara de escarcha se resquebrajó con un crujido y mostró una sonrisa apacible.

Muy por encima de esa estatua congelada, muchas capas más arriba, donde podían verse nubes y donde un viento suave susurraba entre los arbustos, allí, en la llanura minera cerca de Koltan, un sonido fue creciendo. Primero llenó la llanura desnuda. Luego trepó por las montañas que bordeaban el valle de Bilsoen por todos lados. El estruendo se volvió tan fuerte que alcanzó el cielo, donde las nubes, casi como asustadas, parecieron huir con rapidez. En medio del bramido, cuatro hombres vestidos con una ostentación excesiva estaban inclinados sobre un agujero profundo. Eran los señores de las minas de Koltan. Con los años, la tierra les había dado una riqueza inconmensurable. Alrededor de sus vientres gruesos colgaban pesados cinturones sembrados de gemas de todos los colores. En la cabeza llevaban tiaras pomposas en las que estaban engastadas las piedras más preciosas. Hasta las suelas de sus zapatos estaban hechas de minerales valiosos. El alboroto que llenaba el valle tenía su origen en aquellos acaudalados señores. Sus gritos de júbilo resonaban en el ancho pozo, se amplificaban y rebotaban. Sus exclamaciones volvían a subir desde la cavidad en la tierra y se elevaban al cielo como vapor de escarcha.

¡Había llegado el tiempo de cosechar! El Removedor, su instrumento sin voluntad, había cumplido su tarea. En una de las cámaras de bálsamo de Koltan, los señores de las minas –que nunca habían prestado demasiada atención a los decretos del sultán sobre el valor de la Vida y la Muerte–, tras una larga búsqueda, habían encontrado un cadáver adecuado, con un alma tan cargada que aún no estaba lista para partir al reino de los muertos. A ese no-muerto lo sacaron en secreto de la ciudad y lo llevaron a la gran llanura. Con conjuros y hierbas despertaron a la criatura. Le miraron fijamente a los ojos negros y le hablaron largo rato, mientras hacían gestos místicos. Debía bajar, hundirse en la profundidad. Allí, el errante, encontraría su destino.

Mientras sus últimos gritos de alegría se apagaban, la esfera de brillo glorioso ascendió desde el pozo. De ella colgaban aún los carámbanos del desdichado de abajo. Como dedos admonitores, señalaban a los cuatro señores. Ellos rieron, inconscientes del peligro. Ya tenían riqueza, más de la que podían desear. Quien poseía casi todo solo anhelaba una cosa: el control absoluto sobre todos los demás. El prójimo era la posesión suprema. Donde su ilustre gobernante trataba a su pueblo con benevolencia –a los cuatro les repelía esa idea– y deseaba prosperidad a sus ciudadanos, los señores de las minas tenían otros planes. Gracias a esa esfera, pronto todos los koltaneses serían tan desprovistos de voluntad como el no-muerto Removedor, que en ese día bendito se había cavado una tumba nueva. No, no faltaba mucho para que la plaga de la esclavitud volviera a descender sobre el orgulloso Koltan. Los señores de las minas tenían grandes expectativas puestas en la esfera. ¿Acaso las leyendas no hablaban de la omnipotencia del cuerpo celeste que, siglos atrás, fue tragado por la tierra por orden del Señor de la Cúpula, Aquel que era alabado por el pueblo en todo momento? ¿No temía el Señor de la Cúpula a esa estrella hasta tal punto que, con un esfuerzo extremo, la había forzado dentro de una esfera y la había desterrado al subsuelo, como única de sus creaciones?

¡Qué poder debía de encerrar aquella pequeña esfera! Durante años, los señores de las minas habían buscado, en oscuros cuartos apartados, en escritos polvorientos, indicios sobre la ubicación de esa arma definitiva. Los cabellos de los señores ya eran plateados cuando, bajo las losas de piedra de la cámara funeraria de Nur Al Fatah, a ocho metros de profundidad en tierra consagrada, hallaron un mapa que, aun después de tanto tiempo, parecía asombrosamente nuevo.

¿Pero qué importaban los años transcurridos? Bien alimentados y en plena forma gracias a la buena vida, a los señores de las minas todavía les aguardaba una vejez espléndida. ¡Tras la riqueza, también la fama y el poder sin mezcla serían su parte! Allí donde otros ancianos debían esperar la muerte en la miseria, ocultos con vergüenza tras cortinas descoloridas, los ambiciosos señores de las minas pasarían sus últimos años como los potentados de Koltan, como los gobernantes de todas las regiones visibles desde la torre más alta de Koltan. Más aún: su reino crecería con tal fuerza que, cada año que siguieran vivos, construirían una torre nueva, cada vez más alta, que ofreciera vista a los territorios conquistados. Las torres se clavarían profundamente en el cielo y allí desafiarían al Señor de la Cúpula. ¿Y el sultán? Ese benévolo protector del pueblo, cuyo nombre apenas podían pronunciar por desprecio, sería su felpudo, una sombra enloquecida que deambularía sin rumbo por el palacio, temerosa de provocar la ira de sus amos.

Una risa profunda brotó de sus gargantas robustas. Con avidez, uno de los gordos extendió la mano hacia la esfera. Como atraída por los dedos carnosos llenos de anillos, la esfera flotó suavemente hacia el señor de las minas al que llamaban Waïs, Señor de la Abundancia. Él le habló a la esfera con tono imperioso.

—Escucha a tus nuevos comandantes, maravilla flotante. El Señor de la Cúpula te derribó a la tierra antaño, en la Última Batalla. Se te cometió una gran injusticia. ¡Ea, pues, estrella, ahora eres libre! Rompe tu indigna cáscara y ve donde quieras, por Koltan y sus alrededores, y ejerce tu fuerza devastadora sobre todos cuantos encuentres. Penetra en los deseos más ocultos de los koltaneses y de los pueblos inferiores. Hazlos a todos tus adoradores. Solo una cosa debes tener en cuenta. Mientras el pueblo te idolatre en templos y alabe tu sabiduría infinita y tu omnipotencia, nosotros, los señores de las minas de Koltan, guiaremos la ciudad y le devolveremos la gloriosa fama que tenía antes de que el débil sultán pusiera por delante el bienestar de su pueblo. Nuestro elevado reino no debe limitarse a las puertas y murallas de la ciudad; no, Koltan debe extender su pompa y su potencia por todo el continente. De océano a océano acabaremos gobernando, con los koltaneses como nuestro poderoso ejército. Tan sin voluntad los harás que cumplirán las tareas más crueles. Con tanto ardor lucharán que pasarán a cuchillo a cualquier poder extraño. Habla, estrella: ¿estás de acuerdo?

La esfera empezó a brillar con violencia. Bramó en una lengua extinta que los señores de las minas no conocían, pero que, de manera extraña, comprendieron.

—Criaturas insignificantes… Domináis el arte de devolver la vida a los muertos. Ahora también queréis convertir a los vivos en vuestros seguidores serviles. Ja, ¡tenéis grandes ambiciones para vuestra corta vida! ¿Acaso no comprendéis que yo soy la eternidad? Ese impostor de arriba a quien llamáis, adulando, el Señor de la Cúpula, en tiempos remotos me atrajo al subsuelo con un ardid. ¿De verdad pensáis que yo, por mi propia fuerza, no puedo romper a través de los muchos minerales, menas y campos mineros y, si así lo deseo, a través de mi propia cáscara?

Los señores de las minas empezaron a temblar y a sacudirse. Waïs habló con inseguridad.

—Pero ¿por qué entonces permaneciste abajo, estrella? Las leyendas dicen que tú, la más poderosa de las estrellas, querías ser liberada y que recompensarías generosamente a tus libertadores.

La esfera descendió hasta quedar justo frente a los ojos de Waïs.

—Lo veo en ti y en tus miserables compañeros: crecisteis bajo el débil gobierno del maldito Señor de la Cúpula y del frágil sultán. Creéis comprender el poder puro, pero os equivocáis. Así como el Señor de la Cúpula me atrajo a la profundidad, también sedujo a los más débiles de los vuestros para que vinieran a buscarme. ¿Qué Dios no querría obtener una prueba de su omnipotencia? Sí, el Señor de la Cúpula creó al hombre a su imagen. La vanidad no le es ajena. Durante siglos, los koltaneses supieron contenerse a pesar de largos períodos de calamidad y obedecieron a su protector celestial. Pero ese orgulloso gobernante de arriba siguió dudando de vuestra devoción. Por eso, al fin, os concedió un mundo de abundancia y paz, un reino donde era dichoso morar. Y sí: liberados de preocupaciones terrenales, ¡acabasteis cayendo en la tentación! Los más audaces entre vosotros se sintieron listos para burlarse de la protección del Señor de la Cúpula y tomar el timón por vuestra cuenta. Bien: ¡entonces ahora experimentaréis lo que es ser completamente libres! Él, allá arriba, se retira ofendido y me deja el campo abierto. ¿Pensáis convertir a todos en Removedores? ¿Queréis transformar a los vivos en un ejército de no-muertos? ¡Insensatos! ¿No sabéis que ese es el privilegio de aquel a quien acabáis de liberar? Yo soy el Mal, que habéis soltado otra vez sobre la humanidad. Temblad ahora, atrasados, porque para mí sois todos iguales, ya seáis ricos o pobres, poderosos o insignificantes. Yo no soy como el Señor de la Cúpula, que dio a los sabios el poder de gobernar sobre los necios. ¡Junto con vuestro sultán, os arrastraréis ante mí!

De la esfera salieron destellos cegadores. La cáscara se quebró y la estrella encerrada en ella se hizo cada vez más grande. Uno por uno, los señores de las minas, antes tan altivos, cayeron pesadamente sobre la arena que se levantaba. Sus rostros estaban retorcidos de terror hasta casi volverse irreconocibles. Sin apartar la vista, miraban la estrella, que se expandía sobre la llanura. Waïs, a quien antes llamaban con respeto el Señor de la Abundancia, se mordió la lengua, la arrancó y masticó sus restos sangrientos. Rayan el Portador de Agua, fuera de sí, se arrancó las orejas. La sangre le brotó bajo el cabello negro y se mezcló, rojo parduzco, con la arena. Hamza el León, que había sido tan intrépido, sacó un puñal de su cinturón ricamente adornado, rasgó su vestidura y se destripó. Las tripas del León se retorcían como gusanos en el polvo. Imran el Silencioso, que había imaginado con más fervor a Koltan como imperio mundial, encogido por completo, se metió los pies en la boca y empezó a roer sus propios dedos.

Cuando los cuatro terminaron su miserable faena, miraron hacia donde estaba su torturador. Sin embargo, la estrella ya no flotaba sobre la llanura. El ídolo maligno había puesto rumbo hacia la ciudad. El cielo sobre los señores de las minas de Koltan se volvió negro como el carbón. Se levantó un viento atronador sobre la llanura. El Señor de la Cúpula había abandonado a su pueblo. Imran el Silencioso abrió la boca, escupió sus dedos y lanzó un grito.

—Koltan… ¿qué hemos hecho?

Desde la ciudad se elevó un retumbar ominoso.

Finn Audenaert (Gante, Bélgica, 1977) escribe relatos cortos: SF y terror, relatos absurdos y ocasionalmente también fantasía. Edita In Tenebris, revista flamenca de SF/F/H y misterio, y libros publicados por Poespa Productions. También edita Out of this World, una revista flamenca en línea de SF/F/H. Para la revista neerlandesa Fantastische Vertellingen reseña libros de SF/FH. Además, recopila antologías temáticas. Próximamente publicará libros con historias de fantasmas (2024), relatos de SF sobre nuestro sistema solar (2024) y cuentos de Alicia en el País de las Maravillas. En 2025 publicará su primer libro con relatos propios, Happiness: A How to Guide.

 

LA CLARIDAD Y LA IMPENETRABILIDAD

Boris Glikman

 

Mis compañeros y yo nos damos cuenta de pronto de que en realidad estamos en el mundo de los muertos.

Caminamos hacia un mercado al aire libre que tiene muchos puestos diferentes y vemos un titular de periódico sobre un muchacho del Titanic que cuenta cómo fue hundirse. Ese mismo periódico también publica cartas de animales atropellados que relatan sus experiencias en los últimos momentos de vida y en los primeros instantes de la muerte.

Voy primero al puesto de CD. Vende música que los músicos han compuesto después de morir. Me entusiasma especialmente encontrar los nuevos álbumes póstumos de John Lennon y Jimi Hendrix. También compro las sinfonías 11 y 12 de Beethoven, la Sinfonía n.º 200 de Haydn y la versión completa del Réquiem de Mozart. El pobre Mozart nunca logró terminarlo en vida, pero, afortunadamente, en este mundo de los muertos ha tenido tiempo de sobra para trabajar en él.

Por desgracia, la parte nueva que ha creado en el Mundo Claro ya no posee la grandeza trágica ni el pathos de la obra original. La música es ahora alegre y ligera, incluso con matices cómicos, porque Mozart ha comprendido que los réquiems no deberían ser obras de duelo y tristeza, sino de felicidad, celebrando la dichosa ocasión de haber alcanzado por fin la existencia perfecta.

Junto al puesto de CD hay un puesto de libros. Hojeo libros que cuentan las experiencias de las personas muertas: cómo encontraron su final, qué sintieron al morir y cómo ha sido su existencia desde entonces.

Quienes temían que la muerte pusiera fin a sus odios y conflictos personales pueden tranquilizarse: en este mundo podrán reanudar, con energías renovadas y con el beneficio de un tiempo ilimitado, todas sus antiguas enemistades y disputas.

En efecto, muchas guerras que en el mundo de los vivos se consideran terminadas con tratados de paz siguen librándose aquí con toda su fuerza y con una ferocidad intacta, con soldados caídos que recogen sus armas y retoman sus formaciones.

La Guerra de los Cien Años se ha convertido ahora en la Guerra de los Seiscientos Años, y la Primera y la Segunda Guerra Mundial se han fusionado en un solo conflicto, con el káiser Guillermo II y Hitler asumiendo conjuntamente la dirección de las fuerzas armadas alemanas y con los Aliados comandados por líderes de ambas guerras mundiales. Japón se encuentra en un profundo dilema, sin saber qué bando elegir, pues luchó con los Aliados en la Primera Guerra Mundial y con el Eje en la Segunda.

Hay toda una sección paranormal dedicada a temas esotéricos y místicos como las Experiencias Cercanas a la Vida (ECV) y el contacto con el mundo de los vivos, que aquí recibe el nombre de «La Impenetrabilidad», debido a su característica de estar compuesto de una sustancia densa y a su naturaleza críptica.

Como las propiedades del mundo de los muertos son exactamente opuestas a las de «La Impenetrabilidad», sus habitantes lo llaman «El Mundo Claro» o «La Claridad», y se refieren a sí mismos como los seres claros.

Tomo un libro que trata el fenómeno de las ECV. Describe cómo, durante una experiencia cercana a la vida, se tiene la sensación de desplazarse por un túnel, alejándose de una luz deslumbrantemente brillante y cálida hacia la oscuridad, acompañado de intensos sentimientos de agitación, ansiedad y confusión.

Por consiguiente, la gente del Mundo Claro teme las ECV y hace todo lo posible por evitar exponerse a circunstancias que puedan obligarlos a abandonar La Claridad y regresar al mundo de La Impenetrabilidad.

De hecho, el temor a las ECV es tan grande y omnipresente en el Mundo Claro que se considera un deber cívico imperativo de todo ciudadano ayudar a aquellos seres que estén experimentando o corran el peligro de experimentar una ECV. Todos los ciudadanos deben aprender a reconocer sus síntomas y señales, así como los procedimientos de primeros auxilios para impedir que un ser claro regrese a La Impenetrabilidad.

A veces, ciudadanos demasiado entusiastas interpretan los síntomas de una ECV con excesiva literalidad y uno puede ver a una persona –cuyas protestas son ignoradas– siendo arrastrada por las piernas fuera de un túnel, por si acaso ese desdichado estuviera experimentando una ECV.

Otro libro trata sobre la estructura social y la vida cotidiana de los seres claros. Resulta que el epitafio «R.I.P.» que los familiares afligidos colocan en las lápidas no podría ser más desacertado e incongruente, pues la existencia de una persona en realidad comienza cuando muere y se convierte en un ser claro.

No, en La Claridad no hay tiempo para leer un libro, y mucho menos para descansar en paz; la vida en este mundo es demasiado rica y vibrante.

Al poseer una existencia ilimitada, los seres claros se sienten libres de muchas de las inseguridades y ansiedades que agotan la vida y que nacen de la amenaza constante de la muerte, y que atormentan a las personas de La Impenetrabilidad. El único temor que empaña la alegre existencia de los seres claros es la posibilidad de volver al mundo de los vivos. Por eso, en las guerras que aún se libran en La Claridad, el objetivo es volver vivo al enemigo.

Así surge esta situación paradójica: los seres impenetrables están atormentados por el hecho de que sus vidas deben terminar en la muerte, mientras que los seres claros están atormentados por la posibilidad de volver a la vida.

Como todas las comunidades humanas, el Mundo Claro tiene su jerarquía. A menudo se ve a un ciudadano particular rodeado de grupos histéricos –que pueden variar desde uno o dos individuos hasta cientos o miles– que lo cubren de flores y le suplican que les asigne alguna tarea para poder experimentar el éxtasis de cumplir los deseos de su ídolo.

Una visión particularmente curiosa es la de ciertos seres que no tienen ningún grupo devoto acompañándolos y, aun así, se arrojan flores a sí mismos mientras caminan por la calle.

Me desconcierta cómo esos ciudadanos alcanzaron tal fama, devoción y seguimiento fanático; por qué siempre los sigue el mismo grupo invariable de devotos y por qué algunos grupos son pequeños mientras otros cuentan con cientos y cientos de seguidores.

Al principio pensé que esos seres habían hecho una contribución excepcional al bienestar y la felicidad de la humanidad en La Impenetrabilidad, y que sus devotos eran todas las personas cuyas vidas habían sido salvadas o mejoradas por su obra. Sin embargo, mi razonamiento estaba completamente equivocado.

Dado que el factor más poderoso que anima la existencia de los seres claros es su miedo y su odio hacia La Impenetrabilidad, los ciudadanos que reciben esa celebración fanática son aquellos que en La Impenetrabilidad eran llamados asesinos, y su grupo devoto está formado por todas sus víctimas.

Los asesinos de jóvenes seres impenetrables gozan de una estima especial por haber dado a un niño la oportunidad de participar en la gloria de la existencia en el Mundo Claro.

Entre el asesino y cada una de sus víctimas existe una relación única, íntima y profundamente amorosa. La víctima queda eternamente en deuda y devoción con su asesino por haber tenido el valor y la sabiduría de superar el ridículamente equivocado tabú contra el asesinato que existe en La Impenetrabilidad y por haberle permitido escapar de las tediosas garras del mundo de los vivos.

Como las víctimas de suicidio son sus propios asesinos, se arrojan flores a sí mismas mientras caminan, asegurándose de que los demás sepan que también poseyeron la valentía y la inteligencia necesarias para escapar del mundo de los vivos.

Los jóvenes seres claros, en particular, aman a sus asesinos con una intensidad que nunca existió ni siquiera entre ellos y sus padres en el Mundo Impenetrable. A veces su devoción incansable y sus interminables expresiones de gratitud llegan a agotar incluso al más paciente de los asesinos.

También hay libros que especulan sobre la posibilidad de que las personas existan en el mundo de la Impenetrabilidad antes de convertirse en seres claros, un mundo radicalmente diferente de La Claridad.

Según esos libros, en La Impenetrabilidad todas las personas comienzan a existir con la misma edad y forma: a la edad de cero años, como un ser diminuto e indefenso. Los habitantes de La Impenetrabilidad, al parecer, están compuestos de una materia sólida y toscamente formada que se deteriora con el tiempo. Sus cuerpos –afirma el libro– son incapaces de realizar acciones tan simples como atravesar objetos físicos, volverse invisibles a la vista o superar las tiranías de la gravedad y del tiempo para moverse libremente en las cuatro dimensiones.

La supuesta existencia de La Impenetrabilidad es un tema intensamente debatido en el Mundo Claro y ha provocado una antigua y profunda división en su población, contribuyendo directamente a grandes conflictos y catástrofes a lo largo de su historia.

Para Los Creyentes, la existencia de la Impenetrabilidad es un pilar fundamental de su visión del mundo y de enorme importancia para su bienestar espiritual y emocional. Los Creyentes sostienen firmemente que los seres humanos atraviesan un período de crecimiento y desarrollo en La Impenetrabilidad que los prepara para su verdadera existencia en el Mundo Claro. Según sus textos sagrados, nuestros caracteres y destinos en La Claridad están moldeados y determinados por nuestras experiencias y nuestras vidas en La Impenetrabilidad.

Los Incrédulos rechazan cualquier afirmación de que una persona haya existido antes de La Claridad. Sostienen que está más allá del alcance del conocimiento y de la razón humanos comprender qué ocurre antes de que una persona llegue a existir en el Mundo Claro, y que, por lo tanto, todas esas discusiones no son más que palabras vacías. Según su credo, los seres claros llegan a existir en el Mundo Claro ya poseyendo todos sus atributos, habilidades e imperfecciones, y el destino de cada uno depende únicamente de sí mismo.

Una forma favorita de pasar el tiempo para los Incrédulos es burlarse sin piedad –hasta hacer llorar– de los Creyentes por su fe ciega en algún mundo imaginario, preguntándoles que señalen dónde creen que se encuentra.

En parte como respuesta a estos ataques contra lo que consideran más sagrado, una proporción considerable de los Creyentes ha formado un movimiento escindido llamado Los Creyentes Creyentes.

Para este grupo cismático, el acto de creer se ha vuelto más importante que aquello en lo que realmente creen, es decir, la existencia de La Impenetrabilidad. En efecto, la fe se ha desvinculado de aquello en lo que se basaba originalmente, y es este estado mental puro de fe –en sí mismo– el que ahora se ha convertido en objeto de veneración y en fuente de alimento espiritual y emocional.

De hecho, la gran mayoría de los Creyentes Creyentes ya no recuerda en qué cree; solo sabe que su fe es lo que los distingue de los Incrédulos y les proporciona la identidad y la seguridad que tanto valoran.

Recientemente han aparecido signos inequívocos de un aumento de la tensión y el antagonismo entre los Creyentes y los Creyentes Creyentes. Estos últimos acusan a los primeros de socavar todo el movimiento. Según los Creyentes Creyentes, al aferrarse obstinadamente a la creencia en algún mundo hipotético de La Impenetrabilidad, los Creyentes contaminan su fe sublimemente pura con un elemento imperfecto e incierto, además de exponerse a los ataques de los Incrédulos.

Quienes han estudiado los acontecimientos pasados de este mundo y ahora observan su situación presente predicen que en eras futuras se producirán conflictos cataclísmicos como nunca se han visto aquí.

Estos conflictos ya no serán entre Incrédulos y Creyentes, sino entre Creyentes y Creyentes Creyentes, dada la vehemencia con que estos últimos proclaman que su fe no debe contaminarse con ningún elemento extraño y lo poco que saben sobre el origen mismo de esa fe.

Otro grupo escindido que ha ganado amplio reconocimiento es el de los Creyentes en Volver a Ser Claros. Este movimiento pone gran énfasis en la importancia de la Experiencia Cercana a la Vida que mencioné antes. La creciente popularidad de este movimiento es una clara señal de hasta qué punto el fenómeno de las ECV ha marcado la conciencia colectiva de la población de este mundo.

Una característica clave del movimiento es su rito de iniciación, centrado en la recreación de una ECV: experimentar el terror que provoca y los sentimientos de alivio y éxtasis que surgen al escapar de ella y volver a ser claro. De ahí el nombre del grupo, que, en nuestra antigua terminología, sería conocido como el movimiento de los muertos otra vez.

Para que la recreación sea lo más parecida posible a una ECV real, se construyen túneles muy estrechos y sin salida, con luces brillantes colocadas en sus entradas.

La parte de Entrada del rito se realiza en silencio absoluto y consiste en arrastrarse por el túnel sin mirar atrás. El director de la ceremonia decide cuándo se ha avanzado lo suficiente y se ha demostrado el valor de enfrentar a La Impenetrabilidad.

En la parte de Salida, el director ordena a un miembro que saque al que se arrastra tirándolo de las piernas, mientras los participantes que rodean el túnel lanzan gritos de júbilo. El nuevo miembro ha vuelto oficialmente a ser claro y puede llevar el título de Creyente en Volver a Ser Claro.

Algunos miembros más temerarios consideran que esta simulación no es más que una sombra de la experiencia real. Presumen de su valentía exponiéndose deliberadamente a situaciones que saben que los acercarán al borde de la vida.

Estos imprudentes seres claros describen con orgullo sus hazañas: cómo sienten que sus cuerpos adquieren una forma sólida y torpe, cómo perciben una fuerza obstinada que emana del suelo y anula su capacidad de moverse libremente, y cómo experimentan una intensísima sensación de fatalidad inminente.

Me canso de leer todo ese material esotérico y continúo mi paseo por el mercado.

Hay puestos de flores que venden flores marchitas, puestos de fruta que venden fruta seca y podrida, pero por lo demás todo es exactamente igual que en el mundo de los vivos.

De pronto me golpea una idea asombrosa. Veo con claridad una forma de resolver los interminables conflictos entre las facciones y de volver a unir este mundo. Ahora se convierte en mi deber y en mi misión difundir mi solución revolucionaria, capaz de cambiar el mundo, entre toda la población de La Claridad.

Reúno a mi alrededor mi primer grupo de discípulos y les transmito mi Evangelio de los Dos Mundos Son Uno:

—Dado que no hay diferencias entre el mundo de los muertos y el mundo de los vivos, excepto en los nombres con que los designamos, ¿cómo podemos demostrar que este no es en realidad el verdadero mundo de los vivos? Y si ni siquiera podemos recordar ninguna diferencia entre este mundo y el mundo real, ¿cómo podemos afirmar que el mundo real existió alguna vez?

Utilizo un argumento matemático para dar a mi solución una base científica sólida.

—Supongamos que existen dos mundos: el mundo real y el mundo de los muertos. Designemos el mundo real con X y el mundo de los muertos con −X. Pero, por otro lado, ambos mundos son idénticos y, por lo tanto, debe cumplirse que X = −X. Al resolver esta ecuación obtenemos que X = 0, y si X es cero, entonces también lo es −X.

Así obtenemos este resultado absurdo: ninguno de los dos mundos existe. De ello se sigue que nuestras suposiciones iniciales eran incorrectas y que solo puede existir un único mundo.

Podemos llamarlo el mundo de los vivos o el mundo de los muertos. Es solo un nombre, y al final no hace ninguna diferencia.

Boris Glikman es escritor, poeta y filósofo. Las mayores influencias en su escritura son los sueños, Kafka, Borges y Dalí. Sus historias, poemas y artículos de no ficción han sido editados en revistas electrónicas y publicaciones impresas. Boris ha aparecido varias veces en la radio, incluyendo la radio nacional australiana, interpretando sus poemas e historias y discutiendo el significado de su trabajo. Dice: "Escribir para mí es una actividad espiritual del más alto grado. La escritura me da el conducto a un mundo que es inalcanzable por cualquier otro medio, un mundo que está poblado por Verdades Eternas, Preguntas Inefables y Belleza Infinita. Es mi esperanza que estas historias mías permitan al lector echar un vistazo a este universo".

 

viernes, 6 de marzo de 2026

TARDE EN LA PLAYA (Declaración del reo)

 Jorge Etcheverry

 

Elegí un formón mediano de empuñadura de metal y lo sopesé en la mano. Luego fui al taller del viejo para buscar una huincha aisladora que había visto por ahí, de esa negra que se usa para empalmes eléctricos. Cuando había dicho en la mañana que ella y yo teníamos la intención de dar un paseíto por la playa, alguien, una de las tías había comentado "Es muy peligroso andar por ahí a esa hora. La semana pasada asaltaron a una pareja de novios casi frente a la carretera. A ella la violaron entre todos y a él lo dejaron a muy mal traer". Pero no tenían nada que venir a decirme a mí. Yo sabía que todos pensaban que yo era un señorito de la capital, que estudiaba en la universidad y estaba de visita en la casa en la costa de mis futuros suegros después de mi salida del hospital en que había estado por ese problema de los nervios. Para tomar el sol, ir a la playa, relajarme. No sabían que también tomaba mis precauciones. Eché una mirada a la cocina y a la gente reunida en la sobremesa después del almuerzo, que conversaba. Nosotros dos estábamos en el patio, no habíamos almorzado. No es agradable caminar con el estómago lleno. Ni hacer otras cosas, si usted me entiende. Ella preparaba una canasta con alguna fruta, quizás un poco de salame, bebidas, huevos, un par de sándwiches de queso, no me acuerdo bien, cosas así. Eso era lo que le tocaba hacer a ella siempre que salíamos a caminar por la playa. A cada uno lo que le correspondía.

Ahora a las precauciones. Yo me había decidido a las finales por el formón que era bastante largo para tratarse de un formón. La lezna y el cuchillo habían quedado en la caja de herramientas. Se requiere bastante más habilidad para manejarlos de la que yo tenía. El sol ahuyentaba a las nubes, pero la atmósfera aún permanecía un poco húmeda y sofocante. Los pastelones de cemento del suelo todavía estaban mojados. En general, a esa hora y fuera de la estación de veraneo, la única gente que frecuentaba la playa eran por lo general pescadores, mariscadores y recolectores de lama. Los había visto en la playa, o sino en el mercado, innumerables veces, destripando pescados, cortándoles la cabeza, desollándolos, sacando los caracoles de sus conchas con unos alambres curvos, mientras a sus pies crecía el montón de entrañas, pellejos y cabezas de pescado, punteado de moscas que zumbaban, mientras arriba en el cielo azul, las gaviotas esbozaban círculos voraces sobre sus gorros de lana. Salimos caminando sin prisa hacia la playa. Tardamos casi una hora en llegar. Hacía un poco de viento. Ella se había amarrado el pelo rubio con una cinta roja. A mi pedido, se había sacado las medias y las había echado en la canasta. Cuando al fin atravesábamos las primeras dunas había más viento, pero hacía un poco más de calor. La playa se estiraba a lo largo de toda la costa, entre las dos ciudades, bordeada y a veces invadida por las dunas. Caminamos todavía un par de cuadras para estar más seguros. No se veía un alma por las cercanías. A esa hora toda la gente del pueblo debería estar durmiendo la siesta. Pero no todos. A unos cincuenta metros hacia mi izquierda me pareció ver por el rabillo del ojo unos movimientos furtivos. Me detuve a orinar mientras examinaba el contorno como a la descuidada. Decidimos quedarnos entre las dunas porque más a la orilla del mar corría un vientecillo helado. Atravesamos montañas de conchas de mariscos y patas de jaiba, cochayuyo seco, buscando un lugar propicio. El olor de las lamas en putrefacción, de las conchas marinas, llenaba el aire. Ese olor marino siempre renueva la vitalidad y es muy excitante. Respiré con ansias. En un recodo en que se juntaban dos dunas, la arena formaba como un nido, para esos dos tórtolos que éramos nosotros.

Allí nos sentamos y comenzamos a besarnos. Aventuré una mano por su piel. Pero no estaba tranquilo, no podía abandonarme. Además se me había olvidado la píldora en la casa. Pero por una vez no iba a pasar nada. Volví repentinamente a la cabeza como si un sexto sentido me avisara. En una milésima de segundo alcancé a ver la silueta de un hombre moreno que gateaba rápidamente, a unos veinte metros y casi a los pies de una duna. "Un parejero", me dije. Al verme, adoptó una postura relajada, tendido boca arriba con un brazo doblado bajo la cabeza. No era más que un tipo que tomaba sol. Me volví para ver si había otra gente cerca. Como a una media cuadra más atrás advertí la silueta oscura de otro hombre que caminaba apareciendo y desapareciendo entre las dunas. Cundo di vuelta la cabeza, hizo como que se agachaba a buscar algo en la arena ¿Un cristal pulido por las aguas? ¿Una concha? ¿Una piedra con vetas coloreadas? Yo no podía saberlo. Le hice a ella una además para que nos levantáramos. Comenzamos a desandar el camino. Logramos por fin encontrar una ubicación que nos aseguraba por lo menos la visión de casi todo el paisaje frente a nuestros ojos, con la espalda contra una pequeña duna. Nos sentamos. Nos besamos. Acaricié y besé sus muslos, subiendo su falda con mi rostro pegado a ellos hasta que sentí el suave aroma de su sexo. Luego ella comenzó, con gestos pausados, a soltarse el pelo. Ése era un gesto que siempre me excitaba. Yo entretanto desenrollaba la cinta aisladora que había traído en el bolsillo de atrás del pantalón, y la enrollaba alrededor de la hoja del formón, para hacer una empuñadura. Nunca se sabe lo que puede pasar y había mucho movimiento furtivo alrededor. Generalmente para aplicar golpes y tratándose de un formón, es preferible la empuñadura. Si ésta es de metal, será de un metal más pesado que el de la hoja (en este caso de plomo), y tendrá más cuerpo para golpear. Al blandirla, el peso de la empuñadura doblará la hoja por sí misma, agregando fuerza al golpe. Pero al empuñar el formón por la hoja, que es de acero, de ángulos filudos, duele la mano y puede que los dedos se resbalen. Por eso es conveniente cubrirla con bastante huincha aisladora, o en su defecto, con gasa, tela emplástica o género. En último caso cáñamo, tratando de formar una empuñadura. Tiene que ser un material que no sea resbaladizo. Hay quienes prefieren golpear con la hoja, así convenientemente envuelta, alegando que la huincha o el género amortiguan el sonido del golpe y no dejan señales externas. Pero por lo que he leído es preferible golpear con la empuñadura, sobre todo cuando es de metal.

La silueta anteriormente vista debía estar ahora más cerca. No la veía, pero la presentía. O mejor la suponía. El hombre no era tan tonto como para mostrarse, corriendo el riesgo de ser visto. Y era un adulto. Si se hubiera tratado de un adolescente no hubiera resistido la tentación de asomar un largo y delgado pescuezo sobre las dunas, atisbando impaciente con sus febriles ojos bordeados de ojeras. Pero se trataba de un hombre con experiencia, por su sinuosa manera de reptar, por su contención hasta las finales del espectáculo, y por su persistencia y aplomo al sentirse sorprendido. Pero había cometido un error garrafal. O se estaba poniendo viejo. Yo veía su sombra que se proyectaba por detrás de una duna situada al noroeste nuestro, mientras la besaba. Hay otro indicio que me permite asegurar que se trataba de un perito en la faena: La primera vez que un novato se encuentra sorprendido, se avergüenza y huye. Este tipo se había quedado donde mismo, y su actitud al pretender tomar sol en un terreno que bien se veía que no era el apropiado, y en una tenida absurda, era de una tranquila mofa, incluso de franco insulto y desafío. Si yo lo interpelaba, (a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacerlo), sabría que tiene todas las cartas en la mano, porque las parejas recorren la playa buscando la clandestinidad y tienen que pagar su tributo. Sé de quienes se hacen los desentendidos y consuman su amor, a veces ante decenas de ojos. Por otra parte, he sabido de sujetos que han llegado hasta el chantaje, si la señorita es de una buena familia conocida en la zona. Por lo tanto, le indiqué a ella, sin mover casi los labios, mientras la besaba, que no diera a entender que habíamos visto al sujeto, y cuando finalicé el largo beso, ya tenía hecho mi plan. Ella caminó unos pasos hacia la derecha y empezó despacito a bajarse el cierre del vestido, como si fuera a desvestirse. Yo, sin hacer ruido y empuñando el formón por la hoja repté como un reptil hacia la duna detrás de la que se ocultaba el hombre. Subí en cuatro pies hasta cima, cuidadosamente. Ella ya estaba en calzones. Con ademán púdico se cubrió los pechos. Era de esperar que el hombre no se hubiera dado cuenta, porque era como anunciarle que lo habíamos descubierto. Una niña que sabe que no la están mirando no se cubre los pechos. Avancé más rápido, empuñando el formón por la hoja envuelta en la cinta negra. No era necesario tomar precauciones extremas: el tipo no esperaba mi proceder y era seguro que la miraba embelesado tratando de no perder detalle de ese festín visual. Al llegar a la parte de arriba de la duna levanté por accidente un poco de arena con la mano en que llevaba el formón. Inmediatamente me eché boca abajo inmóvil esperando que el hombre no se hubiera dado cuenta. Pero entonces me pasó un accidente que resultó providencial. Me raspé la frente con una piedra (o roca) que apenas sobresalía de la arena. No la había visto por su color blanco, que la mimetizaba. Quizás era de cuarzo. En otras circunstancias me habría detenido a admirarla. Si me hubiera corrido unos centímetros más hacia la izquierda me habría abierto la cabeza como una sandía y no estaría contándoles esto. Ahora al pensarlo, se me encoge el corazón.

 Pasé momentos de angustia y sudé copiosamente mientras extendía la mano hacia la piedra: si era una roca con tan sólo ese pedacito afuera y la masa oculta por toneladas de arena, no tendría la menor posibilidad de levantarla y menos manipularla. La parte sobresaliente no excedía en volumen o peso a un adoquín común y corriente. Ahora, fiel a las instrucciones que le había musitado, ella se bajaba lentamente los calzones. Por un momento yo también me dejé absorber por el espectáculo. Una gaviota pasó graznando sobre mi cabeza y me sacó de mi contemplación. Me alcé de rodillas con la piedra en vilo. Abajo, en cuatro pies, en mitad de la duna, el individuo observaba, protegido, él creía, por un montón de lama seca. La piedra se estrelló sobre su cráneo que se abrió con un crujido seco, como un ladrillo que cae sobre un piso húmedo, de tierra. A su lado cayó el formón, que había dejado caer sin darme cuenta.

Entonces ella vino a ver, con los grandes ojos azorados, y desnuda. El sol parecía mojar su cuerpo bronceado de largos miembros natatorios. Sus ojos glaucos brillaban como dos pequeños charcos, al sol. "Agáchate", le dije, "te pueden ver de todas partes". De la cabeza rota del hombre casi a sus pies manaba una sangre espesa, tirando a granate, que se arrastraba penosamente por la arena, que la absorbía. Bajo el sol, que la coagulaba, iniciando perpetuos cursos murientes como de lacre caliente. Ella miraba paralogizada. No tuve más remedio que tomarla de un hombro y lanzarla de espaldas contra el suelo, para que no la advirtieran. Pero de repente me comencé a sentir muy excitado. Intenté abrir sus piernas pero parecía nerviosa y las apretaba. Mientras yo forcejeaba, moscardones y tábanos zumbadores comenzaban a congregarse en, sobre, y alrededor de la cabeza del hombre que yacía a unos pasos. Después de intentar penetrarla por unos instantes, desistí. Sus miembros parecían los de una muñeca de goma. Era claro que ella no iba a poder hacer el amor en esas circunstancias. "Vámonos de aquí", me dijo mientras fruncía la boca a punto de llorar. Le indiqué imperativamente que primero fuera a buscar su ropa que se distinguía en un montoncito vaporoso al pie de una duna. En el momento en que se levantaba vi a la segunda silueta aparecer a unos cincuenta metros de nosotros. Con pavor, traté de ocultar el cadáver con mi cuerpo, lo que era difícil, ya que era más voluminoso que yo, y me manché de sangre la manga de la camisa. Afortunadamente, el otro hombre no se dio cuenta, pues la estaba mirando a ella, erguida primero, inclinándose después a la vera de la duna en procura de su ropa, resplandeciente en su desnudez, como una estatua de marfil, con una pátina apenas doraba. Tomando lentamente una prenda después de otra, volviéndose a agachar en procura de una zapatilla que se le había caído. El hombre ya me había visto antes, con ella. Que su torpe vista escudriñara el terreno al notar mi ausencia era cuestión de segundos. Era cuestión de un par de parpadeos luego del encandilamiento. Recogí, inclinándome, el formón por el mango, luego lo tomé por la hoja y eché una mirada al terreno. Todo en cuestión de segundos. Luego eché a correr, agazapado, en zigzag, por entre las dunas, fuera de su campo visual.

Es difícil correr rápido en la playa. El viento ya no levantaba arena. Por el contrario, la que yo aventaba con cada uno de mis pasos se reincorporaba pesadamente al terreno. Cuando llegué a su lado, él ya no la miraba. Ahora estaba con la mirada fija en el cadáver y parecía asombrado, como tratando de hacer una suma de cosas dispares: una niña desnuda, con sus ropas en la mano, más un cadáver con la cabeza rota, en torno al cuan zumban las moscas. Me erguí rápidamente y lo golpeé inmediatamente detrás de la oreja, como he oído decir que se golpea a los conejos. Quedó trastabillando como un gran oso harapiento. No caía. Giré en torno a él y le di con el formón en la parte posterior del cráneo. Entonces sí que cayó, pero se debatía, moviendo brazos y piernas. Tuve que golpearlo repetidas veces y aún así, la cabeza parecía compacta como si estuviera rellena de género o de arena. Pero estaba muerto. Sus movimientos vestigiales disminuyeron hasta desaparecer. Ahora ella llegaba con su ropa bajo el brazo, sin parecer comprender lo que sucedía. Ahora era necesario ocultar ambos cuerpos. Miré a mi alrededor. Cerca de allí había una depresión entre dos dunas. Yo quería colocar allí los dos cadáveres y luego echarles arena encima. Mientras arrastraba al pesado bruto por los pies hasta echarlo en la hendija, ella salió de mi campo visual. Cuando hube terminado con esa parte de mi tarea di vuelta la cabeza para ver dónde estaba. No la vi. Tampoco vi el otro cuerpo. Sólo vi su ropa que estaba tirada sobre la arena, a merced de la brisa que soplaba, de cualquier manera. Me di a la tarea de buscarla. A los pocos segundos me di cuenta de que estaba un poco más allá, llorando a la orilla del mar. Estaba cansado y un poco mareado y me costaba hablar. Ella arrastraba al otro cuerpo de un pie, trabajosamente, dejando atrás un hilillo oscuro de sangre que se coagulaba rápidamente en la arena tibia. Ella se detenía cada cierto trecho para tomar aliento entre sollozos, al borde de un ataque de histeria. También se la veía a punto de desplomarse. Ella me miraba con el temor de un niño que espera golpes y reprimendas. Yo la calmé lo mejor que pude con una sonrisa y esa pequeña caricia en la mejilla que siempre tenía el efecto de tranquilizarla. Me despojé de mis ropas, disponiéndome a completar la tarea. Me eché el fardo inerte a la espalda y eché a caminar por la arena, agobiado por el peso, adentrándome en el agua, hasta que me hubo llegado al cuello. En verdad el agua estaba helada. Entonces lo solté y vi cómo se hundía de bruces primero, para luego subir a la superficie lentamente y quedar boca abajo, con el tronco al aire, y los brazos y piernas, así como la cabeza, colgando dentro del agua. El agua inflaba sus vestimentas, demasiado amplias para su osamenta, produciendo un efecto casi cómico. Di unas cuantas brazadas y me pelé una rodilla contra una roca del fondo. Tiritando salí del agua. Ella estaba sentada sin expresión. Yo recogí mi ropa y eché a caminar con ella hacia las dunas, un poco embotado.

 Al llegar de vuelta a la arena nos encontramos con una desagradable sorpresa, que las dunas nos habían ocultado: Un hombre de gabán, al parecer un pescador, examinaba el cuerpo medio cubierto de arena con un cierto asco. Con la punta del pie dio vuelta la cabeza buscando la invisible lesión. Por la boca de la cabeza todavía brotaba un hilillo de sangre. El hombre contempló el cuerpo casi con indiferencia. Sus ojillos rojos brillaban impasibles bajo las hirsutas cejas, entre el grueso cutis curtido. Su cara era tan expresiva como un pedazo de cuarzo. Yo miraba todo como si estuviera muy lejos.

 En una de sus nervudas manos sostenía una antigua pistola. Al cinto le pendía un cuchillo abridor de mariscos. "

—No traten de hacerse los desentendidos —nos dijo—. Lo vi todo.

Nosotros nos miramos con zozobra. Cuando dijo "tapen el cadáver", una chispa de esperanza hizo vibrar al unísono nuestros cuerpos desnudos. Ambos nos pusimos a echar arena haciendo pala con las manos juntas hasta formar un montículo de regular tamaño sobre el yacente. Cubiertos de sudor dimos fin a nuestra tarea y nos quedamos enfrentando al viejo gigantón en actitud interrogante. Entonces nos dio la espalda y se marchó. Nos quedamos paralogizados y nos abrazamos. Ella se notaba nerviosa. Era natural. Por el contrario, yo me sentía un poco afuera de lo que estaba pasando. Algunas gaviotas describían círculos o parábolas en lo alto, sobre el túmulo, seguramente esperarían que nos fuéramos para empezar a picotear el cadáver. En el mar, a una decena de metros de la plaza, se veía algo como un tronco, en el que se atareaban ahora innumeras aves marinas. Nosotros sabíamos de qué se trataba. El sol brillaba. Las gaviotas graznaban oliscando la muerte. Nos quedamos parados, tomados de la mano, sin saber qué hacer. Pronto las aves de rapiña y los perros errantes de las playas darían con el cadáver enterrado y lo expondrían sobre la arena, donde cualquiera que acertara a pasar podría verlo, como eventualmente sucedió.

—Tengo ganas de ir al baño —decía ella, sollozando—, tengo ganas de irme a la casa.

Pero entonces el hombre ya volvía, desandando sus pasos. Con una mano arrastraba un enorme montón de cochayuyos. Entre los haces saltaban pulgas de mar. En la otra mano se advertía un teléfono celular. Luego extrajo de un bolsillo un gran pañuelo y se secó el sudor de la frente y el cuello en forma lenta. Pausadamente. Sus movimientos y ademanes eran calmos. Sin embargo, en sus ojos nos miraba algo que no era benevolencia. A lo lejos vimos acercarse una pareja de policías. Nos dijo:

—Vístanse, nos vamos.


Jorge Etcheverry Arcaya es un poeta, editor, editor y traductor nacido en Chile. Vive en Canadá. En Chile fue miembro de los colectivos de poesía Grupo América y Escuela de Santiago. Sus textos han sido publicados en varios países, incluyendo poesía, crítica, ficción literaria, ensayo y ciencia ficción. Sus últimos libros son Clorodiaxepóxido (Chile 2017), Canadografía: antología de prosa hispanocanadiense (Chile 2017), Los herederos (2018), Samarkanda (Canadá 2019), Outsiders (2020). Recientemente ha contribuido a las antologías Wurlitzer. Cantantes en la memoria de la poesía chilena (Chile 2018), Antología de la poesía chilena de la última década (Chile 2018), Antología mundial: la papa, seguridad alimentaria (Bolivia 2019), y Anthologie de la poésie chilienne, 26 poètes d 'aujourd'hui (Francia 2021). Entre sus últimas publicaciones en revistas se cuentan textos en La Pluma del Ganso (México 2018) y Entre Paréntesis (Chile 2022).

 

CAMI ESTÁ BIEN AQUÍ

Maurizio Cometto

 

a Mariolina

 

21 de febrero

 

Hace mucho frío. Ya no nieva, pero hace frío; las calles están heladas. Cami no hace más que toser. Mi querida pequinesa está resfriada. Pero me preocupa.

Esta mañana, dos postales. La primera: Limone Piemonte, los telesillas a mediados de agosto:

 

Alberta, aquí el tío Giorgio. Se necesita al Dr. Blangero.

 

La segunda: Cuneo, hojas secas en Viale Angeli:

 

La echo mucho de menos. Alberta, aquí la tía Cloris. La echo mucho de menos.

 

El tío Giorgio adoraba la carita de Cami; la tía Cloris admiraba su inteligencia.

 

24 de febrero

 

Respira con dificultad. La flema la agobia y la inquieta. Ayer, después de un ataque de tos, le empezó a sangrar la nariz.

Me acordé de una postal. Bordighera (Cabo Ampelio), el mar resplandeciente con la puesta de sol.

 

Alberta, aquí Rosanna. ¡Leche y grappa para Cami!

 

Intenté seguir el consejo (Rosanna era experta). Cami rechazó la leche y la grappa.

Y hoy llegó otra. Robilante, en el Piagge enterrado bajo un metro de nieve:

 

Alberta, aquí tu Tony. Blangero enseguida.

 

28 de febrero

 

La llevé al Dr. Blangero. Le examinó la boca y los oídos; le auscultó el corazón; le examinó los ojos, los dientes. Por último, la nariz.

Finalmente, sentenció:

—Esto necesita un aerosol.

Dicho y hecho. Un cubo de cristal abierto por un lado. El Dr. Blangero toma a Cami, la introduce en el cubo por la abertura y cierra la puerta especial. Cami se pone de pie sobre sus patas, con las orejas alerta. Empieza a mirarme. Pienso: quiere despedirse. Si no, se queda quieta, rígida; solo tose de vez en cuando.

El cubo se llena de vapores de aerosol. Cami se despierta; mira a su alrededor, desconcertada. No entiende, pobrecita. Pero cuando Blangero por fin abre el cubo, salta, corre hacia mí, meneando la cola alegremente.

En casa, otra postal. Tío Aldo, Pietraporzio, primer plano del termómetro: veinte grados bajo cero:

 

Alberta, un torbellino aquí.

 

10 de marzo

 

Cami ha cambiado. Hoy, como ayer, menea la cola alegremente por toda la casa. Ya no es mi Cami. Hoy, como ayer, me salta encima y me lame la cara. Pero lo peor es que se está convirtiendo en un fantasma. No puedo acariciarla: mis manos se hunden; no puedo sostenerla en mi regazo: se hunde hasta desaparecer. Tan pequeña, además.

He recibido cuatro postales en los últimos tres días.

La primera fue anteayer. Abuela Graziella, Saorge, nubes en el valle Roja:

 

Saluda a Blangero. Vórtice aquí. Más allá del vórtice: Cami.

 

A la tarde siguiente, la segunda (de regreso de la décima sesión de aerosoles). Vernante, mural: Pinocho en el vientre de la ballena:

 

Alberta, Sandro aquí. Pasaje. Acompaña a Cami.

 

Hoy al mediodía, las otras dos. La llegada del cartero emociona a Cami. Arrastra la puerta, gimiendo ansiosa: quiere salir. La encierro en la sala.

La primera: Nizza, el cementerio judío:

 

Blangero, Charlotte aquí. Merci beaucoup.

 

La segunda: Tía Dolores, Franco y Giacinta, Boves, los Cerati en pleno verano (¿se dirigen a Cami?):

 

Tranquila. Con cariño aquí. Alberta: Ten piedad.

 

12 de marzo

 

La he perdido para siempre. En la última sesión de la Dra. Blangero. Dentro del cubo de cristal.

Los vapores envuelven a Cami, la acarician. De repente, horror: los vapores son manos. Cami insinuando, llevándosela. Un vórtice de manos, un vórtice de almas. Las manos (las almas) vuelven a ser vapores. Lentamente se disuelven. No hay rastro de Cami (tan pequeña, además...). De Cami... no hay rastro.

Y a casa. Cuneo (la aldea de Passatore), granizadas en los campos de maíz:

 

Alberta, aquí la tía Ester. Cami ya ha atravesado el vórtice. Cami está bien aquí.

 

Y hoy (terrible). París, Eurodisney: Pluto y Daisy Duck abrazándose:

 

Alberta, aquí Cami. Perdóname. Para Blangero: gracias.


Maurizio Cometto nació en Cuneo en 1971 y vive en Turín. Sus libros publicados incluyen la colección de cuentos Magniverne (2018), la serie de cinco novelas Il libro delle anime (2021/2022), la colección de cuentos Cambio di stagione (2011, reeditado 2023), y las novelas distópicas Le leggi dell’ordine etico (2024) y L’ombra della stella cometa (2025). Su última novela publicada es La notte di Italia - Germania, una novela negra publicada en la serie La Torre Nera de Tabula Fati. Desde 2023 es editor de la serie “Frattali” para Delos Digital, dedicada al realismo mágico y la fantasía sin etiquetas.

EL MUNDO DE DOS SOLES

Rosa Lía Cuello

 “El cuerpo tiene recuerdos

 que la memoria ignora.”

 Alberto Laguna

 

 

Los dos soles naranja alumbran la resquebrajada tierra. El calor levanta el polvo que se eleva hasta fundirse otra vez con la atmósfera. El mundo es muy distinto a lo que algunos conocimos, y solo nos queda el recuerdo y la culpa.

De todas partes están llegando grupos de seres que alguna vez fueron diferentes y se agrupan frente a la cueva del líder. Sus vestimentas son harapos, telas raídas, pieles de animales que ya no existen. Los pies descalzos y acostumbrados ya no sufren la tortura del suelo pedregoso. Sus cabellos ralos dejan ver la tierra adherida, la suciedad los embandera.

Igual llegan cruzando desiertos cotidianos, hay solo hombres de cuerpo vencido y ajado, de piel grisácea y áspera por la falta de agua.

Hoy es el gran día, luego de años de silencio el jefe mostrará lo que todos esperan.

El odio y el dolor, la falta de líquido, el resentimiento por lo que no supimos conservar, el miedo al futuro para nuestros hijos que caen en el desierto como pájaros heridos, hacen que hayamos perdido el respeto por nosotros, por las tradiciones que un día juramos conservar.

A veces el más mínimo intento por recordar el pasado hace que nos convirtamos en seres aún más solitarios, en individuos faltos de fe, de confianza.

La muchedumbre está perdiendo la calma, piden por el jefe, se impacientan. De todos modos esto es lo que pasa cada siete años cuando la memoria insiste en perpetuarse y uno se da cuenta que otro ciclo se cumple e intenta recordar y descubre que ni siquiera el cuerpo responde. Entonces se lleva a cabo la ceremonia. Ah, por fin, allí está.

 

“Hermanos, compañeros de soles, hombres del año 2070, ha llegado el día, voy a mostrarles otro de los tesoros de tiempos pasados. Quiero que miren bien, y que escuchen atentamente, de ello depende la veracidad de la historia. Tal vez no estemos todos cuando llegue ese día. Cada uno de ustedes debe recordar lo que se diga para tiempos venideros, porque habrá un futuro cuando lleguen las naves, entonces podremos contar nuestra historia. No perdamos la esperanza, que es lo único que nos mantendrá vivos. Por eso deben recordar lo aprendido para que este planeta alguna vez vuelva a ser un mundo rico. Lo que verán es una réplica, un fragmento de algo maravilloso, que se organizó sobre el techo de un lugar sagrado y merece ser tenido en cuenta, porque es una parte infinitesimal de nuestra propia existencia.”

 

Ahora saca un pliego de entre sus pieles y lo extiende frente a nosotros. La exclamación es unánime, los ojos azorados y resecos generan lágrimas que mojan los rostros desacostumbrados al líquido. Ya no lo escuchamos. Tocamos y probamos la sal de los siglos que se desliza lenta por el rostro. Todos entendemos que acabamos de recuperar algo vital para el humano. La imagen de un hombre desnudo y musculoso que parece salir de la tierra con el brazo extendido y un tanto laxo, mientras Dios en una nube y rodeado de ángeles casi lo toca con su dedo para darle fuerzas, hace el resto y todos caen de rodillas ante esa alegoría del ser que representa dos planos de realidad, uno de los cuales fue nuestro propio principio.

Rosa Lía Cuello es Técnico Superior en Diseño Gráfico y Publicitario, escritora y plástica. Vive en Cañada de Gómez. Ganó premios y menciones nacionales e internacionales en Poesía, Cuento y Cartas de amor. Participó de numerosas antologías en Chile, España, Perú, Méjico, Francia y Argentina. Fue Vice-presidente de S.A.L.A.C. y dirigió el departamento de arte en Revista La ciudad distante. Publicó: Dentro de mí (2001, poemas), Es todo el silencio (2014, poemas), En el nombre de la madre (2019, cuentos) y Mientras un ángel bebe de mi sombra (2022, poemas). Participó del proyecto “Santa Fe lee y crece” Condujo el programa “Palabras con sentido” en Radio Cultural Online.

jueves, 5 de marzo de 2026

CREANDO TAPICES

Myriam Goluboff

 

Sentada en el sillón frente a la ventana abierta, los anteojos caídos sobre la nariz, miraba atentamente su tejido. La aguja de crochet se movía rápida y hábilmente y tras de sí iban creciendo las hiladas, esa luminosa y límpida mañana de invierno. El sol se colaba a través de las hojas del árbol que tendía sus ramas tras los cristales y arrojaba su sombra sobre las paredes de la habitación donde formaba un dibujo geométrico de líneas casi paralelas.

Sus ojos se posaron un instante en esa sombra, bajó la vista hacia la pequeña canasta donde guardaba las lanas y vio cómo se agrandaba y se llenaba de ovillos. La habitación también se alargaba y se ensanchaba hasta convertirse en un pabellón donde a un lado se alineaban, desde la entrada hasta el fondo, todas las camas. En una punta de ese gran espacio, cerca de la reja de la entrada, los colores más hermosos se arremolinaban en el gran cesto de mimbre. Como pelotas, los ovillos azules, lilas, rojos, verdes, amarillos, se superponían en desorden. A su alrededor, unas diez mujeres, concentradas en su labor, dibujaban trazos en el espacio con la aguja de tejer crochet que se convertía en prolongación de sus manos. Con la derecha, mediante hábiles movimientos, la iban ensartando, enlazaban el hilo y formaban nuevos puntos, mientras con la izquierda sostenían el tejido realizado y el hilo que iban a seguir usando.

Y mientras tejían, iban desgranando historias, anudando amistades.

En esa actividad, Carmen era la reina, estaba atenta a lo que todas hacían, explicaba un punto aquí, una técnica allá, con esa cadencia en el hablar tan propia de su tierra, que sonaba relajante, maternal, atenta. Conocía todos los trucos, todos los puntos, y con paciencia, les enseñaba los secretos.

Lo habitual era que hicieran bolsos y también tapices, alegres, abstractos, en los que trabajaban con muchos colores, creando informales gamas o detalles inesperados que convertían al tejido en una explosión cromática. Lo importante era lograr la perfección absoluta. El punto de tensión y tamaño constante, los bordes rectos, sin un solo fallo.

Así pasaban horas y horas por las tardes, llenando ese vacío de vida de las cárceles.

Todo era simplemente una espera, espera de un juicio en el caso de esas mujeres, espera que pasara una condena en otros.

La tensión por la lejanía del mundo, por la incertidumbre del futuro, se diluía en el movimiento rítmico de las manos y la sensación de estar creando belleza, de estar creando piezas que entregaban como acto de amor, de comunicación con seres que solo pululaban en los intersticios de sus recuerdos, daba sentido a ese tiempo suspendido de sus vidas. Los domingos recibían nuevos hilos y entregaban los trabajos terminados. Ese día era una fiesta. También les llevaban comida pero, sobre todo, iban a visitarlas. La conexión con el mundo exterior era un viento de emociones que invadía el espacio.

Ese día no se tejía. Los ovillos permanecían inmóviles en su canasta, pero había mucho más movimiento alrededor. Cuidado al vestirse, carreras hacia la salida cuando se escuchaba un nombre al que anunciaban la visita. Risas o llantos a la vuelta. Malas y buenas noticias que entraban como lluvia de palabras a través de las rejas que dibujaban también, sobre los rostros de sus hermanos, sus maridos, sus padres, un dibujo como el del cuadrado a través del que veían el cielo.

La maestría de saber aumentar y disminuir puntos, les permitía hacer formas circulares, tejer boinas para los compañeros a los que no podían ver, pero a veces oían en la distancia, cuando cantaban, como forma de comunicación con ellas, desde otro pabellón distante.

En ese micromundo aislado, dos eran los enlaces con el exterior: la familia y los abogados. La familia les llevaba afecto, las noticias de los amigos, la expresión de la vida cotidiana, del trabajo. Los abogados, mensajes, noticias y, a veces, hasta esperanzas.

El encierro generaba tensiones y con las tensiones, surgían los conflictos. Muchos en los trabajos comunes, en los equipos que a lo largo de la semana se iban rotando, los que limpiaban el pabellón, los que se ocupaban de la cocina. Otros, en la mera convivencia forzada, que producía rencillas, rivalidades. Esta situación se veía agudizada por las diferencias de formación, de procedencia, de cultura, de edad, de situación familiar…

La estancia en ese pabellón, sin intimidad, donde la vida debía ordenarse, organizarse, para evitar la desesperación, resultaba, inevitablemente, una dura escuela de convivencia. Era necesario tener algunas horas de aislamiento, de actividad personal, para leer, para soñar, o simplemente, para dejar pasar el tiempo en silencio, para poder luego soportar el hacinamiento, la falta de soledad obligada.

Por eso era tan importante ese tejer colectivo que unificaba y que les generaba tanta satisfacción cuando lograban un resultado perfecto. Eran trabajos que entregaban como expresión de amistad, de compañerismo, de gratitud.

Las horas de tejido eran también una forma oculta, clandestina, de reunión política. Lo que las unía a todas, la razón de su estar allí, era su militancia. Eso también las separaba. La pertenencia a distintos grupos ideológicos, su inserción mayor o menor, su respuesta a los interrogatorios a veces acompañados de violencia en mayor o menor grado, generaba una especie de escala jerárquica y de confianza. Pero todas esas diferencias parecían diluirse, batidas por el movimiento de las agujas de crochet, que las enlazaba, tanto como enlazaba la lana.

Esa vida monótona, cual eternidad homogénea, se veía perturbada por algunos acontecimientos que la sacudían. Uno importante era cuando llegaba alguna nueva reclusa y se arremolinaban todas alrededor, acosándola a preguntas, para saber las causas, recibir las novedades del exterior, de ese mundo sin rejas, sin guardias, sin límites de tiempo. Y lentamente, esas mujeres también se iban integrando en esa sociedad estructurada, jerarquizada y algunas podían pasar a formar parte del mundo de los hilos, de esa actividad que tanto valoraban. Entonces se unían al grupo y si no lo habían hecho antes, aprendían a formar la primera cadena, la base del tejido y luego a ensartar la aguja y a ir tomando los puntos, formando las otras hiladas…

El sol le dio de lleno en la cara.

La aguja que había quedado en el aire, inmóvil, comenzó a moverse rítmicamente; tras la ventana abierta, las hojas del árbol tamizaban la luz del sol y los ovillos de lana descansaban a su lado en la pequeña canasta.

Myriam Goluboff, Bs As 1935, arquitecta UBA, en Coruña desde 1975, profesora de proyectos en la ETSA, a partir de su interés por descubrir la energía en el arte, sigue un periplo que la lleva a investigar en la calidad de los lugares para la vida y la sumerge en la relación de la arquitectura con el medioambiente, la ecología y la salud. En el año 2002 un encuentro fortuito la conecta con la página literaria Ficticia, allí nace “miriam chepsy” que se zambulle en la mundo de la minificción. El contacto con los escritores Levrero y Onetto la conecta con su subconsciente y pasa sus noches tecleando relatos y poemas que vuelca en la red y en su chepsy.net En el año 2011 Araña editorial publica su libro Mundos imaginados. Participa en diversas antologías y en 2015 publica su novela Selva. En 2017 publica para sus amigos una primera versión de Ciudades imposibles, libro de relatos que Medulia editorial publicaría luego en 2021.

PECADOS INFANTILES