sábado, 21 de marzo de 2026

CORONA ESPAÑOLA

Laura Scheepers

 

—Jennifer, soy Lianne. Tú sabes algo de cosas paranormales, ¿verdad?… Es tan raro, tampoco estoy segura, pero creo que hay algo en esta casa… Parece como si las cosas se movieran.

Lianne no sabía cuándo había empezado. Tampoco exactamente desde cuándo había comenzado a notarlo de verdad. Cuando tres personas viven en un apartamento, siempre hay alguien que cambia algo de sitio, y ella misma a veces dejaba cosas en cualquier lugar sin pensar. Solo en las últimas semanas había empezado a preguntarse si no estaría pasando algo más.

Desde hacía dos semanas estaba sola: sus compañeros de piso habían vuelto con sus padres para pasar allí el confinamiento. Sin embargo, las cosas seguían moviéndose en la casa. No solo las cosas habituales, como las llaves o la bolsa de la compra, sino también una figurilla sobre su cómoda, que ella solo desempolvaba con cuidado una vez por semana, y en la cocina una olla que llevaba semanas sin usar.

—No, no veo sombras, al menos eso creo… Ayer de repente pensé que veía a alguien en la cocina, pero cuando miré bien, naturalmente no había nadie… ¿Sabes qué debería hacer? ¿Me estoy volviendo loca?… No, eso no lo tengo… No, sí tengo blancas… Está bien, lo intentaré.

Cuando empezó a convencerse de que en la casa ocurrían cosas que ella misma no hacía, Lianne llamó a Jennifer. Naturalmente ahora no podía pasar a verla, pero sí pudo darle algunos consejos. Si realmente se trataba de una aparición espiritual, no había nada que temer. Podía quemar salvia blanca para purificar la casa, aunque ella no tenía. Las velas plateadas o blancas podían ayudar a establecer contacto con el espíritu. Si quería hacerlo, claro.

Durante dos días estuvo dudando, hasta que una noche se despertó sobresaltada por un enorme golpe. Permaneció un rato tumbada, temblando. Cuando fue a ver qué había pasado, descubrió que la aspiradora había caído de la repisa de la cocina.

Bueno, esa ya podemos darla por perdida.

Volvió a su habitación y sacó las velas blancas de su cajón.

—Bueno, espíritu, quienquiera que seas, hazte oír.

Encendió las velas y las colocó formando un círculo. Durante casi una hora permaneció sentada en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá-cama, esperando a que ocurriera algo. Empezó a darle sueño otra vez.

 

Entré por la puerta principal y subí las escaleras hasta nuestra casa. Llevaba una cesta en el brazo y con la otra mano levantaba un poco mis largas faldas para no tropezar.

—Las raciones de pan han vuelto a reducirse, madre. Pero sí he podido conseguir nuestra ración de carne para esta semana.

Me quité el sombrero y, junto con mi madre, empezamos a sacar las cosas de la cesta. Mis tres hermanos pequeños y una hermanita corrían entre nosotras. Madre puso una olla sobre la estufa para que pudiéramos preparar sopa y yo empecé a pelar las patatas.

—¿Has oído alguna noticia?

—Dicen que Jannie, ya sabes, la de Geert, tiene la gripe española.

—Eso no es muy bueno. Pero todo el mundo dice que no es para tanto, así que ya veremos. ¿Y la guerra?

—Nada nuevo. Espero que termine pronto y que padre vuelva a casa.

Madre puso el pequeño trozo de carne en la olla para que se cociera lentamente. Cuando hacíamos sopa, la carne duraba mucho más.

 

Lianne se despertó, todavía en el suelo. Su espalda estaba en una postura incómoda y tenía frío.

¡Qué sueño tan extraño había tenido! Había sido una muchacha en la época de la gripe española. Pero aquí mismo, ¡en esta casa!

Fue a la habitación delantera, el cuarto de Sandy. Por suerte, las habitaciones de sus compañeros no estaban cerradas con llave. Aquello había sido la sala de estar. Allí, junto a la repisa de la chimenea, había estado la estufa donde ella y su madre cocinaban la sopa.

Tomó su portátil y empezó a buscar información. La gripe española había sido una pandemia gigantesca, aproximadamente un siglo atrás, durante la Primera Guerra Mundial. Sí, encajaba. En su sueño también había hablado de la guerra.

Y ahora había otra pandemia.

Su apartamento era más difícil de localizar, hasta que de pronto encontró en Wikipedia un artículo sobre los bloques Berlage. Aquellas habían sido viviendas obreras, recién construidas por aquella época.

Todo eso empezó a ponerla un poco nerviosa. El sueño había sido tan real que no parecía un simple sueño. No tenía ninguno de los elementos extraños que suelen tener los sueños.

Pero en su casa siempre le habían dicho que ver espíritus era una señal de demencia. Solo cuando empezó a estudiar y conoció gente nueva empezó a abrirse más a lo místico, aunque su educación seguía pesando. Todavía temía que aquello fuera locura.

—¿Jennifer? Sí, soy yo. Anoche encendí velas blancas. ¡He tenido un sueño tan raro! Era como si viviera en esta casa, pero había guerra y hablaba de la gripe española… Sí, las casas ya existían entonces, lo he buscado. Donde ahora está la cocina antes era un dormitorio y la ducha se llamaba “cuarto de lavado”. He comprado velas nuevas. Me da miedo, pero también me fascina. No estoy loca, ¿verdad?… Sí, tú también cuídate.

Se comió un plato de sopa de judías blancas. El sueño le había despertado también el apetito por la sopa. Lavó los platos y colocó las velas alrededor de su sofá-cama. Esa noche se quedaría sentada en la cama; así no se despertaría tan dolorida.

No se sentía muy bien.

 

—Madre, no me encuentro nada bien.

—Yo tampoco me siento muy bien, hija, pero una de nosotras tiene que ir hoy a la cocina popular.

—¿No puede ir Elsje esta vez?

—Els es todavía demasiado pequeña, Lieke. Una de nosotras tiene que quedarse en casa, ahora que los tres niños están enfermos. Y también necesitamos comida.

La voz de madre sonaba triste.

Asentí. Normalmente tampoco habría enviado a Elsje, pero realmente me sentía terrible. Tomé una olla, me puse el sombrero y una chaqueta. Aunque era verano, tenía escalofríos.

Desde el dormitorio uno de mis hermanos llamó a nuestra madre. Ni siquiera pude distinguir cuál era. Bajé las escaleras tropezando.

 

Lianne se sobresaltó.

¿Había dormido? Seguramente. Estaba soñando otra vez con aquella muchacha. Lieke se llamaba. ¡Su nombre se parecía al suyo!

Las velas seguían encendidas. Había comprado de las grandes, que además eran muy estables. Se tumbó y se arropó bien con las mantas. Ella también tenía escalofríos.

Si Lieke era un espíritu, seguramente podría verla también mientras estaba acostada.

 

Estaba en la cama y tenía calor y frío al mismo tiempo.

—Lieke, ¿puedo beber un poco de agua?

Elsje estaba tumbada a mi lado y ardía de fiebre. Su vocecita sonaba débil. Me sentía demasiado enferma para levantarme, pero yo era la mayor y madre también estaba muy enferma.

Guus y Pieter habían muerto ayer, con menos de una hora de diferencia. Vagamente sentía tristeza, pero estaba demasiado enferma para comprenderlo del todo.

Me arrastré hasta el cuarto de lavado con una taza en la mano. En el rellano me dio un terrible ataque de tos. Cuando me limpié la nariz y la boca con un borde de mi camisón, me asusté.

Había sangre. Mucha sangre.

Cuando regresé, sosteniendo con dificultad la taza llena, oí también a madre llamarme. Le di el agua a Els y me tambaleé hasta la habitación de madre.

Job, mi hermano pequeño, estaba en su cama. De un vistazo comprendí que ya no estaba vivo. Las sábanas estaban llenas de sangre y su carita estaba azul.

Madre estaba sentada en el borde de la cama, también con sangre alrededor de la boca.

—Lieke, ¿podrías avisar a la vecina Mien, la de abajo? Que vaya a buscar al médico. Yo no puedo, hija.

Asentí, me puse el chal sobre el camisón y caminé tambaleándome hacia las escaleras. A mitad de la escalera me dio otro terrible ataque de tos. Jadeaba buscando aire y de pronto salió de mi boca una gran oleada de sangre.

Me mareé, me sentí ligera, y me di cuenta de que estaba empezando a caer…

 

Las velas se habían consumido y la luz del sol entraba en la habitación. Sobre la mesilla su teléfono vibraba como un insecto furioso.

—¡Lianne, maldita sea, contesta el teléfono! —murmuró Jennifer después de escuchar el buzón de voz por enésima vez.

Siguió intentándolo durante todo el día, cada vez más preocupada. Al día siguiente todavía no obtuvo respuesta, así que fue en bicicleta hasta la casa de su amiga. Bastante lejos, pero probablemente más saludable que el tranvía.

Estuvo tocando el timbre durante quince minutos cuando de pronto la puerta se abrió de golpe. Corrió escaleras arriba.

Lianne estaba en la puerta.

—Jen… No te acerques más. Estoy enferma. Me cuesta respirar. ¡Tal vez sea el corona!

—¡Métete enseguida en la cama! Voy a buscar un médico para ti. Deja la puerta de entrada entreabierta.

—Jen… esa Lieke… murió. Todos murieron de la gripe española.

—Pero el corona no es la gripe española, ¡y tú vas a vivir!

Una hora después había una ambulancia delante de la casa y Lianne fue sacada en una camilla.

—Entonces no estoy loca, solo tengo fiebre —le dijo a Jennifer, que se había quedado esperando.

Jennifer asintió, pero ella sí veía la vaga figura en la escalera que bajaba unos cuantos peldaños y luego se desplomaba.

—Bueno, Lianne —murmuró—, si tú estás loca, entonces yo también lo estoy. Y yo no tengo fiebre.

Laura Scheepers nació en 1979. Escribe desde preescolar. En la escuela y en la universidad obtuvo buenas calificaciones. Trabajó varios años en primaria, pero enfermó. Aunque una enfermedad crónica le parece un mar de tiempo libre, lamentablemente solo dispone de unas pocas horas útiles al día, incluyendo las que dedica a escribir. En 2019, tras un largo bloqueo creativo, volvió a escribir y, desde entonces, ha publicado cada vez más relatos en colecciones. Disfruta escribiendo fantasía, pero también incursiona en la ficción histórica y las historias para adultos jóvenes. También es jueza y editora de EdgeZero, colaboradora general de la editorial. Ocasionalmente, para satisfacción mutua, trabaja como correctora. Además de escribir, disfruta de la lectura, los videojuegos y las manualidades. También le encantan las patatas, el café, el queso y la música en casi todos los géneros.

 

viernes, 20 de marzo de 2026

LA SALA DE ESPERA

J. J. Haas

Jack Freeman condujo hasta el consultorio del médico contra su voluntad. No solo su esposa había insistido en que buscara una segunda opinión, sino que también había concertado la cita por él y le había dejado muy claro que lo llevaría ella misma si no prometía ir. Así que prometió ir, aunque sabía que no se podía hacer nada con su cáncer cerebral en fase 4 y que estaría mejor aceptando lo inevitable en lugar de seguir viviendo en la negación. Pero simplemente no tenía sentido discutir con ella cuando estaba completamente equivocada y obstinada en ello.

La puerta de la sala de espera se cerró a su espalda, sellando el aire fresco afuera y el aire rancio adentro. El lugar le recordó el interior de un ataúd. Era un pasillo largo y estrecho, con sillas negras de respaldo recto a ambos lados y una alfombra desgastada que conducía hacia el área de recepción en la distancia. Las paredes estaban inusualmente cerca entre sí y contenían pinturas amateur que representaban la historia de Sugarville –la estación de tren, la tienda general, la Primera Iglesia Bautista–, pero no lo hacían sentirse más en casa. Podía oír el sonido amortiguado de sus pasos avanzando por el pasillo hacia la luz al otro extremo de la sala.

En el centro de la habitación se encontró con otros dos pacientes sentados alrededor de una mesa circular de vidrio. Como él, ambos eran hombres mayores con la cabeza tan calva como bolas de billar, presumiblemente por la quimioterapia. El de la izquierda llevaba gafas de lectura de media montura, y el de la derecha lucía un espeso bigote marrón. Ambos hombres parecían translúcidos bajo la dura luz fluorescente, y se preguntó si él se vería igual para ellos. El de las gafas estaba concentrado intensamente en una revista ajada, pero el del bigote levantó la vista cuando Jack pasó y pareció sorprendido de ver a otro paciente.

En la pared del área de recepción había un gran retrato del médico, un hombre afable de poco más de setenta años, con ojos de apariencia bondadosa, cabello completamente blanco y una sonrisa conocedora que parecía decir: «Adelante y sé curado». La recepcionista estaba separada de la sala de espera por una larga fila de paneles de vidrio esmerilado. Jack oyó voces y vio movimientos detrás del vidrio, pero la recepcionista se tomó su tiempo en deslizar uno de los paneles incluso después de que él presionara el timbre dos veces.

—Siguiente —dijo, mirando fijamente la pantalla de su computadora. Era una mujer corpulenta de unos cuarenta y tantos que parecía no haber sonreído en décadas.

Miró a su alrededor para comprobar que era la única persona en la fila.

—Jack Freeman —dijo.

Ella le empujó un portapapeles.

—Rellene esto y entrégueme su licencia de conducir y su tarjeta de seguro.

Cuando estuvo satisfecha de que Jack era quien decía ser y de que podía pagar sus facturas, dijo:

—Tome asiento.

—¿Cuánto cree que tardará esto?

Ella levantó la vista hacia él por primera vez.

—¿Tiene algún otro lugar adónde ir?

El panel de vidrio esmerilado se deslizó cerrándose con un golpe seco. Eso era todo en cuanto a la hospitalidad sureña.

Jack volvió a la mesa de centro y se sentó junto al de las gafas y el del bigote. El de las gafas seguía estudiando su revista, así que intentó iniciar una conversación con el del bigote.

—¿Cuánto tiempo lleva esperando aquí? —preguntó.

El del bigote miró hacia el techo como si buscara una respuesta.

—No puedo recordarlo —dijo.

Jack había leído que la pérdida de memoria era un síntoma de ciertos tipos de cáncer cerebral, y como no quería avergonzar al hombre, decidió no insistir.

Después de unos minutos se aburrió, así que tomó una revista Time sin portada de la mesa y descubrió que tenía diez años de antigüedad. Había leído revistas viejas en consultorios antes, pero aquello era ridículo. Volvió a dejar la revista sobre la pila y sacó su teléfono inteligente del bolsillo, pero no pudo conectarse.

—Están bloqueados —dijo el del bigote.

—¿Bloqueados? ¿Para qué?

—No lo sé.

—Jesús.

Decidió jugar al solitario en su teléfono. Perdió cinco partidas seguidas antes de ganar la sexta, y cuando por fin ganó no pudo detener las diminutas cartas que caían en cascada por la pantalla. Intentó reiniciar el teléfono solo para descubrir que se había quedado sin batería.

Se volvió otra vez hacia el del bigote.

—¿A cuántas personas han atendido ya? —Intentaba no sonar impaciente. Después de todo, ambos estaban delante de él en la fila.

—A ninguna —dijo el del bigote con naturalidad.

—¡Te lo digo, no hay ningún médico! —dijo el de las gafas, hablando por primera vez.

—No empieces —dijo el del bigote—. Has visto el retrato.

—Un retrato se puede falsificar. Probablemente sea un actor.

—Disculpen —dijo Jack—. ¿Ustedes dos se conocen?

—No —respondieron al unísono.

—Entonces, ¿qué quieres que haga? —preguntó el del bigote al de las gafas.

—¡Exigir que te atiendan!

—Ya lo he hecho, repetidamente. No sirve de nada. ¿Por qué no lo exiges tú?

—Porque es tu responsabilidad como primero en la fila.

—Un momento —dijo Jack, ahora preocupado por no llegar a ver al médico—. ¿Cuánto tiempo llevan sentados aquí?

—Una eternidad —dijo el de las gafas, frunciendo el ceño hacia el del bigote.

—Bueno, si ninguno de ustedes va a exigir que lo atiendan, lo haré yo.

Jack se levantó y caminó hacia el área de recepción, pero cuando llegó al mostrador, la recepcionista cerró con llave el panel de vidrio esmerilado desde dentro y empezó a apagar las luces. Él golpeó la ventana.

—¡Espere un momento!

Pero las luces continuaron apagándose y las voces comenzaron a alejarse.

—¡¿Qué demonios?!

Corrió hacia la puerta interior, pero también estaba cerrada, y golpearla resultó inútil.

Volvió con paso firme hacia el del bigote y el de las gafas.

—¡Están cerrando!

—Te lo dije —le dijo el de las gafas al del bigote.

—¡Nunca había visto algo así! —dijo Jack—. ¿Van a quedarse ahí sentados?

Sin esperar respuesta, se dirigió a la puerta exterior y probó el pomo, pero también estaba cerrada. Golpeó la puerta con ambos puños y luego intentó abrirla a la fuerza con el peso de su cuerpo, pero solo consiguió lastimarse el hombro.

Regresó hacia los otros dos hombres y los miró fijamente.

—¿Qué demonios está pasando?

—Creo que lo entiendo —dijo el de las gafas al del bigote, cerrando su revista y dejándola sobre la mesa—. Él es el desempate.

—¿El… qué? —dijo Jack.

—Tiene sentido —dijo el del bigote.

El de las gafas se volvió hacia Jack.

—Dime, amigo, ¿realmente crees que hay un médico?

—¿Qué? Claro que hay un médico. No habría venido aquí si no lo hubiera.

—¿Ves? —dijo el del bigote.

—Espera un momento —dijo el de las gafas, volviéndose otra vez hacia Jack—. Pero en realidad nunca has visto al médico, ¿verdad?

—Bueno, no, supongo que no —dijo Jack.

—Entonces, ¿qué te hace pensar que existe?

—Bueno, yo… es decir, mi esposa… me consiguió la cita.

—Así que tu esposa hizo la cita por teléfono, y probablemente habló con la recepcionista, ¿no? —El de las gafas se inclinó esperando respuesta.

—Supongo que sí. ¿Y qué?

—Ninguno de ustedes habló directamente con el médico, y ninguno lo ha visto en persona, ¿verdad?

—Esto es absurdo.

—Entonces no tienes absolutamente ninguna prueba de que el médico exista —dijo el de las gafas.

—Si pudiera entrar a verlo, lo haría.

—Y nosotros también, pero ninguno de los dos ha logrado entrar a verlo. Yo simplemente no creo que exista.

—Claro que el médico existe —dijo el del bigote—. Solo tenemos que ser pacientes. Al final entraremos.

El de las gafas suspiró.

—Cuanto más tiempo tengamos que esperar, más ridículo se vuelve tu argumento. Pero mira, ¿y si este tipo realmente es el desempate? Simplemente apareció de la nada. Eso tiene que significar algo.

—Puede que tengas razón —dijo el del bigote—. Quizá nuestro trabajo sea intentar convencerlo de una u otra cosa. Si está de acuerdo conmigo, entonces los tres podremos finalmente ver al médico y tener la oportunidad de curarnos.

—Pero si está de acuerdo conmigo —dijo el de las gafas—, entonces los tres podremos finalmente salir de esta maldita sala de espera.

Se volvieron hacia Jack.

—Entonces, ¿qué decides, amigo? —preguntó el de las gafas—. ¿Crees en el médico o no?

Jack no quería ser el desempate. Solo quería confirmar sus peores temores y volver a casa para morir en paz con su esposa a su lado. Pero no podía obligarse a decir que el médico no existía. De hecho, cuanto más lo pensaba, más podía ver ambos puntos de vista. Parte de él quería creer que ese médico podría ser quien curara su cáncer, pero otra parte estaba convencida de que aferrarse a esa esperanza era una completa pérdida de tiempo. Sin embargo, si lo que aquellos dos hombres decían era cierto, si los tres no podían avanzar ni retroceder sin que él eligiera, ciertamente no podía tomar una decisión tan trascendental con prisa. Necesitaba más tiempo.

—No sé qué creer —dijo, y se sentó junto a los otros hombres para empezar a esperar de verdad.

J. J. Haas es un poeta y escritor de relatos cortos cuya obra de ficción está disponible en Amazon en una colección de libros electrónicos titulada Searching for Nada. Ha publicado ficción y poesía en una amplia variedad de revistas como Shenandoah, Rattle, The Magazine of Fantasy and Science Fiction, Asimov's Science Fiction, Baen's Universe y Writer's Digest. Es Senior Content Developer en ADP, miembro de la Society for Technical Communication, y ha sido instructor en el Creative Writing Certificate Program de Emory Continuing Education. Haas se licenció en Lengua y Literatura Inglesas en el College de la Universidad de Chicago y fue Past President of the Alumni Club of Atlanta. Vive en un suburbio de Atlanta.

 

HIC SUNT LIBRIS

Heiko H. Caimi

 

La inscripción estaba escrita a lápiz, sobre el muro descascarado de la antigua biblioteca municipal: Hic sunt libris. No monstruos, no dragones: libros. Como si alguien, antes de huir, hubiera querido advertir al mundo que allí dentro todavía quedaba algo vivo, y por lo tanto peligroso.

La biblioteca estaba en las afueras de la ciudad, en una zona que los mapas actualizados ya no registraban. Los barrios nuevos crecían a su alrededor sin tocarla, como si el edificio irradiara una fiebre leve, un malestar venenoso. Ningún cartel de prohibición, ninguna cerca. Solo desuso, que es la forma más refinada de censura.

Entré una tarde de verano, cuando el aire olía a plástico caliente y a nostalgia. Dentro había olor a papel podrido y polvo, pero también algo eléctrico, como después de una tormenta. Las estanterías seguían en pie, torcidas, heridas. Los libros no habían sido quemados ni robados. Los habían dejado allí para que envejecieran, que es una muerte más lenta y educada. Casi amable.

Tomé uno al azar. No tenía código de barras. No tenía texto de contracubierta. Hablaba de una ciudad que ya no existía, pero que yo reconocía perfectamente. Era la mía, solo que con diez años de anticipación. Las mismas calles cerradas, los mismos lemas pintados sobre los anteriores, la misma música que se obstinaba en sonar en los locales vacíos.

Seguí leyendo. Cada libro parecía escrito por alguien que había visto demasiado y había decidido no callar. Novelas que no pedían empatía, ensayos que no ofrecían soluciones, relatos que terminaban antes de volverse consoladores. Ninguna esperanza, pero tampoco desesperación: solo una forma de honestidad que el mercado había dejado de tolerar.

Entonces comprendí por qué la biblioteca había sido abandonada. No por descuido, sino por prudencia. Y sin embargo los libros, dejados allí a fermentar juntos, habían empezado a hablarse. A recordar. A crear conexiones no autorizadas entre el pasado y el presente, entre lo que habíamos sido y lo que fingíamos habernos convertido. A fomentar pensamiento, discrepancias, dudas y extrapolaciones.

Cuando salí, al amanecer, la inscripción del muro había cambiado. Alguien había añadido debajo, con la misma letra nerviosa: Aquí se pierde la coartada de la ignorancia.

La ciudad seguía despertando como todos los días, ignorante. Yo no. Llevaba encima esa sensación precisa que te invade cuando has leído algo que no deberías haber leído, no porque estuviera prohibido, sino porque era verdad.

Y entonces volví, como se vuelve a un lugar donde no ha pasado nada, y precisamente por eso ha pasado todo. Volví fingiendo normalidad –la misma chaqueta, los mismos zapatos–, pero con un cuerpo ya ligeramente descentrado, como si una parte de mí se hubiera quedado atrapada entre las páginas.

La biblioteca me reconoció incluso antes de que yo abriera la puerta. Me di cuenta porque el aire cambió, se volvió más denso que el tiempo. El olor ya no fue solo el del papel podrido: había hierro, tinta fresca, piel. Las estanterías no estaban donde las recordaba. No las habían movido: habían elegido otra disposición, como un cuerpo que reorganiza sus órganos después de un trauma.

Los libros ya no dormían. Crujían. Susurraban. Respiraban.

Abrí uno y me di cuenta de que las manos ya no eran exactamente las mías. Los nudillos sobresalían más, las uñas estaban manchadas con un polvo oscuro que no se quitaba. Las palabras sobre la página corrían más despacio, como si esperaran algo de mí. O exigieran algo.

Volví a leer sobre la ciudad futura, pero ya no estaba diez años adelante. Era mañana. Era esta noche. Era ahora.

Leí mi nombre, mal escrito, como hacen siempre los que creen conocerte. Y comprendí que la biblioteca no conservaba: anticipaba. No archivaba: derivaba. Era un acelerador de posibilidades descartadas, un depósito de versiones del mundo que no habían encontrado suficiente consenso para existir.

Me senté. O quizá eché raíces. Ya no supe distinguir una cosa de la otra.

Cada vez que volvía –porque seguí volviendo–, algo había cambiado. Un día perdí la capacidad de recordar los rostros. Otro dejé de sentir hambre. A cambio, las frases me crecieron bajo la piel. Las sentí empujar, como larvas impacientes. Cuando hablaba, a veces, ya no era yo quien elegía las palabras: eran ellas las que salían, pidiendo aire.

Mientras tanto, la biblioteca mutaba conmigo. Las ventanas se estrecharon. Las puertas se volvieron más pesadas. Apareció una sección que no estaba: Testimonios no solicitados. Otra se tituló Manuales para un mundo que no será aprobado.

Ningún catálogo. Ningún orden alfabético. Solo una lógica interna, visceral, que reconocí sin haberla estudiado jamás.

Comprendí, demasiado tarde o quizá justo a tiempo, que no entraba para leer. Entraba para ser leído.

La última vez que salí –si es que de verdad salí–, la inscripción del muro ya no estaba escrita a lápiz. Estaba grabada. Profunda. Irrevocable.

Hic sunt libris.

Y debajo, como una sentencia que no admitía apelación: Aquí el mundo aprendió a dejar de defenderse de las preguntas.

La ciudad, afuera, seguía encendiéndose y apagándose en su indiferencia. Pero para entonces era yo quien irradiaba una fiebre leve, un malestar venenoso. Y quienes pasaban a mi lado lo percibían. Aunque no supieran darle un nombre.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

LA MUCHACHA Y LA MUERTE

Szabolcs Benedek 

La vio por primera vez hace más de veinticinco años. Un cuarto de siglo es mucho tiempo, no solo en la vida de una persona, sino también en la del mundo. Hoy en día ya no se ve con buenos ojos –y hay que añadir, con razón– decir que lo primero que le llamó la atención de la muchacha fue, ante todo, su aspecto: largo cabello oscuro y lacio, rostro redondo, mirada cautivadora, labios carnosos, pechos firmes y llenos, estatura mediana, cintura no demasiado delgada, pero tampoco gruesa. Claro que entonces él también era joven, buscaba y perseguía los placeres de la vida; además, en realidad no sabía con exactitud qué era lo que lo había atrapado en ella, más allá de que la había visto varias veces en poco tiempo.

No mucho antes se había mudado al campo, a un pueblo cercano a la ciudad; tras el divorcio no le había quedado dinero para un automóvil y cada día iba al trabajo en autobús. La muchacha siempre se sentaba en el último asiento, con la cabeza inclinada hacia delante, sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda, como si no prestara atención a sus miradas nada disimuladas. Su curiosidad por ella se intensificó cuando, pocos días después de su primer encuentro, volvió a verla, esta vez en una de las calles más transitadas, avanzando con porte rígido hacia el centro de la ciudad. A partir de entonces empezó a cruzarse con ella con regularidad: unas veces en el autobús, otras en los alrededores de la estación, otras en distintos puntos de la ciudad.

No logró averiguar de dónde venía la muchacha: cuando él subía al autobús, ella ya estaba sentada, y a la vuelta –porque también entonces viajaban con frecuencia en la misma línea– seguía más allá de la parada donde él bajaba. Eso sería perfectamente normal; después de todo, quizá vivían en la misma zona, tal vez la muchacha se desplazaba desde el pueblo vecino, o desde alguno más lejano. Sin embargo, después de que él se mudó de nuevo a la ciudad, tras un tiempo sin verla, comenzaron otra vez a cruzarse con regularidad. En realidad, la expresión no es exacta: nunca intercambiaron ni una sola palabra. La muchacha ni siquiera parecía dignarse a mirarlo; simplemente seguía adelante con aquella característica inclinación de la cabeza y su postura erguida, mientras con el paso de los años ni una sola parte de su cuerpo parecía ceder. Más aún: en su rostro, que seguía siendo redondo, no aparecían arrugas, y alrededor de su cintura –a diferencia de la de él– no se acumulaban kilos. Era como si el tiempo no tuviera efecto sobre ella.

Empezó a encontrar todo aquello verdaderamente extraño cuando la muchacha –en realidad ya no debería llamarla así, al fin y al cabo habían pasado décadas, pero aun así seguía pensando en ella de ese modo– comenzó a aparecer en los momentos y lugares más inesperados. Por ejemplo, si salía de casa al amanecer, volvía a encontrársela no muy lejos de la parada de metro. Sin embargo, según recordaba, en otros tiempos el autobús en el que viajaban desde la periferia siempre llegaba más tarde. En otras ocasiones se encontraban al anochecer: él regresaba a casa desde el metro, mientras que la muchacha caminaba hacia los suburbios, aunque para entonces la estación de autobuses ya había sido trasladada y las líneas llegaban y partían desde otro lugar. También era un fenómeno recurrente que siempre se cruzaran cuando había poca gente en la calle, o ninguna. A veces pensaba que podría detenerla y hablarle, pero hoy en día cualquier cosa puede tomarse como acoso. Además, ¿qué podría decirle, qué podría preguntarle? ¿Por qué había permanecido en su vida durante veinticinco años? Tal vez sería más sencillo seguirla y ver adónde iba. Pero nunca logró decidirse a hacerlo. Aunque más de una vez jugó con la idea, también le venía a la mente que quizá descubriría algo que hubiera sido mejor no saber. Por ejemplo, que ese famoso Matrix existe y que, como se menciona en la película, la muchacha es un error de software.

Pasaron semanas o meses cuando de pronto se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que no se cruzaba con ella. Claro que otras cosas lo mantenían bastante ocupado. Por ejemplo, la respiración que cada vez le costaba más, el cansancio, la lentitud de sus movimientos. Los resultados médicos no prometían nada bueno, y el médico también negó con la cabeza, pensativo. Entonces se le ocurrió que le gustaría ver a la muchacha una vez más. Tal vez esta vez por fin le hablaría. O al menos seguiría su rastro. Averiguaría de dónde venía. Y, más aún, adónde iba. Y él iría con ella, con perseverancia, sin retroceder, hasta el fin de los tiempos y del mundo. Hasta donde alcance el hilo de su vida.

Szabolcs Benedek es un escritor húngaro nacido en Budapest en 1973. Escribe novelas, relatos y ensayos. Ha publicado más de 30 libros. Su obra se caracteriza por su gran variedad, incluyendo novelas históricas y relatos ambientados en la actualidad, así como relatos de ciencia ficción.

jueves, 19 de marzo de 2026

EVOLUCIÓN

Oscar De Los Ríos

 

No puedo definir dónde me encuentro, tampoco puedo recordar cómo llegué. Por más que abro los ojos no veo; por más que corro no llego a ningún lado, el espacio parece desplazarse conmigo; no hay suelo, pero no caigo ni floto. La noción de tiempo y espacio carece de lógica. Aun así me siento cómodo, cuidado, protegido; es como volver a estar en el útero materno. ¿Será esto la muerte? ¿Naceré a una nueva forma de vida? ¿Qué pasará con todo lo que fui? Tal vez la vida se sienta de alguna forma después de la muerte, como la sensación de miembro fantasma; mejor dicho de cuerpo fantasma.

Han pasado diez años desde que, mi mentor y amigo, el doctor Andrés Kepler, antropólogo, se ha introducido de manera voluntaria, provisto de sensores, en donde él cree que se introdujo (y de lo que a mí me convenció, para secundarlo en su investigación). Hace treinta millones de años ingresó por primera vez un antepasado de homo sapiens y quedó atrapado en una suspensión temporal siendo, durante su estadía, como una pupa de insecto antes de la metamorfosis, para luego pasar al estado de imago y al fin salir al mundo exterior; al completar su ciclo, como un ser completamente evolucionado, que al no encontrar una semejante con quien reproducirse, inseminó a hembras salvajes en el primer estadio evolutivo, dejando una descendencia híbrida que continuó su ciclo de reproducción, (evolucionando e involucionando a un mismo tiempo, según de donde se lo mire), hasta la aparición del hombre. Llegó a esta conclusión luego de dar con un cráneo de un homorevolución (como llamó a este ser mucho más evolucionado que el ser humano actual), de treinta millones de años de antigüedad. Redefiniendo la teoría evolutiva de Darwin, infirió que la humanidad es una degeneración del verdadero estadio evolutivo que debemos alcanzar.

Luego de recorrer durante cinco años el África central, en la zona donde encontró el cráneo de homorevolución, a la que denominó “Alfa-Omega”, dio con la tribu Nontuhaaí. Tras convivir con ellos un año, recogió una leyenda que pasó de generación en generación desde tiempos ancestrales. La misma cuenta que existe una cueva muy adentro de la montaña, en la que no pueden ingresar ni el viento, ni los rayos de luna o de sol; en la cual descansa el espíritu que creó el mundo y que, solo cuando el hombre entre en esta zona, estará completo. Luego de oír el relato del brujo de la tribu, en las palabras del traductor que lo acompañaba, empezó a sentir una especie de júbilo. La historia, lejos de parecerle inverosímil, venía a reforzar su teoría, cuya tesis sostiene que: “En el centro mismo de Alfa-Omega existe lo que denominó un “Ojo del Tiempo”, en donde se manifiesta una desaceleración temporal, partiendo del futuro más lejano y, en forma simultánea, se produce una aceleración desde el origen de los tiempos, hacia el presente. Resultando de esto una tensión constante de ondas armónicas temporales, que hacen que, quien entre en ella, pueda evolucionar a su mayor estadio debido a que el futuro y el pasado avanzarán hacia él”. Tal distorsión temporal convertiría en obsoletos nuestros más precisos sensores y cronómetros al punto de que no solo no podrían medir o registrar este fenómeno, sino tan siquiera detectarlo. Para probar su teoría, luego de recorrer con guías nativos el territorio Nontuhaaí, trazó un mapa de la zona ubicando su centro. Se dirigió a ese lugar hallando la entrada a una cueva. A pesar del nerviosismo y la euforia, por dar con el sitio que buscaba hacía tantos años, tuvo la suficiente cordura como para no penetrar en la misma y solo introdujo la mano hasta la muñeca, de manera que el reloj de pulsera quedara dentro. Al retirarla, tras calcular que había pasado un par de minutos, comprobó que el reloj no había registrado el tiempo transcurrido en la zona Alfa-Omega. Repitió el experimento metiendo y sacando la mano rápidamente y el reloj adelantó dos minutos. “En este lugar existe una pulsión de fuerzas, que mantienen circulando el flujo temporal, pensó… sorprendiéndose a sí mismo al pensar que tal vez el tiempo podía ser una partícula. “Y, al adentrarnos en la cueva, este fenómeno se seguiría manifestando cada vez con más fuerza, hasta encontrar el equilibrio en su centro”. Este razonamiento lo llevó a tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre: debía llegar hasta el Ojo del Tiempo, en el centro mismo de la cueva, aunque en ello le fuera la vida. Sin decir una palabra a los nativos que lo acompañaban, volvieron a la aldea y a la semana partió rumbo a la Argentina. Ya regresaría con el equipo adecuado.

Apenas arribo al país me contactó, para ponerme al tanto de las nuevas buenas. Únicamente a mí me confió sus propósitos, agregando que temía que lo encerraran por loco; se había puesto un tanto paranoico. Recuerdo el día en que lo hizo.

—Me resulta imposible vivir en esta incertidumbre, Héctor —me dijo luego de ponerme al tanto de su proyecto y de cómo lo había elaborado—. Ingresaré en el Ojo del tiempo y tú me secundarás desde el exterior. Tu misión será la de crear los dispositivos que permitan monitorear mis funciones corporales y mi actividad cerebral mientras me halle en la cueva. Si no llegaras a registrar datos de los monitoreos se puede deber a una de dos razones: a que estoy muerto o a que estoy en lo cierto y el tiempo no corre allí de la misma manera en que lo hace en nuestro hábitat. Debes prometérmelo, aunque me creas en peligro, no ingresarás a la zona Alfa-Omega, sino que esperarás, estoy seguro de que en algún momento lograré mandarte alguna señal. Estamos tan inmersos en el devenir temporal, en la sucesión de hechos determinados por un lógico devenir: pasado-presente-futuro, que no hemos podido percibir que las arenas del tiempo avanzan en ambos sentidos. Por otro lado, si logro mandar un impulso cerebral desde el interior de Alfa-Omega al mundo, el pasado, el presente y el futuro se fusionaran y el tiempo como lo conocemos dejará de existir. —Yo lo escuchaba en un estado que oscilaba entre el asombro y la admiración—. Te he elegido para que me secundes —continuó con voz trémula—, porque desde el primer día en que nos conocimos, durante la conferencia que diste, en la facultad de Ciencias Exactas de La Plata, sobre “Diferencia entre nanoparches sensitivos y nanoparches intuitivos, y su relación con la Tecno-Matemática-Cuántica en la transmisión de datos”, supe que eras el indicado. Además, al conocer mi trabajo sobre el Ojo del Tiempo, has manifestado, en más de una ocasión, que seguirías mis pasos adónde fuera que estos te lleven.

Utilizando de manera clandestina el laboratorio de la facultad, meses después, durante la prueba de los Nano chips corporales, pudimos determinar, en simulaciones virtuales (nos fue imposible reproducir las condiciones temporales de la cueva), que para captar un pulso cerebral desde el exterior necesitábamos una longitud de onda que se moviera a una velocidad próxima o superior a la de la luz, para romper la barrera atemporal del Ojo del Tiempo. Así, si se producía algún cambio, podríamos enviarlo a mi computador. De ninguna manera yo podía ingresar para verificar el estado de los sensores; de hacerlo quedaríamos los dos suspendidos en el tiempo. El principal problema al que nos enfrentábamos era que el cuerpo y el cerebro humano eran demasiado lentos en registrar un cambio en sus funciones. De nada nos servía que lográramos que los nanosensores tuvieran una velocidad de procesamiento de datos cercana a la de la luz. Debido a esto realizamos cientos de ensayos virtuales que fueron un fracaso, hasta que en uno de ellos observé, al desprenderse un sensor del cuerpo, que este logro enviar un dato que no pudimos decodificar, pues no era una variación corporal. Este accidente me llevó a investigar las ondas de energía que se manifiestan alrededor del cuerpo humano, conocidas como Aura. A Partir de esta nueva rama que se abrió en la investigación me dediqué hasta la obsesión a diseñar un algoritmo que usaríamos para la transferencia de datos desde los parches que llevaría Andrés, no ya en el cuerpo, bajo la piel, sino alrededor de este. Los microsensores reaccionarían a cualquier tipo de cambio en el estado del cerebro, enviando los datos a partir de las variaciones producidas en el Aura. Al hacer las primeras pruebas nos encontramos con el hecho de que, este barrunto áurico, se manifestaría a través de la variación de partículas (iones positivos y negativos), presentes en los neutrones que conforman el campo energético de cada persona; a los que llamé Auféris. A través de ellos logré que el cuerpo liberara nano-porciones de energía. A los que tienen carga negativa les atribuí un efecto de proyección temporal con tendencia al futuro y, a los de carga positiva un efecto de proyección temporal con tendencia al pasado. Estos iones van a una velocidad superior a la de la luz y, por esto, registraríamos un cambio en las funciones corporales y principalmente en las neuronales, en el momento mismo de producirse. Haciendo un escaneo constante del cerebro, y un mapa neuronal, pude diseñar un algoritmo que relaciona, la variación energética en el campo áurico con el área del cerebro donde se va a manifestar el cambio. Tomando esto en una relación recíprocamente inversa, podría extraer y decodificar un pensamiento, en función de la variación producida en el aura humana. ¡Al fin estábamos listos!

Como ya manifesté antes, han pasado diez años y no estoy seguro de cuánto tiempo transcurrirá antes de que Andrés pueda abandonar la zona Alfa-Omega; tampoco si lo hará en el futuro o, tal vez, en el pasado. Paradójicamente, a pesar de haber realizado complejos cálculos matemáticos y de física cuántica (las ecuaciones que utilicé respondían tanto a valores positivos como negativos), me es imposible determinar si el cambio evolutivo que debería estar sufriendo se halla en sus orígenes o en su etapa final. De lo que sí estoy seguro es de poder extraer los registros, si se producen variaciones, y enviarlos alrededor del mundo a cualquier dispositivo inteligente, utilizando los agujeros negros de internet. De esta manera podría infiltrar un virus, a través del tráfico perdido de la web, el cual contendría una dirección IP que se guardaría en la memoria del ordenador y, a una hora programada, redireccionaría a los navegadores al sitio web adonde enviaría el mensaje. Desde el momento en que Andrés entró al ojo del tiempo, pusimos al mundo en un conteo regresivo y, en algún momento, la aceleración-desaceleración-temporal, que sufre esa zona, podría alcanzar nuestro presente, y los cambios en el planeta serán tan grandes que el tiempo dejará de correr hasta casi desaparecer como noción que perciben nuestros sentidos y la humanidad pasará a una etapa de crisálida, de la cuál surgirá evolucionada. En mis manos queda la decisión de crear una forma de vida de vida que nuestros sentidos actuales no pueden describir, ni comprender.

El momento crucial ha llegado, he recibido la señal tan largamente esperada y la he transmitido a todo tipo de aparato electrónico que esté conectado a internet. En las pantallas de los dispositivos lo último que algunos pueden leer es: “Mañana es hoy y hoy es ayer”. Por todo el mundo se produce un impulso áurico-crono-magnético que sumerge a la humanidad en un punto de fusión temporal, a partir del cual pasado y futuro comienzan a alejarse para instaurar el presente. Un presente que llegará dentro de millones de años y del cual surgiremos evolucionados en una forma de vida, que tal vez nunca comprenda lo que fue antes de salir de la crisálida.


Oscar Luis De Los Ríos es un escritor argentino nacido en Rosario, provincia de Santa Fe. Comenzó a escribir después de los cuarenta años y a partir de entonces sus cuentos aparecieron en la revista Cametsa de Perú, en el blog Sinergia, en el podcasts El buen cruel de México, donde sacó el segundo lugar en el concurso de crónica literaria, y en la antología Argentino-boliviana Estaño y plata. Publicó, en colaboración con el escritor Alejandro Bentivoglio el libro de microficciones Esta historia continuará (O no). Un buen número de sus trabajos, tanto en solitario como en "complicidad" con compañeros del TALLER 9 fueron publicados en este blog.

EL LOBO Y CAPERUCITA ROJA

Miriam Ootjers

 

Una vez, una suave brisa de primavera soplaba entre los árboles del bosque, los pájaros cantaban y una niña entrecerraba los ojos contra el brillante sol del mediodía. Llevaba una capa roja con capucha y, en la mano derecha, sostenía una cesta con pan fresco, ciruelas pasas y una botella de tequila. Caperucita Roja iba camino de la cabaña de su abuela.

Por qué una mujer necesitada de más de ochenta años había decidido seguir viviendo en medio del bosque seguía siendo un misterio para ella. Caminar todos los días por el mismo sendero del bosque, arrastrando una pesada cesta solo para tener que escuchar las quejas de la anciana empezaba a irritar a Caperucita. Sabía que tenía mejores maneras de pasar el día.

La puerta de la cabaña estaba abierta, pero la abuela no estaba por ninguna parte. Era la tercera vez ese mes, y Caperucita sospechaba que la abuela empezaba a volverse un poco senil. No era la primera vez que encontraba rasguños y moretones por toda la piel de la anciana. Cuando le preguntaba, la abuela miraba las heridas con sorpresa y decía que no tenía ni idea de cómo ni dónde se las había hecho.

Ante la perspectiva de tener que buscar por medio bosque, Caperucita dejó escapar un suspiro irritado y, con más fuerza de la necesaria, golpeó la botella sobre la mesa de la cocina, arrojó la cesta a un rincón y caminó con paso pesado hacia la puerta.

Justo cuando estaba a punto de bajar la manija, esta bajó sola y la puerta se abrió de golpe. La niña, que ya se estaba inclinando sobre la puerta, cayó directamente en los brazos del lobo, que la había abierto desde afuera.

La maldición de Caperucita ahogó el «disculpa» del lobo mientras él la empujaba de nuevo hacia dentro y cerraba la puerta tras de sí. Puso una pata sobre su boca para impedir que dijera algo más que una joven no debería decir.

—Sssssst —añadió, innecesariamente.

Se apoyó de espaldas contra la puerta, con las orejas atentas a cualquier sonido del exterior, mientras Caperucita, con los brazos cruzados, esperaba con impaciencia a que terminara su espectáculo.

—¿Qué estamos esperando? —preguntó finalmente.

El lobo le hizo un gesto para que guardara silencio.

—Alguien me persigue —susurró—. Con una ballesta.

La niña negó con la cabeza.

—No seas ridículo. La caza está prohibida desde hace años. ¿No has visto los carteles de «y vivieron felices para siempre» en cada entrada del bosque? Nadie vive feliz para siempre si alguien lo persigue con una ballesta. Ahora hazte a un lado, he perdido a mi abuela. Otra vez.

Impaciente, empujó al lobo a un lado y abrió la puerta. Una flecha pasó silbando junto a su oreja, cambiando instantáneamente la opinión de Caperucita. Cerró la puerta de golpe.

—Alguien te persigue —dedujo.

—Con una ballesta —asintió el lobo.

—O con un arco largo —replicó ella, aunque se dio cuenta de que ese no era el momento para empezar una discusión.

En vez de eso, tomó una escoba del armario, se quitó la capa y la ató al palo.

—Quizá ese no sea el color adecuado —sugirió el lobo.

Molesta, la niña arrancó la capa del palo, agarró el borde del mantel y lo tiró de la mesa de la cocina. El lobo atrapó la botella de tequila justo antes de que se hiciera añicos contra el suelo.

Caperucita abrió la puerta lo suficiente para sacar el palo de la escoba y agitó la bandera blanca arriba y abajo. Como no fue recibida por una lluvia de flechas, sacó con cuidado la cabeza, abrió la puerta y salió.

—Quienquiera que fuera, ya se ha ido.

El lobo salió con cautela por la puerta, preparado para saltar de nuevo dentro si veía el más mínimo movimiento entre los arbustos. Poco a poco se relajó.

—Esto lleva pasando días. Alguien está cazando en el bosque con una ballesta. A la señorita Armiño le dieron una flecha en la cola la semana pasada. Y justo ayer, el señor Zorro vio pasar una flecha sobre su cabeza. No esperó a la siguiente. Y todos recordamos el día en que desapareció toda la familia Visón.

Los ojos de Caperucita se posaron en el rasguño del brazo del lobo.

—Las flechas son rápidas —murmuró él, avergonzado, cubriéndose la herida con la pata—. Parece que ahora apunta principalmente a los lobos.

—Eres el único lobo en esta parte del bosque.

—Eso parece.

Entonces Caperucita recordó algo.

—Mi abuela está ahí fuera en alguna parte. Podrías ayudarme a buscarla.

El lobo se frotó el rasguño del brazo y luego miró por encima del hombro la botella de tequila en la mesa de la cocina.

—No, gracias —negó con la cabeza—. Quizá vuelva sola. Puedo quedarme aquí para que haya alguien esperándola.

La niña se encogió de hombros, volvió a ponerse la capa y desapareció entre los árboles.

Tan pronto como se fue, el lobo agarró la botella de la mesa, desgarró el pan en trozos y los puso en un plato. Observó las ciruelas pasas durante un rato, luego se encogió de hombros y las esparció sobre el pan. Llevó todo al dormitorio de la abuela, se acomodó en la cama y esperó el regreso de la niña.

Media hora más tarde se despertó al oír la puerta principal. Con la flecha de ballesta aún viva en su mente, rodó desde debajo de las mantas hasta el suelo. Desde debajo de la cama vio las botas de Caperucita, seguidas por los calcetines mojados dentro de unas zapatillas empapadas que debían de ser de la abuela.

Avergonzado, salió a toda prisa de debajo de la cama, saltó sobre ella y limpió las migas del cubrecama. La niña asomó la cabeza por la esquina del dormitorio.

—¡La encontré! —dijo triunfante.

El lobo se levantó, se estiró y caminó hasta la cocina para ver si quedaba algo más para comer.

Había ramitas enredadas en sus apretados rizos permanentes, y su vestido de flores estaba rasgado en varios sitios, pero la anciana no parecía darse cuenta.

—¿Vienes aquí a menudo, señor Lobo? —La abuela lo miró… y también a través de él.

—Sí, soy amigo de su, eh… —El lobo miró de la niña a la abuela intentando adivinar la relación entre ellas—. De Caperucita —terminó—. ¡No debería andar sola por el bosque! Los ataques con ballesta son una plaga últimamente.

Le agitó un dedo en señal de advertencia. Caperucita, que estaba reuniendo tiritas y vendas, asintió.

La abuela miró al lobo con ojos vidriosos.

Luego dijo:

—¿Vienes aquí a menudo, señor Lobo?

El lobo abrió la boca para repetir la misma respuesta, pero se dio cuenta de que aquello podía prolongarse durante horas.

De pronto los ojos de la abuela se iluminaron.

—¡Caperucita, tenemos un invitado! ¡Trae los vasos!

Apartó la mano de la niña, que justo estaba intentando ponerle una tirita en el brazo, y se dirigió tambaleándose hacia uno de los armarios de la cocina. Tras una breve inspección dedujo.

—Te has olvidado del tequila.

Caperucita miró acusadoramente al lobo, que saltó, corrió al dormitorio y volvió con la botella medio llena.

—No, señora abuela, usted la dejó en el dormitorio.

Añadió una sonrisa de disculpa dirigida a Caperucita.

El lobo se estaba divirtiendo bastante; Caperucita, en cambio, parecía pensar lo contrario después de un solo vaso de tequila. Él ya iba por el tercer vaso, más media botella que había bebido mientras esperaba a la niña, y se lo zampó de un solo trago. Luego se levantó. Un poco inestable sobre sus patas, hizo una torpe reverencia a la abuela y agarró la silla para mantenerse en pie.

—Mis disculpas, señora abuela, pero su, eh… Caperucita no debería caminar sola por el bosque. Ataques con ballesta y esas cosas… —Su voz se perdió en las profundidades del alcohol.

—Pero, señor Lobo, hace mucho que no tengo compañía —respondió la anciana—. Por favor, quédese un rato más.

Los ojos del lobo se encontraron con la mirada despreciativa de Caperucita, luego con los ojos suplicantes de la vieja. Pero negó con firmeza. Todo el mundo también se movió.

—No, las damas primero. —Frunció el ceño—. Las jóvenes damas primero —intentó corregir su error.

Cuando comprendió que tampoco eran las palabras adecuadas, se rindió, cambió la silla por el hombro de Caperucita y la condujo hacia la puerta.

—Nos vamos. Adiós, señora abuela.

La niña, más que feliz de abandonar la sofocante cocina que ahora también olía a alcohol, se dejó empujar hacia afuera.

 

Al final del día siguiente, el lobo se encontró con Caperucita en el camino hacia la casa de su abuela.

—¡Buenos días! —dijo la niña.

El lobo se agarró la cabeza y se tapó las orejas con las patas.

—¿Resaca? —preguntó la niña, más fuerte de lo necesario, y añadió una sonrisa maliciosa. —Él apretó los ojos ante el sonido de su voz y asintió—. La abuela tiene aspirina.

El lobo volvió a asentir en silencio y siguió a la niña. Levantó una esquina del paño de la cesta con cuidado, procurando que ella no lo notara. Vio una botella, pero resultó ser jugo de pera. Decepcionado, dejó caer el paño otra vez.

 

—¡Señor Lobo!

Parecía que algo del día anterior había quedado en la memoria de la abuela, porque saludó al lobo con entusiasmo.

—Eso no tiene muy buen aspecto —dijo señalando el rasguño en su brazo.

La herida, causada por la flecha de ballesta, estaba claramente infectada. El lobo la miró y solo entonces se dio cuenta de que le dolía bastante. Al parecer, la resaca había relegado a segundo plano todos los demás dolores de su cuerpo.

Con más fuerza de la que uno esperaría de una anciana, lo empujó hacia una silla de la cocina y se dirigió tambaleándose a la despensa. Se oyó el ruido de varios frascos de vidrio, seguido de murmullos, y luego la abuela regresó con un brazo lleno de botellas y tarros que esparció sobre la mesa.

Parecía haber olvidado a sus visitantes mientras abría varios frascos, olía el contenido, leía etiquetas y vertía parte de los líquidos en un cuenco. El lobo miró a Caperucita, pero ella se encogió de hombros.

—No me preguntes —decía aquel gesto.

La anciana machacó todo junto con un mortero. El resultado fue una pasta marrón y maloliente que probablemente pretendía ser un medicamento. Un poco más preocupado al percibir el horrible olor de las hierbas mezcladas con algunos ingredientes menos fáciles de identificar, el lobo se echó hacia atrás en la silla todo lo que pudo.

—Eh… —protestó débilmente cuando la abuela metió los dedos en el cuenco y le agarró el brazo.

El firme agarre le impidió levantarse con educación pero rápidamente y huir hacia la seguridad de cualquier otro lugar que no fuera la cocina de la abuela. En cambio, se quedó quieto mientras la anciana le untaba la pasta sobre la herida. Luego soltó su brazo y se limpió los dedos en el delantal.

Divertida, Caperucita vio cómo el ojo derecho del lobo temblaba mientras se sentaba sobre su pata izquierda para impedirse a sí mismo limpiarse la pasta marrón. Era demasiado educado para saltar y correr al fregadero a lavarla. En lugar de eso, forzó una sonrisa que pretendía ser de agradecimiento, pero que sobre todo mostraba muchos dientes.

De pronto, la abuela pareció hundirse de nuevo en el lugar al que iba su mente cuando no estaba allí. Miró las botellas y tarros sobre la mesa y la pasta maloliente del cuenco.

—Caperucita —dijo con tono de reproche—. ¡Qué desastre! ¡Limpia esto, niña!

Con un profundo suspiro, Caperucita se levantó lentamente de la mesa, devolvió todos los tarros y botellas a la despensa y sacó el cuenco con el brazo estirado todo lo posible para arrojarlo a la basura.

Mientras tanto, el lobo no se sentía demasiado bien. Tenía la nariz congestionada, como si se hubiera resfriado –lo cual en realidad era una bendición con aquella pasta apestosa en el brazo– y el mundo empezaba a volverse un poco borroso.

La voz de Caperucita era demasiado aguda cuando le preguntó si el brazo se sentía mejor. Su propia voz parecía esconderse en algún lugar profundo dentro de él y se negaba a salir, así que simplemente asintió. Sí, su brazo se sentía mejor. Es más, ya no sentía el brazo en absoluto.

Señaló la jarra de agua sobre el fregadero, pero falló el objetivo y su pata fue a parar a la botella de tequila. La niña agarró la botella y sirvió un vaso para cada uno. El lobo levantó su vaso con la pata izquierda y una vez más se lo zampó de un trago. La abuela dormitaba con los ojos cerrados y no pareció notar el tequila que Caperucita le había servido.

El lobo empezó a ver doble y se preguntó si una resaca no debería mejorar en vez de empeorar durante el día. Los colores eran demasiado brillantes ahora y la abuela parecía mirarlo con los ojos entrecerrados. Caperucita le sirvió otro vaso y él se lo bebió.

Entonces el alcohol empezó a hacer su trabajo y a suavizar los bordes afilados de lo que fuera que lo estuviera afectando. El mundo volvió a sus proporciones más o menos normales, aunque todavía un poco borrosas.

—Señor Lobo, ¿se encuentra bien? —La abuela se había despertado de su siesta—. Se ve un poco pálido.

Caperucita lanzó una mirada significativa de la botella al lobo, pero la abuela no pareció notarlo.

—Quizá debería quedarse aquí esta noche —continuó—. El bosque no es lugar para un lobo resfriado.

El lobo, que tenía la sensación de que aquello era algo más que un resfriado, negó con la cabeza.

—Es muy amable de su parte. Pero podría ser contagioso. No quisiera que usted se enfermara.

No vio la mirada esperanzada de Caperucita cuando miró del lobo a su abuela.

—Pero hace mucho frío en el bosque —insistió la anciana.

—No, tengo que llevar a su, eh… —Hizo una nota mental de que realmente tenía que preguntar cuál era exactamente la relación entre las dos; aquello empezaba a resultar incómodo— …Caperucita a casa. Ataques con ballesta…

Eso fue todo lo que logró decir. Empujó la silla hacia atrás y Caperucita se levantó rápidamente para sostenerlo.

—Gracias, señora abuela —murmuró el lobo, asintiendo hacia la mujer.

¿Frunció el ceño, o solo era su visión borrosa?

Se dejó conducir hacia la puerta. La niña se volvió y saludó a su abuela con la mano. La abuela no devolvió el saludo.

Con la firme idea de que era él quien la estaba sosteniendo a ella y no al revés, el lobo siguió caminando hasta que estuvieron a mitad de camino hacia la casa de Caperucita. La niña pasó por encima de la raíz de un árbol que llevaba creciendo allí más de veinte años. Él no.

Su brazo derecho seguía negándose a obedecer las órdenes de su cuerpo y, en lugar de agarrarse instintivamente a Caperucita, cayó hacia atrás dentro de un charco.

Tosiendo y jadeando, salió a la superficie, se arrastró hasta terreno seco y sacudió el agua de su pelaje.

La niña trató desesperadamente de no reír. Se quitó la capa de los hombros y se la ofreció al lobo. Él se secó lo mejor que pudo y se la devolvió.

—¿Mejor? —preguntó ella, observando las manchas marrones que la pasta medicinal había dejado en su capa roja.

—Sí, mucho mejor —respondió el lobo con total sinceridad.

El hormigueo en su brazo derecho le indicó que la sensibilidad estaba regresando. Tomó nota mental de caer en charcos con más frecuencia cuando el mundo se volviera demasiado borroso.

Con paso decidido acompañó a la niña hasta su casa.

 

Con una cesta llena de comida y un profundo suspiro, Caperucita volvió a ponerse en camino hacia la casa de su abuela. En el bosque buscó con la mirada al lobo, pero parecía tener otros planes para ese día. Una lástima. Visitar a la abuela era mucho más divertido con el lobo cerca.

Caperucita se detuvo cuando oyó lamentos procedentes de los arbustos.

—¡Ay, pobre de mí! —gritaba alguien.

La niña dejó la cesta en el suelo, apartó las hojas y vio a una oveja que se sujetaba la pata trasera con las delanteras.

—¡Ay, pobre de mí! ¡Pobre de… mí!

La oveja pareció vacilar un instante al ver a Caperucita, pero enseguida se recompuso y continuó su lamento.

—Señora Oveja, ¿qué ocurre? —preguntó Caperucita intentando hacerse oír por encima del llanto.

—¡Mi pata! —baló el animal—. Tropecé con una raíz y me torcí la pata. ¡Ay, pobre de mí!

Caperucita dudó. Ayudar a la oveja le llevaría más tiempo del que quería pasar en el bosque. Por otro lado, no podía dejar así a una criatura del bosque que claramente estaba sufriendo.

Tomó a la oveja por las patas delanteras, ignorando el «¡ay, ay, ay!» que casi le perforó los tímpanos, y la puso de pie. Con la oveja apoyada en su brazo derecho y la cesta en la mano izquierda, la ayudó a llegar hasta la cabaña de la abuela. Con un poco de aspirina y vendas la pondría nuevamente sobre sus patas –o mejor dicho, pezuñas– en poco tiempo.

Caperucita abrió la puerta… pero no la abuela no estaba. Ante la perspectiva de tener que buscar por el bosque una vez más, dejó escapar un profundo suspiro. Sentó a la oveja en una silla y sacó el botiquín de uno de los armarios.

Se arrodilló junto a la oveja para vendarle la pata. El animal gemía suavemente y Caperucita le dio unas palmaditas en la rodilla para consolarla.

—¡Vaya, señora Oveja, qué patas tan delgadas tiene!

—Sí, hija mía —respondió la oveja—. Es porque tengo que caminar largas distancias por el bosque todos los días para encontrar comida.

Caperucita entendió la indirecta, se levantó, tomó un poco de pan de la despensa y se lo dio a la oveja, que empezó a comer.

—¡Señora Oveja, qué dientes tan rectos y blancos tiene!

—Sí, hija mía, es por todo el pasto que mastico cada día.

Caperucita la observó pensativa durante un momento y se encogió de hombros. Ajustó bien la venda alrededor de la pata de la oveja y se levantó.

—Señora Oveja, qué hombros tan extrañamente formados tiene.

Señaló los hombros de forma semicircular.

—Sí, hija mía, eso es por mi ballesta.

Caperucita apenas tuvo tiempo de decir:

—¿Mi balles…?

La oveja saltó de la silla, empujó a la niña con los hombros y la hizo caer hacia atrás sobre el suelo de la cocina. Sacó la ballesta de debajo de la piel de oveja y apuntó al pecho de la niña. La piel cayó al suelo y dejó al descubierto un vestido de flores demasiado familiar para Caperucita.

El grito de Caperucita quedó ahogado por un fuerte gruñido. El lobo saltó desde la puerta principal y cayó sobre el vientre de la abuela. Con una pata derribó la ballesta de su mano y con los dientes la sujetó por la piel del cuello.

Con los ojos llenos de furia, la abuela gritó:

—¡El alcohol no funciona, el veneno no funciona, las flechas no funcionan! ¡Estúpido lobo, por qué no te mueres de una vez! ¡Tu piel vale mucho más que tu vida!

Horrorizada, Caperucita miró de la abuela al lobo. Él intentaba decir algo, pero todavía sujetaba a la vieja por el cuello. Sus ojos pasaron de la abuela que se debatía y gritaba a la niña.

«¿Qué vamos a hacer con ella? Y por favor responde ahora mismo», parecía decir aquella mirada.

Caperucita comprendió entonces que la abuela no era tan débil ni tan senil como había fingido. Se golpeó la frente por haber sido tan ingenua. O quizá el tequila que su abuela siempre le servía tenía parte de la culpa…

El lobo la devolvió a la realidad con un interrogatovo “¿Mwwhh-hhh?”

Caperucita tomó una decisión. Muchos animales de ese bosque habían muerto a manos de aquella abuela disfrazada de oveja. Aquella sería la última vez que engañaría a alguien.

Con firmeza levantó a la mujer por los tobillos y señaló el pozo que llevaba años seco, pero que se mantenía allí por razones sentimentales… al fin y al cabo, nunca se sabe cuándo un pozo común puede convertirse en un pozo de los deseos.

Juntos llevaron a la mujer que luchaba y gritaba hasta el borde y la arrojaron dentro.

Un grito sorprendido, un golpe… y luego silencio.

 

El lobo colgó la ballesta sobre la chimenea para perpetuar aquel día especial, y quizá también por si aparecía otra abuela ahora que el territorio de caza había quedado liberado. Caperucita se quedó con la piel de oveja como recuerdo del día en que el lobo le salvó la vida… y de que no todo es lo que parece.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

PECADOS INFANTILES