martes, 24 de marzo de 2026

LA CURIOSA COMPLEJIDAD DE LAS DIRECCIONES

Luis Alberto Ambroggio

 

Más allá de los cuatro puntos cardinales ¿sufrirían en la antigüedad estos problemas, estas historietas? Antes de que existiese la posibilidad de obtener por Mapquest, GPS u otros servicios similares direcciones precisas, el hecho de solicitar una dirección implicaba toda una aventura impredecible. Los resultados podrían remitirnos a espacios culturales precisos, rectitudes pasmosas, en tan inocente emprendimiento.


Don Sergio Paredes, una tarde de verano, se reunió en unos bancos de la Plaza Ponce de León en los suburbios hispanos de Miami con sus amigos setentones, todos ellos viajeros avezados, ya sea por placer, por cuestiones de negocios, por diásporas, exilios o por esa necesidad de estar en continuo movimiento y conocer los lugares más exóticos del planeta. Allí compartían sus singulares experiencias.

Inició las carcajadas el locuaz don Juan Nieves –puertorriqueño– al contar sobre su viaje a Nueva York, y cercano al sitio, pero desubicado, le preguntó a un niuyorquino apurado a dónde quedaba el Empire State Building. Y éste le contestó fastidiado “justo al frente suyo. Mire para arriba”.  Demostración fehaciente de la estupidez de preguntar.

En contraste al temperamento niuyorquino, don Pedro Guillén, relató su anécdota madrileña. En uno de sus viajes, hacía unos cinco años, en el barrio Orense de la hermosa Capital de España, a dos cuadras del local, le preguntó a un español sobre la ubicación del restaurante de tapas “Don Pepe” y éste le contestó acompañándolo personalmente al local mientras lo entretenía con una cálida conversación. Impresionado por tal cortesía, Don Pedro casi lo invita a saborear juntos unas tapas y copa de vino de la Rioja.

Por otra parte, pareciera observarse una transformación de conducta en el antes y después de eventos catastróficos que cambian la historia de los lugares. Esto lo ilustró para el grupo con su historia personal el cubano don Julio Santiago de la Habana Chica de Mami, visitante frecuente de la ciudad de Nueva York, al describir su experiencia sobre el tratamiento que recibió al pedir direcciones en Manhattan antes y después del 11 de setiembre del 2001. Antes: tratamiento escueto, rudo, petulante, producto de la sofocación masiva, competencia y apuro; después de la tragedia de las torres gemelas, con simpatía, humildad y casi convincente bienvenida.

Las distancias en las direcciones asimismo caen dentro de la práctica de la relatividad. Contaba don Martín Cruz que, en su lugar de origen, las sierras en la Provincia de Córdoba, al decir el lugareño “ahisito no más” puede significar una complicada vuelta de varios kilómetros antes de llegar al puesto solicitado. Al mismo tiempo, don Rubén Sacasa, un médico nicaragüense retirado en la Florida, relató el evento sufrido en persona al regresar a Managua, en una de sus visitas, cuando al preguntar por el Nuevo Centro Comercial, le indicaron: “Mire, está a cien varas del árbol grande torcido que estaba plantado veinte cuadras al Sur del Lago cerca de la carretera a Masaya”. Y pasó la tarde averiguando con los transeúntes y vecinos de la localidad si sabían algo sobre la presunta ubicación de tal árbol.

El tema de las traducciones en el área de pedir y dar direcciones complica el asunto. Por ejemplo, don Esteban Zorrilla contó que, al llegar a Miami, en los setenta, junto a Coral Gables, bajó la ventana de su coche en un semáforo para averiguar dónde quedaba la autopista del Palmetto: llamando la atención, le gritaba al chofer del coche que estaba a su lado “Sir” y éste lo ignoraba por completo, hasta que se le ocurrió decirle “Señor” y el chofer se deshizo en atenciones prodigándole las direcciones con un gran lujo de detalles y afectuosos comentarios. En Praga, al preguntarle unos turistas, en alemán –un idioma que no entendía en absoluto– a don Luis Manzano sobre la ubicación del histórico puente de Carlos, éste se desempeñó eficaz y con contundencia, indicándosela exactamente a los alemanes con el dedo índice (valga la redundancia) sin necesidad de utilizar ni una palabra en el idioma de los interrogadores, que ignoraba. Entendió, sí, un satisfecho “Danke”.

El más joven de los activos participantes en ese ameno conciliábulo y tecnológicamente un poco más avanzado, don Armando Guerrero, se atrevió a empavonarse porque utilizaba a veces el GPS para orientarse cuando manejaba. Pero peleaba con su esposa al pretender ésta saber más que el aparato o haciéndole notar sus fallas cuando al aliarse con la voz burlona femenina del aparato, repetía con ella, al equivocarse o no seguir las direcciones precisas, “recalculating” (calculando nuevamente). Y así, bajo la insistencia de las dos, en vez de llegar más rápido se sentía más extraviado que nunca; un verdadero caso perdido. Ése fue el último de los cuentos.


Luis Alberto Ambroggio (Córboba, Argentina: 1945), escritor de renombre internacional, poeta, ensayista, clasificado por la Casa de América como un “representante destacado en la vanguardia de la poesía hispanoamericana en los Estados Unidos". Miembro de la Real Academia Española, la Academia Norteamericana de la Lengua Española, PEN. Premios de TVE, Simón Bolívar, Fullbright-Hays y otros reconocimientos, con más de treinta libros publicados, entre ellos: Hombre del aire (1992), Oda ensimismada (1992), Poemas desterrados (1995), Los habitantes del poeta (1997), Por si amanece: cantos de Guerra (1997), El testigo se desnuda (2002), Laberintos de Humo (2005), Los tres esposos de la noche (2005), La desnudez del asombro (2009, La arqueología del viento (2011, ganador del 2013 International Latino Book Award), Cuentos de viaje para siete cuerdas y otras metafísicas (2013), Todos somos Whitman/We are all Whitman (2016), Principios Póstumos (2018), Cantos al encuentro (2020), César Vallejo, genio entre los genios (2020) y Escuchando los latidos (2022). Sus textos aparecen en Revistas, Suplementos Culturales, Antologías y Textos de Literatura.

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