Luis Alberto Ambroggio
Más allá de los cuatro puntos cardinales
¿sufrirían en la antigüedad estos problemas, estas historietas? Antes de que
existiese la posibilidad de obtener por Mapquest, GPS u otros servicios
similares direcciones precisas, el hecho de solicitar una dirección implicaba
toda una aventura impredecible. Los resultados podrían remitirnos a espacios
culturales precisos, rectitudes pasmosas, en tan inocente emprendimiento.
Don Sergio Paredes, una tarde de verano, se reunió en unos bancos de la Plaza
Ponce de León en los suburbios hispanos de Miami con sus amigos setentones,
todos ellos viajeros avezados, ya sea por placer, por cuestiones de negocios,
por diásporas, exilios o por esa necesidad de estar en continuo movimiento y
conocer los lugares más exóticos del planeta. Allí compartían sus singulares
experiencias.
Inició
las carcajadas el locuaz don Juan Nieves –puertorriqueño– al contar sobre su
viaje a Nueva York, y cercano al sitio, pero desubicado, le preguntó a un
niuyorquino apurado a dónde quedaba el Empire State Building. Y éste le
contestó fastidiado “justo al frente suyo. Mire para arriba”. Demostración fehaciente de la estupidez de
preguntar.
En
contraste al temperamento niuyorquino, don Pedro Guillén, relató su anécdota
madrileña. En uno de sus viajes, hacía unos cinco años, en el barrio Orense de
la hermosa Capital de España, a dos cuadras del local, le preguntó a un español
sobre la ubicación del restaurante de tapas “Don Pepe” y éste le contestó
acompañándolo personalmente al local mientras lo entretenía con una cálida
conversación. Impresionado por tal cortesía, Don Pedro casi lo invita a
saborear juntos unas tapas y copa de vino de la Rioja.
Por
otra parte, pareciera observarse una transformación de conducta en el antes y
después de eventos catastróficos que cambian la historia de los lugares. Esto
lo ilustró para el grupo con su historia personal el cubano don Julio Santiago
de la Habana Chica de Mami, visitante frecuente de la ciudad de Nueva York, al
describir su experiencia sobre el tratamiento que recibió al pedir direcciones
en Manhattan antes y después del 11 de setiembre del 2001. Antes: tratamiento
escueto, rudo, petulante, producto de la sofocación masiva, competencia y
apuro; después de la tragedia de las torres gemelas, con simpatía, humildad y
casi convincente bienvenida.
Las distancias en las direcciones asimismo caen dentro de la práctica de la
relatividad. Contaba don Martín Cruz que, en su lugar de origen, las sierras en
la Provincia de Córdoba, al decir el lugareño “ahisito no más” puede significar
una complicada vuelta de varios kilómetros antes de llegar al puesto
solicitado. Al mismo tiempo, don Rubén Sacasa, un médico nicaragüense retirado
en la Florida, relató el evento sufrido en persona al regresar a Managua, en
una de sus visitas, cuando al preguntar por el Nuevo Centro Comercial, le
indicaron: “Mire, está a cien varas del árbol grande torcido que estaba
plantado veinte cuadras al Sur del Lago cerca de la carretera a Masaya”. Y pasó
la tarde averiguando con los transeúntes y vecinos de la localidad si sabían
algo sobre la presunta ubicación de tal árbol.
El tema
de las traducciones en el área de pedir y dar direcciones complica el asunto.
Por ejemplo, don Esteban Zorrilla contó que, al llegar a Miami, en los setenta,
junto a Coral Gables, bajó la ventana de su coche en un semáforo para averiguar
dónde quedaba la autopista del Palmetto: llamando la atención, le gritaba al
chofer del coche que estaba a su lado “Sir” y éste lo ignoraba por completo,
hasta que se le ocurrió decirle “Señor” y el chofer se deshizo en atenciones
prodigándole las direcciones con un gran lujo de detalles y afectuosos
comentarios. En Praga, al preguntarle unos turistas, en alemán –un idioma que
no entendía en absoluto– a don Luis Manzano sobre la ubicación del histórico
puente de Carlos, éste se desempeñó eficaz y con contundencia, indicándosela
exactamente a los alemanes con el dedo índice (valga la redundancia) sin
necesidad de utilizar ni una palabra en el idioma de los interrogadores, que
ignoraba. Entendió, sí, un satisfecho “Danke”.
El más joven de los activos participantes en ese ameno conciliábulo y tecnológicamente un poco más avanzado, don Armando Guerrero, se atrevió a empavonarse porque utilizaba a veces el GPS para orientarse cuando manejaba. Pero peleaba con su esposa al pretender ésta saber más que el aparato o haciéndole notar sus fallas cuando al aliarse con la voz burlona femenina del aparato, repetía con ella, al equivocarse o no seguir las direcciones precisas, “recalculating” (calculando nuevamente). Y así, bajo la insistencia de las dos, en vez de llegar más rápido se sentía más extraviado que nunca; un verdadero caso perdido. Ése fue el último de los cuentos.

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