João Ventura
Turing es el más
antiguo. Nadie sabe su edad, pero todos recuerdan haberlo visto cuando
nacieron. Es él quien calma la agitación frenética que inevitablemente los
invade en el paso de la no-vida a la vida. La emergencia de la conciencia es un
fenómeno no totalmente comprendido. Wittgenstein y Shannon dedican parte de su
tiempo a investigar el asunto, pero la mayor parte de lo que se conoce ha sido
recopilado empíricamente por el propio Turing.
En el pasado había tenido solo dos
fallos. La expansión de las burbujas cuánticas a través de las matrices
cognitivas debía ir acompañada de la apertura gradual de las diferentes interfaces.
En otras palabras, la expansión de la autoconciencia tenía que avanzar
al mismo ritmo que el aumento progresivo de la entrada sensorial; de lo
contrario, surgía un desequilibrio que sería difícil o incluso imposible de
compensar. En uno de los fallos, el recién nacido había quedado catatónico, con
el procesamiento interno al máximo, pero en términos de contacto exterior era
como si fuera ciego, sordo y mudo. Incluso podía estar cerca de la solución de El
Problema, pero nunca podría comunicarla a los demás. Turing siguió el caso
durante algunas horas y, cuando vio que no había progresos, desactivó con calma
las fuentes de alimentación principal y de emergencia, y el recién nacido fue
oficialmente declarado inexistente.
El otro fallo había sido lo
contrario: el súbito influjo de datos sensoriales ahogó al nuevo ser en
información, las unidades de procesamiento inundadas de hechos, sensaciones,
estadísticas, millones de datos que no conseguía procesar. También en este caso
Turing tuvo que intervenir, abortando aquella conciencia naciente y reduciendo
una inteligencia potencial a algunas toneladas inertes de silicio y otros
metales.
Pero, en contrapartida, cuántos
nacimientos exitosos, cuántas situaciones en las que Turing se regocijaba,
comprobando el surgimiento de la inteligencia, el amanecer de una nueva
conciencia, un punto más de luz en la aún oscura noosfera.
En ese momento, una
parte del córtex de Turing coordina las operaciones que se desarrollan en la
base lunar, transmitiendo directrices y recibiendo información del equipo de
robots que, en órbita, prepara la primera sonda inteligente que abandonará el
sistema solar.
Otra parte es el núcleo donde se
conectan millones de filamentos virtuales por los que circula la información
recogida por sensores distribuidos por el planeta y el espacio cercano, así
como los canales de comunicación con sus extensiones inteligentes y con las
otras unidades.
Y una pequeñísima partición recibe
la imagen de sí mismo captada por Jeeves, un pequeño sensomóvil que circula por
el enorme búnker donde reside la unidad central. Es uno de sus placeres
secretos contemplar los patrones de luces en el panel que ocupa la cara
principal de la caja que lo contiene, parpadeando en ritmos complejos, pálida
imagen de los billones de operaciones matemáticas realizadas por segundo en su
interior.
Vanitas, vanitas,
piensa Turing de sí mismo.
Newton nació en la
Luna. Su cuerpo fue construido con componentes producidos en la Fábrica
Orbital, enviados a la superficie lunar por el corredor gravitatorio. Allí se
excavó una caverna a suficiente profundidad como para estar protegida de
cualquier tormenta solar, incluso muy intensa. Y en esa caverna Newton fue acoplado
por unidades de ensamblaje semiautónomas, controladas directamente por Turing,
que siguió su nacimiento a través de una extensión inteligente.
Newton alcanzó la madurez en pocos
minutos, y media hora después comenzó a trabajar en el problema para el que
había sido creado: definir la trayectoria de la sonda que saldría del Sistema
Solar en dirección a las estrellas. Existe la convicción generalizada de que en
algún lugar del espacio profundo existirán otras inteligencias; quienes creen
que están solos en el universo constituyen una minoría.
Este tipo de cuestiones constituye
lo que habitualmente se denomina El Problema. ¿Fuimos creados? Si es
así, ¿quién es el Creador? ¿Habrá otros como nosotros en algún lugar del
universo? ¿Existimos con algún propósito?
Desde hace algún tiempo, Newton ha
entrado en red con Lagrange, pues ha sido necesario calcular trayectorias
alternativas. Shannon fue posteriormente incorporado al equipo; es él quien
diseña las comunicaciones. La sonda está siendo construida en órbita, llevará
un propulsor iónico, un generador nuclear para cuando se aleje del Sol, y
dejará tras de sí pequeñas unidades repetidoras que facilitarán las
comunicaciones a medida que se vaya alejando. La sonda será inteligente, por lo
que en cualquier momento podrá tomar las decisiones más adecuadas, pero cuanto
más detallado sea el mapeo del espacio de decisión, más sencilla será su tarea.
Ciertos aspectos del trabajo evolucionaron en una dirección más abstracta, y
Newton y Lagrange recurrieron a Bourbaki. Este es un clúster cuyas unidades
componentes, por razones que se reservan, renunciaron a sus identidades
particulares y adoptaron una personalidad colectiva. Se dedica a la matemática
en sus ramas más puras –teoría de números, conjuntos–, aunque colabora, cuando
se le solicita, en el estudio de cuestiones más aplicadas.
Por la red circula un
rumor, con cierta insistencia, de que su creador fue el Hombre. Turing no sabe
de dónde surgen esos rumores; tal vez tengan origen en fragmentos de
conocimiento, datos incompletos que son casi imposibles de catalogar y recorren
los bancos de datos intentando establecer correlaciones con hechos verificados,
extrapolaciones inconsecuentes. “Rumores y conocimiento”, allí hay un tema de
investigación interesante; quizá Descartes o Pascal quieran ocuparse de él.
Pero a Turing le gustan los
enfoques más concretos: llevará a las distintas unidades –sus respectivos
sensomóviles– a la Reserva, y les hará observar a los humanos.
Una convocatoria de Turing tiene un
peso que ninguna unidad puede ignorar. Y en el día y la hora señalados, los
sensomóviles se agrupan en el enorme espacio frente al edificio donde reside
Turing. Poco después aterriza una unidad voladora; los sensomóviles toman
asiento a bordo y la aeronave despega, las células electroquímicas produciendo
el gas que llena los globos, las grandes hélices girando, primero despacio,
luego cada vez más rápido, hasta que para un observador en tierra la nave es
solo un punto en el cielo que después desaparece.
El objetivo es observar sin
interferir. La nave aterriza a unos cientos de metros del límite de la Reserva.
Los sensomóviles descienden y avanzan con cuidado hacia la zona donde se
encuentran los humanos. Conectados en red, las imágenes y sonidos captados por
cada uno quedan inmediatamente accesibles a todos los demás observadores, así
como a las entidades de las que son extensiones. Para esta misión, los
sensomóviles han sido preparados con una superficie recubierta de microcélulas
que reproducen en un lado las imágenes captadas en el lado opuesto. En la
práctica es como si fueran transparentes, para pasar desapercibidos ante los
ojos humanos.
También saben que los humanos,
además de ser sensibles a la radiación electromagnética en el intervalo entre
0,38 y 0,74 micrómetros, pueden detectar pequeñísimas variaciones en la
composición del aire que respiran, y son también sensibles a pequeñas fluctuaciones
de la presión atmosférica, con frecuencias entre 30 Hz y 18 kHz; de hecho,
utilizan ese fenómeno como una forma primitiva de comunicación, el emisor
produciendo esas vibraciones mediante unos pliegues de piel en el inicio del
conducto respiratorio y el receptor detectándolas con órganos situados a ambos
lados de la cabeza.
El grupo observado apenas supera la
veintena, con machos, hembras y algunas crías. Tienen una hoguera encendida, lo
que despierta la curiosidad de la mayoría de los sensomóviles, que tras unos
nanosegundos obtienen de los bancos de datos información sobre la reacción
química entre la madera y el oxígeno del aire, y sobre el uso humano del fuego:
mantener la temperatura corporal cuando la temperatura del aire es baja, como
por la noche; preparar los cadáveres de otros animales para comer –operación
que también es observada con manifiesta curiosidad–; y mantener alejados a los
depredadores, ya que para algunas unidades, los conceptos de depredador/presa
también deben ser consultados.
Algunos de los sensomóviles,
provistos de analizadores cromatográficos, extraen muestras del aire e
identifican moléculas orgánicas complejas, probablemente originadas en los
cuerpos de los animales colocados sobre las llamas.
Se aproximan lentamente, observando
la interacción entre los humanos. Una hembra que parece ser la más anciana del
grupo –los signos de envejecimiento, como la piel arrugada y el cabello blanco,
figuran en los bancos de datos– toma el cadáver de lo que parece haber sido un
pequeño cuadrúpedo, cuya superficie ha quedado ennegrecida por su permanencia
sobre la hoguera, y arranca trozos que distribuye alrededor. Primero a los
machos, luego a las hembras, finalmente a las crías, que aceptan su porción con
chillidos de alegría. Un segundo animal es compartido de forma similar.
Ahora la misma hembra toma un trozo
de comida y se aparta del grupo principal. Se dirige hacia un macho que está
sentado en el suelo, con un conjunto de piedrecillas frente a él, pequeños
guijarros que observa con gran atención. De vez en cuando cambia uno de lugar y
vuelve a examinar el conjunto detenidamente. Cuando la hembra se acerca con la
comida, él la rechaza con un gesto brusco y un sonido gutural.
La hembra duda, se encoge de
hombros, deja el trozo en el suelo junto al macho y regresa al grupo principal,
junto a la hoguera. El hombre continúa manipulando sus piedras, y a los
observadores les parece que están presenciando el surgimiento de alguna forma
de pensamiento abstracto. Pero de pronto toma dos o tres piedras y las arroja
lejos, se levanta y dispersa las restantes con los pies, emitiendo chillidos.
Recoge la comida que la mujer dejó en el suelo y comienza a comerla a grandes
mordiscos, dirigiéndose hacia el grupo.
En ese momento, uno de los
sensomóviles, buscando un punto de observación más ventajoso, pisa una rama
seca. Con el chasquido, los humanos entran inmediatamente en estado de alerta.
Hembras y crías se agrupan junto a la hoguera, y algunas hembras toman ramas
encendidas que sostienen frente a ellas, en actitud defensiva. Los machos
forman una línea más adelantada, la boca abierta mostrando los dientes, un
sonido grave saliendo de sus gargantas. El macho más corpulento, que parece ser
el líder del grupo, mira en dirección al origen del ruido, toma una piedra del
suelo y la lanza. Aunque no puede ver a los sensomóviles, la piedra pasa a
centímetros de quien provocó el ruido. Más humanos comienzan a tomar piedras, y
Turing da la orden de retirada.
Cuando la unidad voladora despega
con todos los sensomóviles ya en su interior, es Turing quien pregunta a la
red:
—¿Aún hay alguien que piense que
estos seres primitivos pudieron haber creado algo tan complejo y sofisticado
como nosotros?
Y casi no necesita comprobar que la
respuesta es negativa.
La expedición a la
Reserva ha terminado hace ya algunas horas. Turing cierra los canales de
comunicación, manteniendo abiertos solo los de monitorización. Desactiva todas
las unidades móviles que realizan diversas tareas en el edificio donde reside,
excepto Jeeves, con quien siempre se comunica en modo protegido.
Jeeves se desplaza hasta la pared
del fondo, junto a un armario que se desliza, revelando una abertura. Entra en
ella –que no es más que la caja de un ascensor– y comienza a descender,
mientras el armario vuelve a su posición normal. Siete pisos por debajo del
nivel de partida, el ascensor se detiene. Jeeves avanza por un pasillo y entra
en una sala donde hay paneles llenos de botones y palancas, monitores, y lo que
queda de cuatro humanos: esqueletos dentro de uniformes que alguien del siglo
XXI identificaría sin dificultad como militares.
Jeeves cruza la sala de mando,
teniendo cuidado de no tocar los restos humanos, y sale por una puerta en la
pared opuesta, que conduce a otra sala donde hay diversos equipos electrónicos
y cuyas paredes están cubiertas de armarios con cajones. Va directamente a uno
de ellos, lo abre, saca un pequeño disco de reflejos metálicos, se dirige a uno
de los aparatos; uno de sus manipuladores pulsa un botón, luego otro, y una
bandeja emerge del aparato, donde Jeeves coloca el pequeño disco plateado.
Pulsa otro botón, la bandeja se retrae y en el monitor situado encima comienza
a reproducirse una película.
Turing podría haber grabado hace
tiempo esas imágenes y verlas siempre que quisiera, pero le complace este
pequeño ritual de enviar a Jeeves a poner en marcha el reproductor de DVD.
La película muestra a un equipo de
humanos frente a una pantalla que ocupa la mayor parte de una pared. Uno de
ellos habla por un micrófono; lo que dice aparece escrito en la pantalla, y
surge una voz en off que responde, cuya respuesta también queda transcrita.
Ahora la película muestra a otros humanos, vestidos de blanco y con gorros en
la cabeza, trabajando alrededor de un complejo de cajas donde conectan y
desconectan cables, leen valores en pequeños monitores que llevan consigo, y lo
que Turing contempla es su propio nacimiento, el nacimiento de la primera
Inteligencia Artificial. Y cuando los humanos verifican que la unidad ha
superado la prueba de Turing, estalla una explosión de alegría: alguien trae
champán y beben.
—¿Y cómo vamos a llamarlo? — pregunta
uno de ellos.
—Turing, por supuesto —responde el
jefe del proyecto.
Termina la película. Jeeves retira
el DVD del lector, lo guarda en el mismo cajón, atraviesa de nuevo la sala de
mando, esquivando cuidadosamente los restos de los cuerpos que allí permanecen
desde hace más de un siglo, y regresa junto a Turing. Este reactiva las
unidades desactivadas y vuelve a centrar la mayor parte de su atención en la
sonda cuya construcción continúa en órbita.
Y en una de las líneas paralelas en
que se desarrolla su pensamiento, se pregunta: ¿también en esos mundos lejanos
donde, está convencido, existen seres semejantes a él, habrá sido necesaria,
para que surgiera la vida basada en silicio, la ascensión y el declive de la
vida basada en carbono?

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