Ana Lúcia Merege
Hay cosas que nadie
puede explicar. Por qué el sol se oculta y llega la oscuridad, y por qué esta dura
tanto cuando es tiempo frío. Cómo nacen las plantas de la tierra y esos
bichitos de la carne, por qué el cabello de los mayores se vuelve blanco, por
qué tantos niños mueren antes siquiera de caminar. Lo que Salka hace con el
agua tampoco lo entiendo, aunque lo he pensado hasta que me dolía la cabeza.
Pero hay una cosa que sí entendí: después de que ella hizo eso, todo cambió
para nuestra familia.
Salka y yo crecimos juntas, pero no
desde el principio. Yo estaba en el vientre de Zía cuando Gorke llegó, después
de mucho tiempo lejos de la cueva, cargando a una niñita que ya caminaba, pero
estaba cansada y débil por el viaje. La madre había muerto, y al mirar a Salka,
aun siendo tan pequeña, se podía ver que había sido una mujer de más allá de
las montañas, de ojos grandes y piel y cabello claros. Otros de nosotros
tenemos esos rasgos, incluso el propio Gorke, pero vienen de mucho tiempo
atrás, de abuelos de nuestros abuelos que vivieron mezclados con esa gente. En
Salka los rasgos son más fuertes, por eso es un poco diferente, pero nada que
asuste. Además, es hija de Gorke, y Gorke es hijo de Matík, la guardiana del
fuego y de las líneas de sangre de la familia. Claro que fueron bienvenidos.
Mi madre también es hija de Matík,
de un padre distinto al de Gorke, pero siempre quiso mucho a su hermano mayor.
Ella ayudó a cuidar de Salka, se dividió entre nosotras dos cuando nací y se
entristeció cuando Gorke entregó a la niña a su nueva mujer. Yo era demasiado
pequeña para recordarlo, pero Zía dijo que las dos se extrañaron desde el
principio; que Salka no buscaba el regazo de Tacha, que tardó en llamarla madre
y que se escabullía, casi todas las noches, hacia el rincón donde dormía
nuestro grupo. Por su parte, Tacha no tenía mucha paciencia, ni se esforzaba
por ganarse el afecto de Salka. La cuidaba, como Gorke esperaba que hiciera,
pero no la abrazaba, no adornaba su cabello con flores ni guardaba para ella la
parte más tierna de la carne. Zía, e incluso Matík, en ese tiempo la criticaban
por eso, pero la verdad es que la propia Salka no parecía preocuparse. Al
contrario, se sentía bastante feliz de que su madre no se acordara de darle
órdenes, mandarla a recoger bayas o a masticar las pieles de vestir, cuando lo
único que quería era manipular huesos y piedras.
Eso no era tan inusual. Siempre
tuvimos buenos talladores, en su mayoría hombres, pero a veces también alguna
mujer. Salka, como otros más jóvenes, disfrutaba viéndolos trabajar, y pronto
aprendió a sacar lascas perfectas, pero no intentaba usarlas en hachas ni en
otras herramientas. En cambio, reunía ese puñado de láminas, las alineaba todas
en un claro cerca de la cueva y allí se quedaba, viendo aparecer sombras más
largas y luego más cortas. Le pregunté por qué hacía eso y se animó, dijo
muchas cosas, pero a la mitad ya me dolía la cabeza y había dejado de entender.
Cuando regresamos a la cueva ya estaba oscuro, una oscuridad que llegaba cada
vez más rápido, y Tacha se enfureció con la hija por la demora y le ordenó que
fuera a arreglar la ropa de Gorke.
Los desgarrones o agujeros,
cualquier cosa que deje entrar el frío, pueden causar grandes molestias a los
cazadores, y Salka no quería eso para su padre, así que no protestó por tener
que ayudar a reforzar las costuras y los nudos de su parka. Aun así, su frente
se fue frunciendo mientras trabajaba, y murmuraba algo cada vez que tenía que
pasar un hilo por un agujero. Durante esa misma oscuridad, antes de ir al
rincón donde dormía, tomó una lezna y unos pedacitos de hueso y se puso a
manipularlos, raspando, perforando, comparando, hasta que Matík gritó desde
lejos ordenándole que se fuera a acostar.
Mi abuela no es la persona más
vieja de la cueva, tiene solo la mitad del cabello blanco y la mayoría de los
dientes, pero todos siempre la han escuchado porque es la guardiana del fuego.
Otros de nosotros saben encender fogatas, pero es Matík quien alimenta el fuego
mayor al fondo de la cueva, el que nunca puede apagarse porque protege a la
familia. También es ella quien dibuja las líneas de sangre, y así se sabe
cuántos nacen y cuántos mueren y quién puede tener hijos con quién. De los que
tuvo, solo Gorke y Zía vivieron hasta crecer, y ambos siempre hacen lo que
Matík les ordena, aunque Gorke a veces lo hace de una manera diferente, cuando
cree que será más rápido o fácil.
Matík quiere a los dos, pero
prefiere a Zía, y al principio era lo mismo conmigo y con Salka, pero con el
tiempo dejé de ser la nieta favorita y pasé a ser la única que le gusta. Al fin
y al cabo, soy como mi madre, y Salka es más rebelde que Gorke, hace lo que
quiere y como quiere e inventa cosas nuevas. Una cosa nueva apareció poco
después de que luchara con las costuras de la parka: un trozo de hueso de ave,
con un agujero en un extremo donde se puede atar el hilo de tendón de cabra
montés. Resultó mucho más fácil pasarlo por los agujeros del cuero. A la gente
le gustó, sonrieron y asintieron aprobando la invención, y Matík no tuvo cómo
decir que era inútil, pero chasqueó la lengua y comentó que la niña se estaba
volviendo demasiado orgullosa. Ella y Tacha le buscaron mucho trabajo a Salka,
y en eso ya estábamos entrando en el tiempo frío, cuando es necesario quedarse
dentro de la cueva con poca comida y la gente discutiendo por todo.
Para evitar problemas, Salka se
aisló en una de las galerías, cosiendo y raspando pieles a la luz de un fuego
humeante, mientras yo recibía de Matík las primeras instrucciones para
convertirme en la futura guardiana de las líneas de sangre. Eso duró hasta que
llegó el tiempo cálido, cuando los más jóvenes volvieron a sus tareas fuera de
la cueva. Algunos iban lejos, acompañando a los grupos de cazadores, otros se
quedaban cerca ayudando a tratar el cuero y fabricar herramientas; la mayoría
iba y venía, buscando agua en el río, recogiendo leña, recolectando bayas y
hongos en los senderos de la montaña.
Salka y yo formábamos parte de ese
grupo, y a veces caminábamos juntas, yo cargando un fardo atado a la espalda y
ella guardando sus hallazgos en el escondite de la parka. Esa fue otra
invención del tiempo frío, y solo yo la conozco: un trozo de piel cosido en el
interior de la ropa, dejando una abertura por donde Salka iba metiendo hojas,
plumas de ave, todo lo que llamara su atención por el camino. La mayoría de
esas cosas acababa tirándolas, pero otras las guardaba en algún lugar de la
galería, bien disimuladas con piedras y tierra. No quería que los niños tocaran
los hallazgos, ni que Matík o Tacha la molestaran por perder el tiempo
recogiendo tonterías inútiles. Ni siquiera me mostraba lo que traía de las
caminatas que hacía sin mí.
Recuerdo bien uno de esos
hallazgos, que vi por casualidad, al ir en busca de Salka en la galería. Estaba
oscuro, ella estaba de espaldas, examinando algo a la luz del fuego. Al
acercarme, vi de reojo que era una piedra algo brillante, pero Salka la escondió
en cuanto me notó y no respondió a mis preguntas. A partir de entonces, comenzó
a salir más veces sola y a quedarse fuera durante todo el tiempo claro, a pesar
de los regaños de Tacha e incluso de su padre, que temía verla muerta por un
leopardo de las nieves.
Pasó algún tiempo antes de que
volviera a ver aquellas piedras, y fue cuando salí a caminar con Imur. Estoy
intentando que me guste, porque nuestras líneas de sangre solo se cruzan allá
arriba, así que podemos tener hijos. Es el único joven de la familia con quien
puedo. A Imur le gusta mucho cazar, y me hizo seguir con él el rastro de una
marmota, bajando por la orilla del río más allá del bosque de abedules. Fue
allí donde encontramos a Salka, completamente vestida a pesar del calor,
rodeada de varias lascas que había sacado con el tallador. El sol brillaba
sobre ellas, y yo me detuve, porque por un instante vi colores-del-cielo en la
hierba justo delante. Eso quiere decir que los antepasados están enviando una
advertencia, y nunca se sabe de qué, por eso miramos esos colores con respeto y
un poco de miedo.
Salka me vio allí y reunió las
lascas, con el rostro serio. Dije que había visto colores-del-cielo, y no
respondió. Entonces conté que Imur y yo estábamos persiguiendo una marmota, y
ella dijo que siguiéramos adelante, pero luego corrió tras nosotros, jadeando
bajo la parka caliente y pesada. Imur volvió a encontrar el rastro y lo
seguimos, pero no vimos la marmota, solo unas bayas que recogimos y comimos por
el camino.
De regreso, encontramos a otros
jóvenes y niños en el río, jugando bajo la cascada, y decidimos entrar también.
Imur y yo nos metimos enseguida, porque en el tiempo cálido caminamos desnudos
como todos los más jóvenes, pero Salka fue hasta la orilla y comenzó a quitarse
la parka con mucho cuidado.
Entonces –todo fue muy rápido– Iona
y Jukke, esas dos pestes, salieron del río y arrastraron a Salka al agua, con
ropa y todo. Ella gritó, perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Logró
apoyarse con las manos, pero la parka quedó empapada. Todos alrededor rieron,
incluso la propia Salka, pero de pronto se puso seria y empezó a tantear el
agua a su alrededor. Yo y otros extendimos las manos, pero ella no tomó la de
nadie y siguió moviendo el agua, que estaba muy fría y clara. Pronto los que
estaban allí se apartaron, algunos ya comenzaban a jugar y a conversar cuando
Polk lanzó un grito: en la pared de piedra blanca, junto a la cascada, había
colores-del-cielo. Muchos, muchos, temblando, yendo de un lado a otro, y algunos
de nosotros también temblamos, con los dientes castañeteando de miedo y frío.
Era mucho lo que los antepasados querían decir de una sola vez.
Miré a Salka y ella también los
había visto, pero estaba tranquila, incluso sonreía un poco. Me acerqué más y
le pregunté si no tenía miedo. Dijo que no, luego me miró a los ojos y dijo
algo que no esperaba oír. Dijo que no sabía de dónde venían todos los
colores-del-cielo, pero los de la piedra sí lo sabía, y que podía hacerlos
desaparecer si quisiera. Para entonces, Imur, Polk y otros se habían acercado,
así que vieron cuando Salka se inclinó un poco en el agua, hizo ondular la
parka frente a ella y apagó los colores-del-cielo. Claro que se quedaron
asombrados, hicieron muchas preguntas, pero Salka salió del río en silencio y
fue caminando, chorreando agua por el camino hasta la cueva.
Yo quería ir tras ella, pero acabé
esperando a Imur, y cuando llegué encontré a Salka ayudando a Zía a cocinar
raíces y a todos ocupados con las cosas de siempre. Entonces no hice más
preguntas. Pero llegó la oscuridad, las personas se reunieron alrededor de las
hogueras y comenzaron a conversar, y pronto todos sabían lo que había ocurrido.
Algunos de los mayores hablaron con Matík, y Matík fue hasta Salka y le
preguntó si era cierto que llamaba a los colores-del-cielo. Salka dijo que sí e
iba a decir más, pero Matík no la dejó, dijo que estaba mintiendo y que los
antepasados no darían ese poder a una niña arrogante y desobediente. Salka no
respondió, y Matík se dio la vuelta y se fue a dormir, pero los mayores no se
conformaron con eso. En secreto, ordenaron que los hijos y nietos siguieran a
Salka cuando saliera, en el próximo tiempo claro, para ver si volvía a suceder.
Durante un buen tiempo no ocurrió
nada, hicimos nuestras tareas como siempre, pero al regresar, cuando el sol se
estaba ocultando, Salka entró en el río con su parka puesta y una vez más trajo
los colores-del-cielo a la pared de piedra.
Salka aún estaba en el agua cuando
Matík apareció, llamada por la peste de Jukke, y ya desde lejos comenzó a
gritar y a tirarse del cabello. Dijo que los colores-del-cielo eran una
advertencia para nosotros; que iba a quemar grasa de animal y la sangre de sus
brazos como ofrenda a los antepasados, y pedirles protección. Otras personas
fueron llegando mientras hablaba, y todas asentían, pero Salka solo miraba a su
abuela con aquellos ojos claros y no decía nada.
Matík se dio cuenta de eso y se
enfureció. Dijo que el rostro de Salka era el de alguien que no tiene respeto,
igual que las cosas que andaba diciendo; que nadie podía traer los
colores-del-cielo porque eran de los antepasados. Salka repitió que muchos sí,
pero esos del agua los llamaba ella, y lo probó haciendo que desaparecieran de
la piedra blanca. Luego dijo que los traería de vuelta, y los trajo. Las
personas quedaron asombradas, muchas con miedo, pero Salka dijo que no hacía
falta. Esos colores no eran una advertencia, sino un mensaje. Los antepasados
querían que los mayores fueran buenos con los más jóvenes y los dejaran hacer
las cosas como creyeran mejor.
Salka dijo eso mirando a Matík, que
estaba inmóvil y en silencio. Luego salió del río y se fue a la cueva, con la
parka pesada de agua y de las lascas guardadas en el escondite que solo yo
conozco.
Claros y oscuros vinieron después
de eso, tantos como los dedos de mis manos, y desde entonces muchas cosas han
ocurrido. Gorke quedó impresionado con su hija, incluso dejó de quejarse cuando
ella sale sola, porque cree que los cielos la protegen. Tacha lo apoya, pero se
nota que es por miedo a Salka y por no quererla cerca. Varios de los mayores
están así también. Dicen que los hijos y nietos andan rebeldes desde que Salka
trajo el mensaje de los antepasados, que causa problemas para todos, que sería
mejor llevarla más allá de las montañas y cambiarla por una muchacha de otra
familia.
Gorke no quiso escucharlos,
entonces hablaron con Matík, pero Matík no dijo ni sí ni no. Ella quedó
diferente después de haber entrado varias veces en el río, en la oscuridad y en
la claridad, y no haber conseguido colores-del-cielo. No habla casi nada, come
poco, a pesar de que tenemos bastante comida, pasa mucho tiempo sentada o
acostada en su rincón. Aún alimenta el fuego mayor, pero dejó de instruirme
sobre él y sobre las líneas de sangre. Al principio no me importó, porque
prefiero cazar con Imur, pero ahora mi madre quiere que insista con Matík para
que me enseñe. Dice que así recuperará fuerzas y volverá a ser como antes, y
pronto todo lo demás también será como antes, cuando nadie tenía miedo ni rabia
de Salka.
Así que creo que sí voy a hablar
con Matík. Aprenderé todo rápido, guardaré todos los nombres de la familia en
la cabeza, sin importar cuánto me pueda doler. Las personas volverán a querer a
Salka, y ya no querrán que se vaya de la cueva, y estaremos juntas hasta tener
hijos grandes, dientes gastados y mucho cabello blanco.
Y cuando sea una de las mayores,
guardiana del fuego y de las líneas de sangre, quizá, quizá consiga entender lo
que Salka hace con el agua.

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