Sergio Gaut vel Hartman
Por un perturbador instante creyó que estaba perdido, como en el
cincuenta y dos, en la terraza de Ezeiza, cuando el tío Miguel regresó de
Brooklyn en un avión de Panagra. Se golpeó la cabeza con la palma de la mano.
Tenía noventa y tres, no cinco. Ezeiza ya no existe, se dijo. Esto es una
estación de enlace; nuestra familia en pleno emigra a la colonia Bradbury, en
Marte.
Contempló la anodina efervescencia, similar a la de todas las
estaciones de enlace del planeta y se sobresaltó cuando Bodylan se puso a
llorar.
—¿Qué le pasa al niño? —dijo el abuelo.
Samila hizo una mueca de disgusto y se limitó a señalar el
holo de noticias que flotaba sobre sus cabezas. “El Vaticano condena
enérgicamente la clonación humana”.
—Otra vez —dijo García, el padre Uno del niño—. No paran.
—Pobre criatura —dijo, Igor, el padre Dos.
—Se precipitaron —dijo el abuelo—. ¿Qué necesidad había de
decirle? Sólo tiene tres años. ¿No podían esperar?
Nadie hacía caso a las ideas prehistóricas del abuelo. Pero
Samila no pudo evitar la queja habitual. —Maldita sea la hora en que se inventó
el Gerozac —murmuró.
—¡Si fuera sólo el Gerozac! —dijo Lila-lo, diecisiete recién
cumplidos. Usaba una corona Telepac que además de permitirle captar los
pensamientos ajenos emitía un flujo aleatorio de partículas que se derramaban
por su cuerpo y la hacían parecer vestida—. ¡Miren eso!
Eso era un Modificado, listo para viajar a Titán y respirar su atmósfera de
metano.
—Es feo —dijo el
abuelo. Era feo, sin lugar a duda;
parecía una cruza de mandril y cortadora de césped. Pero eso era lo que se
necesitaba en el satélite de Saturno y así lo habían fabricado.
Mientras el abuelo se preguntaba si era lícito llamar tipo a eso, Bodylan se puso a llorar de nuevo.
—¿Ahora qué le pasa? —dijo el abuelo.
—Tiene miedo —dijo Igor— de que lo modifiquen para vivir en
Titán.
Al abuelo le caía mal el padre Dos, pero no podía decir nada
porque
De pronto, con urgencia fatal, sonaron las alarmas. Había un
tono para cada amenaza y esa, tampoco se podía dudar, era la que correspondía a
un ataque químico.
—Sikhs —dijo el abuelo.
—Zapotecas —dijo Samila.
—Hutu —dijo Igor.
—Vascos —dijo García.
Nunca se sabía qué grupo terrorista estaba perpetrando el
ataque. Pero de todos modos se pusieron las máscaras, activaron las exodermas y
se calzaron los cascos antizyklónicos. Algunas cosas nunca pasan de moda...
—Una noticia buena y una mala —dijo Lila-lo que se había
dejado la corona Telepac debajo del casco—. La buena es que BBC, Goosoft, y
Al-Jazeera dicen que fue un ataque menor; sólo tres muertos y una docena de
intoxicados. La mala —agregó la muchacha antes de que nadie se lo preguntara—
es que se trata de un grupo nuevo, los blang azules, que se quieren separar de
China para unirse a Myalandia.
—Espero que en Marte no haya terrorismo —dijo Samila.
—Las agencias exageran —dijo García.
Bodylan reanudó su sesión de llanto desconsolado.
—¿Y ahora qué? —dijo el abuelo.
—Se le atascó el casco —dijo Samila—. No había de su medida.
La estación de enlace reanudó las rutinas habituales. Los
empleados de Transolar y Ultra Órbita trataban de recuperar el tiempo perdido,
aunque las discusiones con los pasajeros estaban a la orden del día. El abuelo
se distrajo mirando a una Modificada que seguramente iría a vivir a
—¿Será posible?
Samila estuvo a punto de hacer otro comentario relacionado
con el Gerozac, pero se contuvo. En Marte todo sería peor.
—No te quejes, ma —dijo Lili-lo que había pasado la sintonía
de su Telepac a
Por fin les llegó el turno. La empleada de Martian Air estaba
con un humor de perros porque no había llegado el relevo y los trató como
basura. Para empezar hizo llorar de nuevo a Bodylan cuando rechazó el pasaporte
del niño.
—En Marte están prohibidos los clonados.
García sacó un flamante disco de mil créditos respaldado por
el Banco de Shanghai y la empleada se convirtió en una vehemente defensora de
la ingeniería genética.
Pero casi de inmediato el carácter se le volvió a agriar.
—El anciano —dijo señalando al abuelo y haciendo una mueca de
asco— debe demostrar que posee conocimientos que serán útiles en la colonia.
Marte es para los jóvenes.
—¿No dije que el Gerozac nos daría un disgusto?
García miró consternado a su esposa temporal.
—Pero no quisiste pagarle a ese señor tan gentil de camisa
negra y corbata caribeña que se ofreció a... solucionar el problema.
Lili-lo captó los pensamientos pecaminosos de Igor en la
banda lateral del Telepac. No sería mala idea, reflexionaba su padrastro Dos,
que hubiera una boca menos que alimentar, allá en Burroughs. O dos bocas, y se
veía arrojando a Bodylan al espacio por el eyector de materia superflua.
—Soy una persona apta —dijo el abuelo— y mucho más lúcida, a
mis noventa y tres, que la mayoría de estos inútiles. Si me lo propusiera
podría llegar a ser presidente de Marte.
—¡Maldito Gerozac! —exclamó Samila—. La civilización se hunde
por el peso de los viejos. —Tomó la caja de doce pastillas, que mantenía vivo a
alguien como el abuelo durante un año y era más cara que un tanque israelí en
el mercado negro, y la arrojó al paso de una carreta de equipajes. El abuelo
dio un chillido y se sintió succionado por una tromba gigante que lo arrojó a
la terraza del aeropuerto de Ezeiza, una fría tarde de 1952, el día en que el
tío Miguel regresaba de Brooklyn en un avión de Panagra.
Se sintió perdido y se puso a llorar.

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