Franco Ricciardiello
Bíceps femoral,
tríceps sural. Los competidores de la final de los 200 metros flexionan los
músculos de las extremidades inferiores y se arrodillan sobre los bloques de
salida, bajo el sol otoñal de Ciudad de México.
Es el 16 de octubre. Las luces
eléctricas del estadio olímpico se reflejan sobre la piel negra de Tommie Smith
y John Carlos, un efecto casi metálico que, en el contraste de la transmisión
mundial, hace que los atletas de color parezcan organismos seleccionados para
ganar.
En los seis continentes, los tubos
de rayos catódicos disparan haces de electrones en las pupilas de los
telespectadores como baterías de artillería. El milagro simultáneo de la
cuántica, un parpadeo azulado como un crepúsculo eléctrico sobre Occidente. El
hemisferio derecho del cerebro absorbe en silencio, y en este 1968 aún no
existen videograbadoras, videojuegos ni pantallas de computadoras personales.
La guerra de la información eléctrica contra el hemisferio irracional,
simultáneo, resonante, apenas está comenzando.
Un silencio absoluto cae sobre las
pantallas, las miradas de los atletas están alineadas sobre las líneas blancas
de las calles que parecen estrecharse a lo lejos. El disparo del juez de salida
resuena amortiguado en el estadio.
Sartorio, cuádriceps. Dos
segundos, tres segundos: Tommie ya está en cabeza. Cinco segundos. John Carlos
y el australiano Peter Norman se distancian unos metros de los otros tres
finalistas. Semitendinoso, semimembranoso. Smith y Carlos van al frente.
Antes de salir de Estados Unidos habían propuesto boicotear los Juegos
Olímpicos en protesta por la admisión de la Sudáfrica racista en los juegos de
Ciudad de México.
Tibial anterior, peroneo
anterior. Once segundos. Smith, Carlos y Norman superan en ese orden los
cien metros. Al norte, más allá del Río Grande, los estadounidenses están
pegados a los televisores; del Atlántico al Pacífico, el crepúsculo está
iluminado por la luz artificial de los tubos catódicos. Nadie que se considere
deportista perdería este momento; todos saben que nada es más real que lo que
se ve en televisión. Hace dos semanas, esos mismos tubos catódicos transmitían
las imágenes de Tlatelolco, la Plaza de las Tres Culturas, donde los
helicópteros del ejército mexicano dispararon con ametralladoras pesadas contra
los estudiantes de la universidad que protestaban contra los Juegos Olímpicos.
Fanáticos del deporte o no, todos vieron en televisión las imágenes de los
jóvenes muertos: cientos de cuerpos alineados en las morgues, el duelo
latinoamericano de los familiares.
Quince segundos. Tommie Smith ha
borrado cualquier pensamiento de su mente, ni siquiera escucha la ovación del
estadio. Flexor largo, extensor común. Menos de veinte segundos de carrera son
demasiado breves para pensar en algo que no sea el movimiento automático de los
músculos, la monotonía rectilínea de la calle, el mantra de concentración
repetido durante meses de entrenamiento.
Quién sabe cuántos ataúdes de
madera y zinc han sido enterrados recientemente en los cementerios de Ciudad de
México. Quién sabe cuántos estudiantes pensaban realmente en los Juegos
Olímpicos contra los que iba dirigida la protesta, cuando escucharon el grito
elíptico de las aspas de los helicópteros, cuando oyeron el terror gigantesco
de la multitud que se dispersaba mientras las balas de 7,60 golpeaban sin
distinguir a los jóvenes y a las estatuas de piedra de los dioses precolombinos
de Tlatelolco.
Dieciocho segundos. John Carlos
comete un error trágico que le cuesta la plata: gira por una fracción de
segundo la cabeza para buscar a su perseguidor australiano. Un gesto
automático, sin reflexionar, cuando la sombra de la meta ya está en sus ojos.
19”83, Tommie Smith cruza primero.
El público en el estadio estalla. Con un sprint, Peter Norman llega segundo,
John Carlos apenas tercero, 20”10.
La precoz noche del
altiplano tropical ya ha caído sobre el estadio olímpico. Grupos de reflectores
iluminan el podio de premiación en beneficio de la transmisión mundial. Tommie
Smith y John Carlos tienen el cabello áspero, crespo y desordenado como lana
africana. Se quitan las zapatillas apenas fuera de los vestuarios y suben al
podio descalzos. En las pantallas de 18 pulgadas, la piel de los tobillos y de
los pies tiene el mismo color que la sudadera de algodón. A su lado, el
medallista de plata Peter Norman viste el uniforme azul oscuro de la selección
australiana, pero el blanco y negro de 1968 devuelve en la mayoría de los
televisores un negro uniforme. Los jueces del C.I.O. se acercan con solemnidad,
los flashes de las cámaras disparan como interruptores de armas de fuego. Smith
y Carlos inclinan la cabeza para recibir el oro y el bronce, luego se
arremangan la sudadera y suben al podio descalzos, con las cintas de seda al
cuello.
Las imágenes rebotan codificadas y
decodificadas en la estratósfera. En los televisores de Londres, Toronto o
Tokio, no es fácil ver que los dos atletas negros llevan guantes negros. En el
estadio mexicano, los turistas yankees se ponen de pie conmovidos,
afroamericanos y blancos protestantes anglosajones juntos, con la mano sobre el
corazón.
Por un instante parece posible
olvidar la segregación, el desempleo, las cruces ardientes del Ku Klux Klan. El
deporte no tiene raza ni ideología; en el deporte, Estados Unidos compite
contra todas las demás naciones del mundo, y una medalla olímpica no es blanca
ni negra, sino de oro. El deporte llena los ojos de lágrimas de emoción.
El sistema de sonido del estadio
difunde las primeras notas de The Star-Spangled Banner. Los medios
estadounidenses testimonian el evento con la habitual solemnidad dedicada al
himno nacional. Pero entonces, el primer y el tercer competidor en el podio
levantan los brazos tensos hacia el cielo y cierran el puño dentro de un guante
de cuero negro, Smith el derecho y Carlos el izquierdo.
El saludo de las Panteras Negras.
El estadio enmudece, no todos están
seguros de lo que ven. Las cámaras disparan sin cesar, fijando para siempre en
las instantáneas los puños cerrados, los pies descalzos que evocan la pobreza
de los afroamericanos, los collares de cuentas al cuello como cadenas de la
esclavitud.
En menos de un segundo, la imagen
rebota desde los repetidores satelitales hasta los televisores de todo el
mundo; diez millones de espectadores en directo parpadean incrédulos, creen que
es una broma por la cerveza de más o por la hora tardía. ¿Pero qué le ocurre al
deporte? Hace algunos días los corredores de 400 metros Lee Evans, Ronald
Freeman y Larry James posaron para las fotos con boinas negras, puños desnudos
y pies descalzos, y ahora les toca a estos dos negros ingratos.
El deporte no debería tener color;
¿es posible que los negros ingratos no sientan el orgullo de América? No es
culpa de nadie si nuestros antepasados los trajeron aquí encadenados a través
del Atlántico, si hoy hay poco trabajo y están obligados a vivir en lo que
llaman guetos.
Un estremecimiento recorre Estados
Unidos, otro capítulo de la guerra eléctrica de los medios. Quedará entre los
momentos más controvertidos de la historia del deporte. Ante los puños cerrados
de Tommie Smith y John Carlos, el orgullo del país se hace pedazos. La utopía
de invencibilidad de la nación más joven del mundo, ya puesta a prueba por los
vietcong, sufre un colapso por culpa de la única actividad que quedaba
incontaminada en este mundo corrupto: el culto de la forma física, la lucha del
hombre contra la naturaleza, el crisol de razas como selección democrática que
mejora a la humanidad. La inocencia deportiva de América exige venganza:
nuestros atletas han ido a Ciudad de México, ese altiplano de comedores de
tortillas, para medir sus fuerzas con los atletas de todo el mundo; han ganado
y han perdido en competencias leales. En todo esto, la política no tiene nada
que ver. La expresión “derechos civiles” solo tiene sentido cuando se habla de
la URSS, de Cuba o de China.
El Comité Olímpico de Estados
Unidos retira a los dos atletas de las competiciones, confisca las medallas y
los expulsa del equipo estadounidense. Tommie Smith y John Carlos deben
abandonar la villa olímpica y Ciudad de México.
Pocos días más y los Juegos
Olímpicos terminan también en el parpadeo electrostático de las pantallas de 18
pulgadas. El crepúsculo eléctrico de la transmisión mundial se apaga sobre la
Ruta 66; de un océano al otro, 5068 atletas de 105 naciones regresan a casa con
los medalleros bajo el brazo.
La fotografía de la premiación de
los 200 metros dará la vuelta al mundo. Por efecto de la perspectiva
fotográfica, Norman parece más bajo y adelantado que los otros; tiene la piel
clara y los brazos extendidos a los lados mientras escucha el himno nacional de
Estados Unidos. John Carlos lleva la chaqueta del uniforme abierta, la mirada
fija en el suelo y el puño izquierdo levantado, cerrado en el guante de cuero
brillante. En el centro, también Tommie Smith mantiene los ojos bajos, como si
quisiera mantener dentro de su campo visual tanto la medalla de oro como sus
propios pies descalzos. Tiene el brazo derecho levantado, tensado al máximo.
Tal vez es consciente de que ese gesto lo hará mucho más famoso que la efímera
victoria en los 200 metros.
Al comentar el evento, cualquiera
invocará un regreso a la inocencia del deporte; cualquiera utilizará esa
supuesta pureza para argumentos políticos. Tommie Smith y John Carlos serán
cuestionados, boicoteados, marginados; recibirán amenazas de muerte de la John
Birch Society, la logia fascista estadounidense.
Pero jamás, jamás nadie logrará
borrar ese gesto esculpido para siempre en la memoria del deporte.

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