sábado, 16 de mayo de 2026

TE EXTRAÑARÉ

Azam Abidov

 

Lamento ver que ni tu vida como ser humano ni tu cadáver valen algo en este país. ¿A qué clase de mundo viniste, pobre hombre? Y aun ahora, ¿no merecías al menos un poco de dignidad?

Mi corazón se encogió cuando me pusieron boca abajo y me arrojaron de una patada entre la basura. El hedor de los harapos en los que estoy envuelto enferma a cualquiera. ¿O soy yo el que ha comenzado a oler mal después de dos días? Oh, qué extraño: el baúl de un autobús se ha convertido en mi refugio, llevándome de regreso a casa después de la muerte.

Mi amigo apenas logró convencer a un conductor. Nadie quería transportar un cadáver. Tal vez este tenía buen corazón, o quizá simplemente cedió al ver los ojos hinchados y llenos de lágrimas de mi amigo.

—Está bien, pero pagarás como por un pasajero, no como si fuera equipaje —dijo.

De otro modo, además de la humillación, mi cuerpo habría quedado pudriéndose en una tierra extranjera.

Recuerdo mi vida. Qué juventud tan feliz tuve. Los primeros años de nuestro matrimonio… esperar a mi esposa por las noches, apretando su pañuelo contra mi rostro mientras ella regresaba tarde de los campos de algodón. Los ardientes días de verano en aquella aldea remota donde nos quedamos para cuidar a sus padres ancianos: nadar en el pequeño río con su sobrino…

El autobús atraviesa la noche a toda velocidad. De vez en cuando, la puerta del baúl se abre y alcanzo a ver las linternas de los guardias fronterizos. Mi rostro se mueve con las sacudidas.

Entonces siento algo agitarse a mi lado.

Una caja de bananas tiembla. Encima de ella hay un bulto pesado. Cuando la caja se desplaza, el bulto resbala hacia abajo. Veo algo levantar la cabeza.

En el estrecho baúl apenas hay espacio para respirar, y sin embargo ahora veo, bajo el parpadeo de una linterna, que el bulto es un muchacho. Doce años, quizá trece.

Cuando el baúl se abre, se envuelve rápidamente en una tela, intentando no ser visto. Pero creo que me vio cuando la luz cayó sobre mi rostro.

Debe de haber venido aquí a trabajar. Fracasó. Sin dinero, aceptó convertirse en “equipaje” solo para regresar a casa. Lo siento temblar, de frío o de miedo.

Al principio parece aliviado de no estar solo.

Luego se acerca más. Me toca la cara. La frota. Tira de mi bigote. Mi bigote rígido, congelado.

Mi cuerpo muerto.

De pronto comprende.

—¡Voy-dod! —grita.

Nadie lo oye. O quizá alguien sí, entre los pasajeros soñolientos y ebrios, pero a nadie le importa.

Viajamos así durante tres días.

A veces lo escucho masticar en silencio. Debe de haber traído un trozo de pan escondido en el bolsillo.

Y mis pensamientos regresan una vez más…

Mis hijas. Mis niñas. Mis princesas. Trabajando hasta altas horas de la noche por casi nada, solo para ayudar a la familia. Me fui para ganar dinero para ustedes… y ahora, ¿cómo van a recibirme?

Si hubiera tenido un hijo varón… ¿sería distinto? Ahora serán extraños quienes me lleven a la tumba.

El autobús se detiene. Una voz uzbeka familiar surge de la radio:

—¡Noticias del paraíso! ¡Se han creado miles de empleos! ¡Millones están satisfechos con la justa política de nuestro líder!

Después vienen canciones. Melodías alegres. Alegría forzada. Mis familiares afligidos me llevan a través del paso, hacia nuestra remota aldea, a trescientos kilómetros de distancia. Mi Samira… mi pobre Samira. Te extrañé tanto. Ojalá pudiera secar tus lágrimas. Tocar tu rostro. Besar tus manos gastadas y endurecidas. ¿Puedes sentirme? Mis labios no pueden moverse. Mi cuerpo ya ha comenzado a descomponerse. Por suerte, hoy nevó. El aire está frío. Todavía no hay gas, así que me lavan con agua calentada sobre el fuego. Incluso eso se siente suave… casi dulce. Envuélvanme ahora en una tela blanca. La nieve cae suavemente sobre mi mortaja. Llora mientras se posa. Ya no tengo frío. Mis labios ya no tiemblan. Solo te extraño, Samira. Nos encontraremos de nuevo en el Día del Juicio. Hasta entonces… mantente a salvo. Te extraño.

Azam Abidov (A’zam Obid) es poeta, cuentista, traductor y organizador cultural residente en Tashkent, donde escribe tanto en uzbeko como en inglés. Su obra tiende puentes entre lenguas y culturas, promoviendo la poesía internacional en Uzbekistán y dando a conocer la literatura uzbeka a un público global. Es autor de varios libros de poesía y traducción. Entre sus colecciones de poesía más destacadas se encuentran «Milagro en camino» y «Mi nombre es Uzbekistán». Sus poemas y traducciones, incluyendo obras de Alisher Navoi, padre de la literatura uzbeka, han aparecido en diversas publicaciones internacionales. Abidov es el fundador y director de un programa independiente de residencias para escritores y artistas en Uzbekistán, que desde 2018 ha acogido a cerca de 100 poetas, escritores y artistas de los cinco continentes. Ha participado en residencias y programas literarios internacionales en Iowa, Berlín y Hong Kong.

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