Azam Abidov
Lamento ver que ni
tu vida como ser humano ni tu cadáver valen algo en este país. ¿A qué clase de
mundo viniste, pobre hombre? Y aun ahora, ¿no merecías al menos un poco de
dignidad?
Mi corazón se encogió cuando me
pusieron boca abajo y me arrojaron de una patada entre la basura. El hedor de
los harapos en los que estoy envuelto enferma a cualquiera. ¿O soy yo el que ha
comenzado a oler mal después de dos días? Oh, qué extraño: el baúl de un
autobús se ha convertido en mi refugio, llevándome de regreso a casa después de
la muerte.
Mi amigo apenas logró convencer a
un conductor. Nadie quería transportar un cadáver. Tal vez este tenía buen
corazón, o quizá simplemente cedió al ver los ojos hinchados y llenos de
lágrimas de mi amigo.
—Está bien, pero pagarás como por
un pasajero, no como si fuera equipaje —dijo.
De otro modo, además de la
humillación, mi cuerpo habría quedado pudriéndose en una tierra extranjera.
Recuerdo mi vida. Qué juventud tan
feliz tuve. Los primeros años de nuestro matrimonio… esperar a mi esposa por
las noches, apretando su pañuelo contra mi rostro mientras ella regresaba tarde
de los campos de algodón. Los ardientes días de verano en aquella aldea remota
donde nos quedamos para cuidar a sus padres ancianos: nadar en el pequeño río
con su sobrino…
El autobús atraviesa la noche a
toda velocidad. De vez en cuando, la puerta del baúl se abre y alcanzo a ver
las linternas de los guardias fronterizos. Mi rostro se mueve con las
sacudidas.
Entonces siento algo agitarse a mi
lado.
Una caja de bananas tiembla. Encima
de ella hay un bulto pesado. Cuando la caja se desplaza, el bulto resbala hacia
abajo. Veo algo levantar la cabeza.
En el estrecho baúl apenas hay
espacio para respirar, y sin embargo ahora veo, bajo el parpadeo de una
linterna, que el bulto es un muchacho. Doce años, quizá trece.
Cuando el baúl se abre, se envuelve
rápidamente en una tela, intentando no ser visto. Pero creo que me vio cuando
la luz cayó sobre mi rostro.
Debe de haber venido aquí a
trabajar. Fracasó. Sin dinero, aceptó convertirse en “equipaje” solo para
regresar a casa. Lo siento temblar, de frío o de miedo.
Al principio parece aliviado de no
estar solo.
Luego se acerca más. Me toca la
cara. La frota. Tira de mi bigote. Mi bigote rígido, congelado.
Mi cuerpo muerto.
De pronto comprende.
—¡Voy-dod! —grita.
Nadie lo oye. O quizá alguien sí,
entre los pasajeros soñolientos y ebrios, pero a nadie le importa.
Viajamos así durante tres días.
A veces lo escucho masticar en
silencio. Debe de haber traído un trozo de pan escondido en el bolsillo.
Y mis pensamientos regresan una vez
más…
Mis hijas. Mis niñas. Mis
princesas. Trabajando hasta altas horas de la noche por casi nada, solo para
ayudar a la familia. Me fui para ganar dinero para ustedes… y ahora, ¿cómo van
a recibirme?
Si hubiera tenido un hijo varón…
¿sería distinto? Ahora serán extraños quienes me lleven a la tumba.
El autobús se detiene. Una voz
uzbeka familiar surge de la radio:
—¡Noticias del paraíso! ¡Se han
creado miles de empleos! ¡Millones están satisfechos con la justa política de
nuestro líder!
Después vienen canciones. Melodías
alegres. Alegría forzada. Mis familiares afligidos me llevan a través del paso,
hacia nuestra remota aldea, a trescientos kilómetros de distancia. Mi Samira…
mi pobre Samira. Te extrañé tanto. Ojalá pudiera secar tus lágrimas. Tocar tu
rostro. Besar tus manos gastadas y endurecidas. ¿Puedes sentirme? Mis labios no
pueden moverse. Mi cuerpo ya ha comenzado a descomponerse. Por suerte, hoy
nevó. El aire está frío. Todavía no hay gas, así que me lavan con agua
calentada sobre el fuego. Incluso eso se siente suave… casi dulce. Envuélvanme
ahora en una tela blanca. La nieve cae suavemente sobre mi mortaja. Llora
mientras se posa. Ya no tengo frío. Mis labios ya no tiemblan. Solo te extraño,
Samira. Nos encontraremos de nuevo en el Día del Juicio. Hasta entonces…
mantente a salvo. Te extraño.
Azam
Abidov (A’zam Obid) es poeta, cuentista, traductor y organizador cultural
residente en Tashkent, donde escribe tanto en uzbeko como en inglés. Su obra
tiende puentes entre lenguas y culturas, promoviendo la poesía internacional en
Uzbekistán y dando a conocer la literatura uzbeka a un público global. Es autor
de varios libros de poesía y traducción. Entre sus colecciones de poesía más
destacadas se encuentran «Milagro en camino» y «Mi nombre es Uzbekistán». Sus
poemas y traducciones, incluyendo obras de Alisher Navoi, padre de la
literatura uzbeka, han aparecido en diversas publicaciones internacionales. Abidov
es el fundador y director de un programa independiente de residencias para
escritores y artistas en Uzbekistán, que desde 2018 ha acogido a cerca de 100
poetas, escritores y artistas de los cinco continentes. Ha participado en
residencias y programas literarios internacionales en Iowa, Berlín y Hong Kong.

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