sábado, 16 de mayo de 2026

¡CÓMO ME CUESTA LEVANTARME!

Fernando Andrés Puga

 

¡Ufa! Llego temprano, medio dormida, me mata el calor acá sentada sudando la gota gorda en esta vereda que no tiene ni un miserable arbustito, no vendo casi nada en todo el día, y ahora esta mujer que no se termina de ir.

¡Por fin! Ya no aguantaba más. ¡Qué mala onda! ¡Qué se cree esa vieja forra! Me revuelve todo, me hace buscar una caja en el fondo de la bolsa y cuando la encuentro ya no le interesa y se va. ¡De no creer! ¿Qué les pasa a estas viejas fruncidas? Apenas te miran a la cara y ni se te acercan. Como si una tuviera algo contagioso, el sarampión… ¡qué sé yo!, cualquier cosa. Decí que no hay otro remedio, que hay que bancársela, que si no, ¡no sabés cómo la embocaba a esa bruja! Pero claro, llama a la cana y yo voy presa. A estas turras siempre les dan la razón, y una que reviente, una como es negrita se tiene que callar, aguantar y aguantar… Nos quieren lejos, que no andemos por acá, pero bien que compran. Claro, les conviene. A nosotras nos arreglan con monedas y ellas se ahorran un fangote. Pero eso sí, la trucha siempre arrugada, ¡mamita! ¡qué caripelas!, como oliendo mierda todo el tiempo… ¿Que no olemos bien? ¡Y qué querés!, todo el día acá, al rayo del sol… Si a veces ni agua hay para refrescarse un poco.

A ver… ¡Uy, uy, uy! ¡Cómo me cuesta levantarme! Por suerte ya se va haciendo la hora de ir a casa. Me duele el culo de estar tantas horas acá sentada, si te descuidás ni ir al baño puedo. Que me quede acá, que no se me ocurra ir a ninguna parte, que no me distraiga, si llega a faltar algo lo pagás vos, y así. El Beto no jode con eso, es lo único que le importa, yo sé que lo dice por bien, para que no perdamos mercadería, que no nos afanen… y yo tengo que cumplirle al Beto, él nos cuida y si lo pierdo… ¿qué voy a hacer yo si lo pierdo, eh? Con la mamá que ni se puede mover y el Tito… ¡Ay, el Tito!

Pero una no es un robot, una tiene sus necesidades y para evacuar hay que ir hasta la estación, no hay otra, dan ganas de vomitar de lo mugriento y casi nunca hay agua, pero no hay otra. Gracias a Dios Yanina es gamba y me aguanta mientras voy y vengo rapidito, no sea cosa que justo pase el Beto y vea la manta sola. ¡La que se armaría! Es bueno el Beto, pero cuando engrana ¡se pone de una manera! ¡Como loco! Parece otro, y nos asustamos, claro. La mamá dice que le hace acordar al papá cuando la fajaba por cualquier cosa, pero yo sé que el Beto no, el Beto no va a hacer eso nunca…

 Con la Yanina nos pusimos de acuerdo y yo hago lo mismo, cuando ella necesita le cuido sus cosas. Pero que vuelva rápido, que no se entretenga con los pibes, eso sí que no. Parece buena mina la Yanina, pero me parece que va a durar poco por acá. ¡Tiene un cuerpito! ¡Qué envidia! Cada vez se viene más arregladita. Parece que sabe bien lo que tiene que hacer para salir de la venta callejera. Todavía es medio chica, pero dentro de un tiempito seguro que alguno de estos guachos la convence y se la lleva a trabajar a la noche. Y ella va a agarrar viaje seguro, ninguna dice que no, si ganan mucho más que en esta vereda de mala muerte. Claro que tienen otros problemas, pero con guita en el bolsillo nada es tan grave. ¡Si yo pudiera! No lo dudaría para nada. Me importa un carajo que a la mamá no le guste, ella nunca quiso y así le fue… Pero no va a pasar, ¡con esta facha quién me va a dar bola a mí!, si no dejo de comer porquería no va a pasar…

No sé, por ahora a seguir acá. Yo con mis bombachas y la Yanina con sus películas… Parece que es un buen curro lo de los dividis piratas, y vemos todo lo que se nos da la gana, nos presta la Yanina sin que se entere su trompa, ése sí que es bravo, otra que el Beto, aunque yo creo que con la Yanina no se enoja, ¡es tan linda la guacha!

Antes a veces la corría la cana y les sacaban todo, pero hace bastante que no pasa. Yo creo que se cansaron, aunque siempre hay que estar atenta. Una nunca sabe cuándo puede aparecer la yuta y sacarnos a patadas. A cualquiera, a mí también, aunque no venda películas. Por ahora no me pasó y espero que no me pase. Te maltratan de lo lindo en la comisaría y a las minas peor, claro. Aunque las que terminan hechas mierda que ni las reconocés son las travas, las zarandean y vuelven todas magulladas. Alguna hay que no volvió a aparecer por acá… Si no salís rajando, sonaste, y yo seguro que caigo, a mí me agarran enseguida. ¿Por qué no dejarán laburar en paz? ¿A quién le jode? Si no, ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿Laburar por horas? ¿En casas de familia? ¡Ni loca, che! Muchas lo hacen y no se quejan, pero yo ni loca. Ya bastante limpio en casa y en lo de Beto, para encima tener que andar juntando la mierda ajena. ¿Y con cama? ¡Peor! Todo el día de acá para allá… Aunque se coma bien y te toque una patrona pasable, tenés que estar atenta todo el tiempo, ¡y hasta uniforme te encajan! No, ni loca. Acá en la calle se está bien, me duermo mi siesta apoyada en el poste, lo veo al Beto todos los días…, nadie me jode.

Ahí vuelve la Yanina. Mejor. Ya se hace tarde. Solamente falta el Tito y a esperar la camioneta. A veces me deja de muestra mucho rato la Yanina, pero ¡qué va´hacer!, la tengo que aguantar, si no, no voy a poder ni ir al baño, ¡lo único que falta! El Beto dice que usemos el baño del bar, pero acá en el bar ni que te mueras, reventá nomás en la vereda, ellos ni mú. “El baño es para uso exclusivo de los señores clientes”. Eso dice el cartel en la puerta. Y claro, yo clienta no soy, qué voy a ser, si logro entrar es para pedir alguna moneda o buscarlo al Tito que se me escapa a cada rato. No sé qué voy a hacer con él. Ya está grande y yo no puedo. Todavía no pasó, pero yo sé que un día de estos va a llegar la hora de irnos y él no va a estar. Y no me van a esperar. ¿Qué voy a hacer cuando eso pase? Si me voy en la camioneta y lo dejo, andá a saber dónde pasa la noche. No sé, a mí me parece que todavía es chico; él a mí no me hace caso, se hace el malo, es de tanto juntarse con esa barrita de las vías que andan por ahí molestando a la gente. No hace falta que me vengan con el cuento, yo ya sé que chorean celulares, carteras, billeteras, lo que sea. Manotean a cualquiera que ande distraído y el Tito va con ellos, si hasta a veces me parece que no quiere volver conmigo, que le da vergüenza tener esta hermana, ni quiere que me vean sus amigotes. Así que no sé. Yo no quiero dejarlo solo, seguro que al día siguiente no lo veo más y termina en cualquiera. Y la mamá se la va a agarrar conmigo. Si para mí todavía es chico, para ella es su bebé, y que nadie se meta con su bebé, si me parece que todavía está viva por él, que es muy inteligente dice, que nos va a sacar de pobre. Yo no sé, a lo mejor… En fin, espero que venga pronto. Yo no pienso quedarme acá toda la noche. ¿Dónde me voy a meter después de estar todo el día acá sentada, morfando pan y dale con el cigarrillo? Me voy a quedar dormida en la calle y él ni bolilla, seguirá dando vueltas por ahí. Es que no tengo nada para entretenerme. Las otras cotorrean todo el día, pero a mí ni la hora. Me hablan poco, solamente si necesitan algo. No sé por qué, si soy como ellas, todas venimos juntas y vivimos en casas parecidas, todas nos buscamos la vida de la misma manera. ¿Por qué será que no hablan conmigo? Así que si me quedo a pasar la noche por acá, seguro que no encuentro nadie que me ayude, voy a tener que andar yirando y a lo mejor algún cana me confunde y me levanta, y no sé, no me gustaría terminar en un calabozo sola y sucia. Además, si no vuelvo en la camioneta seguro que pierdo el laburo; el Beto no me va a tener más confianza y voy a tener que salir otra vez a buscar. ¿Y adónde me van a tomar? Si ni para puta sirvo, aunque me vista apretado y muestre nadie me da bola. Y claro, todo el día acá sentada comiendo porquería y fumando uno tras otro, eché un cuerpito que pa’ qué; gorda, pero en serio, no gordita o rellenita. Gorda. Y no paran de recordármelo toda esa manga de vagos que viene desde San Miguel conmigo todas las mañanas. Que ocupo el lugar de tres, que pierden plata conmigo, que voy a reventar como un globo, que esto y que lo otro, a veces me agarra una tristeza… Será por eso que me cuesta tanto levantarme.

No estoy para andar corriendo atrás del Tito, y él se aprovecha. Yo lo quiero al Tito, a mí me preocupa, cómo no lo voy a querer si lo cuido desde que nació. La mamá no podía, ella tenía que ir a esa casa del centro a laburar y a veces no llegaba para la hora de comer. ¡Y tan cansada! Pobre la mamá, lo que le costó. Tener que irse del pueblo tan chica y con cuatro a cuestas, sola… Encima después el turro ese le hizo dos hijos más. Pobrecita la mamá. Ahora lo está pagando. Si el papá no se hubiera ido por ahí… ¿Por qué se van los hombres? Siempre me lo pregunto. ¿Por qué nos dejan solas? No entiendo, si nosotras los cuidamos, les hacemos la comida, nos dejamos cuando a ellos se les antoja… y ellos que se van por ahí y vuelven tan borrachos que ni su cara en el espejo reconocen. Lo único que espero es que el Beto me aguante; aunque diga que soy una gorda inútil yo sé que me quiere. ¿Quién le va a hacer las tortas fritas como yo? A mí no me importa que tenga esas chicas que andan buscando puntos todo el día en la calle Bacacay, ahí, al otro lado de la estación, o ésas otras que ya no son tan chicas paradas en la esquina de Nazca y Yerbal que meten medio cuerpo por la ventanilla de los autos que paran en el semáforo. A mí no me importa. Me alcanza con hacerle la cama, lavarle la ropa, cuidar esta manta todos los días y que él se siga ocupando de la mamá y de mí, y del Tito claro, aunque el Tito no le haga caso, aunque se haga el gallito y lo enfrente cuando el Beto lo manda a hacer algo que no le gusta. ¡Ay, Tito!, espero que aparezcas. Ya se hace de noche y en cualquier momento pasa la camioneta y te voy a tener que abandonar… ¡Ah, no! Ahí estás, ¡uf! ¡qué salvada!

—¡Ey Tito!, metele que ya viene la camioneta. —Pero no te apurás, venís arrastrando esas zapatillas relucientes que hoy a la mañana no tenías y qué vaya a saber una de dónde las sacastes—. ¿Pero no me oís? ¡Dale Tito! —Y no te apurás, ¡qué cosa che! Ya estoy viendo la camioneta en el semáforo—. ¡Dale! Si sabés que no espera, que tenemos que tener todo listo para subir enseguida en la caja. Te vas a quedar abajo y yo también, ¡dale!, ayudame a levantar la manta, no puedo sola… Pero ¿qué te pasa?, ¿por qué no te apurás en vez de hacerte el canchero con tus Adidas? No me hagás gritar, sabés que me agito y me viene el asma… ¡Dale de una vez, carajo! Pero… ¿qué te pasa? ¿Es sangre eso que mancha el blanco de tus zapatillas nuevas? ¡No! ¡No diosito! ¡Que no sea! ¡Que no sea!

Y cierro los ojos para no ver, para no verte caer sobre el asfalto antes de que pueda levantarme, antes de que junte los corpiños y bombachas que hoy no se vendieron, antes de que el Beto me tironeé y no me deje ni tocarte y me aturda con sus gritos al empujarme al interior de la camioneta y el ruido de ese motor que no me deja oír cómo se va apagando tu voz mientras me alejo y te pierdo entre el tránsito y la gente y la noche que ya cae sobre Buenos Aires.


Fernando Andrés Puga nació en Buenos Aires el 11 de diciembre de 1957. Es antropólogo recibido en la UBA, pero se ha dedicado a los más variados emprendimientos comerciales. Últimamente tomó la firme decisión de ser escritor y, asevera, hasta el Cervantes no para. Esa iniciativa lo llevó a publicar un libro de cuentos breves, Habito entre los pliegues del día.

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