Fernando Andrés Puga
¡Ufa! Llego temprano, medio dormida, me
mata el calor acá sentada sudando la gota gorda en esta vereda que no tiene ni
un miserable arbustito, no vendo casi nada en todo el día, y ahora esta mujer
que no se termina de ir.
¡Por fin! Ya no aguantaba más. ¡Qué mala
onda! ¡Qué se cree esa vieja forra! Me revuelve todo, me hace buscar una caja
en el fondo de la bolsa y cuando la encuentro ya no le interesa y se va. ¡De no
creer! ¿Qué les pasa a estas viejas fruncidas? Apenas te miran a la cara y ni
se te acercan. Como si una tuviera algo contagioso, el sarampión… ¡qué sé yo!,
cualquier cosa. Decí que no hay otro remedio, que hay que bancársela, que si
no, ¡no sabés cómo la embocaba a esa bruja! Pero claro, llama a la cana y yo voy
presa. A estas turras siempre les dan la razón, y una que reviente, una como es
negrita se tiene que callar, aguantar y aguantar… Nos quieren lejos, que no
andemos por acá, pero bien que compran. Claro, les conviene. A nosotras nos
arreglan con monedas y ellas se ahorran un fangote. Pero eso sí, la trucha
siempre arrugada, ¡mamita! ¡qué caripelas!, como oliendo mierda todo el tiempo…
¿Que no olemos bien? ¡Y qué querés!, todo el día acá, al rayo del sol… Si a
veces ni agua hay para refrescarse un poco.
A ver… ¡Uy, uy, uy! ¡Cómo me cuesta
levantarme! Por suerte ya se va haciendo la hora de ir a casa. Me duele el culo
de estar tantas horas acá sentada, si te descuidás ni ir al baño puedo. Que me
quede acá, que no se me ocurra ir a ninguna parte, que no me distraiga, si
llega a faltar algo lo pagás vos, y así. El Beto no jode con eso, es lo único
que le importa, yo sé que lo dice por bien, para que no perdamos mercadería,
que no nos afanen… y yo tengo que cumplirle al Beto, él nos cuida y si lo
pierdo… ¿qué voy a hacer yo si lo pierdo, eh? Con la mamá que ni se puede mover
y el Tito… ¡Ay, el Tito!
Pero una no es un robot, una tiene sus
necesidades y para evacuar hay que ir hasta la estación, no hay otra, dan ganas
de vomitar de lo mugriento y casi nunca hay agua, pero no hay otra. Gracias a
Dios Yanina es gamba y me aguanta mientras voy y vengo rapidito, no sea cosa
que justo pase el Beto y vea la manta sola. ¡La que se armaría! Es bueno el
Beto, pero cuando engrana ¡se pone de una manera! ¡Como loco! Parece otro, y
nos asustamos, claro. La mamá dice que le hace acordar al papá cuando la fajaba
por cualquier cosa, pero yo sé que el Beto no, el Beto no va a hacer eso nunca…
Con
No sé, por ahora a seguir acá. Yo con mis
bombachas y
Antes a veces la corría la cana y les
sacaban todo, pero hace bastante que no pasa. Yo creo que se cansaron, aunque
siempre hay que estar atenta. Una nunca sabe cuándo puede aparecer la yuta y
sacarnos a patadas. A cualquiera, a mí también, aunque no venda películas. Por
ahora no me pasó y espero que no me pase. Te maltratan de lo lindo en la
comisaría y a las minas peor, claro. Aunque las que terminan hechas mierda que
ni las reconocés son las travas, las zarandean y vuelven todas magulladas.
Alguna hay que no volvió a aparecer por acá… Si no salís rajando, sonaste, y yo
seguro que caigo, a mí me agarran enseguida. ¿Por qué no dejarán laburar en
paz? ¿A quién le jode? Si no, ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿Laburar por horas?
¿En casas de familia? ¡Ni loca, che! Muchas lo hacen y no se quejan, pero yo ni
loca. Ya bastante limpio en casa y en lo de Beto, para encima tener que andar
juntando la mierda ajena. ¿Y con cama? ¡Peor! Todo el día de acá para allá…
Aunque se coma bien y te toque una patrona pasable, tenés que estar atenta todo
el tiempo, ¡y hasta uniforme te encajan! No, ni loca. Acá en la calle se está
bien, me duermo mi siesta apoyada en el poste, lo veo al Beto todos los días…,
nadie me jode.
Ahí vuelve
No estoy para andar corriendo atrás del
Tito, y él se aprovecha. Yo lo quiero al Tito, a mí me preocupa, cómo no lo voy
a querer si lo cuido desde que nació. La mamá no podía, ella tenía que ir a esa
casa del centro a laburar y a veces no llegaba para la hora de comer. ¡Y tan
cansada! Pobre la mamá, lo que le costó. Tener que irse del pueblo tan chica y
con cuatro a cuestas, sola… Encima después el turro ese le hizo dos hijos más.
Pobrecita la mamá. Ahora lo está pagando. Si el papá no se hubiera ido por ahí…
¿Por qué se van los hombres? Siempre me lo pregunto. ¿Por qué nos dejan solas?
No entiendo, si nosotras los cuidamos, les hacemos la comida, nos dejamos
cuando a ellos se les antoja… y ellos que se van por ahí y vuelven tan
borrachos que ni su cara en el espejo reconocen. Lo único que espero es que el
Beto me aguante; aunque diga que soy una gorda inútil yo sé que me quiere.
¿Quién le va a hacer las tortas fritas como yo? A mí no me importa que tenga
esas chicas que andan buscando puntos todo el día en la calle Bacacay, ahí, al
otro lado de la estación, o ésas otras que ya no son tan chicas paradas en la
esquina de Nazca y Yerbal que meten medio cuerpo por la ventanilla de los autos
que paran en el semáforo. A mí no me importa. Me alcanza con hacerle la cama,
lavarle la ropa, cuidar esta manta todos los días y que él se siga ocupando de
la mamá y de mí, y del Tito claro, aunque el Tito no le haga caso, aunque se
haga el gallito y lo enfrente cuando el Beto lo manda a hacer algo que no le
gusta. ¡Ay, Tito!, espero que aparezcas. Ya se hace de noche y en cualquier
momento pasa la camioneta y te voy a tener que abandonar… ¡Ah, no! Ahí estás,
¡uf! ¡qué salvada!
—¡Ey Tito!, metele que ya viene la
camioneta. —Pero no te apurás, venís arrastrando esas zapatillas relucientes
que hoy a la mañana no tenías y qué vaya a saber una de dónde las sacastes—.
¿Pero no me oís? ¡Dale Tito! —Y no te apurás, ¡qué cosa che! Ya estoy viendo la
camioneta en el semáforo—. ¡Dale! Si sabés que no espera, que tenemos que tener
todo listo para subir enseguida en la caja. Te vas a quedar abajo y yo también,
¡dale!, ayudame a levantar la manta, no puedo sola… Pero ¿qué te pasa?, ¿por qué
no te apurás en vez de hacerte el canchero con tus Adidas? No me hagás gritar,
sabés que me agito y me viene el asma… ¡Dale de una vez, carajo! Pero… ¿qué te
pasa? ¿Es sangre eso que mancha el blanco de tus zapatillas nuevas? ¡No! ¡No
diosito! ¡Que no sea! ¡Que no sea!
Y cierro los ojos para no ver, para no verte caer sobre el asfalto antes de que pueda levantarme, antes de que junte los corpiños y bombachas que hoy no se vendieron, antes de que el Beto me tironeé y no me deje ni tocarte y me aturda con sus gritos al empujarme al interior de la camioneta y el ruido de ese motor que no me deja oír cómo se va apagando tu voz mientras me alejo y te pierdo entre el tránsito y la gente y la noche que ya cae sobre Buenos Aires.

No hay comentarios:
Publicar un comentario